A USTEDES no les dirá nada esta cara. Y es que no es una cara, es una jeta. Se llama Andrea Schaechter, trabaja para el FMI y un buen día, mientras juzgaban a Christine Lagarde,
su jefa, en Francia, por prácticas dudosas, dio una rueda de prensa en
España, junto a su portavoz, para decirnos, sin cortarse un pelo, cómo
debíamos administrarnos. De entrada, nos felicitó por las reformas
llevadas a cabo que han hecho más pobres a los que ya pasaban
necesidades y más ricos a quienes nadaban en la abundancia. Dijo que
todo eso estaba muy bien, pero que no bastaba, miren ustedes, no es
suficiente si quieren tenernos contentos. Aún queda dónde apretar: en el IVA reducido, por ejemplo, que viene
aplicándose a los productos de primera necesidad, relacionados, entre
otros, con el sector de la alimentación. Pero eso no alcanzaría para
aumentar la brecha entre los millonarios y los pobres, que es de lo que
se trata. ¿Dónde atacar entonces? Donde usted, avisado lector, está
pensando: en la sanidad y en la educación. Venga, dijo, más recortes en
esos servicios esenciales.
Chema Noya (EFE)Observen el gesto del portavoz, que no necesita hablar dada la
locuacidad de la señora, y repasen mentalmente los nombres de los
últimos directores del FMI: Rodrigo Rato, sí, nuestro Rodrigo Rato, el salvador de España; Dominique Strauss-Kahn,
de impecable currículo; y la ya citada Lagarde, que finalmente, dadas
las pruebas, fue condenada por negligencia, aunque se la indultó en el
mismo acto por puro corporativismo. Pero si ustedes desean conocer a
fondo el FMI, estudien sus actuaciones en Latinoamérica.
Los humanos somos lo que hacemos contra la muerte. Y pensar en ello no
es una obsesión de chalados, sino el eje vertebrador de la realidad de
todos.
E N MÁS de una ocasión, cuando me entrevistan por mis
novelas, ha llegado un periodista y me ha dicho: “¿Y por qué escribes
sobre la muerte?”. Es una pregunta que me deja turulata: ¿es que acaso
uno puede dejar de escribir sobre eso? Siempre siento la tentación de
responder: lo siento mucho, querido, pero tengo que darte una malísima
noticia: te vas a morir Porque creo que es una cuestión que sólo se puede plantear desde la
más completa negación de la muerte y, por lo tanto, desde el
desconocimiento de lo que es la vida.
Todos los seres humanos estamos marcados por nuestra finitud. Somos
lo que hacemos contra la muerte. Y pensar en ello no es una pintoresca
obsesión que sólo sufrimos unos cuantos chalados, sino que es el eje
vertebrador de la realidad de todos. El budismo, por ejemplo, se originó
hace 2.500 años cuando, según la leyenda, el príncipe Siddhartha Gautama,
a quien su bondadoso padre mantenía encerrado en un palacio y rodeado
de belleza para que fuera feliz, se escapó de su prisión dorada y se
topó con un enfermo, con un anciano y con un cadáver. Ante esta horrible
verdad, para neutralizarla, para defenderse, Gautama creó una de las
religiones más poderosas del planeta. De hecho todas las religiones son
un intento de colocar la muerte en un lugar mental que dé sentido a la
vida, pero me gusta que el budismo lo reconozca con tanta claridad. El manejo de la muerte, la propia y la de los seres queridos, siempre
es conflictivo. Pero a medida que envejezco voy teniendo más claro que,
si aspiras a vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a
un acuerdo con la parca. Con la Ladrona de Dulzuras, como la llaman en Las mil y una noches .
Nuestra sociedad no nos pone esto fácil, porque se dedica a
escamotearnos la muerte. La gente fallece en los hospitales, sólo vemos
cadáveres en la serie televisiva CSI, huimos de los ritos
mortuorios y cada vez utilizamos más eufemismos: parece de mal gusto
hablar de defunciones y de difuntos. No creo que eso nos ayude a paliar
el miedo.
“A medida que envejezco voy teniendo más claro que, si aspiras a
vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a un acuerdo
con la parca”
Hay un libro extraordinario del que ya he escrito en más ocasiones, Ayudar a morir,
de la doctora Iona Heath, que dice: “La muerte forma parte de la vida y
es parte del relato de una vida . Es la última oportunidad de hallar un
significado y de dar un sentido coherente a lo que pasó antes”. Muy
cierto. Me viene ahora a la memoria aquel magnífico programa de
televisión, Epílogo, en el que Begoña Aranguren hablaba con
personajes famosos en una charla que sólo se emitía tras la muerte del
entrevistado. Es una idea formidable: palabras dichas en vida pero
pensadas póstumas, un resumen de tu existencia hecho por ti mismo, un
tenue rastro de emociones y de reflexiones depositado en el vacío de tu
ausencia.
Curiosamente se acaba de crear una empresa que parte de un planteamiento similar. Se llama Hasta Siempre
y ofrece sus servicios para “dejar un testamento emocional” por medio
de un vídeo que ellos ayudan a preparar con el consejo de psicólogos,
filman, editan con música y después guardan en lugar seguro y
confidencial hasta el fallecimiento del cliente, momento en que lo
entregan en mano a las personas designadas para verlo. “Los mensajes
pueden ser de agradecimiento, de perdón, de arrepentimiento, de amor, de
conflictos no resueltos, de cosas jamás dichas, etcétera. También
otros menos complicados tipo consejos de la abuela a sus nietos o la
historia de la familia o, incluso, recetas familiares”, explican.
Es una propuesta ingeniosa, aunque no me gusta mucho su página web:
tiene ese tono superficial y radiante, todo sonrisas y alegría, que
poseen algunos cementerios modernos, que a veces parecen más centros
deportivos que camposantos. En una pestaña llamada Tienda puedes comprar
el paquete básico (299 euros) o el paquete premium (499), y
también me chirría un poco que, puestos a trabajar en el territorio
último de la veracidad, recurran a ese zafio truco comercial de rebajar
un euro para que las cifras no parezcan tan abultadas, como si
estuvieran vendiendo detergente en el supermercado. Pero la idea es
atinada, es sustancial, es consoladora. Qué otra cosa podemos hacer contra el pozo negro de la muerte sino arrojar palabras.
Ada Colau y el Parlament catalán han vetado los ‘stands’ de militares y
guardias civiles en un acto infantil. Un gesto ruin y clasista hacia los
que nos protegen.
MI GENERACIÓN, nacida durante el franquismo, sintió gran
aversión hacia el Ejército y la Policía. Ambos cuerpos eran esbirros de
la dictadura, y había que tenerles miedo. Todavía en 1981, el intento de golpe de Tejero, Armada y Milans del Bosch
lo protagonizaron ellos, Ejército y Guardia Civil. Costó, por tanto,
mucho tiempo que esos cuerpos se democratizaran plenamente y aceptaran
estar a las órdenes de los Gobiernos elegidos y de la sociedad civil. Desde que se consiguió, sin embargo, y con las inevitables excepciones
de abuso, brutalidad, desproporción y corrupción, las fuerzas de
seguridad han tenido una actitud irreprochable en términos generales. Si
en el franquismo se
las percibía como un peligro para la ciudadanía, como autoridades
arbitrarias y despóticas que podían detenerlo a uno sin ningún motivo,
hace ya decenios que se cuentan entre las instituciones mejor valoradas y
que inspiran mayor confianza. Uno no da un respingo, no se asusta, si se cruza con un policía o un
guardia o (más infrecuentemente) un militar. Si uno es un individuo
normal, y no un delincuente, no tendrá inconveniente en acercarse a uno
de ellos para preguntarle algo o requerir su ayuda y su protección. Claro que en todos los gremios hay sujetos indeseables, y uno puede
llevarse de vez en cuando una desagradable sorpresa, o sufrir un trato
despectivo, vejatorio o chulesco. Pero lo mismo puede ocurrirnos ante un
juez, un político o un conductor de autobús. Cobran poco los soldados y los policías, bastante menos de lo que
deberían considerando los riesgos que a menudo corren y los muchísimos
servicios que prestan. Son sin duda necesarios, más aún en una época en
la que los delitos se multiplican y están más diversificados que nunca. Combaten a los terroristas, vigilan para impedir sus atentados y
frustran no pocos de éstos; persiguen las redes de pederastia infantil y
la trata de mujeres; se enfrentan a los narcos y a los sicarios;
investigan los crímenes y amparan a las mujeres víctimas de sus parejas o
ex-parejas; reciben a los inmigrantes que llegan exhaustos por mar;
patrullan los aeropuertos y las estaciones, y las grandes aglomeraciones
como las recientes de Nochevieja.
La población cuenta con ellos, da por supuesto que puede recurrir a
ellos, y sabe, en su fuero interno, que nada funcionaría sin su
concurso. ¿Que algunos miembros incurren en excesos u olvidan su
neutralidad para complacer a un partido político determinado? Claro
está, como sucede en cualquier colectivo con influencia y poder. Pero no
cabe duda de que son parte de nosotros, de la sociedad, que merecen
tanto respeto como los demás y seguramente más gratitud que la mayoría.
“En las celebraciones y en las fiestas las fuerzas de seguridad
deben desaparecer. Las posibilitan con su trabajo, pero no les toca
disfrutar de ellas”
Ahora, las pasadas fechas navideñas, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el Parlament catalán y la Fira de Barcelona han decidido expulsarlos del Salón o Festival de la Infancia, habitual en esa época: han vetado los stands
de la Guardia Urbana, de los Mossos d’Esquadra, de la Policía Nacional,
de la Guardia Civil y del Ejército. Al parecer los críos se lo pasaban
en grande montándose en los coches patrulla y demás. Da lo mismo. La
señora Colau quiere una ciudad “desmilitarizada”, no quiere ver en las
ocasiones festivas y pedagógicas un solo uniforme (¿tampoco los de los
bomberos, que también son de gran utilidad?). Es un comportamiento
teñido de señoritismo, vicio que al parecer se contagia en seguida a
cuantos acceden a algún poder. La alcaldesa y la Generalitat han tratado
a los cuerpos de seguridad como los más rancios señoritos trataban
antaño al servicio, es decir, a los criados, a las tatas, más
antiguamente a los siervos. “Ustedes están a nuestro servicio. Sí, son los que hacen que la casa
funcione y esté limpia y en orden, los que lavan la ropa y cocinan,
quienes cuidan de nuestros niños cuando estamos ocupados. Pero en las
celebraciones y en las fiestas ustedes deben desaparecer. Las
posibilitan con su trabajo, pero no les toca disfrutar de ellas. Es más,
su presencia las afearía y desluciría. Que asistieran nos produciría
vergüenza, estaría mal visto por nuestros invitados. Ustedes las
preparan pero no pueden participar. Han de hacerse invisibles,
inexistentes. Precisamos sus tareas, pero nos abochornan”. No sé si hay algo más despreciativo, más clasista y más ruin. La
alcaldesa y los miembros del Parlament se benefician personalmente,
además, de la protección que por sus cargos les brindan policías, mossos
y guardias urbanos. Recurren a ellos cada vez que hay un problema, una
amenaza, un tumulto. Recurrirían al Ejército si se produjeran un ataque o
una invasión, pongamos por caso, del Daesh,
que no iba a diferenciar entre Colau y su antecesor Xavier Trias, ni
entre el bronco concejal Garganté, de la CUP, y Artur Mas. A todos los
decapitarían por igual. Sin embargo, el servicio no es digno de
confraternizar en público con nuestros hijos, a los que por lo demás
cuidan y protegen con especial celo, o rescatan cuando se han perdido. El mensaje es el del señorito: “Hagan su trabajo en la sombra. Y ni se les ocurra asomar”.
No somos unos quejicas. Hay una razón por la que estos pequeños percances provocan aullidos de angustia.
Se ha cortado con un folio y, aunque sabe que la herida no tiene
mayor importancia, durante unos minutos, y cada vez que algo roza la
zona, es incapaz de pensar en algo que no sea el dolor. Según Feliciano
Sánchez Domínguez, secretario general del grupo de trabajo sobre dolor
de SEMERGEN,
la definición científica de esta molestia es la de “una percepción que
consiste en una experiencia sensitiva y emocional desagradable, asociada
con una lesión tisular presente o posible”.
Es cierto que el grado de suplicio depende de cada persona. No a todos nos duele lo mismo, ni de la misma manera. La Universidad Wake Forest
(EE UU) confirmaba hace años que, ante un mismo traumatismo, la
reacción variaba de un individuo a otro y más recientemente, un estudio
publicado en American Journal of Human Genetics, afirmaba que existían mutaciones genéticas involucradas en la sensación de dolor. Pero más allá de las cuestiones individuales, hay otros
factores de los que depende la percepción: “La localización anatómica
del golpe, la zona donde se encuentran las estructuras nerviosas o la
cuantía de fibras nerviosas y receptores en las diferentes partes del
cuerpo”, enumera Ernesto Delgado, jefe de la Unidad del Dolor
del Hospital de La Milagrosa (Madrid). Pasa a menudo que algún corte,
golpe o picadura que no tiene prácticamente ninguna implicación para su
salud, le causa un dolor insoportable. Le explicamos por qué estas
molestias leves son tan insufribles.
Una herida con una hoja un papel
No es una lesión grave y prácticamente no sangra, pero es
imposible ignorar el dolor que causa. Según el experto de SEMERGEN, “los
dedos están cubiertos con una concentración extremadamente alta de
receptores para el dolor y esto hace que sean especialmente sensibles en
comparación con otras partes de nuestro cuerpo”. Además, este corte es
muy poco profundo, así que sólo afecta a las capas externas de la piel,
“que es precisamente donde están los receptores que envían las señales
de dolor más agudas”. Es decir, que la molestia sería similar si nos
cortásemos en una zona igual de sensible como la piel de la cara o los
genitales, suerte que no solemos manejar hojas de papel con estas partes
del cuerpo.
Un golpe en el codo
Hay golpes, apenas más fuertes que un roce, que pueden provocar que veamos las estrellas. Es algo que ocurre por ejemplo al darnos uno en el codo. Contrariamente
a lo que se suele pensar, el dolor no está tan relacionado con el hueso
o la articulación, sino, de nuevo, "con un nervio, concretamente el
cubital. Cuando recibimos un golpe se aplasta el nervio contra el hueso,
causando el dolor agudo y en forma de calambre y adormecimiento”,
explica Ernesto Delgado. "Con el golpe, esa sensación desagradable se va a trasladar a
lo largo del brazo, porque este nervio comienza en la espina dorsal y
se ramifica a través del hombro y llega a los dedos meñique y anular”,
añade Feliciano Sánchez. Por suerte, para la mayoría de las personas se
trata de una sensación pasajera, aunque existen casos, como las personas
que sufren del síndrome del túnel cubital, que sienten una sensación
similar de forma casi continua.
Un golpe en el dedo meñique del pie
No hay nada que dé más rabia que ir descalzo y darse contra
una mesa con el dedo pequeño del pie. La justificación, según Delgado es
que el dolor funciona como una alarma, "el dedo meñique del pie es una
zona distal con muchas terminaciones nerviosas. Cuando te golpeas un
dedo se activan varios nociceptores al mismo tiempo y llevan una señal
al cerebro de forma rápida”. El problema de este tipo de golpes, es que aunque parezcan
leves, pueden tener su gravedad. Tal y como explica Sánchez, “sin duda,
es un traumatismo muy doloroso, pero también peligroso, ya que nos puede
ocasionar la fractura del sonámbulo, llamada así debido a que
por lo general ocurre en pacientes descalzos y en condiciones de poca
luz”. Esta fractura puede aparecer tras uno de estos golpes ya que “las
falanges que componen los dedos son huesos delgados y pueden fracturarse
fácilmente”. Así pues, para saber si el dolor es solo causa del golpe o
realmente nos hemos roto algo, el experto describe “la sintomatología
de la fractura, que conlleva dolor inmediato con inflamación y en la
mayoría de los casos con la presencia de equimosis (coloración morada
por infiltración de sangre a los tejidos circundantes a la lesión). Además, hay limitación dolorosa para la flexión y extensión del dedo
lesionado”.
Quemaduras leves
Feliciano Sánchez cuenta que las quemaduras leves son
también especialmente molestas, y la explicación es similar a la de los
cortes en la yema de los dedos: “Estas quemaduras suelen ser muy
superficiales, afectando a capas poco profundas de la piel, las que,
como ya hemos mencionado, mayor número de receptores tienen”. En caso de
quemadura superficial, el dolor se hace tan presente porque las
terminaciones nerviosas han quedado intactas, pero irritadas. En cambio,
una quemadura grave destruye las terminaciones nerviosas que imposibilita esta sensación.
Una picadura en la nariz
El neurobiólogo Michael L. Smith asegura que la nariz es la
parte del cuerpo donde usted menos quiere que le pique un insecto. "Es
una entrada del cuerpo, por lo que tiene umbrales de dolor más bajos
para la protección. Las picaduras en el orificio nasal son especialmente
violentas, provocan inmediatamente estornudos, lágrimas y un abundante
flujo de moco", asegura en un estudio publicado en la revista Peer J. Luis Miguel Torres, presidente de la Asociación Andaluza del Dolor,
apunta que algunas picaduras pueden ser especialmente dolorosas debido a
una “reacción alérgica en personas sensibles o incluso la reacción
tóxica en personas a los que se les inyecta una gran cantidad de
veneno”. Respecto a qué picaduras suelen doler más, Torres señala que
una especialmente intensa es la del pez araña. “Este tiene un aguijón
que produce intenso dolor y debe ser extraído, incluso a veces es
necesario aplicar un anestésico sobre la zona”.