PARECÍA UNA PELÍCULA”, exclamó un testigo en el telediario.
Sin embargo era cierto como la vida misma. O como la muerte misma,
puesto que el hombre que yace en el suelo acaba de expirar. Igual que en
el cine, de acuerdo, sí, con los brazos abiertos en cruz y las piernas
ligeramente separadas, pero también igual que en la realidad. El difunto, embajador ruso en Turquía, fue abatido a tiros por el hombre
de la pistola, un joven de 22 años que pretendía vengar de este modo a
las víctimas de Putin en Alepo. El cuerpo del difunto se encuentra cerca
del atril porque fue sorprendido por la espalda, en medio del discurso
inaugural de una exposición de fotografía, ya lo deducirán ustedes de
los cuadros que cuelgan de las paredes del recinto. Una vez más, la vida (pero también la muerte) imita al arte. La escena
posee la carga retórica de un fotograma. Observen la actitud del
pistolero, sorprendido con el pie derecho ligeramente despegado del
suelo, sobre el que se proyecta una tenue sombra, y atiendan luego al
desconcierto que los disparos producen en el fondo de la sala, donde los
asistentes tratan de ponerse a salvo. La falsificación del arte (o de
la vida) ha llegado a unos límites que a veces no hay manera de
distinguir si fue primero aquel o aquella. Se diría que en ocasiones la
realidad y su copia nacen al unísono. El efecto de ficción aumenta
cuando uno repara en el punto de vista desde el que se tomó la imagen. Hay que ser muy osado para disparar la máquina a una distancia tan
escasa del oído del pistolero, que afortunadamente no se dio la vuelta.
La presunta estafa de Fernando Blanco está causando un inmenso destrozo en gente inocente
y de verdad doliente.
CADA VEZ que tropiezo con algún eco del caso Nadia,
la niña enferma presuntamente explotada por su familia, se me corta el
aliento de pura indignación. Sé que en el mundo hay hechos mucho peores,
más crueles, más feroces;
pero la miseria moral, la banal indecencia de unos padres que se supone
que llevan siete años utilizando el dolor de su hija para robar, es algo
en verdad desconsolador. Al parecer tenían carteles en la casa que
decían: “No te vas a morir”. Imaginad a alguien capaz de criar a su niña
(desde los cuatro años hasta los once que tiene ahora) en el
convencimiento de que va a fallecer de manera inminente. Eso es simple
tortura. Un martirio cuya crueldad empeora cuando sabemos que por lo
visto su enfermedad no es tan letal. Según un estudio internacional
sobre 110 casos, 17 murieron antes de los 4 años y otros 2 entre los 5 y
los 9, pero después de los 10 años ya no hubo más bajas. Hace falta
tener un alma de cemento para actuar así. Pero además el daño que este caso está haciendo es mucho más grande. Ese
Fernando Blanco que ha dicho padecer él mismo un cáncer terminal que no
tiene, y que se ha retratado una y otra vez con expresión de compungido
héroe aferrando a su hija, está pisoteando el sufrimiento real de miles
de personas. Me produce vértigo pensar la credibilidad que se le ha
dado a su caso, cómo múltiples medios de comunicación y personajes
famosos se han volcado ayudándolo. ¿Por qué a él sí y a otros no? ¿Por
qué Fernando Blanco recaudó como mínimo 900.000 euros (se supone que fue
mucho más) y en cambio tantas otras causas sociales para las que se
pide apoyo apenas si reciben difusión y ayuda? En ocasiones he intentado
buscar fondos para paliar situaciones tremendas o he servido de correa
de transmisión difundiendo campañas de organizaciones serias sobre casos
tristísimos, y la respuesta social siempre ha sido precaria. ¿Y en
cambio este Fernando Blanco se convierte en una especie de atracción de
feria? ¿Pero qué nos pasa? Supongo, en fin, que las tragedias reales son
justamente eso, verdaderas, es decir, sucias, desapacibles,
desagradables, manchan. Mientras que un supuesto profesional del engaño
como Fernando Blanco puede crear un drama entretenido y fotogénico. Deprime pensar que en esta sociedad del espectáculo lo que más valoramos
es la mentira.
Isabel Gemio, madre de un niño afectado por una enfermedad rara e
impulsora de una fundación que recauda fondos para la investigación, se
echó a llorar en directo en un programa de televisión hablando del caso
de Nadia, y sus conmovedoras lágrimas resumen la inmensa herida, el
destrozo que la presunta estafa de Blanco está causando en tantísima
gente inocente y de verdad doliente. Todas las organizaciones, todas las
personas que se dedican a pedir ayuda para causas sociales conocen bien
las muchas reticencias que van a encontrar en los ciudadanos. Desde la
típica respuesta de “es el Estado el que tiene que hacerse cargo de
eso”, que parece extraída de un manual marxista (y es cierto, hay que
exigir que el Estado actúe, pero yo creo que también la sociedad civil
es responsable), a la suspicacia ante la veracidad de la causa o la
honestidad de la organización intermediaria. Unos miedos y unos tópicos
que ahora parecen justificarse tras este escándalo. Y no sólo eso. El caso Blanco fomenta un rasgo de carácter que
detesto, que es el de la desconfianza sistemática ante el prójimo, esa
despectiva y sabihonda actitud del “piensa mal y acertarás”, ese
alardear de que a mí no me engañan. Para mí este comportamiento es un
error; personalmente, y en una vida ya tan larga, siempre he confiado en
los demás, y sólo me he sentido de verdad defraudada en una ocasión, un
porcentaje ínfimo que pago gozosa. Creo que temer el engaño lo provoca,
que si esperamos lo peor de la gente lo desencadenamos y que, por el
contrario, al dar nuestra confianza fomentamos de los otros lo mejor. Y
si hay unos pocos que abusan, mejor asumir ese precio, de la misma
manera que los grandes almacenes asumen en su presupuesto el costo de
los hurtos. En resumen: por favor, no dejemos que este caso nos vuelva
más mezquinos de lo que ya somos.
Yo vengo disfrutando a esas mujeres solteras o sin hijos desde mi
infancia, y creo que son esenciales: risueñas, más despreocupadas y
desinteresadas.
CUANDO YO era niño, había cierta conmiseración hacia las
mujeres sin hijos. A las que estaban casadas y carecían de ellos se las
miraba con abierta lástima, y aún se oían frases como “Dios no ha
querido bendecirlas con esa alegría”, o “Pobrecilla, mira que lo ha
intentado y no hay manera”. En numerosos ambientes y capas de la sociedad se creía a pie
juntillas en la absurda doctrina de la Iglesia Católica imperante en
España, a saber: que la función del matrimonio era la procreación; que
debían recibirse con gozo o estoicismo (según el caso) cuantas criaturas
llegaran; que la misión de las madres era dedicarse en exclusiva a su
cuidado; que era no sólo normal, sino recomendable, que cualquier mujer,
una vez con descendencia, dejara de lado su carrera y su trabajo, si
los tenía, y se entregara a la crianza en cuerpo y alma. Qué mayor
servicio a la sociedad. A las mujeres solteras (“solteronas” se las llamaba, desde demasiado
pronto) ya no eran conmiseración ni lástima lo que se les brindaba, sino
que a menudo recibían una mezcla de reproche y menosprecio.
Lo deprimente es que, en esta época de tantas regresiones (de
derechas y de supuestas izquierdas), algo de eso está retornando. Se
vuelve a reivindicar que las mujeres se consagren a los hijos y
abandonen sus demás intereses, con la agravante de que ya no es una
presión externa (ni la Iglesia tiene el poder de antes ni el Estado
facilita la maternidad: al contrario), sino que proviene de numerosas
mujeres que, creyéndose “progresistas” (!!!), defienden “lo natural” a
ultranza, ignorantes de que lo natural siempre es primitivo, cuando no
meramente irracional y animalesco. Hoy proliferan las llamadas “mamás
enloquecidas”, que deciden vivir esclavas de sus pequeños vástagos
tiranuelos y no hablan de otra cosa que de ellos.
Yo las vengo observando y disfrutando, a esas solteras o sin hijos,
desde mi infancia, y creo, por el contrario, que son esenciales
Y claro, adoptan un aire de superioridad –también “moral”– respecto a
las desgraciadas o egoístas que no siguen su obsesivo ejemplo, como si
éstas fueran seres inútiles e insolidarios, casi marginales, y por
supuesto “incompletos”. Las más conspicuas entre ellas son las tías
solteras, pero no sólo: también las amigas, compañeras y madrinas
solteras, que las mamás chifladas acaban por ver como apéndices de sus
vidas.
La mayoría de las que he conocido y conozco son de una generosidad sin
límites, y quieren a esos niños próximos de un modo absolutamente
desinteresado. Como no son sus madres, no se atreven a esperar
reciprocidad, ni tienen sentimiento alguno de posesión. Se muestran
dispuestas a ayudar económicamente, a echar una mano en lo que se
tercie, a descargar de quehaceres y responsabilidades a sus hermanas o
amigas. Con frecuencia disponen de más tiempo que los padres para
dedicárselo a los críos; con frecuencia de más curiosidades y estudios,
que les transmiten con paciencia y gusto: en buena medida son ellas
quienes los educan, quienes les cuentan las viejas historias familiares,
quienes contribuyen decisivamente a que los niños se sientan amparados. Muchas de las de mi vida son además risueñas y despreocupadas o
misteriosas, más liberales que los padres, e invitan por tanto a mayor
confianza. Mis padres tenían bastantes allegadas sin hijos: mi tía
Gloria o Tina (ella sí casada) era una fuente de diversión constante, y
aún lo es a sus noventa años. María Rosa Alonso, Mercedes y Carmen
Carpintero, María Antonia Rodulfo, Luisa Elena del Portillo, Maruja
Riaza, Mariana Dorta, Olga Navarro, todas ellas nos encantaba que
llegaran y verlas, a mí y a mis hermanos. Traían un aire de menor severidad, de benevolencia, nos hacían caso sin agobiarnos, nos enseñaban. Y también estaban algunas figuras “ancilares”, aún más modestas en
sus pretensiones. Leo (Leonides su nombre) fue nuestra niñera durante
años. Era una mujer sonriente y de espíritu infantil, en el mejor
sentido de la palabra. Nos contaba cuentos disparatados, nos engañaba
para divertirnos o ilusionarnos, jugaba con nosotros en igualdad de
condiciones, reía mucho con risa que se le escapaba. Le dediqué un
artículo a su muerte, en 1997. Tuvo que irse para atender a un hermano
que la sometía un poco. Pero cuando los míos tuvieron hijos, volvió por
casa los domingos. En un segundo plano, como sin atreverse del todo a
manifestar el afecto inmediato que les profesó a mis sobrinos (“los
niños de sus niños”), pocas miradas he visto tan amorosas e ilusionadas,
con un elemento de involuntaria pena en sus ojos. No la de la envidia,
ni la de sentirse de más, en absoluto. Desde su espíritu ingenuo y
cariñoso, disfrutaba de nuevo de la compañía de sus iguales, niños
traviesos y graciosos. Pero quizá sabía que el hermano exigente acabaría
apartándola de nuevo, y que en la memoria de sus adorados ella sería
sólo un personaje anecdótico. Para mí no lo es, como no lo es ninguna de
las “tías solteras” que he mencionado. Sé lo importantes que fueron y les guardo profundo agradecimiento. No
les tengan conmiseración, no las subestimen nunca, ni las den por
descontadas. Las echarán de menos.
El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, retratado en Arequipa (Perú) DANIEL MORDZINSKILa distancia irónica es la maestría de Alfredo Bryce Echenique
(Lima, 1939). Pero, últimamente, esa distancia se estaba convirtiendo
en una barrera física. Hasta que el pasado mes de diciembre volvió a
contar su vida libertina, apasionada y rocambolesca, con vocación de
obra de arte, en el Hay Festival de Arequipa. A la ciudad peruana donde nació Mario Vargas Llosa
acudió Echenique, que vive hoy en Lima, tras 40 años de exilio
voluntario en Europa, donde fue testigo del Mayo del 68, machacado en
París por amores o, ya, de vuelta a su país, sacudido por matones de
Vladimiro Montesinos, el todopoderoso asesor de Fujimori, según cuenta. Amigo de Fidel Castro sin ser, ni mucho menos, castrista, le agradece in memoriam que un día le bendijera —“por el rito socialista”, asegura— un amor . Pero le reprocha también haber partido en dos al boom literario latinoamericano. “Aquello acabó como el rosario de la aurora”, dice. La condena por plagio [un tribunal peruano le condenó en
2009 en Perú por copiar 16 artículos de 15 autores diferentes] le amargó
la entrega del premio que le concedió la Feria del Libro de Guadalajara
en 2012. El asunto, dice, está recurrido. Quiere limpiar su nombre. Pregunta. Hace mucho que no se sabe de
usted. Desde que regresó a Perú, en los bares de España preguntan qué
será de Bryce. ¿Por qué volvió? Respuesta. Ya me tocaba. Hice una primera
llegada con todas las de la ley, me construí una casa linda gracias a un
amigo del colegio, me metí en una universidad privada —un error—, pero
me raptaron los amigos de Montesinos en plena dictadura de este, me
dieron una paliza en un coche y me dejaron tirado a la puerta de la
embajada de los Estados Unidos. Así que vendí la casa y me fui. P. Y volvió a Europa.
R. Sí, seguí el periplo de mi vida por
Europa. He vivido 40 años fuera: en Francia, en Madrid, en Barcelona.
Ahora sólo vuelvo a ver a los amigos. Últimamente me da rabia porque yo
voy pero nadie viene a verme. Lo solté por ahí y alguno ha respondido. P. ¿Y ahora? ¿Feliz? R. Modestamente feliz. Satisfecho… Y sabiendo que en cualquier momento me puedo ir a cualquier sitio. P. Porque la patria, ¿qué es? ¿Unos cuantos paisajes y unos cuantos amigos, como dice usted? R. Eso es la patria. No más. P. ¿Está escribiendo? R. Siempre, lo que ocurre es que ando
perdido en dos proyectos que no llegan a cuajar. Ya he publicado dos
tomos de antimemorias, tomando la idea de Malraux, convencido de que la
memoria no puede existir. Ahora estoy en el tercer volumen y ya con
título: Permiso para retirarme. P. ¿Qué quiere decir eso? R. Bueno, que ya estoy en la edad de no
hacer nada. Al menos me siento en el momento de jubilarme, quiere decir
esto, de no sentir la obligación de escribir. Más cuando la literatura
que yo he hecho es espontánea, nada pesada. La de alguien que está
contando un cuento. P. ¿Se retira entonces? R. No hay que ponerse dramático, pero sí,
tiene esa connotación. Es que me dedico más a ver películas y a escuchar
música. Pero sin culpa. Ya son 28 libros. P. ¿Se le quitaron las ganas? R. No, sino que ya no siento esa necesidad
de dejar todo porque debo escribir. No es nada especial. Pero nunca me
había pasado. Nunca. Yo era muy disciplinado. Me ha ocurrido esto, sin
darme cuenta. Es muy reciente. Sigo con estas dos cosas pero sin prisa,
vendrán. P. Aquella depresión que le entró tras Un mundo para Julius, ¿fue producto del éxito? R. No soporto el éxito. Ni ver cómo carcomía a algunos amigos. P.Le dieron una paliza en Francia por una
novia. Pero, ¿quizás la que más le dolió fue la que le cayó en la Feria
de Guadalajara cuando le acusaron de plagio? R. Eso fue una cabronada muy grande. Todavía tengo eso en los tribunales. Vino de un señor, jubilado, que me
pasaba manuscritos para que le leyera... Era pesado el hombre. Se paraba
en los semáforos y regalaba sus libros en los atascos. Yo le dije las
cosas que no me gustaban y, bueno, se molestó. Me acusó de plagiarle. Fui a los tribunales y me absolvieron, pero quiero ir más al fondo. Que
llegue a la corte suprema. P. ¿Aquello le deprimió? R. No, porque mis amigos se volcaron conmigo. P. ¿Cuánto le debe su literatura a su familia? R. Mucho, eran muy decadentes. Alguno llegó
a presidente del Perú. Teníamos un palacio que era el único con seis
patios: un derroche.