Los complementos veraniegos serán antagónicos: o minúsculos o talla XXL.
Bolso de Balenciaga en el desfile primavera/verano 2017.
La próxima temporada no entiende de términos medios, sino
todo lo contrario. Los adjetivos máximo y mínimo luchan desde su
carácter de polos opuestos para definir los complementos —bolsos y
calzado— para la próxima temporada de primavera y verano. “Los extremos
son más atrayentes y permiten escapar de lo común. Si optas por ellos
demuestras más personalidad, con un producto diferenciador que te hace
escapar de la monotonía de la gran masa”, explica el experto en moda
Gabriel Torres, director de proyectos y docente de la escuela de moda y
diseño LCI de Barcelona.
Modelo con un mini bolso durante el desfile de Valentino de primavera-verano 2017. PIXELFORMULA / SIPA / Cordon Press
Los
bolsos representan actualmente casi el 30% de las ventas del mercado
del lujo. Por ello las firmas invierten tiempo y esfuerzo en crear
productos que generen deseo. Se encuentran pequeñísimos en la firma
italiana Valentino. Su director creativo, Pierpaolo Piccioli, tras la
marcha de Maria Luisa Chiuri a Dior el pasado julio, hilvana referencias
renacentistas y punk en una colección inspirada en la libertad que
otorgan los cambios. En la presentación de su línea de primavera-verano
2017, celebrada en septiembre en París, las modelos de Valentino
caminaron ligeras sobre la pasarela con bolsitos de piel cruzados en los
que apenas cabe un móvil, un pasaporte y un billete de avión a algún
palacio decadente en el que disfrutar de una fiesta privada.
La próxima temporada no entiende de términos medios, sino
todo lo contrario. Los adjetivos máximo y mínimo luchan desde su
carácter de polos opuestos para definir los complementos —bolsos y
calzado— para la próxima temporada de primavera y verano. “Los extremos
son más atrayentes y permiten escapar de lo común. Si optas por ellos
demuestras más personalidad, con un producto diferenciador que te hace
escapar de la monotonía de la gran masa”, explica el experto en moda
Gabriel Torres, director de proyectos y docente de la escuela de moda y
diseño LCI de Barcelona.
Modelo con un mini bolso durante el desfile de Valentino de primavera-verano 2017. PIXELFORMULA / SIPA / Cordon Press
Los
bolsos representan actualmente casi el 30% de las ventas del mercado
del lujo. Por ello las firmas invierten tiempo y esfuerzo en crear
productos que generen deseo. Se encuentran pequeñísimos en la firma
italiana Valentino. Su director creativo, Pierpaolo Piccioli, tras la
marcha de Maria Luisa Chiuri a Dior el pasado julio, hilvana referencias
renacentistas y punk en una colección inspirada en la libertad que
otorgan los cambios. En la presentación de su línea de primavera-verano
2017, celebrada en septiembre en París, las modelos de Valentino
caminaron ligeras sobre la pasarela con bolsitos de piel cruzados en los
que apenas cabe un móvil, un pasaporte y un billete de avión a algún
palacio decadente en el que disfrutar de una fiesta privada.
Minúsculos son también algunos de los bolsos que imagina
Nadège Vanhee-Cybulski para Hermès. En una de las salidas de la pasarela
de la maison, una de las modelos lució a modo de collar una
miniatura azul inspirada en el famoso modelo Kelly. Otras lucieron en la
mano un par de nano-bolsos cada una, uno redondo y otro cuadrado. La
lectura de estos complementos es simple: las dueñas de ellos están
obligadas a llevar lo esencial y prescindir de lo superfluo.
Detalle de uno de los bolsos de Valentino. PIXELFORMULA/ SIPA / Cordon Press
En el otro extremo se encuentra Cèline. Entre las propuestas
de la casa parisina destacan unos triunfantes sacos de piel para las
Mary Poppins del siglo XXI; piezas talla XXL de color blanco que se
cuelgan del hombro o se llevan bajo el brazo, pensadas para la vida
nómada y lujosa. Phoebe Philo, directora creativa de Cèline, es toda una maestra en el
arte de dar vida a exclusivos sacos en los que, ahora sí, cabe de todo: “Para el día me pone de los nervios si un bolso no es úti”, explicaba la
diseñadora a la revista especializada en modaWWD, en una de las pocas declaraciones que Philo ha
dado a la prensa. La británica llegó a Céline en 2008 y, desde
entonces, ha materializado sus manías en bolsos cómodos, versátiles y,
sobre todo, prácticos. Algo más excesivo ha sido Demna Gvaslia para
Balenciaga, quien presentó para la próxima temporada bolsos que
recuerdan a los asientos puf. O los de Loewe y Prada, de tamaño maxi y
asa corta, ideados para lucir como carteras de mano.
PARECÍA UNA PELÍCULA”, exclamó un testigo en el telediario.
Sin embargo era cierto como la vida misma. O como la muerte misma,
puesto que el hombre que yace en el suelo acaba de expirar. Igual que en
el cine, de acuerdo, sí, con los brazos abiertos en cruz y las piernas
ligeramente separadas, pero también igual que en la realidad. El difunto, embajador ruso en Turquía, fue abatido a tiros por el hombre
de la pistola, un joven de 22 años que pretendía vengar de este modo a
las víctimas de Putin en Alepo. El cuerpo del difunto se encuentra cerca
del atril porque fue sorprendido por la espalda, en medio del discurso
inaugural de una exposición de fotografía, ya lo deducirán ustedes de
los cuadros que cuelgan de las paredes del recinto. Una vez más, la vida (pero también la muerte) imita al arte. La escena
posee la carga retórica de un fotograma. Observen la actitud del
pistolero, sorprendido con el pie derecho ligeramente despegado del
suelo, sobre el que se proyecta una tenue sombra, y atiendan luego al
desconcierto que los disparos producen en el fondo de la sala, donde los
asistentes tratan de ponerse a salvo. La falsificación del arte (o de
la vida) ha llegado a unos límites que a veces no hay manera de
distinguir si fue primero aquel o aquella. Se diría que en ocasiones la
realidad y su copia nacen al unísono. El efecto de ficción aumenta
cuando uno repara en el punto de vista desde el que se tomó la imagen. Hay que ser muy osado para disparar la máquina a una distancia tan
escasa del oído del pistolero, que afortunadamente no se dio la vuelta.
La presunta estafa de Fernando Blanco está causando un inmenso destrozo en gente inocente
y de verdad doliente.
CADA VEZ que tropiezo con algún eco del caso Nadia,
la niña enferma presuntamente explotada por su familia, se me corta el
aliento de pura indignación. Sé que en el mundo hay hechos mucho peores,
más crueles, más feroces;
pero la miseria moral, la banal indecencia de unos padres que se supone
que llevan siete años utilizando el dolor de su hija para robar, es algo
en verdad desconsolador. Al parecer tenían carteles en la casa que
decían: “No te vas a morir”. Imaginad a alguien capaz de criar a su niña
(desde los cuatro años hasta los once que tiene ahora) en el
convencimiento de que va a fallecer de manera inminente. Eso es simple
tortura. Un martirio cuya crueldad empeora cuando sabemos que por lo
visto su enfermedad no es tan letal. Según un estudio internacional
sobre 110 casos, 17 murieron antes de los 4 años y otros 2 entre los 5 y
los 9, pero después de los 10 años ya no hubo más bajas. Hace falta
tener un alma de cemento para actuar así. Pero además el daño que este caso está haciendo es mucho más grande. Ese
Fernando Blanco que ha dicho padecer él mismo un cáncer terminal que no
tiene, y que se ha retratado una y otra vez con expresión de compungido
héroe aferrando a su hija, está pisoteando el sufrimiento real de miles
de personas. Me produce vértigo pensar la credibilidad que se le ha
dado a su caso, cómo múltiples medios de comunicación y personajes
famosos se han volcado ayudándolo. ¿Por qué a él sí y a otros no? ¿Por
qué Fernando Blanco recaudó como mínimo 900.000 euros (se supone que fue
mucho más) y en cambio tantas otras causas sociales para las que se
pide apoyo apenas si reciben difusión y ayuda? En ocasiones he intentado
buscar fondos para paliar situaciones tremendas o he servido de correa
de transmisión difundiendo campañas de organizaciones serias sobre casos
tristísimos, y la respuesta social siempre ha sido precaria. ¿Y en
cambio este Fernando Blanco se convierte en una especie de atracción de
feria? ¿Pero qué nos pasa? Supongo, en fin, que las tragedias reales son
justamente eso, verdaderas, es decir, sucias, desapacibles,
desagradables, manchan. Mientras que un supuesto profesional del engaño
como Fernando Blanco puede crear un drama entretenido y fotogénico. Deprime pensar que en esta sociedad del espectáculo lo que más valoramos
es la mentira.
Isabel Gemio, madre de un niño afectado por una enfermedad rara e
impulsora de una fundación que recauda fondos para la investigación, se
echó a llorar en directo en un programa de televisión hablando del caso
de Nadia, y sus conmovedoras lágrimas resumen la inmensa herida, el
destrozo que la presunta estafa de Blanco está causando en tantísima
gente inocente y de verdad doliente. Todas las organizaciones, todas las
personas que se dedican a pedir ayuda para causas sociales conocen bien
las muchas reticencias que van a encontrar en los ciudadanos. Desde la
típica respuesta de “es el Estado el que tiene que hacerse cargo de
eso”, que parece extraída de un manual marxista (y es cierto, hay que
exigir que el Estado actúe, pero yo creo que también la sociedad civil
es responsable), a la suspicacia ante la veracidad de la causa o la
honestidad de la organización intermediaria. Unos miedos y unos tópicos
que ahora parecen justificarse tras este escándalo. Y no sólo eso. El caso Blanco fomenta un rasgo de carácter que
detesto, que es el de la desconfianza sistemática ante el prójimo, esa
despectiva y sabihonda actitud del “piensa mal y acertarás”, ese
alardear de que a mí no me engañan. Para mí este comportamiento es un
error; personalmente, y en una vida ya tan larga, siempre he confiado en
los demás, y sólo me he sentido de verdad defraudada en una ocasión, un
porcentaje ínfimo que pago gozosa. Creo que temer el engaño lo provoca,
que si esperamos lo peor de la gente lo desencadenamos y que, por el
contrario, al dar nuestra confianza fomentamos de los otros lo mejor. Y
si hay unos pocos que abusan, mejor asumir ese precio, de la misma
manera que los grandes almacenes asumen en su presupuesto el costo de
los hurtos. En resumen: por favor, no dejemos que este caso nos vuelva
más mezquinos de lo que ya somos.
Yo vengo disfrutando a esas mujeres solteras o sin hijos desde mi
infancia, y creo que son esenciales: risueñas, más despreocupadas y
desinteresadas.
CUANDO YO era niño, había cierta conmiseración hacia las
mujeres sin hijos. A las que estaban casadas y carecían de ellos se las
miraba con abierta lástima, y aún se oían frases como “Dios no ha
querido bendecirlas con esa alegría”, o “Pobrecilla, mira que lo ha
intentado y no hay manera”. En numerosos ambientes y capas de la sociedad se creía a pie
juntillas en la absurda doctrina de la Iglesia Católica imperante en
España, a saber: que la función del matrimonio era la procreación; que
debían recibirse con gozo o estoicismo (según el caso) cuantas criaturas
llegaran; que la misión de las madres era dedicarse en exclusiva a su
cuidado; que era no sólo normal, sino recomendable, que cualquier mujer,
una vez con descendencia, dejara de lado su carrera y su trabajo, si
los tenía, y se entregara a la crianza en cuerpo y alma. Qué mayor
servicio a la sociedad. A las mujeres solteras (“solteronas” se las llamaba, desde demasiado
pronto) ya no eran conmiseración ni lástima lo que se les brindaba, sino
que a menudo recibían una mezcla de reproche y menosprecio.
Lo deprimente es que, en esta época de tantas regresiones (de
derechas y de supuestas izquierdas), algo de eso está retornando. Se
vuelve a reivindicar que las mujeres se consagren a los hijos y
abandonen sus demás intereses, con la agravante de que ya no es una
presión externa (ni la Iglesia tiene el poder de antes ni el Estado
facilita la maternidad: al contrario), sino que proviene de numerosas
mujeres que, creyéndose “progresistas” (!!!), defienden “lo natural” a
ultranza, ignorantes de que lo natural siempre es primitivo, cuando no
meramente irracional y animalesco. Hoy proliferan las llamadas “mamás
enloquecidas”, que deciden vivir esclavas de sus pequeños vástagos
tiranuelos y no hablan de otra cosa que de ellos.
Yo las vengo observando y disfrutando, a esas solteras o sin hijos,
desde mi infancia, y creo, por el contrario, que son esenciales
Y claro, adoptan un aire de superioridad –también “moral”– respecto a
las desgraciadas o egoístas que no siguen su obsesivo ejemplo, como si
éstas fueran seres inútiles e insolidarios, casi marginales, y por
supuesto “incompletos”. Las más conspicuas entre ellas son las tías
solteras, pero no sólo: también las amigas, compañeras y madrinas
solteras, que las mamás chifladas acaban por ver como apéndices de sus
vidas.
La mayoría de las que he conocido y conozco son de una generosidad sin
límites, y quieren a esos niños próximos de un modo absolutamente
desinteresado. Como no son sus madres, no se atreven a esperar
reciprocidad, ni tienen sentimiento alguno de posesión. Se muestran
dispuestas a ayudar económicamente, a echar una mano en lo que se
tercie, a descargar de quehaceres y responsabilidades a sus hermanas o
amigas. Con frecuencia disponen de más tiempo que los padres para
dedicárselo a los críos; con frecuencia de más curiosidades y estudios,
que les transmiten con paciencia y gusto: en buena medida son ellas
quienes los educan, quienes les cuentan las viejas historias familiares,
quienes contribuyen decisivamente a que los niños se sientan amparados. Muchas de las de mi vida son además risueñas y despreocupadas o
misteriosas, más liberales que los padres, e invitan por tanto a mayor
confianza. Mis padres tenían bastantes allegadas sin hijos: mi tía
Gloria o Tina (ella sí casada) era una fuente de diversión constante, y
aún lo es a sus noventa años. María Rosa Alonso, Mercedes y Carmen
Carpintero, María Antonia Rodulfo, Luisa Elena del Portillo, Maruja
Riaza, Mariana Dorta, Olga Navarro, todas ellas nos encantaba que
llegaran y verlas, a mí y a mis hermanos. Traían un aire de menor severidad, de benevolencia, nos hacían caso sin agobiarnos, nos enseñaban. Y también estaban algunas figuras “ancilares”, aún más modestas en
sus pretensiones. Leo (Leonides su nombre) fue nuestra niñera durante
años. Era una mujer sonriente y de espíritu infantil, en el mejor
sentido de la palabra. Nos contaba cuentos disparatados, nos engañaba
para divertirnos o ilusionarnos, jugaba con nosotros en igualdad de
condiciones, reía mucho con risa que se le escapaba. Le dediqué un
artículo a su muerte, en 1997. Tuvo que irse para atender a un hermano
que la sometía un poco. Pero cuando los míos tuvieron hijos, volvió por
casa los domingos. En un segundo plano, como sin atreverse del todo a
manifestar el afecto inmediato que les profesó a mis sobrinos (“los
niños de sus niños”), pocas miradas he visto tan amorosas e ilusionadas,
con un elemento de involuntaria pena en sus ojos. No la de la envidia,
ni la de sentirse de más, en absoluto. Desde su espíritu ingenuo y
cariñoso, disfrutaba de nuevo de la compañía de sus iguales, niños
traviesos y graciosos. Pero quizá sabía que el hermano exigente acabaría
apartándola de nuevo, y que en la memoria de sus adorados ella sería
sólo un personaje anecdótico. Para mí no lo es, como no lo es ninguna de
las “tías solteras” que he mencionado. Sé lo importantes que fueron y les guardo profundo agradecimiento. No
les tengan conmiseración, no las subestimen nunca, ni las den por
descontadas. Las echarán de menos.