La actriz
ha pasado la Navidad en Colorado en una casa que ha alquilado por cuatro
millones. Brad Pitt ha confesado que han sido los peores días de su
vida.
Angelina Jolie, con dos de sus hijos en Colorado. CORDON PRESS
Cuatro meses después de anunciar su separación, Angelina Jolie y Brad Pitt
atraviesan momentos vitales muy diferentes. La actriz tras pasar algún
tiempo recluida en una de sus lujosas residencias con sus seis hijos ha
reaparecido en público con tres de ellos. Ha sido en Colorado donde la
familia ha pasado las vacaciones de Navidad y se ha dejado ver por
primera vez paseando por la calle. Jolie, acompañada
de Shiloh, de diez años, y los gemelos Knox y Vivienne, de ocho, se ha
mostrado muy sonriente aunque, eso sí, algo más delgada de lo habitual
en ella que siempre se ha caracterizado por su frágil físico. La prensa de EE UU asegura que la actriz alquiló una mansión por cuatro
millones de euros para que sus hijos pasaran una Navidad en la nieve y
lejos de la vida que llevaron en el pasado junto a Brad Pitt. La mansión
cuenta con seis dormitorios y una pista privada que permite esquiar
directamente sin tener que salir del recinto.
Angelina Jolie sale con sus hijos de una tienda de helados. CORDON PRESS
El actor, mientras tanto, no se ha dejado ver tras concluir la promoción de su última película, Aliados,
protagonizada con Marion Cotillard. Algunos medios internacionales
haciéndose eco de amigos de Pitt aseguran que este ha pasado la Navidad
en alguna playa con sus padres y algún íntimo y han añadido que para él
han sido "las peores" vacaciones de su vida. Eso sí antes de viajar pudo
ver un rato a sus niños y darles sus regalos de Navidad pero siempre
bajo la supervisión de un terapeuta. "La angustia de Brad es evidente en este momento. Ha echado
mucho de menos estar con sus hijos en Navidad y Año Nuevo", explica una
fuente próxima al actor a medios de EE UU quien añade: "Estas visitas
supervisadas son un verdadero infierno para él. Rompe a llorar tantas veces... ya no tiene vergüenza de llorar".
La guerra entre quienes durante años fueron la pareja adorada de Hollywood continúa. El pasado día 23 de diciembre Brad Pitt acusó a Angelina Jolie, de revelar detalles sensibles sobre su acuerdo de divorcio. Según la revista People, el actor asegura que su expareja ha facilitado varios documentos legales a los medios de comunicación. El equipo legal del protagonista de El club de la lucha,
de 53 años, ha presentado un memorando jurídico esta semana en la Corte
Superior de California aportando razones específicas para justificar
que todo el procedimiento sobre la custodia de sus seis hijos debe permanecer bajo secreto. En los documentos, a los que han tenido acceso varios medios estadounidenses como Page Six o People,
el intérprete acusa a Jolie de exponer a sus hijos "haciendo públicos
los nombres de sus terapeutas y de otros profesionales de salud mental" y
añade que ella "no tiene un mecanismo de autocontrol para evitar que la
información sensible salga a la luz". "Jolie parece que está decidida a ignorar incluso los
mínimos acordados para proteger a sus hijos", dicen los documentos,
donde se pide al juez del caso, Richard J. Burdge Jr., que conceda una
moción para sellar el caso. La audiencia se celebrará el próximo 17 de
enero.
La auxiliar de enfermería española, primer caso de ébola adquirido fuera de África, describe ahora su "calvario".
La auxiliar Teresa Romero, tras recibir el alta médica, en el Hospital Carlos III. Luis Sevillano
El último brote de ébola
mató a 11.323 personas, el 40% de las afectadas. La inmensa mayoría se
infectó en África occidental. El virus provocó en ellas su letal rutina:
fiebre, dolores de cabeza insoportables, vómitos, diarrea incontenible,
hemorragias por la boca y el recto e incluso sangrado por los ojos. La española Teresa Romero es una de las 17.323 personas
que sobrevivieron a la enfermedad. “Sentía que la muerte me acechaba,
un ente apoyado en mi hombro me esperaba tranquilo. Algo que no se puede
explicar con palabras. Todavía hoy en día no sé cómo pude salir de
ahí”, rememora ahora. Los recuerdos del calvario de Romero aparecen en un artículo científico publicado en la revista Enfermería Clínica. En el trabajo, firmado por tres especialistas de la Unidad de
Aislamiento de Alto Nivel para enfermedades altamente contagiosas del
Hospital Universitario La Paz-Carlos III de Madrid, se detallan los
cuidados de enfermería en el primer caso de ébola adquirido fuera de
África. Romero comienza su relato el 7 de octubre de 2014, cuando fue
trasladada en una cápsula hermética al hospital madrileño, donde pasaría
25 días en aislamiento estricto en la habitación 6008. Dos meses antes,
como auxiliar de enfermería, había atendido al religioso Miguel
Pajares, de 75 años, el primer español infectado por el virus del Ébola,
repatriado desde Liberia. El 23 de septiembre, Romero cambió el pañal a un segundo enfermo,
repatriado desde Sierra Leona: el sacerdote Manuel García Viejo, de 69
años. El 26 de septiembre, tras la muerte del misionero, la auxiliar
entró de nuevo en la habitación para limpiarla. Se desconoce en qué
momento se infectó.
Aquel 7 de octubre, Romero, de 44 años, llegó al hospital tumbada
boca arriba, con el cuerpo cubierto por entero por un buzo blanco, unos
guantes y una capucha. “Apenas podía respirar en tan pequeño
habitáculo”, recuerda. “Aquella situación me imponía porque iba empapada
en mis propios fluidos. Era un momento muy angustioso, sentía humedad
por todas partes”. Cuando llegó al ala norte del hospital, la esperaban tres compañeros
vestidos con los equipos de protección. “Teresa, venga para adelante,
que este fin de año tenemos que cenar juntos”, le dijo uno. “Era inevitable pensar en los dos pacientes con enfermedad por el virus
del Ébola repatriados de África que había atendido y de su triste final. Me veo en el mismo destino, el pánico se apodera de mí, no quiero
dormir, sentía que si lo hacía ya no volvería a despertar”, rememora en
la revista Enfermería Clínica. El 8 de octubre, su situación empeoró. “Mis pulmones estaban
empezando a fallar, sentía que me ahogaba y me costaba respirar, era una
situación de agonía. Entraron dos compañeros para aumentar el caudal de
oxígeno. Les miré y les supliqué que me ayudaran a morir”, confiesa. Entonces comenzó la fase crítica de la enfermedad. Sus recuerdos se
borran. Hasta 108 personas, 87 mujeres y 21 hombres, entraron en la
habitación de Teresa Romero aquellos días, jugándose la vida. Fueron 352
entradas, el 82% de ellas realizadas por el equipo de enfermería, según
subrayan los autores del estudio, encabezados por la enfermera Alicia
Cerón.
Incluyendo a los dos pacientes anteriores, 165 trabajadores del
hospital se expusieron en 762 ocasiones al ébola. El único contagio fue
el de Teresa Romero, pese a que “vestía adecuadamente el equipo de
protección individual”, recalcan los firmantes. “Es fundamental que se
creen unidades especializadas para enfermedades altamente contagiosas
con entrenamiento y formación periódicos”, afirman.
A pesar del ejército de profesionales que no quitaban el ojo las 24
horas del día a la habitación 6008, y con media España pendiente de su
salud, Romero se sentía sola. “El resto del mundo no existía, solamente
era yo luchando por sobrevivir. Me confortaba saber que tenía conectada
una bomba de perfusión donde se podía leer la palabra morfina”, narra. En la otra vía en sus brazos, estaba conectada al suero de la religiosa Paciencia Melgar, que se infectó junto al misionero Miguel Pajares en Liberia y sobrevivió. Romero también recibía por vía oral un fármaco experimental antiviral, el favipiravir.
Era uno de los mejores momentos del día. “Me gustaba mucho tomarlo
porque tenía buen sabor y como iba disuelto en agua y pasaba mucha sed,
ansiaba el momento de tomarlo”, recuerda.
Pese a todos estos esfuerzos médicos y científicos, Romero revela
otra versión sobre su curación. “Factores condicionantes para superar la
enfermedad: infundir esperanza, dar cariño y positividad, poder
comunicarme, no sentir dolor, no sentir emociones negativas, poder
respirar, poder dormir, disponer de tratamiento antiviral y suero de
convaleciente, pero esto puesto en duda si es realmente efectivo en la
enfermedad”, escribe. Finalmente, el 19 de octubre, un análisis para detectar el material
genético del virus da negativo. Romero está limpia. Se lo comunican dos
médicos vestidos todavía con el equipo de protección individual. “Yo, lejos de alegrarme por tan esperada noticia, rompo a llorar por
el recuerdo de mi perro, ejecutado por las autoridades sanitarias el 8
de octubre de 2014”, lamenta la auxiliar, en referencia a Exkalibur, su mascota sacrificada
por el equipo del Centro de Vigilancia Sanitaria Veterinaria (Visavet)
de la Universidad Complutense de Madrid, para evitar riesgos. “Quizá me haya dejado muchos detalles sin escribir, nadie puede imaginar
lo que yo viví en octubre de 2014 exceptuando los supervivientes de
ébola”, concluye Romero.
La víctima, de 25 años, sufrió una parada respiratoria en una playa de São Paulo.
Un fotograma del momento en el que el rayo impacta a la joven.EPV
Taline Campos, de 25 años, caminaba sola por la orilla del
mar, en Praia do Sonho, São Paulo (Brasil), cuando un rayo impactó sobre
ella. Los servicios de emergencia tardaron menos de 15 minutos en
atender a la joven, que tuvo que ser sedada y entubada, según informa Eduardo Martos en su cuenta de YouTube, donde subió el vídeo. A continuación, fue trasladada al hospital con un paro cardíaco.
Un fotograma del momento en el que el rayo impacta a la joven.EPV
Inmediatamente
después, la mujer, residente en Guarulhos, al norte de São Paulo, fue
atendida en el centro de atención primaria de Jardim Sabaúna en estado
grave. La mañana del lunes fue trasladada a un hospital. Al menos diez
personas caminaban alrededor de la chica en el momento del accidente,
pero ninguna resultó herida.
Fàtima Llambrich desmenuza un doble crimen por el que cumple condena Ramón Laso.
Ramón Laso y Fátima Llambrich, en uno de sus encuentros en prisión. GUILLEM PRIETO
Ramón Laso no es inocente, aunque nada demuestre lo contrario. Está en la cárcel por matar a dos personas,
su esposa y su cuñado, de quienes se tiene la certeza de que no están
vivos, aunque no haya pruebas directas de que estén muertos. Los cuerpos
nunca se han encontrado, Laso jamás confesó, no hay arma del crimen, ni
rastros biológicos ni testigos. Nada. La periodista Fàtima Llambrich ha
construido sobre este caso –histórico en España aunque pasó casi
inadvertido- la obra Sin cadáver (Now Books, 2016), con los
cimientos de la investigación de los Mossos d’Esquadra, las 50
entrevistas que tuvo con su protagonista en presidio, un cuaderno azul
en letra apretada que el condenado escribió solo para ella y una
profunda búsqueda en su pasado. Y en sus secretos.
El
libro de hechos reales novelados de Fàtima Llambrich (L’Ametlla de Mar,
Tarragona, 1980) desconcierta.
No toma partido. Deja abierta al lector
la decisión de si Ramón Laso (Quesada, Jaén, 1955) es un asesino
psicópata, un lobo con piel de cordero, o una víctima de una
investigación prejuiciosa. “Claro que yo tengo una opinión sobre él,
pero no quiero decirlo para no contaminar al lector, para que no juzgue a
Ramón solo por etiquetas sino como si lo hubiera conocido”, explica.
Como ese detenido de quien sus vecinos dicen que siempre saludaba
Llambrich desmenuza la investigación que la Unidad Central
de Personas Desaparecidas de los Mossos llevó a cabo hasta convencerse
(y convencer al jurado) de que Ramón Laso, sepulturero y conductor de
ambulancias, había matado en 2009 a su segunda esposa, Julia Lamas, y a
Maurici Font, su cuñado, que habían desaparecido de Els Pallaresos
(Tarragona). Los investigadores llegaron a la conclusión de que los
eliminó porque le estorbaban, ya que Laso mantenía una relación
sentimental con Mercedes Lamas, hermana de Julia y esposa de Maurici. Llambrich, periodista de TV-3, trufa la investigación con
sus anotaciones de las entrevistas con Ramón Laso en la cárcel (50
encuentros desde 2012, con mampara de por medio), una inmersión en el
pasado del criminal y un cuaderno azul que el condenado escribió tras su
encarcelamiento. “Él lo redactó para mí porque sabía que estaba
escribiendo el libro”, admite. Laso no hace ni una confesión: lo niega
todo y parece más molesto por el hecho de que no le hayan probado de
forma directa sus crímenes que por que realmente le acusen de ellos. La autora mezcla periodismo e investigación criminalística (es
licenciada en Criminología) para presentar un caso que hizo historia en
España, montado por cadenas de indicios, analogías y antecedentes, pero
sin pruebas directas: ni una, de hecho. Algo inédito aquí pero
relativamente habitual en Estados Unidos. En sus 357 páginas va presentando a un Laso amable con sus conocidos,
colaborador con los investigadores, trabajador, concienzudo y minucioso.
Un hombre que tiene su celda de la cárcel de Barcelona en la que pena
30 años (la sentencia confirmatoria del Tribunal Supremo es de julio pasado)
impoluta, ordenada de forma tan obsesiva que tapa con plásticos los
mandos a distancia de sus aparatos electrónicos. Pero un ser despiadado a
ojos de los investigadores.
Quien no conozca la historia de Laso tiene que transitar la mitad del
libro para llegar al secreto que guardó durante años, del que sus dos
víctimas (sin cadáver) ni su entorno en Tarragona tenían ni idea: en
1993 fue condenado por matar a su primera esposa, Lolita Camacho,
simulando un suicidio, y a su hijo Daniel, de 6, en un aparente
accidente de tráfico
. Entonces también tenía una amante.
Tampoco
confesó, ni hubo testigos, ni prueba directa.
Fue condenado a 56 años,
pero a los ocho quedó libre. De ello quizás aprendió que en un crimen no
hay que dejar cadáver. Porque, como sostiene el forense José Antonio
García-Andrade, “los muertos cuentan muchas cosas”.