La actriz estadounidense de 60 años se encuentra hospitalizada en Los Ángeles.
La actriz Carrie Fisher, junto a un soldado imperial de Star Wars. EFE
El estado de salud de la actriz Carrie Fisher, más conocida como la princesa Leia de la saga cinematográfica La guerra de las galaxias,
ha registrado en las últimas horas una ligera mejoría dentro de la
gravedad después de que sufriera un paro cardiaco mientras volaba desde
Londres a Los Ángeles. Fisher, de 60 años, se encuentra fuera de la sala
de urgencias del centro médico de la UCLA de la ciudad californiana
donde el viernes fue ingresada en estado crítico. Según confirmó su
hermano, Todd Fisher, a la prensa, cuatro horas después de su ingreso,
la intérprete se encuentra “estable”. Sin embargo otras informaciones
hablan de que la actriz necesita respiración asistida. Por el momento no
existe un comunicado oficial del centro médico. Fisher viajaba en el vuelo de United 930. Según el portal de noticias
TMZ la actriz iba acompañada de su hija, Billie Lourd, y de su perro
Gary, un bulldog francés de unos cuatro años del que nunca se separa. El
paro cardiaco tuvo lugar momentos antes del aterrizaje y la actriz
fue atendida en el avión por personal de la aerolínea así como por un
médico y una enfermera que viajaban en el mismo vuelo. Aún así algunos
pasajeros indicaron en las redes sociales que Fisher estuvo unos diez
minutos sin pulso hasta que consiguieron restablecer su respiración.
La actriz Carrie Fisher, junto a un soldado imperial de Star Wars. EFE
Desde el momento en el que se dio a conocer la noticia, las
redes sociales se han llenado de mensajes de preocupación y cariño hacia
una actriz que se convirtió en la princesa de toda una generación. “Por
si 2016 no pudiera ir peor... Le mando todo nuestro amor
@carrieffisher”, dijo en twitter Mark Hamill, su amigo y Luke Skywalker en La guerra de las galaxias. Peter Mayhew, más conocido como Chewbacca
en la misma saga, se unió a su mensaje: “Mis pensamientos y mis
oraciones están con nuestra amiga y la princesa favorita,
@carrieffifher”. Lo mismo dijo el guionista de Rogue One Gary Whitta o la actriz británica Gwendoline Christie, también parte del universo de Star Wars. Desde otro universo, el de Star Trek,
sus estrellas William Shatner y George Takei se unieron en la misma
plegaria. “Yo no rezo mucho pero ahora rezo por ti”, añadió el
irreverente director Kevin Smith. “Usa la fuerza, cariño”, le dijo Joely
Fisher, hermanastra de la actriz. Mientras, y pese al inusual día de frío y lluvia en Los
Ángeles, a las puertas del centro médico se ha formado una improvisada
vigilia de fans que recuerdan a la actriz mientras le desean una pronta
recuperación. De hecho la imagen de una joven princesa Leia está muy presente en la memoria de los seguidores de la última entrega de este universo galáctico, Rogue One, película que en la actualidad arrasa en la taquilla internacional, donde lleva recaudados cerca de 420 millones de dólares.
Antes que Lady Di, Kate Middleton o Letizia, Carrie Fisher ha encarnado lo que significaba ser princesa para toda una generación. Su nombre está asociado al de esa princesa Leia que protagonizó la saga espacial La guerra de las galaxias
en sus tres episodios más admirados. Leia nunca ha sido la típica
princesa de cuentos de hadas sino una joven dispuesta a la acción cuando
en Hollywood todavía no se hablaba de la falta de diversidad de género. Fisher es la mujer que cambió la forma de ver los papeles femeninos en
el cine cuando todavía era una adolescente.
Nacida en 1956, solo tenía 19 años cuando George Lucas
le dio a leer un guión de su primera saga cinematográfica. Le encantó
aunque nunca pensó que se convertiría en el fenómeno de masas que le
perseguirá de por vida. Una experiencia tan intensa que nunca le ha
permitido ser nada más y una fama que no siempre ha llevado de la mejor
manera. “Ahora me doy cuenta de que era un problema de niña rica.
Absurdo. Pero sí es cierto que la gente espera de mi que sea la princesa
Leia. Que yo sea ella y ella sea yo. Que seamos la misma”, reconoció
hace un año a EL PAÍS. La verdadera Carrie Fisher es otra persona. Sin embargo el
título de princesa le sigue valiendo dado que nació en lo que en
Hollywood se considera realeza, hija de dos estrellas como Debbie
Reynolds (Cantando bajo la lluvia) y el cantante y actor Eddie
Fisher. También fue el fruto de uno de los mayores escándalos de
aquellos años ya que su padre abandonó a Reynolds por su mejor amiga, la
tan famosa por su cine como por sus matrimonios Elizabeth Taylor. Pese a
este bagaje familiar a Fisher nunca le interesó el cine. “El cine fue
un accidente. Yo quería ser escritora”, afirmó a este periódico la
intérprete que de niña se refugió de Hollywood y sus chismes leyendo
libros. Pero la familia pesa y sin acabar sus estudios embarcó en el
Halcón Milenario hacia una lejana galaxia ahora conocida como el
universo de Star Wars. En las tres primeras entregas de esta saga en las que participó, La guerra de las galaxias. Episodio IV; El imperio contraataca y El retorno del Jedi,
interpretó a la princesa Leia, personaje que ahora describe como “una
persona independiente, fuerte y que no se calla ni debajo del agua”. Los mismos atributos le corresponden a Fisher. Si bien como actriz sus
trabajos han sido cada vez más escasos y poco relevantes con papeles en
películas como Blue Brothers, Hannah y sus hermanas (1986) o When Harry Met Sally
(1987), su voz se puede oír alta y clara en sus novelas, en gran parte
semiautobiográficas, y en sus monólogos como humorista. También ha
trabajado como guionista y sobre todo como “doctora de guiones” en
películas como Arma Letal 3 o The Wedding Singer. En
sus libros, ha tratado con bastante humor y grandes dosis de drama su
vida, su relación con la industria de Hollywood, los lazos familiares
que la asfixiaban y, sobre todo, su experiencia con el alcohol y las
drogas. Diagnosticada con bipolaridad, es una gran portavoz de las
enfermedades mentales. De hecho a pesar de que nunca acabó sus estudios,
la Universidad de Harvard la concedió este año el premio a toda una
vida por su labor como activista en favor de aquellos que sufren de
adicciones o enfermedades mentales. Fisher volvía de Londres de la gira
promocional de su octavo y último libro, Princess Diarist, que recuenta el diario de la actriz durante el rodaje de la saga espacial.
Entonar villancicos fuera de fecha resulta de mal fario y, si las bicicletas eran para el verano, que decía Fernán Gómez,
mucho más cierto es que los villancicos son navideños.
Así que se irá
otro año entre marimorenas y pastores, y nadie escapará de un soniquete
que tiende a durar en el oído casi tanto como la voz de los niños de San
Ildefonso cantando números.
Pero, ¿de dónde salen? ¿Son canciones
religiosas?
La Iglesia, como en otras ocasiones, buscó la forma de sacar provecho a
la cultura popular, de esa manera, a los cantares de los pueblos,
aquellos estribillos pegadizos, se les añadió una pedagogía religiosa,
de ahí que nada tengan que ver unos peces bebiendo en el río con un Dios
recién nacido.
Hasta el 7 de marzo de 1965 las misas en España fueron en latín, una
lengua que cinco siglos atrás ya resultaba extraña a los feligreses, les
espantaba de la liturgia.
Se cree que fue Hernando de Talavera, el
primer arzobispo de Granada tras el triunfo de los católicos sobre los
musulmanes, quien a finales del XV tomó la decisión, a la postre
revolucionaria, como apunta el catedrático de la Universidad de Oviedo
Ángel Medina: sentencias latinas y algunos cantos gregorianos se
sustituyeron por coplas en castellano de modo que, como dejó dicho
Pietro Cerone, peregrino en marcha a Santiago del XVI, las iglesias
españolas “se parecieran más al patio de un teatro que a la casa de
Dios”.
En origen, los villancicos
eran una composición con estribillo de expresión popular y unas
estrofas que trataban de explicar o desarrollar el contenido de ese
estribillo.
Dice Sebastián de Covarrubias, en 1611, en el Diccionario de
Autoridades, que los que habitaban en aldeas, sin privilegios ni
hidalguía, solían cantar “cuando estaban en solaz”; y que luego los
cortesanos tomaron gusto por esos ripios alegres que se oían en caminos y
campos y los fueron incrustando como coro, como leit motiv, en composiciones más cultas.
"Ese mesmo origen tienen los villancicos tan celebrados en Navidad y el Corpus Christi".
Cualquier temática podía ser materia de un estribillo:
nostalgia y refranes (“Por dinero baila el perro, Juana, y por pan, si
se lo dan”) y, sobre todo, amoríos. Surgieron cancioneros y antologías
y, en algunos, se añadió la notación musical para indicar cómo
interpretarlos. Pronto los predicadores aprovecharon este filón. Así fue como, según cuenta Silvia Iriso en su Gran libro de los villancicos
(El Aleph), fray Ambrosio Montesino escribió, en 1508, letras sobre
Jesucristo, la Virgen o los apóstoles y las encajó en melodías
conocidas: “Cántese al son de La zorrilla con el gallo”; o "al tono de Aquel pastorcico, madre",
anotó el fraile. Villancicos que fueron amorosos y rayanos en lo
sexual, sobre mujeres que con 10 años ya habían experimentado “el amor”,
se convirtieron en cantos sobre la Virgen. Si esta manifestación terminó tan adscrita a la Navidad
es, precisamente, porque es una de manifestaciones religiosas que
incorporan un paisaje cotidiano, una familia, unos animales, un pesebre,
estrellas, figuras con las que podría identificarse el mundo rural. También se cayó en la chanza. Los villancicos se ríen del
habla de los gallegos, los asturianos, los negros, por eso no fueron
pocas las intentonas de prohibir aquellos teatrillos durante los oficios
religiosos. El villancico como forma litúrgica decae en el siglo XIX,
sin embargo su esencia, los estribillos repetitivos, la devoción
popular, se extiende hasta hoy y su forma actual también se fue
transformando en América desde su llegada en el siglo XVI. Los peces no han dejado de beber y beber en el río, pero eso de que era por ver al Dios nacido es cosa de la Iglesia.
A finales de 2016 acabó el siglo XX, o algo muy parecido: lo hizo con
la muerte de Fidel Castro, el hombre que reunió en sí mismo la
esperanza y el fracaso de varias generaciones. A finales de 2016 se demostró que el siglo XX estaba más vivo que
nunca, o eso pareció: el Nobel Bob Dylan, aún en buena forma, hizo lo
mismo que en los 60, dar plantón al mundo. Fue el año que votamos contra nosotros mismos, o al menos contra lo
que dijimos que íbamos a votar. Estados Unidos lo va gobernar un showman
multimillonario huido de un cómic abominado por todos. Gran Bretaña anunció que se marchaba de la Unión Europea en contra de lo deseado por todos. La paz se aplazó en Colombia en contra de la opinión de todo el mundo.
Esos procesos se votaron democráticamente, lo cual deja una pregunta en
el viento: ¿quiénes son todos? Fue el año de los invisibles. Los que votaron, que no encontró nadie.
Los que huyeron del terror del ISIS y encontraron una Europa hostil,
ensimismada e indiferente. Una acción política despersonalizada y
burocrática para dar respuesta al drama de la huida de una casa propia. Con el agravante de sospechar en qué consiste ese terror al sufrirlo en
las calles europeas.
El año transcurrió con Brasil dividido por un impeachment; fueron
protagonistas de Dilma Rousseff, una presidenta contra las cuerdas que
terminó cayendo, y una reputación dañada, la de Lula da Silva, el héroe
sindicalista que levantó el PT hasta ponerlo a gobernar Brasil, hoy
acusado de delitos de corrupción. Ahí, en ese escenario, se retiraron de
la gloria Usain Bolt y Michael Phelps. Lo hicieron en las alturas, a
donde llegaron dos estrellas nuevas, Simone Biles y Katie Ledecky. Para
recordar en España, la remontada del oro de Mireia Belmonte. La España sin Gobierno, por cierto: una etapa insólita en la que se
repitieron elecciones y emergieron en el Parlamento dos fuerzas jóvenes,
Podemos y Ciudadanos que se aprovecharon de la inercia de un capítulo
viejo, la corrupción española de las élites. Gobernantes que pelean
todavía a estas alturas por la conciliación, esa palabra tan gastada que
a la hora de legislarla no se sabe qué hacer con ella. Un país, España,
que asiste a la catarsis de uno de dos grandes partidos, el PSOE,
agujereado por dentro y en el centro de la discusión nacional por
facilitar por primera vez –los tiempos están cambiando– el poder a la
derecha del PP.
El actor afirma que su exesposa "no tiene un mecanismo de autocontrol para evitar que se haga pública la información sensible".
Brad Pitt y Angelina Jolie en el Chinese Theatre de Los Angeles, el 4 de noviembre de 2015. KEVIN WINTERAFP
Brad Pitt ha vuelto a encender la llama de la batalla con Angelina Jolie,
de 41 años, por la custodia de sus seis hijos acusando a la actriz de
revelar detalles sensibles sobre su acuerdo de divorcio. Según la
revista People, el actor asegura que su expareja ha facilitado varios documentos legales a los medios de comunicación.
El equipo legal del protagonista de El club de la lucha,
de 53 años, ha presentado un memorando jurídico esta semana en la Corte
Superior de California aportando razones específicas para justificar
que todo el procedimiento sobre la custodia de sus seis hijos debe permanecer bajo secreto.
En los documentos, a los que han tenido acceso varios medios estadounidenses como Page Six o People,
el intérprete acusa a Jolie de exponer a sus hijos "haciendo públicos
los nombres de sus terapeutas y de otros profesionales de salud mental" y
añade que ella "no tiene un mecanismo de autocontrol para evitar que la
información sensible salga a la luz".
"Jolie parece que está decidida a ignorar incluso los
mínimos acordados para proteger a sus hijos", dicen los documentos,
donde se pide al juez del caso, Richard J. Burdge Jr., que conceda una
moción para sellar el caso. La audiencia se celebrará el próximo 17 de
enero. Una fuente cercana la estrella de Maléfica ha relatado a Page Six
que la pareja acordó hace días sellar los documentos y que este nuevo
ataque de Pitt es innecesario. Sin embargo, el entorno del intérprete
afirma que si hubieran acordado eso, no habría necesidad de celebrar una
audiencia en enero. La noticia llega dos semanas después de que un juez negara a Brad Pitt una petición de emergencia para sellar el caso. La abogada de Jolie, Laura Wasser —que también lleva el caso del divorcio de Johnny Depp, y es conocida por ser la letrada de los famosos—
dijo hace tiempo que la intérprete no se opone a evitar que los
detalles se hagan públicos, pero que el equipo legal de Pitt no les
consultó antes de interponer el requerimiento de emergencia a principios
de diciembre, que es por lo que ella se opuso en ese momento.