Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

21 dic 2016

Muere Michèle Morgan, los ojos del cine francés............. Álex Vicente

Considerada la Greta Garbo gala, saltó a la fama junto a Marcel Carné y fue la primera opción para 'Casablanca'.

 

La actriz Michèle Morgan (i) y el actor Jean Gabin en 'El muelle de las brumas' en 1938. AFP
La gran actriz francesa Michèle Morgan, emblema del cine francés rodado en el ecuador del siglo pasado, falleció este martes a los 96 años. 
“Los ojos más bellos del cine se cierran definitivamente”, confirmó su familia en un comunicado.
 Su legendaria mirada era su principal rasgo distintivo desde que saltó a la fama, a los 18 años, gracias a El muelle de las brumas (1938), a las órdenes del cineasta Marcel Carné.
 Vestida de Coco Chanel, Morgan protagonizó junto al actor Jean Gabin, un mito de su tiempo, una de las escenas más recordadas del cine francés de todos los tiempos, en la que él elogiaba sus despampanantes ojos mientras ella le ordenaba: “Embrasse-moi” (“Bésame”).
 La pareja, que también lo fue brevemente en la vida real, se convirtió en uno de los hitos del cine de su tiempo.
Su verdadero nombre era Simone Roussel, que se cambió porque consideraba que no tenía “cara de llamarse Simone”.
 Nació en 1920 en Neuilly-sur-Seine, privilegiado suburbio adosado a París, antes de mudarse a la ciudad portuaria de Dieppe, en el norte industrial de Francia.
 A los 14 años, se fugó a París para conseguir un papel de figurante en Mademoiselle Mozart (1936), protagonizada por la que se convertiría en su gran rival, Danielle Darrieux, desde ahora última superviviente de aquella lejana era dorada del cine francés (en 2017 cumplirá 100 años). 
Tras su revelación junto a Carné, ganó un premio de interpretación en Cannes por La sinfonía pastoral (1946), adaptación de una novela de André Gide
Hollywood, ya entonces sediento de actrices francesas, llamó a su puerta.
 Morgan llegó a firmar un contrato con la RKO, una de las cinco grandes majors, que tenía a Katharine Hepburn y Cary Grant en su plantilla. 
Rodó un par de películas de propaganda sobre la intervención estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, pero su carrera anglófona nunca despegó.
 “La RKO esperaba un estereotipo de la French girl, morena, desvergonzada, sensual y picante, pero vio llegar a una rubia de ojos azules una actriz dramática que hablaba inglés sin acento, lo que me perjudicó”, explicó hace años. 
Morgan se casó con el actor Bill Marshall e hizo construir una mansión en las colinas de Hollywood, en la que después viviría Roman Polanski
Allí matarían a su esposa Sharon Tate en 1969.
Morgan no siempre tuvo el olfato necesario ni supo renovar su carrera.
 Rechazó protagonizar Senso de Luchino Visconti y La noche de Michelangelo Antonioni.
 “Me pareció demasiado osada, fui una idiota”, reconoció una vez. Fue la primera opción para Casablanca, pero cuentan que Ingrid Bergman la sustituyó al aceptar cobrar la mitad que ella.
 Se tuvo que conformar con aparecer en su secuela, la menos gloriosa Pasaje a Marsella (1944). Más tarde, rodó también frescos históricos como Napoleón (1954), de Sacha Guitry, donde interpretó a Josefina de Beauharnais; o María Antonieta, reina de Francia (1955), donde interpretó el papel protagonista.
Considerada la Greta Garbo francesa, de rictus melancólico y ademán trágico —“la tristeza es lo mío”, solía decir—, Morgan encarnó “una versión sublimada y elegante de la francesa media”, según el semanario Télérama, a veces también algo burguesa y altanera.
 Cuando irrumpió la iconoclastia de la Nouvelle Vague, Morgan perdió definitivamente su lugar: encarnaba a la perfección ese cine de qualité al que tanto se opusieron Truffaut y Godard.
 A partir de los sesenta, se apartó progresivamente del cine para dedicarse a su segunda pasión: la pintura. 
Solo abandonó ese retiro voluntario para rodar con René Clair, Michel Deville o Claude Lelouch, que la supieron observar desde una perspectiva más madura y humana. 
Al final de su trayectoria como actriz, Morgan recibió un César de Honor en 1992 y un León de Oro por toda su carrera en 1996.

De la creatividad a la copia........................... Estel Vilaseca

El nuevo ritmo de la moda ha hecho que el plagio no sea solo patrimonio de las marcas ‘low cost’.

 Dos diseñadores sacan los colores a las firmas de lujo.

 

 
Propuesta de la colección de verano 2013 de Balenciaga. A la derecha, propuesta para el verano de 2017 de Jacquemus.

‘El editor de libros’ y el atrevido escritor............................ Juan Cruz

El caso de Perkins no es único en la historia, pero esta no es época para Perkins.

Jude Law, a la derecha, y Colin Firth, en 'El editor de libros'. Marc Brenner | Trailer de la película 'El editor de libros'.
Thomas Wolfe se murió a los 38 años, había nacido con el siglo XX.
 Su tormentosa vida, también atormentada, estuvo signada por la gracia de la escritura y la desgracia de su carácter, que volvió locos a los que estuvieron con él. 
Era un escritor magnífico, y tuvo un magnífico editor, Maxwell E. Perkins, que reunía todos los valores canónicos de quien se dedica a ese oficio.
 En la película que está ahora en los cines, El editor de libros, parece que se idealizan esas cualidades, pero en realidad se enuncian a través de metáforas que es útil refrescar.
 Perkins se sorprende ante la escritura del autor nuevo, alcanza una fe ciega en su porvenir y se dispone a trabajar con él como si tuviera delante a la literatura misma.
 Como hacían Brancusi, Moore o Chillida con las piedras que tuvieron a su disposición, se dedicó a moldearlo hasta confundirse con su estilo y con su vida.
Por otra parte, Perkins creyó tanto en esa piedra ya perfilada que era Wolfe con 29 años que lo acompañó en una carrera que antes parecía destinada a las plumas negras del despilfarro y a las banalidades del alcohol.
 Cumplió con su deber: le advirtió de los excesos y trabajó con él, encerrado, como si estuviera viendo nacer un planeta. 
En el prólogo que Perkins hace a la edición de El ángel que nos mira, tras la muerte del novelista y antes de su propio fallecimiento, en 1947, explica que quizá no debió acortarle tanto los textos. Aunque, añade, esos cortes luego resucitaban vivísimos en las obras siguientes del impetuoso joven al que él había descubierto. Todas son metáforas del trabajo de un editor: paciencia, buen juicio, respeto por la escritura.
 La película pone de manifiesto esos valores, que muchas veces se olvidan o se desdeñan. 
El autor no es un incordio, es el don principal de la literatura. En una ficción reciente, Musa (Anagrama), Jonathan Galassi, editor también, recoge una broma: “Editar sería maravilloso sin esos puñeteros autores”.
 Pero el legendario Mario Muchnik, tiene este título de su autobiografía editorial: Lo peor no son los autores.  
Peter Mayer, otra leyenda, dice que un editor es aquel capaz de advertir en medio de una multitud qué está queriendo leer la gente, identifica un título y encuentra al autor capaz de escribirlo.

Lo peor no son los autores, ni los editores, en absoluto.
 El caso de Perkins no es único en la historia, pero esta no es época para Perkins; la crisis editorial, y también de la lectura, así como los lugares comunes que persiguen a lo que debe y no debe ser una novela, han despeñado las posibilidades de los Perkins de hoy para convencer a sus autores de la importancia que tiene la escritura, su vigor y su lenguaje. 
La historia importa, pero sin lenguaje no hay escritura.
Lo que sorprendía de aquel Wolfe alocado que entraba con su baúl lleno de folios desordenados en Scribner’s era que estaba seguro del fracaso porque su literatura no iba a tener lectores.
 Lo que sorprende hoy de Perkins es que lo hubiera adoptado como si estuviera fundiéndose, sobre esa piedra que entonces era el joven Wolfe, una literatura. 
Ahora hay Perkins también, claro, pero los Wolfe no están muy seguros de mandarles sus manuscritos. 
Todos somos culpables de que nos echen para atrás, en los medios, en las editoriales, en el mundo que vivimos, libros que empiecen así: “…
Una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas”.
Pues así empieza El ángel que nos mira.
 Y aquel hombre, Perkins, no pudo dejar de leer ese libro que parecía escrito por un loco para iluminar la cruda oscuridad. 
La vanguardia está herida de muerte, a no ser que la sociedad literaria empiece a romper lo que le amarra al entretenimiento como única manera de comunicar literatura.
 Depende de que se atrevan los escritores y de que los editores se atrevan con ellos.

 

El menosprecio de dos personajes antónimos.................. Javier Casqueiro

Aznar ya notó que se había equivocado de candidato en la primera campaña electoral de Rajoy en 2004 cuando no fue lo contundente que él quería contra Zapatero.

El líder del PP, Mariano Rajoy (d), junto a José María Aznar (i), en una foto de archivo. CLAUDIO ÁLVAREZ ATLAS
En el verano de 2003, José María Aznar puso su dedo sobre Mariano Rajoy y le eligió como su sucesor, tras albergar ya entonces dudas sobre el teórico preferido del PP, Rodrigo Rato, que no midió bien meses antes su autodescarte en conversaciones privadas, y sin considerar siquiera las opciones reales de Jaime Mayor Oreja. 
Unos meses más tarde, en la campaña electoral de 2004, Aznar ya notó que se había equivocado profundamente. 
Desde entonces, según su criterio, todo ha ido a peor porque Rajoy se confirmó como lo que todos los que les conocían a ambos tenían muy claro: son dos personajes antitéticos, con perfiles y caracteres opuestos, discursos antónimos y maneras de ser abismalmente diferentes.
El choque no es un enfrentamiento ideológico. Rajoy fue cuatro veces ministro, vicepresidente y responsable de las campañas de Aznar. 
Nunca le discutió nada. 
Hacía su tarea, no se complicaba en la encomienda e intentaba no levantar polémicas, ni ruido ni dar guerra. 
Pero no eran tampoco grandes amigos. No había un aprecio mutuo especial.
 Ese menosprecio por la falta de empatía se ha agigantado durante el mandato de Rajoy, que Aznar descalifica sobre todo por su falta de empuje, de fuerza y de contundencia.

“Aznar es un martillo, un activista, es impaciente, perseguía grandes objetivos y empeños estupendos, con los que se podría o no estar de acuerdo, y Rajoy es su contrafigura: elástico, puro flujo, el agua, la paciencia, y, si es posible, no hacer nada no vaya a ser que se empeore la cosa”. 
La definición la aporta uno de los principales colaboradores de ambos presidentes del PP al máximo nivel.
 Y no la añade ni para ensalzar a Aznar ni para cuestionar a Rajoy. “Su distancia temperamental es formidable”, apuntilla.
“Aznar es un martillo, un activista, es impaciente, perseguía grandes objetivos y empeños estupendos, con los que se podría o no estar de acuerdo, y Rajoy es su contrafigura: elástico, puro flujo, el agua, la paciencia, y, si es posible, no hacer nada no vaya a ser que se empeore la cosa”. La definición la aporta uno de los principales colaboradores de ambos presidentes del PP al máximo nivel. Y no la añade ni para ensalzar a Aznar ni para cuestionar a Rajoy. “Su distancia temperamental es formidable”, apuntilla.
 
 El primer punto de inflexión evidente ocurrió en aquella nefasta campaña electoral de 2004.
 Al PP se le juntó todo el averno de contratiempos políticos. 
En la teoría, Aznar solo debía de pasar el testigo del bastón de mando de La Moncloa a Rajoy, según lo previsto por sus estrategas, pero apareció la guerra de Irak, las mentiras, la reacción del entonces presidente popular y su equipo al atentado de Madrid del 11 de marzo, el descaro contagioso del aspirante socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, y las encuestas situaron a ambos candidatos en inesperada posición de disputa en plena recta final de la campaña.
 El gurú electoral de Aznar, Pedro Arriola, diseñó una estrategia meliflua, sin duelos ni enfrentamientos a cara de perro. 
En los últimos días Rajoy se hundió y Aznar se molestó.
Aznar sabía cómo era Rajoy y le había seleccionado a propósito para afianzar la idea en el PP y entre el electorado de que tras su etapa convulsa venía entonces un político “templado”. Su contraparte. 
Aznar sintió pronto el desengaño con Rajoy del que no cumple con lo que él tenía planeado. 
Nunca ha querido reconocer abiertamente entre su equipo, tampoco a puerta cerrada en la FAES, que se equivocó con aquella elección. 
Aznar nunca admite errores.
 Sigue teorizando que, sobre el papel, Rajoy era la mejor opción posible, pero le gustaría que fuese más expeditivo, firme, menos paciente y que en su relación personal guardase algunos detalles, cierto cariño, posibles gestos. 
Pretendía que Rajoy no fuese Rajoy.
 Nada de eso está en la personalidad de Rajoy, según constatan varios colaboradores de ambos.
 

“Caprichos de los ex”

“Rajoy no es un relaciones públicas, ni con Aznar ni con nadie, y en el equipo del actual presidente tampoco ayudan mucho, no son previsores, no hablan con él, no le explican antes las cosas, no le reservan y preparan un papel especial para el próximo congreso”, indica un dirigente que ha trabajado con los dos presidentes populares.
Aznar tiene ahora entre ceja y ceja otro frente abierto con orgullo. Quiere convertir a la FAES, la fundación que preside, que fundó y que hasta octubre estuvo ligada al PP, en un ente libre, totalmente ajeno e independiente del partido.
 A Rajoy no le gustó mucho la idea, pero transigió.
 “Caprichos de los ex, que necesitan que se les haga siempre más caso y, claro, Rajoy no hace caso de casi nadie”, concluye un exmiembro del equipo de Aznar.