La artista dejó su granja en la que cría cerdos por Woody Allen, y con su último trabajo se ha ganado a la crítica como actriz.
Miley Cyrus, en el trabajo realizado con Woody Allen. Jessica MiglioAP
Miley Cyrus fue a ver a Woody Allen por primera vez dispuesta a sacarse un selfie
con el legendario realizador y plantarle un educado “no, gracias” a su
propuesta de trabajar juntos. “Me daba vergüenza llamarle y decirle eso
de lo siento pero estoy muy ocupada”, recuerda ahora la cantante y
actriz. Es difícil pensar en la palabra vergüenza con la presencia de
esta joven sureña de 23 años que con sus caderas puso en boga el término
twerking.
Miley Cyrus, con Woody Allen durante el rodaje de la serie. Jessica MiglioAPLa que un día fue Hannah Montana parece una nueva Pipi Calzaslargas
vestida con un mono multicolor y con dos moñitos por tocado en lugar de
largas trenzas. Eso y una gran sonrisa mientras recuerda la génesis de
su último trabajo, el que la ha convertido en la nueva musa del autor de
Annie Hall como protagonista de la miniserie de Netflix Crisis in Six Scenes. “Me siento muy libre siendo yo y no quería ser nadie más. Además, me
acababa de mudar a una granja porque está claro que cuando se trata de
animales no tengo mesura y tengo miles. Pero no tuve las pelotas de decirle que no podía trabajar con él porque estaba liada jugando con los cerdos”, resume. Con Cyrus las cosas siempre son extremas. Lo que empezó como
la carrera de una niña prodigio, devota cristiana y todo lo
conservadora que las estrellas de la música country y niñas
Disney suelen ser, se convirtió en esa explosión de sexo, música e
irreverencia que la joven Miley exuda en cada una de sus apariciones. Volcada en su música, de gira con su cuarto álbum, Bangerz, y enfrascada en un continuo “ahora sí ahora no me caso” con su novio impenitente, el actor Liam Hemsworth, la cantante y estrella no quería más líos. Sin embargo, los encantos de un Allen octogenario pudieron a los de su cerdito Pig Pig y la devolvieron a la televisión. “En realidad se llama Pig [cerdo, en inglés] para abreviar, pero le llamo Pig Pig para diferenciarle de Pig Puddles,
que acabo de adoptar. Más asustadizo pero come galletas de chocolate”,
añade. Eso es lo que más valoran de ella los que la conocen. O incluso
quienes la critican, porque si bien la nueva serie ha sido recibida con
varapalos todos ensalzan el trabajo de Cyrus como actriz por la
naturalidad con la que se enfrenta al director que otros idolatran. “No es de los que se deshacen en halagos”, comenta de Allen. “Y si lo hace, lo hace a tus espaldas, a trabajo hecho. Pero a mí me
gusta trabajar así, duro”, remata. Ciertamente a sus espaldas Allen solo
tiene cosas buenas que decir de una intérprete que conoció gracias a
sus hijas adolescentes. “Y acabó siendo una actriz estupenda”, apostilla
el cineasta a este periódico.
Forman un club de resucitados que se reúne un par de veces al año. Su
objetivo es acabar con la pena capital en Estados Unidos. Esta es su
vida. HOLA, ESTA ES mi primera vez aquí. Me llamo Sabrina Butler y
soy la única mujer que ha sido exonerada en Estados Unidos. Estuve en
el corredor de la muerte seis años y medio. Fui liberada en 1995. Me
alegra haber venido”. Más de 50 personas aplauden con fuerza. Saben lo
importante que es la llegada de un testimonio más a su lucha colectiva. Son Witness to Innocence (testigos
para la inocencia), una organización que aúna a personas que fueron
condenadas injustamente a la pena capital por crímenes que no habían
cometido Suelen juntarse a puerta cerrada un par de veces al año. Solo ellos y sus familias. Lo llaman the gathering,
la reunión, un retiro espiritual de tres o cuatro días. Viajan desde
todo EE UU. Comparten miedos, experiencias terribles, la angustia que
aún arrastran. Pero también hay risas. Fraternidad. Y una vibrante
energía positiva. Han logrado salir del peor agujero que uno pueda
imaginar. Emanan una luz única. Pero también asoman las cicatrices.
Sabrina Butler fue rescatada del corredor de
la muerte después de seis años y medio. Hoy forma parte de un selecto
club de 156 personas. Inocentes que un día fueron condenados a la pena
capital en Estados Unidos. Cuatro de ellos protagonizan el documental
‘The resurrection Club’.
Albert Burrell y su exesposa peleaban por la custodia de
su hijo cuando ella le acusó de un doble crimen. Albert, que sufre
retraso mental y no sabe leer ni escribir, estuvo 13 años condenado a
muerte en Luisiana. Cuando salió recibió 10 dólares y una cazadora. En
la imagen, en el rancho de su hermana Estell, en Texas. Es junio de 2011, Richmond, Virginia, Estados Unidos. Esta vez se han congregado en Roslyn Center,
una antigua granja de la Diócesis Episcopal de Virginia. “Un lugar para
relajarse, renovarse y revitalizarse”, se publicita. Se encuentra en lo
alto de una suave colina, rodeado de campos bucólicos y praderas. Al
atardecer, luciérnagas emiten fogonazos y los exconvictos disfrutan de
una barbacoa. Hamburguesas, perritos, cerveza. Hay un concierto de rock
en un granero. Un silencioso tipo con sombrero de cowboy, Albert Burrell, que pasó 13 años en una de las peores cárceles del país, la de Angola (Luisiana), baila animado. Sabrina Butler y Roszalia Ellen, su madre, han venido desde Columbus (Misisipi). Del cinturón de la Biblia,
donde la esclavitud y la segregación racial fueron más duras. Sabrina
tuvo su primer hijo a los 15 años. El segundo a los 17. Una mañana de
1989, este último dejó de respirar. En estado de shock, Sabrina siguió
los consejos de una vecina: practicó sobre el bebé maniobras de
reanimación. Cuando el pequeño Walter llegó al hospital, estaba muerto.
Con el pecho amoratado. Sabrina fue detenida, y recién cumplidos los 18
años, condenada a muerte. Junio de 2016. Sabrina asoma a la puerta de su casa, ubicada en la parte
trasera de un polígono, una gasolinera y un desguace. Sonríe, está
animada. En su hogar cuelgan retratos de Rosa Parks, Martin Luther King y
Barack Obama. Su primer hijo, Danny, saluda: hoy tiene 30 años. Sabrina
rehízo su vida, se casó con Joe Porter, al que conoció cuando este era
guardia del corredor de la muerte, y tuvieron dos hijos, Joe Jr. (hoy de
19 años) y Nakeria (de 14). Desentierra lo que llama el Scrapbook of horror
(álbum del horror). Muestra recortes de periódico sobre su caso. Y una
vieja imagen de su bebé Walter, mil veces pegada con celofán a las
paredes de su celda. Sabrina, a diferencia de la mayoría de los que han logrado demostrar su
inocencia, ganó una demanda compensatoria por el error que se cometió
con ella. Pide que no se difunda la suma. Con el dinero, compró dos
casas muy humildes; en una vive con su familia y la otra, adyacente, la
tiene alquilada: su única fuente de ingresos. Desde que fue declarada
inocente nunca ha conseguido un empleo. Cerca se encuentra el lugar
donde se torció todo. Se sube a su coche y conduce hacia el apartamento
donde vivía cuando su bebé expiró. El abogado que aceptó revisar su
caso, Clive Stafford-Smith,
hoy una de las grandes voces contra Guantánamo, logró probar en un
nuevo juicio que el pequeño Walter falleció de una enfermedad del riñón.
Walter, el bebé de Sabrina que recién nacido dejó de respirar. De camino, Sabrina señala por la ventanilla el probable causante de que
su hijo muriera: una explanada donde un día se situaba la planta química
de la compañía Kerr-Mcgee. Durante años vertió en estas barriadas de
afroamericanos residuos de creosota, una sustancia química que contiene
300 elementos que pueden provocar irritaciones, convulsiones, problemas
de riñón e hígado, cáncer de piel y de escroto y la muerte. La gente aún
vive en el entorno. El suelo sigue contaminado, como otros 2.772 lugares por todo el país. La compañía fue denunciada en 2012 por el Departamento de Justicia de
EE UU. Dos años más tarde llegó a un acuerdo con la empresa y esta se comprometió a pagar 5.100 millones de dólares
para paliar el desastre y compensar a más de 8.000 afectados. Sabrina
no está reconocida aún entre ellos y sigue su pelea judicial. El coche se adentra en una calle sin salida. Surge un bloque de
apartamentos. Mira el lugar donde perdió a su bebé. Y abandona el lugar
con un suspiro. “No me gusta estar aquí”. Enseguida vuelve a su
optimismo habitual. Y recuerda su primera reunión con Witness to
Innocence en Virginia: “Fueron cuatro días muy emotivos. ¡Me hizo sentir
bien!”. Su recorrido vital es bastante típico: tras salir de prisión,
la mayoría se sienten perdidos, no encuentran empleo ni sitio en la
sociedad. La primera vez que Sabrina supo que había otros como ella fue
en 1998, cuando la Universidad Northwestern de Chicago
organizó una conferencia sobre errores judiciales, en la que juntó a 63
inocentes, una veintena de ellos del corredor de la muerte. Sabrina asistió, pero pasaron 13 años hasta que llegó a Witness. Hoy,
pelea contra un sistema en el que por cada diez personas ejecutadas, una
es liberada. Desde 1976, la justicia ha reconocido su error en 156
casos de pena capital. Dos de ellos mujeres: además de Sabrina, otra, Debra Milke, fue exonerada en 2015 y también se ha unido a la organización, por la que han desfilado cerca de 50 resucitados. Aunque no es fácil encontrarlos. Unos desaparecen. A otros no les interesa. O resultan ilocalizables. Ron Keine es uno de los exconvictos más activos en la búsqueda de hermanos perdidos. Quizá por su propio recorrido vital. Su caso se remonta a principios de los setenta. Era motero en los años del Born to be wild.
Pertenecía a un motoclub con historial delictivo: The Vagos. Pero fue
condenado, junto a tres compañeros, por un asesinato que no había
cometido. Su juicio fue una farsa con testigos y forenses comprados y la
complicidad de los fiscales. Tras pasar dos años en el corredor de
Nuevo México, salió su fecha de ejecución. Nueve días antes, un policía
se confesó como el verdadero autor del crimen. Han pasado 40 años y Ron prefiere ver la parte positiva: “Cuando me
enviaron al corredor de la muerte, no fui arrestado. Fui salvado. Habría
acabado muerto de un disparo, o matando a cualquiera por las guerras
entre moteros. Llegué a asistir a 11 funerales de compañeros”. Lo cuenta
en el porche trasero de su casa, en Sterling Heights (Michigan), frente
al garaje donde guarda una Harley con la que aún sale a morder el
asfalto, otras motos que repara por afición y un Chevrolet El Camino
semicubierto por una lona. Una vez libre, en 1976, Ron se escondió. Su
rostro era conocido y le miraban con desconfianza. Se puso a trabajar 18
horas diarias. “Quería encarrilar mi vida”. Lo consiguió. Comenzó repartiendo entre sus vecinos sacos de sal para
combatir el hielo del invierno. En menos de un año, contaba con 80
empleados. No le dedicó un minuto a pensar que podría haber otros como
él: “¿Otros inocentes del corredor de la muerte? Nunca pensé en ello”.
En 1998, a Ron también le invitaron a la conferencia de la Universidad
de Northwestern.
Dudó si ir o no. Le convenció Pat Aimee, su pareja.
“Hazlo”, le dijo. “Conocerás a gente como tú”. Pat y Ron comenzaron a
salir en 1994.
Él tardó una temporada en confesarle su pasado. Ella
recuerda el momento: “Sentí dolor en el corazón. Tenía tantas preguntas.
¿Cómo se sobrevive a algo así?”.
Las mujeres, sean hermanas, parejas o
hijas, son uno de los puntos de apoyo clave de estas personas. Sin
ellas, muchos naufragarían por el camino.
Aquella conferencia fue el germen de Witness to Innocence, que nació en 2003, promovida por la monja Helen Prejean (Susan Sarandon interpretó su papel en la película Pena de muerte).
La idea fue “empoderar” a los exonerados, convertirlos en oradores.
Y
lograr, con su testimonio, sacudir la opinión de EE UU a favor de la
pena de muerte.
A mediados de los noventa, un 80% de la población
apoyaba las ejecuciones.
Según Ron, “la inocencia ha sido el factor clave”. En 2015, hubo 28 ejecuciones, el número más bajo en 25 años.
Shujaa, un afroamericano que pasó la infancia en las plantaciones de
algodón de Luisiana, se sube al estrado de la Facultad de Derecho de la South Texas University
y exclama: “¡No estoy vivo gracias al sistema, sino a pesar del
sistema!”. Un discurso vibrante.
Los de Greg son más crudos: “Mi
pesadilla comenzó cuando mi esposa fue hallada muerta de la forma más
brutal: había sido violada, le habían dado una paliza, le habían cortado
el cuello…, ya sabéis, el lote completo”.
Él era el sospechoso
perfecto: el matrimonio, con dos hijas de 14 y 4 meses, atravesaba una
mala racha.
Se acababan de separar, tras dos años de relación.
Se habían
conocido en una clínica de desintoxicación.
Greg fue condenado en 1985 con una única prueba: una mordedura en el pecho de su esposa.
Pasó cinco años en el corredor de Oklahoma.
Cuando se reabrió el caso, se demostró que la huella no le pertenecía.
Salió en libertad y, en cuestión de días, se mudó a Sacramento
(California), donde trató de rehacer su vida e incluso se casó de nuevo.
Pero volvió a coquetear con las drogas. Y comenzó a beber. Dos síntomas
claros de que le perseguía un fantasma invisible de consecuencias
catastróficas: el estrés postraumático.
Murió en 2014, por complicaciones en el hígado. Sufría de hepatitis C y cirrosis.
El DVD me salvó la vida, pero por verlo todo en la pantalla de
televisión olvido y confundo más lo que he visto. Por eso intuyo que
nunca usaré un ‘e-book’.
SIGO VIENDO muchas películas, pero hace tiempo que no voy a los cines. Hubo épocas juveniles en las
que iba hasta tres veces diarias cuando mis ahorros me lo permitían:
rastreaba títulos célebres, que por edad me habían estado vedados, en
las salas de barrio más remotas, y así conocí zonas de Madrid que jamás
había pisado. La primera vez que fui a París, a los diecisiete años,
durante una estancia de mes y medio vi más de ochenta películas;
gracias, desde luego, a la generosidad de Henri Langlois, el mítico
director de la Cinémathèque, que me dio un pase gratuito para cuantas
sesiones me apetecieran, quizá conmovido por la pasión cinéfila de un
estudiante con muy poco dinero. Hay varias razones por las que he perdido tan arraigada costumbre, entre
ellas la falta de tiempo, la desaparición de los cines céntricos de la
Gran Vía (se los cargaron el PP y Ruiz-Gallardón, recuerden, otra cosa
que no perdonarles), y en gran medida los nuevos hábitos de los
espectadores. Hay ya muchas generaciones nacidas con televisión en casa,
a las que nadie ha enseñado que las salas no son una extensión de su
salón familiar. En él la gente ve películas o series mientras entra y
sale, contesta el teléfono, come y bebe ruidosamente, se va al cuarto de
baño o hace lo que le parezca. Esa misma actitud, lícita en el propio
hogar, la ha trasladado a un espacio compartido y sin luz, o con sólo la
que arroja la pantalla. Las últimas veces que fui a uno de ellos era
imposible seguir la película. Si era una de estruendo y efectos
especiales daba lo mismo, pero si había diálogos interesantes o detalles
sutiles, estaba uno perdido en medio del continuo crujido de palomitas
masticadas, sorbos a refrescos, móviles sonando, individuos hablando tan
alto como si estuvieran en un bar o en la calle. Seré tiquis miquis,
pero pertenezco a una generación que reivindicó el cine como arte
comparable a cualquier otro, y veíamos con atención y respeto todo, Bergman y Rossellini o John Ford, Blake Edwards, los Hermanos Marx y Billy Wilder. Con estos últimos, claro está, riéndonos.
Así que el DVD me salvó la vida, no me quejo. Sin embargo, me doy cuenta
(y no soy el único al que le pasa) de que, seguramente por verlo todo
en pequeño, y además en el mismo sitio (la pantalla de la televisión),
olvido y confundo infinitamente más lo que he visto. No descarto que
también pueda deberse a que hoy escasean las películas memorables y
muchas son rutinarias (si vuelvo a ponerme Centauros del desierto
la absorbo como antaño). A cada cinta se le añadía el recuerdo de la
ocasión, el desplazamiento, la persona con la que la veía uno, la sala …
Esos apoyos de la memoria están borrados: siempre en casa, en el sofá,
en el mismo marco, etc. Por eso intuyo que nunca leeré en e-book
o dispositivo electrónico, por muchas ventajas que ofrezca. He viajado
toda la vida con cargamentos de libros que ahora podría ahorrarme. He
recorrido librerías de viejo en busca de un título agotadísimo que hoy
seguramente me servirían de inmediato. Sin duda, grandes beneficios.
Pero estoy convencido de que, si con el cine y las series me ocurre lo
que me ocurre, me sucedería lo mismo si leyera todo (o mucho) en el
mismo “receptáculo”, en la misma pantalla invariable. Las novelas se me
mezclarían, éstas a su vez con los ensayos y las obras de Historia, no
distinguiría de quién eran aquellos poemas que tanto me gustaron (¿eran
de Mark Strand, de Louise Glück, de Simic o de Zagajewski?). Letra
impresa virtual tras letra impresa, un enorme batiburrillo. A mis lecturas inolvidables tengo indeleblemente asociados el volumen,
la cubierta que me acompañó durante días, el tacto y el olor distintos
de cada edición (no huele igual un libro inglés que uno americano, uno
francés que uno español). Madame Bovary no es para mí sólo el
texto, me resulta indisociable del lomo amarillo de la colección Garnier
y de la imagen que me llamaba. Pienso en Conrad y, además de sus ricas
ambigüedades morales, me vienen los lomos grises de Penguin Modern
Classics y sus exquisitas ilustraciones de cubierta, como con Henry
James y Faulkner. Machado se me aparece envuelto en Austral, lo mismo
que Rilke. Y luego están, naturalmente, la ocasión, la ciudad, la
librería en que compré cada volumen, a veces la alegría incrédula de dar
por fin con una obra que nos resultaba inencontrable. Todo eso ayuda a
recordar con nitidez los textos, a no confundirlos. No quiero exponerme a
que con la literatura me empiece a pasar lo que con el cine, pero aún
más gravemente: en éste, al fin y al cabo, las imágenes cambian y dejan
más clara huella, aunque se difumine rápido a menudo; en los textos
siempre hay letra, letra, letra, el “aspecto” de lo que tiene uno ante
la vista es casi indistinto, por mucho que luego haya obras maestras,
indiferentes e insoportables. Me pregunto, incluso, si en un libro
electrónico no acabarían por parecerme similares todas, es decir (vaya
desgracia), todas maestras o indiferentes, o todas insoportables.
NADAL, sin dejar de interesar a los aficionados al tenis, provoca ya la
atención de los leales al sufrimiento. No habíamos visto un partido de
este deporte entero hasta que el mallorquín comenzó a terminarlos con
estas expresiones de congoja. El dolor, que para los hedonistas es una
patología, para los temperamentos religiosos constituye una forma de
alcanzar el éxtasis. Una forma manual, se entiende, pues al éxtasis se
puede llegar de manera gratuita, aunque esta variante es una lotería: te
toca o no y no hay manera de conocer el criterio por el que los dioses
regalan a unos lo que otros han de ganarse a golpe de cilicio. La relación de Nadal con el dolor contiene resonancias budistas, y cristianas, claro, pero nosotros preferimos ligarla a las tradiciones orientales. Quizá el tenis exija una inclinación especial hacia la mística. Recuerdo
haber leído en la biografía de Agassi que en alguna ocasión jugó
después de haber ingerido ocho ibuprofenos: tal era el tamaño de su
pesadumbre muscular. Y el propio Nadal confiesa al principio de la suya
que los deportes de alta competición son malos para la salud. Para la
salud física, se entiende, pero qué hay de la psíquica. Agassi, que
odiaba el tenis, alcanzó a través de su práctica un equilibrio
existencial envidiable. En cuanto a Nadal, pocas personas, dentro o
fuera del deporte, parecen más estables que él. Pagaríamos por escuchar
una conferencia suya sobre los beneficios del dolor. Esta foto no
corresponde, por cierto, al final de un torneo perdido, sino al de uno
ganado. ¿Puede aspirarse a más en materia de ascesis?