Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón durante una feria taurina en Santander. GTRESONLINE
Parece mentira pero hay mucha gente dispuesta a ayudar a los demás. Por ejemplo, la madre Teresa de Calcuta, que ayudaba siempre que comulgases con ella. O Mariano Rajoy, dispuesto a ayudar a sus amigos, como ahora con el exministro Soria, con esa candidatura divina y fallida para el Banco Mundial. Sin amiguismo no hay paraíso. Soria renunció a la candidatura y rápidamente De Guindos
encontró un sustituto. A todos nos ha asombrado ese sueldazo de 250.000
euros anuales, libres de impuestos. ¡Qué ilusión! La sede del Banco
Mundial es en Washington, DC, una de las ciudades más aburridas y
vigiladas de América . Mi prima Maritza Izaguirre fue representante de
Venezuela ante esa institución. Nos contaba que la ciudad era
pavorosamente fría, en clima y en personalidad. Y una exquisita amiga me
contó que acudió a una recepción en una embajada en esa ciudad a la que
llegaron 10 minutos antes de la hora fijada y ya en el parking había
decenas de coches con los invitados dentro esperando que el reloj diera
las 19.00 horas para al fin entrar en la recepción. ¿Puede existir una
imagen más desoladora de la vida social? La familia del ministro De Guindos parece tener otra idea de
Washington. Antes de encontrar sucesor para Soria, ya tenían empleo dos
sobrinas suyas en la capital. Son Beatriz y Leticia. Leticia pasó de ser
veterinaria a agregada en la embajada española en Washington. ¡También
hay fieras en las embajadas! Beatriz trabaja en el propio Banco Mundial. El tema ha sido tan familiar que opacó por un momento el interés por la
boda de Rociíto y Fidel. Pienso que habría que ver todo esto del Banco
Mundial como algo solidario: quienquiera que sea el elegido, tendrá el
calor y cariño de las sobrinas De Guindos. Un entorno familiar para esos
solitarios y largos domingos en Washington donde los restaurantes y
bares cierran a las 22 horas y pocos abren el fin de semana. Los
norteamericanos tampoco se abren, puedes pasar décadas viviendo entre
ellos sin conocerlos. Sería de buenos amigos advertirle a los candidatos
para el sueldazo libre de impuestos que en esa ciudad vivieron los Urdangarin-Borbón
hasta que tuvieron que marcharse de su casa en Georgetown, del cargo en
Telefónica y, lo más importante, de Whole Foods, la cadena de
supermercados orgánicos donde los precios están pensados para justificar
los sueldos del Banco Mundial.
Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón durante una feria taurina en Santander. GTRESONLINE
Puede que Washington sea una nueva Siberia, pero Mallorca está que
arde con el supuesto romance de su obispo, monseñor Javier Salinas, con
Silvia Valenzuela, una colaboradora cuyo cometido era ocuparse de la
relación de la diócesis con otras instituciones de la isla. ¡Sabemos que
mantener las relaciones no es fácil! Los denunció el marido, Mariano de
España, que además de celoso pertenece a la aristocracia isleña. Siguió
y grabó a su esposa con investigadores privados. Mallorca puede ser un
pequeño infierno disfrazado de bondad. El presunto romance era un
secreto a voces pero aún así el obispo besaba la mano de los reyes
religiosamente, como si nada. El detalle que me ha conmovido es que los
infieles crearon un grupo de oración que estaba integrado exclusivamente
por ellos dos. Ahora los separan, a él lo destinan a Valencia. El
Vaticano no debería castigarlos con tanta severidad. ¿Cuántas otras
veces la curia no ha visto para otro lado? En la era de Instagram parece muy fácil ser relaciones publicas y luego no es así. Sino fíjense en el caballero que acompaña a Felipe Froilán en su primera entrevista concedida a la televisión, al programa Espejo público. Froilán, muy serio, nos informa de que su pasión taurina es algo familiar,
como los puestos en las embajadas o en el Banco Mundial. Pero,
inevitablemente, la curiosidad, los ojos se nos van al amigo. Un joven,
de belleza omeya, esos califas que poblaron Córdoba y con el aspecto de
los relaciones públicas de su generación en los clubes madrileños: pelo
recogido, barbita y pulseritas como las de la abuela de Froilán. En
algunos medios han sido inseparables este verano, o sea que es una
persona que también quiere ayudar. Es probable que la excesiva
exhibición, tanto en la entrevista de Espejo público como en
las páginas del corazón, fastidien un poco la buena voluntad de ese
muchacho y terminen por distanciarlo de Froilán. Es lo que tiene querer
ayudar: nunca se sabe cuándo la solidaridad se vuelve interés.
La relación de los diseñadores y sus musas, al cine con McQueen y Blow como estrellas.
Alexander McQueen e Isabella Row. cordon press
Son musas, amigas, confidentes, paño de lágrimas, espíritus afines o
mentoras y, en ocasiones, todo a la vez. El mundo de la moda tiene una
larga tradición de relaciones intensas y casi siempre tortuosas entre
genios creativos y mujeres visionarias que descubrieron en ellos una
valía de la que el resto del mundo aún no era consciente. Pero ninguna
de esas leyendas tuvo un final tan trágico como la de Alexander McQueen e Isabella Blow, cuya amistad, según acaba de anunciarse, será llevada al cine. The Ripper que
se estrenará en 2017 y se centrará en los primeros años de su relación. Issie y Lee, como todos los llamaban, se conocieron en 1992. Él era un diseñador recién
licenciado en Saint Martins; ella, una estilista con sangre azul y un
olfato infalible para descubrir talentos. Tanto le impactó a Blow la
oscura belleza de la colección de fin de carrera de aquel joven
(inspirada en la época de Jack el Destripador, incorporaba pelo humano debajo del tejido) que la compró entera por 5.000 libras y se propuso ayudarle a triunfar.
Son musas, amigas, confidentes, paño de lágrimas, espíritus afines o
mentoras y, en ocasiones, todo a la vez.
Y vaya si triunfó; en 1996, con solo 27 años, fue nombrado director creativo de Givenchy. Dana Thomas, autora del libro Gods and Kings. The rise and fall of Alexander McQueen and John Galliano,
asegura que la intercesión de Isabella fue determinante en su éxito:
“Hizo mucho más que animarle. Le ofreció un sitio donde trabajar, le dio
dinero para materiales, le presentó a gente como el diseñador Julien
Macdonald o el sombrerero Philip Treacy, le introdujo en las revistas,
organizó y protagonizó su primera sesión de fotos con el Vogue británico, llevó famosos a sus desfiles, le acompañó a museos... Su apoyo fue incalculable”.
Alexander McQueen e Isabella Blow en Londres, en 2003. Dave BenettGetty Images
Y como parece que los biopics de diseñadores siempre vienen de dos en dos —así sucedió cuando adaptaron a la gran pantalla las vidas de Saint Laurent y Coco Chanel—, The Ripper coincidirá en el tiempo con otra película sobre McQueen, dirigida por Andrew Haigh y basada en Blood beneath the skin,la
biografía autorizada que el escritor Andrew Wilson publicó sobre él en
2015. Este autor cree que la excéntrica aristócrata y el hijo del
taxista se hicieron inseparables. “Reconocieron en el otro una cierta
oscuridad. En 1964, cuando Issie tenía cinco años y se suponía que tenía
que vigilar a su hermano de dos, se distrajo.
El niño se atragantó con un trozo de galleta, se cayó a un estanque y
murió. Lee también tenía demonios con los que lidiar: había sufrido
abusos por parte de su cuñado, que además maltrataba a su hermana
mayor”. Y añade: “Tanto Lee como Isabella utilizaban la moda como una
forma de armadura. Aunque su relación tuvo altos y bajos —cuando Lee no
le dio trabajo a Isabella en Givenchy, ella se sintió traicionada—,
estaban unidos por un profundo amor. Cuando Isabella se suicidó bebiendo
herbicida en 2007 creo que Lee se sintió culpable por no haber hecho
más por ella”. El diseñador más brillante de su generación también era
el más torturado. Nueve días después de la muerte de su madre y tres
años después del suicidio de Blow, siguió sus pasos: ingirió un cóctel
de cocaína y pastillas y se ahorcó en su piso de Mayfair.
Tal
vez por su propia naturaleza efímera, esta industria no es ajena a este
tipo de encuentros y desencuentros. La escritora Dana Thomas menciona
otra relación que guarda con ellos ciertos paralelismos: “John Galliano
también tuvo su musa aristocrática: Amanda Harlech. Ella comenzó como
editora de moda, descubrió a Galliano después de su desfile de
graduación en Saint Martins. Su huella en sus primeros años de él como
diseñador fue profunda. Pero cuando a Galliano lo contrataron en Dior,
no se llevó a Amanda; pensó que no la necesitaba. Karl Lagerfeld se dio
cuenta de su talento y la fichó para Chanel, donde aún sigue hoy”.
Karl Lagerfeld con Inès de la Fressange en 2011. ALFRED/SIPA /Cordon Press /Cordon Press
La amistad de Yves Saint Laurent
con Betty Catroux y Loulou de la Falaise, a quienes conoció a finales
de los sesenta, también forma parte de la historia de la moda. A la
primera la llamaba su “gemela”; hasta la muerte de él en 2008 lo
compartieron todo, depresiones e ingresos en rehabilitación. Loulou,
diseñadora de joyas y accesorios, cuidó de él y trabajó durante tres
décadas en su atelier; dejó tal impronta en la marca que había quien la llamaba “Yves Saint Loulou”. Y relaciones como las de Lagerfeld
con Inès de la Fressange (formaron un tándem inseparable en Chanel
durante los ochenta, pero su relación se rompió al final de la década y
tardaron 20 años en reconciliarse) o, más recientemente, la de Lady Gaga
y su exestilista Nicola Formichetti también son material de guion
cinematográfico. La moda los une, pero es Hollywood quien los hace
inmortales.
Se movía entre las sombras del espionaje y las cloacas del poder. Muy
pocos lo conocen y nadie sabe si sigue vivo. Eduard Fernández, el actor
del momento, resucita a Francisco Paesa en un vibrante ‘thriller’
político. JULIO DE 2017. Un anciano de pelo blanco, gafas caladas y traje elegante
saca una entrada de cine. El local está en la plaza del Centro
Pompidou, en el corazón de París, repleta de turistas y de skaters. Apoyándose en un bastón, baja las escaleras, al sótano donde se
esparcen las distintas salas dedicadas a cine internacional de autor. Entra a ver El hombre de las mil caras, de Alberto Rodríguez. A oscuras, con la proyección en marcha, a veces sonríe: eso no fue así,
pero casi mejor, que nadie sepa cómo ocurrió; en otras se le agria el
rictus, porque manipuló, mintió y engañó a la gente que le rodeaba, como
cuenta la película. El anciano imaginario, de 81 años, es Francisco
Paesa y está viendo su vida en la pantalla.
En realidad no es tanto su vida como su año de relación con Luis Roldán. El exdirector de la Guardia Civil, perseguido por estafa y por
enriquecerse con fondos reservados y comisiones, se entregó a la policía
española en febrero de 1995 en el aeropuerto de Bangkok (Tailandia). Llevaba 304 días prófugo de la justicia y presentó unos documentos,
negociados desde Laos con el Gobierno español, que garantizaban que solo
podría ser juzgado por cohecho y malversación. Aquel episodio está
envuelto en la bruma. En realidad, Roldán nunca pisó Laos y había pasado
buena parte de aquellos 304 días en París, al amparo de un hombre que
supuestamente no solo le estafó 10 millones de euros, sino que además le
delató a las autoridades españolas por otros 1,8 millones de euros. Aquel hombre era –y sigue siendo, hasta que se demuestre fehacientemente
lo contrario– el espía Francisco Paesa, el auténtico protagonista de El hombre de las mil caras, la película con la que Alberto Rodríguez concursa el sábado que viene en el Festival de Cine de San Sebastián –ya lo hizo con La isla mínima–. Su estreno en salas comerciales está previsto para el próximo viernes
23. Carlos Santos encarna a Roldán, y Eduard Fernández, a uno de los
tipos más enigmáticos y fascinantes que han trabajado en las cloacas del poder mundial, Francisco Paesa.
En la primera imagen, foto icónica del espía publicada por EL PAÍS en
los 90. En la segunda, el actor Eduard Fernández caracterizado de Paesa.
Quizá en ese hipotético estreno en Francia, en 2017, el Paesa real acuda
al cine a ver el resultado. Quién sabe. Durante el rodaje de la
película en París, Alberto Rodríguez y su equipo bromeaban con la
posibilidad de que se acercara a espiar su trabajo. “No creo que
ocurriera, pero en su naturaleza estaba la curiosidad. También la
mentira y el encubrimiento. Desde que empieza en los años sesenta en
Guinea Ecuatorial con una inmobiliaria hasta que se convierte en un
timador internacional. Es difícil saber qué historias contadas sobre él
son ciertas y cuáles pura leyenda. Colaboró con los servicios secretos
españoles, vendió armas por todo el mundo y dos misiles antiaéreos a ETA
con unos localizaciones que permitieron a la policía interceptar un
importante zulo. Fue banquero… Incluso en 2010 engañó a un magnate
ruso”, cuenta el cineasta sevillano. Y poseía un gran ego, junto a un
curioso sentido del humor. “Que el sello de los papeles de Laos fuera de
un Ayuntamiento y no del Ministerio de Exteriores de aquel país suena a
broma de Paesa. Como las esquelas que anunciaron su muerte en 1998. Lo
interesante de él es que sobrevivió 40 años mandara quien mandara y
logró que la gente siguiera confiando en él”. El hombre de las mil caras es un thriller, “una ficción basada
en la realidad”, precisa su director. “Esta realidad es pretendidamente
artificiosa. Saber la verdad es imposible. Hay tres o cuatro personas
que puede que sepan lo que ocurrió, pero yo no”. Con todo, Rodríguez se
ha hecho experto en Paesa y sabe, por ejemplo, que en París vivió en una
pequeña plaza de la calle de Martignac porque allí también residía
Catherine Deneuve. “Por desgracia, también fue un pionero, porque es de
los primeros españoles que realizan grandes delitos internacionales,
como muestran sus blanqueos de capitales en Suiza”.
Paesa ganó y perdió dinero, atravesó grandes altibajos económicos y
sociales. “En realidad, la gran pregunta es por qué hacía lo que hacía”,
prosigue el director. “Creo que por cierto amor a estar en el meollo de
las cosas”. Un extraño afán de aventuras peligrosas de las que sin
embargo salió sin recibir un tiro en la nuca.
El reparto de la película 'El hombre de las mil caras'.
Y a ese hombre le da vida en pantalla Eduard Fernández
(Barcelona, 1964), actor como pocos en España, experto en personajes
turbios a los que crea muchas veces desde la contención. Marca de la
casa Fernández: con un par de adustos gestos, tanto en pantalla como en
la sesión de fotos de este reportaje, reaparece Paesa ante los ojos del
público. “Sobre Paesa existen muchos datos, pero eso le sirve más al
guionista que al actor”, cuenta Fernández. “Yo recordé mucho dos
anécdotas de su infancia: que le dolía que no le hubieran enseñado a
usar los cubiertos con corrección y que, mientras sus amigos jugaban, él
se tenía que ir a hacer la compra con una bolsa de aquellas de red. Complejos de clase, querer aparentar lo que no es, amoral, ilusionista…
Fui construyendo con esos detalles a mi Paesa”. Ganador de dos goyas,
intérprete curtido en el teatro antes que en el cine, adonde llegó en
1999 cuando ya pensaba que se le cerraba esa puerta, Fernández recopiló
más información: “Me entrevisté con un agente del CNI [Centro Nacional
de Inteligencia], que me contó que Paesa se metía en lo que no quería
nadie. Sospecho que necesitaba la adrenalina del peligro y del poder
para vivir, más allá del dinero. Amaba su puesta en escena, como un
dandi con su encendedor y su pañuelo. Y creo que no tenía nada de
empatía con nadie, algo ideal para sus trabajos”. Fernández confiesa que tiene que actuar para “ser feliz” y que este es
su año. En salas está ya Lejos del mar; estrena en 10 días El hombre de las mil caras y, el 2 de diciembre, 1898. Los últimos de Filipinas; interpretará en español –ya lo ha hecho en catalán– el drama Panoramadesde el puente, dirigido por Georges Lavaudant, y empezará la grabación de la serie La zona. Con Paesa le conecta la pasión por fumar. No tiene pelos en la lengua
para hablar sobre su profesión y sobre la situación política, “repleta
de ladrones”. Y, sí, le encantaría que Paesa estuviera vivo –algo que
duda Alberto Rodríguez–. “Me gustaría charlar con él un rato, aunque no
le sacara nada. Ver cómo se mueve y respira”. Ahí aparece uno de los
grandes secretos de Fernández: “Me gusta espiar la vida real. Sentarme y
ver a la gente. A mi madre también le pasa”.
Eduard Fernández caracterizado de Francisco Paesa. Ximena Garrigues y Sergio Moya
Este barcelonés procede de una familia de clase media: “No me fomentaron
ser actor, pero no se opusieron. Y eso que empecé como mimo”. Su padre,
que murió hace cinco meses, nació en el barrio chino. “De clase muy
humilde. En cambio, mi abuelo materno era militar, franquista y una
excelente persona. Por tanto, equivocado”. Y estalla en una carcajada.
“Mis cuatro abuelos eran de fuera de Cataluña. Yo soy bilingüe
completamente, aunque mis dichos infantiles fueron en castellano”. Antes
de actuar, su primera pasión fue el waterpolo y llegó a ser subcampeón
juvenil de España. Luego llegó la interpretación. Estudió algo, pero
prefirió trabajar y trabajar. “Fui haciendo, haciendo. En Els Joglars,
compañía que dejé para tener algo de vida personal, con Boadella,
Pasqual, Bieito… Todos muy grandes. Ah, y Lluís Homar, que no se me
olvide”. Al cine saltó con Los lobos de Washington y Zapping. “Gracias a Sara Bilbatua, una enorme directora de casting, cuando pensé
que ya se me había pasado la hora”. En su ductilidad, antes de Paesa
encarnó a un etarra arrepentido, “otro personaje muy para adentro”, en
la excepcional Lejos del mar, de Imanol Uribe, película que ha
sufrido para encontrar su hueco en salas. “Ha sido inexplicable… y
reflejo de los malos tiempos que vivimos”. Fernández reconoce que ha pasado “despistado” tres años: “Me separé,
salí por la noche más de lo que debería. Por suerte, siempre tuve
trabajo. Tanto en teatro, un sitio mágico, como en cine, un arte más
preciso”. Interrumpe la charla: llama por teléfono su hija, Greta
Fernández, también actriz y estrella en Instagram. “No pude oponerme a
sus decisiones”, ríe de nuevo. “Las conversaciones entre actores me
cargan mucho. No me gusta hablar sobre la profesión, sí sobre la
construcción del personaje”. Y vuelve a insistir: “Creo que es mi
momento. Me siento optimista en lo mío, porque, en cambio, con la que
está cayendo política y socialmente… No me queda y no nos queda otra que
encarar de forma positiva lo que viene”.
'El universo en la palma de tu mano', 'La desfachatez intelectual' o los 'Muertos de la estepa', las críticas de Babelia.
Un viaje al entendimiento "Llévate
a la playa una caja de cartón, de esas grandes que sueles usar para las
mudanzas, y llénala de arena fina. Recluta mediante un crowfunding a
otros 300 voluntarios para que hagan lo mismo. Subid todos a lo alto de
la estatua del almirante Nelson de la plaza de Trafalgar, en el mismo
centro neurálgico de Londres. Y luego arrojad la arena sobre el asfalto y
los adoquines intentando que cubra toda la plaza. Estaréis viendo una
metáfora apta de la Vía Láctea, la galaxia que nos vio nacer y nos verá
morir, donde cada grano de arena representa una estrella, probablemente
con planetas que orbitan a su alrededor, de los que tal vez alguno, o
quizá millones de ellos, albergue vida, quién sabe si vida inteligente. Con este tipo de imágenes, metáforas y conceptos profundos ha construido
su libro Cristophe Galfard". Por JAVIER SAMPEDROBLACKIE BOOKSIr a noticia
Buenas noticias desde el subsuelo "Hay
buenas razones para leer Yeruldelgger, muertos en la estepa, y la
primera es que no estamos hablando de bajos fondos en Los Ángeles, de
las praderías de Devonshire, de desiertos mexicanos ni de barrios
suecos zarandeados por la prostitución o el espionaje, sino de Mongolia. El universo creado por Ian Manook con gran verosimilitud transcurre
entre yurtas y caminos poblados por nómadas incansables fieles a muy
pocas cosas, pero cosas importantes: y cuidar para siempre el alma de
una niña muerta es una de ellas". Por BERNA GONZÁLEZ HARBOURSALAMANDRAIr a noticia
La política y las bellas artes "Hace
unos meses Esperanza Aguirre sentenció que al PP le había fallado “el
relato”. A su vez, Íñigo Errejón pedía a los novelistas ficciones que
acompañaran el cambio político. Ambas invocaciones hacen oportuno El
hilo perdido, nuevo ensayo de Jacques Rancière (Argel, 1940), filósofo
muy citado en las asambleas del 15-M. Digamos que ficción no es
“fantasía”, sino algo parecido a una gramática de los hechos: “La acción
política que nombra sujetos, identifica situaciones, enlaza
acontecimientos e imposibilidades utiliza la ficción como los novelistas
o los cineastas”, escribe Rancière. Por ello El hilo perdido analiza,
con el foco puesto en la nueva política, a cierta avanzadilla del
movimiento moderno: Büchner, Flaubert, Woolf, Conrad y los poetas Keats y
Baudelaire. En ellos se evidencia la democratización del “reparto de lo
sensible”, una emancipación del vivir desjerarquizado. Escriben contra
la tiranía de la Poética de Aristóteles porque sus reglas “sostienen los
principios que reclaman como propios la acción política realista, las
ciencias sociales o la comunicación mediática”. Es decir, huyen de la
trama, del relato orgánico que subordina las partes a un centro y, sobre
todo, del concepto de verosimilitud: según Aristóteles ha de preferirse
lo posible a lo real, pero “el escritor verídico sólo trata (…) las
cosas como son y nunca como deberían ser”, escribe Rancière a propósito
de Conrad". Por CARLOS PARDOCASUS BELLI
El poeta de la ciudad "La
peripecia biográfica y literaria de José María Fonollosa (Barcelona,
1922-1991) es hoy conocida, pero cuando en 1990 apareció Ciudad del
hombre: Nueva York, con prólogo de Pere Gimferrer, muchos se preguntaron
quién era ese poeta desconocido, y otros creyeron que se trataba de una
farsa, del heterónimo de alguna figura poética famosa. Sin embargo, ese
escritor ignorado y secreto, alejado de modas y círculos literarios, no
sólo existía sino que fue, tras la publicación póstuma en 1996 de otra
antología de su obra, Ciudad del hombre: Barcelona, el poeta que en los
noventa tuvo más reediciones, proclamando su importancia y singularidad
en la historia de la poesía, aunque su perseguida gloria literaria
tuviera una escasa existencia: desde la presentación en mayo de 1990 de
su primera recopilación poética, hasta su muerte, en octubre de 1991,
habían pasado un año y pocos meses". Por ANTONIO ORTEGAEDHASA
Patria voraz "En
1996, Fuegos con limón, la primera novela de Aramburu, nos deslumbró a
bastantes lectores. Era un relato extenso, sin prejuicios ni pudores,
aparentemente salvaje, pero que hablaba de la fe de unos muchachos en la
virtud salvadora de la literatura. Y, en su fondo, dejaba ver los
perfiles de esa piedra cruel y berroqueña que la hipocresía nos hace
llamar “el conflicto vasco”, “el conflicto” para sus íntimos. Veinte
años después, Aramburu es algo más que un escritor de culto, y aquel
pedrusco infame, ya algo cuarteado por fortuna, ha ocupado el primer
plano de unos conmovedores relatos, Los peces de la amargura (2006), y
de una breve e intensa novela, Años lentos (2012), cuyas estrategias
narrativas —la mezcla de distancia e implicación, de autoflagelación y
lucidez— nos hicieron pensar en las novelas africanas de J. M. Coetzee".
Por JOSÉ-CARLOS MAINERTUSQUETS
Occidente ante el espejo de India "Regresa
Calasso con El ardor (2010), su última obra traducida al español
—Adelphi ha publicado este año otra hermosa enciclopedia, Il cacciatore
celeste—, y a la que tal vez convenga darle acomodo, a pesar de su
palmaria filiación con la materia védica, no entre la bibliografía que
contribuye a la arqueología del saber antiguo, que el autor florentino
domina sin parangón, sino entre la que despliega argumentos que iluminan
nuestra sociedad occidental y que proporcionan códigos para la
resolución de sus enigmas y fundamentos que contribuyen a explicar el
atascadero que la coerce, y las causas de que presente síntomas de
agotamiento y de debilidad. Reflejándolo en el espejo ajeno de la
sabiduría de la antigua India, trata de arrojar luz sobre nuestro propio
rostro, desencajado por su conciencia de desvalimiento, desfigurado
por el daño que le inflige contemplar el erial visible entre el laicismo
cándido e inerme y el fundamentalismo conminatorio y por la paradoja de
que “el mundo sea hoy una totalidad secular cuajada de religiones
fundamentalistas”. Por JAVIER APARICIO MAYDEUANAGRAMA