Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

8 sept 2016

Jequesa de Qatar y reina del lujo.................................................. Ángeles Espinosa

Mozah Bint Nasser al Missned, en Amsterdam

Es el lujo hecho mujer, siempre me ha fascinado esta Jequesa con miles de turbantes para cada hora, es un derroche de lujo es como un insulto a todas las mujeres que no nos identificamos con esa mujer de Dubay y que se expone como un escaparate de su pais para ricos.
Lleva cirujia hasta en los codos naturalmente y en su cintura estrechisima.
 Es la representante de Dubay Rico, para que los ricos del mundo piensen que Dubay es el Pais de las mil y una caras.
 No sé lo que hace, pero pasea por Europa con sus millones a cuesta. 
Es la madre del Emir y como madre es quien tiene que demostrar a los paises ricos que ella es muy buena inversora, y se viste a la europea con grandes firmas y enormes joyones.

Mozah, madre del actual emir, está detrás de la propiedad de Balmain y Valentino.


Es el rostro más conocido de Qatar. 
Tres años después de que su marido abdicara del trono, ninguna de las tres esposas del nuevo emir ha logrado arrebatar a Mozah Bint Nasser al Missned su cetro de jequesa del glamur. 
Aunque insiste en presentarse como promotora de le educación, es su estilo el que se lleva la mayoría de los titulares. 
De ahí que cuando uno de los brazos inversores de su familia ha comprado la empresa de alta costura francesa Balmain este verano, todas las miradas se han vuelto hacia ella.
Como primera dama del país con la mayor renta per cápita del planeta, la jequesa Mozah rompió estereotipos. 
Dentro de Qatar, por osar presentarse a cara descubierta, en una región donde es raro que las mujeres de los gobernantes tengan presencia pública y el velo integral está aún muy extendido.
 Fuera, sus peculiares atuendos en los que combina el imperativo islámico de cubrir cabello y cuerpo, con túnicas y accesorios de corte occidental, le granjearon la atención de las revistas de moda.
Mozah Bint Nasser al Missned, durante una visita a España. cordon press
“Mi estilo tiene que ser algo que respete la tradición y que a la vez sea moderno y práctico”, describió ella misma a The Financial Times. 
 Esa capacidad para unir tendencias hizo que Vanity Fair la incluyera el año pasado en su lista de mujeres mejor vestidas del mundo, dentro de una categoría propia.
A sus 57 años, la hoy jequesa madre está considerada una de las mayores consumidoras del mundo de alta costura. 
Pero además de marcar estilo, esta mujer de carácter fuerte y opiniones firmes como demostró en una entrevista con este diario, quiere asegurar que los lazos de su pequeño país con el mundo no se limitan al gas y el petróleo.
 Al igual que la adquisición de obras de arte por su familia, la compra de firmas de lujo forma parte de una estrategia más amplia para vincular los intereses de los Al Thani a las finanzas internacionales.
En círculos económicos existe la convicción de que la jequesa está personalmente detrás de Mayhoola for Investments, el fondo qatarí que adquirió Balmain el pasado junio.
 Haciendo honor a su nombre, que significa “desconocido” en la variedad dialectal del árabe qatarí, la compañía no ha revelado el monto de la operación, estimada en 500 millones de euros.
 El objetivo, según explicó SModa, es que la firma francesa siga la trayectoria meteórica de la italiana Valentino, que el mismo grupo compró junto a M Missoni por 700 millones en 2012 y que desde entonces ha triplicado su facturación.
Mozah aspira a hacer de Qatar un centro de moda por sí mismo, tal como reveló en 2013 con la inauguración de QELA, una marca de lujo integrada en Qatar Luxury Group que ya se ha hecho con la empresa de marroquinería Le Tanneur.
Mayhoola también ha completado este verano la compra de Forall Confezioni, que además de ser dueña de la marca de moda masculina Pal Zileri, tiene la licencia de venta de los accesorios de Moschino y Cerruti 1881. 
Además, el grupo qatarí tiene una importante participación en el fabricante británico de zapatos y bolsos Anya Hindmarch
Todo ello transmite la impresión de que la jequesa está adueñándose de la alta costura europea.


El PP, derrotado y obligado a ir a un pleno por el ‘caso Soria’....................................... Fernando Garea

 
 
El ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos. EFE
 

Guindos tendrá que comparecer en el hemiciclo la próxima semana.

El PP ha sido derrotado este jueves por todos los demás partidos en el Congreso y obligado a que el ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos, comparezca la próxima semana ante el pleno para dar cuenta del nombramiento de José Manuel Soria en el Banco Mundial
. Fernando Jiménez Latorre ha sido el elegido para ocupar el cargo de director ejecutivo del organismo ante la renuncia del exministro de Industria.

Los populares se han quedado solos en la Junta de Portavoces y en la Mesa, y se han visto obligados a convocar el pleno.
 El Gobierno pretendía que la comparecencia del ministro se produjera en la Comisión de Economía y aprovechar su presencia para hablar de los Presupuestos.
 Lo hará en el Pleno, de forma monográfica y con la solemnidad del hemiciclo.
El episodio, además de la convocatoria del pleno, pone de manifiesto la minoría del PP en la Cámara y la constatación de que con esta aritmética parlamentaria el Congreso puede obligar al Gobierno a comparecer y a tomar decisiones que no quiera tomar.
Es significativo también que Ciudadanos, partido que firmó un pacto de investidura con Mariano Rajoy, se ponga de parte del resto de la Cámara para forzarle a comparecer.
El ministro aún puede negarse a comparecer como hizo la pasada legislatura por entender que este Parlamento no puede controlar al Gobierno en funciones. 
La propia Ana pastor, ahora presidenta del Congreso, se negó a acudir a la convocatoria de las Cortes cuando era ministra de Fomento.
El Congreso recurrió ante el Tribunal Constitucional y está a la espera de una sentencia que no llegara hasta octubre, como mínimo.

 

 

John le Carré revela sus secretos...................................................................... Guillermo Altares

El novelista británico publica su primer y esperado libro de memorias, 'Volar en círculos'.

Las memorias del escritor:. John le Carré, en su casa de Cornualles en 2008. Carles Ribas
John le Carré arranca su libro de memorias Volar en círculos (Planeta, en traducción española de Claudia Conde), que sale a la venta hoy en todo el mundo, explicando que no piensa hablar de sus años en el espionaje.
 Sin embargo, apenas unas páginas después se pone a contar anécdotas sobre la profunda irritación que sus personajes causaron entre sus antiguos jefes.
 El escritor argumenta que convertir en ficción una carrera en el espionaje no es lo peor que puede hacer un agente desencantado. "¿Cuántos de nuestros atormentados espías hubiesen preferido que Edward Snowden escribiera una novela?", reflexiona este maestro de la novela, de 84 años, que trabajó como espía durante la Guerra Fría antes de poder dedicarse a la literatura tras el éxito de El espía que surgió del frío (1963).
Las memorias de Le Carré han despertado muchas expectativas porque siempre ha sido un experto en el camuflaje y en escabullirse: concede pocas entrevistas, nunca ha relatado qué hizo cuando fue agente para no traicionar sus fuentes, de hecho ni siquiera ha explicado de dónde viene su pseudónimo (su verdadero nombre es David Cornwell). 
Parte de esos huecos se rellenaron el año pasado con la publicación de una extensa biografía de Adam Sisman (700 páginas en inglés) que revelaba, entre otras cosas, que espió a sus compañeros de facultad.

De Thatcher a Arafat

Sin embargo, Volar en círculos es un libro totalmente diferente: no pretende trazar un repaso exhaustivo de su vida, sino que relata una serie de anécdotas y personajes que, en su conjunto, uniendo todos los puntos, acaban por formar un retrato muy preciso de un hombre irónico, generoso y cercano, que se toma su fama con mucha distancia y que ha aprovechado el poder que le da ser uno de los escritores más leídos del mundo para tratar de saciar su curiosidad, pero también para dar voz a los que no la tienen.

Por sus páginas circulan Yaser Arafat, Margaret Thatcher, Graham Greene, Richard Burton; pero también cooperantes anónimos, espías imperfectos y, naturalmente, su padre, un estafador, que pasó por las cárceles de diferentes países —el texto sobre su progenitor había sido publicado en The New Yorker—. Viaja al Beirut de la línea verde o a un Moscú crepuscular en el que siempre le siguen dos agentes muy poco discretos —de hecho, les pide que le lleven al hotel una noche que se encuentra bebido y perdido en la capital rusa—.
También es memorable su relato de la comida con Joseph Brodsky, el mismo día en que le anunciaron al gran poeta ruso que había ganado el Nobel. 
Esto es lo que dice Le Carré de las relaciones entre los literatos: “En mi experiencia, los escritores tienen poco que decirse, más allá de despotricar contra los agentes, los editores y los lectores o al menos tienen poco que decirme a mí, y en retrospectiva me resulta difícil imaginar de qué hablamos aquella vez”.
Otro ejemplo de su acerado e implacable estilo es lo que cuenta sobre el servicio secreto interno en el Reino Unido, el MI5 —“Espiar a un decadente Partido Comunista británico de apenas 2.500 afiliados, que se mantenía en pie gracias a los informantes, no satisfacía mis aspiraciones”— o lo que relata sobre la imagen que han creado los servicios secretos del Reino Unido a través de personajes a lo James Bond: “Todos los servicios de inteligencia tienden a mitificarse, pero los británicos somos una clase aparte. Mejor no hablar de nuestra triste figura en la Guerra Fría, donde el KGB nos superó en astucia y en capacidad de infiltración prácticamente en cada paso”.

Uno de los asuntos en los que, en cambio, se pone más serio es cuando analiza la relación de los alemanes de la posguerra con el pasado, sobre todo de aquellos altos funcionarios de la Administración nazi.
 Su conclusión es rotunda: “Cuanto más te empeñas en buscar verdades absolutas, menos probabilidades tienes de encontrarlas”. Esa falta de certezas y la imposibilidad de utilizar el blanco y negro para describir el oscuro mundo del espionaje es una de las constantes de sus libros más importantes como El honorable colegial, La gente de Smiley, Nuestro juego o Amigos absolutos.
La duda constante, con mucha autocrítica, marca también su trabajo. 
Cuenta que escribió un pasaje de El topo ambientado en Hong Kong sin moverse de su escritorio en Cornualles (sur de Inglaterra) utilizando una guía caducada
. Cuando viajó a la ciudad china por otro motivo, y la novela estaba a punto de salir, se dio cuenta de que había cometido un error de bulto que habría evitado de haberse tomado la molestia de comprobar sobre el terreno lo que escribía.
“La madurez me había vuelto gordo y perezoso y seguía viviendo de unas reservas de experiencia pasada que se me estaban agotando. Me sonaba en los oídos una frase de Graham Greene, algo así como que si quieres hablar del dolor humano tienes que compartirlo”.

Contradicciones

En su biografía, Adam Sisman explica que el mayor problema con el que se topó a la hora de investigar al autor fue que encontró muchas contradicciones en los recuerdos de John le Carré, entre las entrevistas que le concedió y otras declaraciones que había hecho en el pasado.
 Con eso, aclaraba, no quería decir que mintiese, simplemente que era un experto en borrar sus pistas, como antiguo espía y como gran novelista. 
Su pasado se perdía fácilmente por el camino. La confusión entre lo vivido y lo imaginado es un tema sobre el que Oliver Sacks ha escrito páginas maravillosas: todos tenemos recuerdos inventados que ocupan el mismo espacio que aquellos que son verídicos. 
Al final, no importa lo que sea real y lo que sea falso en Volar en círculos, nadie dijo que unas memorias tienen que ser fieles a la realidad, solo tienen que ser apasionantes.

 

 

Adiós a la ‘capitana ’de Malasaña...................................................... Luis Meyer

Hace dos días falleció Sonia del Amo, impulsora indiscutible de la música en la noche madrileña.

 


Retrato de Sonia del Amo.
Ayer el Tupperware estuvo cerrado, pero en su interior, a oscuras, seguían tomando copas animadamente Kiki Tornado, batería de Def Con Dos, los hermanos Pardo de Sex Museum y David Krahe, fundador de Los Coronas.
 Como otros muchos rockeros noctívagos, llevan años inmortalizados en el colorista mural de una pared de ese bar, sin el cual Malasaña no sería Malasaña.
 Su regenta, Sonia del Amo, falleció hace dos días y el barrio ha quedado en parte huérfano y, sobre todo, un poquito menos musical.
 
Retrato de Sonia del Amo.

Hablar de esta madrileña de 46 años, inquieta y de rasgos duros y poéticos, es hablar de garitos nocturnos y trasiego cultural.
 Se abonó a ambos muy joven, cuando abrieron el mítico Agapo en la calle Madera, por que el transitaba el rock subterráneo de mediados de los años 80
. Entre los entonces desconocidos miembros de Los Ronaldos o Los Enemigos, una jovencísima Sonia empezó a servir copas y a empaparse de ese otro Madrid, tan alejado del barrio de Salamanca o La Latina:
 "Malasaña era el barrio underground porque lo que salía de allí no se hacía en ningún otro sitio.
 Eso es lo que a ella la cautivó desde el principio", cuenta su amigo Gerardo Cartón, promotor de bandas y dj.
Sonia no se conformó con ser una espectadora y montó una década después, junto a sus hermanas Eva, Cristina y Blanca, el Tupperware en la calle Corredera Alta de San Pablo.
 Una bar recogido, con dos plantas y en el que apenas entra la luz del exterior, aunque anda sobrado de color gracias al mural antes mencionado, obra de Mauro Entrialgo.
 Sonia tuvo claro que las noches allí dentro significarían mucho más que tomar unas copas.
 Y así, su cabina de dj se convirtió en un centro de peregrinaje de músicos heterogéneos que iban a poner lo que se les antojara, con una única premisa: 
"Que tuvieran banda, que tocaran, que supieran de música", dice Cartón. "Desde punk y rock añejos hasta nuevas cosas como britpop o grunge, todo cabía", añade César Andión, uno de los primeros en pinchar allí. 
El Tupper se convirtió en lanzadera de productoras independientes como Subterfuge o Siesta, y parada obligada de quien quisiera estar al día de lo que se cocía al margen de las radios comerciales.
 "Ese local ha ejercido de puente entre la movida madrileña y el posterior movimiento indie", opina Cartón, y añade: "Sonia es la capitana de Malasaña. La que seguía defendiendo a las bandas".
Su repentina muerte por cáncer, deja en el hoy sofocante aire de Malasaña otra sensación aún más pesada: la de que ha desaparecido uno de los últimos bastiones de la identidad musical del barrio, que es mucho más que un mero recurso nostálgico; con la acelerada gentrificación de la última década se han impuesto negocios más lucrativos -y silenciosos- y han cerrado muchos garitos con la esencia del Tupperware.
 "Sonia quería que la gente fuera al barrio por la música, que lo que se había conseguido en los 70 y los 80 no se perdiera nunca", cuenta el dj Javier Entrañable, otro de sus amigos íntimos.
 Y no se limitaba a las paredes de su bar. 
Fue la impulsora de la Asociación de Hosteleros de Malasaña (AHM), que consiguió poner de acuerdo el año pasado, por primera vez, a vecinos y propietarios de locales para devolver al barrio su lustre cultural, y con la que logró uno de sus sueños: que las Fiestas del Dos de Mayo y, por ende, la música, volvieran a la calle. Culminaron con ella y su hermana Blanca (propietaria de otro garito del barrio, Madklyn) pinchando a dúo sobre el escenario. 
"Lo hemos conseguido, esperamos poder volver a vernos aquí mismo el año que viene", decía una exultante Sonia. 
No estará allí, pero gracias a ella, habrá muchos más escenarios en Malasaña.

Sonia no se conformó con ser una espectadora y montó una década después, junto a sus hermanas Eva, Cristina y Blanca, el Tupperware en la calle Corredera Alta de San Pablo. Una bar recogido, con dos plantas y en el que apenas entra la luz del exterior, aunque anda sobrado de color gracias al mural antes mencionado, obra de Mauro Entrialgo. Sonia tuvo claro que las noches allí dentro significarían mucho más que tomar unas copas. Y así, su cabina de dj se convirtió en un centro de peregrinaje de músicos heterogéneos que iban a poner lo que se les antojara, con una única premisa: "Que tuvieran banda, que tocaran, que supieran de música", dice Cartón. "Desde punk y rock añejos hasta nuevas cosas como britpop o grunge, todo cabía", añade César Andión, uno de los primeros en pinchar allí. El Tupper se convirtió en lanzadera de productoras independientes como Subterfuge o Siesta, y parada obligada de quien quisiera estar al día de lo que se cocía al margen de las radios comerciales.