Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

31 ago 2016

Fantasía gótica....................................................................................El Pais Semanal

Joyas de ensueño, complementos a medio camino entre lo onírico y lo surrealista y vestidos de cuento de hadas. Piezas luminosas que proyectan un lado oscuro.


2083ModajoyasApertura 
Túnica color almendra, realizada en doble crepé y tul; tiara dorada en forma de serpiente, y brazalete dorado, todo de Valentino Haute Couture. / Fotografía de Alfonso Ohnur / Estilismo de Carolina Badía 




 
 Top sin mangas de encaje de crinolina bordado con cristales de Swarovski; falda de organza bordada con cristales de Swarovski; calcetines de elastán con cristales Swarovski; zapatos de pvc con detalles de seda y collar con cristales de roca, todo de Armani Privé. 
Reloj Imperiale  en oro rosa con pavé de diamantes, de Chopard. / Fotografía de Alfonso Ohnur / Estilismo de Carolina Badía
 
 
 
 
 
 
Vestido realizado en piqué blanco de Viktor & Rolf Haute Couture.
 Anillo en oro blanco, calzedonia blanca, plata rodiada de 18 quilates, 196 diamantes y ocho zafiros y, en la mano izquierda, pulsera en oro blanco, calzedonia blanca y plata rodiada de 18 quilates, 206 diamantes y nueve zafiros, ambos de Chaumet. / Fotografía de Alfonso Ohnur / Estilismo de Carolina Badía 
 
 
 
 
Vestido largo de crepé en color arena; pendiente en forma de abeja y funda para móvil de piel de caimán con bordado de cuentas y pedrería, todo de Chanel Haute Couture. / Fotografía de Alfonso Ohnur / Estilismo de Carolina Badía 
 
 
 
 
 
 Vestido de noche blanco realizado en gasa y seda, con apliques de cristales Swarovski de Atelier Versace. Collar Maillon Panthère en oro amarillo de 18 quilates engastado con 48 diamantes talla brillante; brazalete B-Love en oro rosa y oro blanco de 18 quilates engastado con 12 diamantes talla brillante, y pendientes Panthère en oro amarillo de 18 quilates, todo de Cartier. / Fotografía de Alfonso Ohnur / Estilismo de Carolina Badía.
 
 
 

30 ago 2016

Más grande que su música....................................................................... Diego A. Manrique

Cosas que aprendí viajando a México: que bajo ningún concepto, aunque estuvieras rodeado de modernos y rockeros, podías burlarte de Juan Gabriel.

 Cosas que aprendí viajando a México: que bajo ningún concepto, aunque estuvieras rodeado de modernos y rockeros, podías burlarte de Juan Gabriel. El país entero había alimentado su fibra emocional con las canciones del Divo de Juárez, interiorizando su brava historia de chico pobre hecho a si mismo.

 Y ninguna broma con su sexualidad.

Juanga era el punto en que discrepaban los que mantenían una visión jerárquica de la República y los que apostaban por asumir la realidad.
 En 1990, el conflicto estalló cuando anunciaron que Juan Gabriel actuaría en el Palacio de Bellas Artes capitalino, entre murales de Rivera, Siqueiros y Orozco.
 Toda una conmoción: se veía como una degradación, el triunfo de la estética Televisa.
Allí se batió con valentía Carlos Monsiváis.
 Agudo observador de la cultura mexicana, había estudiado a Juan Gabriel en su libro Escenas de pudor y liviandad (1981), donde señalaba el prodigio de que un cantante amanerado hubiera conquistado el cariño de un país machista hasta la caricatura.
 Monsiváis afirmó que, por muy indignas que fueran Televisa y demás plataformas de la industria cultural nacional, allí florecían genuinos talentos.
Juan Gabriel estuvo moderado aquella noche de 1990.
 Cierto que, más adelante, se soltó la melena e invadió aquel sagrado escenario con batallones de mariachis, coristas y bailarines (no, no traficaba en sutilezas).
Terminé conociéndole en Barcelona, cuando recibíamos el premio Ondas. 
 Parecía dolorido ante el hecho de que no se le tratara como lo que seguramente era (la mayor estrella en aquel evento).
 Poseía una lengua venenosa, que disparaba certeramente. Al final, se apaciguó: resultó que teníamos amigos comunes, como el productor Jorge Álvarez.
Álvarez contaba y no paraba. 
Le había acompañado por el México profundo, actuando en palenques, entre peleas de gallos y la ocasional balacera.
 Pero Juan Gabriel imponía su tregua. Estaba, literalmente, por encima del bien y del mal
Según Álvarez, volvía con su jet privado a Estados Unidos y los policías gringos –muchos, con apellidos hispanos- le rendían pleitesía.
Había sido el dique de contención ante la invasión musical anglófona: renovó el repertorio de rancheras, boleros y baladas. Ahora, ocasionalmente, hasta aceptaba el rock. 
Una de sus últimas grabaciones fue la adaptación del Have you ever seen the rain?, de Creedence Clearwater Revival: la fatalista reflexión de Fogerty sobre los ciclos de la vida se había convertido en un insípido himno al sol. Cosas del Juanga.


 

La mejor novela española de los últimos cincuenta años.........................................Raúl Cazorla

Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1979. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.
Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1970. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.

La mejor novela española de los últimos cincuenta años

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Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1979. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.
Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1970. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.


1. Los rivales
Dar premios es fácil, lo complicado es que nos pongamos de acuerdo en los elegidos —como los trabajadores de la tienda de discos de Alta fidelidad, que componían listas en torno a los criterios más disparatados— y, si bien no existen razones para que los libros, los discos, las pelis, compitan entre sí, aunque no exista tal cosa como «La mejor novela española de los últimos cincuenta años», supongo que hacen falta de vez en cuando carteles, anuncios de neón, campanadas. Quién teme al premio feroz, me pregunté una vez, cuando en principio solo parece haber ventajas en los concursos:
 ganan los premiados, los medios tienen un estupendo evento informativo, la editorial consigue la carta de la promoción, los lectores escuchan nuevos nombres. 
Los únicos que pierden, claro, son los no premiados, qué tontería más obvia, pues esta falta de reconocimiento público se convierte en ocasiones en causa de ostracismo editorial, criba de lectores o, peor aún, un progresivo silencio literario según pasan los años.
A la hora de seleccionar el título de este artículo, yo ya había decidido mucho tiempo antes, sin pasar por ningún complejo sistema de selección, cuál era, a mi juicio, la mejor novela española de los últimos cincuenta años («española» se usa aquí solamente con su valor de gentilicio, por supuesto). Hice trampas, pues. 
Mi objetivo no es la tiranía de los nombres —la jerarquía en la literatura es absurda—, sino conseguir su atención sobre esta novela, que hablemos de por qué es excepcional y merece más lectores, aunque hayan pasado cuarenta y cuatro años desde su publicación.
 No hace falta consenso, al fin y al cabo: esto no es una lección de anatomía, solo juegos de palabras.
Para aligerar la trifulca, para que este texto no fuera un repaso al canon de los últimos cuarenta años, por el que aún tiene que pasar tiempo, me he centrado en los grandes títulos de los sesenta (solo a partir de 1966) y setenta, el periodo de la gran eclosión de la narrativa española a mi juicio, impulsada por el boom editorial de la narrativa latinoamericana, y las décadas de la gran transformación social y cultural de la Península.
Empecemos con los santones. 
Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, quizá la novela más radical estilísticamente publicada en los sesenta en España, se queda fuera del debate porque su primera edición es de 1961; Cela publicó durante esas décadas dos de sus novelas más reconocidas, San Camilo, 1936 (1969) y Oficio de tinieblas 5 (1973); Miguel Delibes, mucho más prolífico, publicó entre otras la famosa Cinco horas con Mario (1966; Las ratas es de 1962).

 Cualquiera de estas merecería el título, supongo, pero ya hemos dicho que a los consagrados no les hace falta más publicidad gratuita, así que, ¿para qué seguir?
 Además, creo ya haber insinuado lo suficiente que este premio obedece a mi falible criterio, y la verdad es que ni Cela, que es un prodigioso maestro de la lengua castellana, ni Delibes, un narrador nato con un prodigioso oído para el castellano, están entre mis clásicos personales. A cada cual, lo suyo, que decía Sciascia.
Una de las que puntúan más alto de aquellos años para mí es Parte de una historia (1967), de Ignacio Aldecoa, la última novela de su autor antes de su muerte en 1969.
 Me sorprende que no sea más conocida: prodigioso relato ambientado en una isla de pescadores cercana a Isla Mayor (trasunto ficticio de Lanzarote), está escrita en una prosa cuidadísima, afilada como un cuchillo, que no cae nunca en topicazos retóricos ni en simplicidades. 
Más famoso como cuentista, Aldecoa demostró con Parte de una historia que dominaba el género de la novela (corta) con una soltura apabullante. Lo que acaso se viera en algún momento como defecto (es una especie de diario de viaje y, por tanto, se sale del realismo social imperante) se ha convertido en una de sus grandes virtudes: una novela sobre el destino inevitable (el individual y también el colectivo) contada con atmósferas de trazos opresivos y nítidos.
La novela galardonada más previsible sería Si te dicen que caí (1970), de Juan Marsé, quizá la mejor novela de los últimos cincuenta años si esto fuera la lista de un jurado académico y no la de un solo lector
. Después de haber publicado varias novelas magníficas, Marsé decide dejarse la piel en esta y darlo todo. 
Aquí, con una prosa en su plenitud, está concentrado el microcosmos de su literatura: la necesidad de la invención y del juego conjugada con la recuperación de la memoria, a menudo también recreada y ficticia; los personajes desamparados, los buscavidas, los que pelean por saber quiénes son; y, sobre todo, un narrador portentoso que fabula entre los recuerdos y la ficción, entre la ilusión de la fuga y la realidad más descarnada de la posguerra.
 A Marsé, en cualquier caso, no le faltan lectores ni reconocimiento, labrado con un largo historial narrativo, así que sigo pensando que el premio le hace falta más al otro.
Imagino que también debería entrar en la disputa cualquiera de las novelas de Benet de este periodo, Volverás a Región (1967) y Una meditación (1970), aunque yo tengo debilidad por esta última, con esa frase de una musicalidad hipnótica con la que empieza:
 «De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la de mi abuelo, con ser de las más modestas, era una de las mejor emplazadas». 
Maravillosa descomposición del hilo narrativo, con una voz que juega a la digresión constante y a las oraciones interminables, Una meditación es una piedra de sol de nuestra lengua, menos reconocida de lo que se merece, pese a que a mi juicio pierde por KO contra la ganadora si se valoran otros factores que debe tener una gran novela, como olfato para rebuscar en la basura y ahondar en el corazón de los humanos.
 A Benet, el grand style, como él siempre reivindicó, le pierde, para bien y para mal.
De las que he leído de Francisco Umbral, otra bestia parda de los setenta, la que más me impresionó con diferencia fue Mortal y rosa (1975), un bellísimo artefacto a medio camino entre el diario, el libro de apuntes y el ensayo literario.
 Curioso que sea el libro que mejor ha sobrevivido al prolífico Umbral, un estilo más que un narrador, quizá porque las páginas escritas a raíz de la muerte de su hijo pequeño están escritas con una rabia contra la literatura que trasciende la retórica y el jugueteo verbal que tanto encandilaba a Umbral.
 Además, un libro a veces se cruza en nuestra biografía, tiene el peso de una amistad o de un suceso, y adquiere un valor de lupa desde la que mirar los placeres y los días; en mi caso me pasó con Mortal y rosa, así que no soy, no puedo ser, neutral con él.
¿Y Goytisolo? El eterno desplazado, el más secreto, pese a ser un inmenso dotado para los vericuetos de la lengua, Goytisolo lleva años haciendo una obra rigurosa, encarnada en la libertad de la poesía más que en la narración. 
 De los setenta es nada menos que la trilogía del mal, que incluye esa belleza llamada Reivindicación del conde Don Julián (1970), de la que solo recuerdo, sin embargo, la espesura de los signos y un viaje, bastante solipsista, hacia uno mismo.
 Altamente recomendable para lectores escogidos.
 No es mi caso, me temo.
Por cierto, que en 1975 se publicó La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, de la que alguien ha dicho que es la gran novela de los últimos cuarenta años.
 Yo, en cambio, que leí en la adolescencia El misterio de la cripta embrujada (1978), y guardo esa lectura como un tiempo de felicidad absoluta, me he quedado a medias con La verdad varias veces. Prometo volver.
Y, en fin, seguro que hay muchos otros, todos grandes, que ahora no me vienen a la cabeza o que a lo mejor no he leído, que es lo más probable, pero, después de todo, esto ya estaba decidido de antemano: de estos años prodigiosos para la literatura española, la más grande, la más ambiciosa, la que sacó todo el talento que llevaba su autor dentro, es El gran momento de Mary Tribune, de Juan García Hortelano 
. No me digan que no estaba cantado.


2. Juan
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Juan García Hortelano, el editor Jaime Salinas y Mario Benedetti, 1982. Fotografía cortesía de Alfaguara.

Verdades, mentiras e infinitos cabos sueltos en el ‘caso Diana Quer’..................................... S. R. P.

Pese a la aparente falta de noticias, la investigación ha dado un giro. Ahora la Guardia Civil pide voluntarios para rastrear los montes y también busca en el mar.

Una patrullera de la Guardia Civil realiza labores de búsqueda, ayer lunes, en la costa de A Pobra.
Después de una semana de indagaciones, la Policía Judicial de la Guardia Civil sigue sin tener ninguna prueba concluyente de lo que pudo sucederle a Diana Quer en la madrugada del lunes 22 de agosto
. Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos días.
 Ahora se sabe con certeza que la chica, de 18 años, dio señales de vida más allá de las 2.43, cuando envía un WhatsApp a un amigo de Madrid, porque volvió a comunicarse con su móvil hacia las 3.30.
 Algunos testigos señalan que fue vista de nuevo en el centro de la villa costera en la que veranea su familia, A Pobra do Caramiñal (A Coruña), horas más tarde. 
Uno, en concreto, ha declarado que se la encontró a las siete pero vestida con una ropa distinta, posiblemente un mono negro, como si la muchacha se hubiera cambiado.
La familia descarta el suicidio y el secuestro a cambio de dinero. Tampoco considera posible una marcha voluntaria y habla una y otra vez, desde el primer instante, de “retención ilegal”.
 “Todas las hipótesis siguen abiertas”, se reitera cada día desde la Guardia Civil. 
 La noticia sigue siendo que no hay noticia de Diana María Quer López-Pinel, pero al menos empieza a descartarse alguna opción de las que parecían tener mayor peso la semana pasada. 
Y aunque al principio también semejaba poco probable que la chica continuase en A Pobra, desde este lunes se han redoblado los rastreos y se han extendido a la ría de Arousa, con la intervención de la Infantería de Marina.
 Después de una semana rechazando los ofrecimientos, al fin esta mañana los investigadores han pedido voluntarios para realizar batidas a partir del jueves en todo el municipio.
 Las personas que quieran colaborar están convocadas a una reunión para organizar los grupos mañana en el Ayuntamiento de A Pobra a las 20.30 horas.
 Entre tanto pasan los días, y atrás van quedando algunas pistas falsas mientras van ganando relevancia otras en medio de un mar de dudas y cabos sueltos. 


El móvil de Diana. El registro de las llamadas entrantes y salientes del teléfono de la chica puede acabar aportando muchas claves. 
Esa noche de verbena, penúltima jornada de las fiestas locales de A Pobra, Diana salió con dos amigas de las que se despidió antes de las dos y media.
 Su madre la llamó a las 1.21 horas, dice que para preguntarle si quería que fuese a buscarla.
 La chica, según el mismo relato, le contestó que no hacía falta, que regresaba enseguida a la urbanización.
 En teoría, Diana tenía poca batería y a la mañana siguiente, cuando su madre presentó la denuncia por su desaparición, el aparato ya no daba señal. 
Hasta ahora se creía que su última conexión había sido a las 2.43, el momento en que envía unos whatsapps aparentemente alarmantes a un amigo.
 Pero ahora hay constancia de que volvió a utilizar su terminal media hora más tarde.
El hallazgo del DNI. El DNI apareció en un bolso de Diana, dentro del chalé adosado en el que veranea con su madre y su hermana, el pasado fin de semana.
 A pesar de que la Guardia Civil ya había inspeccionado su dormitorio, el carné no se localizó al principio.
 También existen dudas acerca de una prenda de ropa con la que supuestamente había salido aquella noche y que aparece recogida en la descripción física difundida tras su desaparición.
 La prenda estaba en casa. La familia añade que la chica no llevaba tarjetas de crédito y cree que salió únicamente con 20 euros en metálico.
 La falsa alarma del último WhatsApp a un amigo.
 La Guardia Civil resta ahora importancia a los whatsapps enviados por Diana entre las 2.40 y las 2.43 de la madrugada del lunes.
 En ellos, la veraneante contaba a un amigo de Madrid que se estaba "acojonando" porque un hombre la "llamaba" por la calle.
 El hombre le decía, según ella, "morena, ven aquí". El supuesto perseguidor fue localizado gracias a los testimonios de otras chicas de A Pobra, que declararon ante los investigadores que esa noche de fiesta habían sufrido el acoso de un individuo moreno, alto y con un tatuaje.
 Un hombre acompañado de otros dos que se dirigía a las mujeres en los mismos términos: "Ven aquí, morena". El sospechoso quedó descartado después de reconocer ante los agentes que tiene por costumbre meterse de esa forma con las muchachas y negar su implicación en la desaparición de la joven. 
Además, ahora se sabe que, aunque Diana nunca respondió al siguiente whatsapp que le mandaba su interlocutor, sí siguió dando señales de vida por el móvil.

La disputa doméstica
La Guardia Civil tuvo que saber por testimonios de otros vecinos de A Pobra que el jueves de la semana anterior a la desaparición de Diana se produjo una riña muy fuerte entre ella, su hermana y su madre.
 Tras la discusión, estas dos últimas acudieron en busca de asistencia médica al centro de salud.
 Esta escena descrita por varias personas, y la supuesta advertencia de la chica de que se marcharía de casa, respaldan una de las hipótesis que a estas alturas siguen en pie, la de una presunta desaparición voluntaria de Diana Quer, una ausencia temporal que, por alguna causa, luego se truncó y algo le impidió regresar. 
Pero su familia lo ha negado siempre.
 Reconocen la bronca familiar pero le quitan entidad. La madre declara que su hija estaba apegada a ella y era muy dependiente del hogar.
El camino sin huellas.
 No se ha hallado ningún rastro de violencia, ningún elemento, nada material, que dé pistas de lo que pudo pasar en la madrugada del lunes 22. 
No se descarta todavía que la chica llegase a su casa antes de desaparecer, ni que cuando volvía a su domicilio de verano algo la hiciese regresar al pueblo.
 Entre la explanada en la que se celebraba la fiesta de O Carme dos Pincheiros y su chalé en el lugar de O Xobre-Cabío hay solo dos kilómetros.
 Un testigo aseguró ya el primer día que la vio delante de una pizzería situada al final del paseo marítimo, a 1.100 metros de su casa y en el itinerario más razonable para llegar a ella.
 Serían, aproximadamente, las 2.30 horas.
 Ahora, otros testimonios la ubican horas más tarde de nuevo en el centro.
 Una persona dice habérsela topado incluso al amanecer pero vestida con otra ropa.

Rastreo por tierra, mar y aire. Los rastreos fueron aparentemente tibios durante la primera semana.
 Existía la sospecha de que Diana Quer no se encontraba en A Pobra.
 La Guardia Civil solo empleó un perro adiestrado en seguir el rastro de personas vivas y rechazó en un principio la colaboración del Ayuntamiento, que ofrecía el despliegue de miembros de la policía local y Protección Civil.
 Pero ahora algo ha cambiado.
 Desde el domingo, se han empleado en la búsqueda de la chica (o de pistas que lleven a ella) un helicóptero y una barcaza de la Guardia Civil, y ayer se sumó en la búsqueda por la ría la Infantería de Marina. 
Hoy los agentes han pedido voluntarios, vecinos que se presten a echar una mano para organizar el despliegue en los montes de la zona que se descartó la semana pasada.
Las entrevistas a sus amigos de Pozuelo. Además de la información telefónica, las principales pistas que han movido a los investigadores en una u otra dirección son las declaraciones prestadas ante la Guardia Civil por vecinos de A Pobra y amigos de la chica.
 Fuera de Galicia, los agentes entrevistaron a su círculo de amistades.
 Diana Quer, residente en Pozuelo de Alarcón, probaba a abrirse paso como modelo mientras estudiaba bachillerato en un centro de Boadilla del Monte
. En estas localidades madrileñas tenía a casi todos sus amigos
. En A Pobra llevaba veraneando 15 años con su familia; desde hace unos cuatro años, tras el divorcio de sus padres, solo con su madre y su hermana. 
Este verano pasó unos días en Ibiza con su progenitor, y luego regresó como siempre a A Pobra, donde se había apuntado en una autoescuela e intentaba este mes aprobar las pruebas del carné de conducir.