En las series aquella década parece estar de moda y no es solo una cuestión de nostalgia.
Mackenzie Davis, en el capítulo ambientado en los 80 de la próxima temporada de 'Black Mirror'. Netflix
"No había nada más grande en los 80 que la nostalgia por los años 50". La sabiduría de BoJack Horseman funciona también hoy en día: parece que no hay nada más grande en esta década que la nostalgia por los años 80. Este verano, Stranger Things
ha vuelto a desatar, por enésima vez, la locura melancólica. La ficción
de los hermanos Duffer, que ni siquiera habían nacido en el año en que
está ambientada su historia, es una buena serie disfrazada de ejercicio
de nostalgia o todo lo contrario. Lo mismo da, funciona en ambos
sentidos. Y de nuevo se ha vuelto a desencadenar la euforia por
aquellas películas de los años 80 de los Spielberg, Donner, Reiner y
Carpenter que poblaron los sueños de los que nos criamos en aquella
década.
Los 80 en las series parecen estar de moda y no es solo una cuestión de nostalgia. Aunque Stranger Things
juegue tanto con ella, la serie funciona también con los que no
vivieron ni disfrutaron aquellos años. Como siempre, lo primero es una
buena historia. Y esa buena historia puede estar ambientada en la
Historia. Antes de que nos demos cuenta las series y películas
ambientadas en las últimas décadas del siglo XX las etiquetaremos como
de época.
Y es que ha pasado el tiempo suficiente para ver las cosas con la
perspectiva adecuada como para retratar en series de calidad una década
fundamental en tantas cosas: los avances informáticos (Halt and Catch Fire), el equilibro geopolítico (The Americans), los conflictos raciales y sociales de las ciudades (Show me a Hero), el desarrollo de la España posfranquista (Cuéntame) y aquel cine de aventuras más preocupado en la historia (E.T., Cuenta conmigo, Los Goonies, La cosa…) que en el bolsillo, que también, pero no tan descarado como ahora. La próxima entrega de Black Mirror tendrá un capítulo ambientado en los 80. Wet Hot American Summer ha recordado lo hortera que se podía ser. Y en El Ministerio del Tiempo hemos visto detalles del Madrid de la movida. La nostalgia tan solo es un extra en series que ahora hacen los
creadores, guionistas y directores que nacieron una década antes o
durante aquellos años (como la familia de Los Goldbergs). Un aderezo, exquisito en ocasiones, para los que no nos molesta añorar.
Es un método de crianza, se llama 'escucha activa' y va de comprender los berrinches de los críos.
A la prensa inglesa, siempre tan atenta a los movimientos de su casa
real, raramente se le escapa algún detalle. Lo último que les ha llamado
la atención es por qué Guillermo de Inglaterra está en cuclillas en la
gran mayoría de las fotos en las que aparece hablando con su hijo, el
príncipe Jorge. En esta posición le hemos visto en el bautizo de su hija
pequeña, Carlota; en un partido benéfico de polo e incluso junto al presidente Obama,
durante su visita al palacio de Kensington. En un vídeo que se ha
vuelto viral en las redes sociales, se ve cómo su abuela, la reina
Isabell II, le da incluso un toque de atención por saltarse el protocolo
durante el desfile aéreo de las Fuerzas Armadas (RAF), que se celebró
con motivo del 90 cumpleaños de la monarca el pasado mes de junio: "Stand up William"(ponte
de pie, Guillermo), le dijo con cara de pocos amigos. Guillermo lo
estaba haciendo de nuevo: se había puesto a la altura del pequeño y,
mirándole a los ojos, respondía a todas sus cuestiones sobre las
acrobacias de los aviones, tomándose su tiempo y sin importarle que el
resto de la familia ya se encontrara en pie. Él no quería dirigirse a su
hijo desde una posición superior. No es nada nuevo: se trata de un
método de crianza denominado Escucha Activa, una forma respetuosa de tratar a los niños que busca que se sientan realmente escuchados. La pedagoga Leticia Garcés Larrea
lo define como “una forma de comunicación entre los miembros de la
familia que va a permitir desarrollar la empatía, a la vez que proteger
los vínculos afectivos”.
Concéntrese y mire a los ojos de su hijo
La primera vez que se hizo alusión al concepto de "escucha activa"
fue en 1957 por los psicólogos estadounidenses Carl Rogers y Richard E.
Farson y, más adelante, el también psicólogo Thomas Gordon escribió el manual para aplicarla: Técnicas Eficaces para Padres (MEDICI).
Para la psicóloga y psicoterapeuta Isabel Fuster,
más que una técnica es una postura ante la vida, una forma de escuchar a
las personas, de ponernos en su lugar:
“Entre adultos, esta
comunicación parece más sencilla (aunque no siempre somos tan empáticos
como debiéramos), pero al tratar con niños nos encontramos con la
dificultad de que el pequeño no entiende el mundo de los mayores, cuyo
principal medio de comunicación es el discurso hablado.
Hasta
aproximadamente los 12 años, se encuentra en un mundo sensorial y
perceptivo diferente del nuestro” El duque de Cambridge y el presidente estadounidense, Barack Obama, agachados para hablar con el príncipe Jorge. GettyLa prueba más evidente de que estamos escuchándole es el contacto
visual. Para ello, es necesario colocarse a la altura de sus ojos porque
el niño se sentirá más cercano a sus padres, además de ayudarle a
empatizar con ellos y transmitirle calma y serenidad. Los que los
expertos destacan es el aspecto emocional de esta comunicación: escuchar
es saber qué siente el niño, no solo qué dice.
"No quiero ir al cole porque no sé hacer los ejercicios"
Garcés cuenta cómo los padres, “muchas veces, más que educar,
pretenden obtener una obediencia inmediata y conveniente: 'no hagas
ruido porque me molestas' o 'no te muevas que me pones nerviosa'. Esta
necesidad hace que no lleguemos a analizar qué es lo que realmente le
sucede a nuestro hijo para encontrar el trasfondo de su rabieta. ¿Por
qué no quiere ir al cole? ¿Por qué patalea y llora al irse de la fiesta
de cumpleaños? Si practicamos la escucha activa, quizá descubramos que
el niño tiene miedo de enfrentarse a un examen para el que no ha
estudiado lo suficiente o que no podía explicar con palabras que no
quería irse de la fiesta sin despedirse de su mejor amigo". “Detrás de su mal comportamiento se esconde una emoción y un niño necesita que los padres puedan identificarla. Si un niño está rompiendo cosas, pegando o insultando,
le está pasando algo: está buscando una solución a través de su acción.
Si le amenazamos o castigamos antes de comprenderle, quizá haga lo que
queremos, pero de una manera manipulada con la que aprenderá a tener
miedo en lugar de descubrir qué le ocurre y cómo solucionarlo. Un niño
de 4 o 5 años no comprenden aún las leyes de la responsabilidad ni
tienen un pensamiento reflexivo, por lo que volverá a repetir sus
comportamientos”, reflexiona la psicóloga Isabel Fuster.
Su mal comportamiento con usted no es algo personal
El psicólogo norteamericano experto en adolescentes y autor del libro 10 days to aless Defiant Child (10 días para un niño menos desafiante), Jeffrey Bernstein, explica en su blog de la revista especializada Psychology Today
que los padres no deben tomarse nada de forma personal, sobre todo de
los adolescentes o preadolescentes. Para el especialista, los adultos
tendemos a contestarles y enfrentarnos verbalmente a ellos como si nos
estuviéramos justificando, sin darnos cuenta de que el joven está
luchando contra sus propios problemas, que no son nuestros. Uno de los
ejemplos con los que ilustra su argumento es el siguiente: un padre de
un hijo problemático de 12 años se pasaba los días preguntándole
infructuosamente qué le pasaba, por qué tenía ese comportamiento; así,
hasta que decidió cambiar el discurso: "Por favor, hijo, necesito
entender el motivo por el que te encuentras siempre tan enfadado". Este
pequeño cambio dejó las puertas abiertas a que su hijo reflexionara
sobre ello. Poco después, cuenta Bernstein, comenzó a abrirse y
compartir sus pensamientos. “Una educación condicionante que modifica conductas generando temor al
castigo, las amenazas, los gritos o las comparaciones entre hermanos
('mira qué grande está tu hermano, porque se lo ha comido todo y tú
no…') no generará hábitos que permitan desarrollar una voluntad con la
que el niño aprenda a marcarse sus propios límites”, afirma Gardés. Ir a
la cama pronto o lavarse los dientes pueden ser reglas que le hagan
enfadarse y que sencillamente se niegue a cumplir. Pero las frases
amenazantes como “si no te lavas los dientes se te van a caer”, van a
grabar en su cerebro el estado alterado de los padres y, en ningún caso,
la necesidad de una correcta higiene. Fuster insiste en lo importante
que es no ceder ante el castigo, por mucho que su vida no sea tan
desenfadada como la del príncipe y los nervios afloren con más
naturalidad. “Si al hijo le cuesta mucho lavarse los dientes, mejor es
cogerle en brazos y decirle con una sonrisa: 'comprendo que te cueste,
pero hay que hacerlo, cariño”, dice.
Esto no es jauja
“La escucha activa no está reñida con poner
límites al niño.
A sus practicantes a veces les cuesta, pero es
necesario que este se frustre, o se convertirá en un tirano" (Isabel
Fuster, psicóloga)
No hay que confundir esta técnica con un modelo sin límites que
convierta al niño en un tirano egocéntrico. Pero, ¿es compatible la
escucha activa con la disciplina? ¿Qué ocurre si los padres confunden
este tipo de comunicación respetuosa y asertiva con la permisividad más
absoluta, con darles todo lo que quieran? Isabel Fuster lo tiene claro: "El amor no es sinónimo de flaqueza, ni establecer límites es sinónimo
de dureza. Hay que ponerlos, aunque a veces nos cueste. Cada casa debe
tener unos valores y los padres deben hacerlos cumplir desde el amor. Evidentemente, el niño se enfadará ante las negativas o las
obligaciones, pero es normal, tiene que frustrarse, si no tuviera
frustraciones sería un tirano”, recomienda Fuster. Garcés coincide:
“Precisamente, para una familia muy permisiva, es más complicado
practicar la escucha activa. Los límites son necesarios, la cuestión es
cómo los ponemos: están para ayudarnos, no para que resulten una
imposición”.
“¿Que qué buscamos? ¡Todo! ¡Ya no tenemos nada!”, claman los vecinos ante la falta de previsión de los gobernantes.
Un hombre y una mujer se consuelan en frente de una casa en ruinas, este viernes en Matrice (Italia). Andrew MedichiniAP
El camino está lleno de carteles que anuncian lugares que ya no existen.
Como la perfumería Riflessi, la única de Amatrice, situada en el número
88 del Corso Umberto I.
Su propietario, Roberto Serafini, intenta que
las fuerzas de seguridad que mantienen cerrado a cal y canto el centro
del pueblo –para facilitar la búsqueda de los desaparecidos y evitar que
las réplicas del terremoto del miércoles
causen más víctimas— lo dejen pasar para recuperar de entre los
escombros sus efectos personales, alguna documentación y, sobre todo, el
ordenador de su hija pequeña.
La negativa rotunda del gendarme va
convirtiendo el dolor en rabia hasta que una pregunta –¿qué está
buscando?— lo hace explotar: “¿¡Que qué buscamos!? ¡Todo! ¡Ya no tenemos
nada!”.
Roberto y su esposa, con el rostro lleno de lágrimas, se vuelven
entonces hacia los tres o cuatro periodistas que observan la escena y
los encaran. “Vosotros”, les aconsejan, “no os debéis centrar en nuestra
cotidianidad, ¿qué hacemos?, ¿dónde comemos? ¿dónde dormimos? Eso no
interesa. Como mucho la gente dirá: pobrecitos. Lo que tenéis que hacer
vosotros es poner la atención en la reconstrucción,
en qué van a hacer los que mandan para recuperar todo lo que hemos
perdido, preguntarles una y otra vez, perseguirlos hasta la puerta de
sus casas si es necesario y que respondan: ¿qué vais a hacer para que la
tragedia de L’Aquila en 2009 y la de Amatrice ahora no se vuelva a
repetir dentro de unos años?”.
Roberto, casi gritando, dice que entre el terremoto que sepultó
L’Aquila y el del pasado miércoles no han pasado siete años, sino “solo
tres minutos”. Desde entonces hasta ahora, explica, los que tendrían que
haberse ocupado de poner los medios para que la tragedia no se
repitiera –construyendo escuelas y hospitales seguros, obligando a los
constructores y a los propietarios a respetar la normativa
antisísmica—han estado con los brazos cruzados. “No se han dedicado a
prevenir”, explica, “y por eso la tragedia se ha repetido. Por eso ahora
Amatrice se parece a Alepo. Porque detrás de todas las guerras está el
dinero. El dinero que se tendría que haber empleado en evitar que esa
escuela se derrumbara [y señala las ruinas de un colegio rehabilitado en
2012 y que ahora es solo escombros] está ahora en los bolsillos de
alguien. ¿Usted sabría explicarme por qué a las constructoras italianas
que triunfan en el mundo solo se les caen los puentes en Italia? La
corrupción, la complicidad de la política… La gente no le importa a
nadie. Somos carne de cañón. Solo nos queda el consuelo del grito de
rabia…”.
Unos metros más allá, frente al número 63 de la vía del Castagneto,
Cesare Blandino observa las ruinas de la casa que se compró con el
dinero que ganó como emigrante en Alemania. De 1971 a 2007. Casi cuatro
décadas de diáspora –“allí conocí a tantos españoles”—reducidas a
escombros. También Cesare y su esposa intentan que los policías lo dejen
acceder a la que fue su vivienda. La respuesta es similar a la que
recibió unos minutos antes Roberto Serafini: “No es posible. Es
peligroso. Los esfuerzos están centrados todavía en buscar a los
desaparecidos”. Cesare ni siquiera protesta. “Esa es mi casa y ahí
dentro está todo”, reflexiona, “pero, aun así, ni siquiera eso es lo más
importante. Lo peor es que ha desaparecido todo lo que había alrededor.
El pueblo, la gente”. Durante décadas enteras, a pie parado en la
cadena de montaje de la Volkswagen, Cesare Blandino soñó con regresar a
un país tan bonito que ya no existe.
El reconocido facultativo ha fallecido a los 89 años en su domicilio de Barcelona.
Joaquim Barraquer ofrece una conferencia en el homenaje por su 80 cumpleaños CONSUELO BAUTISTA
El oftalmólogo Joaquim Barraquer Moner (Barcelona, 1927), una de las
figuras de mayor proyección internacional de la medicina española, ha
fallecido esta madrugada en su domicilio de Barcelona. Barraquer,
director de la reconocida clínica oftalmológica que lleva su apellido en
la capital catalana, tenía 89 años y padecía una grave enfermedad desde
hace varios meses. Cursó estudios de medicina en la Universidad de Barcelona (UB), en la
que se licenció en 1951, formación que luego amplió con tres doctorados
en universidades de Madrid (1955), Guayaquil (1957) y Bogotá (1965). En
1970 fue nombrado Catedrático de Cirugía Ocular de la Universidad
Autónoma de Barcelona (UAB). Las areas más destacadas de su labor
asistencial y científica fueron los trasplantes de córnea y la cirugía
de cataratas, glaucoma y miopía.
Barraquer era uno de los facultativos más reconocidos
internacionalmente. Un total de 11 universidades españolas y extranjeras
le habían nombrado doctor honoris causa o profesor honorario, además de
recibir a lo largo de su carrera más de 30 distinciones y premios
científicos nacionales e internacionales. Barraquer era hijo del profesor Ignacio Barraquer Barraquer —fundador
de la clínica— y nieto del primer catedrático de oftalmología de la
Universidad de Barcelona (UB), el profesor José Antonio Barraquer
Roviralta.
El funeral tendrá lugar el próximo domingo a las 11.45 en el Tanatorio de Sant Gervasi, en Barcelona.