Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

15 ago 2016

El nuevo perfil del adicto a la heroína..................................................................... Barbara Ayuso

El consumo de esta sustancia repunta en España. Álvaro cuenta que se enganchó tras un "varapalo emocional".

Un agente muestra un paquete de heroína decomisada en una operación en Cataluña en 2014.

 

Hace tres años que el jaco se quedó con el sitio que ocupaban los motivos.
 "¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?" se pregunta Álvaro (nombre ficticio) parafraseando a Mark Renton, protagonista de Trainspotting. 
Dice que la película, en muchos sentidos, condensa cómo se siente con esta adicción: "Cuando eres yonqui todos tus problemas se reducen a uno: saber si hay heroína o no
. Lo demás desaparece, y eso es formidable", asegura.
 Consume unos 20 euros diarios y no tiene problema en denominarse yonqui, aunque su historia nada tenga que ver con el retrato del término arraigado en el inconsciente colectivo.
 Álvaro no es el adicto marginal de los ochenta, estragado por las enfermedades y que utiliza jeringuilla.
 Es uno de los llamados "nuevos consumidores" que atestiguan que la heroína puede ser una droga del pasado, pero toma posiciones en el presente.
La sustancia experimenta un repunte en España, sin alcanzar las dimensiones de "epidemia" que sacude algunas ciudades de EEUU.
 Aquí el consumo se mantiene estable y desde Sanidad lo califican de "residual", pero los expertos coinciden en que son muchos los síntomas que alertan de un regreso silencioso de la heroína a nuestro país.
 Las incautaciones han aumentado en los últimos años y se han desmantelado laboratorios en varios puntos de la geografía española.

Un agente muestra un paquete de heroína decomisada en una operación en Cataluña en 2014.

"La verdad es que es algo que me imaginaba, porque hace no mucho he conseguido comprar caballo hasta en 12 casas distintas en el Puente de Vallecas", explica Álvaro.
 Ahora la consigue en el poblado de Valdemingómez, uno de los mayores centros de distribución de droga de Madrid, y confirma que la demanda ha aumentado. 
"La gitana que me lo vende dice que tienen tres proveedores de heroína para todo el poblado", cuenta. 
"Se lo compres a quien se lo compres, la calidad y el precio es igual: 5 euros la micra o 10 euros el gramo". 
Ha escuchado que existen otros puntos de venta más céntricos en Madrid (en Laguna o la Plaza de la Luna), pero desconfía de ellos.
Tiene 42 años, y su perfil encaja con la mayoría de aspectos del nuevo patrón de consumo de una vieja conocida. 
Posee todo lo que Trainspotting subestimaba en el monólogo inicial: la casa, el trabajo, la familia, el televisor grande. Y además, esnifa heroína.
 "Empecé por un varapalo emocional hace tres años.
 Yo soy de carácter ansioso y pesimista, y el speed o la cocaína lo que me provocaban era el efecto contrario que buscaba", explica. Se cansó del efecto recreativo de las demás drogas y de la factura del día siguiente: "Cuando bebía y esnifaba farlopa, muchas veces perdía los papeles.
 De repente probé esto y hostias, al día siguiente no tenía ningún problema de nada, no había metido la pata.
 Me ayudaba a estar de la forma que quería estar. Relajado", dice. La primera vez erró con la dosis y quedó al borde de la deshidratación.
 Hasta que alcanzó el equilibrio con las cantidades, se dormía frecuentemente y llegó a perder el gusto de algunos alimentos, pero pronto lo recuperó.
 La heroína esfumó los dolores musculares, y la consumía al terminar la jornada laboral.
 "Sin la droga, podía tocar la guitarra como mucho cuatro horas, el cuerpo no me daba para más. Con ella, puedo estar ocho", dice. Dejó el resto de sustancias. "Hasta los tercios se me calentaban". Todo parecía bajo control.

Adicción, uso y abuso

A los dos o tres meses, el fantasma despertó.
 "Empecé a notar una dependencia física y psicológica. Me cogí una semana de vacaciones para intentar dejarlo, porque ya no reservaba la heroína para el fin de semana.
 Había añadido un día más, un día más, y al final consumía todos los días", recuerda
. No lo consiguió y pasó su primer "mono". "No fue tan duro como en las películas, porque me imagino que en los ochenta los monos eran así por la pureza de la droga y por la jeringuilla", aduce. 
 Empezó a esnifar también en el trabajo y a aumentar los viajes a Valdemingómez. 
Aunque querría ir solo una vez al mes - "coincidiendo con el día que cobro"- acude dos, para minimizar el riesgo de ser parado por la policía.
 Utiliza las cundas que parten de la zona de Embajadores, donde sufre los episodios "más desagradables" de su adicción. 
Según explica, la mayor parte de los consumidores tienen una edad y un perfil similares al suyo.
Fracasado el primer intento, acudió a un Centro de Atención a Drogodependientes (CAD) de la Comunidad de Madrid, donde confirmaron lo que intuía: estaba utilizando la heroína como antidepresivo o ansiolítico.
 Algo que coincide con el patrón de consumo detectado en los últimos años, tanto en EEUU como en Europa.
 "Lo utilizo como motivación para hacer cosas, para activar las neuronas, para superar un mal trago o un problema", reflexiona. 
Sin embargo, su experiencia difiere en uno los lugares comunes de los nuevos consumidores: no utiliza el opiáceo para rebajar el efecto de otras drogas. 
"Hace doce años un colega mío palmó por eso. Se ponía hasta arriba de todo, y cuando llegaba a casa tomaba heroína para dormir. Un día su novia no consiguió despertarle. 
Su muerte se me quedó muy grabada", recuerda
Por eso intenta no mezclar sustancias, aunque confiesa que de vez en cuando coquetea con la cocaína. 
Y se mortifica por ello. Le recetaron metadona, pero tampoco funcionó.
 "La médica me ha sugerido tomar antidepresivos, pero el problema que tienen es que no me van a dar la misma satisfacción que la heroína. 
Y además, muchos añaden el problema de la anorgasmia", dice. Le preocupa que esta vía remedie la adicción, pero no la abstinencia. En el centro de ayuda descubrió algo más:
 "Los consumidores siempre establecemos jerarquías. Cuando solo bebía alcohol, los farloperos eran lo peor. Cuando coqueteé con el speed, para mí los heroinómanos eran un mundo aparte. Y de repente, en los centros nos ponen a todos juntos. 
Todos somos adictos, incluso los que tienen adicción al juego", explica.
 Cree que la distinción entre drogas blandas y duras es una patraña.
Mientras baraja sus opciones bajo supervisión médica, Álvaro convive con el estigma.
 Es consciente de la imagen que proyecta la heroína en la sociedad, y con qué se asocia , pero no quiere recibir discursos al respecto. Por eso elude el tema en su entorno, donde afirma ser "prácticamente el único" que la consume.
 Afronta las incursiones al poblado entre la vergüenza y el miedo. "Intento que nadie que me conozca me vea por la zona, no quiero que sepan a qué voy a allí", dice. 
Alguna vez ha tenido que disimular frente a conocidos. "He elegido esto sabiendo lo que provocó a muchos en el pasado, pero libremente. Y también autoengañado, pensando que soy diferente y especial, y voy a saber controlarlo.
 La típica gilipollez que pensamos todos. Pero no quiero compasión", subraya.
La semana pasada su médico le preguntó si se veía dejando por completo la heroína.
 "Yo tengo el deseo de todo yonqui, el sueño del deseo controlado, el consumo controlado", dice, y hace una larga pausa.
 "Querría superar el abuso y quedarme en el uso, pero como soy un poco bipolar sé que tendré que escoger entre una de las dos vías: o todo o nada", concluye.
 Aunque su experiencia sea diferente, comparte ambición con el yonqui del pasado: quiere quitarse. Espera que "este año o el que viene" sea el de la nada. 
Precisamente la fecha del estreno de la segunda parte de Trainspotting.
 

14 ago 2016

y si recordamos una historia de amor??

















El verdadero sur son los olivos........................................................... Manuel Vicent

La cineasta, pelirroja e inteligente, siempre está detrás de las cámaras apuntando hacia causas justas.

 
Una niña montada en bicicleta se aleja hasta perderse por un camino entre álamos de primavera. Segundos después, por el mismo camino cubierto de hojas amarillas, vuelve la bicicleta montada ahora por una adolescente de 15 años
. Esta elipsis marca el paso del tiempo.
 La adolescente es Icíar Bollaín, en una secuencia de El sur, de Víctor Erice, su primer trabajo.
 La película puso en el mercado el rostro de esta cineasta, que con el tiempo se ha convertido en un valor cinematográfico.
La película El sur trata de una familia, un padre silencioso y una madre amargada, que viven su exilio con su hija en una ciudad del norte.
 Muchos espectadores, sin duda, recordarán la escena clave en la que el padre habla con esta hija en un café mientras en un salón contiguo suena la orquestina de una boda que interpreta el pasodoble En el mundo. 
 Habla con su hija de un amor perdido, de un pasado feliz en el sur. El pasodoble llena de añoranza la memoria de aquellos soleados días entre olivos, palmeras y limoneros.
 Al parecer la película se quedó sin presupuesto y el productor Querejeta cortó el rodaje, una decisión que jugó a favor de la historia, puesto que el viaje al sur, previsto en el guión, ya no fue posible rodarlo y quedó en una excelente metáfora de un deseo inaprensible de felicidad.
Icíar Bollaín es una chica muy lista y pelirroja y es bien sabido que hay pocos tontos con el pelo panocha.
 Un día alguien la felicitó por la suerte de haberse casado con Paul Laverty, el guionista habitual de Ken Loach, un buen tipo escocés lleno de talento. Icíar le contestó: “Nada de suerte. Yo siempre he sido muy buena para el casting”.
 La pareja vivía en Lavapiés, un barrio madrileño donde se cruzan todas las razas
. Los domingos al mediodía oía los tambores de unos negros que invocan a sus ancestros con un ritmo sincopado; compraba especias en los colmados árabes e hindúes y cumplía el rito de una vida desenfadada entre la rebeldía de unas tribus urbanas que, años después, reventó un 15 de mayo en la Puerta del Sol.
 Iziar pasa ahora largas temporadas en Edimburgo, patria de su compañero.
 Ver Madrid desde el sótano y España desde lejos le ha dado una visión sin una sola mota de caspa nacional.
Manolo Gutiérrez Aragón la llamó para la película Malaventura y en el rodaje Icíar coincidió con José Luis Borau, quien a partir de entonces la convirtió en protagonista de algunas de sus películas y la animó a ponerse detrás de las cámaras.
 El cine de Icíar Bollaín tiene una marca propia, un cine social según la huella de Ken Loach, con quien colaboró en la película Tierra y libertad, una lucha anarquista contra la injusticia atemperada por un sabor agridulce, que siempre toca una fibra sensible, frente al iberismo racial, agrio y violento.
Nunca engaña. 
El espectador sabe qué va a ver cuando se acerca a la taquilla. La emigración, los problemas de Latinoamérica, historias de tercer mundo, denuncias de la violencia machista.
 A Icíar la encuentras siempre detrás de las cámaras apuntando hacia causas justas, tocadas con una delicadeza acerada.
 Así es también ella, un chica despierta, que sonríe con los ojos, que siempre emite un aire fresco, inteligente y divertido, con un toque de distinción.
En su última película, El olivo, ha vuelto a encontrar su propio camino hacia el sur.
 Ese olivo milenario había visto pasar soldados de todos los bandos desde la Edad Media y, mientras a su alrededor se establecían fanatismos de cualquier índole y las guerras vertían sangre a raudales, su savia seguía dando aceite y el tiempo añadía nudos a su tronco para formar una maravillosa escultura.
 Durante siglos varias generaciones de agricultores nacieron y murieron bajo su sombra; el olivo no había muerto todavía, pero un día fue arrancado de cuajo.
 Olivos milenarios cuyos primeros esquejes fueron traídos por los griegos del mar Jónico han sido desarraigados violentamente de la tierra madre para presidir la rotonda de una carretera, decorar el vestíbulo de una multinacional o agonizar en el jardín de la mansión de un financiero corrupto.
 Ese cepellón de raíces arrancado junto con el sudor y el amor de los antepasados es todo un agravio a la historia de la agricultura y también la metáfora de la cultura especulativa, que ha puesto la estética a merced del puro interiorismo cuyo concepto no se refiere al cultivo interior del espíritu, sino a la simple decoración de salones.
 Aquella Icíar Bollaín adolescente expatriada en un norte brumoso encuentra por fin el verdadero sur entre los olivos milenarios sin perder el estilo que la define, la de una chica lista, pelirroja, inteligente y comprometida.

 

Carmen Machi: “Esperaba más de la izquierda. Hemos retrocedido mucho..............................María Guerra

Juntamos a Carmen Machi y a Terele Pávez, que interpetran a dos prostitutas madre e hija en La puerta abierta, para hablar de cine y política. 

Ninguna de las dos tienen pelos en la lengua. Así que prepárense.

Carmen Machi: “Esperaba más de la izquierda. Hemos retrocedido mucho”
Terele Pávez viste quimono de ESSENTIEL, pantalón de COUCHEL y pendientes de ISIDORO HERNÁNDEZ. Carmen Machi lleva vestido de SPORTMAX, sandalias de JIMMY CHOO y pendientes de ISIDORO HERNÁNDEZ.
Foto: Javier Tomás Biosca 
 
Con la misma dignidad que Machi y Pávez posan ante la cámara, interpretan a dos meretrices en la película de Marina Seresesky. Machi estuvo implicada desde el principio de este proyecto que no habla de la prostitución en la calle, sino de la vida en casa y en bata.
 «Me parece que este trabajo encierra una autodefensa de negarte a sentir y eso me deja demolida», asegura. También habla de la nobleza de estas mujeres, a las que une un nexo común de bondad, de alma regalada.
A las dos actrices las separan 25 años.
 Han nacido en épocas diferentes, pero coinciden en su estilo profesional. «Carmen es de las mías, de las que cuando trabajamos lo hacemos a tope; y te digo que hemos acabado agotadas. A nosotras no se nos caen los anillos por currar.
 Somos trabajadoras como un taxista», asegura Terele Pávez. Machi dice que recuerda con angustia las condiciones de trabajo de La puerta abierta:
 «En enero, en un piso de 60 metros nos metimos un equipo de 70 personas. Yo acabé contaminándome de la cara de asco de mi personaje. 
 Ha sido un rodaje muy intenso. Terele y yo nos teníamos que sostener la una a la otra. 
Y la temperatura de lo que la directora quería me la dio Terele, que es una mujer fuerte y valiente».
No siempre los actores hablan con esa franqueza.
 Es fácil que se lancen piropos entre sí, pero Machi se distancia de las palabras huecas: «Aunque mis personajes sean aguerridos, yo no lo soy»
. Carmen es una mujer tremendamente tímida y pudorosa
. Me he puesto una coraza de persona fuerte, pero soy muy pava. Ahora he cambiado y en parte ha sido por mis personajes.
 He aprendido mucho de todos ellos»
. En una sociedad que sigue penalizando a las féminas por su edad y apariencia física, ambas actrices exhiben su personalidad y su físico con rotundidad. 
 Carmen Machi se irrita ante el yugo –a veces– autoimpuesto:
 «Me enfado porque me doy cuenta de que todavía hay una resistencia en nuestro país para aceptar que las mujeres pueden tener poder, ser contundentes y hablar sin resignación ni miedos.
 He tenido la fortuna de meterme en el pellejo de personajes duros, incluso de líderes políticos como en el caso de Creonte, en Antígona
. Pero muchas espectadoras aseguraban que el Creonte que yo interpretaba era un hombre que se iba convirtiendo en mujer
. Y yo me pregunto: ¿cómo estamos las mujeres? Estamos avanzando mucho, pero nos falta valentía y empuje para atrevernos a tomar el poder que todavía consideramos patrimonio masculino».

Sin desmaquillarse, se cambian de ropa y se lanzan a las calles achicharradas de Madrid.

 Supuestamente están en una muy mala edad para conseguir trabajo, pero ambas tienen varios proyectos por delante.

 Machi reconoce que nunca ha padecido la angustia del paro, y matiza: «Pero también creo que no he perdido la humildad de saber que cada trabajo tienes que hacerlo bien. 

Y tampoco me engaño, que en este oficio la suerte es fundamental». Terele Pávez, en cambio, ha pasado unos malos años profesionales, pero recuerda a diario las palabras lapidarias de su madre: «Una cosa es ser pobre y otra, no tener dinero».