Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

14 ago 2016

Actriz de raza, modelo de alma........................................................ Rocío Ayuso

 
La actriz Emma Roberts en la fiesta de Vanity Fair tras los Oscar este 2016.
Emma Roberts habla de su pasión por los libros y de una imaginación desbordante como su principal motivación a la hora de ser actriz
. Su apellido, hija del actor nominado al Oscar Eric Roberts, y esa sonrisa que ha heredado de su tía, la estrella de estrellas Julia Roberts, recuerdan la importancia de los genes cuando uno quiere probar suerte en Hollywood.
 “Para mí Julia no es una estrella, es mi tía”, confiesa con naturalidad esta joven actriz de 25 años.

Ella es consciente de que los lazos familiares le han abierto muchas puertas para estar donde está, convertida en un referente para su generación, cultivando una carrera en filmes independientes como el que acaba de estrenar en España, Nerve, y un icono de la moda que a menudo figura en las listas de las mejor vestidas.
 “La moda me gusta tanto que me da vergüenza la ilusión que me hace”, admite la nueva musa de la firma Lands’ End o de la casa de lencería Aerie Real de American Eagle.
Roberts se recuerda desde niña entre bambalinas
. No tanto por su padre, a quien apenas menciona dado que se crió con su madre tras el divorcio de ambos, sino por su tía, que de pequeña la trató como la hija que no tuvo.
 “No te miento si te digo que me escondía en los camerinos para huir de mi madre cuando venía a buscarme de lo fascinada que estaba con la gente que hacía películas. Siempre me cuentan los berrinches que me daban cuando me ponían una película de dibujos animados, chillaba porque yo quería una con humanos de verdad”, se ríe de sus años de enfant terrible.

Emma Roberts habla de su pasión por los libros y de una imaginación desbordante como su principal motivación a la hora de ser actriz. Su apellido, hija del actor nominado al Oscar Eric Roberts, y esa sonrisa que ha heredado de su tía, la estrella de estrellas Julia Roberts, recuerdan la importancia de los genes cuando uno quiere probar suerte en Hollywood. “Para mí Julia no es una estrella, es mi tía”, confiesa con naturalidad esta joven actriz de 25 años.

En su adolescencia, continuó demostrando su carácter
. Como esa discusión hace ya algunos años con su entonces novio Evan Peters cuando ambos estaban en Montreal y que acabó con su detención en lo que fue descrito por ambos como “un desafortunado incidente”.
La actriz sabe, por lógica o por familia, que de estas cosas no se habla en público. Sí lamenta la presión que han añadido a su vida el continuo acoso de las redes sociales, los selfies y las instantáneas robadas y subidas a la Red sin su permiso.
Rayando en la paranoia, es de las que tapa la cámara de su ordenador y le preocupa que nada desaparece de Internet.
 Si bien tiene Twitter e Instagram, que abrió “cuando la Red era divertida” y mantiene por razones profesionales, como hablar directamente con los fans de su serie Scream Queens, enterarse de las noticias o “como inspiración en temas de moda”, guarda una cierta distancia con Internet.
 “Los hay que hacen lo que sea con tal de tener más seguidores.
 Yo no soy de esos”, se distancia de un valor añadido que potencian muchos de su generación.
 Ella asegura que está chapada a la antigua; también prefiere escribirle postales a su madre cuando está lejos o llevar su agenda en papel.

 

Su amuleto

Según dice, nunca buscó conscientemente separarse de su linaje.
 Simplemente siguió sus gustos, esos que le han dado una carrera que pocos por encima de los 30 conocen por los títulos (Esposos, amantes y amigosAdult World, Palo Alto) salpicada con algún papel pequeño en películas grandes como el de Historias de San Valentín, compartiendo cartel —que no escena— con la otra Roberts.
 “He hecho lo que he querido y punto”, remata.
Lo mismo dice de la moda.
Sin negar la ayuda de un estilista que le aconseje para las alfombras rojas (su amiga Brit Smith), lo suyo siempre ha sido tener un ojo puesto en el vestuario.
“Incluso en el que utilizo mientras ruedo”, añade.
 “Lo único que llevo siempre conmigo son mis tres anillos de Cartier. Esos son míos —añade con rapidez para que nadie piense que marcan su noviazgo con el periodista y documentalista Christopher Hines—.
Ya sabes, para que me den suerte”.
Julia Roberts y Emma Roberts en 2010.
 

Canciones que no perdonaríamos que faltaran en una verbena....................................Pablo Cantó

Si no has escuchado todos estos temas antes de que termine el verano, es que no te has divertido lo suficiente.


Verbena en 'Kiki, el amor se hace'
Verbena en 'Kiki, el amor se hace'

 

Las fiestas de barrios y pueblos son una de las mejores escapatorias al tedio del calor y la inactividad veraniega
. Y estas fiestas son sinónimo de verbena.
 Para muchos, estos guateques locales son mejor que cualquier festival: no hace falta montar la Quechua, siempre hay a mano un puesto de fritanga y puedes echarte una tómbola mientras bailas. ¿Que no suenan temazos como en los festivales? Error: el repertorio de las fiestas está lleno de himnos que, aunque jamás los hayamos puesto en casa, nos sabemos de memoria. Y tienen que sonar en toda verbena que se precie.
Para ir calentando para las fiestas que se avecinan, aquí te traemos la lista definitiva de canciones que deberían sonar, por ley, en todas las verbenas.
Si termina el verano antes de que hayas podido corearlas todas, es que no te has divertido lo suficiente.
Debajo del listado puedes escucharlas todas en una lista de reproducción de Spotify.

1. Paquito el chocolatero, de Gustavo Pascual Falcó
2. Ave María, de David Bisbal
3. La gozadera, de Gente de Zona (o sus versiones regionales)
4. Fiesta pagana, de Mago de Oz
5. Olvídame y pega la vuelta, de Pimpinela
6. Sarandonga, de Lolita
7. Cannabis, de Ska-P
8. El roce de tu cuerpo, de Platero y Tú
9. Saca el güisqui, cheli; de Desmadre 75
10. Dos hombres y un destino, de David Bustamante
11. Ni tu ni nadie, de Alaska y Dinarama
12. Suspiros de España, de Antonio Álvarez Alonso
13. The Scatman, de Scatman John
14. La barbacoa, de Georgie Dann
15. Insurrección, de El Último de la Fila
16. Bomba, de King Africa
17. Y yo sigo aquí, de Paulina Rubio
18. A quién le importa, de Alaska
19. Años 80, de Los Piratas
20. Mayonesa, de Chocolate Latino
21. Te quiero más, de Fórmula Abierta
22. Yo quiero bailar, de Sonia y Selena
21. El tractor amarillo, de Zapato Veloz
22. El tiburón, de Proyecto Uno
23. Follow the leader, de SBS

24. Hay que venir al sur, de Rafaella Carrá
25. Me colé en una fiesta, de Mecano
26. Aquí no hay playa, de Los Refrescos
27. Bailando, de Enrique Iglesias
28. Mordidita, de Ricky Martin
29. El Venao, de Los Cantantes
30. Mucho mejor, de Los Rodríguez
31. Me gustas mucho, de Rocío Durcal
32. Salta, de Tequila
33. Bamboleo, de Gypsy Kings
34. Dame Veneno, de Los Chunguitos
35. Amante bandido, de Miguel Bosé
36. Saturday Night, de Whigfield
37. El chachachá del tren, de El Consorcio
38. Macarena, de Los del Río
39. Danza Kuduro, de Don Omar

35. Amante bandido, de Miguel Bosé
36. Saturday Night, de Whigfield
37. El chachachá del tren, de El Consorcio
38. Macarena, de Los del Río
39. Danza Kuduro, de Don Omar
40. Levantando las manos, de El Símbolo
41. Mueve la colita, de El Gato DJ
42. I will survive, de Gloria Gaynor
43. Que la detengan, de David Civera
44. No rompas más, de Coyote Dax
45. Sígueme y te sigo, de Daddy Yankee
46. Toma vitamina, de La Fiesta
47. Mueve tu cucu, de Missiego
48. Camisa negra, de Juanes
49. El muerto vivo, de Peret
y además todas las rancheras y boleros que recuerdes....como Reloj no marques las horas.....O de Adamo....Esta puede ser mi gran noche...Dicen que la distancia es el olvido....Nosotros....o currucucú Palomaaaa.

La peor especie..............................................................Javier Cercas

El sabio ignorante se comporta en todas las cuestiones que ignora “con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”.
COLUMNISTAS-REDONDOS_JAVIERCERCAS

LO BUENO de no leer es que, digas lo que digas, casi siempre te parece que lo que dices es muy original.
 Lo malo de leer es que, digas lo que digas, en cuanto te descuides acabas descubriendo que incluso las cosas que te parecen más originales ya se habían dicho mucho antes de que tú las dijeses. Conclusión: si quieres seguir sintiéndote muy inteligente, no leas, amigo lector, no leas.

Hace unas semanas publiqué en esta columna un artículo titulado La barbarie de la literalidad, donde anuncié la invasión del mundo por una nueva especie: los tontos cultos;
 pues bien, hace 90 años Ortega escribió un texto titulado La barbarie del ‘especialismo’, donde anunció la invasión del mundo por una nueva especie: los sabios ignorantes.
 No es lo mismo, de acuerdo, pero se parece.
Para Ortega, el sabio ignorante era el especialista, es decir, el hombre que sabe muy bien su mínimo rincón del universo, pero ignora de raíz todo el resto, lo que lo convierte en un sabio superficial y un ignorante profundo, incapaz de dotar de un sentido genérico a su ínfima parcela de conocimiento; también lo convierte en el prototipo del hombre-masa, uno de los conceptos más divulgados y peor entendidos de Ortega, porque no se refiere a una clase social sino a una clase de hombre caracterizado por la falta de humildad intelectual y por la incapacidad para escuchar y para someterse a instancias superiores: el sabio ignorante se comporta en todas las cuestiones que ignora “no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”. Hace un año pasé seis semanas felices en Oxford, dictando un ciclo de conferencias.  

Dos cosas me llamaron la atención: la primera es que a mis rollos literarios asistían todo tipo de gentes, incluidos filósofos, historiadores, antropólogos o politólogos, lo que resulta casi impensable en la universidad española; la segunda es que el propio diseño de la universidad es una declaración de principios contra la barbarie del “especialismo”: la prueba es que no está organizada por departamentos o facultades –es decir, por especialidades–, sino por colleges donde conviven expertos en todas las materias y donde uno desayuna con un biólogo, come con un latinista y cena con un matemático. 
Nadie está diciendo que no haya que especializarse; lo que digo es que no basta con saber mucho de una cosa: hay que saber mucho de una cosa y un poco de muchas, porque sólo en el contexto de éstas tiene un sentido aquélla.
 Por lo demás, para Ortega el sabio ignorante estaba confinado al ámbito de la ciencia; hoy, en cambio, los tontos cultos están por doquier, empezando por las llamadas ciencias sociales y humanas. De hecho, la misma denominación delata la tontería culta, porque uno de los síntomas inequívocos de ésta son las pretensiones de cientificidad;
 la expresión ciencias sociales (no digamos humanas) contiene casi un oxímoron: sólo en un sentido lato o metafórico se puede hablar de ciencia cuando se trata de la sociedad (no digamos de los hombres) y casi nada tiene de científico el estudio de los fenómenos sociales (no digamos humanos).
 La política, por ejemplo. 
Ninguna peluquera tiene un juicio más certero sobre física o matemáticas que el más humilde físico o matemático, pero Maite, mi peluquera de Verges, acertó de lleno el resultado de las últimas elecciones generales cuando todos los politólogos se equivocaron. Hablo en serio: lean El juicio político de los expertos, un libro donde Philip E. Tetlock demuestra con datos abrumadores que los aciertos de los especialistas no superan los de gente corriente y bien informada.
 Esto no significa que no haya que escuchar a los expertos; lo que significa es que, salvo cuando se trata de ciencias auténticas, nadie puede ahorrarle a nadie el trabajo de forjarse un juicio propio.
 Y, por cierto, que después de todo la democracia no es tan mala idea.
Nadie puede ahorrárnoslo. 
Y menos que nadie, amigo lector, los sabios ignorantes o los tontos cultos, que son de lejos la peor especie de tontos e ignorantes, porque ni siquiera sospechan lo que son y por tanto no pueden poner remedio a su tara. 

Mi grupo y yo......................................................................Rosa Montero

Mucha gente se siente desarraigada, perdida, y los seres solitarios pueden construirse una pertenencia imaginaria con cualquier grupo por lejano que sea.
 A VECES ME entra la desesperación y pienso que los humanos no tenemos remedio.
 Tomemos el caso del chico de 18 años que asesinó a nueve personas en Múnich en imitación de ese otro monstruo, el neonazi noruego que masacró a 77 individuos hace cinco años.
 O pensemos en los llamados lobos solitarios yihadistas, gente violenta e inestable que de repente se enciende como la yesca ante el ejemplo del terrorismo organizado y decide hacer lo mismo por su cuenta, como parece haber sucedido en los recientes atentados de Alemania o incluso con el bestial matón de Niza.
 Y me niego a escribir sus nombres porque creo que no merecen ser recordados.
 Hablemos de las víctimas y lloremos el dolor que esos tipos causaron, pero no mencionemos apenas a los verdugos. 
Que se pudran en el anonimato de su infamia.
 Pero decía que me desespera ver lo fácilmente impresionables que somos los seres vivos y el efecto llamada que tienen todas estas barbaridades. 
Ya se sabe que las personas somos muy influenciables, sobre todo los más jóvenes (el cerebro no acaba de madurar neurológicamente hasta más o menos los 25 años), sobre todo los más inestables psíquicamente.
 ¿Y por qué demonios siempre se nos pega lo malo y no lo bueno? Como sucede con los asesinos de policías en Estados Unidos.
 O con las repetitivas matanzas de colegiales. O con los suicidios.
 Es evidente que hay actitudes que parecen contagiarse, y por desgracia se diría que son más infecciosos los hechos brutales.

Y la cosa es aún peor, porque, aunque las personas jóvenes e inestables sean más propensas a la imitación, en realidad se trata de un comportamiento esencial que nos afecta a todos.
 El ser humano es un animal social y el grupo es importantísimo para nosotros. 
“La interacción social ha sido crítica para nuestra especie durante millones de años, a resultas de lo cual los programas sociales han quedado profundamente grabados en el circuito nervioso”, dice el neurocientífico David Eagleman en su libro Incógnito (Anagrama).
 Uno de esos subprogramas es la imitación, no sólo como recurso de aprendizaje, sino también de identificación y pertenencia.
En su genial libro No hay dos iguales (Funambulista), la psicóloga Judith Rich Harris, que también resalta la influencia arrolladora del grupo en el individuo, cuenta un experimento llevado a cabo en los años cincuenta por Solomon Asch, un psicólogo social norteamericano. 
La cosa consistía en pedirle a un sujeto que juzgara la longitud de una línea comparándola con otras tres. 
Tenía que dar su respuesta en voz alta junto a otra media docena de personas que también participaban en el experimento, pero que, en realidad, eran cómplices de Asch
. Y resulta que, cuando estas seis personas daban una misma respuesta equivocada, con toda naturalidad y sin inmutarse, sin siquiera mirar a la víctima del experimento y sin presionarla en lo más mínimo, el sujeto en cuestión se sumaba también a la respuesta falsa, aunque fuera claramente errónea y aunque nadie le hubiera forzado a hacerlo.
 Simplemente se sentía incapaz de ser el único que no estuviera en sintonía con el resto del grupo.
 El único distinto y distante.
Hay mucha gente en el mundo que se siente desarraigada, aislada, perdida, incomprendida. 
Dado que hoy recibimos información instantánea desde todos los puntos del planeta, estos seres solitarios pueden construirse una pertenencia imaginaria con cualquier grupo, por remoto que sea.
 Y si la prueba de admisión es monumental, dramática y sangrienta, mucho mejor. 
Así su horda elegida sabrá de él, le admirará y admitirá como propio, le considerará un héroe. 
Hay gente tan reventada de cabeza y de corazón que prefiere ser mártir muerto que vivo insatisfecho.
 Y desde luego no ayuda nada el hecho de que en nuestro mundo haya tan pocos modelos sociales positivos para imitar. 
Si lo que se ofrece a los jóvenes como ejemplo de éxito son los gritones descerebrados de los realities televisivos o los empresarios y políticos corruptos, entiendo que el modelo apocalíptico del terrorista suicida que arde en la pureza fanática de su fe les resulte grandioso.

La mediocridad cultural y moral acabará matándonos.

Hay mucha gente en el mundo que se siente desarraigada, aislada, perdida, incomprendida.
 Dado que hoy recibimos información instantánea desde todos los puntos del planeta, estos seres solitarios pueden construirse una pertenencia imaginaria con cualquier grupo, por remoto que sea.
 Y si la prueba de admisión es monumental, dramática y sangrienta, mucho mejor. COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO