Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

7 ago 2016

Los artistas malos............................................................................................Rosa Montero

Se abrasan sin talento en la hoguera de la creatividad. Se emocionan igual que los buenos.
 Poseen la misma sensibilidad y están tan heridos por la belleza como el mejor.

COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTEROEn unas semanas se estrenará la película Florence Foster Jenkins, que, pro­tagonizada por Meryl Streep, narra la vida de un curioso personaje que de pronto parece haberse puesto de moda.
 Florence Foster Jenkins (1868-1944) era esa estadounidense de buena familia que soñaba con ser soprano.
 Su padre se negó a pagarle los estudios de canto, pero Florence le heredó a los 41 años de edad y pudo costearse una vida musical de aficionada rica.
 Fundó el Club Verdi, una asociación de damas amantes de la ópera, y empezó a actuar en los salones de la alta sociedad.
 Fueron famosos sus recitales anuales en el Ritz-Carlton de Nueva York, a los que se acudía por rigurosa invitación. Florence vigilaba meticulosamente que todos los asistentes fueran rendidos admiradores de su arte.
Porque ella se consideraba una soprano magnífica.
 Y aquí viene el chasco, el agujero negro, la tragedia: en realidad cantaba espantosamente mal. 
Tan mal que sus desafinados gorgoritos parecían hechos a propósito. 
Poniendo su nombre en Google se pueden oír varias grabaciones.
 Las más espeluznantes son el aria de la Reina de la Noche de La flauta mágica, de Mozart, y la Canción de las campanillas de Lakmé, de Delibes. 
Se diría que se trata de una actriz cómica masacrando la música con exagerado fingimiento.
 Fascina de puro horrenda. No puedes dejar de escuchar una canción tras otra.

Puede que sus contemporáneos experimentaran esta misma fascinación perversa, porque, con malicia cruel, la invitaban a cantar en salones y cenas y se desternillaban de ella en su cara.
 Su propio pianista, McMoon, intercambiaba muecas burlonas con la audiencia a escondidas de Florence.
 Para colmo la dama vestía de forma digamos extravagante, con plumosas alas de ángel a la espalda, por ejemplo.
 Era una mujer con evidentes problemas psicológicos e incapaz de percibir la realidad; pero era también un ser inocente que ardía en la pasión por la música.
 Escuchando atentamente el aria de Lakmé me ha parecido percibir el temblor de su emoción entre los chirridos destemplados.  Quiero decir que los malos artistas se emocionan igual que los buenos.
 Que poseen la misma sensibilidad y están tan heridos por la belleza como el mejor.
 Siempre me ha conmovido la tragedia del artista malo.
 El que se abrasa en la hoguera de la creatividad pero no tiene talento. 
Hace años saqué un artículo sobre eso y debí de explicarme fatal, porque recibí algunas cartas indignadas de escritores que no habían conseguido ser publicados y que se sintieron aludidos.
 La cuestión es ¿quién decide que un artista es malo? El éxito es una convención social y la historia está llena de grandes genios que fueron ignorados por sus contemporáneos.
 Pero, claro, luego están casos como el de Florence, que parecen evidentes. Aunque nada es evidente en el mundo creativo. 
En su autobiografía Poesía y verdad, Goethe cuenta que, en su infancia, los niños celebraban reuniones a las que tenían que llevar versos escritos. 
A Goethe le parecía que sus poemas eran los mejores, “pero de pronto me di cuenta de que mis competidores, que generaban engendros muy sosos, no se estimaban peores que yo (…) 
Dado que podía ver claramente ante mí semejante error y desvarío, un día empezó a preocuparme si yo mismo no me hallaría también en el mismo caso; si aquellos poemas no serían realmente mejores que los míos y si no podía ser que yo les pareciera a aquellos muchachos, con razón, tan enajenado como ellos me parecían a mí”.
 La objetividad no existe y siempre hay lugar para la duda. Presionada jocosamente por sus conocidos, nuestra dama decidió por fin dar un recital con venta de entradas en el Carnegie Hall. Tenía 76 años.
 Las críticas fueron atroces.
 Un mes más tarde, Florence falleció de un infarto. 
Dice la leyenda que las sangrientas chanzas le rompieron el corazón, pero yo no estoy tan segura.
 Los medios siempre publicaron cosas tremendas de ella y Florence había seguido inasequible al desaliento: “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté”.
 Desde luego. Supo reconocer su deseo, lo persiguió en contra de todo el mundo y lo cumplió.
 Eso para mí es un gran talento.
 
 

El pecado de Mendel................................... J. M. Mulet . Ilustraciones de Señor Salme .

Sus leyes dieron origen a las bases de la herencia genética, pero desde hace tiempo existe suspicacia sobre la pureza de su método. Los números y porcentajes, sorprendentemente perfectos, invitan a pensar que a lo peor fue algo tramposo.
Mendel es uno de los nombres clásicos que aparecen en los libros de ciencias de bachillerato o incluso de primaria.
 A él le debemos las bases de la genética y sus tres leyes, que la mayoría de nosotros hemos tenido que estudiar en algún momento. Simplificando mucho y poniendo un símil humano, la primera ley viene a decir que si cruzas a una persona rubia con una morena, en la primera generación salen todos los hijos castaños.
 La segunda ley dice que si luego cruzas a dos castaños, el 25% de los hijos de esta generación saldrán rubios, el 50% castaños y el 25% morenos. 
La tercera es la ley de independencia de caracteres. Aquí necesitamos fijarnos en el tono de pelo y en otro rasgo como el color de ojos.
 La tercera ley establece que si papá es rubio con ojos azules y mamá es morena con ojos verdes, nada impide que el hijo sea rubio con ojos verdes, o moreno con ojos azules, o igual que papá o mamá. 
Es decir, cada carácter genético se hereda por su cuenta y no van los caracteres de papá por un lado y los de mamá por otro. ¿Cómo llegó Mendel a establecer estas leyes? 

Obviamente no lo hizo cruzando niños rubios y morenos (eso ya lo hizo Mengele años después), sino con paciencia y legumbres.

 En el jardín de la abadía de Brno, en la actual República Checa, tenía un pequeño invernadero y allí se dedicaba a hacer experimentos y cruces con diferentes variedades de guisantes o de judías. 
Utilizó distintos caracteres genéticos como el color de la flor, la forma de la vaina o la semilla y el pigmento de los cotiledones.
 Su obra fue dada a conocer en dos conferencias impartidas en la primavera de 1865 en la Sociedad de Historia Natural de Brno y en un artículo que recopila estas charlas, Versuche über Pflanzen-Hybriden (experimentos sobre híbridos de las plantas), que ha sido fundamental para entender el funcionamiento de la herencia en los seres vivos.
 Su pensamiento fue adelantado a su tiempo y, quizás, a sus limitaciones experimentales.
 Este artículo pasó bastante inadvertido en su momento, hasta que fue redescubierto a principios del siglo XX cuando otros científicos llegaron a conclusiones similares.
 No obstante, aunque nadie duda de la realidad de lo que descubrió, la metodología que utilizó sí que ha sido cuestionada.

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Ilustración de Señor Salme

Muere el filósofo Gustavo Bueno...............................................El pensador, de 91 años, ha muerto en Asturias, dos días después que su esposa


El filósofo Gustavo Bueno, en 2003 en Madrid.
El filósofo riojano Gustavo Bueno Martínez ha fallecido este domingo a los 91 años en la localidad asturiana de Niembro, donde tenía una residencia, según ha informado la fundación que lleva su nombre
 . Bueno ha fallecido sólo dos días después que su esposa, Carmen Sánchez Revilla, de 95 años.
Catedrático de Filosofía de la Universidad de Oviedo durante casi 30 años y uno de los jefes de fila del pensamiento marxista español, fue autor de numerosos libros y artículos sobre ontologia, filosofía de la ciencia, ateísmo o televisión, entre otros temas.
 Se definía como un "escolástico puro".
 Recibió el título de hijo adoptivo de Oviedo en 1996 y se hizo muy conocido en España por un participación en debates y programas de televisión.

El concurso Operación Triunfo es "basura fabricada deliberadamente para obtener mayores audiencias" frente a la "basura desvelada" -el caso de Gran Hermano-, "que no se hace deliberadamente", dijo durante la presentación de su libro Telebasura y democracia en febrero de 2002
. "Ser de izquierdas no significa nada o demasiadas cosas", dijo un año después, también en la presentación de otra de sus obras El mito de la izquierda. Las izquierdas y la derecha.
En Asturias desarrolló el grueso de su pensamiento y de su extensa y profunda producción intelectual, aglutinando en torno a su figura y su obra a un escogido grupo de profesores y de discípulos que conforman la escuela filosófica denominado grupo de Oviedo.
La capilla ardiente familiar estará abierta desde las 18.00 en su casa de Niembro y el lunes se abrirá al público otra en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Santo Domingo de la Calzada, del que era natural el filósofo fallecido.
La ceremonia de despedida será a las 17.00. Será enterrado en el cementerio de Santo Domingo de la Calzada.

Unos sostenes más en verano.............................................................................. Juan Cruz

Bernhard odiaba Austria, Salzburgo, pero sobre todo odiaba el mundo, poblado de idiotas.

Representación teatral de 'Una fiesta para Boris', una de las obras de Thomas Bernhard, en Salzburgo. Le importaba un rábano, o un pepino, el mundo entero, empezando por Salzburgo. Nada es cierto de su gris armonía, decía. 
Es legendaria la declaración del cómico norteamericano W. C. Fields, de Filadelfia, que puso en su epitafio (inscrito en su tumba en un cementerio de Nueva York): “Mejor aquí que en Filadelfia”. Bernhard odiaba Austria, Salzburgo, pero sobre todo odiaba el mundo, poblado de idiotas. 
Los editores eran idiotas, los actores eran idiotas, los periodistas eran idiotas, los que lo invitaban a dar conferencias (en España, sobre todo) eran también idiotas. Los traductores eran idiotas, los impresores eran idiotas.
Y Salzburgo, claro. Salzburgo era una ciudad de idiotas.
 Pero “la gente que viene aquí en verano por solo dos o tres semanas, se aloja y es atendida en un buen hotel y va luego a alguna ópera estúpida, se siente arrullada”.
 Están engañados. “La verdad es que en Salzburgo solo se ven por ahí rostros malhumorados, difícilmente se puede encontrar a gentes de rostro abierto
. Son como el tiempo, como las casas, húmedos y estúpidos y en el fondo brutales. 
No son más que víctimas y chantajistas eternos”.

Son tan estúpidos, continúa el autor de Helada, que rara vez se considera a sí mismo idiota, que [los habitantes de Salzburgo] “quieren exterminarlo y destrozarlo todo y fusilar y matar y limpiar”.
 Los que van caen en la trampa de la ciudad, y ellos se aprovechan, porque los tenderos de Salzburgo “venden unas medias y unos sostenes más en verano a esa gente que se siente bien y, si no fuera por eso, tampoco organizarían nada. 
Porque no les importa nada”.
El naufragio de Salzburgo, a los ojos de su ilustre habitante esquivo, es también el de Austria, su país. “Se ahogará a sí mismo en la cuna, este pequeño país. 
Aquí no se puede hacer nada, mire a la gente, póngalos uno al lado del otro, son algo imposible”.
Los denuestos no dejan, como diría Richard Ford, ni flores en las grietas.
 Al contrario. 
Esas son solo algunas flores oscurecidas por el ánimo de Bernhard mientras charlaba con el radiofonista Kurt Hoffman. Esas Conversaciones con Thomas Bernhard (Anagrama 1991) son un escalofrío de disgusto del autor con su país, con su gente, con su tiempo y con los que están alrededor de su oficio. 
Su traductor es Miguel Sáenz, que ayer nos remitía al principio de El origen, de los textos autobiográficos publicados también por Anagrama: “Salzburgo es una fachada pérfida, en la que el mundo pinta ininterrumpidamente su falsedad, y de la cual lo [o el] creador tiene que atrofiarse y pervertirse y morirse lentamente.
 Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal”.
 Dice Sáenz sobre el absoluto disgusto de Bernhard por Salzburgo: “Su infancia allí fue atroz, su madre veía en él al marido que la abandonó, estudió en un colegio nazi en la que había una imagen de Hitler; el colegio luego fue católico, y la imagen fue de un santo, pero siguió siendo nazi
.Los bombardeos norteamericanos sobre la ciudad lo traumatizaron; una vez halló en el suelo, entre los restos de la matanza, el brazo de un niño. 
 Un tiempo penoso que lo persiguió toda la vida. Fueron, además, muy duros con él en Austria. Ahora lo glorifican. ¡Un día veremos bombones de chocolate con su cara!” Quizá ya hay.