Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

7 ago 2016

¿En qué novela vives?.........................................................................Félix de Azúa

Rue de Paris, temps de pluie, DE Gustave Caillebotte, 1877. Imagen: (DP).
Rue de Paris, temps de pluie, de Gustave Caillebotte, 1877. Imagen: (DP).
Toda ciudad es una novela (lo contrario no es cierto) siempre que el novelista tenga talento espacial y sepa distribuir cada volumen edificado y sus habitantes particulares como un bloque verosímil. Luego están las Ciudades invisibles, título de un famoso libro de Calvino en el que aparecen posibles ciudades según la catalogación que Borges atribuyó a un entomólogo chino: insectos que molestan al emperador, insectos que suenan como el cristal, etcétera.
 De la misma manera: ciudades que destruyen la memoria del viajero, ciudades que por la noche se pueblan con difuntos antiguos, etcétera. 
Pero si olvidamos las ciudades invisibles y en cambio nos interesamos por las ciudades imaginadas, no cabe duda de que el gran inventor de las mismas fue Charles Dickens.
Cuando imaginamos Londres, incluso si hemos vivido allí o somos turistas habituados a sus calles y monumentos, lo hacemos con los materiales de Dickens aunque no lo hayamos leído, porque la pintura, la fotografía y el cine han copiado minuciosamente la técnica narrativa de Dickens para distribuir espacios urbanos y distinguir a sus distintos ciudadanos.
 Dicho de un modo algo violento: Londres será eternamente victoriano mientras no aparezca otro escritor capaz de construir una nueva imagen.

Por supuesto todo lector de Dickens sabe que en el joven escritor solo había dos Londres, el bueno y el malo, el de los ricos y el de los pobres, el de los barrios aristocráticos y el de los barrios proletarios.
 Los protagonistas solían sufrir un avatar prodigioso que les llevaba de un Londres al otro, sea para caer en la abyección de los mugrientos laberintos próximos al Támesis, sea para salvarse en una reluciente mansión próxima a Regent’s Park.
 Si usted es un lector de Dickens un poco más experimentado o pasional, sabe también que en el último Dickens, en cambio, hay tres Londres diferenciados porque aparece un tercer espacio entre la ciudad del bien y la ciudad del mal. 
Ese tercer espacio es el de la clase media que va a tomar posesión de los barrios funcionariales y de negocios a lo largo de la vida de Dickens.
La tercera fuerza evitará el maniqueísmo de la etapa juvenil, dará mayor riqueza a la aventura narrativa y permitirá a Dickens alguna de las más portentosas descripciones del hogar burgués, tan distinto del palacio y de la miserable vivienda de los Jerry Buildings.
 De hecho, la tercera zona urbana será el refugio privilegiado de quienes ya comienzan a mirar con sospecha a la aristocracia y no dejan de tener un principio de conmiseración por los miserables, sentimiento entonces poco frecuente. 
El tercer espacio es el de la conciencia y el de la inteligencia.
Si comparamos concienzudamente la construcción literaria del Londres victoriano de Dickens, en su perfección artística, con el París de Proust, la sorpresa es considerable.
 Ambos escritores se llevan unos sesenta años, de manera que Proust puede muy bien ser el nieto de Dickens.
 Sin embargo, el proceso es prácticamente el mismo. También en Proust hay dos ciudades al principio que finalmente serán tres, aunque las tres estén en el mismo libro. 
Recordará el lector que en las seis mil páginas de La Recherche se analiza minuciosamente la vida parisina a lo largo de cuarenta años con frecuentes saltos a la etapa anterior, la de la guerra franco-prusiana.
Curiosamente el tercer espacio «ciudadano» de Proust no está en la ciudad sino en el campo colindante con la gran capital, en los pueblecitos de veraneo de la burguesía, los cuales constituían una prolongación natural de la vida social capitalina, algo que en Inglaterra no sucedió jamás. 
Y también será en los pueblecitos de los alrededores de París en donde el protagonista, Marcel, descubrirá todo lo que determina su vida artística y sentimental, como la princesa de Guermantes, el gran Swann o la ambigua Gilberte.
 El tercer espacio era, de nuevo, el lugar del espíritu.
Ciudad dickensiana para la eternidad es el Londres victoriano. Ciudad proustiana para la eternidad es el París de la gran burguesía. Sin embargo, seguramente la mayoría de nosotros vivimos en la ciudad kafkiana, el laberinto impenetrable de nuestra interioridad.


En la extensísima narración de la vida de Marcel y de sus padres, Proust anota con sagacidad que su primera vivienda, en el centro noble de la ciudad, está sin embargo habitada por numerosos proletarios y artesanos. Las clases sociales ocupaban los mismos edificios en jerarquía vertical. En el principal, los más ricos, en las últimas alturas (las chambres de bonne) los más pobres, en la entrada talleres artesanos. Pero cuando llegamos al final de la novela las clases se han separado y los proletarios han sido expulsados a los bulevares exteriores.
En realidad esta separación se produjo con la reforma del barón Haussmann que comenzó con Napoleón III, pero se prolongó hasta la terminación del bulevar Raspail ya en pleno Art Nouveau. Haussmann abrió en canal la ciudad, reventó el suelo, derribó miles de casas, abrió enormes avenidas, todo con el fin de levantar la ciudad más moderna de Europa y (de paso) arrasar los núcleos obreros que habían resultado peligrosísimos en las dos revoluciones comuneras. De un París interclasista se pasó a dos ciudades separadas, como el primer Londres de Dickens.

6 ago 2016

Las confesiones de Sergio Morate.................................... Patricia Ortega Dolz

Un año después del doble crimen de Cuenca se conocen los detalles de lo que les ocurrió a Marina y Laura.

Morate es escoltado por la Policía, en Rumanía en 2015. ADRIAN PICLISAN (EFE) / EL PAÍS VÍDEO
La debilidad de un asesino puede ser difícil de encontrar pero, si se da con ella, es bastante probable que se dé también con el asesino.
 El punto débil de Sergio Morate era su madre. No pudo evitar llamarla varias veces para decirle que estaba bien y tranquilizarla
. De un día para otro se había convertido en el hombre más buscado de España
. Llevaba varios días huyendo de la policía.
 Había conducido sin apenas descanso su Seat Ibiza verde desde Cuenca hasta el paso fronterizo de Portbou (Girona).
 Había cruzado a Francia, y seguía su espantada monitorizado por agentes de la Unidad de Delincuencia Especializad y Violenta (UDEV), que esperaban a que llegase a casa de un amigo suyo en Rumanía.
 Allí le darían caza con mayor facilidad. Así ocurrió.
La tarde del 14 de agosto, con los cadáveres de Marina Okarynska —26 años y exnovia de Morate— y su amiga Laura del Hoyo —24 años— aún pendientes de los resultados de la autopsia en la morgue de Cuenca, llegaba la noticia
: Sergio Morate había sido detenido en la localidad rumana de Lugoj (provincia de Timisoara) en casa de Istvan Horvath.
 Se trataba de un tipo que había conocido en prisión, como al amigo colombiano con quien supuestamente se había montado la coartada de su crimen.
Todo se torció, “se me fue de las manos”, le diría después a uno de los agentes que lo custodió en su regreso desde Rumanía.
 Pero Morate había planeado fríamente el asesinato de su exnovia Marina, de origen ucraniano.
Ella le había dejado.
 Se había vuelto a Rumanía y se había casado con otro ocho meses después.
 Ella le había ignorado y despreciado cuando fue a recibirla al aeropuerto, tras enterarse de que regresaba por unos días a España.
 En realidad, ella solo le llamó por teléfono para decirle que quería recoger las cuatro cosas que aún le quedaban en su apartamento.
 Bueno, le llamó una vez más, minutos antes de morir.

Morate es escoltado por la Policía, en Rumanía en 2015. ADRIAN PICLISAN (EFE) / EL PAÍS VÍDEO



Aquella calurosa tarde del 6 de agosto pasado, de la que hoy se cumple exactamente un año, las dos amigas llegaron en el coche de Laura hasta las inmediaciones de la urbanización Ars Natura, donde vivía Morate, a escaso kilómetro y medio de sus casas.
 Marina le telefoneó por el camino para advertirle de que estaban llegando y de que subiría con su amiga a coger sus bártulos.
 Él, nervioso, trató de disuadirla y le pidió que lo dejara mejor para otro día. Ella insistió y subieron.
Una botellita de agua de la Virgen de Fátima delató al presunto asesino
Les abrió la puerta y cerró la cerradura por dentro inmediatamente después
. Entró con Marina en la habitación, dejando a Laura esperando fuera.
 Y, en cuanto pudo, le ajustó una brida de plástico al cuello.
 Solo quedaba esperar. Se desplomó en el suelo.
 De ahí el golpe en la cabeza que señalaría la autopsia días más tarde, tras constatar que había muerto estrangulada.
Al oír el estruendo, Laura se alarmó y abrió la puerta del cuarto.
 Asustada, intentó huir, pero la puerta de la calle estaba cerrada con llave. Fue entonces, supuestamente, cuando Morate la golpeó en la cabeza, la tiró al suelo y la estranguló allí mismo, con sus propias manos.
El primer asesinato era el planeado
. El segundo, no. “Yo no quería matar a Laura”, le confesaría después al agente. “Pero no me quedó más remedio”.

Todo se complicó. Solo había comprado cal para enterrar un cuerpo.
 Y, ahora, en ese recodo del río Huécar, a escasos tres kilómetros de Palomera, el pueblo de su madre, tendría que meter dos cadáveres en lugar de uno.
“Acabé destrozado de tanto cavar, tuve hasta agujetas”, le diría después a ese “tipo grandullón y amable”, con pinta de poli bueno, que se había ganado la confianza de su madre semanas antes.
 Así le describió ella por teléfono al investigador "bueno", que después él elegiría de confidente, mientras estaba detenido y muerto de miedo por la posibilidad de ser juzgado en Rumanía.
Un concierto, la coartada perfecta
Metió los dos cuerpos en sendas bolsas de basura grandes que había comprado para la ocasión
. Y esperó a que llegase su amigo el colombiano, recién salido de la cárcel y con quien esa misma tarde tenía previsto irse a un concierto a Valencia, su coartada perfecta.
Morate no pensaba contárselo, quería tenerlo todo resuelto para cuando llegase, pero se vio desbordado por la situación y le pidió ayuda.
 Al colombiano le faltó tiempo para irse al concierto solo
. Se quitó de en medio y así lo comprobaron después los agentes: “Estaba en Alicante”.
Tuvo que bajar el solo los dos cuerpos al garaje aquella misma tarde, meterlos en el coche, llevarlos hasta Palomera, cavar una fosa y enterrar a las dos chicas.
 Lo hizo en tiempo récord. “Se asustó cuando vio pasar a un coche de policía, pensó que ya le estaban buscando y comenzó su precipitada huida hacia Rumanía”, aseguran fuentes de la investigación.
No le fue fácil a la policía hallar pruebas que pudiesen demostrar los hechos.
 Más allá de estas confesiones a “su agente de confianza”, no había restos de sangre en el apartamento, registrado al menos en tres ocasiones.
Y tampoco el coche fue concluyente
. Sin embargo, al presunto asesino, —que se negó a declarar ante el juez y que aún sigue en prisión pendiente de que se celebre el juicio con juzgado popular— se le olvidó algo en una de las escenas del crimen.
 Algo que delató, una vez más, su mayor debilidad.
 Junto al hoyo donde se encontraron los cadáveres de Marina y Laura, los agentes recogieron una botellita de agua de la Virgen de Fátima, una de las muchas que guardaba la madre de Morate en su casa de Palomera.

Sin fecha para el juicio

De nuevo carteles y fotos
. Las calles de Cuenca vuelven a inundarse de carteles, fotos y pancartas que claman “justicia” un año después de la desaparición de las dos amigas Marina Okarynska y Laura del Hoyo.
Pena Máxima. Piden “la pena máxima para el asesino”, como ha reclamado sin descanso María, la madre de Laura, en las últimas semanas.
Pasos previos al juicio.
 Una vez que las diligencias previas se transformaron en procedimiento del Tribunal del Jurado el pasado mes de junio, se están terminando de presentar los escritos provisionales, que es el paso previo a la apertura de juicio oral.
Sin fecha.
Todavía no hay fecha para la celebración de ese juicio con jurado popular, en el que se sentará en el banquillo el presunto autor de ambos asesinatos, el conquense, de 31 años y exnovio de Marina, Sergio Morate.

 

No sabía mucho de racismo hasta que me mudé a EEUU y lo viví personalmente........................Isabella Grullón

Se lo intentaba explicar a familiares y amigos, pero se burlaban de mí.

 Este hombre negro estaba vendiendo cigarrillos ilegalmente en una de las miles de esquinas de Nueva York.
 Esto fue razón suficiente para que un policía le inmovilizase hasta matarlo, a pesar de que iba desarmado y gritó varias veces que no podía respirar.
 Exactamente un mes después de la muerte de Garner empecé a estudiar en Ithaca College, una pequeña universidad en el norte del Estado de Nueva York, a cuatro horas de la esquina donde él vendía sus cigarrillos.
 Nunca pensé que la muerte de ese señor terminaría afectando mi vida en Ithaca, mi relación con el color de mi piel y lo que significa ser latina.

No me malinterpreten, yo siempre he sabido que soy latina y siempre he estado orgullosa de serlo.
 Lo que no entendía era cómo los latinos nos habíamos convertido en una sola raza y cómo nuestra raza se había reducido a un solo color, cuando hay 20 países en América Latina y cada uno de ellos tiene personas y culturas de todo tipo, de regiones indígenas a descendientes de Europa.
Aclaro que esta no era mi primera vez en Estados Unidos (EE UU)
. Por cosas de la vida, nací en Nueva York pero me crié entre República Dominicana y Colombia. Asistí a colegios americanos en donde aprendí inglés y español a la vez y había pasado muchos veranos en EE UU.
Pero al llegar me tocó aprender de manera rápida y agresiva que yo soy una mujer de color.
 Aunque soy pálida, pertenezco a esa mayoría que son las personas de color. 
Los blancos (europeos y americanos puros) eran del primer mundo, una sociedad organizada y civilizada. 
El resto de nosotros (latinos, árabes, africanos, asiáticos, indígenas, etc.), entre miles de otras designaciones y culturas, éramos los inferiores. 
Se lo intentaba explicar a familiares y amigos, pero todos se burlaban de mí por decir semejante cosa.
Me tocó aprender también que el racismo es un sufrimiento colectivo y que lo que le pasa a uno nos afecta a todos. 
Después de ser agrupados durante tantos años bajo etiquetas coloridas, se termina creando un vínculo solidario con todos aquellos que sufren las mismas injusticias
. Quizás por esto mis mejores amigos terminaron siendo un grupo de personas de todas las esquinas del mundo.
 Todos llegamos sabiendo que existían prejuicios, pero el clima racial que nos esperaba estaba en realidad lleno de hostilidad y tensiones políticas.
 Mi historia es la suya, igual que la de ellos es mía.

Cuando llegué a Ithaca la discriminación racial se servía en forma de microagresiones. Preguntas ignorantes y estereotípicas que suenan más a insultos que a curiosidad.
- “¿Vendes cocaína?”.
- “¿Por qué no comes comida picante?” “¿Los tacos llevan tal y tal cosa?” (La comida colombiana no es como la mexicana...).
- “¿En Colombia hay internet?”.
- “¿Cómo aprendiste inglés?” (De la misma manera que tú aprendiste francés, estudiando).
Después evolucionó a que me llevasen a fiestas como objeto exótico, presumiendo de que tenían una amiga colombodominicana como si fuera un trofeo.
 Algunos de los profesores me utilizaban como ejemplo de la movilidad social, sin saber que venía de una posición socioeconómica alta en Colombia y República Dominicana, asumiendo que venía de la pobreza por el hecho de ser latina.
 Me fui dando cuenta de que a las personas de mi alrededor también les afectaría de dónde vengo: a mi novio y a muchos de mis amigos les preguntaron qué hacían con alguien del Cartel de Cali, como si el dinero colombiano solo viniese de la droga.
Recuerdo especialmente el día que me echaron de una fiesta por estar hablando español.
 Había entrando en la casa por casualidad, y después de hablarle brevemente a un amigo en español, un insolente con una tremenda borrachera nos echó, diciendo que aquello era América y que había que hablar inglés.
 Por la tensión política que se vive en mi universidad por las elecciones de 2016 nunca conté nada de aquel encuentro, que pasó en una casa de apasionados seguidores de Donald Trump.
Vi también cómo trataban a mis amigos
. A una le dijeron que era muy negra para ser latina.
 A otra no le creían que estaba enferma y sus profesores la acusaron de vaga (de mano del estereotipo de que los afroamericanos no trabajan).
 A un amigo de Pakistán un profesor le preguntó medio en broma: "¿Tú no serás terrorista?", como si el tono jocoso lo hiciese menos insultante, y a otro que estaba con unos conocidos le pidieron que dejara de rezar (es musulmán y lo hace cinco veces al día).
Cuantas más cosas nos pasaban, más me sumaba a protestas sobre injusticias raciales.
 Me dediqué a asistir a clases de política, me puse a buscar información sobre la injusticia racial estadounidense y me decidí a ser periodista en EE UU para contar las historias que los medios silencian (aunque Mic, Vice y Fusion se han convertido en mis mejores amigos).
El día a día de las personas de color en Estados Unidos es muy distinto del de las personas blancas. Desde lo más mínimo, como no ver a representantes de su raza en la televisión, a ser insultados y catalogados como criminales por el color de su piel.
 Con la muerte de Eric Garner y después la de Michael Brown en la Florida, y con el comienzo de Black Lives Matter, la línea entre ser blanco y de color se volvió aún más visible.

 

Es triste que el sistema educativo de EE UU no explique por qué en la práctica sigue habiendo segregación racial en el país.
 Es triste que intenten borrar las injusticias cometidas ante latinos, negros, asiáticos, indígenas, árabes, etc. mientras nos siguen estigmatizando a punta de películas y de una historia mal contada.
Son muchas tristezas, lo sé.
Pero de ellas he aprendido a apreciar las diferencias entre las personas y a la vez, a no hacer distinciones.
 Me he dado cuenta de que todo lo que pasa en el mundo tiene una razón que usualmente no vemos y hay que buscar nuevas perspectivas para rellenar los espacios en blanco de las historias oficiales
. He aprendido cómo hacerse escuchar, cómo usar mi voz para el cambio social y cómo impedir que conviertan mi cultura en un simple murmullo

Caminos sobre el agua........................................................ Javier Martín

Lisboa recuerda los 50 años del primer puente que unió las orillas del Tajo en su desembocadura y se erigió en un icono de la ciudad, como otros viaductos por todo el mundo.

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Trabajadores en las obras de construcción del puente 25 de Abril sobre el Tajo, en una imagen del Archivo Municipal de Lisboa.

Le preguntaron al gran dictador: “¿Y usted por qué cree que será recordado?”, Y António Oliveira de Salazar, que era un escéptico reconsagrado, contestó: por el puente
. Hoy, 6 de agosto, se cumplen 50 años del Golden Gate lisboeta, el primer puente que unió las dos orillas de la desembocadura del Tajo, obra fundamental en la historia arquitectónica de la ciudad y también del mundo, pues por entonces solo existían cuatro más largos que él, todos en Estados Unidos.
Al igual que sucede con San Francisco, el puente rojo de Lisboa, entre el azul del cielo y el agua y el verde de los montes, es la imagen icónica de la ciudad.
 Los colores ayudan a extender la leyenda entre los dos puentes, aunque arquitectónicamente no hay tal ligazón.
 Las ciudades de Lisboa y San Francisco se comunican por un puente, pero la similitud arquitectónica del mismo no es con el Golden Gate (1937) sino con Bay Bridge (1936), que une la ciudad californiana con Oakland.Aquel y el portugués fueron levantados por la misma empresa, la United States Steel Export que, 25 años antes, ya había presentado al Gobierno portugués su proyecto para conectar las riberas del Tajo.
La unión terrestre en la desembocadura del río era una vieja aspiración de Portugal.
 En 1875 se presentó el primer proyecto, pero solo Salazar lo concretó casi un siglo después.
 El dictador dirigió el país de 1932 a 1968, dos años antes de morir en una hamaca, por así decirlo. Aunque se extendieron rumores sobre un atentado, lo cierto es que se cayó de una silla, sufriendo una lesión craneal.
 En una muestra del carácter portugués, hasta que murió siguió recibiendo a personalidades como si fuera primer ministro
. Se prefirió no decirle que había sido relevado de sus cargos.

 

De toda su obra en 36 años de mandato, protagonista de la neutralidad de su país en las dos guerras mundiales —y su influencia en Franco para que España no entrara en la Segunda— y administrador de un imperio colonial, Salazar, de formación económica y frugalidad extrema, pensó que su posteridad iba a ir ligada al puente, que solo llevó su nombre durante ocho años. Desde la Revolución de los Claveles de 1974, se llama 25 de abril.
El puente cambió Lisboa y Portugal
. En la otra orilla crecieron las ciudades dormitorio, pero también facilitó la comunicación con el Algarve, en la zona sur del país, y su posterior desarrollo turístico.
 Como tituló Diario de Notícias, el día de su bautizo el 6 de agosto, era “el gran símbolo del futuro” para Portugal.
Después de decenas de proyectos y un concurso internacional, las obras del puente se iniciaron en 1962.
 Había que cubrir una distancia de 2.277 metros, 70 metros por encima del agua, aunque las torres principales se alzan 190 metros y se sumergen otros 79.
Durante los cuatro años de construcción murieron diez obreros y llegaron a trabajar a la vez 2.800 personas.
Para orgullo del régimen, la obra se finalizó con seis meses de antelación.
La ingeniería y la solución de las torres con aspas en medio son copia del Bay Bridge, que une San Francisco con Oakland.
 Sin embargo, es el color lo que le identifica entre sus ciudadanos, de ahí la mencionada comparación con el Golden Gate, estéticamente más parecido.

Color terracota

En Lisboa, la elección del color no fue tan polémica como en California
. En la capital portuguesa se creó una comisión de ingenieros y arquitectos que divagaban entre el gris plata o el gris mate, hasta que el escultor italo-americano Beniamino Benvenuto Bufano apostó por el terracota, para combinar con un paisaje azul y verde, y destacar entre los frecuentes días de niebla.
Aquel terracota es el rojo de hoy, aunque si alguien quiere pintar su casa exactamente del mismo tono debe pedirle al droguero que mezcle un poquito de negro (6%), bastante de magenta (69%) y mucho de amarillo (100%).
 Ese es el rojo Golden Gate, que técnicamente recibe el nombre international orange.
Desde 1998, Lisboa extiende sobre el río un segundo puente, el Vasco de Gama, más largo (17.000 metros) y cómodo y moderno, lógicamente, pero la imagen de Lisboa es una puesta de sol con el rojo cobrizo del puente que hoy cumple 50 años.