Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

12 jun 2016

Los sueños.................................................................... Manuel Vicent

Con la cabeza en la almohada cada insomne afronta con una estrategia distinta la dura travesía de la noche.

Contar ovejas es un conocido ejercicio mental contra el insomnio. Getty Images
Creen algunos que alcanzar un sueño significa satisfacer un deseo imposible o llegar a una meta que siempre parece alejarse y para conseguir este propósito los más osados están dispuestos a cualquier heroísmo o villanía; en cambio, otros piensan que alcanzar un sueño solo significa dormir y los más simples se limitan a contar ovejas con la luz apagada.
 Dormir parece una empresa muy poco arriesgada, pero puede que el insomne con los ojos abiertos en la oscuridad se vea obligado también a realizar grandes hazañas imaginarias, que no desmerecen a las que realizan en la práctica los héroes o los villanos para conquistar un ideal
. Con la cabeza en la almohada cada insomne afronta con una estrategia distinta la dura travesía de la noche
Unos se ponen nostálgicos y remontan el río de la memoria hasta la infancia donde se sienten inexpugnables recreando el olor de aquel desván, el sabor de la mermelada de la abuela, los juegos en las tardes de verano, o el placer de las primeras caricias en la playa.
 El nombre olvidado de aquella niña impide conciliar el sueño y uno se da otra vuelta en la cama para ver si encuentra su rostro al otro lado de la oscuridad
. Recordar su nombre es toda una proeza. Otros insomnes se ponen metafísicos y se entretienen tejiendo y destejiendo las múltiples variaciones del azar que han conformado su vida; se preguntan qué habría pasado si aquel determinado día hubiera estado en otro lugar y comienzan a rehacer su destino a la medida de los deseos.
 Otros se ponen guerreros y convierten el insomnio en un baluarte para atacar a sus enemigos o se erigen en héroes galácticos, en vengadores de la injusticia, en artistas famosos, en creadores
. Otros se inventan una gran historia de amor y en el momento en que la amada va a entregarse, por fin se quedan dormidos.
 Son hazañas que siempre suceden en la cama.

 

La ciencia de Nabokov.............................................. Rodrigo Fresán

El escritor ruso se veía a sí mismo como un científico que narraba historias.

 Un nuevo libro trata de relacionar su obra con el vuelo de las mariposas.


Esquema detallado del ala de una mariposa. Vladimir Nabokov Archive, Berg Collection, New York Public Library, Wylie Agency LLC
Fue Franz Kafka quien dijo aquello de que “en la ciencia uno intenta contarle a la gente algo que nadie sabía hasta ese momento de manera en que pueda ser comprendido por todos. Pero en la poesía sucede exactamente lo opuesto”.

Esquema detallado del ala de una mariposa. Vladimir Nabokov Archive, Berg Collection, New York Public Library, Wylie Agency LLC
Fue Franz Kafka quien dijo aquello de que “en la ciencia uno intenta contarle a la gente algo que nadie sabía hasta ese momento de manera en que pueda ser comprendido por todos. Pero en la poesía sucede exactamente lo opuesto”.
Así, en principio, nada le interesaba menos a ­Kafka (más preocupado por su singular poética que enseguida resulta universal) que, por ejemplo, proponer alguna explicación biológica para lo que Gregor Samsa descubre que le ha sucedido en la primera línea de La metamorfosis.
Es más: Kafka dejó instrucciones —en una carta a su editor— para que esa criatura jamás fuese dibujada para ilustrar su libro.
 Kafka quería que el lector supiese tan poco como Samsa sobre su nuevo cuerpo y apariencia.
A los profesionales de la bata blanca les atrae la posibilidad de hallar un orden secreto en el caos de lo creativo
Lo que el escritor checo promovía en su entendimiento del yin y yang de lo científico y lo poético era, en realidad, una muestra más de un conflicto tan antiguo como el mundo
. La idea es que el inexacto arte escrito es lo que narra, mientras que las ciencias más o menos exactas nos ayudan a contar.
 Distraerse con uno y concentrarse con las otras entonces.
 Lo real y lo irreal, mejor cada uno por su lado y cada quien en su sitio, y no agitar ni mezclar antes de su uso.
Al poco tiempo de que Kafka se negara a toda representación visual de su Samsa metamorfoseado —en un mundo nuevo donde todo era ciencia—, semejante prohibición probó ser irresistible de desobedecer para el escritor Vladímir Nabokov, quien concluyó sin dudarlo que se trataba de “un simple escarabajo grande” mientras procedía a bosquejarlo en pizarras y apuntes para sus conferencias en la Cornell University, añadiendo que “Kafka construyó su lenguaje a partir de los términos del derecho y de la ciencia, dándoles una suerte de precisión irónica donde no había sitio para que se inmiscuyesen los sentimientos más íntimos del autor”.
En resumen: para Nabokov, Kafka era un científico que escribía y narraba historias.
Y Nabokov para Nabokov, también.
Compartativa de los esquemas de máculas en 'Cells M3' y 'CuA1' en el revés de las alas traseras, incluido en el archivo Vladimir Nabokov en la colección Berg, New York Public Library. The Wylie Agency LLC.
Gozoso padecedor del don/estigma de la sinestesia (el síndrome de ver letras en colores), Nabokov definió “la textura del tiempo” de su Van en Ada o el ardor a partir de los postulados de Martin Gardner en El universo ambidiestro, y dedicó buena parte de su tiempo al estudio de las mariposas de la subvariedad blue 
. Luego de años de observación, Nabokov tuvo la intuición de un posible rumbo alternativo para las varias (y no única, como se creía) migraciones de esta especie sudamericana 
 Los profesionales del asunto de por entonces se rieron del entregado amateur, quien siempre dijo que, de no haber tenido lugar la revolución rusa, jamás hubiese escrito una novela —y hubiera optado por perseguir y alcanzar insectos—. Y restaron importancia a sus sketches de alas y antenas.
 Ahora estos dibujos, acompañados por estudios donde se relaciona la mecánica del vuelo con la estructura novelesca en la obra del autor, acaban de reunirse en el precioso volumen publicado por Yale University Press,  Fine Lines: Vladimir Nabokov’s Scientific Art (que viene a sumarse a los ya editados sobre el tema Nabokov’s Butterflies: Unpublished and Uncollected Writings y Nabokov’s Blues: The Scientific Odyssey of a Literary Genius). 
Dibujados a lo largo y ancho de los moteles made in USA en los que el hombre se alojaba junto a su red y sus alfileres mientras, de paso, tomaba notas para una novela con nínfula mariposeante de nombre Lolita
 El que, mucho tiempo después de muerto Nabokov, se haya probado fehacientemente —más allá y por encima de lo opuesto y lo exacto— que él estaba en lo cierto en cuanto a los movimientos de los colores de los lepidópteros, no deja de ser un acto de justicia poética. O, si se prefiere —da igual, por encima y más allá de lo opuesto y de lo exacto—, de justicia científica.
A los profesionales de bata les atrae la posibilidad de hallar algún orden secreto en el caos de lo creativo.
 Esta separación de campos y polaridades es, por supuesto, más que engañosa y muy representativa de nuestro presente.
 Como bien avisó J. G. Ballard —de formación psiquiátrica—, “en los últimos tiempos, la ciencia se basa más y más no en la tradicional naturaleza de las ecuaciones, sino en los términos inestables de las obsesiones de aquellos sujetos, todos nosotros, para quienes se investiga.
 Llevamos viviendo ya muchos años en un inmenso laboratorio desbordante de máquinas que no es otra cosa que una inmensa novela”.
Tal vez de ahí el que ahora se multipliquen los textos de divulgación científica ocupándose de inspiraciones súbitas, impulsos narrativos y ocurrencias impredecibles —después de siglos de soportar esas risas operísticas del Fausto de turno entre truenos y rayos y probetas de científicos locos, inventados por la literatura—.
 Mal que le pese a Kafka, circulan por ahí tesis que apuestan a que el estudio de su obra permite explicar cómo la exposición a amenazas sirve para el aprendizaje de una gramática artificial
. O algo así.

Y, claro, el autor de El proceso no fue, ni es, ni será el único en haber sido analizado bajo telescópicos microscopios.
 Hay libros y tesis que se arriesgan a un seguimiento desde el punto de vista astronómico (y alquímico y astrológico) de Don Quijote; a hacer comulgar al críptico y encriptado Finnegans Wake, de James Joyce, con la física cuántica; a sumar y restar alrededor de Borges; o que se valen de la prosa serpenteante de Marcel Proust (quien aseguraba que “nadie nos entrega la verdad, sino que debemos creerla por nosotros mismos”) para explicar que la descodificación y ordenación de un puñado de signos escritos no está incluida en una simple app del disco duro del hombre que se pueda abrir sin más, sino que se trata de una suerte de más o menos azarosa mutación que todo individuo debe desarrollar mediante el aprendizaje, porque “nuestros cerebros nunca fueron cableados para la lectura o la escritura”
. De ahí que a muchas personas les cueste mucho leer y muchísimo escribir. O algo así.
Tras ellos, y en estampida, galopan y arrollan cada vez más todos esos estudios preapocalípticos (como los de Nicholas Carr y Sven Birkerts) que advierten acerca de la erosión que Google & Co. provoca en nuestras mentes, y de lo que en ellas sucede químicamente cada vez que nos adentramos en un “Había una vez…”; los que no titubean a la hora de reducir a todas las historias jamás imaginadas o vividas por el ser humano a siete tramas básicas y que se repiten y funden en diferentes combinaciones; los que se zambullen de cabeza, y con los ojos bien abiertos, en un estudio evolutivo del cómo y por qué y para qué contar historias. 
Sobre esto trata On the Origin of Stories: Evolution, Cognition and Fiction, un denso pero muy divertido ensayo firmado por Brian Boyd, biógrafo  obsesivo y máxima autoridad en la vida y obra de Vladímir Nabokov, quien defiende —por oposición y exactitud, con sentimiento y frialdad, fundiendo tonalidades— que, además de mariposas en el estómago, también, al mismo tiempo, se pueden tener mariposas en el cerebro. O un simple escarabajo grande.

 

Michelle de Teruel........................................................................ Luis Alegre

Michelle Jenner es una de esas chicas que gustan tanto, que siempre se piensa que andan con el hombre equivocado.

Michelle Jenner en la presentación de 'Nuestros amantes' a principios del mes pasado.

 

Michelle Jenner lleva delante de nosotros toda su vida, de forma casi literal.
 Fue una bebé prodigio. A los dos años anunció flotadores, a los seis se inició en el doblaje y a los doce prestó su voz al Giosuè de La vida es bella
Martine, su madre francesa, fue artista de music hall y su padre Miguel Ángel era actor de doblaje.
 Lo suyo no había sido de pura chiripa.
Acaba de estrenar cuatro películas en tres meses, una marca de otra época.
 En Nuestros amantes, la comedia romántica de Miguel Ángel Lamata, es Irene, una joven de Teruel
. Ese detalle señala otro pequeño hito. Aún es más raro tropezarse con alguien de Teruel en la ficción que en la realidad, que ya es decir.
 Cuando ella lo suelta en una escena, creí que no había oído bien.
No conozco a nadie que haya trabajado con ella que le encuentre una sola pega, algo que todavía es más extraño que lo de Teruel. Michelle rompe el estereotipo de actriz neurótica, caprichosa y más pesada que un abanico de tablas.
 Ha interpretado personajes pegadizos: la Sara de Los hombres de Paco o la reina Isabel. 
Pero ella desafía la sombra de cualquier papel.
Hace ocho años, cuando tenía 21, la entrevisté, hablamos de religión y dijo: “¿Por qué a los curas se les prohíbe hacer el amor si resulta que Jesucristo no hacía más que dar y predicar amor?”
 El circo nacional va sobrado de gente siniestra y es un alivio desviar la mirada hacia un ser que despide semejante alegría. Michelle es una de esas chicas que gustan tanto, que siempre se piensa que andan con el hombre equivocado.

 

Cuando un grupo de curas gritó su antifranquismo en Roma........................................ Elsa Fernández-Santos

Recuperada ‘L’altra Chiesa’, una película perdida de Joaquim Jordà de1969, que recoge el testimonio de sacerdotes disidentes de la Iglesia española.


Fragmento de la película ‘L’altra Chiesa’, de Joaquim Jordà.

Filmografía selecta

Dante no es únicamente severo, con Jacinto Esteva (1966).
Numax presenta (1980).
El encargo del cazador (1990).
Un cuerpo en el bosque (1996).
Monos como Becky (1999).
De niños (2003).
Veinte años no es nada (2004).
Más allá del espejo (2006).
Figura sustancial de la historia del cine español y autor de documentales tan importantes como De niños (2003) y Monos como Becky (1999) Joaquim Jordà (Santa Coloma de Farnés, 1935-Barcelona, 2006) huyó en los años sesenta de la España franquista para vivir lo que en su filmografía se conoce como la etapa del exilio italiano.
 En Roma rodó media docena de pequeñas películas
. Todas, menos dos, fueron recuperadas con el tiempo. Spezziamo le catene, obra colectiva, sigue extraviada, pero L’altra Chiesa ha sido hallada 50 años después por el historiador Luis E. Parés. Digitalizada por la Filmoteca Española, esta semana vio la luz en el cine Doré.
La cinta, un mediometraje en blanco y negro, rodado en dos días con ese aire clandestino y febril de muchos documentos de la época, recoge la reunión en Roma de un grupo de curas disidentes, ferozmente críticos con la Iglesia franquista.
 Como explica Parés, el fin de la película era documentar “la asistencia de curas españoles a la Asamblea de Sacerdotes Europeos”, una reunión bautizada por la prensa de la época como “Asamblea de Sacerdotes Contestatarios”. “Una respuesta”, añade, “al sínodo de los obispos que iba a tener lugar esos mismos días y que representaba la línea oficial, conservadora y dogmática de la Iglesia”.

El cine de Jordà, hombre dotado de una inteligencia y un coraje poco comunes, cuya fe en la verdad, que no en la objetividad, sigue iluminando a espectadores y cineastas, se curtió en esta etapa de su vida abiertamente militante.
 Conducidos por su mirada, libre y provocadora, vemos a un grupo de hombres sentados en corro, con corbata, con traje, con gafas de pasta y jersey de cuello vuelto, con aire de intelectuales desafiantes que sueltan frases lapidarias (“Iremos hasta el final, hasta el exilio, hasta la muerte si fuese necesario”) para hablar de “opresión”, de “falta de democracia interna” y de sus “obligaciones” con “la gente”.
“Ante una realidad de explotación, de despido, de maltrato, de abusos y mentiras, yo debo transmitir una conciencia cristiana para ayudar a la gente a comprender la realidad, a conocer sus derechos, a aprender cómo defenderse.
Debo unirme a la gente.
 Es aquí donde empieza el compromiso del sacerdote”, asegura uno; “Para mí, la Iglesia española va a ser siempre reaccionaria, porque no tuvimos la experiencia de la reforma luterana ni la de la Ilustración”, añade otro.
 En un momento, Jordà, entrevistador fuera de campo, pregunta si se puede ser cura y revolucionario, y los hombres anónimos responden sonriendo: “Estamos aquí. Somos curas y en gran parte revolucionarios”.
“Esta película, como la práctica totalidad de los trabajos italianos de Jordà, estaba en el Archivio Audiovisivo del Movimento Operaio e Democratico (AAMOD) de Roma, una filmoteca especializada en cine militante que heredó los fondos del Partido Comunista italiano”, explica Parés, para quien L’altra Chiesa es una película “urgente, rápida, de testimonio”, cuyo valor radica en dar la palabra a esos sacerdotes disconformes.
 “El filme se convierte así en el levantamiento de acta de la existencia de esa disidencia dentro de la Iglesia española. Su valor testimonial es enorme”