Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

5 jun 2016

Todos contra Iglesias............................................... Rubén Amón

Rajoy se libera del papel del apestado y el PSOE se expone a entrar en barrena.

Pablo Iglesias, durante la presentación de la campaña electoral de Podemos, este 2 de junio. REUTERS

Las diferencias entre el 20D y el 26J son tan elocuentes que Pablo Iglesias ha sustituido a Mariano Rajoy en las prioridades de "exterminio" de la campaña.
 Ha logrado el presidente del Gobierno despojarse del sambenito del apestado. Se lo ha colocado al líder de Podemos con la aquiescencia de Sánchez y de Rivera.
Estaba claro que Iglesias iba a finalizar su trabajo de sabotaje al PSOE.
 Porque fue siempre el enemigo número uno, pero sorprende la sobreactuación de Albert Rivera contra Iglesias
 .No ya por la instrumentalización o la frivolidad de la visita a Venezuela, supeditando la tragedia caribeña al cálculo particular, sino porque la obsesión del jefe de Ciudadanos —"Iglesias quiere instalar el chavismo en España"— le ha hecho descuidar sus obligaciones de antagonismo y de crítica a Mariano Rajoy.
Puede que sea la manera de predisponer un acuerdo de legislatura
. Se presume y vislumbra que la bisagra de Ciudadanos se ha engrasado hacia el PP. Y cada vez resulta menos convincente que Rivera vaya a lograr la abdicación de Rajoy como requisito de un acuerdo.
 Ya se ocupa don Mariano de convertir el 26J en la prueba de sus tercera victoria consecutiva. Y en el argumento que consolida su liderazgo.
El líder de los populares está más cómodo ahora que en diciembre.
 La corrupción apenas le ha deteriorado, la economía le favorece y los datos del paro le han proporcionado una desmedida euforia, pero sobre todo la logrado despojarse del esquema "todos contra Rajoy" en beneficio del "todos contra Iglesias".
Le gusta el papel del malo al jefe de Podemos
. Porque es ilustrativo de la polarización de la campaña.
 Y porque el acuerdo implícito entre extremos aísla al enemigo común y conduce al PSOE a una posición de inquietante, desesperante comparsa.

Ya lo demuestra la encuesta publicada en EL PAÍS. Pedro Sánchez no tiene sitio en la campaña.
 Su único aliado conceptual, Rivera, es demasiado frágil, le disputa el caladero del centro y mira de reojo hacia al PP, mientras que sus dos rivales absolutos han adquirido una dimensión inquietante. Porque no pelean entre sí, aunque lo hagan de oficio. Se utilizan con elegancia y pintoresquismo para acabar con el PSOE, de tal manera que Sánchez podría quedarse sin el Gobierno y sin el liderazgo de la oposición, constriñendo a los socialistas a la mayor crisis de su historia contemporánea.
Brindaron con un botellín Garzón e Iglesias para celebrar su matrimonio político, pero la gran fiesta se celebró en La Moncloa
 Ese día Mariano Rajoy ya supo que no habría mudanza después del 26 de junio.

 

4 jun 2016

Menos mal que hay fantasmas....................................Javier Marias

Algunos de los que desaparecen van palideciendo, pero hay otros que jamás pierden la viveza ni el color.
LA muerte de Sara Torres hace trece meses, la mujer de Fernando Savater, ha tenido mi cabeza ocupada intermitentemente bastante más de lo que en principio habría imaginado. 
Porque lo cierto es que a él lo veo rara vez desde hace un lustro o quizá dos, pero hay afectos antiguos que permanecen vigentes, invariables en la distancia, y que ni siquiera precisan de la renovación periódica de la risa y la charla. 

Están ahí fijados, justamente como los que guardamos hacia los muertos queridos: no disminuyen porque ya no los veamos y sepamos que no vamos a volver a verlos.
 No dejamos de contar con ellos por la circunstancia accidental de que ya no habiten en nuestros mismos tiempo y espacio; lo hicieron durante un largo periodo, y no deja de parecernos un azar que no coincidamos últimamente con ellos.
 Aunque ese “últimamente” se prolongue y ya no pueda ser calificado así, estábamos tan acostumbrados a su presencia que ninguna ausencia –ni la definitiva– puede predominar sobre aquélla. 
No es descabellado decir que nos acompañan como el aire, o que “flotan” en el que respiramos.
 No es que los llevemos en la memoria: los llevamos en nuestro ser. Algunos de los que desaparecen van palideciendo a medida que los sobrevivimos, pero hay otros que jamás pierden la viveza ni el color.
No cometo indiscreción si digo que Savater, en esta primera fase, debe de sentirse impaciente por reunirse con Sara, por ir donde ella esté. 
 Pero, dado que él no es religioso, el único lugar que pueden compartir es el pasado, esto es, ser ambos pasado y pertenecer ambos a él, ser ambos alguien que ha sido y ya no es.
 Él mismo lo ha hecho saber, directamente o a través de otros.
 En una de las gratas columnas de Luis Alegre en este diario, éste contaba que Savater andaba atascado con el último libro que quería escribir, precisamente sobre Sara y su vida con ella, y que, lograra terminarlo o no, después no pensaba hacer más.
 “Para qué, si ya no los va a leer”, era la conclusión. Todo esto me ha llevado a acordarme de cuando mi padre perdió a mi madre, en el lejano 1977. 
Tenía él entonces un año menos de los que tengo yo ahora, y no hace falta decir que, desde mis veintiséis, yo lo veía como un hombre más entrado en edad de lo que probablemente lo estaba y de como me veo a mí mismo hoy.
 Mis padres habían estado casados treinta y seis años, pero habían sido amigos o habían “salido” desde hacía muchos más. 
Al morir ella, Lolita, él, Julián, quedó tan desconsolado como pueda estarlo ahora Savater. Durante bastante tiempo mi padre expresó ese deseo de seguir a mi madre diciendo: “Estoy seguro de que no voy a durar, noto que mi tiempo también toca a su fin”. Yo solía irritarlo con mis réplicas, que no buscaban otra cosa que hacerlo reaccionar y sacarlo de su abatimiento: “¿En qué lo notas?”, le preguntaba. “¿Te sientes enfermo, te sientes mal?” “No”, respondía, “no es eso, pero lo sé”. “¿Entonces estás pensando en suicidarte?”, insistía yo. “Claro que no”, contestaba casi ofendido, pues él era religioso

–católico reflexionante–, a diferencia de Savater. 
“Pues no ­augures cosas que no puedes saber”, acababa yo, hasta la siguiente vez.
 Él vivió veintiocho años más que mi madre, es decir, tardó largo tiempo en reunirse con ella, sólo fuera como “pasado”.
 Él creía que el reencuentro consistiría en mucho más; de hecho acostumbraba a decir que estaba convencido de que sería ella quien le abriera la puerta.
 A mí me daban ganas de preguntarle qué puerta, pero irritarlo en exceso no habría estado bien, y, por absurdo que me sonase aquello, sabía a qué puerta se refería.
 No hay por qué socavar las creencias de las personas, si las ayudan a sobreponerse a la tristeza o a la desolación.
 Y acaso fueron esas creencias las que, al cabo de unos meses de la muerte de mi madre, lo indujeron a tener la actitud contraria a la de Savater.
 Se puso a escribir, un libro, dos, tres, yo qué sé cuántos más. Me imagino que sentarse ante la máquina era una de las pocas cosas que lo movían a levantarse tras noches de malos sueños o insomnio y atravesar la jornada, a pensar que no todo había acabado, que aún podía ser útil y productivo.
 Pero lo que más lo empujaba a escribir, decía, era la idea de que le “debía” a mi madre unos cuantos libros, de que a ella le habría gustado que los escribiese. 
Tal vez se figuraba que desde algún sitio ella lo sabría, se enteraría; es más, que “todavía” los podría leer.
 No me cabe duda de que Julián escribía en buena medida para Lolita. No sólo, desde luego, pero para ella en primer lugar.
 Cada vez que terminaba un artículo, desde la infancia lo veía perseguir por la casa a mi madre –ocupada en mil quehaceres, de un lado a otro– para leérselo con impaciencia; y hasta que ella no le aseguraba que le parecía bien, no lo enviaba.
 Necesitaba su aprobación pese a ser hombre muy confiado, incorregiblemente optimista y muy seguro de lo que hacía. Con esa ilusión, con la de su aprobación “póstuma” o fantasmal, tuvo veintiocho años de casi incesante actividad.
 Savater no es religioso pero le encantan las historias de fantasmas.
Y como es persona tan optimista y confiada como mi padre, y probablemente más jovial, confío en que un día consiga convertir a Sara en fantasma literario, en acompañante de ficción –no merece menos–, y en que así se incumpla su presentimiento de no volver a escribir más.


El FBI recupera una carta de Darwin robada por un becario

El documento desapareció en los años 70 del instituto Smithsonian de Washington.

Reatrato de Charles Darwin.
El Buró Federal de Investigación (FBI) de EE UU ha devuelto al complejo museístico Institución Smithsonian de Washington una carta escrita por el naturalista inglés Charles Darwin que fue robada presuntamente por un becario hace varias décadas, informó ayer la propia institución en un comunicado.
A mitad de los años 70 nos dimos cuenta de que (la carta) había desaparecido. De acuerdo con la información del FBI, probablemente fue un becario que se la llevó cuando nadie estaba vigilando", indicó la portavoz de Smithsonian Effie Kapsalis.

De acuerdo con Kapsalis, el FBI recibió recientemente una información según la cual el documento se hallaba cerca de Washington y recuperó la carta para devolverla al museo, aunque no pudo presentar cargos porque el delito ya ha prescrito.
Se trata de una carta escrita por Darwin, pionero de la teoría de la selección natural, en la que agradece al geólogo estadounidense Ferdinand Vandeveer Hayden que le enviase copias de sus investigaciones de la región del actual Parque Nacional de Yellowstone (EE UU).
En las expediciones de Hayden, llevadas a cabo entre 1850 y 1870, el científico descubrió varios fósiles de dinosaurios, que estudió concienzudamente durante años para establecer una línea cronológica del período Cretácico, en gran medida influido por el Origen de las especies, de Darwin.
Aunque el documento ha pasado varias décadas fuera de ningún museo y sin estar sometido al cuidado de los conservadores, se encuentra en "bastante buena condición", indicó Kapsalis, quien explicó que la carta será digitalizada y puesta a disposición del público on-line.
El portavoz de Smithsonian también aseguró que sería "difícil" para un becario o "cualquier otro ladrón" robar un documento así hoy en día, ya que las prácticas de archivo "han cambiado mucho desde los 70".

 

El gran insumiso...................................................... Diego A. Manrique

Muhammad Ali se convirtió en una luminosa referencia dentro de la cultura pop.

Cassius Clay (antes de cambiar su nombre) en Miami en 1964 con los Beatles: Paul McCartney, John Lennon, George Harrison y Ringo Starr. AP
Cassius Clay/Muhammad Ali fue el boxeador que necesitaban los años sesenta.
 Por aquel entonces, empezaba a ser un deporte bajo sospecha: dominaban los relatos sobre el daño del cuero golpeando la carne, las epopeyas sobre la huida de la miseria, las denuncias de la dudosa trastienda del negocio
. Con aquel chico de Kentucky, el boxeo se convertía en orgullosa afirmación de la voluntad de emancipación, puro black power sin grandes argumentos.

Se iba a convertir en el gran púgil de la Década Prodigiosa: irreverente, bocazas, seguro de sí mismo. Inevitablemente, le juntaron con los Beatles allá por 1964, cuando estos terminaban su primera gira por Estados Unidos.
Aunque las fotos resultantes muestran a todos los implicados haciendo el payaso, el encuentro no estuvo exento de tensión.
 En contra de lo que estaban habituados, los británicos debieron esperar, encerrados en una habitación, mientas el campeón se preparaba para la prensa.
 Y Clay, que diariamente recibía oleadas de visitantes, no estaba seguro de quienes eran aquellos “mariquitas”, seguramente dicho sin intención ofensiva.
Clay ya era legendario por su elocuencia: convirtió sus rimas en cantinelas, a modo de eficaz eslogan publicitario.
 En los tiempos actuales, sin duda hubiera terminado rapeando en el sello de Jay-Z; en aquellos días, le transformaron en artista discográfico por la vía rápida
. Combinando recitados y canciones, Columbia Records publicó en 1963 el álbum I’m the greatest; su versión del inmortal Stand by me sonaría en muchas emisoras.


Cassius Clay (antes de cambiar su nombre) en Miami en 1964 con los Beatles: Paul McCartney, John Lennon, George Harrison y Ringo Starr. AP

No volvería al estudio de grabación hasta 1976, cuando protagonizó un disco infantil destinado a luchar contra la caries dental, en compañía de los cantantes Frank Sinatra y Richie Havens, el actor Ossie Davis, el locutor deportivo Howard Cossell.
 Corramos un velo sobre aquel artefacto, típico de la Guerra Fría, donde los villanos del cuento tenían acento ruso o cubano (Cuba = azúcar ¿lo pillan?).
Retrocedamos a los tiempos bravos. Muhammad Ali ascendió a héroe contracultural en 1966, al negarse a cumplir el servicio militar
. Conviene enfatizar que formó parte de la valiente minoría que declaró abiertamente su oposición a la guerra de Vietnam; en general, los disidentes en edad de reclutamiento se escaqueaban mediante prórrogas de estudios o alegando difusas enfermedades.
Dado que un número desproporcionado de los soldados estadounidenses en Vietnam era lo que hoy llamaríamos afroamericanos, su postura fue perfectamente entendida en los guetos.
 El apoyo a Muhammad Ali se mantuvo durante los años inciertos en que le impedían combatir y podía terminar en una penitenciaria.
 No solo era respetado en los ghetos.
 Allí están las fotos junto a las estrellas de Motown, el sello que representaba las aspiraciones de la clase media negra, al lado de los ídolos juveniles Jackson 5 o del genial Marvin Gaye.
En los setenta, ya exonerado, se fundió en abrazos con artistas cercanos a Richard Nixon y el Partido Republicano: de Elvis Presley a James Brown, que incluso había girado por las bases de Vietnam. Nunca le faltó el respaldo de las clases ilustradas, manifestado en los libros de Norman Mailer y Bud Schulberg, los extensos reportajes de Joyce Carol Oates y George Plimpton.


Como si se tratara de un campo de minas, esos autores pisaban con enorme cuidado alrededor de la militancia de Ali en la Nación del Islam, misteriosa secta a la que se atribuía el asesinato de otro adalid de la negritud, Malcolm X. “Ali no es un fanático”, aseguraban sus cuidadores.
Bob Dylan no necesitaba esas garantías.
 Le gustaba ponerse los guantes y había dedicado varias canciones a boxeadores, incluyendo su famosa Hurricane, que indirectamente permitiría la liberación de su protagonista, Rubin Carter, condenado por asesinato.
 En la foto de su encuentro con Ali, Dylan parece tímido, intimidado: una cosa es hablar de la Dulce Ciencia del pugilismo y otra es sentir el peso de esa mano letal.