10 abr 2016
¿Nos hace Facebook más solitarios?.................................................................. OLIVIA LAING
Estar presente a todas horas en las redes sociales, recibiendo una marea de información, permite enmascarar un sentimiento real de aislamiento.
Era lo primero y lo último que miraba, ese pergamino interminable escrito por gente a la que en su mayoría no conocía, por instituciones, amigos, una comunidad efímera en la que yo era una presencia incorpórea e inconstante.
Rebuscando entre la letanía, lo doméstico y lo cívico: líquido para lentillas, portada de libro, noticia de fallecimiento, ilustración de protesta, inauguración de exposición, refugiados en los bosques de Macedonia, etiqueta “vergüenza”, etiqueta “perezoso”, cambio climático, bufanda perdida, chiste sobre Daleks
. Un río de información, sentimientos y opiniones al que algunos días, puede que la mayoría, le prestaba más atención que a cualquier otra cosa real de mi vida.
Y Twitter no era más que la puerta, la entrada a la ciudad sin límites de Internet. Me pasaba días enteros haciendo clic, con la atención enredada en recovecos y peldaños sucesivos de información; testigo ausente y apasionado del mundo, una dama de Shalott de espaldas a la ventana, contemplando las sombras de lo real proyectadas en el cristal azulado de su espejo mágico. Antes, allá por la era del papel, en el siglo pasado, solía leer enterrándome en el libro, y ahora miraba a la pantalla, mi venerada amante argéntea.
Era como ser una espía que llevaba a cabo una vigilancia perpetua
. Era como volver a ser una adolescente, sumergiéndome en mares de obsesión, siguiendo adelante, navegando por el vaivén del oleaje, por la superficie agitada.
Leyendo sobre el almacenamiento compulsivo o la tortura o crímenes reales o las iniquidades del Estado; leyendo conversaciones informales mal escritas sobre lo que le pasó a Samantha Mathis tras la muerte de River Phoenix, “siento sonar condescendiente, pero ¿seguro que HAS VISTO esta entrevista?”.
La inmersión, la deriva, el espantoso agujero catatónico de los vínculos recesivos, haciendo clic una y otra vez hacia el pasado, tropezando con los horrores del presente. Courtney Love y Kurt Cobain casándose en una playa, el cuerpo ensangrentado de un niño sobre la arena: imágenes que generaban emociones, superponiendo lo absurdo, lo atroz y lo deseable.
¿Qué quería? ¿Qué buscaba? ¿Qué hacía allí, hora tras hora? Cosas contradictorias
. Quería saber qué estaba pasando. Quería un estímulo. Quería estar en contacto y quería conservar mi privacidad, mi espacio privado. Quería hacer clic una y otra vez hasta que mis conexiones neuronales explotasen, hasta que estuviera inundada de superficialidad.
Quería hipnotizarme con los datos, con los píxeles de colores, vaciarme, aplastar cualquier sensación angustiosa que me invadiese acerca de mi verdadera identidad, aniquilar mis sentimientos.
Al mismo tiempo, quería despertar, comprometerme política y socialmente.
Y, de nuevo, quería reafirmar mi presencia, enumerar mis intereses y objeciones, hacer saber al mundo que seguía ahí, pensando a través de mis dedos, aunque casi hubiese perdido el arte del habla.
Quería mirar y quería ser vista y, por alguna razón, ambas cosas eran más fáciles a través de la pantalla.
Es fácil entender por qué la Red puede atraer a una persona que está sumida en la soledad crónica, con su garantía de conexión, sus hermosas y resbaladizas promesas de anonimato y control.
Se puede buscar compañía sin correr el riesgo de ser descubierta o expuesta, sin que te pillen deseando algo, vista en un estado de necesidad o carencia.
Puedes tomar contacto o esconderte; puedes ocultarte o presentarte, seleccionando con cuidado una versión refinada.
En muchos sentidos, Internet me hacía sentir segura
. Me gustaba el contacto que sacaba de allí: la pequeña acumulación de miradas positivas, los “favoritos” de Twitter, los “me gusta” de Facebook, las pequeñas herramientas diseñadas y codificadas para conservar la atención y alimentar el ego de los usuarios.
Tenía suficiente buena disposición para ser la boba, para divulgar mi información, para dejar como las babas del caracol un rastro electrónico de mis intereses y opiniones, para que empresas en el futuro lo conviertan en la moneda que quiera que usen.
A veces, de hecho, era como si el intercambio jugase a mi favor, sobre todo en Twitter, con su habilidad para fomentar conversaciones entre extraños, en torno a intereses y opiniones comunes.
A ver si muere Cervantes.......................................................................Javier Marías
En España pocos conocen nuestro pasado y además a casi todos nos trae al fresco.
YA se han consumido tres meses del año y dentro de dos semanas será la fecha oficial del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y más o menos lo mismo respecto a Shakespeare.
Se ha hablado mucho del contraste, del abismo existente entre la actitud de los dos países que vieron nacer a estos autores.
Del entusiasmo inglés y la indiferencia española; de la implicación de Cameron y la dejadez de Rajoy el Plasmado; del enorme programa de fastos impulsado por las instituciones británicas y de las poco imaginativas y parvas celebraciones preparadas por nuestro Ministerio de Cultura.
Si me guío por mí mismo, hace ya un par de años que la editorial Hogarth me tentó a “novelar” una obra de Shakespeare dentro de un amplísimo proyecto que incluía a una veintena de escritores, cuyas “adaptaciones” serían traducidas y publicadas en numerosas lenguas.
También, desde el British Council, se me ha propuesto mantener un coloquio en Berlín con un autor inglés, sobre Shakespeare y Cervantes, en el marco de una exposición dedicada a los dos genios.
Sobre el uno o el otro se me han solicitado textos desde diferentes países, y casi todas estas peticiones las he declinado (uno podría pasarse 2016 dedicado en exclusiva a estos menesteres, y soy de los que creen que las obras perfectas no hay que manosearlas ni menos aún “reescribirlas”)
. Alguna aportación he hecho en España, pero para el sector privado.
La única propuesta que me ha venido del público, creo, era una majadería para Televisión Española, participar en la cual habría sido menos motivo de satisfacción que de sonrojo.
Al Gobierno le han llovido los reproches, con razón.
Pero ¿qué se esperaba de una administración que, durante cuatro años, no ha hecho más que empobrecer y hostigar a los representantes de la cultura?
Y Cervantes, aunque muerto y bien muerto, no deja de ser uno de ellos
. Eso sí, el próximo 23 de abril veremos las consabidas colas de políticos, escritores y figurones para leer en voz alta un fragmento del Quijote (pésimamente y sin entonación, las más de las veces), esa chorrada ya institucionalizada.
La mayoría se hará una foto, volverá a casa muy ufana y no abrirá de nuevo ese libro en su vida.
En realidad no sé por qué nos escandalizamos
¿Por qué habría de importarle Cervantes a una sociedad ahistórica y tirando a iletrada?
En España pocos conocen nuestro pasado y además a casi todos nos trae al fresco.
Ni siquiera hay curiosidad.
Este año será el tricentenario del nacimiento de Carlos III, el mejor Rey que hemos tenido junto con Don Juan Carlos, pero la mayor parte de los españoles es incapaz de decir una palabra sobre su figura.
El conjunto de la población, ¿sabe algo de las Guerras Carlistas, que fueron tres nada menos y no están tan lejanas? ¿Sabe que en 1898 estuvimos en guerra contra los Estados Unidos? Son sólo un par de ejemplos de la ignorancia brutal y deliberada que nos domina desde hace décadas.
Hace poco, el grupo socialista del Ayuntamiento quiso quitar de la Plaza de la Villa madrileña la estatua de Don Álvaro de Bazán para colocar en su lugar una –la enésima en la capital– del alcalde Tierno Galván –muy llorado, eso sí, como todos los aduladores de jóvenes–.
Eso denota visión histórica y sentido de las prioridades.
Los cretinos municipales del PSOE probablemente ignoran que Don Álvaro intervino decisivamente en Lepanto y en otras hazañas militares; o quizá sea eso, que sus hazañas son hoy “condenables” por haber sido militares.
Hace no mucho dije en otra columna que la actitud general de los españoles respecto al pasado viene a ser esta:
“Los muertos no nos conciernen”.
La gente que no está aquí, que carece de poder e influencia, que no hace el memo para distraernos, que no suelta idioteces en las redes para que reaccionemos con furia; la gente a la que ya no podemos zaherir ni poner zancadillas ni hacer daño, la que no forma parte de la bufonada perpetua que nos alimenta, del jolgorio zafio y la chanza malintencionada, la gente que no puede indignarnos porque lleva mucho o poco criando malvas, ¿qué nos importa?
A los políticos, desde luego, sólo les interesan aquellos que pueden ser utilizados, o arrojados a la cara del contrario: Lorca y Machado por razones obvias, un poco Hernández y Cernuda, y pare usted de contar o casi.
Pero ¿Cervantes?
Ni siquiera sabemos si sería de derechas o de izquierdas, para qué nos sirve.
Al Gobierno le han caído regañinas justas por su desidia, y sin embargo, ¿han oído decir una palabra sobre el autor del Quijote, en estos meses transcurridos de su año, a los dirigentes del PSOE, Podemos o Ciudadanos, no digamos a los de Unidad Popular, PNV, ERC (y eso que hay dementes muy serios que insisten en que Cervantes era un catalán más, escamoteado)?
En realidad, en España se procura matar a los muertos, ya es bastante molestia que haya vivos ocupando sitio (“nuestro sitio”) como para encima hacérselo a los difuntos
. Shakespeare está vivo y omnipresente no sólo en la cultura y en la sociedad inglesas, sino en el mundo entero.
Cervantes no tanto, por mucho que unos cuantos todavía adoremos su simpática figura y su obra.
¿Cómo podría estarlo al mismo nivel que su contemporáneo, si en su país lo que se pretende es que se hunda de una vez en el hoyo y en el mayor olvido posible?
Aquí ese es el sino de cuantos “dan su espíritu” y ya no alientan, sea desde ayer o desde hace cuatro enteros siglos.
YA se han consumido tres meses del año y dentro de dos semanas será la fecha oficial del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y más o menos lo mismo respecto a Shakespeare.
Se ha hablado mucho del contraste, del abismo existente entre la actitud de los dos países que vieron nacer a estos autores.
Del entusiasmo inglés y la indiferencia española; de la implicación de Cameron y la dejadez de Rajoy el Plasmado; del enorme programa de fastos impulsado por las instituciones británicas y de las poco imaginativas y parvas celebraciones preparadas por nuestro Ministerio de Cultura.
Si me guío por mí mismo, hace ya un par de años que la editorial Hogarth me tentó a “novelar” una obra de Shakespeare dentro de un amplísimo proyecto que incluía a una veintena de escritores, cuyas “adaptaciones” serían traducidas y publicadas en numerosas lenguas.
También, desde el British Council, se me ha propuesto mantener un coloquio en Berlín con un autor inglés, sobre Shakespeare y Cervantes, en el marco de una exposición dedicada a los dos genios.
Sobre el uno o el otro se me han solicitado textos desde diferentes países, y casi todas estas peticiones las he declinado (uno podría pasarse 2016 dedicado en exclusiva a estos menesteres, y soy de los que creen que las obras perfectas no hay que manosearlas ni menos aún “reescribirlas”)
. Alguna aportación he hecho en España, pero para el sector privado.
La única propuesta que me ha venido del público, creo, era una majadería para Televisión Española, participar en la cual habría sido menos motivo de satisfacción que de sonrojo.
Al Gobierno le han llovido los reproches, con razón.
Pero ¿qué se esperaba de una administración que, durante cuatro años, no ha hecho más que empobrecer y hostigar a los representantes de la cultura?
Y Cervantes, aunque muerto y bien muerto, no deja de ser uno de ellos
. Eso sí, el próximo 23 de abril veremos las consabidas colas de políticos, escritores y figurones para leer en voz alta un fragmento del Quijote (pésimamente y sin entonación, las más de las veces), esa chorrada ya institucionalizada.
La mayoría se hará una foto, volverá a casa muy ufana y no abrirá de nuevo ese libro en su vida.
En realidad no sé por qué nos escandalizamos
¿Por qué habría de importarle Cervantes a una sociedad ahistórica y tirando a iletrada?
En España pocos conocen nuestro pasado y además a casi todos nos trae al fresco.
Ni siquiera hay curiosidad.
Este año será el tricentenario del nacimiento de Carlos III, el mejor Rey que hemos tenido junto con Don Juan Carlos, pero la mayor parte de los españoles es incapaz de decir una palabra sobre su figura.
El conjunto de la población, ¿sabe algo de las Guerras Carlistas, que fueron tres nada menos y no están tan lejanas? ¿Sabe que en 1898 estuvimos en guerra contra los Estados Unidos? Son sólo un par de ejemplos de la ignorancia brutal y deliberada que nos domina desde hace décadas.
Hace poco, el grupo socialista del Ayuntamiento quiso quitar de la Plaza de la Villa madrileña la estatua de Don Álvaro de Bazán para colocar en su lugar una –la enésima en la capital– del alcalde Tierno Galván –muy llorado, eso sí, como todos los aduladores de jóvenes–.
Eso denota visión histórica y sentido de las prioridades.
Los cretinos municipales del PSOE probablemente ignoran que Don Álvaro intervino decisivamente en Lepanto y en otras hazañas militares; o quizá sea eso, que sus hazañas son hoy “condenables” por haber sido militares.
Hace no mucho dije en otra columna que la actitud general de los españoles respecto al pasado viene a ser esta:
“Los muertos no nos conciernen”.
La gente que no está aquí, que carece de poder e influencia, que no hace el memo para distraernos, que no suelta idioteces en las redes para que reaccionemos con furia; la gente a la que ya no podemos zaherir ni poner zancadillas ni hacer daño, la que no forma parte de la bufonada perpetua que nos alimenta, del jolgorio zafio y la chanza malintencionada, la gente que no puede indignarnos porque lleva mucho o poco criando malvas, ¿qué nos importa?
A los políticos, desde luego, sólo les interesan aquellos que pueden ser utilizados, o arrojados a la cara del contrario: Lorca y Machado por razones obvias, un poco Hernández y Cernuda, y pare usted de contar o casi.
Pero ¿Cervantes?
Ni siquiera sabemos si sería de derechas o de izquierdas, para qué nos sirve.
Al Gobierno le han caído regañinas justas por su desidia, y sin embargo, ¿han oído decir una palabra sobre el autor del Quijote, en estos meses transcurridos de su año, a los dirigentes del PSOE, Podemos o Ciudadanos, no digamos a los de Unidad Popular, PNV, ERC (y eso que hay dementes muy serios que insisten en que Cervantes era un catalán más, escamoteado)?
En realidad, en España se procura matar a los muertos, ya es bastante molestia que haya vivos ocupando sitio (“nuestro sitio”) como para encima hacérselo a los difuntos
. Shakespeare está vivo y omnipresente no sólo en la cultura y en la sociedad inglesas, sino en el mundo entero.
Cervantes no tanto, por mucho que unos cuantos todavía adoremos su simpática figura y su obra.
¿Cómo podría estarlo al mismo nivel que su contemporáneo, si en su país lo que se pretende es que se hunda de una vez en el hoyo y en el mayor olvido posible?
Aquí ese es el sino de cuantos “dan su espíritu” y ya no alientan, sea desde ayer o desde hace cuatro enteros siglos.
Todos nuestros dioses....................................................Rosa Montero
Encuentro conmovedor que los humanos nos hayamos inventado todos estos cuentos fundacionales que son las religiones.
NUNCA fui muy religiosa, ni siquiera en la niñez, y me considero agnóstica desde hace muchísimos años. Y no digo atea, aunque me sienta muy cerca, porque tampoco tenemos pruebas irrefutables de la inexistencia de los dioses (de algún tipo de principio que alguien pueda llamar dios) y la vida es indudablemente un gran misterio. Eso sí, soy bastante anticlerical, aunque sé bien que hay muchos frailes y monjas, lamas e imames, sacerdotes y sacerdotisas que se dejan la piel y a veces la vida por los demás con generosidad admirable.
Pero mi anticlericalismo, que es recio y en ocasiones rabioso, tiene que ver con el poder de las instituciones religiosas, con el abuso de ese poder y con las aberraciones a las que pueden llegar los clérigos de los diversos aparatos eclesiales, desde las hogueras de la Inquisición hasta las carnicerías del Isis.
Sin embargo, la historia de las religiones siempre me ha fascinado.
Encuentro profundamente conmovedor que los humanos, en nuestro dolor, nuestra indefensión y nuestra infinita pequeñez, nos hayamos inventado todos esos cuentos fundacionales que son las religiones, esas figuras sobrenaturales a las que pedir ayuda y consuelo.
Como niños abandonados en la oscuridad, hemos tenido que imaginar que en algún lugar había unos padres capaces de guiarnos, unos padres que conocían todas las respuestas del inmenso, demoledor enigma de la vida.
Y esos cuentos que nos hemos ido contando dicen mucho de quiénes somos, de lo que tememos y de lo que queremos.
Por eso me apena la ignorancia absoluta de los mitos religiosos de nuestra cultura por parte de los jóvenes.
El otro día vi Exodus, la interesante película de Ridley Scott sobre la vida de Moisés, con una amiga de 20 años muy inteligente y muy culta.
Pues bien, a pesar de que es una chica extraordinaria para su edad, no tenía ni idea de la historia, apenas le sonaba vagamente que había un mar que se abría y ni siquiera sabía que Moisés era el de los Diez Mandamientos.
Y así, en tan sólo un par de generaciones perderemos un cúmulo de referencias legendarias, arquetípicas y simbólicas que nuestros antepasados se han ido transmitiendo los unos a los otros durante milenios.
Por no hablar de que infinidad de cuadros, poemas, obras dramáticas y narrativas de nuestra tradición resultarán incomprensibles.
No sé, me parece que hay parte de la izquierda que se hace cierto lío con estos temas. Yo creo que el laicismo es un logro monumental de la civilización, del progreso y del pensamiento humano; pero el laicismo consiste en la independencia absoluta del Estado de toda influencia religiosa, no en olvidar nuestros mitos o en rechazar tradiciones sincréticas tan bellas como las procesiones de Semana Santa, por ejemplo.
Hay un chiste maravilloso que expresa a la perfección la emoción agridulce que despierta en mí la cuestión religiosa:
un par de ratitas van por la calle y de pronto una de ellas mira hacia el cielo y ve pasar un murciélago. Arrobada, pone los ojos como platos y exclama: “Oh, Dios mío, ¡un ángel!”.
En esa pobre rata nos veo a nosotros, con la tierna, inocente necesidad de inventarnos bellos milagros, pero también con la embrutecedora ignorancia de no saber que esa criatura celestial no es más que un mamífero placentario quiróptero.
Pero, aun así, el suspiro extasiado de la ratita encierra algo hermoso.
Las religiones organizadas han sido demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad, de fraternidad y de belleza.
El otro día me encontré en el parque del Retiro a una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y diademas de punto que ella misma tricotaba.
Era extranjera, no sé de dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa, limpia pero raída, como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era hermoso.
Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba el lugar.
Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias por su arte.
Y entonces sonrió y me dijo: “Que tus dioses te protejan”. Sí: en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser mejores.
“Que tus dioses te protejan”, me deseó la preciosa anciana.
Y ¿saben qué? Me sentí verdaderamente bendecida.
NUNCA fui muy religiosa, ni siquiera en la niñez, y me considero agnóstica desde hace muchísimos años. Y no digo atea, aunque me sienta muy cerca, porque tampoco tenemos pruebas irrefutables de la inexistencia de los dioses (de algún tipo de principio que alguien pueda llamar dios) y la vida es indudablemente un gran misterio. Eso sí, soy bastante anticlerical, aunque sé bien que hay muchos frailes y monjas, lamas e imames, sacerdotes y sacerdotisas que se dejan la piel y a veces la vida por los demás con generosidad admirable.
Pero mi anticlericalismo, que es recio y en ocasiones rabioso, tiene que ver con el poder de las instituciones religiosas, con el abuso de ese poder y con las aberraciones a las que pueden llegar los clérigos de los diversos aparatos eclesiales, desde las hogueras de la Inquisición hasta las carnicerías del Isis.
Sin embargo, la historia de las religiones siempre me ha fascinado.
Encuentro profundamente conmovedor que los humanos, en nuestro dolor, nuestra indefensión y nuestra infinita pequeñez, nos hayamos inventado todos esos cuentos fundacionales que son las religiones, esas figuras sobrenaturales a las que pedir ayuda y consuelo.
Como niños abandonados en la oscuridad, hemos tenido que imaginar que en algún lugar había unos padres capaces de guiarnos, unos padres que conocían todas las respuestas del inmenso, demoledor enigma de la vida.
Y esos cuentos que nos hemos ido contando dicen mucho de quiénes somos, de lo que tememos y de lo que queremos.
Por eso me apena la ignorancia absoluta de los mitos religiosos de nuestra cultura por parte de los jóvenes.
El otro día vi Exodus, la interesante película de Ridley Scott sobre la vida de Moisés, con una amiga de 20 años muy inteligente y muy culta.
Pues bien, a pesar de que es una chica extraordinaria para su edad, no tenía ni idea de la historia, apenas le sonaba vagamente que había un mar que se abría y ni siquiera sabía que Moisés era el de los Diez Mandamientos.
Y así, en tan sólo un par de generaciones perderemos un cúmulo de referencias legendarias, arquetípicas y simbólicas que nuestros antepasados se han ido transmitiendo los unos a los otros durante milenios.
Por no hablar de que infinidad de cuadros, poemas, obras dramáticas y narrativas de nuestra tradición resultarán incomprensibles.
No sé, me parece que hay parte de la izquierda que se hace cierto lío con estos temas. Yo creo que el laicismo es un logro monumental de la civilización, del progreso y del pensamiento humano; pero el laicismo consiste en la independencia absoluta del Estado de toda influencia religiosa, no en olvidar nuestros mitos o en rechazar tradiciones sincréticas tan bellas como las procesiones de Semana Santa, por ejemplo.
Hay un chiste maravilloso que expresa a la perfección la emoción agridulce que despierta en mí la cuestión religiosa:
un par de ratitas van por la calle y de pronto una de ellas mira hacia el cielo y ve pasar un murciélago. Arrobada, pone los ojos como platos y exclama: “Oh, Dios mío, ¡un ángel!”.
En esa pobre rata nos veo a nosotros, con la tierna, inocente necesidad de inventarnos bellos milagros, pero también con la embrutecedora ignorancia de no saber que esa criatura celestial no es más que un mamífero placentario quiróptero.
Pero, aun así, el suspiro extasiado de la ratita encierra algo hermoso.
Las religiones organizadas han sido demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad, de fraternidad y de belleza.
El otro día me encontré en el parque del Retiro a una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y diademas de punto que ella misma tricotaba.
Era extranjera, no sé de dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa, limpia pero raída, como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era hermoso.
Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba el lugar.
Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias por su arte.
Y entonces sonrió y me dijo: “Que tus dioses te protejan”. Sí: en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser mejores.
“Que tus dioses te protejan”, me deseó la preciosa anciana.
Y ¿saben qué? Me sentí verdaderamente bendecida.
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