'Q Train' (1990), cuadro del artista Nigel Van Wieck.
Todos los días me despertaba y, antes de abrir los ojos del todo,
arrastraba el ordenador portátil hasta la cama y me sumergía de golpe en
Twitter.
Era lo primero y lo último que miraba, ese pergamino
interminable escrito por gente a la que en su mayoría no conocía, por
instituciones, amigos, una comunidad efímera en la que yo era una
presencia incorpórea e inconstante.
Rebuscando entre la letanía, lo
doméstico y lo cívico: líquido para lentillas, portada de libro, noticia
de fallecimiento, ilustración de protesta, inauguración de exposición,
refugiados en los bosques de Macedonia, etiqueta “vergüenza”, etiqueta
“perezoso”, cambio climático, bufanda perdida, chiste sobre Daleks
. Un
río de información, sentimientos y opiniones al que algunos días, puede
que la mayoría, le prestaba más atención que a cualquier otra cosa real
de mi vida.
Y Twitter no era más que la puerta, la entrada a la ciudad sin
límites de Internet. Me pasaba días enteros haciendo clic, con la
atención enredada en recovecos y peldaños sucesivos de información;
testigo ausente y apasionado del mundo, una dama de Shalott de
espaldas a la ventana, contemplando las sombras de lo real proyectadas
en el cristal azulado de su espejo mágico. Antes, allá por la era del
papel, en el siglo pasado, solía leer enterrándome en el libro, y ahora
miraba a la pantalla, mi venerada amante argéntea.
Era como ser una espía que llevaba a cabo una vigilancia perpetua
.
Era como volver a ser una adolescente, sumergiéndome en mares de
obsesión, siguiendo adelante, navegando por el vaivén del oleaje, por la
superficie agitada.
Leyendo sobre el almacenamiento compulsivo o la
tortura o crímenes reales o las iniquidades del Estado; leyendo
conversaciones informales mal escritas sobre lo que le pasó a Samantha
Mathis tras la muerte de River Phoenix, “siento sonar condescendiente,
pero ¿seguro que HAS VISTO esta entrevista?”.
La inmersión, la deriva,
el espantoso agujero catatónico de los vínculos recesivos, haciendo clic
una y otra vez hacia el pasado, tropezando con los horrores del
presente. Courtney Love y Kurt Cobain casándose en una playa, el cuerpo
ensangrentado de un niño sobre la arena: imágenes que generaban
emociones, superponiendo lo absurdo, lo atroz y lo deseable.
¿Qué quería? ¿Qué buscaba? ¿Qué hacía allí, hora tras hora? Cosas
contradictorias
. Quería saber qué estaba pasando. Quería un estímulo.
Quería estar en contacto y quería conservar mi privacidad, mi espacio
privado. Quería hacer clic una y otra vez hasta que mis conexiones
neuronales explotasen, hasta que estuviera inundada de superficialidad.
Quería hipnotizarme con los datos, con los píxeles de colores, vaciarme,
aplastar cualquier sensación angustiosa que me invadiese acerca de mi
verdadera identidad, aniquilar mis sentimientos.
Al mismo tiempo, quería
despertar, comprometerme política y socialmente.
Y, de nuevo, quería
reafirmar mi presencia, enumerar mis intereses y objeciones, hacer saber
al mundo que seguía ahí, pensando a través de mis dedos, aunque casi
hubiese perdido el arte del habla.
Quería mirar y quería ser vista y,
por alguna razón, ambas cosas eran más fáciles a través de la pantalla.
Es fácil entender por qué la Red puede atraer a una persona que está
sumida en la soledad crónica, con su garantía de conexión, sus hermosas y
resbaladizas promesas de anonimato y control.
Se puede buscar compañía
sin correr el riesgo de ser descubierta o expuesta, sin que te pillen
deseando algo, vista en un estado de necesidad o carencia.
Puedes tomar
contacto o esconderte; puedes ocultarte o presentarte, seleccionando con
cuidado una versión refinada.
En muchos sentidos, Internet me hacía sentir segura
. Me gustaba el
contacto que sacaba de allí: la pequeña acumulación de miradas
positivas, los “favoritos” de Twitter, los “me gusta” de Facebook, las
pequeñas herramientas diseñadas y codificadas para conservar la atención
y alimentar el ego de los usuarios.
Tenía suficiente buena disposición
para ser la boba, para divulgar mi información, para dejar como las
babas del caracol un rastro electrónico de mis intereses y opiniones,
para que empresas en el futuro lo conviertan en la moneda que quiera que
usen.
A veces, de hecho, era como si el intercambio jugase a mi favor,
sobre todo en Twitter, con su habilidad para fomentar conversaciones
entre extraños, en torno a intereses y opiniones comunes.
En España pocos conocen nuestro pasado y además a casi todos nos trae al fresco. YA se han consumido tres meses del año y dentro de dos semanas será la
fecha oficial del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y más o
menos lo mismo respecto a Shakespeare. Se ha hablado mucho del
contraste, del abismo existente entre la actitud de los dos países que
vieron nacer a estos autores. Del entusiasmo inglés y la indiferencia
española; de la implicación de Cameron y la dejadez de Rajoy el
Plasmado; del enorme programa de fastos impulsado por las instituciones
británicas y de las poco imaginativas y parvas celebraciones preparadas
por nuestro Ministerio de Cultura. Si me guío por mí mismo, hace ya un
par de años que la editorial Hogarth me tentó a “novelar” una obra de
Shakespeare dentro de un amplísimo proyecto que incluía a una veintena
de escritores, cuyas “adaptaciones” serían traducidas y publicadas en
numerosas lenguas. También, desde el British Council, se me ha propuesto
mantener un coloquio en Berlín con un autor inglés, sobre Shakespeare y
Cervantes, en el marco de una exposición dedicada a los dos genios.
Sobre el uno o el otro se me han solicitado textos desde diferentes
países, y casi todas estas peticiones las he declinado (uno podría
pasarse 2016 dedicado en exclusiva a estos menesteres, y soy de los que
creen que las obras perfectas no hay que manosearlas ni menos aún
“reescribirlas”) . Alguna aportación he hecho en España, pero para el
sector privado. La única propuesta que me ha venido del público, creo,
era una majadería para Televisión Española, participar en la cual habría
sido menos motivo de satisfacción que de sonrojo. Al Gobierno le han llovido los reproches, con razón. Pero ¿qué se
esperaba de una administración que, durante cuatro años, no ha hecho más
que empobrecer y hostigar a los representantes de la cultura? Y
Cervantes, aunque muerto y bien muerto, no deja de ser uno de ellos . Eso
sí, el próximo 23 de abril veremos las consabidas colas de políticos,
escritores y figurones para leer en voz alta un fragmento del Quijote
(pésimamente y sin entonación, las más de las veces), esa chorrada ya
institucionalizada. La mayoría se hará una foto, volverá a casa muy
ufana y no abrirá de nuevo ese libro en su vida. En realidad no sé por
qué nos escandalizamos ¿Por qué habría de importarle Cervantes a una sociedad ahistórica y
tirando a iletrada? En España pocos conocen nuestro pasado y además a
casi todos nos trae al fresco. Ni siquiera hay curiosidad. Este año será
el tricentenario del nacimiento de Carlos III, el mejor Rey que hemos
tenido junto con Don Juan Carlos, pero la mayor parte de los españoles
es incapaz de decir una palabra sobre su figura. El conjunto de la
población, ¿sabe algo de las Guerras Carlistas, que fueron tres nada
menos y no están tan lejanas? ¿Sabe que en 1898 estuvimos en guerra
contra los Estados Unidos? Son sólo un par de ejemplos de la ignorancia
brutal y deliberada que nos domina desde hace décadas. Hace poco, el
grupo socialista del Ayuntamiento quiso quitar de la Plaza de la Villa
madrileña la estatua de Don Álvaro de Bazán para colocar en su lugar una
–la enésima en la capital– del alcalde Tierno Galván –muy llorado, eso
sí, como todos los aduladores de jóvenes–. Eso denota visión histórica y
sentido de las prioridades. Los cretinos municipales del PSOE
probablemente ignoran que Don Álvaro intervino decisivamente en Lepanto y
en otras hazañas militares; o quizá sea eso, que sus hazañas son hoy
“condenables” por haber sido militares.
Hace no mucho dije en otra columna que la actitud general de los
españoles respecto al pasado viene a ser esta: “Los muertos no nos
conciernen”. La gente que no está aquí, que carece de poder e
influencia, que no hace el memo para distraernos, que no suelta
idioteces en las redes para que reaccionemos con furia; la gente a la
que ya no podemos zaherir ni poner zancadillas ni hacer daño, la que no
forma parte de la bufonada perpetua que nos alimenta, del jolgorio zafio
y la chanza malintencionada, la gente que no puede indignarnos porque
lleva mucho o poco criando malvas, ¿qué nos importa? A los políticos,
desde luego, sólo les interesan aquellos que pueden ser utilizados, o
arrojados a la cara del contrario: Lorca y Machado por razones obvias,
un poco Hernández y Cernuda, y pare usted de contar o casi.
Pero
¿Cervantes? Ni siquiera sabemos si sería de derechas o de izquierdas,
para qué nos sirve. Al Gobierno le han caído regañinas justas por su
desidia, y sin embargo, ¿han oído decir una palabra sobre el autor del
Quijote, en estos meses transcurridos de su año, a los dirigentes del
PSOE, Podemos o Ciudadanos, no digamos a los de Unidad Popular, PNV, ERC
(y eso que hay dementes muy serios que insisten en que Cervantes era un
catalán más, escamoteado)? En realidad, en España se procura matar a los muertos, ya es bastante
molestia que haya vivos ocupando sitio (“nuestro sitio”) como para
encima hacérselo a los difuntos . Shakespeare está vivo y omnipresente no
sólo en la cultura y en la sociedad inglesas, sino en el mundo entero. Cervantes no tanto, por mucho que unos cuantos todavía adoremos su
simpática figura y su obra. ¿Cómo podría estarlo al mismo nivel que su
contemporáneo, si en su país lo que se pretende es que se hunda de una
vez en el hoyo y en el mayor olvido posible? Aquí ese es el sino de
cuantos “dan su espíritu” y ya no alientan, sea desde ayer o desde hace
cuatro enteros siglos.
Encuentro conmovedor que los humanos nos hayamos inventado todos estos cuentos fundacionales que son las religiones.
NUNCA fui muy religiosa, ni siquiera en la niñez, y me considero
agnóstica desde hace muchísimos años. Y no digo atea, aunque me sienta
muy cerca, porque tampoco tenemos pruebas irrefutables de la
inexistencia de los dioses (de algún tipo de principio que alguien pueda
llamar dios) y la vida es indudablemente un gran misterio. Eso sí, soy
bastante anticlerical, aunque sé bien que hay muchos frailes y monjas,
lamas e imames, sacerdotes y sacerdotisas que se dejan la piel y a veces
la vida por los demás con generosidad admirable. Pero mi
anticlericalismo, que es recio y en ocasiones rabioso, tiene que ver con
el poder de las instituciones religiosas, con el abuso de ese poder y
con las aberraciones a las que pueden llegar los clérigos de los
diversos aparatos eclesiales, desde las hogueras de la Inquisición hasta
las carnicerías del Isis. Sin embargo, la historia de las religiones siempre me ha fascinado. Encuentro profundamente conmovedor que los humanos, en nuestro dolor,
nuestra indefensión y nuestra infinita pequeñez, nos hayamos inventado
todos esos cuentos fundacionales que son las religiones, esas figuras
sobrenaturales a las que pedir ayuda y consuelo. Como niños abandonados
en la oscuridad, hemos tenido que imaginar que en algún lugar había unos
padres capaces de guiarnos, unos padres que conocían todas las
respuestas del inmenso, demoledor enigma de la vida. Y esos cuentos que
nos hemos ido contando dicen mucho de quiénes somos, de lo que tememos y
de lo que queremos.
Por eso me apena la ignorancia absoluta de los mitos religiosos de
nuestra cultura por parte de los jóvenes. El otro día vi Exodus, la
interesante película de Ridley Scott sobre la vida de Moisés, con una
amiga de 20 años muy inteligente y muy culta. Pues bien, a pesar de que
es una chica extraordinaria para su edad, no tenía ni idea de la
historia, apenas le sonaba vagamente que había un mar que se abría y ni
siquiera sabía que Moisés era el de los Diez Mandamientos. Y así, en tan sólo un par de generaciones perderemos un cúmulo de
referencias legendarias, arquetípicas y simbólicas que nuestros
antepasados se han ido transmitiendo los unos a los otros durante
milenios. Por no hablar de que infinidad de cuadros, poemas, obras
dramáticas y narrativas de nuestra tradición resultarán incomprensibles. No sé, me parece que hay parte de la izquierda que se hace cierto lío
con estos temas. Yo creo que el laicismo es un logro monumental de la
civilización, del progreso y del pensamiento humano; pero el laicismo
consiste en la independencia absoluta del Estado de toda influencia
religiosa, no en olvidar nuestros mitos o en rechazar tradiciones
sincréticas tan bellas como las procesiones de Semana Santa, por
ejemplo. Hay un chiste maravilloso que expresa a la perfección la emoción
agridulce que despierta en mí la cuestión religiosa: un par de ratitas
van por la calle y de pronto una de ellas mira hacia el cielo y ve pasar
un murciélago. Arrobada, pone los ojos como platos y exclama: “Oh, Dios
mío, ¡un ángel!”. En esa pobre rata nos veo a nosotros, con la tierna, inocente necesidad
de inventarnos bellos milagros, pero también con la embrutecedora
ignorancia de no saber que esa criatura celestial no es más que un
mamífero placentario quiróptero. Pero, aun así, el suspiro extasiado de
la ratita encierra algo hermoso. Las religiones organizadas han sido
demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más
espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el
impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad,
de fraternidad y de belleza. El otro día me encontré en el parque del
Retiro a una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y
diademas de punto que ella misma tricotaba. Era extranjera, no sé de
dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa, limpia pero raída,
como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era
hermoso. Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba
el lugar. Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias
por su arte. Y entonces sonrió y me dijo: “Que tus dioses te protejan”.
Sí: en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos
nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser
mejores. “Que tus dioses te protejan”, me deseó la preciosa anciana. Y ¿saben qué? Me sentí verdaderamente bendecida.
Un paseo por Prípiat, centro del peor accidente nuclear de la historia, 30 años después.
Chernóbil, la sombra de una catástrofe.PEPPINO MOLINA
Eran los últimos días de abril de 1986, había llegado la primavera y
Víktor Kibenok no podía ser más feliz
. Su esposa, Tatiana, y él tenían
23 años, estaban enamorados y esperaban su primer hijo, conscientes de
la suerte que tenían de vivir en un moderno piso de dos dormitorios en
la ciudad más nueva y glamurosa de Ucrania, tal vez de toda la Unión
Soviética.
Prípiat, con 43.000 habitantes, era un monumento al sueño socialista.
La avenida Lenin, la principal vía de la ciudad, era amplia y arbolada,
flanqueada por relucientes bloques de viviendas de color blanco
. Las
señales de neón con la hoz y el martillo colocadas en las farolas
iluminaban las calles de noche. De día, los rosales en flor alegraban
los parques.
Había un teatro en la misma calle en la que vivían los Kibenok, en el
que se representaban obras que conmemoraban la revolución de 1917, la
victoria sobre el fascismo en la Segunda Guerra Mundial y los logros
obtenidos por el Partido Comunista desde entonces; tenía la comodidad de
contar con un colegio excelente cerca, así como un polideportivo con
una piscina olímpica, un restaurante que los fines de semana se llenaba
de jóvenes familias, un estadio de fútbol, un hotel de lujo en el que se
alojaban las figuras del partido y los científicos destacados que
llegaban desde Moscú a inspeccionar la fuente de orgullo, satisfacción y
empleo para la ciudad, la central nuclear de Chernóbil, a solo tres
kilómetros.
Lo que más ilusión hacía a la joven pareja era que se
acababa de terminar la construcción de un parque de atracciones cuya
esperada inauguración oficial estaba prevista para el 1º de Mayo, la
gran fiesta nacional.
Tatiana y Víktor aguardaban con impaciencia el día
en el que pudieran llevar a su pequeño a montar en la noria y los
coches de choque.
Las cosas les iban bien y prometían ir mejor, pero Tatiana tenía un
motivo especial para estar contenta de haberse ido con Víktor de su
ciudad natal, Ivankiv, a 50 kilómetros al sur.
La novia anterior de
Víktor había sido la mejor amiga de Tatiana.
En su círculo social, todos
habían tachado a Tatiana de traidora y ladrona
. Nadie parecía echar la
culpa a Víktor, a quien sus viejos amigos recordaban como el chico más
popular de la clase.
Ahora era bombero, y a todo el mundo le gustan los
bomberos, pero además era divertido, lleno de energía, afable y listo,
dado a soltar ilusionantes consignas filosóficas del estilo: “Disfruta
de la vida. No tienes más que una”.
Adentrarse aquí es viajar a un estado radiactivo dentro de otro estado
La noche del 26 de abril, justo antes de la 1.30, sonó el teléfono.
Se había producido un accidente en la central nuclear
. Necesitaban que
Víktor fuera inmediatamente
. Y aquello fue el fin de Prípiat y del sueño
de los jóvenes enamorados.
Al frente de un equipo de siete bomberos que recibieron la orden de
entrar en el reactor nuclear número cuatro, cuyo tejado de mil toneladas
había saltado en pedazos por una explosión, Víktor cumplió con su
deber, plenamente consciente de que podía costarle la vida
. A
trompicones entre los escombros, casi sin ver por las nubes de polvo
nuclear de un color gris lechoso, él y sus hombres lucharon para apagar
las llamas y se expusieron a una radiación un 50% superior al extremo
letal que puede soportar un ser humano.
El rostro juvenil de Víktor
enrojeció en 15 minutos como si hubiera estado todo un día expuesto a un
sol feroz, y empezó a caérsele la piel
. Pero mucho peores fueron las
lesiones invisibles.
La radiación empezó a matar en silencio sus células
sanguíneas y a atacar sus órganos vitales. Aquejados por náuseas y
temblores, deseando creer que se debía al espeso humo, Víktor y sus
hombres fueron trasladados en plena noche a un hospital en Kiev, a dos
horas de distancia; un par de días después lo llevaron de allá en avión a
Moscú.
Tatiana llegó a la cabecera de su cama y le dijo que en su pueblo
estaban calificándole de héroe, que habían llegado otros equipos de
bomberos de todas partes y las llamas que rodeaban el núcleo ardiente
del reactor se habían apagado finalmente al amanecer, con lo que se
había conseguido el objetivo crítico de evitar que se extendieran al
reactor número tres, que estaba justo al lado
. Pero las consecuencias
del desastre habían sido mucho mayores de lo que pensaron en un
principio: el mundo entero estaba conmocionado.
El viento había
arrastrado partículas radiactivas hacia el norte, a la vecina
Bielorrusia; se había detectado un aumento de la radiactividad hasta en
Dinamarca.
Tatiana le dijo a Víktor que temía que no podrían volver a
casa
. Habían evacuado Prípiat al día siguiente de la explosión, se
habían llevado a todos los habitantes en una flota de 1.200 autobuses, y
todas sus posesiones habían quedado atrás.
Víktor y su equipo de bomberos permanecieron en una sala aislada,
cada vez más débiles y con más dolores a medida que pasaban los días,
mientras los médicos debatían, perplejos, cómo salvarlos. Siempre
optimista, Víktor instaba a sus camaradas a mantener el ánimo.
“¡Aferraos a la vida!”, les decía
. El 11 de mayo, no pudo seguir
aferrándose más.
Murió y los médicos le dijeron a Tatiana que el hijo
que esperaba, que pensaban que debía de estar contaminado por el
contacto de ella con el padre, debía morir también Ella siguió su
consejo y abortó.
Este búnker de acero y
hormigón, realizado a toda prisa tras el accidente, alberga el reactor
nuclear que explotó en 1986 y que ahora se pretende blindar con más
garantías con una nueva construcción. Fernando Moleres
Treinta años después, en un mundo al que aún le sobrecoge la palabra
Chernóbil, visito la que fue la ciudad modelo soviética en la que vivían
Víktor y Tatiana. Prípiat, versión siglo XXI de las antiguas ruinas
mayas, es el lugar más tenebroso en el que he estado en mi vida
. Cuando
los habitantes, un tercio de los cuales eran niños, recibieron la orden
de la policía y el Ejército de subir a los autobuses, el 27 de abril de
1986, lo hicieron creyendo que pronto iban a regresar.
Les dijeron que
solo se llevaran los documentos de identidad, algo de dinero y la ropa
que llevaban puesta.
Desde entonces ha sido una ciudad fantasma.
En la carretera casi desierta que va a Prípiat desde la ciudad natal
de Víktor y Tatiana, Ivankiv, donde yo había pasado mi primera noche en
la zona, atravesé dos controles militares, el primero en el límite de la
zona de exclusión de Chernóbil, con un radio de 30 kilómetros, y el
segundo, con una vigilancia más estricta, en el límite de los 10
kilómetros.
En este Estado radiactivo dentro de un Estado, los bosques
son altos y densos, las granjas están en ruinas, y la tierra es llana y
está manchada de una contaminación invisible, como permanecerá durante
los próximos 100.000 años o más.
El camino para llegar al centro de la ciudad es la otrora espléndida
avenida Lenin, que hoy tiene cráteres más que baches, y en la que el
paseo que sirve de mediana está repleto de maleza
. Los edificios de ocho
plantas a cada lado han pasado del blanco al gris, tienen las ventanas
rotas y resultan pequeños al lado de unos árboles inmensos que en otro
tiempo quizá se podaban pero que nunca más se podarán
. La noria del
parque jamás inaugurado al que va a parar la avenida se alza oxidado e
inmóvil. También están oxidadas las estatuas de la Segunda Guerra
Mundial, cuyo recuerdo los ucranios tienen siempre fresco en sus mentes.
Puertas destrozadas, paredes desconchadas, sillas y pupitres rotos son
lo que queda de las aulas y los pasillos del mayor colegio de Prípiat,
donde, en medio de los escombros y los cristales rajados, se ven
montones de máscaras de gas sin usar, muñecas de plástico rotas, mapas
polvorientos del viejo imperio soviético y libros de texto en cuyas
cubiertas medio desgarradas figuran fotografías de Vladímir Lenin con
abrigo, corbata y gorra.
Subo a la azotea del edificio más alto de Prípiat, de 16 plantas,
encarándome con recelo por escaleras de piedra agrietadas, sorteando con
dificultad masas de hierro retorcido, deteniéndome aquí y allí para
mirar en los apartamentos destruidos, todos idénticos –dos dormitorios,
un pequeño salón, un cuarto de baño y una cocina más pequeños aún– y
todos vacíos salvo por algún somier roto o alguna estufa roñosa.
No se
ve ninguna nevera, ni colchón, ni zapato.
Ni un cuchillo o tenedor.
Los
residentes no volvieron nunca a recuperar sus pertenencias. Todo fue
saqueado, dicen, por miembros del Ejército en complicidad con el crimen
organizado.
Al mirar desde la azotea sobre esta metrópolis posapocalíptica y, más
allá, al paisaje plano como el mar hasta el horizonte, la idea obvia me
viene a la mente: si alguien buscara una metáfora de la decadencia, la
corrupción y la caída de la Unión Soviética, aquí está.
Aquel
experimento de ingeniería humana fracasó, igual que el experimento
nuclear de Chernóbil. Hoy, bajo un sistema capitalista que aún no ha
producido dividendos para la mayoría de los habitantes de Ucrania, la
humanidad está intentando recomponerlo.
El lugar exacto en el que sucedió la catástrofe, a solo cinco minutos
en coche de Prípiat, es un gigantesco solar en construcción, tan
dinámico y pululando de vida como muerta está la ciudad.
Más de 2.500
trabajadores, empleados por un consorcio internacional que encabeza una
empresa francesa llamada Novarka, se empeñan en una hazaña faraónica
cuyo propósito es asegurar el reactor nuclear destruido contra las
filtraciones radiactivas, al menos durante los cien próximos años
. Un
antiguo oficial del Ejército soviético, Nikolái Yakovishin, es uno de
los ingenieros responsables de la operación.
Si antes tenía órdenes de
hacer que el mundo fuera más peligroso, hoy dirige una misión para
hacerlo más seguro. El gran arco (arriba) que acogerá el nuevo sarcófago. Fernando Moleres
Nikolái, de 59 años, es ingeniero de formación y graduado de élite de
la academia militar soviética en Moscú.
Su último trabajo como soldado
fue ser jefe de gabinete en una base de armamento nuclear secreta en el
sur de Ucrania, donde esperaba instrucciones para lanzar misiles
balísticos intercontinentales en dirección a Londres, Washington o Nueva
York.
Por fortuna para el mundo, las instrucciones no llegaron nunca;
por desgracia para él, un acuerdo firmado entre Bill Clinton y Borís
Yeltsin en 1996 cerró su base y le dejó sin empleo
Nikolái, un hombre delgado y enjuto de rostro curtido, me dice que lloró el día que colgó el uniforme por última vez.
Pero entonces el antiguo enemigo acudió al rescate
. Una empresa
estadounidense le dio trabajo, la tarea de reparar y mantener la
maquinaria pesada de las bases militares de ese país en varias partes
del mundo.
Aprendió inglés y después del 11-S se encontró ayudando a los
norteamericanos a prepararse para la guerra en Afganistán; en 2005 pasó
a Irak, donde confraternizó y bebió con los soldados estadounidenses en
el Campamento Victoria de Bagdad.
“Un día, un oficial americano me
dijo: ‘Si te hubiera visto hace 15 años, te habría matado’.
Yo me reí”,
recuerda Nikolái, “y le dije: ‘¡No, yo te habría matado a ti!”.
Desde 2012, año en el que dejó la empresa estadounidense y fue
reclutado por Novarka, su misión trata de evitar la pérdida de vidas; y
hoy lo hace al frente de un equipo que hace un ataúd gigante.
Por lo
menos, así es como he visualizado una construcción que lleva cuatro años
en marcha y a la que los trabajadores de la zona denominan “el Arco”;
su nombre oficial es “el nuevo contenedor seguro” o “el nuevo refugio”.
Otra imagen que me sugiere es la de un enorme hangar, un edificio
abovedado de acero que tiene 110 metros de alto, 160 metros de largo y
260 metros de ancho, que es más alto que la Estatua de la Libertad y más
pesado que la Torre Eiffel
. En su interior podría caber un estadio de
fútbol de 50.000 espectadores.
¿Cuál es su propósito? Cerrar herméticamente el reactor que explotó
en 1986, para impedir que las 200 toneladas de combustible nuclear
fundido, radiactivo y volátil en su núcleo sigan constituyendo un
peligro para el planeta Tierra
. O, como explica Nikolái:
“Conocemos la
teoría, la base científica, pero no estamos seguros al cien por cien de
la práctica.
No sabemos con exactitud qué sucede dentro, cómo está
reaccionando el material nuclear o cómo puede hacerlo en el futuro.
Lo
que sí sabemos es que debemos encerrarlo”.
Los niños hacen cola en el hospital para pasar el control de radiación
Eso no significa que el infame cóctel haya estado alegremente
expuesto a los elementos estos 30 años
. Los soviéticos completaron la
construcción de su propio edificio de contención –lo llamaron “el
sarcófago”– seis meses después de la explosión.
Pero fue un trabajo
apresurado y en 2011 el edificio perdió eficacia y fiabilidad, de modo
que desde entonces la gente de Novarka ha estado parcheando cuanto ha
podido.
Algunos de los 2.500 trabajadores involucrados en el proyecto se
dedican a asegurar el viejo reactor, una tarea que puede ser peligrosa y
que les exige llevar máscara, gafas y trajes blancos como de
astronautas; otros se centran en la construcción del Arco, una labor
menos insegura, pero más compleja.
Menos insegura porque se construye a 200 metros del reactor y porque
antes de empezar a edificarla pasaron dos años y medio limpiando los
restos de radiactividad.
La pregunta que me hice cuando estaba en el
interior de la inmensa bóveda fue cómo van a colocarla sobre el reactor
dañado cuando se termine, supuestamente a finales de este año.
Nikolái
me lo explicó con un lenguaje que no comprendí del todo, pero que
incluía un sistema hidráulico de deslizamiento “con una tracción de
130.000 caballos”.
Tendrán que ser unos caballos que se muevan con gran
suavidad, porque no se permite la menor trepidación, ni ningún falso
movimiento que pueda variar incluso un milímetro el ángulo del Arco
mientras recorre su camino a una velocidad prevista de 10 metros por
hora.
“Estamos trabajando”, dice Nikolái, “en la frontera de la física y la
ingeniería técnica”. Me lo creo. El proyecto, que cuesta a la Unión
Europea, Estados Unidos, Japón y Ucrania 2.200 millones de dólares, es
una maravilla del genio humano.
Y una belleza, una fusión de arte e
ingeniería que combina ecos arquitectónicos del Museo Guggenheim de
Bilbao con las dimensiones de un superpetrolero
. Por un lado está el
tamaño brutal del Arco y las grúas necesarias para construirlo; por
otro, es una obra con 2,4 millones de tornillos que deben encajar en sus
respectivos agujeros con exactitud milimétrica, una precisión de
relojero suizo.
Dos obreros pasan el
tercero de los cuatro controles de seguridad después de haberse
adentrado en el área contaminada de radiación. Fernando Moleres
En cuanto a la seguridad, ni Nikolái ni la docena de trabajadores con
los que hablé parecían especialmente preocupados
. Nikolái, gran
fumador, dice que el tabaco le matará antes que la radiación
. Eso es
algo que él y los demás tienen que agradecer a un equipo dirigido por un
inglés llamado David Driscoll, que ha establecido un riguroso sistema
de normas según las cuales todos los trabajadores deben llevar el traje
de protección todo el tiempo, someterse a exámenes de radiación
constantes cuando pasan de zonas limpias a zonas sucias
o llevar siempre encima dos pequeños dosímetros que miden los niveles
de radiación de manera instantánea y registran la exposición diaria de
cada persona en una base de datos informática
. Ningún trabajador ha
resultado dañado por la contaminación desde que comenzaron las obras, en
2008.
Yo pasé dos días en el sitio y el número dos de
Driscoll, un francés llamado Patrick Chabrier, me dijo que estaría
expuesto a la misma dosis de radiación, o más, en un vuelo de Londres a
Nueva York. Dicho esto, me alegré de marcharme de ese lugar
. La extrema
seriedad con la que se aplican las normas de seguridad y el consenso
global sobre la necesidad de construir un arca tan vasta a un precio tan
alto dan la medida de las incógnitas científicas a las que aludía
Nikolái a propósito de la estabilidad de la enigmática basura nuclear
que aún se agita en el núcleo del reactor destruido.
Un estudio de Naciones Unidas calcula que las muertes directamente
relacionadas con la catástrofe de Chernóbil fueron 49, una cifra que
incluye al bombero Víktor Kibenok.
En cuanto a las muertes prematuras
vinculadas con la radiación liberada, el estudio ofrece una estimación
de 4.000, por el aumento de los casos de cáncer en las proximidades de
la vieja central. Sin embargo, en la ciudad de Ivankiv, donde regreso
después de visitar las obras, no están conformes con esos datos.
La responsable del hospital local, Oksana Kadun, dice que existen
motivos para seguir alarmados sobre la posible repercusión en los hijos
de los habitantes locales y los hijos de esos hijos
. Hablamos en una
sala de consultas en la que hay niños y niñas en cola para sentarse
delante de un aparato que comprueba sus niveles de radiación
. Las
pruebas se hacen periódicamente y son obligatorias para todos los
menores de 18 años.
Delante de un gran mapa de la zona de Chernóbil en
el que los distintos niveles de radiación están señalados con diferentes
colores, la doctora Kadun dice que casi todos los alimentos consumidos
en la región –leche, fruta, hortalizas, carne– tienen niveles más altos
de los normales
. En teoría, la gente podría comprar productos de zonas
más seguras, pero la mayoría es demasiado pobre para poder permitírselo,
explica.
“Antes de la catástrofe no había más que dos casos
documentados de cáncer de tiroides en Ivankiv, y eran unas mujeres
mayores de 70 años.
Desde entonces hemos tenido 84 casos, cuatro de
ellos, niños”.
La mayor preocupación de la doctora Kadun, una mujer de aspecto
severo e imponente, es qué va a suceder a partir de ahora:
“Las
perspectivas genéticas no están nada claras.
Es cierto que los niveles
de radiación que encontramos en los niños no son letales, pero cualquier
nivel puede ser peligroso.
No existen datos científicos para saber qué
mutaciones genéticas pueden estar produciéndose en sus cuerpos.
No
sabemos qué consecuencias sufrirá la próxima generación nacida aquí.
Convivimos con una sensación de riesgo”.
“Los soldados intentaron echarme, pero me quedé. esta es mi casa”
Y cierta sensación de aprensión también, a la que contribuyen los
planes del Gobierno central de Kiev para crear un cementerio de residuos
nucleares dentro de la zona vecina de exclusión.
La mayor parte de la
población local rechaza la idea.
Por eso dimitió Anatoly Sviridenko, un
hombre grande y fuerte que hasta hace poco era alcalde de Ivankiv.
“Están planeando enterrar aquí unos contenedores llenos de residuos
nucleares sin tener en cuenta ni en lo más mínimo la salud de los
habitantes”, me dice, justo después de una tormentosa reunión sobre este
tema en el Ayuntamiento con contratistas privados y representantes del
Gobierno central. “Tienen previsto comenzar los trabajos a finales de
2017”, continúa Sviridenko, y esa fecha es, casualmente, cuando está
programado que el Arco quede definitivamente instalado en la vieja
central, lo que permitirá emprender la siguiente fase de la limpieza, la
tarea inmensamente delicada –que se prevé que harán robots– de sacar
las 200 toneladas de basura nuclear del reactor.
“Lo que tienen pensado
aquí es no solo enterrar nuestros residuos nucleares, sino convertirlo
en vertedero para residuos nucleares de todo el mundo”, explica
Sviridenko. “Pero vamos a luchar hasta el final. Si vienen, levantaremos
barricadas”.
Son gente dura en esta zona, reflexiono al acercarse el final de mi
estancia de cinco días en la región de Chernóbil
. Todos son más pobres
que los más pobres de nuestras mimadas democracias occidentales
. Pocos
ganan más de 50 euros mensuales.
Sviridenko puede ser un personaje
importante en Ivankiv, pero el único aseo de su casa está fuera, en un
cobertizo, lo cual no es ninguna broma en los inclementes inviernos
ucranios.
En cuanto a los ancianos y los desempleados, he conocido a
unos cuantos y he acabado pensando que una cosa es ser pobre en
Mozambique o Ruanda, donde brilla el sol, y otra serlo en un lugar como
este, en el que nieva la mitad del año.
Tampoco hay que olvidar,
hablando de ataúdes y cementerios, la historia de Ucrania en el siglo
XX.
En mi última tarde conozco a una persona que sufrió los horrores de
toda esta historia en carne propia
. Vive en otra ciudad fantasma de la
zona de exclusión de Chernóbil, menos conocida que Prípiat, llamada
Poliske.
Antes de la catástrofe vivían aquí 20.000 personas.
Hubo que
esperar a que Ucrania obtuviera su independencia de la Unión Soviética,
en 1991, después de un referéndum en el que votó a favor el 92,3% de la
población, para que al Gobierno se le ocurriera que también había que
evacuar Poliske
. Se fueron todos menos 20, de los cuales han muerto 17,
en su mayoría de viejos.
Una de los tres que quedan es Alla Ivanivna,
que tiene 87 años.
Me recibe en la puerta de su casita, en realidad poco más que una
cabaña desvencijada, donde vive en la más profunda, húmeda y helada
soledad.
Tiene demasiado amor propio para dejarnos entrar al fotógrafo y
a mí; dentro está todo hecho un lío, dice.
Lleva un abrigo de lana
sintética cerrado en la cintura con un trozo de cuerda, un gorro de piel
y botas, pero no calcetines.
La tierra está cubierta de nieve, pero
bajo el abrigo puedo verle las espinillas, moradas y venosas.
¿Por qué no se fue con los demás? “Porque esta es mi casa”, responde,
pero no enfadada, ni desafiante, ni amargada.
“Aquí nací yo y aquí
nacieron mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos
. Intentaron echarme
los soldados a punta de pistola, pero les dije que antes tendrían que
matarme”. Sonríe al decirlo y empieza a parlotear, sin dejar de sonreír e
incluso soltar risitas
. Es la anciana más dulce que se pueda imaginar, y
se alegra de tener a alguien con quien hablar; se alegra también de
que, como esperábamos encontrarla, le hemos traído comida para varios
días
. Casi no puede andar sin apoyarse en la pared, pero se las arregla
para encender un fuego en el que cocinar; la luz se la da un generador, y
una persona le lleva una vez al mes comida con el dinero de su pensión,
de 40 euros.
Alla lo ha vivido todo.
Con cuatro años sobrevivió a la hambruna de
1932 y 1933 que provocaron los soviéticos y que mató a 3,5 millones de
ucranios; aguantó la ocupación de Poliske por los nazis (“hicieron cosas
terribles”, dice) entre 1941 y 1943; su marido falleció en un accidente
de coche en 1949, cuando ella tenía 20 años; trabajó de contable y
soportó los años de estalinismo; después llegó Chernóbil, y aquí está
ahora, una presencia que me recuerda un verso de T. S. Eliot, “una cosa
infinitamente tierna, sufriendo infinitamente”.
Esa es Alla Ivanivna, en
carne y hueso.
Tierna pero, como el viejo soldado Nikolái Yakovishin, resistente;
desafiante, como Anatoly Sviridenko y Oksana Kadun; superviviente, como
toda la gente nacida en esta parte del mundo.
Y es valiente también,
como lo era uno que no sobrevivió, Víktor Kibenok, que tiene un
monumento en su honor en un parque de Ivankiv, junto a otros que
recuerdan a los que murieron durante la gran hambruna y a los héroes
caídos de la Segunda Guerra Mundial.
Aquí no les preocupan ni el
colesterol, ni los peligros del tabaco, ni la necesidad de comer huevos
de gallina campera o judías de cultivo orgánico.
Les preocupa
sobrevivir, tanto a los viejos como a los jóvenes, acosados por los
recuerdos de los horrores históricos, rodeados de ciudades fantasma,
siempre bajo la sombra de la catástrofe.
La que sacudió al mundo en
Chernóbil no es más que la última de tantas, una cuya amenaza seguirá
estando presente aquí, y solo aquí, durante los próximos 100.000 años. elpaissemanal@elpais.es