De acción
son las mejores películas que he visto en los últimos años del cine
español, con la excepción de 'El artista y la modelo'.
Luis Tosar y Rodrigo de la Serna, en 'Cien años de perdón'.
Hace veinte años vi en el festival de Berlín la ópera prima de un
director español (o vasco o catalán, no sé, me pierdo en eso de las
nacionalidades) llamado Daniel Calparsoro titulada Salto al vacío.
Y existía vértigo en ella y las transparentes huellas de un director con pretensiones de estilo, de originalidad, de destroyer.
Como la mayoría de los experimentos, me resultaban fatigosos los suyos,
aunque había secuencias, como la de esa actriz atractiva pero con
vocación de parecer rarita llamada Nawja Nimri pasando con su boca y a
toda hostia papelas de caballo en un paisaje siniestro, que revelaban a
alguien que sabía retratar sensaciones con su cámara.
CIEN AÑOS DE PERDÓN Dirección: Daniel Calparsoro. Intérpretes: Luis Tosar, Patricia Vico, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo. Género: thriller. España, 2016. Duración: 98 minutos.
Y la continuidad de la carrera de este señor tan desgarrado, airado y
moderno no me fascinó durante demasiado tiempo.
Y vale, todos
evolucionamos, excepto los tontos irremediables (yo lo soy), y el tiempo
puede lograr que renuncies parcialmente a tu furiosa autoría para
convertirte en un profesional, uno de los conceptos más nobles y
admirables que existen (no hay muchos que tengan lo que hay que tener,
que hagan muy bien su trabajo sin reclamar el título de artista), que
incluso en un universo tan cutre y degradado como el de las series de
televisión españolas, te las ingenies para hacer cosas dignas, que
decidas convertirte en un buen narrador de películas de acción. Hay
quien menosprecia o desdeña el género.
Allá ellos. Yo creo que Hawks,
Ford y Hitchcock hacían películas de acción y que transmitían
sentimientos en medio de ella. No conozco a nadie mejor.
Luis Tosar y Rodrigo de la Serna, en 'Cien años de perdón'.
Hace veinte años vi en el festival de Berlín la ópera prima de un
director español (o vasco o catalán, no sé, me pierdo en eso de las
nacionalidades) llamado Daniel Calparsoro titulada Salto al vacío. Y existía vértigo en ella y las transparentes huellas de un director con pretensiones de estilo, de originalidad, de destroyer.
Como la mayoría de los experimentos, me resultaban fatigosos los suyos,
aunque había secuencias, como la de esa actriz atractiva pero con
vocación de parecer rarita llamada Nawja Nimri pasando con su boca y a
toda hostia papelas de caballo en un paisaje siniestro, que revelaban a
alguien que sabía retratar sensaciones con su cámara.
CIEN AÑOS DE PERDÓN Dirección: Daniel Calparsoro. Intérpretes: Luis Tosar, Patricia Vico, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo. Género: thriller. España, 2016. Duración: 98 minutos.
Y la continuidad de la carrera de este señor tan desgarrado, airado y
moderno no me fascinó durante demasiado tiempo.
Y vale, todos
evolucionamos, excepto los tontos irremediables (yo lo soy), y el tiempo
puede lograr que renuncies parcialmente a tu furiosa autoría para
convertirte en un profesional, uno de los conceptos más nobles y
admirables que existen (no hay muchos que tengan lo que hay que tener,
que hagan muy bien su trabajo sin reclamar el título de artista), que
incluso en un universo tan cutre y degradado como el de las series de
televisión españolas, te las ingenies para hacer cosas dignas, que
decidas convertirte en un buen narrador de películas de acción.
Hay
quien menosprecia o desdeña el género. Allá ellos. Yo creo que Hawks,
Ford y Hitchcock hacían películas de acción y que transmitían
sentimientos en medio de ella. No conozco a nadie mejor.
Y de acción son las mejores películas que he visto en los últimos años del cine español, con la excepción de la admirable El artista y la modelo,
de Fernando Trueba, que nunca he sabido a que género pertenece.
Alberto
Rodríguez hace películas de acción y más cosas. Enrique Urbizu hace
películas de acción y más cosas. Daniel Monzón hace películas de acción y
más cosas.
Su cine aspira a ser visto por muchos, como el de cualquier
persona sensata que se dedique al espectáculo.
Proponen una oferta que
aspira a la demanda.
Y además de entretenimiento, intriga, tensión, esas
películas intentan provocar emociones. Y responden a su visión del
mundo.
No están destinadas a cuatro onanistas mentales convencidos de
que tienen un paladar selectivo, con una sensibilidad especial para
captar el auténtico arte, sino para esa cosa tan diversa, heterodoxa y
necesaria llamada público.
En Guerreros, Calparsoro mostraba su dotes para hacer cine bélico, sin abandonar el nihilismo.
Y seguí con interés la muy profesional Combustión,
cine muy digno que podía haber sido rodado en Hollywood, aunque con un
presupuesto cien veces menor.
Y la protagonizaba una señora muy sensual,
Adriana Ugarte, que debe ser tan buena actriz que no la he reconocido
en la vida real cada vez que me he cruzado con ella en el festival de
San Sebastián.
Y en Cien años de perdón (ojalá que pudiéramos robar a los
grandes ladrones y obtener no ya cien años de innecesario perdón, sino
de agradecimiento popular), apoyándose en el guion de Jorge
Guerricaechevarría, un señor que escribe cosas distintas y con sello
propio, Calparsoro logra una película tensa, entretenida, rodada con
personalidad y oficio, con actores competentes (espléndido e inquietante
el argentino Rodrigo de la Serna), que gira alrededor del asalto a un
banco donde guardan su rapiña los rufianes más poderosos, los padres de
la patria.
Y me aclaro.
No esperen la versión española de Heat, la película que más me ha enamorado en los últimos veinte años, pero sí un producto tan visible como audible.
Los institutos Cervantes y Caro y Cuervo homenajean al Nobel con una charla entre Felipe González, Dasso Saldívar y Juan Cruz.
Felipe González, Juan Cruz y Dasso Saldívar, en el Homenaje a Gabriel García Márquez en el Instituto Cervantes. Jaime Villanueva
Este complejo marzo político de España se coló anoche, con el
expresidente del Gobierno Felipe González y el secretario general del
PSOE, Pedro Sánchez, en un homenaje celebrado en Madrid a Gabriel García Márquez,
quien tuvo varios marzos literarios en su vida
. Nació el 6 de marzo de
1927 y fue en marzo de 1944 cuando la vocación literaria y periodística
de quien firmaba entonces como Javier Garcés se despejó y tuvo gran
impulso, sin sospechar que habría de impactar a millones de personas con
su verdadero nombre.
Setenta y dos marzos después de avistar aquel horizonte literario,
tres de sus grandes lectores se reunieron para homenajearle y hablar de
las huellas que el Nobel de Literatura dejó en ellos tanto en lo
literario como en lo personal.
Anécdotas, risas, análisis críticos y
secretos compartidos por Dasso Saldívar, quien rastreó su vida varios
años hasta redactar la biografía El viaje a la semilla (reeditada ahora por Ariel); Juan Cruz,
que lo siguió como periodista y lo entrevistó muchas veces, y González,
quien, tras admirarlo como lector, lo pudo conocer y se hicieron
amigos.
A Gabo le gustaban las intrigas como a nadie y siempre buscó la
paz para Colombia.
Tenía una fe ciega en eso”, aseguró o el
expresidente.
Y, este mes de marzo, Gabo estaría feliz porque, si nada
se tuerce, el gobierno colombiano firmará la paz con la guerrilla de las
FARC.
Los tres compartieron sus experiencias, pero, sobre todo, evocaron al
autor, fallecido el 17 de abril de 2014
. Lo hicieron en la sede del Instituto Cervantes,
de Madrid, convocados tanto por este como por el Instituto Caro y
Cuervo.
Más de un centenar de personas, entre las que estaba Sánchez,
les escucharon las anécdotas relacionadas de Gabo con la infancia, los
abuelos con quienes se crio en Aracataca o su alto sentido de la
amistad.
El poder, ¿por qué le fascinaba estar cerca de los poderosos?,
preguntó Cruz al expresidente González.
“Gabo tenía una curiosidad
infinita por todo, incluso por saber qué le pasaba la gente con poder
por la cabeza antes de tomar una decisión que afectaría a millones de
personas.
Quería comprender qué era el poder”. Una de las semillas de
esa fascinación, contó Saldívar, está en que en la casa de Aracataca
donde se crio con sus abuelos maternos fue testigo del poder. "Del poder
que tenía su abuelo Nicolás en el pueblo.
La gente lo respetaba, le
pedían consejo. Todos lo conocían como el viejo general que había
participado en la Guerra de los Mil Días".
El hallazgo del escritor
Un marzo tan decisivo como el actual en España lo fue para García
Márquez el de 1944: el poeta Carlos Martín fue nombrado director de su
colegio en la helada Zipaquirá de los Andes colombianos. El futuro Nobel
tenía 17 años.
Fueron los días en que descubrió a Homero, Sófocles,
Virgilio, Dante, Shakespeare o Tólstoi.
Y si así fue como penetró en otros mundos literarios, Saldívar entró
en su universo con Cien años de soledad.
Estaba en tercero de
Bachillerato: “Lo leí porque vi su foto en un periódico y su aspecto
sonriente y antisolemne me llamó la atención. Su lectura me dejó mareado
de fascinación.
De la lectura ordenada y anotada de sus libros, me
surgió la necesidad de saber quién era García Márquez.
Todos lo leían,
pero era el gran conocido desconocido”.
Cruz también llegó a él por Cien años de soledad. “Fue un
deslumbramiento”, recordó el escritor y adjunto al director de EL PAÍS.
“Fue como entrar en otro mundo, pero no muy ajeno al mío. Lo que contaba
se parecía a lo que contaban las madres canarias a los niños con todas
esas fantasías”.
La amistad fue otro de los temas de la noche. Felipe González aseguró
que "la amistad con él era imposible de comprender sin la Gaba (como
llaman los amigos a Mercedes Barcha, viuda del escritor). Juan Cruz
recordó que en una ocasión en Cartagena de Indias cuando García Márquez
ya casi no reconocía a la gente vio a uno de sus grandes amigos, a Juan
Gossaín, y le dijo: "Yo a ti te conozco".
Y le cogió la mano y se la
besó. "Quizás fue una señal para que Gossaín escriba un libro sobre la
amistad", comentó Cruz.
Tras el primer acercamiento de Saldívar, Cruz y González a García Márquez a través de la lectura de Cien años de soledad llegaron otros libros suyos como El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada…
Pero García Márquez había entrado a la creación litearia con cuentos.
El primero lo escribió en 1944, El instante de un río, “un relato lírico
y que, aun con las ingenuidades de un muchacho de 17 años, es un texto
inaugural y revelador”, escribe Saldívar.
En él, agrega, “esboza una de
sus constantes: la trasposición poética por el reflejo de las personas y
las cosas en los espejos (del agua, del sueño, la nostalgia)”.
Impedimenta
fundamenta su catálogo en las tradiciones provenientes de la literatura
occidental y en títulos que hayan pasado la criba del tiempo.
Enrique Redel, editor de Impedimenta, parece ser el resultado de una mezcolanza perfecta entre el Mendel, de Stefan Zweig, y el Montano de Vila-Matas.
Su pasión por los libros, la vehemencia con la que defiende sus
lecturas y la fe inquebrantable que profesa hacia ellas, contagia a
cualquiera.
A él se le podría atribuir aquello que Kafka
le escribió a su enamorada Felice Bauer: “No, querida Felice, no es que
tenga una tendencia hacia la literatura, es que soy literatura”
.
Enrique Redel comanda desde hace nueve años una editorial que nació con
vocación de ocupar espacios inhabitados en la literatura de nuestro
país: “Nuestra idea inicial era establecer un nuevo canon”, afirma el
editor, que entiende la literatura como una selección de libros que te
acompañan a lo largo de la vida, libros que se protegen y guardan, que
se transportan en mudanzas... libros, en definitiva, que nos definen
mejor que cualquier biografía sentimental o profesional.
Enrique Redel, editor de Impedimenta, parece ser el resultado de una mezcolanza perfecta entre el Mendel, de Stefan Zweig, y el Montano de Vila-Matas.
Su pasión por los libros, la vehemencia con la que defiende sus
lecturas y la fe inquebrantable que profesa hacia ellas, contagia a
cualquiera. A él se le podría atribuir aquello que Kafka
le escribió a su enamorada Felice Bauer: “No, querida Felice, no es que
tenga una tendencia hacia la literatura, es que soy literatura”.
Enrique Redel comanda desde hace nueve años una editorial que nació con
vocación de ocupar espacios inhabitados en la literatura de nuestro
país: “Nuestra idea inicial era establecer un nuevo canon”, afirma el
editor, que entiende la literatura como una selección de libros que te
acompañan a lo largo de la vida, libros que se protegen y guardan, que
se transportan en mudanzas... libros, en definitiva, que nos definen
mejor que cualquier biografía sentimental o profesional.
Impedimenta fundamenta su catálogo en las tradiciones provenientes de
la literatura occidental y en títulos que hayan pasado la criba del
tiempo.
Suya es la honesta labor de recuperación de una literatura
anglosajona escrita por mujeres como Penélope Fitzgerald, Iris Murdoch o Muriel Spark
que se han convertido en verdaderos estandartes de su línea editorial.
La literatura traducida es, en este sentido, una de sus grandes bazas:
“Cuidamos mucho la traducción e intentamos jugar un papel de
intermediarios entre lo antiguo y lo moderno”, sostiene Redel. En la
editorial madrileña también ha habido espacio para autores españoles
contemporáneos como Pilar Adón, Pablo d'Ors, Eduardo Berti o Jon Bilbao, del que acaban de publicar un conjunto de ocho relatos: Estrómboli.
La nueva colección de la editorial está dedicada a los más pequeños
:
La Pequeña Impedimenta es una valiente apuesta por la literatura
infantil con una notable calidad literaria ideada para los lectores del
futuro
. El Chico Amarillo (dedicada a la novela gráfica y el cómic) es
la colección más visceral de todas, pues la afición de Redel por dibujar
y leer cómics se gesta es su infancia. La Biblioteca del Pájaro Dodó
(en la que se incluyen un diccionario de cine y otro literatura),
El
Mapa del Tesoro (libros con cierto tono vintage) conforman,
junto a la propia colección Impedimenta, el catálogo completo.
Destacan
en él, dos libros recientes de gran formato (Animalium e Historium) que se han convertido en joyas educativas para los jóvenes, una especie de libros-museo que siempre están abiertos.
El palacio sevillano, el último refugio de la duquesa, se ha convertido en museo.
El salón de la gitana, en el Palacio de Dueñas, en Sevilla. PACO PUENTES
Los limoneros del patio en el que nació Antonio Machado en 1875 dan
brillo al palacio de Las Dueñas, en Sevilla
. Sus frutos, recordados por
el célebre poeta, maduran en alcorques que podrán ser visitados dentro
de dos semanas.
Será cuando el XIX duque de Alba, Carlos Fitz-James
Stuart, abra las puertas de su segunda residencia al público por primera vez
de forma permanente y convierta el edificio, levantado en el siglo XV y
remodelado después para adecuarse al gusto renacentista, en una
casa-museo
. Patios, jardines, artesonados, yeserías, esculturas, cuadros
y tapices forjarán un recorrido en los 1.900 metros cuadrados que
podrán visitarse en el conjunto, declarado Bien de Interés Cultural.
Una
gitana de bronce contoneándose, obra del artista valenciano Mariano
Benlliure, da la bienvenida a uno de los salones que podrán visitarse
desde Semana Santa.
En un espacio flanqueado por tapices y artesonados
policromados por el que pasaron personalidades como Alfonso XIII,
Jacqueline Kennedy o Grace Kelly, los visitantes podrán recrear la vida de la familia de Alba.
"Nuestra premisa ha sido no intervenir. Mantener el estado esencial del
edificio, que no se notara que hemos pasado, teníamos el mandato de
conservar su estado como estaba.
El duque de Alba ha estado muy
implicado en el proyecto y tiene muchas ganas de abrir el palacio", ha
declarado Ricardo Gascó, gerente del proyecto, durante la presentación a
los medios este viernes en Sevilla.
Entre los espacios abiertos al público, estará el salón de Carteles,
que reúne reclamos de las fiestas de primavera de Sevilla y Jerez desde
el siglo XIX, la antecapilla y la capilla del complejo, varios patios,
el salón de lectura y el tablao en el que Cayetana de Alba, que pasó sus últimos días de vida en el edificio, bailaba flamenco con su maestro Enrique El cojo.
"Una casa vivida es una casa mantenida.
La conservación está impecable,
la intervención se ha basado en renovar las instalaciones eléctricas,
montar sistemas de vigilancia e incendios y algunas cuestiones técnicas
más", ha declarado Enrique Bonet, museógrafo del proyecto.
De las 600 piezas dispuestas durante el recorrido, entre las que se
encuentran esculturas romanas, jarrones, tapices flamencos, mobiliario y
pinturas como Epifanía de Luca Giordano o Santa Catalina entre santos,
de Neri di Bicci, habrá señalización con información en español e
inglés para 60 de ellas. "Esta iniciativa supone para Sevilla un
importante enriquecimiento en su oferta de turismo y cultural, no solo
por la familia Alba, también por Machado y sus rincones.
Es una
satisfacción que esta joya se sume a la ciudad en un periodo alcista
como la Semana Santa", ha declarado el delegado de Cultura, Antonio
Muñoz, en el acto.
Una vez concretada su fecha de apertura, las entradas
podrán adquirirse a un precio general de ocho euros, y podrá visitarse
todos los días del año excepto los días 1 y 6 de enero, y 25 de
diciembre.