Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

22 feb 2016

El legado de la Bauhaus............................................................... Anatxu Zabalbeascoa

Una muestra sobre la famosa escuela alemana hace que un puñado de creadores revisiten su legado casi un siglo después.

'Mechanical Ballet' (1923), de Kurt Schmidt, F. W. Bogler y G. Teltscher, una de las obras que se exponen en la muestra sobre la Bauhaus en el Vitra Museum.
'Mechanical Ballet' (1923), de Kurt Schmidt, F. W. Bogler y G. Teltscher, una de las obras que se exponen en la muestra sobre la Bauhaus en el Vitra Museum. / O. Eltinger
r
    ¿Se imaginan a alumnos de escuelas de moda, diseño o pintura sentando las bases de la vanguardia? Estudiantes que rompían moldes, en lugar de adaptarse a ellos. Fue uno de los legados de la mítica escuela Bauhaus, primero en Weimar y luego en Dessau, hace cerca de cien años.
    Los destacados pupilos fueron gente como Marcel Breuer, que terminaría firmando el Museo Whitney de Nueva York, o Marianne Brandt, que, siendo mujer, desafió tantas convenciones con sus diseños como con el papel que ocupó en el mundo de la creación. ¿Los profesores? Todos indispensables en el arte del siglo XX: Paul Klee, Wassily Kandinsky o Josef Albers.
    El difícil momento en el que surgió la escuela, el periodo de entreguerras, tiene paralelismos con el tiempo actual
    . El antiguo viaje de la artesanía a la industria ha sido sustituido por una sociedad analógica que cede terreno a un mundo digital.
    Por eso, cuando se acerca el centenario del gran laboratorio que mezcló artes aplicadas y arte, industria y artesanía, tradición y vanguardia, y cultura con propaganda política, aquella iniciativa resucita como modelo para la enseñanza y la creación.
     Tal es el caso de Jason Wu, director creativo de Hugo Boss, que se ha inspirado en el legado de esta escuela para componer su última colección.
    Además, la firma de origen alemán ha copatrocinado una muestra organizada por el Vitra Design Museum de Weil am Rhein y el Bundeskunsthalle de Bonn
    . De Norman Foster a Karim Rashid, un notable elenco de creadores contemporáneos juzgan hoy la Bauhaus.
    Los primeros pensamientos para fundar una escuela que rompiera la torre de marfil de los artistas mezclando creación con oficio se remontan a 1915, cuando Walter Gropius montó el departamento de arquitectura, arte y artes aplicadas en la Escuela de Artes y Oficios de Weimar, que terminaría siendo la Bauhaus.
     Aunque no se inauguró hasta 1919 y solo permaneció abierta (en tres ubicaciones distintas) hasta 1933, cuando los nazis la clausuraron, en Alemania no han querido esperar a 2019 para demostrar la vigencia de una idea transversal de las artes, que defendió cuestiones tan actuales como la responsabilidad social del artista o la importancia de la cultura cotidiana.
    Diseños de Jason Wu para Hugo Boss inspirados en la Bauhaus.
    Diseños de Jason Wu para Hugo Boss inspirados en la Bauhaus. / O. Eltinger
    Y es que más allá de la banalización de la palabra Bauhaus –asociada a la frialdad estética– o de su vulgarización –aplicada a todo tipo de productos: desde una cadena de ferreterías hasta una marca de vaqueros–, en opinión de la comisaria de la muestra, la arquitecta suiza Jolanthe Kugler, “hace 10 años no hubiera sido posible rescatar a esta escuela como base del conocimiento. Pero hoy, con los arquitectos y los artistas replanteándose su papel en la sociedad, urge hacerlo”.
    Más allá de las famosas sillas que idearon alumnos y profesores, conocer lo que motivó aquella iniciativa es clave para definir hoy el modelo de formación de los creadores “y, por supuesto, para perfilar el modelo de consumo de la sociedad”, opina Kugler.
     Puede que con los actuales coworking, crowdsourcing, la Globalpolitik o el comercio social, que cuestionan y modifican nuestra manera de producir, negociar y compartir, los diseñadores y los artistas estén cerca de los pioneros bauhausianos.

    Entre 1919 y 1933, ellos también tuvieron que tender puentes entre el arte y la industria y entre las propias disciplinas. “En esos momentos, lo que une a creadores singulares no es tanto una línea de investigación formal como una visión de la vida”, sostiene la comisaria.
    Convertida en referente, resulta pertinente rebuscar en el pozo sin fondo del laboratorio de la modernidad que fue la Bauhaus.
    Puede que usted tenga una silla Bauhaus en su casa sin saberlo.
    Puede que descanse su taza de café en una de las mesas de apoyo ideadas por Breuer y plagiadas por docenas de empresas en el mundo.
     A la Bauhaus se debe un buen número de iconos cuyas réplicas y copias han terminado por convertirse en sinónimo del mobiliario sobrio y hermético de las oficinas.
     Sin embargo, su legado es más una actitud que esos iconos, más la experimentación que las propias telas que Anni Albers dibujaba en los años veinte. Sin embargo, de reexaminar aquellas telas todavía vive la moda.
    “La estética de la Bauhaus no tiene fecha de caducidad. Es eterna”, asegura Jason Wu, director creativo de Hugo Boss
    “Lo que ocurre con la estética de la Bauhaus es que no tiene fecha de caducidad. Es eterna”, opina Jason Wu, que ha querido retomar por igual la sinergia entre disciplinas y la cultura de la funcionalidad que caracterizaron la escuela en su última colección para Hugo Boss.
    Que la estética sea eterna es, precisamente, lo que choca en una firma de moda habituada a asociar caducidad con renovación.
     “Por un lado están los cambios trimestrales; por otro, el espíritu que permanece en las colecciones”, aclara Hjördis Kettenbach, responsable de asuntos culturales de la firma.
     “La voluntad de sorprender sin chocar, de convencer desde los detalles, permite que el usuario se vista y no se disfrace”, continúa.

    “La necesidad de experimentar, de probar sin objetivo fijo, debería volver a las escuelas.
    Se obtiene mucho de no buscar algo específico”, opina Kluger.
    ¿No ha tenido la arquitectura y también la moda de los últimos años demasiado componente experimental difícil de asumir por parte del usuario? ¿Estamos preparados para ver en la experimentación y en el riesgo una salida al estancamiento cultural, económico y empresarial? La comisaria de esta muestra cree que merece la pena arriesgarse.
    La Bauhaus también tuvo una herencia negativa, víctima de mezclar ambición y propaganda. Sucede cuando se anuncian aspiraciones en lugar de resultados.
    Recuerden: los alumnos y profesores de la escuela alemana querían cambiar la sociedad, producir para todos, pero sus productos resultaron demasiado caros, no fueron para todos.
    “La Bauhaus fue buena en plantearse lo implanteable, y ese es el inicio de toda creación y descubrimiento”, insiste la comisaria de la muestra. Y explica que aquella escuela fue “lo contrario a la reforma de Bolonia, que está destrozando nuestra educación, porque no hay espacio para pensar ni lugar para lo inesperado”.
    Kugler defiende que la moda entre en las colecciones de los grandes museos porque “es el arte más cercano, nos revela más que ningún otro como individuos”
    . Sostiene que la división entre las artes no tiene sentido. “Todo está contaminado, el mundo actual es así.
    Hay muchos caminos, pero todos deberían enriquecer la vida y a las personas”.
    ¿Cómo no relacionar moda con la urgencia por la novedad que tanto ha marcado la arquitectura de las últimas décadas? “Puede que por eso debamos reflexionar y buscar otros modelos. En Art Basel no se habla ya de arte, sino de dinero y marcas. Por eso los museos deben abrir las puertas a quien tiene algo que decir”, explica Kluger.
    Así, son muchos los creadores que al examinar el legado de la mítica escuela y cuestionarla, aportan puntos de vista iluminadores. La transversalidad, el contagio entre las artes que hoy es norma habitual se empezó a ensayar entonces. Por eso Benedetta Tagliabue defiende que la Bauhaus “no era un estilo, sino una actitud”.
    Rincón de la exposición que acoge el Vitra Design Museum de Weil am Rhein (Alemania).
    Rincón de la exposición que acoge el Vitra Design Museum de Weil am Rhein (Alemania). / Mark Niedermann y Bettina Matthiesen
    Tal vez porque la muestra busca más reivindicar la mítica escuela como laboratorio que como estilo, autores de obra en las antípodas estéticas de esa modernidad, como el egipcio Karim Rashid, aseguran sentirse cercanos a ella por su defensa de la “democratización del diseño”.

     

    Sin exigencias................................................................. Javier Marías

    Si un musulmán estricto viene a Europa debe saber que aquí se representa el cuerpo desnudo desde hace unos 2.500 años.

     


    La medida ha causado considerable y merecido revuelo en casi todo el mundo, tanto por el hecho en sí como por lo que significa.
     Como ya sabrán, durante una reciente visita a Roma del Presidente de Irán, Hasan Rohaní, las autoridades italianas decidieron cubrir –más bien ocultar– las estatuas antiguas de los Museos Capitolinos, para que sus desnudos no ofendieran al alto dignatario, o tal vez no lo incitaran a pecar de pensamiento, algo que también juzgaba frecuentísimo (y tan grave como el pecado de obra o de palabra) el Catecismo católico que muchos hubimos de memorizar de niños.
    En vista de la reacción justamente indignada de numerosos ciudadanos, el Gobierno de Matteo Renzi (católico practicante, me temo que más que socialista) se ha desentendido y ha echado balones fuera: la idea no fue nuestra, no se sabe de quién partió, quizá lo exigió la propia delegación iraní.
     Pero ésta, por boca del propio Rohaní en rueda de prensa, desmintió la imposición, aunque se mostró complacida con la deferencia, más bien servidumbre:
     “No pedí nada”, dijo el Presidente, “pero sé que los italianos son muy hospitalarios e intentan hacer de todo para que uno se encuentre a gusto. Les doy las gracias por ello”.
    Poco después este hombre se desplazó a París, y allí lo que se procuró fue que no viera una gota de vino, que su fe también prohíbe. ¿Qué hacemos?, se preguntaron los franceses; porque aquí son inconcebibles una cena o almuerzo en los que no se ofrezca vino a los comensales. Démosle una merienda, en la que nos podemos arreglar con té, café y refrescos sin que nadie ponga el grito en el cielo
    . Y así se hizo.
     No hace falta recordar que el objetivo primordial de ambas visitas eran negocios, tras el levantamiento de las sanciones al régimen ayatólico. El anciano politólogo Giovanni Sartori, de 92 años, ha sido uno de los que han hablado más claro (la gente vieja tiene la ventaja de decir lo que piensa sin miedo):
     “Cubrir las estatuas es ridículo, absurdo.
    Es el reflejo de un mundo imbécil que hace sólo lo que encuentra útil y conveniente en cada momento
    . Uno tiene derecho a que se respeten sus principios y tradiciones.
    Si Irán lo tiene, también nosotros.
     Se podía haber hallado otra solución, con un recorrido distinto o un sitio diverso a un museo con desnudos, pero jamás se debió llegar a esta payasada inadmisible”.
    Y sugirió, con gracia, que se hubiera recibido a Rohaní entre Ferraris, dada la índole comercial de su embajada, con un séquito de seis ministros y un centenar de empresarios.
    Siempre me ha parecido irritante y engreído “pedir perdón” por lo que hicieron nuestros antepasados
    El episodio es chusco, en efecto, como lo es el de la merienda parisina, que ha provocado menos alboroto pero resulta igual de abyecto.
     Y los dos son sintomáticos de la cobardía y la indignidad que hoy recorren Europa.
     Es éste un continente con un ilimitado complejo de culpa y una fuerte tendencia a flagelarse, sin demasiado motivo
    . Siempre me ha parecido irritante y engreído “pedir perdón” por lo que hicieron nuestros antepasados. Ni somos ellos ni podemos arrogarnos la capacidad de hablar en su nombre.
     No podemos atribuirnos sus virtudes ni sus defectos, sus heroicidades ni sus crímenes.
     Pensar que todo eso se hereda de generación en generación, indefinidamente y hasta el fin de los tiempos, es tan arrogante como injusto y se asemeja peligrosamente al concepto de “pecado original”. Parece haberse olvidado la máxima
     “Responda cada cual de sus actos”, y no de los del abuelo, el padre o el hermano.
    Está bien, sin embargo, que no queramos ser como otros más intolerantes.
     Sería abominable que, con tanto ciudadano musulmán, nos opusiéramos a que se erigieran mezquitas en nuestro suelo, aunque en los países de esa religión no suela haber contrapartida, porque en ellos raramente se consiente la libertad de culto o el ateísmo.
     Es de cajón que la gente islámica que vive aquí observe sus preceptos, costumbres y prohibiciones, siempre que no infrinjan las leyes de todos ni atenten contra los derechos de nadie.
     Nada más lógico que no tomar por desaire que Rohaní desdeñe el vino, pero de ahí a que nadie lo tome en su presencia, a que desaparezca de las mesas porque él lo desaprueba, va un inmenso trecho. Y lo mismo para las estatuas romanas.
    Si un musulmán estricto viene a nuestros países, debe saber que aquí se representa el cuerpo desnudo –bien que intermitentemente– desde hace unos 2.500 años.
     Puede por tanto renunciar a su visita o cerrar los ojos, pero no esperar ni exigir que vayamos cubriendo esculturas a su paso con pleitesía.
     Recordaba Savater hace semanas que el imán de la mezquita de Colonia se mostró comprensivo con quienes en Nochevieja manosearon y en algún caso violaron a mujeres locales:
    “Iban perfumadas …, casi desnudas”, dijo, ¿y qué iban a hacer los pobres varones recién llegados? Con el habitual complejo de culpa, ya hay quien recomienda a nuestras mujeres que se recaten en el vestir, en otro gesto de sometimiento.
     Los países ­europeos deben ser firmes y razonables.
     La cuestión es tan sencilla como la siguiente: ahora que fumar tanto espanta, yo he declinado invitaciones a casas en las que se me advertía que allí no podría hacerlo
    . Respeto a mis anfitriones, no acepto una invitación condicionada, no voy y punto.
     Lo que sería inadmisible es que yo obligara a fumar a quienes vinieran a la mía o que ellos me impusieran a mí abstenerme en ella, por su presencia.
     La solución sensata es tan fácil que causa rubor que aún se discuta: el que venga con exigencias, que no venga.
    elpaissemanal@elpais.es

    Volando hacia la muerte............................................................................... Rosa Montero

    La verdadera culpa del acoso escolar está en los adultos perezosos y cómplices, en el profesorado, los padres, las instituciones.

     

    Como ahora estamos todavía estremecidos por el caso de Diego, el niño de 11 años que se arrojó por la ventana de una quinta planta, nos parece que el acoso escolar es una abominación tan espantosa que todos nos vamos a unir contra ello y vamos a acabar con esta lacra
    . Nuestra indignación es muy loable, pero a mí lo que más me indigna, precisamente, es que esta atrocidad inadmisible termina siendo digerida y a la postre admitida una y otra vez por las enormes tragaderas de nuestra cómplice y abúlica sociedad.
     Cinco meses antes que Diego, y también en Madrid, Arancha, de 16 años, con discapacidad intelectual y motora, se arrojó por el hueco de una escalera de seis pisos tras sufrir palizas y chantajes por parte de un compañero, que además cometía estas brutalidades delante de numerosos testigos que jamás hicieron nada.
     Claro que tampoco hicimos mucho los demás, el Gobierno, las instituciones, los ciudadanos.
    También se nos encogió nuestro delicado corazón en 2013, cuando Carla, una chica de 14 años, se tiró desde un acantilado en Gijón.
     Su único delito era ser estrábica, y a causa de ello dos compañeras la maltrataron hasta llevarla a la muerte
    . Pero ya ven, al poco de aquella tragedia se nos fue el asunto de la cabeza
    . Ya nos había acometido antes una desmemoria parecida: la primera vez que se habló de forma masiva del acoso escolar fue en 2004, cuando Jokin Ceberio, de 14 años, se mató lanzándose desde la muralla de Hondarribia tras dos años de sistemática tortura. Entonces nos rasgamos las vestiduras y se nos llenó la boca de buenos propósitos.
     Hasta que la gran ballena arponeada del acoso escolar se sumergió de nuevo bajo las aguas de nuestra indiferencia
    . Han pasado 12 años desde la tragedia de Jokin y aquí seguimos, enterrando niños.
    Tras el suicidio de Diego contactó conmigo Rocío, una chica de 24 años de un pueblo de Sevilla. Padece una deficiencia visual grave y ha sido atormentada desde los 8 años hasta los 17.
    Y durante todo ese tiempo, salvo en bachillerato, los profesores jamás le ayudaron. No sólo eso: a menudo agravaron el problema.
     Por ejemplo: a los 8 años, nueva en una clase, sentaron a la niña delante, sola, en un pupitre aislado, señalándola ya como apestada.
     Rocío, que necesitaba un flexo y un atril, se convirtió en objeto de burlas, insultos y empujones.
     Fue creciendo sin amigos y en el instituto la cosa empeoró.
     A los 13 años, a la jefa de estudios se le ocurrió la delirante idea de montar una “terapia colectiva”: convocó a los 33 compañeros de clase e hizo que le dijeran a Rocío lo que no les gustaba de ella: “Fueron pasando de uno en uno y mentían, decían que yo les insultaba y amenazaba. Al principio me intenté defender, pero cuando ya fueron tantos no pude seguir, me entró como una apatía”. Incomprensiblemente, la profesora decidió que cada semana seguiría teniendo un cara a cara con cuatro compañeros cada vez.
     “Iban allí a decirme lo que yo hacía mal y disfrutaban con ello, comentaban en clase: ¡hoy hay reunión! Y hacían burlas, y al volver contaban riendo lo que me habían dicho, mientras yo me ocultaba en el atril para llorar.
     Empecé a tener crisis de ansiedad, tuve que tomar ansiolíticos, y aunque el suicidio nunca fue una opción seria, la idea pasó muchas veces por mi cabeza, me daba miedo pensar en ello porque no tenía ganas de vivir”.
    Ahora, a los 24, Rocío está terminando Psicología: “Aprendí que  “Aprendí que el maltrato se origina sobre todo cuando un niño al que consideran discapacitado obtiene buenos resultados escolares, como yo”. Hasta septiembre, que empezó una terapia, siguió traumatizada por su pasado.
     No podía leer una noticia de acoso sin angustiarse y seguía teniendo miedo a los niños. Quiero decir que este tormento deja profundas huellas.
    Todos se lanzaron al vacío, buscando la falsa libertad del vuelo, una huida imposible a su suplicio. Detrás de sus agonías, uno o dos principales torturadores, chicos y chicas malvados, y luego una mayoría de cobardes que se suman o que simplemente no hacen nada. Y, con todo, los compañeros de estudios no son los peores.
     Una niña de 12 años, que también fue maltratada en la misma clase del fallecido Diego, ha denunciado en los medios que el director del colegio amenazó con expulsarla si se seguía quejando de los acosadores.
    Si se demuestra que eso es cierto, ese hombre debería tener pena de cárcel. Recordemos que el caso de Diego había sido cerrado, y que si se ha reabierto es porque sus padres siguieron luchando. La verdadera culpa, en fin, está en los adultos perezosos y cómplices, en el profesorado, los padres, las instituciones.
     Necesitamos un plan nacional contra el acoso, incluso una ley. Necesitamos que este tema sea un asunto de Estado, hoy y para siempre. Ni un niño más volando hacia la muerte.
    No es dificil darse cuenta que un alumno -a está angustiado, y solo.
    Tuve varios así que estudian, sacan buenas notas pero están solos en la 1ª fila y atentos, y a esasedades que para ellos mismos son extraños.
    Pero si hay cuatro que vienen cuando les da la gana son 4 y digamos que su aspecto físico deja que desear. Altos grandes gordos y llenos de oro, no tardan en calar a quién va a ser su víctima. Cuando veía algo extraño decía que no toleraría jamás un comentario homófobo en mi clase que exigia respeto, mientras pensaba "Si digo gordo de mierda vete inmediatamente porque conmigo no juegas, lo pensaba porque si lo decía me caía la inspección encima. La Logse solo trajo ganas de irte en lo que te había convertido esa enseñanza obligatoria.
    A su víctima solo podia que el viera que estaba con él y no sintiera miedo de esos 4 colgados.....y como pude acabé el curso, aguantando que esos me dijeran que él me respetaba si era lesbiana, no me pude contener para decirle que eso es lo que debería ser aunque su madre lo fuera. Y digamos que mi rapidez mental hacia callar a aquellos insolentes, en las demás clases ni idea de lo que harían

    Whitman y Wilde: poesía y sexo en Camden Publicado por Carlos Mayoral

    Oscar Wilde. Foto: DP.
    Oscar Wilde. Foto: DP.

    Un irlandés baja por la escalinata del puerto de Nueva York.
     No le ha gustado el viaje, aunque sofoca el malestar que se ha instalado en su estómago con una reflexión recurrente: atrás queda la gris Londres, atrás queda la vieja Europa. 
     Sus ojos ya contemplan América como al burdel más allá de la medianoche, con la sensación de ser quien nunca fuiste durante unas horas. 
    Echa la vista atrás. La porción de agua que se despliega ante él es demasiado extensa como para no llevar a cabo su plan. Odia el mar, pero a la vez se siente tranquilo junto a él.
     Días más tarde, unas líneas aparecen en la gaceta Pall Mall.
    Me siento decepcionado con el Sr. Wilde. Firmado: el océano Atlántico.
    Él ya es consciente de que, si quiere ganar, no han de importarle las cartas. 
    Alguien importante ha financiado su viaje por el Nuevo Mundo a cambio de ofrecer una serie de conferencias por el país. 
    ¿Cómo no aceptar el trato sin mirar atrás? Es una oportunidad única.
    Le esperaba una caminata por medio país charlando sobre pérfidas decoraciones, modas horteras y quién sabe cuántas tendencias más.
     Pero, claro, a nadie le importaba esto.
     Como casi siempre, a Oscar se le juzgaba por el continente y no por el contenido.
    Los resultados no tardan en llegar.
     Los locales se abarrotan solo para comprobar si la lengua de oro de la que todos hablan es tan apetecible como se cuenta por ahí
    . Que los americanos contemplaran con ternura a un tipo capaz de convertir el verbo en algo más que una simple herramienta no es casualidad.
     Estaba a punto de estallar la ambiciosa expansión del país y las olas de innovación que pudieran llegar del extranjero eran estudiadas al milímetro (especialmente todo lo que oliese a diplomacia).
    Así desembarcó Wilde en los Estados Unidos, con una intelectualidad minoritaria a sus pies y con un pueblo todavía ruralizado.
     No le resultaría difícil a un viejo zorro como él sacarle partido a la novedad. 
    Y digo viejo zorro porque, a pesar de no haber cumplido los treinta aún, su pacto con el diablo no había funcionado y su alma envejecía a marchas forzadas, sin contar con retratos que aliviaran el desgaste al que le condenaba la única relación con la que se sintió a gusto: su relación con el pecado.
    El primer alboroto llegó casi con la escalinata bajo sus pies. El fotógrafo que tomó las primeras instantáneas del escritor irlandés en América demandó a un periódico por la reproducción ilícita de las mismas. El tipo ganó el juicio instaurando el copyright fotográfico en Estados Unidos.
    Mientras, el New York Times lo había definido como «estético y pálido joven con traje y cabello ondulado» después de su primera conferencia.
     De alguna manera, aquello recordaba a la promoción que más tarde harían con cierta bailarina española: «No canta, no baila, no se la pierdan». Era como colocar el dedo de Wilde sobre el gatillo.
    Y él era de los que disparaban.
    Poco tiempo después, deslizó doscientas libras por el bolsillo de Phineas Taylor Barnum, el célebre empresario circense, para que le permitiera ser retratado a lomos de Jumbo, el famoso elefante.
     La imagen de Wilde sosteniendo un clavel dio la vuelta al país.
     Se había metido a la prensa en el mismo bolsillo de donde nunca debió salir aquel clavel al que más tarde volveremos.
    La fiebre Wilde se expandía como una epidemia
    . En Boston, todo el auditorio aparece vestido a la manera del pálido joven de traje y cabello ondulados. Pelucas, disfraces, maquillajes… 
    Claro, el irlandés respondió apareciendo embutido en un oscuro traje decimonónico.
     Para él, todo es un juego. Disfruta con el farol, porque es con una mala jugada entre manos cuando le sobrecoge la sensación de ser él quien maneja la partida.
    Pero nadie contaba con su jugada maestra.
     Aquella que solo él conocía.
    Vino de saúco en Camden
    A esas alturas, ya había conseguido escapar de los círculos intelectuales americanos (esos que se habían arrodillado frente a Wilde párrafos atrás) un viejo de luenga barba y rostro afable, un tipo extraño que rara vez se adaptaba a la tendencia marcada. 
    Walt Whitman había abandonado la escuela siendo un crío y cometía faltas gramaticales que un angloparlante de seda como Wilde nunca hubiera permitido.
     O, mejor dicho, errores gramaticales que no hubiera permitido si el que los comete no pasa, todavía hoy, por ser uno de los mayores innovadores poéticos de la historia.
    A pesar de su escasa formación académica, a menudo se le podía ver caminando sobre la nieve hasta llegar a la biblioteca central de la ciudad.
     Allí devoraba algunos de los apellidos más ilustres de la literatura universal. 
    También acudía a la ópera y al teatro. Era, por decirlo rápido, un animal cultural, una bestia que producía sabiduría sin necesidad de haberla recibido antes.
    Esa bestia también se cruzaba a menudo por las sábanas de su cama en Camden.
     La bisexualidad que se desprende de su abundante correspondencia y, por supuesto, de su sugerente poesía, estalla a través del deseo por el hombre joven, de rasgos, si se me permite la expresión, aniñados. Es su conquista favorita.
     De nuevo camina por Nueva York, esta vez alquilando habitaciones de hotel: ahora para él y su sobrino, ahora para él y su hijo adoptivo.
    Todas cuentan solo con una cama.
    Recuerdo cómo una vez estábamos acostados una transparente
    ……………..mañana de estío igual a esta,
    cómo pusiste tu cabeza sobre mis caderas y delicadamente
    ……………..la volviste hacia mí,
    y apartaste la camisa de mi pecho, y hundiste tu lengua
    ……………..hasta mi corazón desnudo.

    Precisamente, lo que más atraía al joven Oscar Wilde de aquel barbudo sexagenario era el erotismo que desprendía su poesía, la capacidad de sugerir tanto con tan pocos recursos.
     Él sabe que no puede dejar de conocer a Whitman como más tarde lo supieron Lorca o Ginsberg.
    La diferencia es que Wilde había llegado a tiempo.
    Por eso, quiso detener su gira una noche, solo una noche, para poder contemplar los ojos que tantas veces había imaginado bajo el frío dublinés.
     Aspiraba el aroma americano a través de los versos de Whitman y de Emerson. «Hay algo muy griego y sensato en la poesía de Whitman; es muy universal, muy comprensible», había contestado Wilde a un periódico de Filadelfia. «Espero poder conocerlo pronto».
    Solo quedaba esperar. Wilde se había mostrado como a Whitman más le gustaban los hombres: sugerente. Lo que el europeo no sabía es que el vino de saúco que tanto amaba su adorado poeta ya estaba preparado.
    Alguien golpea la puerta de la habitación de hotel que Wilde ocupa en uno de los barrios más céntricos de Filadelfia.
     El mensajero trae consigo una carta. Oscar observa la letra afilada del remitente:
    Walt Whitman estará disponible desde las dos hasta las tres y media de esta tarde y estará complacido de ver al señor Wilde.
    No podía creerlo. Como solía aparentar en su poesía, se presentaba a sí mismo mediante la lejanía de la tercera persona. Ausente
    . Añorado. Sabía muy bien con quién estaba tratando.
    Wilde ya no era el desconocido poeta que había llegado a Estados Unidos poco antes. Unas cuantas palabras acompañadas del gesto oportuno le habían puesto en el mapa («No debería necesitar ninguna introducción más que un buenos días», había vaticinado Russell Lowell). Pero con Walt no sería lo mismo.
    ¿Qué pensaría la bohemia de Londres si supiera que un joven Oscar Wilde estaba a punto de cumplir el sueño que todo poeta europeo guardaba consigo?


    Walt Whitman. Foto: George C. Cox (DP)
    Walt Whitman. Foto: George C. Cox (DP)
    El beso de Walt Whitman
    A Wilde no le gustaba utilizar los nudillos para llamar a la puerta. La hilera de adosados en aquel terruño junto al río, la niebla perenne en Nueva Jersey. 
    Él era la estética, acarició el clavel para no olvidarlo. Al otro lado de la puerta lo esperaba un hombre vetusto pero sorprendentemente atlético. «Vengo a usted como un poeta que llega al poeta que siempre conoció», confiesa el irlandés. 
    Whitman, entretenido con el halago, colocó su espada sobre la nuca del recién llegado: «Te llamaré Oscar».
    Sorprendentemente, no hablaron de poesía.
     Al menos, no de poesía desde un punto de vista formal. Walt, el hombre que había inventado el marketing en la literatura al colocar una foto suya en la primera edición de Hojas de hierba (¿la portada más famosa de la historia?), quiso llevar la conversación a ese terreno, a la literatura como producto.
     Y ahí encontró un filón en Wilde, que había conseguido colocarse en la estantería de América gracias a una serie de movimientos que poco tenían que ver con el gusto poético.
    La botella de vino de saúco ya había sido descorchada («hubiera bebido si al menos fuera vinagre», mintió el irlandés ya en Europa), por lo que, pronto, las conversaciones se desviaron hacia el amor entre hombres, la calumnia del amor heterosexual, el gusto por Narciso.
     A la reunión había acudido un tercer hombre, el editor John Marshall Stoddart, amigo de ambos. Este contemplaba la conversación desde el ojo del huracán, sabiendo que pronto estallaría la tormenta y que no estaba a tiempo de salvarse.
    El encuentro estuvo plagado de contacto.
     Contacto entre una generación que moría a través del verso libre y otra que nacía alrededor del esteticismo. Contacto entre dos culturas, la norteamericana y la británica, que tendían a no comprenderse.
     Contacto, incluso, físico, pues tan pronto Wilde acariciaba la rodilla de Whitman como Whitman abrazaba el joven torso de Wilde.
    Stoddart decidió que aquel preámbulo había llegado demasiado lejos:
    —Voy a dar un paseo. Os dejo solos durante una hora.
    Pueden ser dos o incluso tres apuntaló Whitman.
    El editor encaró la puerta de salida, no sin antes comprobar lo que por el rumor de pasos ya sospechaba: los dos amigos subían por la escalera en busca del tercer piso.
    Días después, Whitman criticó abiertamente las portadas que los periódicos neoyorquinos le habían dedicado a Oscar Wilde.
     Este movimiento dejó encarrilada la creación de aquello sobre lo que habían charlado en Camden: un producto literario.
     Por su parte, Wilde definió mejor que nadie el viaje, el encuentro y la posterior reacción:
    Todavía tengo el beso de Walt Whitman en mis labios.
    Por supuesto, el viaje de Wilde por Estados Unidos aún no había terminado. Según Roy Morris Jr., recorrió quince mil millas y más de ciento cuarenta ciudades
    . Dejó frases para la historia.
     Definiciones para la historia. California le pareció «Italia sin arte». Chicago, una «monstruosidad amurallada con cajas de pimienta».
     Del propio pueblo, dijo: «Estados Unidos es el único país que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin civilización de por medio».
    Abandonó el país entre reconocimientos. 
    Alguien dijo de él que «es el inglés más famoso en Estados Unidos después de la reina Victoria». Después de un año de gira, el puerto gris de Liverpool le recibía nuevamente.
    Liquidó sus botas desgastadas. 
    Se afeitó su larga melena y se colocó una camisa negra, intentando imitar al mismísimo Lord Byron
     El otro Oscar Wilde había muerto. Eso sí, el nuevo Wilde le había robado algo a aquel joven irlandés que se había quedado para siempre en América
    Era un beso con sabor a saúco..