Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

20 feb 2016

Umberto Eco: lucidez, sudor, ideas y whisky................................................................ Juan Cruz

El discurso de este escritor era a la vez apocalíptico, risueño e integrado.

Umberto Eco, en una imagen de archivo.
Umberto Eco era una inteligencia imparable, un hombre imponente.
Su memoria parecía una máquina nueva siempre, su discurso era a la vez apocalíptico, risueño e integrado; no dejaba que la melancolía que persigue a todo semiótico le rompiera la velocidad del pensamiento, y se reía del mundo a la vez que explicaba su podredumbre.
Pasó así con su último libro, Número cero, una sátira redonda y picuda a la vez sobre el oficio del periodismo en tiempos de Internet.
 Él no escribía para entretener, sino para entretenerse, y no dejó nunca de inventar fórmulas para desmentir la solemnidad de los poderosos, en su país y en cualquier sitio, y de los lugares comunes, que fueron su bestia negra.
En ese libro, Número cero, integró algunas de sus columnas, que llamaba bustinas, para construir un fresco insolente pero real de los peligros a los que se asoma este oficio de explicar la realidad.
 El periodista puede ser corrupto sin saberlo y sabiéndolo, y puede ser sumamente farsante e ignorante, puede el poder utilizarlo y él puede utilizar al poder, y no necesariamente las nuevas tecnologías de que dispone van a mejorar su relación con las bases viejas en las que se sustenta el oficio.
 El resultado de esa mescolanza de imaginación y columnas incluyó a Mussolini y a Berlusconi en una especie de fresco divertido e inquietante que nosotros, los periodistas, no leímos con vergüenza ajena sino con la propia vergüenza de estar ante un análisis y un aviso del abismo que nos conmueve.
La salida de ese libro fue la última vez que vi a Umberto Eco, en su casa de Milán, el año pasado; otros años nos habíamos visto allí, una vez probándose, para Jordi Socias, el fotógrafo, un borsalino, y riendo y bebiendo whisky y tomando espagueti en su restaurante favorito, I Cuatro Mori, al lado de su casa espaciosa, llena de libros bien ordenados, sentados ante una mesa para seis en la que estábamos tres; pero las manos de Eco, lo que desplegaba, era tan poderoso, su presencia, aparentemente asmática entonces, sus ojos atentos y vitales, que taladraban lo que tú le ibas diciendo, lo dominaba todo; necesitaba, como los grandes hombres imperiales, media mesa para él solo; a veces anotaba lo que le respondías a sus preguntas, sacaba las manos hacia delante como si se apoderara de ella, y cuando no anotaba sacaba su pañuelo grande y blanco para limpiarse el sudor abundante que marcaba su frente espaciosa.
 En ese momento, hace algunos años, hablábamos de Europa, de su porvenir, de los Erasmus, de la cultura sobresaltada de un continente que se estaba aislando a sí mismo

 
Umberto Eco, en una imagen de archivo.
Umberto Eco era una inteligencia imparable, un hombre imponente. Su memoria parecía una máquina nueva siempre, su discurso era a la vez apocalíptico, risueño e integrado; no dejaba que la melancolía que persigue a todo semiótico le rompiera la velocidad del pensamiento, y se reía del mundo a la vez que explicaba su podredumbre. Pasó así con su último libro, Número cero, una sátira redonda y picuda a la vez sobre el oficio del periodismo en tiempos de Internet. Él no escribía para entretener, sino para entretenerse, y no dejó nunca de inventar fórmulas para desmentir la solemnidad de los poderosos, en su país y en cualquier sitio, y de los lugares comunes, que fueron su bestia negra.
En ese libro, Número cero, integró algunas de sus columnas, que llamaba bustinas, para construir un fresco insolente pero real de los peligros a los que se asoma este oficio de explicar la realidad. El periodista puede ser corrupto sin saberlo y sabiéndolo, y puede ser sumamente farsante e ignorante, puede el poder utilizarlo y él puede utilizar al poder, y no necesariamente las nuevas tecnologías de que dispone van a mejorar su relación con las bases viejas en las que se sustenta el oficio. El resultado de esa mescolanza de imaginación y columnas incluyó a Mussolini y a Berlusconi en una especie de fresco divertido e inquietante que nosotros, los periodistas, no leímos con vergüenza ajena sino con la propia vergüenza de estar ante un análisis y un aviso del abismo que nos conmueve.
La salida de ese libro fue la última vez que vi a Umberto Eco, en su casa de Milán, el año pasado; otros años nos habíamos visto allí, una vez probándose, para Jordi Socias, el fotógrafo, un borsalino, y riendo y bebiendo whisky y tomando espagueti en su restaurante favorito, I Cuatro Mori, al lado de su casa espaciosa, llena de libros bien ordenados, sentados ante una mesa para seis en la que estábamos tres; pero las manos de Eco, lo que desplegaba, era tan poderoso, su presencia, aparentemente asmática entonces, sus ojos atentos y vitales, que taladraban lo que tú le ibas diciendo, lo dominaba todo; necesitaba, como los grandes hombres imperiales, media mesa para él solo; a veces anotaba lo que le respondías a sus preguntas, sacaba las manos hacia delante como si se apoderara de ella, y cuando no anotaba sacaba su pañuelo grande y blanco para limpiarse el sudor abundante que marcaba su frente espaciosa
. En ese momento, hace algunos años, hablábamos de Europa, de su porvenir, de los Erasmus, de la cultura sobresaltada de un continente que se estaba aislando a sí mismo creyendo que se iba a abrir, y había inventado una fórmula para seguir bebiendo whisky: probablemente el médico le había aconsejado que tomara menos whisky, o que solo tomara whisky si quería tomar alcohol.
 Y esa receta fue suficiente para que siguiera bebiendo whisky, en vaso corto, sin hielo, como si estuviera acompañando los espaguetis con una medicina.
Eso fue hace unos años
. Esta vez, el último invierno de 2015, ya Umberto Eco bebía menos, reía menos, estaba sumido en el ensimismamiento de los que quizá piensan en una obra nueva, o en alguna melancolía no resuelta. Esta vez también fuimos a I Cuatro Mori; y vinieron con nosotros su traductora española, su alumna Helena Lozano, que trabajó con él y compartió su risa y su enseñanza hasta el agotamiento, su ayudante Manuela Melato, y el esposo de esta, el pintor mexicano Fernando Leal.
 No era raro que en las comidas, desde siempre, Umberto Eco se ausentara de vez en cuando, sentado en la propia mesa, como si las luces de la semiótica y otras luces con las que miraba la vida le llevaran por caminos interiores, por vericuetos que consideraba complejos o intrincados
. Entonces se callaba y nosotros seguíamos hablando, de gatos, sobre todo, pues Leal había descubierto asociaciones insólitas entre los mininos y su arte.
 Eco de vez en cuando regresaba al estrado de la mesa y apuntaba, corregía, señalaba elementos con los que completaba las metáforas del artista
. Y luego callaba otra vez, pendiente de todo, pero lejos de todo en esos instantes.
En julio de ese año pasado un bromista agorero de no sé dónde anunció en la red de Internet, como si perpetrara una venganza, que había muerto Umberto Eco.
 Me alertó de la noticia, que luego fue rematadamente falsa, Milena Busquets, que desde niña se crio cerca de la presencia de Eco; su madre, Esther Tusquets, fue  la editora española, la gran amiga del semiótico italiano; así que compartimos los primeros minutos de esa incertidumbre como si se tratara de la noticia imposible de la muerte de un familiar muy próximo; de hecho, Umberto Eco es, desde Apocalípticos e integrados, cuando nuestra generación estaba en la universidad, hasta este Número Cero, un filósofo de nuestra propia edad o naturaleza, un hombre de este tiempo que siempre fue lúcidamente contemporáneo, rabiosamente útil para poner a punto la mirada distraída que aconseja uno de sus más conspicuos amigos españoles, Juan Cueto, o para destruir los lugares comunes de la mala inteligencia.
Era una luz que llevaba nuestra mirada adonde quisiera.
 Otro de sus seguidores más fieles, el español Jorge Lozano, lo atrajo muchas veces a la vida y a la realidad española, así que era Eco tan europeo, tan mundial y tan español que cuando lo veías o lo buscabas siempre tenía algo que decir de lo que pasaba aquí porque siempre tuvo algo que decir de lo que pasaba en cualquier sitio.
 Era una mente poderosa; cuando publicó El péndulo de Foucault, que no tuvo la trascendencia popular insólita que alcanzó su genial divertimento mayor, El nombre de la rosa, decidió irse a descansar al lado de Cuomo, rodeado de silencio y gimnastas ricos; pero él seguía su rutina, su whisky, su sudor pausado, su vida intelectual sanísima dedicada a la destrucción sistemática (y semiótica) de los lugares comunes.
 Para hacerlo, como nuestro Fernando Savater, como el ya citado Cueto, como Jorge Luis Borges, utilizaba apólogos o preguntas, y reía luego porque tú te quedabas sin palabras tratando de buscar por dentro el significado de las palabras que él ponía para que tú cayeras en los pozos abiertos por su inteligencia.
 Después reposaba, te miraba como si él se estuviera yendo, y seguía ahí, con su mano detrás del asiento, echado en los butacones como si estuviera respirando los pensamientos de un ensimismado risueño.
En aquel momento en que nos dieron la noticia falsa de su muerte creí que esa falsedad conjuraba cualquier susto así en el futuro
. Pero ha muerto ahora, ha muerto Umberto Eco y he sentido que lo escuchaba reír solo cuando se quedaba ensimismado en I Cuatri Mori.
 Un sabio que sabía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir estudiando.

 

 

Muere Umberto Eco, el humanista total......................................................... Pablo Ordaz

Fallece a los 84 años el escritor, filósofo y semiólogo italiano, autor de ‘El nombre de la rosa’. Su figura y su obra ejercieron una enorme influencia desde la curiosidad crítica.

 

Umberto Eco, en la Universidad de Burgos, en 2013. Cristóbal Manuel / REUTERS-QUALITY
A los 84 años, y sin perder en ningún momento la curiosidad crítica, murió anoche en Milán el escritor, filósofo y semiólogo italiano Umberto Eco
. La noticia fue comunicada al diario italiano La Repubblica por la familia.
Falleció a las 22.30 en su casa.
 El autor de obras imprescindibles como El nombre de la rosa, en 1980, o El péndulo de Foucault, en 1988, había nacido en Alessandria el 5 de enero de 1932.
La última de las obras de su fecunda carrera como autor de novelas de éxito y ensayos de semiótica, estética medieval o filosofía, fue Número cero, una mirada crítica del gran experto de la comunicación sobre una crisis del periodismo que, advertía, empezó “en los cincuenta y sesenta, justo cuando llegó la televisión”.

“Hasta entonces”, contaba en una entrevista de Juan Cruz publicada por EL PAÍS en marzo de 2015, “el periódico te contaba lo que pasaba la tarde anterior, por eso muchos se llamaban diarios de la tarde: Corriere della Sera, Le Soir, La Tarde, Evening Standard… Desde la invención de la televisión, el periódico te dice por la mañana lo que tú ya sabías.
Y ahora pasa igual. ¿Qué debe hacer un diario?”. Esa era la duda —la curiosidad vestida de pesimismo— que lo llevó a publicar su último libro y a mantener su mirada despierta hacia todo lo que ocurría a su alrededor.
La trama de Número cero está ambientada en 1992, un año clave de la historia italiana por el caso Tangentópolis, y se desarrolla en la redacción de un periódico en ciernes donde confluyen la logia masónica P2, las Brigadas Rojas, el fin de una era y la aparición de otra —con Silvio Berlusconi a punto de saltar al escenario— que desvaneció muchas esperanzas hasta convertirse en la Italia desorientada de hoy.
 Todo ello lo miró, lo analizó y lo escribió Eco.
Tras difundir la noticia de su fallecimiento —pocas veces la expresión Italia está de luto ha tenido tanto sentido—, el diario La Repubblica escribió en su web un titular que resume muy bien la personalidad de Eco y el respeto, casi unánime, que despertaba en Italia
: “Muere Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo”. Como destacaba Il Corriere della Sera, Eco ha sido una presencia constante e imprescindible de la vida cultural italiana del último medio siglo, pero su fama, a nivel mundial, se debe al extraordinario éxito de El nombre de la rosa, del que se vendieron millones de copias en todo el mundo.
“Recorrer la vida y la carrera de Umberto Eco”, explica el diario de Milán, “significa también reconstruir un pedazo importante de nuestra historia cultural”.


La vida académica de Eco se inició en 1954 en Turín.
Aquel año se doctoró en Filosofía, pero también participó en un concurso de la RAI —la televisión pública italiana— en el que venció y que lo convirtió en compañero del periodista Furio Colombo y del filósofo Gianni Vattimo en una aventura de complicidades siempre ligada al mundo de la cultura. En los sesenta trabajó como profesor agregado de Estética en las universidades de Turín y Milán y participó en el Grupo 63 publicando ensayos sobre arte contemporáneo, cultura de masas y medios de comunicación.
 Entre estos ensayos los más conocidos son Apocalípticos e integrados y Opera aperta. El semiólogo milanés también fue catedrático de Filosofía en la Universidad de Bolonia, donde puso en marcha la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, conocida como la Superescuela, porque su objetivo es difundir la cultura internacional entre licenciados con un alto nivel de conocimientos. También fundó la Asociación Nacional de Semiótica.
Entre sus innumerables premios está el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades del 2000.
 Inquieto hasta el fin, acababa de lanzar una nueva editorial, La Nave de Teseo.
En un discurso en la Universidad de Turín, Eco aplicó su mirada crítica –no todo es positivo ni negativo en su totalidad—a las redes sociales:
“El fenómeno de Twitter es por una parte positivo, pensemos en China o en Erdogan. Hay quien llega a sostener que Auschwitz no habría sido posible con Internet, porque la noticia se habría difundido viralmente.
 Pero por otra parte da derecho de palabra a legiones de imbéciles”.

19 feb 2016

Alicia y Esther Koplowitz


Alicia y Esther Koplowitz, al fin juntas: amor, finanzas y conflictos familiares

 

Alicia y Esther Koplowitz, fotografiadas por Carlos Neville en la portada del número de marzo de Vanity Fair. 
Esther Koplowitz lleva tres semanas recluida en su domicilio madrileño de Paseo de la Habana.
 Con una deuda personal cercana a los 840 millones de euros y los dividendos cancelados desde 2012, afronta un giro de 180 grados en FCC, en la que el mexicano Carlos Slim se ha hecho con la mayoría de las acciones.
 Hasta 2005, se había negado a endeudarse. “Fueron los años de la burbuja inmobiliaria, en los que el discurso era: ‘Si usted no contrae deuda, es un mal gestor’. Y ella cedió”, explica Felipe Bernabé, secretario general de la compañía y amigo de Esther.

La situación de su hermana pequeña Alicia es bien distinta.
 Desde su cuartel general de Omega Capital, una de las gestoras de SICAV más rentables de España, controla un patrimonio estimado en 2.300 millones de euros, según Forbes
. Su hijo mayor Alberto Cortina es su “mano derecha y depositario”, según nos explica su consejero Óscar Fanjul, que la informa a diario de la marcha de sus inversiones.
La historia de estas dos mujeres pudo ser diferente si Esther hubiese aceptado la propuesta de su hermana.
Un día de la primavera de 1998, Alicia se presentó en su despacho de Paseo de la Habana. Se sentó frente a ella y mantuvieron una conversación trascendente que no se ha conocido hasta ahora. Según algunos de los presentes en los consejos de administración de aquella época, Alicia era partidaria de reestructurar parte de la plantilla para multiplicar el negocio
; Esther, en cambio, era más conservadora y quería mantener las cosas como estaban.
Alicia planteó tres opciones: comprar las acciones a su hermana, venderle las suyas, o bien permitir la entrada de un tercero que pusiera fin a sus diferencias.
Esther prefirió comprar. Era el negocio de su padre. Alicia le dio unos plazos muy cortos”, explica Gustavo Villapalos, exconsejero de FCC y exrector de la Universidad Complutense de Madrid.
 Aquella operación financiera supuso que Esther le pagara 871 millones de euros a su hermana por sus acciones.
Alicia no vendió por hacer dinero
. No hubo arrepentimiento por su parte, pero sintió nostalgia por desentenderse de la empresa que había creado su padre.
 Tenía sentimientos encontrados”, describe Fanjul.

En 1969, Esther se casó con Alberto Alcocer; Alicia, dos años menor, con Alberto Cortina
. Los Albertos tomaron las riendas de la empresa familiar
. Veinte años después, el país entero fue testigo de cómo Alberto Cortina le era infiel a Alicia con una joven Marta Chávarri.
 La conmoción que produjo su divorcio auguraba un desastre económico. “¡Jamás pensamos que un lío de faldas pudiera desatar esa tormenta financiera!”, destaca uno de los banqueros de éxito de aquellos años.
Esther también se divorció.
 “Confió tanto en su marido que le dio el control de todo.
 Se centró en criar a sus hijos. Y de pronto, Alberto se portó muy mal.
 Fue horroroso. Sin ninguna experiencia se puso al frente de la empresa junto a su hermana”, recalca su amigo Ignacio Elorrieta.
 “Esther no tiene ningún trato con Alcocer. Ella sabe quién es este señor que le ha hecho todo el daño que ha podido.
 Sigue siendo el padre de sus hijas, pero en esa batalla el cariño de las niñas está con su madre”, relata. En aquellos años, pasaron de ser amas de casa a dirigir una de las constructoras más importantes de España.
Se sintieron acosadas por la prensa, se blindaron y poco más se supo de sus vidas privadas.

Carlos Fitz-James Stuart, el hijo de la desaparecida duquesa de Alba, habla por primera vez de su noviazgo con Alicia Koplowitz: “Mantuvimos una relación sentimental de varios años, aunque intermitente
. En serio estuvimos unos tres años, con sus altibajos. 
Ella se separó en el 89 y empezamos a vernos dos o tres años más tarde. Hubo momentos maravillosos, pero nunca nos gustó que se hablara de nuestra vida privada.
 Eso de que nos íbamos a casar no era cierto”. Desde hace dos años, Alicia sale con el inversor portugués Miguel Pais do Amaral. Esther, por su parte, contrajo segundas nupcias en 2003 con Fernando Falcó, marqués de Cubas, en su finca La Gata.
 Se divorciaron seis años después, aunque conservan una gran amistad y un trato casi diario: él aún vive en su casa.

 
 

La popular presentadora estuvo arropada por su hija Lara Dibildos, además de sus nietos, Fran y Álvaro

hacía mucho tiempo que no la veíamos en público, pero la ocasión lo merecía. Laura Valenzuela celebró su 85º cumpleaños de la mejor forma posible, soplando las velas rodeada de los suyos. Radiante y sin poder borrar la sonrisa de su rostro, la popular presentadora fue la gran protagonista de una velada muy especial que celebraron en un restaurante italiano de la capital.
Junto a ella, como siempre, no podía faltar su hija Lara Dibildos, que se mostró muy emocionada y no dejó de darle besos a su madre
. "Hoy, la mujer que más quiero en el mundo cumple 85 años, mi madre!! Siempre has sido una madre maravillosa pero también eres la mejor abuela. @franmurciadibildos Luego te achuchamos y lo celebramos, te quiero mamá!! 🎈 🎉 🎂 😍 😘 #Madrid #Mamá #LaMejor #Cumpleaños #Felicidades #Guapa #YoFirmoYa #Familia #Celebración #Momentos #Sonrisas #TeQuieroMamá", escribió Lara en su perfil personal de Instagram para felicitar a su madre en este día tan señalado.
La 'cumpleañera' no podía estar más feliz, ya que también consiguió reunir a sus nietos: el mayor, Fran, fruto de la relación entre Lara Dibildos y Fran Murcia, y el pequeño Álvaro. Tampoco faltó Anna, la hija que Álvaro Muñoz Escassi tuvo con Mercedes Barrachina, y que ¡HOLA! descubrió el pasado mes de agosto, ni Joaquín Capel, pareja de Lara, y que se mostró muy feliz de poder celebrar este gran día con toda la familia.