La firma de moda española da el pistoletazo de salida a la Semana de la Moda en Nueva York.
Una modelo luce una creación de la marca española Desigual. Kena BetancurEFEDesigual
dio el pistoletazo de salida a la Semana de la Moda en Nueva York
invitando a la mujer a crear su propio estilo a partir de diferentes
influencias. No podía ser de otra manera en la metrópoli más abierta del
mundo.
La firma de moda española presentó así ante el público diverso
de la ciudad de los rascacielos una colección ecléctica, que evoca a una
joven urbana con un gusto multiétnico y multicultural.
Una modelo luce una creación de la marca española Desigual. Kena BetancurEFE
Desigual
dio el pistoletazo de salida a la Semana de la Moda en Nueva York
invitando a la mujer a crear su propio estilo a partir de diferentes
influencias. No podía ser de otra manera en la metrópoli más abierta del
mundo. La firma de moda española presentó así ante el público diverso
de la ciudad de los rascacielos una colección ecléctica, que evoca a una
joven urbana con un gusto multiétnico y multicultural.
Uno de los bolsos presentados por la firma. Thomas ConcordiaWireImage
Las prendas están, de hecho, inspiradas en las grandes ciudades
míticas, pasadas y presentes. Espacios en los que sus gentes vienen de
diferentes orígenes y crean gracias al intercambio de ideas una nueva
realidad.
La mujer del siglo XXI, en concreto, se nutre de esa riqueza
para expresarse con un estilo muy personal, mezclando piezas de
diferentes épocas, culturas y regiones del mundo.
Los modelos eran así la vez bohemios y sofisticados, que combinaban
múltiples estampados geométricos sobre una paleta de colores neutros y
distintos tejidos, desde el terciopelo al cuero.
La colección para la
próxima temporada Otoño-Invierno 2016 está cargada de texturas y puso
mucha fuerza en abrigos largos que contrastan con faldas muy cortas.
Todos estructurados para respetar la silueta natural. Modelos lucen creaciones de la marca española Desigual. Kena BetancurEFE
Desigual hace
en esta colección un uso muy creativo de la prenda vaquera.
Es un
recurso muy retro, que combina con bordados, encajes, detalles hindúes y
múltiples accesorios. Es una colección, como señalan desde la marca,
que traduce el espíritu libre propio de la filosofía de la firma, donde
la creatividad se ve como un estilo de vida.
Se consigue crear una colección muy versátil.
Así es la sociedad
moderna.
La colección de Desigual tiene una fuerte carga retro.
Aunque
ningún diseñador lo dice en voz alta, la muerte de David Bowie va a
dejar huella en esta edición de la Fashion Week.
No solo porque fuera
una de las figuras más relevantes de la urbe. Su recuerdo reconoce la
influencia de los años Setenta en el mundo de la moda.
La pasarela de Nueva York es la única por la que va a desfilar esta colección de Desigual.
Esta vez el protagonismo no se lo llevaron modelos estrella como en pasadas ediciones, sino el fascinante collage
cultural en el que se convierten las prendas femeninas más
sofisticadas
. Al evento acudieron celebridades como Alejandra Silva,
novia de Richard Gere, Vega Royo Villanova, o Diane Pernet.
Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y
Julio Cortázar.
Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos
solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo
mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos
de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras
atroces y amores desaforados.
A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a
Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había
introducido el piano en la orquesta de jazz
. La pregunta era
casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero
la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el
amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas
heladas.
Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una
recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez
apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología
homérica de Thelonius Monk.
No sólo hablaba con una profunda voz de
órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos
grandes como no recuerdo otras más expresivas.
Ni Carlos Fuentes ni yo
olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.
.
Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en
un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo
de los más difíciles
La noche de Mantequilla Nápoles.
Es la historia de un boxeador
en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos
fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo
al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de
tanto tango malevo; sin embargo, fue ése el cuento que el
propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la
muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo,
desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la
revolución y sus contrarios.
Fue otra experiencia deslumbrante.
Aunque
en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aun para los más
entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que
recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban
ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había
logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le
importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que
la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia
por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.
Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen
también los que mejor lo definían
. Eran los dos extremos de su
personalidad
. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por
su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su
humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los
grandes en el buen, sentido de otros tiempos.
En público, a pesar de su
reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con
una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo
tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más impresionante
que he tenido la suerte de conocer.
Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café
de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a
escribir en una mesa del rincón, como Jean Paul Sartre lo hacía a
trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma
fuente de tinta legítima que manchaba los dedos
. Yo había leído Bestiario, su
primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde
dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y
putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquél era
un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande.
Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del
Boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo
vi entrar como una aparición.
Era el hombre más alto que se podía
imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo
negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy
separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían
podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio
del corazón.
Años después, cuando ya éramos amigos, creí volver a verlo como lo vi
aquel día, pues me parece que se recreó a sí mismo en uno de sus cuentos
mejor acabados -El otro cielo-, en el personaje de un
latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones
en la guillotina.
Como si lo hubiera hecho frente a un espejo, Cortázar
lo describió así:
"Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente
fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su
sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia".
Su personaje
andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del
propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se
atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría
cólera con que él mismo hubiera recibido una interpelación semejante.
Lo
raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella
tarde del Old Navy, y por el mismo temor.
Lo vi escribir durante más de
una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso
de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la
pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el
escolar más alto y más flaco del mundo.
En las muchas veces que n os
vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa
y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda
de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo
siempre en la misma edad con que había nacido. Nunca me atreví a
preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste
de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del
Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre
por mi timidez.
Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto,
grandes envidias.
Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy
pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la
devoción.
Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer
de todo el mundo.
Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se
mueren, Cortázar debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la
consternación mundial que ha causado su muerte.
Nadie le temía más que
él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los
fastos funerarios.
Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía
indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos
un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que
un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse.
Por eso, porque
lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y
elegías por Julio Cortázar.
Prefiero seguir pensando en él como sin duda
él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la
alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya
dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e
indestructible como su recuerdo.
Copyright 1984. Gabriel García Márquez - ACI.
Jeff
Nichols presenta en la Berlinale ‘Midnight Special’, un drama de
ciencia-ficción que protagoniza Michael Shannon, su actor fetiche.
Enviado especial a Berlín
La actriz Kirsten Dunst firma autógrafos ayer, en el Festival de Berlín. JOHN MACDOUGALLAFP
Hay pocos cineastas estadounidenses indies que generen tanta
expectativa en el mundo festivalero como Jeff Nichols (Little Rock,
Arkansas, 1978). Muy poca gente vio su primera película, Shotgun stories (2007), en la que brindaba el primer papel protagonista a Michael Shannon, secundario que iba escalando posiciones en Hollywood.
La segunda, Take shelter
(2011), fue otra cosa: una impagable carta de presentación de un
cineasta que sabía cómo generar angustia en el espectador.
Al año
siguiente, Mud,
su canto de amor a Mark Twain, incidía en su talento: crea atmósferas,
saber escribir historias, exprime a los actores.
Con tres películas,
Nichols se colocaba entre los elegidos.
La actriz Kirsten Dunst firma autógrafos ayer, en el Festival de Berlín. JOHN MACDOUGALLAFP
Hay pocos cineastas estadounidenses indies que generen tanta
expectativa en el mundo festivalero como Jeff Nichols (Little Rock,
Arkansas, 1978). Muy poca gente vio su primera película, Shotgun stories (2007), en la que brindaba el primer papel protagonista a Michael Shannon, secundario que iba escalando posiciones en Hollywood.
La segunda, Take shelter
(2011), fue otra cosa: una impagable carta de presentación de un
cineasta que sabía cómo generar angustia en el espectador.
Al año
siguiente, Mud,
su canto de amor a Mark Twain, incidía en su talento: crea atmósferas,
saber escribir historias, exprime a los actores.
Con tres películas,
Nichols se colocaba entre los elegidos.
Así que Midnight Special
era una película muy ansiada en el concurso oficial de la Berlinale
. Y
más cuando se escuchaba que era la historia de un padre (Shannon) y su
hijo, un niño con superpoderes, que huían de una secta y del FBI hacia
un encuentro misterioso.
A Nichols le ha costado porque, según contaba
ayer en Berlín, se le atragantó el guion: “Es una combinación de
experimentos, una mezcla de personajes e historia
. Del primer libreto
decidí quitar mucha información, y así es como sentí que empezaba a
funcionar, aunque me estaba jugando que el público se perdiera.
En mi
equipo algunos lo entendieron, otros no.
Creé una regla: ningún
personaje podía hablar con otro de algo que ambos ya supieran”.
Efectivamente, en Midnight Special el público construye el
puzzle poco a poco, sin que haya ninguna reiteración en los diálogos.
“Más aún, decidí que, como es un viaje, una road movie, quien
se quedara atrás desaparecería y no volveríamos a saber de él”.
Por eso,
alguno de los rostros famosos del reparto (junto a Shannon, Joel
Edgerton, Sam Shepard, Adam Driver, Kirsten Dunst y un niño
sorprendente, Jaeden Lieberher) no vuelven tras sus apariciones al
inicio de la trama, y otros no llegan a la pantalla hasta el tercio
final del metraje.
Este cambio de técnica generó su cuarto filme: “Es la culminación de
una narrativa en la que yo me he estado debatiendo toda mi carrera
. Eso
en el estilo, porque la idea inicial arrancó cuando me pregunté qué
significa ser un padre”. Soterradamente, su película ilustra los lazos
paternofiliales de forma contundente, sin ambages moralistas.
Un padre
matará si con eso salva a su hijo, y no hay dudas que valgan. “Cosa de
la genética”, asegura Shannon.
En Midnight Special, Nichols vuelve a un género que apuntaba, solo apuntaba, en Take shelter:
la ciencia-ficción.
“Reconozco que es solo envoltorio, porque me
interesa más la parte emocional”,
apuntaba ayer en la Berlinale. “Sin
embargo, en ese género hay un sentimiento que valoro mucho: que todo
puede pasar, que nadie puedo contralar la acción, como le pasa al padre
de mi filme
. Ese miedo al descontrol es muy interesante”.
Nichols
confesó ante la prensa otra motivación para escribir sobre la
paternidad:
“Mi esposa y yo pasamos un terrible momento cuando mi hijo
de un año entró en convulsiones febriles.
Lo llevamos corriendo al
hospital, pensando que se moría.
Se recuperó, pero aquello me hizo darme
cuenta que cualquier cosa puede pasar, que yo no puedo controlarlo
todo”. De fondo, el principal lastre de Midnight Special, sus obvios referentes.
“Crecí viendo E. T., el extraterrestre, Encuentros en la tercera fase,
las película de John Carpenter… Es curioso cómo emanaban de ellas el
misterio. Spielberg es un maestro complementando misterio y arte”.
Sobre su relación con Nichols, Shannon contó, primero de broma, que
más que apelar a la figura de su padre o de su hermano mayor, parecía
más bien “su profesor de guardería”
. Y más en serio, confesó:
“Coincidimos de una manera casi mística”. Para el director: “Hay un
actor adecuado para cada papel.
Solo tienes que estar atento, y verlo
venir en las pruebas, no cerrarte a lo previamente escrito”.
Ahora el protagonista es Edgerton, que en Berlín habló maravillas de
Nichols como persona y como cineasta, y Shannon queda en segundo plano
.
En ese amor también habrá angustia.
Nichols ya ha rodado su quinta película, Loving (Midnight Special
ha necesitado mucho tiempo de posproducción por los numerosos efectos
digitales), que cuenta la historia de los Loving, una pareja interracial
que acabo en 1958 en Virginia en la cárcel por el simple hecho de
casarse.
Con su defensa desnatada, la pareja del televisivo Kiko Matamoros, no
hace más que potenciar la imagen de hedonista malcriado y sin recursos
que proyecta el joven dentro de la casa.
Javier Tudela y Makoke (Imagen Twitter)
Makoke,
que pese a tener una carrera propia en televisión es conocida por el
gran público por su relación sentimental con el televisivo Kiko Matamoros, se ha convertido en la peor defensora de su hijo. En su mayor enemiga. Javier Tudela proyecta
la imagen de joven hedonista cuyos únicos esfuerzos diarios están
dedicados a cultivar su figura.
Una figura que no dista en nada de la de
cualquier 'musculoca' de gimnasio y que se ve coronada por un rostro de
los tantos que se ciñen a los cánones occidentales de belleza
adolescente pre-Interne
t. Su guapura común desierta de exótica combinación, no es, por tanto hoy, un valor, porque la belleza lo es, como lo es la inteligencia o la naturalidad.
Makoke,
que pese a tener una carrera propia en televisión es conocida por el
gran público por su relación sentimental con el televisivo Kiko Matamoros, se ha convertido en la peor defensora de su hijo. En su mayor enemiga. Javier Tudela proyecta
la imagen de joven hedonista cuyos únicos esfuerzos diarios están
dedicados a cultivar su figura.
Una figura que no dista en nada de la de
cualquier 'musculoca' de gimnasio y que se ve coronada por un rostro de
los tantos que se ciñen a los cánones occidentales de belleza
adolescente pre-Internet
. Su guapura común desierta de exótica combinación, no es, por tanto hoy, un valor, porque la belleza lo es, como lo es la inteligencia o la naturalidad.
Su personalidad, diseñada para entrar en 'Gran Hermano VIP', desprende el mismo tufo a fingido que su envoltorio
.
Gruesas pinceladas de acuarela -para dibujar sobre el papel
un secundario de perfil medio bajo e impermeable al comentario ajeno-
que esconden sus escasas capacidades.
Un boceto de niño bien educado que
no arremete contra los contrarios así le toquen a su madre, que, por
norma general, hasta que uno tiene hijos es a lo que más quiere.
Para el
retrato de Javier, su autora -que no es otra que su mamá- ha diluido poca pintura en mucho agua
y tan mala mezcla nos ha permitido descubrir las pinceladas cobardes y
faltas de recursos dialécticos que hablan de colchones de precios
prohibitivos o traiciones a la que llama de vez en cuando hermana.
Triste caricatura de un señor. La cara de dolorosa de MakokeSu madre resulta otra parodia, una bufonada de señora elegante y
educada que lava los trapos sucios en casa o en las portadas de las
revistas del corazón.
Mala actriz que exagera la cara de dolorosa ante
los ataques del villano de su cuento, Diego Matamoros.
Un papel de perfecta dama mal ejecutado que esconde una incapacidad
argumental y un miedo, natural, a enfrentarse al enemigo, que por otro
lado tampoco es Premio Nacional de las Letras. Makoke es insuficiente, y a su imagen y semejanza es la línea de defensa que hace de su hijo.
Makoke no arremete con quién intenta morder a su cachorro y pierde el
tiempo en decir que el niño hace las camas...qué poca bravura, leona
.
Qué par de papeles tan mal ensayados.