Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

31 ene 2016

Mario Vargas Llosa pudo haber mantenido una relación simultánea con su exmujer e Isabel Preysler

Patricia Llosa, Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler
Foto: Europa Press/Europa Press via Getty Images 
 
La matemática no da según Vanitatis de España.
 Aunque la revista ¡Hola! ha publicado que Mario Vargas Llosa sostiene un romance con Isabel Preysler, en el mes de mayo el escritor  apareció en público varias veces con Patricia Llosa, su ex mujer.
Si bien el escritor peruano y la socialité filipina han sido captados en varias salidas románticas, al parecer el premio Nobel se mantuvo dividido entre las dos mujeres el pasado mes.
En el reciente festejo de sus bodas de oro, la pareja apareció en fotos rodeada de sus hijos y brindando con champán en Nueva York. “Mis hijos y yo estamos sorprendidos y muy apenados por las fotos que han aparecido en una revista del corazón", dijo Patricia Llosa en un comunicado tras la publicación de unas fotografías donde se evidenciaba el posible romance entre Vargas Llosa y Preysler, quienes se conocen desde décadas atrás.
RELACIONADO: Vargas Llosa confirma su separación 
Aunque el peruano ya ha anunciado su separación, Vargas Llosa y Patricia Llosa acudieron a la entrega de las Cruces del Dos de Mayo del ayuntamiento de Madrid, y dos semanas más tarde ella lo acompañó a ver una corrida en la plaza de toros de Las Ventas, como pudo comprobar Vanitatis.

 

Sofistas de museo........................................................................ Javier Marías

Pronto no habrá nombre que no esté prohibido. Hay gordos que prefieren ser llamados “personas de tamaño distinto”.

La noticia mereció portada en este diario: “La corrección política asalta el museo”, rezaba el titular, y el reportaje de Isabel Ferrer se iniciaba con una cita falseadora y sofista de la responsable del Departamento de Historia del célebre Rijksmuseum de Ámsterdam.
“Imagínese un cuadro titulado Franchute vestido de gala.
 O, si no, Gabacho montado a caballo. Sonaría ofensivo, ¿no?”, decía Martine Gosselink, y añadía: “Pues lo que intentamos es evitar términos de este tipo, que ya no encajan en nuestra sociedad”. Gosselink y su equipo han decidido, por tanto, desterrar de los rótulos de los cuadros nada menos que veintitrés vocablos, entre ellos “negro”, “cafre”, “indio”, “enano”, “esquimal”, “moro” o “mahometano”, “considerados despectivos”. (¿Cuáles serán los otros dieciséis?)
La pregunta no se me hace esperar: ¿considerados por quiénes?
 Si he tachado de sofistas las declaraciones de esta señora es porque empieza por equiparar términos que sí tienen voluntad ofensiva por parte de quien los emplea con otros que son meramente descriptivos y que, si acaso, sirven a la economía del lenguaje y a la comprensión entre las personas. En todos los idiomas, supongo, existen acuñaciones hechas con ánimo denigratorio, como –en español– las mencionadas “franchute” y “gabacho”, o en francés “boche” para menospreciar a un alemán.
En el inglés de los Estados Unidos lo son “Polack” para referirse a un polaco (en vez de la neutra “Pole”) o “Spic” para denominar a un hispano, “Wop” y “Dago” para un italiano o “Limey” para un británico. “Nigger” para un negro tenía la misma intención, no así “Negro” en su origen, que no era sino la trasposición del vocablo español, por tanto un extranjerismo con función más bien eufemística
. Quien utiliza esas expresiones lo suele hacer a mala idea, para provocar o humillar
. Pero este no es el caso de las que Gosselink se dispone a suprimir.
 Se han usado siempre, como digo, para entenderse, porque no se puede pretender que el conjunto de la población sepa distinguir con precisión entre las distintas tribus nativas de América o entre los miembros de los diferentes países árabes, entre las etnias del África o entre los nacionales de lo que solía conocerse por “Lejano Oriente”.
Por eso, durante mucho tiempo, a estos últimos se los llamó “orientales” en Occidente y todo el mundo se entendía, hasta que en los Estados Unidos (pioneros de todas las quisquillosidades y bobadas) se dictaminó que eso era “ofensivo” y se sustituyó por “asiáticos”
. Nunca he comprendido por qué esta denominación les parece mejor y aceptable, cuando tan asiáticos son, además, los indios de la India y los pakistaníes como los japoneses y los chinos, y me temo que los dos primeros grupos quedan excluidos del término, al menos en el habla normal y común a todos.

La noticia mereció portada en este diario: “La corrección política asalta el museo”, rezaba el titular, y el reportaje de Isabel Ferrer se iniciaba con una cita falseadora y sofista de la responsable del Departamento de Historia del célebre Rijksmuseum de Ámsterdam. “Imagínese un cuadro titulado Franchute vestido de gala. O, si no, Gabacho montado a caballo. Sonaría ofensivo, ¿no?”, decía Martine Gosselink, y añadía: “Pues lo que intentamos es evitar términos de este tipo, que ya no encajan en nuestra sociedad”. Gosselink y su equipo han decidido, por tanto, desterrar de los rótulos de los cuadros nada menos que veintitrés vocablos, entre ellos “negro”, “cafre”, “indio”, “enano”, “esquimal”, “moro” o “mahometano”, “considerados despectivos”. (¿Cuáles serán los otros dieciséis?)
La pregunta no se me hace esperar: ¿considerados por quiénes? Si he tachado de sofistas las declaraciones de esta señora es porque empieza por equiparar términos que sí tienen voluntad ofensiva por parte de quien los emplea con otros que son meramente descriptivos y que, si acaso, sirven a la economía del lenguaje y a la comprensión entre las personas. En todos los idiomas, supongo, existen acuñaciones hechas con ánimo denigratorio, como –en español– las mencionadas “franchute” y “gabacho”, o en francés “boche” para menospreciar a un alemán.
¿Quiénes han pasado a considerarlos despectivos? Tal vez los propios interesados
En el inglés de los Estados Unidos lo son “Polack” para referirse a un polaco (en vez de la neutra “Pole”) o “Spic” para denominar a un hispano, “Wop” y “Dago” para un italiano o “Limey” para un británico. “Nigger” para un negro tenía la misma intención, no así “Negro” en su origen, que no era sino la trasposición del vocablo español, por tanto un extranjerismo con función más bien eufemística. Quien utiliza esas expresiones lo suele hacer a mala idea, para provocar o humillar
. Pero este no es el caso de las que Gosselink se dispone a suprimir.
Se han usado siempre, como digo, para entenderse, porque no se puede pretender que el conjunto de la población sepa distinguir con precisión entre las distintas tribus nativas de América o entre los miembros de los diferentes países árabes, entre las etnias del África o entre los nacionales de lo que solía conocerse por “Lejano Oriente”.
Por eso, durante mucho tiempo, a estos últimos se los llamó “orientales” en Occidente y todo el mundo se entendía, hasta que en los Estados Unidos (pioneros de todas las quisquillosidades y bobadas) se dictaminó que eso era “ofensivo” y se sustituyó por “asiáticos”.
Nunca he comprendido por qué esta denominación les parece mejor y aceptable, cuando tan asiáticos son, además, los indios de la India y los pakistaníes como los japoneses y los chinos, y me temo que los dos primeros grupos quedan excluidos del término, al menos en el habla normal y común a todos.
Uno de los ejemplos que aparecen en el reportaje da idea de la ­ridiculez del asunto.
 “Esquimal”, señala Isabel Ferrer, “es el nombre ­genérico para los distintos pueblos indígenas de zonas árticas y de Siberia.
 En cuanto se identifique el grupo étnico al que pertenecen” (los esquimales pintados en cuadros, deduzco), “se puede cambiar por inuit, yupik, kalaallit, inuvialuit, inupiat, aluutiq, chaplinos, naucanos o sireniki, sus diversas comunidades”.
 Y explica Gosselink muy ufana: “Primero hay que encontrar la rama concreta del poblador.
 No nos podemos equivocar …” Si mi entendimiento no me engaña, me imagino la surrealista y conmovedora escena: un grupo de expertos y fisonomistas escrutando el cuadro en el que aparece un esquimal y tratando de discernirlo (eso en el supuesto de que el pintor fuera bueno, y realista, y fidedigno, y no inventara ni adornada nada).
 “Yo me inclino por un aluutiq”, diría uno. “No sé yo”, respondería otro, “le veo rasgos de inuvialuit, aunque la zamarra es más propia de chaplino”.
 Jamás he oído como negativo el término “esquimal”, ni “moro” tiene nada malo en sí (otra cosa sería “moraco”), ni “enano”.
Hay sordos que detestan ser conocidos por ese nombre y ciegos que por el suyo
¿Quiénes han pasado a considerarlos despectivos?
 Tal vez los propios interesados, no sé.
 Es sabido que desde hace decenios hay gordos que exigen ser llamados cosas tan antieconómicas e incomprensibles como “personas de tamaño distinto”, entre las que cabrían también los gigantes, los niños, por supuesto los enanos y acaso los anoréxicos.
Hay sordos que detestan ser conocidos por ese nombre y ciegos que por el suyo, y hace siglos que fueron condenados vocablos como “tullido”, “lisiado”, “paralítico” o “minusválido”.
 Supongo que “discapacitado” correrá la misma suerte, y que pronto serán desterrados “cojo”, “manco”, “miope” y “bizco”
. Creo que quienes demonizan estas palabras son los verdaderos racistas, xenófobos y discriminadores, porque lo que en verdad demonizan es lo que significan (el significado y no el significante, dicho con pedantería).
Si yo digo “ese negro” para referirme a alguien no tiene peor intención que si digo “ese rubio” o “ese con pecas”, es una manera de identificar, nada más.
Cabeza de negro, como hasta hace poco.
Si nos atenemos y plegamos a la subjetividad y el capricho de cada uno, y a la extrema susceptibilidad de nuestros días, pronto no habrá nombre que no esté estigmatizado y prohibido, y entonces no nos entenderemos
. “Te veo con tamaño distinto”, me esforzaré en decirle al próximo amigo al que vea muy engordado.
elpaissemanal@elpais.es

 

Aquellos héroes................................................................................ Rosa Montero

La matanza de Atocha marcó a una generación que vivió con ilusión pero también con miedo los años de la Transición.

En el ámbito periodístico se dice “usar una percha” al hecho de hacer coincidir una noticia con una efemérides o con cualquier motivo contextual que le dé actualidad al tema y, por tanto, subraye su importancia
. El estupendo libro-reportaje de Jorge M. Reverte e Isabel Martínez Reverte La matanza de Atocha (editorial La Esfera de los Libros) se acaba de publicar sin el amparo de esa excusa.
De hecho, ahora se cumplen 39 años de aquel funesto 24 de enero de 1977, cuando unos pistoleros de extrema derecha irrumpieron a las diez y media de la noche en el despacho laboralista de CC OO de la calle de Atocha de Madrid y vaciaron los cargadores de sus Browning y Star sobre los allí reunidos, siete abogados, un estudiante y un administrativo, asesinando a cinco e hiriendo de extrema gravedad a los cuatro restantes.
 Y publicar algo a los 39 años de haber sucedido es como llegar el cuarto en los Juegos Olímpicos: una cifra fastidiosa y nada memorable, porque roza lo redondo pero se queda en nada.
 El libro de los Reverte, pues, se presenta a pecho descubierto, basando su importancia en el hecho en sí, en la relevancia imborrable de lo sucedido, en la necesidad de recordar aquel suceso crucial de nuestra Transición.
Lo primero que recuerdo es el terror
. La noticia se extendió como una llamarada 
La matanza de Atocha fue uno de esos acontecimientos que marcan a una generación; creo que todos los que teníamos edad para vivirlo guardamos una viva memoria de aquello.
Y lo primero que recuerdo es el terror.
 La noticia se extendió como una llamarada en la noche de enero y cundió el temor de que se hubiera desatado una purga, de que la extrema derecha hubiera comenzado su “noche de los cuchillos largos” y se dedicara a asesinar a la gente más o menos progresista, a todos aquellos que aparecían en las dudosas y arbitrarias listas de amenazados que circulaban por ahí.Una cosa que pocas veces se dice de la Transición es el miedo tremendo que se pasaba.
 Aquella noche fue de mucha angustia para todos.
En mi caso, por añadidura, se dio una implicación especial con la matanza.
 Ese despacho de Atocha era el de mis abogados laboralistas; uno de los letrados, mi querido Nacho Montejo, fallecido en 2013, que se salvó por un pelo de la masacre (salió cinco minutos antes para ir al cine), nos llevaba a unos colegas y a mí un caso por lock out: un día llegamos a la fugaz e inestable revista en la que trabajábamos y nos encontramos con la puerta cerrada.
 Este tipo de cosas sucedían a menudo en aquella España transitoria: todo era efímero y escurridizo. De modo que en esos días yo frecuentaba bastante aquel despacho.
Y luego hubo algo más: al año siguiente, con motivo (con la percha) del aniversario de la matanza, escribí tres reportajes en El PAÍS sobre el tema.
 El primero, la reconstrucción narrativa del crimen; el segundo, la historia de los asesinos; el tercero, la historia de las víctimas.
 Fue uno de los trabajos de los que más orgullosa estoy en toda mi carrera, pero también fue el que más me hizo sufrir.
 Por el tema en sí y por tener que hablar con los asesinos en la cárcel; pero, sobre todo, porque fui apaleada implacablemente por casi todos los lectores, que consideraban que en el segundo capítulo no condenaba a los criminales como ellos querían que se les condenara
. Tenían razón: no condenaba aunque tampoco disculpaba; simplemente intentaba comprender qué conduce a una persona a cometer un acto tan horrible, porque creo que sólo podemos evitar las atrocidades si sabemos por qué se originan.
 Pero hice ese esfuerzo de entendimiento al año de la masacre, demasiado pronto, con las heridas aún sangrando, y la gente lo único que quería oír por entonces era una repulsa furiosa, un rugido de rabia. Me equivoqué y lo pagué.
En aquella España transitoria todo era efímero y escurridizo
Este libro, en cambio, está escrito con la suficiente perspectiva temporal, y a la vez con pasión y con rigor.
 Al leerlo tienes la sensación de que lo entiendes todo o casi todo, de que completas la visión de aquellos tiempos.
 Y además es un merecido, necesario homenaje a aquellos abnegados y estoicos abogados veinteañeros. 

Y cuidado, con esto no estoy glorificando a CC OO ni desde luego al partido comunista, que en otros momentos fue cómplice de barbaridades estalinistas, como en el caso cubano. Tan sólo estoy rescatando a los héroes anónimos de unos tiempos confusos, gente generosa que era capaz de trabajar hasta la extenuación por sueldos miserables, que carecían de tiempo para su vida privada (si Nacho Montejo se fue al cine aquel día fue porque su mujer le puso un ultimátum), que se sabían amenazados y aun así siguieron adelante. 

Hombres y mujeres con ideales que dieron literalmente su vida por una sociedad mejor. 

Es decir, por nosotros. 

 Siempre me conmueve recordar que los mataron a las diez y media de la noche y que los pobres seguían allí metidos, trabajando.

Tener muchos problemas es tener un problema..................................................... Xavier Guix

Cuando los contratiempos parecen acumularse entramos en el terreno de lo inevitable.

 Para intentar resolverlos hay que buscar la raíz de los mismos

 

 
Mi amiga Angelina es una experta en contratiempos.
 No porque sepa cómo solucionarlos, sino porque siempre anda enfrascada en unos cuantos.
 Con ella la conversación suele empezar con la pregunta: “¿En qué líos andas metida?”. Entonces empieza a contarlos, los enumera y los jerarquiza.
Mientras la noto ansiosa ante tanta problemática, no puedo evitar mi mirada de observador y apreciar, también por costumbre, que allá donde ella ve fuegos, agujeros negros, enemigos y aludes que la arrastrarán al fondo del abismo, yo solo veo un problema.
 Y siempre es el mismo.

Un día, aprovechando una pausa en su relato mientras absorbía un café doble –que lo único que hacía era ponerla aún más nerviosa–, le conté que lo que le pasaba en realidad no era que tuviera muchos frentes abiertos, sino que siempre era el mismo que se reproducía en todos los ambientes de su vida. La cara que puso era de tal incredulidad que me quedé con la duda de si no entendía nada o, de repente, lo había entendido todo.
 Hay días en los que parece que todos los elementos se han conjurado para amargar la existencia a cualquiera.
 Entonces se intentan superar los agravios con los recursos aprendidos, pero el resultado, al final, varía poco.
 ¿Qué está ocurriendo? Resulta curioso que el ser humano no se dé cuenta de que, aunque cambien las personas y los contextos, suele existir un problema de fondo que hay que resolver.
 Angelina suele cansarse de todo.
 En todos los aspectos en los que ella ve mala suerte, negocios fallidos y gente que no la entiende, yo solo veo cansancio.
La manera en que una persona solucione sus conflictos puede determinar su carácter.
 La cualidad de saber reaccionar frente a las ­adversidades es una de las particularidades que pueden forjar una personalidad.
 Para desatascar una situación complicada hay que llevar a cabo una serie de acciones puntuales que no valen para resolver otra dificultad de diferente índole.
 Es decir, no se deben repetir los patrones de conducta porque cada problema requiere una determinada resolución
. Es importante entender este punto y luchar contra la fuerza del hábito, que siempre te empuja a actuar de la misma forma
. Lo complicado es que no siempre es fácil identificar nuestra propia conducta.
 Creemos ir por la derecha, pero cuando advertimos nuestros pasos resulta que andamos hacia la izquierda.andamos hacia la izquierda
. Es más, muchas veces somos capaces de cambiar de ruta en décimas de segundo. Damos un golpe de volante y no sabemos bien por qué. ¿Una corazonada? ¿Un impulso irrefrenable?
No todo son agravios.
 Muchas veces el motivo de tanta angustia es la insatisfacción
El remedio a tales entuertos se encuentra, como tantas otras cosas, en ese mecanismo invisible que se llama inconsciente.
 Entonces los hábitos se han mecanizado hasta tal extremo que se ha perdido la referencia de su proceso. Conducimos, por ejemplo, sin pensar que conducimos.
 Lo que se aprendió en la autoescuela se convierte con los años en un proceso mecanizado que permite fijarse en el paisaje, escuchar música o dialogar con el copiloto.
 Cuando nuestros hábitos, también los psicológicos, quedan mecanizados, el inconsciente se convierte en una máquina infalible que decide por nosotros, que retorna una y otra vez a lo que una vez le enseñamos.
 Albert Einstein abrió el camino para que, ante los problemas, sepamos salir del paradigma que los creó.
Sucede entonces que, a pesar de haber tenido trabajos diferentes, relaciones y amistades, cambiar de domicilio, de países y de culturas, se repite la misma historia, se acaba más o menos igual, suceden los mismos contratiempos y se intentan solucionar de igual manera.
 Lo que pasa es que nunca se resolvieron porque se desconocía su origen