A raíz del artículo que publiqué sobre el libro de James Rhodes,
en el que cuenta cómo un profesor le violó de niño, he recibido la
estremecedora, hermosa, brutal carta de una lectora hablando de otro
tipo de abusos y otras infancias infernales: las vividas por los hijos
de la violencia de género
. Que, por desgracia, son legión
. Según un
estudio publicado el pasado mes de agosto y realizado por matemáticos de
la Universidad Politécnica de Valencia (UPV), en 2017 habrá tres
millones de maltratadores en España.
Esto es, tres millones de hombres
entre los 16 y los 74 años habrán agredido físicamente a su pareja en
algún momento de sus vidas.
La cifra se obtuvo por medio de ecuaciones y
desarrollos de modelos matemáticos y parece tener una base fiable.
Pero, aunque hubiera un error de bulto que la redujera a la mitad,
seguiría siendo nauseabunda, exorbitante.
Y sí, por supuesto, claro que
también hay mujeres que ejercen la violencia sobre sus parejas e incluso
madres que asesinan a sus propios hijos.
Pero el número de casos es
infinitamente menor y por eso en este artículo voy a centrarme en la
agresividad masculina.
Y así fueron transcurriendo los años, sin que el odio y la maledicencia les dieran la menor tregua
Es este carácter casi endémico de la violencia de género lo que
subyace tras el aterrador testimonio de A., la lectora a la que antes me
he referido
A. nació en los años cincuenta en una ciudad pequeña y provinciana.
Para mayor desgracia, el brutal padre formaba parte de las fuerzas
vivas
. Cuando A. y su hermana tenían 9 y 10 años, acordaron apoyar a la
madre a cambio de que ésta se atreviera a separarse del verdugo.
Al fin
lo consiguió, pero eso no terminó con el infierno, antes al contrario.
Desde que se separaron, en 1967, la madre y las niñas fueron acosadas
socialmente
. Un año más tarde el padre se suicidó, y entonces el
tormento arreció hasta límites indecibles:
“Nos gritaban: putas,
lesbianas, no nos extraña que el padre se haya suicidado…”. A. y su
hermana se convirtieron en unas apestadas; los demás niños no las
hablaban.
Les tiraban piedras a las ventanas por las noches, pateaban la
puerta de su casa.
La madre fue vigilada por la policía durante cinco
años: intentaban encontrar un motivo para acusarla de inmoralidad y
quitarle la pensión de viudedad.
No lo lograron: la mujer, que antes de
casarse había estado preparándose para ser monja, llevó una vida estoica
y transparente.
Y así fueron transcurriendo los años, sin que el odio y la
maledicencia les dieran la menor tregua. La buena sociedad provinciana
mantenía la mirada fija en ellas, las escrutaba a través de la lupa de
su mezquindad y sus prejuicios, esperando con impaciente afán que algún
día dieran la campanada (o lo que ellos entendían por campanada), que
provocaran un escándalo, que demostraran que eran en efecto unas
perdidas, tal y como ellos venían vaticinando desde hacía años
. Una
noche, ya cumplidos los 30, A. dio la vuelta a una esquina poco
iluminada empujando un carrito de la compra y se topó con el director de
una empresa de servicios de la zona.
El tipo alzó el brazo, la señaló y soltó una
sonora y burlona carcajada.
Pero al acercarse advirtió su error y empezó
a balbucear: Ah, creí que era el cochecito de un bebé… “Yo no pude ni
contestarle, estaba en
shock, ¿a qué venía esa risa?”.
La presión era tal que A. y su hermana llegaron a la conclusión de
que no podían tener hijos porque les amargarían la vida en el colegio
como se la habían amargado a ellas, los marginarían, los destruirían.
Y,
en efecto, ninguna de las dos ha sido madre.
Otra posibilidad hubiera
sido emigrar, marcharse de esa especie de Vetusta cruel
. Pero no era
fácil, había responsabilidades y lazos familiares, económicos,
emocionales.
Y además, ¿por qué van a tener que desarraigarse las
víctimas y no toda esa gentuza que las agrede? Sólo se puede entender
esta historia grotesca de acoso y linchamiento si tenemos en cuenta la
aceptación y comprensión de las que el maltratador gozaba y aún sigue
gozando en una parte de la sociedad.
Con todo, lo más potente y lo más bello es lo que A. me contó al
final:
“Todo esto no quiere decir que, a lo largo de este proceso,
nuestra vida no fuera maravillosa.
Hemos ido a nadar en verano e
invierno, hemos dado largas caminatas, incluso conseguimos trabajar y
ganar un buen sueldo.
Hemos vivido una vida paralela, una vida
totalmente libre y transgresora o en ocasiones precursora”. A. incluso
ha llegado a perdonar a su padre,
“pero no a la sociedad que nos
machacó”.
Claro que no todos los hijos de la violencia doméstica son tan
fuertes o tienen tanta suerte: algunos incluso son asesinados por sus
padres, al amparo de unos jueces que entregan a los aterrorizados críos a
su maltratador.
En el caso de A., por lo menos su padre se suicidó
antes de matar a su familia y no después, como suele ocurrir. Es un
alivio.