El
desánimo se extiende por la clase media de EE UU. La desigualdad, el
malestar con las élites y el alza de una sociedad multirracial marcarán
la designación del próximo presidente.
¿Qué tienen que ver los suicidios y las muertes por sobredosis en
Estados Unidos con el fenómeno Donald Trump? La respuesta breve: nada.
El magnate y showman Trump
anunció su candidatura a la nominación republicana a la Casa Blanca en
junio de 2015
. En seguida se encaramó en lo alto de los sondeos.
El
aumento de la mortalidad entre estadounidenses de mediana edad data de
mucho antes, de principios de la década pasada.
Fernando Vicente
En un estudio publicado en otoño de 2015,
el último Nobel de Economía, Angus Deaton, y la economista Anne Case
revelaron los efectos de la epidemia de heroína y el consumo del alcohol
en un segmento de población determinado: los blancos sin estudios
universitarios, el grupo más golpeado por el aumento de la mortalidad.
La respuesta más larga a la pregunta del principio: mucho.
El
malestar de los blancos sin estudios superiores —malestar con las élites
políticas, con las desigualdades económicas, con los cambios acelerados
en las costumbres y la composición étnica del país, con sus propias
vidas— es un dato central en la campaña para suceder a Barack Obama en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre.
El lunes 1 de febrero, en el pequeño Estado de Iowa, arranca el ciclo de caucus
(asambleas electivas) y elecciones primarias que, de ahora a junio,
servirá para elegir a los delegados que en las convenciones demócrata y
republicana designarán al candidato de cadapartido para la Casa Blanca.
Políticos como Trump han capitalizado la insatisfacción de la clase
trabajadora blanca, según Case. “Está claro que muchos blancos
americanos en este grupo demográfico sienten que están en crisis”, ha
escrito Case en la publicación Quartz, “y que los candidatos,
en el intento de hacerse con lo que será un bloque de votantes
sustancial en 2016, están modelando sus programas electorales pensando
en un público que se siente cada vez más invisible”.
El desánimo no es monopolio de los partidarios de Trump, el candidato
que ha trastocado las normas del juego político con una retórica
contraria a Washington, a los inmigrantes, a los musulmanes y a los
jefes de su propio partido, el republicano.
Es transversal, aunque
posiblemente esté más acentuado entre los conservadores.
Trump y Sanders no tienen nada que ver.
Pero los dos son periféricos en sus partidos y recogen el enfado del electorado
Tampoco es seguro que el desánimo sea el único sentimiento de los
estadounidenses hoy. Es posible, como dice William Frey, el demógrafo
que mejor ha auscultado las transformaciones de EE UU en los años de
Obama, que exista una mayoría silenciosa que no comparte la angustia y
el pesimismo de los ciudadanos y políticos que más se escuchan en
campaña.
“Quizá haya otro grupo de personas que ahora no estemos oyendo, quizá sean más moderados”, dice Frey.
Pero ahora se oye, a la derecha, a Trump, o al senador texano Ted Cruz,
que atizan el miedo a los inmigrantes y a todo tipo de angustias
existenciales para EE UU.
Y, a la izquierda, el senador por Vermont Bernie Sanders desafía a la favorita demócrata, Hillary Clinton, con un discurso socialdemócrata clásico contra las desigualdades y los abusos de Wall Street.
Trump y Sanders no tienen nada que ver, ni en la ideología ni en el
talante.
Pero ambos son periféricos en sus partidos y recogen el enfado
del electorado con el establishment —llámese Wall Street, Washington, medios de comunicación o aparatchiks de los partidos: instituciones impotentes para gestionar un mundo dislocado— y la indignación con el statu quo:
una recuperación económica que, en las cifras, es excepcional (tasas de
paro cercanas al pleno empleo, crecimiento sostenido, déficit bajo
control), pero que las clases trabajadoras no han notado.
¿Qué tienen que ver los suicidios y las muertes por sobredosis en
Estados Unidos con el fenómeno Donald Trump? La respuesta breve: nada.
El magnate y showman Trump
anunció su candidatura a la nominación republicana a la Casa Blanca en
junio de 2015. En seguida se encaramó en lo alto de los sondeos. El
aumento de la mortalidad entre estadounidenses de mediana edad data de
mucho antes, de principios de la década pasada.
En un estudio publicado en otoño de 2015,
el último Nobel de Economía, Angus Deaton, y la economista Anne Case
revelaron los efectos de la epidemia de heroína y el consumo del alcohol
en un segmento de población determinado: los blancos sin estudios
universitarios, el grupo más golpeado por el aumento de la mortalidad.
La respuesta más larga a la pregunta del principio: mucho. El
malestar de los blancos sin estudios superiores —malestar con las élites
políticas, con las desigualdades económicas, con los cambios acelerados
en las costumbres y la composición étnica del país, con sus propias
vidas— es un dato central en la campaña para suceder a Barack Obama en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre. El lunes 1 de febrero, en el pequeño Estado de Iowa, arranca el ciclo de caucus
(asambleas electivas) y elecciones primarias que, de ahora a junio,
servirá para elegir a los delegados que en las convenciones demócrata y
republicana designarán al candidato de cada partido para la Casa Blanca.
Políticos como Trump han capitalizado la insatisfacción de la clase
trabajadora blanca, según Case. “Está claro que muchos blancos
americanos en este grupo demográfico sienten que están en crisis”, ha
escrito Case en la publicación Quartz, “y que los candidatos,
en el intento de hacerse con lo que será un bloque de votantes
sustancial en 2016, están modelando sus programas electorales pensando
en un público que se siente cada vez más invisible”.
El desánimo no es monopolio de los partidarios de Trump, el candidato
que ha trastocado las normas del juego político con una retórica
contraria a Washington, a los inmigrantes, a los musulmanes y a los
jefes de su propio partido, el republicano. Es transversal, aunque
posiblemente esté más acentuado entre los conservadores.
Trump y Sanders no tienen nada que ver. Pero los dos son periféricos en sus partidos y recogen el enfado del electorado
Tampoco es seguro que el desánimo sea el único sentimiento de los
estadounidenses hoy. Es posible, como dice William Frey, el demógrafo
que mejor ha auscultado las transformaciones de EE UU en los años de
Obama, que exista una mayoría silenciosa que no comparte la angustia y
el pesimismo de los ciudadanos y políticos que más se escuchan en
campaña.
“Quizá haya otro grupo de personas que ahora no estemos oyendo, quizá sean más moderados”, dice Frey.
Pero ahora se oye, a la derecha, a Trump, o al senador texano Ted Cruz,
que atizan el miedo a los inmigrantes y a todo tipo de angustias
existenciales para EE UU. Y, a la izquierda, el senador por Vermont Bernie Sanders desafía a la favorita demócrata, Hillary Clinton, con un discurso socialdemócrata clásico contra las desigualdades y los abusos de Wall Street.
Trump y Sanders no tienen nada que ver, ni en la ideología ni en el
talante.
Pero ambos son periféricos en sus partidos y recogen el enfado
del electorado con el establishment —llámese Wall Street, Washington, medios de comunicación o aparatchiks de los partidos: instituciones impotentes para gestionar un mundo dislocado— y la indignación con el statu quo:
una recuperación económica que, en las cifras, es excepcional (tasas de
paro cercanas al pleno empleo, crecimiento sostenido, déficit bajo
control), pero que las clases trabajadoras no han notado.
Los salarios se han estancado, las deslocalizaciones industriales han
dejado ciudades semivacías en el Medio Oeste y la generación de los millenials,
los nacidos después de 1980, afronta la perspectiva de ser la primera,
desde la II Guerra Mundial, que vivirá peor que sus padres. Por primera
vez desde principios de los años setenta, los hogares de ingresos medios ya no son mayoritarios en EE UU,
según un estudio del Pew Research Center.
El número de estadounidenses
en hogares de altos y bajos ingresos supera ya al de ingresos medios,
signo de una sociedad más desigual en la que la clase media —el gran
motor de la cohesión social: el territorio donde la american way of life (el estilo de vida americano) podía desplegarse en plenitud— se encoge y pierde su centralidad en la vida estadounidense.
Un sondeo reciente de la revista Esquire y la cadena NBC
revela que la mitad de los estadounidenses están más enojados que el año
pasado y que los blancos son el grupo étnico más enfadado, más que los
negros y los hispanos.
Hace unos días, en un mitin en Iowa, Hillary Clinton contó una
conversación con su marido, el expresidente Bill Clinton, sobre el
aumento de la mortalidad entre los blancos. Bill le dijo: “La gente
siente que el sueño americano se les está escapando y están muriendo de
tristeza”.
El mito del sueño americano es más reciente de lo que se piensa.
El
término lo acuñó el historiador James Truslow Adams en el libro La épica de América,
escrito en 1931.
“No es un sueño simplemente de automóviles y salarios
altos, sino un sueño de orden social al que hombres y mujeres pueden
aspirar sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o
posición”.
El igualitarismo estadounidense no habla de igualdad de
resultados, sino de oportunidades.
La Declaración de Independencia, de
1776, no garantiza el derecho a la felicidad, sino a buscar la
felicidad: el resultado depende del talento de cada uno.
El optimismo,
se dice, está inscrito en los genes de este país: desde la fundación
hasta el republicano Ronald Reagan, que en 1989 se despidió de la Casa
Blanca retomando las palabras del puritano John Winthrop sobre “la
ciudad radiante sobre la colina”, metáfora de EE UU como faro de la
humanidad. Hillary Clinton, durante un mitin en la Universidad de Iowa. Jae C. HongAP
Alguna gente del barrio, que antes me saludaba con amistosidad, murmura un “Buenos días, caballero”.
Quienes siguen estas columnas ya saben que suele haber una anual
sobre la imparable escalada armamentística a que me somete con sus
regalos de Reyes mi colega Pérez-Reverte. Ya conté que en los anteriores
había ascendido un peldaño, y, tras varios de cuchillos, revólveres y
pistolas, se había inclinado por un arma larga, un fusil desmontable o
pistola ametralladora Sten, según los pedantes términos de mi amiga y
colaboradora Mercedes, que por un azar se convirtió en experta y no
perdona un vocablo inexacto. Tanto ella como Aurora como Carme, las
personas que más me ven en mi casa, se mofaron de lo lindo y me
anunciaron un bazuca o un cañón para los siguientes Reyes . Este año
Pérez-Reverte, muy generoso, me amenazó con un incremento de potencia y
tamaño, en efecto. (Como siempre, y para que los puritanos no pongan el
grito en el cielo, conviene advertir que son réplicas
perfectas, y que no disparan.) Le rogué que se abstuviera: los
subfusiles y rifles ocupan un sitio del que carezco en mi casa, y además
apelé a su ejemplo: hace unos meses AP-R me invitó por fin a su
domicilio, junto con nuestro amigo Tano y el excelente periodista y
poeta Antonio Lucas. Y, en contra de lo que yo suponía, descubrí que no
le cuelgan de los techos aviones Messerschmidt ni vi la piscina invadida
por submarinos. Es más, ni siquiera vi armas de fuego, tan sólo
blancas. Eso sí, imponentes. Aparte de una vitrina con dagas y puñales
varios, el Capitán Alatriste posee una fantástica colección de unos
sesenta sables de caballería auténticos, en perfectos estado y orden.
Como los tres convidados apreciamos los objetos que no callan
enteramente su pasado, AP-R tuvo a bien mostrarnos unos cuantos. No sé
por qué, insistía en que fuera yo quien desenvainara las piezas (quizá
porque soy zurdo), y cada vez que sacaba una espada veía cómo Tano y
Lucas retrocedían un par de pasos, temerosos de que mi brazo calculara
mal las distancias y Una colección fantástica, ya digo.
Ni siquiera vi armas de fuego, tan sólo blancas.
Eso sí, imponentes
Así que se avino a limitarse a las pistolas.
Quedamos temprano en un
restaurante que él frecuenta, para que no hubiera comensales que
pudieran atragantarse cuando me entregara su joya, una pistola
automática Colt M1911.
Yo le correspondí, como siempre, con algo más
civil, el libro The British Spy Manual, un facsímil de la guía
que destinó el Ministerio de la Guerra a los comandos secretos de la
Segunda Guerra Mundial, con fotos e ilustraciones de los ingeniosos
utensilios de que se valían aquéllos en sus arriesgadas misiones,
incluidas las herramientas mortales.
Pero a la pistola de Reyes: fue un
modelo inventado por el famoso diseñador mormón John Moses Browning, con
un fin en verdad mortífero: tras la toma de las Filipinas a España en
1898, no pasaron demasiados años antes de que los líderes religiosos
musulmanes del archipiélago declararan la guerra santa (la yihad,
vamos) a sus “libertadores”, con la consiguiente y consabida promesa
del paraíso inmediato para cuantos cayesen en combate.
Y así surgieron
los llamados “Moros de Filipinas” o “Juramentados”, guerreros tan
feroces y suicidas que, armados sólo con machetes, se abalanzaban a la
carrera contra los soldados estadounidenses.
No sólo los animaba su fe,
me explicó Arturo, sino sustancias alucinógenas que los hacían creerse
invulnerables.
Y en parte lo eran momentáneamente, en efecto.
El revólver reglamentario que utilizaban las tropas americanas era del calibre .38 long colt,
cuyo “poder de parada” era escaso
. Por “poder de parada” se entiende
capacidad para frenar en el acto y dejar seco al atacante
. Aquellos
“Juramentados” lograban llegar con sus machetazos hasta los soldados
aunque éstos les hubieran descargado las seis balas de su revólver, tal
era su ímpetu.
El ejército observó que algunos afortunados que aún
poseían el viejo Colt M1873 (el clásico del Oeste, también regalo de
AP-R hace unos años), de calibre .45, conseguían parar al fanático al
primer tiro.
Así que el nuevo Colt M1911 adoptó dicho calibre.
El arma
resultó tan eficaz que no fue jubilada hasta 1985, y fue empleada en las
dos Guerras Mundiales, en la de Corea y en la de Vietnam, nada menos.
Y, claro, también la usaron numerosos gangsters.
Llegó el momento de que Arturo me enseñara su funcionamiento, y el
restaurante estaba a rebosar, no era cuestión de provocar una estampida.
Nos acercamos hasta el portal de mi casa, y allí estábamos amartillando
y apretando el gatillo como dos críos de antaño o quizá dos idiotas,
cuando salió del ascensor una joven que nos miró aterrorizada (ya digo
que las réplicas son perfectas: de haber sido ella un policía de
Ferguson o Chicago nos habría acribillado allí mismo sin preguntar, a
buen seguro).
Nos apresuramos a apuntar hacia el suelo y decirle: “No se
asuste, es de mentira, no dispara”. “Menos mal”, contestó ella con
nerviosismo y apretando el paso hacia la salvadora calle, casi
espantada.
En fin, no hay año en que, gracias a la generosidad de mi
colega AP-R, mi reputación no mengüe.
Es fácil que la joven haya
alertado a todo el vecindario de que vive un majadero belicista en la
escalera.
No sé si son imaginaciones mías, pero empiezo a notar que
alguna gente del barrio, que antes me saludaba con amistosidad, murmura
un apresurado “Buenos días, caballero” y pasa a toda velocidad a mi
lado
. (Lo de “caballero” debe de ser irónico.) Me preocuparé muy en
serio cuando alguno me ofrezca su cartera y levante los brazos
rindiéndose, antes de mediar palabra.
En 2017 habrá tres millones de maltratadores en España.
A raíz del artículo que publiqué sobre el libro de James Rhodes,
en el que cuenta cómo un profesor le violó de niño, he recibido la
estremecedora, hermosa, brutal carta de una lectora hablando de otro
tipo de abusos y otras infancias infernales: las vividas por los hijos
de la violencia de género
. Que, por desgracia, son legión
. Según un
estudio publicado el pasado mes de agosto y realizado por matemáticos de
la Universidad Politécnica de Valencia (UPV), en 2017 habrá tres
millones de maltratadores en España.
Esto es, tres millones de hombres
entre los 16 y los 74 años habrán agredido físicamente a su pareja en
algún momento de sus vidas.
La cifra se obtuvo por medio de ecuaciones y
desarrollos de modelos matemáticos y parece tener una base fiable.
Pero, aunque hubiera un error de bulto que la redujera a la mitad,
seguiría siendo nauseabunda, exorbitante.
Y sí, por supuesto, claro que
también hay mujeres que ejercen la violencia sobre sus parejas e incluso
madres que asesinan a sus propios hijos.
Pero el número de casos es
infinitamente menor y por eso en este artículo voy a centrarme en la
agresividad masculina.
Y así fueron transcurriendo los años, sin que el odio y la maledicencia les dieran la menor tregua
Es este carácter casi endémico de la violencia de género lo que
subyace tras el aterrador testimonio de A., la lectora a la que antes me
he referido
A. nació en los años cincuenta en una ciudad pequeña y provinciana.
Para mayor desgracia, el brutal padre formaba parte de las fuerzas
vivas
. Cuando A. y su hermana tenían 9 y 10 años, acordaron apoyar a la
madre a cambio de que ésta se atreviera a separarse del verdugo.
Al fin
lo consiguió, pero eso no terminó con el infierno, antes al contrario.
Desde que se separaron, en 1967, la madre y las niñas fueron acosadas
socialmente
. Un año más tarde el padre se suicidó, y entonces el
tormento arreció hasta límites indecibles:
“Nos gritaban: putas,
lesbianas, no nos extraña que el padre se haya suicidado…”. A. y su
hermana se convirtieron en unas apestadas; los demás niños no las
hablaban.
Les tiraban piedras a las ventanas por las noches, pateaban la
puerta de su casa.
La madre fue vigilada por la policía durante cinco
años: intentaban encontrar un motivo para acusarla de inmoralidad y
quitarle la pensión de viudedad.
No lo lograron: la mujer, que antes de
casarse había estado preparándose para ser monja, llevó una vida estoica
y transparente.
Y así fueron transcurriendo los años, sin que el odio y la
maledicencia les dieran la menor tregua. La buena sociedad provinciana
mantenía la mirada fija en ellas, las escrutaba a través de la lupa de
su mezquindad y sus prejuicios, esperando con impaciente afán que algún
día dieran la campanada (o lo que ellos entendían por campanada), que
provocaran un escándalo, que demostraran que eran en efecto unas
perdidas, tal y como ellos venían vaticinando desde hacía años
. Una
noche, ya cumplidos los 30, A. dio la vuelta a una esquina poco
iluminada empujando un carrito de la compra y se topó con el director de
una empresa de servicios de la zona.
El tipo alzó el brazo, la señaló y soltó una
sonora y burlona carcajada.
Pero al acercarse advirtió su error y empezó
a balbucear: Ah, creí que era el cochecito de un bebé… “Yo no pude ni
contestarle, estaba en shock, ¿a qué venía esa risa?”.
La presión era tal que A. y su hermana llegaron a la conclusión de
que no podían tener hijos porque les amargarían la vida en el colegio
como se la habían amargado a ellas, los marginarían, los destruirían.
Y,
en efecto, ninguna de las dos ha sido madre.
Otra posibilidad hubiera
sido emigrar, marcharse de esa especie de Vetusta cruel
. Pero no era
fácil, había responsabilidades y lazos familiares, económicos,
emocionales.
Y además, ¿por qué van a tener que desarraigarse las
víctimas y no toda esa gentuza que las agrede? Sólo se puede entender
esta historia grotesca de acoso y linchamiento si tenemos en cuenta la
aceptación y comprensión de las que el maltratador gozaba y aún sigue
gozando en una parte de la sociedad.
Con todo, lo más potente y lo más bello es lo que A. me contó al
final:
“Todo esto no quiere decir que, a lo largo de este proceso,
nuestra vida no fuera maravillosa.
Hemos ido a nadar en verano e
invierno, hemos dado largas caminatas, incluso conseguimos trabajar y
ganar un buen sueldo.
Hemos vivido una vida paralela, una vida
totalmente libre y transgresora o en ocasiones precursora”. A. incluso
ha llegado a perdonar a su padre,
“pero no a la sociedad que nos
machacó”.
Claro que no todos los hijos de la violencia doméstica son tan
fuertes o tienen tanta suerte: algunos incluso son asesinados por sus
padres, al amparo de unos jueces que entregan a los aterrorizados críos a
su maltratador.
En el caso de A., por lo menos su padre se suicidó
antes de matar a su familia y no después, como suele ocurrir. Es un
alivio.
Perdonar
no es fácil, pero fantasear con la venganza solo prolonga el rencor.
Hay
que pasar página, no hacerse tantas preguntas y pensar en el futuro
anna parini
Hace tiempo impartí una conferencia en una prisión de hombres.
En el
discurso hablé de emociones tan corrientes como la vergüenza, la pena,
la rabia, el miedo o el resentimiento
. En el turno del debate, uno de
los internos contó cómo al ingresar en el centro penitenciario se sentía
muy dolido por algo que su novia y su mejor amigo le habían hecho
. No
dio más detalles.
Simplemente explicó que cada día, al despertarse, se
encontraba encerrado no solo tras las barreras físicas de la cárcel,
sino en una auténtica jaula de rencor.
El detalle más punzante es que
confesó que estuvo varios años así.
Un día se dio cuenta de que el
resentimiento era absurdamente inútil. ¿Qué iba a conseguir fantaseando
continuamente con vengarse?
Semanas después, la bibliotecaria que me
invitó a impartir aquella conferencia me contó que, a raíz de esa
confesión, otros internos resentidos se acercaron a él porque también
querían deshacerse de esa carcoma que sentían en el pecho
. Después de
escuchar el testimonio de su compañero, comprendieron que era posible
dejar a un lado el rencor.
Desde la infancia, la sociedad inculca la importancia de aprender a
perdonar.
De hecho, la atmósfera judeocristiana está impregnada de ese
mensaje
. Pero desde la psicología se le ha dado otro significado al
perdón
. Lo que se desprende de los estudios realizados en este campo es
que no se debe perdonar con fines altruistas, sino por puro egoísmo.
Es
decir, hay que olvidar para alimentar
anna parini
Hace tiempo impartí una conferencia en una prisión de hombres. En el
discurso hablé de emociones tan corrientes como la vergüenza, la pena,
la rabia, el miedo o el resentimiento. En el turno del debate, uno de
los internos contó cómo al ingresar en el centro penitenciario se sentía
muy dolido por algo que su novia y su mejor amigo le habían hecho. No
dio más detalles. Simplemente explicó que cada día, al despertarse, se
encontraba encerrado no solo tras las barreras físicas de la cárcel,
sino en una auténtica jaula de rencor. El detalle más punzante es que
confesó que estuvo varios años así. Un día se dio cuenta de que el
resentimiento era absurdamente inútil. ¿Qué iba a conseguir fantaseando
continuamente con vengarse? Semanas después, la bibliotecaria que me
invitó a impartir aquella conferencia me contó que, a raíz de esa
confesión, otros internos resentidos se acercaron a él porque también
querían deshacerse de esa carcoma que sentían en el pecho.
Después de
escuchar el testimonio de su compañero, comprendieron que era posible
dejar a un lado el rencor.
Desde la infancia, la sociedad inculca la importancia de aprender a
perdonar. De hecho, la atmósfera judeocristiana está impregnada de ese
mensaje.
Pero desde la psicología se le ha dado otro significado al
perdón.
Lo que se desprende de los estudios realizados en este campo es
que no se debe perdonar con fines altruistas, sino por puro egoísmo
. Es
decir, hay que olvidar para alimentar nuestra propia felicidad. Para
entender el sentido de este verbo, lo mejor es aclarar lo que no
significa. No quiere decir que haya que olvidar. No existe
ninguna cirugía que extraiga del cerebro recuerdos tan dolorosos como
los que han sufrido las víctimas de malos tratos, o aquellos que fueron
el blanco de una estafa o de cualquier otro tipo de abuso o humillación.
Es muy complicado vivir con ese dolor sobre la espalda, pero al final
se puede superar
. El milagro del perdón es que su capacidad corrosiva se
va diluyendo.
No solo mengua su mordiente, sino su aparición en la
conciencia.
Los recuerdos permanecen allí, pero, si se logra dejarlos
atrás, es posible que no afloren tan a menudo. Al final aparecerán solo
cuando se les invoque, pero nunca lo harán por sí mismos.
Es
comprensible que cuando el rencor está en plena ebullición, el resentido
no se crea esta teoría, pero hay que confiar.
anna parini
“La gente no está dispuesta a renunciar a sus celos y preocupaciones,
a sus resentimientos y culpabilidades, porque estas emociones
negativas, con sus punzadas, les dan la sensación de estar vivos”, dijo
el Maestro.
Y puso este ejemplo: “Un cartero se metió con su bicicleta
por un prado, a fin de atajar. A mitad de camino, un toro se fijó en él y
se puso a perseguirlo
. Finalmente, y después de pasar muchos apuros, el
hombre consiguió ponerse a salvo.
‘Casi te agarra, ¿eh?’, le dijo
alguien que había observado lo ocurrido. ‘Sí’, respondió el cartero,
‘como todos los días”. Cuento recopilado por Anthony de Mello en Un minuto para el absurdo(editorial Sal Terrae, 2009).
No significa tener que entender al otro.
Es más
fácil superar el resentimiento si se conocen los motivos que han llevado
a la otra persona a hacer daño, pero no siempre existe una explicación
lógica.
Y sin embargo es muy tentativo caer en el error de buscar
argumentos racionales que fundamenten el daño sufrido.
Pero si se sigue
este camino, se acabará dando vueltas y más vueltas a todos los
detalles, pero no se concretará Es decir, se adentrará en un laberinto de difícil salida.
Fred Luskin, director del departamento de estudios relacionados con
el perdón de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, aconseja que
es bueno olvidarse de las expectativas sobre cómo deben actuar los
demás para que ese laberinto del rencor se desplome por sí solo.
Este
lío llega a enzarzarse aún más cuando alguien se hace preguntas del
estilo “¿Por qué a mí?”. Lo conveniente es intentar no dar respuesta a
esta cuestión porque lo único que genera es más frustración. No hay que reconciliarse forzosamente con el pecador.
El perdón tiene más finales de los que nos enseñaron
. No se trata
obligatoriamente de poner la otra mejilla, quizá usted no esté dispuesto
a arriesgarse más. Lo que cuenta es sentirse bien con uno mismo y quizá
sea imposible volver a confiar en esa persona.
Por este motivo, se
puede llegar a perdonar a alguien y luego decidir si se quiere o no
apartar a ese pecador de nuestra vida.
Entonces, ¿qué significa perdonar? Se trata simplemente de pasar
página y olvidarse de la venganza. Un estudio dirigido por Christine
Bogar y Diana Hulse-Killacky, de las universidades estadounidenses de
Alabama del Sur y de Nueva Orleans, que fue publicado en 2011 por la
revista Journal of Counseling & Development, muestra cómo
el perdón fue la clave para que una decena de mujeres superaran los
abusos sexuales que habían sufrido durante su infancia.
Todas relataron
que perdonar al agresor supuso un gran logro para dejar atrás ese
capítulo de su vida. Saber olvidar es, por tanto, poner la felicidad en
nuestras manos y no en manos del otro.
Según algunas investigaciones,
perdonar garantiza más años de vida, menos depresión y riesgo de
infarto, una presión arterial más baja e incluso un sistema inmunitario
fortalecido.
En definitiva, la exoneración trae consigo bienestar y
salud.