Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 sept 2015

Jorge Javier Vázquez y su obra 'Iba en serio', no reciben el respaldo de la crítica

'La Opinión de Málaga' o 'Diario Sur' desaprueban el proyecto del conductor de 'Sálvame'.

 

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El presentador Jorge Javier Vázquez estrenó esta semana su ambicioso proyecto teatral llamado Iba en serio, argumento extraído de su autobiografía que fue un best-seller el año pasado.
 La función obtuvo el respaldo, como siempre, de sus seguidores colgando el cartel de entradas agotadas.
 La crítica, sin embargo no ha estado de su lado.
"Una vida sin interés que suena a ciencia ficción surrealista y que revela, una vez más, el mal estado de salud en el que se encuentra nuestra sociedad",
así de contundente es la crítica que publica el diario de La opinión de Málaga.
El texto argumenta que el gran fallo que reside en este proyecto es que se trata de una historia sin un gran contenido  y que el 'actor' estuvo muy por debajo de las expectativas imaginadas:
"Entre la falta de responsabilidad y la falta de respeto que J.J. le demostró ayer a la profesión, pues así vamos.
Falta de respeto porque J.J. se atrevió con todo: con la interpretación, con el baile y ¡con el cante! Pero bueno, que para cantar, bailar y actuar, hace falta mucho, señor Vázquez, a ver si se entera.
Diario Sur tampoco se quedó corto y también describió de forma negativa la historia de Iba en serio: "La madre del 'genio', que por cierto se encontraba, en carne y hueso, en el patio de butacas, vió lo que ha hecho su hijo con una vida que tiene poco, o nada, de espectacular".

Las obsesiones de Emma Watson.............................................................................. Gregorio Belinchón.

Volcada en su faceta de actriz desde que terminó la universidad, tras la nueva película de Amenábar se convertirá en princesa Disney. 

 Pero en su vida ha asumido otro papel importante: luchar por la igualdad de género.

La actriz Emma Watson. / Getty

El 20 de septiembre de hace un año, a Emma Watson le entró miedo. "Me temblaban las manos. No era consciente de que iba a hablar en una sala de ese tamaño y ante tanta gente".
La actriz británica sacó unos folios y durante 12 minutos desgranó en un discurso inteligente, desarmante y bastante emocionante la importancia de la igualdad de géneros.
 Esos 12 minutos empezaban así: "Hoy lanzamos una campaña bautizada HeForShe. Estoy ante ustedes porque necesitamos su ayuda
. Queremos finalizar con las diferencias de género y para ello necesitamos involucrar a todo el mundo"
. Ese "ustedes" era la Asamblea de Naciones Unidas, y Watson, embajadora de buena voluntad de ONU Mujeres, dio un paso adelante que la ha convertido en voz de una generación.
Un año después, Watson (París, 1990) estrena Regresión, de Alejandro Amenábar
. Hace ya tiempo que dejó de ser Hermione Granger, el gran personaje femenino de la saga Harry Potter —"pero no olvido todo lo que supuso entonces, y que mi carrera arrancó ahí"—. Watson es hoy una actriz que escoge con sumo cuidado sus trabajos (no tiene película mala), una mujer que se apunta a diversas campañas benéficas y de concienciación, y un icono de la moda.
 Y se ha licenciado en Literatura Inglesa en la Universidad de Brown, en Providence (EE UU).
A sus 25 años mide con sumo cuidado sus pasos:
"Me llegan muchos guiones, cierto.
 Solo selecciono los que me lleven a rodar con artistas apasionados, directores que entiendan qué es un actor
. Y créame, no hay tantos.
 Otro de mis criterios es que la historia me afecte y suponga un reto. Leo todos los guiones que puedo, aunque mi agente tiene muy claros mis gustos".
 Y no solo controla la parte artística: "Aún me ruboriza y me choca la capacidad que tengo de influir sobre otros.
 No estoy muy segura de si llego a mucha gente, pero desde luego me preocupa, intento canalizar esa influencia a causas que merezcan la pena.
 Tengo la energía que tengo, y no la desperdicio, así que elijo con cuidado y espero no quedarme en el 'Yo', sino en que a través de mí la gente se entere de iniciativas interesantes".

Un propósito vital

De ahí su aparición en la ONU. "Se ve claramente que empecé nerviosa [risas].

 Pero era algo que quería hacer.

 Si llego a conocer previamente el sitio y la cantidad de gente que había, no sé yo… En fin, era importante y necesario". 

En España hay un debate sobre la conveniencia o no de que los actores expresen públicamente sus opiniones políticas. Watson ha elaborado un mandamiento para afrontar esa situación: 

"Es sencillo. No hago comentarios políticos dentro de Reino Unido ni sobre asuntos locales. Solo me refiero a problemas internacionales.

 Aunque no sé si cambiaré en el futuro, por ahora me funciona”. 

Y ese segundo trabajo le ha dado "un propósito vital":

 "Da sentido a muchas de mis decisiones.

 Y es muy satisfactorio sentir que llegas a la gente y ver la respuesta a algunas de tus acciones".

 Entre otras asociaciones, Watson colabora con CAMFED International, ONG británica que trabaja en zonas rurales del continente africano para escolarizar niñas; con People Tree, una marca de moda de comercio justo, y ha recaudado fondos para Global Green USA, otra ONG centrada en la sostenibilidad y la preservación del medioambiente. “Sin embargo, ante todo, soy actriz, con intenciones en algún futuro de dirigir. Paso a paso, aún tengo que conocer realizadores de muy distintas sensibilidades".

Emma Watson y Alejandro Amenabar en la presentacion de la nueva pelicula del director español, 'Regresion', en el festival de San Sebastián. / cordon press
A los seis años, Watson ya estaba devorada por las ganas de actuar, y por eso acudió a una escuela de interpretación en Oxford. Con 10 años, ya estaba en el rodaje del primer Harry Potter.
 "Para hacer este trabajo tienes que mantener cierta obsesión
. Cuesta mucho, paso más de 200 días al año fuera de casa, investigas en la vida de otras personas mientras sacrificas la tuya propia para convertirte en otra… Definitivamente, es una obsesión y no una pasión".
De su antepenúltimo trabajo, la británica tiene muy claro su esencia, el motivo por el que se enganchó al proyecto
: "La semilla del diablo es una de las influencias de Alejandro para realizar Regresión, porque la película homenajea a diversos clásicos, referencias poderosas que conectan con el público".
 Y porque encontró a un cineasta capaz de "entender que hay un guion pero que también hay actores, un creador que dejaba aportar".
 Su Ángela Gray, desencadenante del terror y del misterio que describe la película, parece acotada a un tiempo y un lugar. Parece, porque Watson pronto dedujo que importaban los ecos universales de la historia de una chica
que, en el fondo, solo está pasando miedo.
 "Empecé, por ejemplo, ensayando un acento cerrado de Minesota, pero lo acabé suavizando, porque podía haber ocurrido en cualquier parte de Estados Unidos, y probablemente de todo el mundo".
Watson ya ha rodado una versión de La bella y la bestia, inspirada en la versión musical de dibujos animados de Disney —"Sí, he tenido que cantar; como actriz te puedes esconder detrás de los personajes, pero cuando cantas irremediablemente queda algo de ti, hay algo puro ahí, y he sentido una gran evolución artística al desarrollar mi voz"—; ha acabado Colonia, junto a Daniel Brühl, sobre la infame Colonia Dignidad fundada en Chile en los sesenta —"Es mi primera película marcadamente política, era el momento"— y rueda el thriller The Circle. "Acabé la universidad y tengo más tiempo"
. Del que muy poco dedica al mundo de la moda: "Reconozco que cuando no trabajo me interesa más bien poco.
Pero entiendo su importancia en el mundo del cine, de la promoción de mis películas.
 Y volviendo a las influencias, intento ser consecuente y cuando me visto, elijo con sumo cuidado la marca
. Sí, miro sus políticas laborales y no olvido que hasta la ropa tiene su ética".

 

 

“Mi trabajo fue encontrar la mujer que hay en mí”......................................................... Rocío Ayuso

Tras su actuación en ‘La chica danesa’, el nombre de Eddie Redmayne suena para otro Oscar. 

En la cinta el actor da vida a Lili Elbe, el primer transexual que se operó.

Eddie Redmayne
Eddie Redmayne, en el festival de cine de Toronto. / Wireimage

Cuando Eddie Redmayne habla lo último que se le pasa por la cabeza a su interlocutor es que dentro de unos meses podría tener su segundo Oscar en la mano.
El primero, el que ganó por mejor actor con su retrato de Stephen Hawkins en La teoría del todo, brilla reluciente en su piso de Londres.
 “Está en una mesita, junto al Globo de Oro y siempre que llego a casa me sorprendo porque la experiencia de verlo allí me sigue pareciendo irreal”, confiesa.
Y ahora va a por el segundo.
 Lo dicen en el Festival de Venecia, en Toronto, en Hollywood...
 Su candidatura es segura para todos menos para este británico de 33 años, pálido y pecoso, en un perenne estado de alegría, asombro y humildad.
 "Acabo de conocer a Johnny Depp en persona y todavía estoy en estado de shock
. En La chica danesa trabajé con Amber [Heath], su esposa.
 No la había conocido hasta ahora.
 Hacen tan buena pareja", dice. "¿Y Stanley Tucci? ¿Qué me dice? ¡Es mi ser humano favorito! Él y su esposa Felicity.
Son lo más. Adorables, adorables”, añade hablando de Spotlight. Redmayne es un humano de pies a cabeza y, sin embargo, ha sido encumbrado en menos de dos años al Olimpo de los dioses de Hollywood.
Pregunta. ¿De dónde le viene tanta humildad?
Respuesta. Supongo que algo viene de mis padres, de lo que me enseñaron.
 De la seguridad de que todo lo que sube tiene que bajar.
 Todos lo hemos visto.
 Especialmente en nuestro trabajo, todo es tan efímero.
Yo he tenido suerte
. Suerte de que los que recibieron el guion de La teoría del todo antes que yo dijeron que no.
P. ¿Y la belleza? En La chica danesa todos admiran su transformación en mujer para dar vida a Lili Elbe, el primer transexual que se operó.
R. Tom [Hooper, director de la cinta] siempre habla de mi feminidad y es interesante porque soy idéntico a mi madre.
 Pero mi trabajo en esta película fue encontrar la mujer que hay en mí.
Este actor de alta cuna —educado en Eaton junto al heredero al trono británico, el príncipe Guillermo, antes de cursar sus estudios en Cambridge— está encantado de provocar con el estreno de La chica danesa, un nuevo debate que abre los ojos a una posible fluidez sexual donde “no hay géneros, solo seres humanos”.
P. Usted está a punto de cumplir su primer aniversario de boda con Hannah Bagshawe, esa otra mujer que hay en su vida...
R. Parece mentira cómo pasa el tiempo. Me di cuenta cuando Hannah me recordó que ya solo quedan unos meses para que se siente donde ella quiera en la mesa, en lugar de seguir la tradición que dice que durante el primer año de casados la esposa debe sentarse a la derecha del marido (risas). ¡Vaya temporada!
 Ni el Oscar ni nada, lo mejor fue mi boda.
Eddie Redmayne luce el Oscar al mejor actor, junto con su esposa, Hannah Bagshawe. / VALERIE MACON (AFP)
P. Pero no ha tenido ni tiempo de disfrutar con tanto rodaje.
R. Nos conocemos desde niños y Hannah me ha visto en todo tipo de líos.
 Aún así todavía me quiere.
Además llevábamos mucho tiempo comprometidos
. Con los preparativos de la boda nuestra vida se acabó convirtiendo en una maravillosa montaña rusa hasta el Oscar
. Pero tuvimos tiempo para ir de luna de miel a las Maldivas
. Un absoluto paraíso, sin móviles, desconectados de todo.
 Nunca había disfrutado de unas vacaciones de arena blanca y agua turquesa.
Y, por supuesto, protección solar de factor 500, incluso a la sombra. ¡Tan británico!
P. Todo suena demasiado cotidiano para ser una estrella, especialmente una que está entre los mejores vestidos de Hollywood.
R. Ya lo dijo un tabloide cuando puso de título Eddie Mundaine [juego de palabras que vendría a significar Eddie, el mundano] a una serie de fotos que me sacó un paparazi en la tintorería o tomando un café vestido de manera informal.
 Pero esa es la realidad de mi vida cuando no estoy hablando de algo que me apasiona o en una alfombra roja.

 

El refugiado Benjamin.................................................................................r Mar Padilla

Walter Benjamin. Foto: Akademie der Künste, Berlin - Walter Benjamin Archiv (DP)
Walter Benjamin. Foto: Akademie der Künste, Berlin – Walter Benjamin Archiv (DP)
No es la única, pero la tesis más plausible sobre la triste muerte de Walter Benjamin, el crítico literario judío alemán, el esteta, el filósofo, el periodista, el refugiado, es que se quitó la vida en Portbou (Girona), junto a la frontera francesa, el 26 de septiembre de 1940, a eso de las 10 de la noche, después de cenar. 
Escapaba de los nazis, de los franceses colaboracionistas, de los españoles franquistas, de una Europa terrorífica.
 De eso hace ahora setenta y cinco años.
 Es esta una historia conocida, la de un hombre que, como millones de personas, tuvo que huir.
Para empezar, como un chiste malo de comedia negra, en su entierro apresurado, oficiado por un cura en la zona católica del cementerio gerundense, alguien decidió que en su lápida debía poner «Benjamín Walter», así, al revés, con Benjamín como nombre de pila y en castellano.
 Y otro funesto, negrísimo, gag más: Walter Benjamin fue registrado como cliente de la habitación número 4 a lo largo de cuatro días en el Hotel de Francia, en Portbou, uno como persona y tres como cadáver a la espera de ser sepultado.
Así, solo, murió «con esa autoridad que hasta el más pobre desgraciado posee para los vivos que están a su alrededor», una reflexión suya referida a otros aplicable a sí mismo.
 En todo caso, el suyo fue un final atroz, uno más en el marco de la persecución judía en la Segunda Guerra Mundial. 
Un siniestro destino descrito en sus gags —estos reales, de su puño y letra— para un programa humorístico de la radio, en el que en 1924 hacía sátira del espíritu de Korps de la universidad alemana, y, con negrísimo humor, inventaba asignaturas como la «Introducción a la Teoría de la Deportación», o los «Estudios Prácticos de Exterminación». Un fogonazo profético.
En Portbou —un pueblo a orillas del Mediterráneo que el berlinés, en su huida con otros refugiados, avistó desde lo alto de una colina, tras cuatro horas de caminata entre cepas de vid desde Banyuls, como una promesa de salvación— se encontró, vestido de ciudad, con gabardina deshilachada, frente a la fatalidad.
 A Kafka, a quien Benjamin estudió con pasión, se le hubiera helado la sonrisa al saber que una pesadilla burocrática fue la última desgracia que acabó por quebrar, de una vez por todas, el ya frágil espíritu del filósofo: en sus papeles constaba que tenía permiso para entrar en España pero no para salir de Francia, un galimatías administrativo que resultó temporal, un paréntesis de documentos en el tiempo y en el espacio en el que Benjamin quedó atrapado. 
En su condición de judío alemán, en una enloquecida rueda burocrática, el berlinés temió que los guardiaciviles lo devolvieran a la policía francesa, temió que estos, peones de un Gobierno colaboracionista con el régimen nazi, lo fueran a deportar a las autoridades alemanas en la frontera, y temió su final en un campo de concentración.
 Una concatenación de leyes, protocolos y acuerdos de hombres de lustroso uniforme, todos obedientes, cumpliendo órdenes, atentos a la letra pequeña del manual del terror que azotaba Europa.
Certero, Benjamin escribió que es tarea más ardua honrar la memoria de los seres humanos anónimos que la de las personas célebres. 
Esta reflexión preside su monumento conmemorativo, al pie del hermoso cementerio de Portbou, donde a lo largo de cinco años, de 1940 a 1945, encontraron reposo sus huesos.
 Después, por falta de pago del sepulto, fueron relegados a una fosa común.
 Con razón concebía la vida como un laberinto donde uno acaba perdiéndose, donde manda el tiempo, «en el que viven también los que no tienen hogar», decía.
Sabía, como tantos, que el sufrimiento es viejo como el mundo, y su deseo, como también el de muchos, era interrumpir el curso de este. 
Y así decide hacerlo, de una vez por todas, perdido, en una habituación de un pequeño pueblo.
 Antes de la hora definitiva, la factura del Hotel de Francia certifica que la última cena le costó a Benjamin doce pesetas, y que ocupar la habitación —vivo o muerto— eran cinco pesetas diarias. 
 Hizo hasta cuatro conferencias telefónicas de las que se desconocen los destinatarios, y pidió cinco gaseosas con limón, a razón de una peseta por botella. 
Después, una vez muerto, la factura prosigue su suma implacable: vestir difunto, desinfectar habitación, lavar y blanquear colchón costó setenta y cinco pesetas.
Benjamin tenía algo de poeta deslenguado, era un ratón de biblioteca y «nunca consistente en los asuntos más importantes», según se definía. Era un tipo atento a mil cosas, que vislumbró la barbarie como reverso de todo gesto de civilización. Poseía el más alto nivel de atención, que «incluía a todas las criaturas vivientes, como los santos las incluyen en sus plegarias», según él mismo escribió de Kafka.
 Caótico y brillante, su cerebro iba en mil direcciones, de París en la época de Baudelaire a las drogas, de la fotografía a las obras de arte, de los escaparates de los grandes almacenes a las piernas de las mujeres, de Proust a los recuerdos de su infancia en Berlín.
Escena del documental Quién mató a Walter Benjamin... Imagen: Milagros Producciones.
Escena del documental Quién mató a Walter Benjamin… Imagen: Milagros Producciones.
Obsesionado con los tránsitos, los pasajes y los viajes, el camino hacia el fin le dirigió al Mediterráneo.
 En 1939 fue desposeído de la nacionalidad alemana, pero siempre se resistió a abandonar París hasta el mismo 14 de junio de 1940, cuando la ciudad cae bajo las botas de los nazis. 
Esa misma tarde coge uno de los últimos trenes de la capital francesa hacia el sur. 
Su objetivo era tratar de llegar a España, cruzar el país hasta Portugal, y allí tomar un barco hacia Nueva York.
 En Marsella le oyeron decir que llevaba consigo «treinta tabletas de morfina, suficientes para matar un caballo». Por si acaso.
 Desde allí se dirigió a Port-Vendres, junto con otros refugiados. Algunos de los que le acompañaron en sus últimos pasos explicaron años después que Benjamin llevaba consigo una maleta pesada —sus últimos documentos, su última obra, quién sabe—, a la que se aferraba como a la última mano amiga.
 En cualquier caso, lograron llegar a la llamada ruta Líster, que iba de Banyuls a Portbou, pero la alegría de dejar atrás tierras francesas duró poco.
 Las autoridades españolas les informaron de que habían entrado ilegalmente y que al día siguiente iban a ser devueltos al país vecino.
 Los llevaron al Hotel de Francia de la pequeña población gerundense en condición de detenidos y, allí, en la noche, Benjamin debió de pensar que estaba cansado de tanta huida infinita.
Ahora, en Portbou, contemplamos que el local de la antigua oficina de la Gestapo en el pueblo acoge un supermercado y que el Hotel de Francia es un anodino edificio de pisos, pero es difícil quitarse esta historia de la cabeza
. Y se cae en la cuenta de que, desde esta orilla del futuro, no todo está perdido si hay algunas personas en ciudades europeas que deciden, contra todo pronóstico, ir a una estación de tren a llevar agua, algo de comida y mantas a unos refugiados que llegan de otras huidas.
 «Estoy aquí porque soy un ser humano», decía el otro día una mujer, «y viendo lo que han vivido los que están llegando a mi ciudad, no he podido hacer otra cosa que venir a intentar ayudar». Dos y dos, cuatro.
 Ante un razonamiento así, es difícil no conmoverse. Walter Benjamin subrayaba la importancia de la amabilidad, la cortesía como exacto gesto civilizatorio, «un gesto que no es nada y, a la vez, es todo», decía. 
Lo aprendió en Ibiza, viviendo entre campesinos.


Para empezar, como un chiste malo de comedia negra, en su entierro apresurado, oficiado por un cura en la zona católica del cementerio gerundense, alguien decidió que en su lápida debía poner «Benjamín Walter», así, al revés, con Benjamín como nombre de pila y en castellano. Y otro funesto, negrísimo, gag más: Walter Benjamin fue registrado como cliente de la habitación número 4 a lo largo de cuatro días en el Hotel de Francia, en Portbou, uno como persona y tres como cadáver a la espera de ser sepultado.
Así, solo, murió «con esa autoridad que hasta el más pobre desgraciado posee para los vivos que están a su alrededor», una reflexión suya referida a otros aplicable a sí mismo. En todo caso, el suyo fue un final atroz, uno más en el marco de la persecución judía en la Segunda Guerra Mundial. Un siniestro destino descrito en sus gags —estos reales, de su puño y letra— para un programa humorístico de la radio, en el que en 1924 hacía sátira del espíritu de Korps de la universidad alemana, y, con negrísimo humor, inventaba asignaturas como la «Introducción a la Teoría de la Deportación», o los «Estudios Prácticos de Exterminación». Un fogonazo profético.
En Portbou —un pueblo a orillas del Mediterráneo que el berlinés, en su huida con otros refugiados, avistó desde lo alto de una colina, tras cuatro horas de caminata entre cepas de vid desde Banyuls, como una promesa de salvación— se encontró, vestido de ciudad, con gabardina deshilachada, frente a la fatalidad. A Kafka, a quien Benjamin estudió con pasión, se le hubiera helado la sonrisa al saber que una pesadilla burocrática fue la última desgracia que acabó por quebrar, de una vez por todas, el ya frágil espíritu del filósofo: en sus papeles constaba que tenía permiso para entrar en España pero no para salir de Francia, un galimatías administrativo que resultó temporal, un paréntesis de documentos en el tiempo y en el espacio en el que Benjamin quedó atrapado
. En su condición de judío alemán, en una enloquecida rueda burocrática, el berlinés temió que los guardiaciviles lo devolvieran a la policía francesa, temió que estos, peones de un Gobierno colaboracionista con el régimen nazi, lo fueran a deportar a las autoridades alemanas en la frontera, y temió su final en un campo de concentración. 
Una concatenación de leyes, protocolos y acuerdos de hombres de lustroso uniforme, todos obedientes, cumpliendo órdenes, atentos a la letra pequeña del manual del terror que azotaba Europa.
Certero, Benjamin escribió que es tarea más ardua honrar la memoria de los seres humanos anónimos que la de las personas célebres. Esta reflexión preside su monumento conmemorativo, al pie del hermoso cementerio de Portbou, donde a lo largo de cinco años, de 1940 a 1945, encontraron reposo sus huesos. 
Después, por falta de pago del sepulto, fueron relegados a una fosa común. Con razón concebía la vida como un laberinto donde uno acaba perdiéndose, donde manda el tiempo, «en el que viven también los que no tienen hogar», decía.
Sabía, como tantos, que el sufrimiento es viejo como el mundo, y su deseo, como también el de muchos, era interrumpir el curso de este.
 Y así decide hacerlo, de una vez por todas, perdido, en una habituación de un pequeño pueblo.
 Antes de la hora definitiva, la factura del Hotel de Francia certifica que la última cena le costó a Benjamin doce pesetas, y que ocupar la habitación —vivo o muerto— eran cinco pesetas diarias. Hizo hasta cuatro conferencias telefónicas de las que se desconocen los destinatarios, y pidió cinco gaseosas con limón, a razón de una peseta por botella.
 Después, una vez muerto, la factura prosigue su suma implacable: vestir difunto, desinfectar habitación, lavar y blanquear colchón costó setenta y cinco pesetas.
Benjamin tenía algo de poeta deslenguado, era un ratón de biblioteca y «nunca consistente en los asuntos más importantes», según se definía. Era un tipo atento a mil cosas, que vislumbró la barbarie como reverso de todo gesto de civilización. Poseía el más alto nivel de atención, que «incluía a todas las criaturas vivientes, como los santos las incluyen en sus plegarias», según él mismo escribió de Kafka. Caótico y brillante, su cerebro iba en mil direcciones, de París en la época de Baudelaire a las drogas, de la fotografía a las obras de arte, de los escaparates de los grandes almacenes a las piernas de las mujeres, de Proust a los recuerdos de su infancia en Berlín.
Escena del documental Quién mató a Walter Benjamin... Imagen: Milagros Producciones.
Escena del documental Quién mató a Walter Benjamin… Imagen: Milagros Producciones.
Obsesionado con los tránsitos, los pasajes y los viajes, el camino hacia el fin le dirigió al Mediterráneo.
 En 1939 fue desposeído de la nacionalidad alemana, pero siempre se resistió a abandonar París hasta el mismo 14 de junio de 1940, cuando la ciudad cae bajo las botas de los nazis. 
Esa misma tarde coge uno de los últimos trenes de la capital francesa hacia el sur. Su objetivo era tratar de llegar a España, cruzar el país hasta Portugal, y allí tomar un barco hacia Nueva York.
 En Marsella le oyeron decir que llevaba consigo «treinta tabletas de morfina, suficientes para matar un caballo». Por si acaso. Desde allí se dirigió a Port-Vendres, junto con otros refugiados. 
Algunos de los que le acompañaron en sus últimos pasos explicaron años después que Benjamin llevaba consigo una maleta pesada —sus últimos documentos, su última obra, quién sabe—, a la que se aferraba como a la última mano amiga. 
En cualquier caso, lograron llegar a la llamada ruta Líster, que iba de Banyuls a Portbou, pero la alegría de dejar atrás tierras francesas duró poco
. Las autoridades españolas les informaron de que habían entrado ilegalmente y que al día siguiente iban a ser devueltos al país vecino. Los llevaron al Hotel de Francia de la pequeña población gerundense en condición de detenidos y, allí, en la noche, Benjamin debió de pensar que estaba cansado de tanta huida infinita.
Ahora, en Portbou, contemplamos que el local de la antigua oficina de la Gestapo en el pueblo acoge un supermercado y que el Hotel de Francia es un anodino edificio de pisos, pero es difícil quitarse esta historia de la cabeza. Y se cae en la cuenta de que, desde esta orilla del futuro, no todo está perdido si hay algunas personas en ciudades europeas que deciden, contra todo pronóstico, ir a una estación de tren a llevar agua, algo de comida y mantas a unos refugiados que llegan de otras huidas. 
«Estoy aquí porque soy un ser humano», decía el otro día una mujer, «y viendo lo que han vivido los que están llegando a mi ciudad, no he podido hacer otra cosa que venir a intentar ayudar». Dos y dos, cuatro. Ante un razonamiento así, es difícil no conmoverse. 
Walter Benjamin subrayaba la importancia de la amabilidad, la cortesía como exacto gesto civilizatorio, «un gesto que no es nada y, a la vez, es todo», decía.
 Lo aprendió en Ibiza, viviendo entre campesinos. 
A veces es mejor que tu mismo marques el Fin de tuvida.