Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

26 jul 2015

‘Chirashi sushi’..................................................................... Boris Izaguirre

Una de las cosas que cohesionan España son los protagonistas de la prensa del corazón.

 

Elton John durante su concierto esta semana en el Teatro Real de Madrid. / CARLOS ÁLVAREZ (GETTY IMAGES)

Es probable que esta semana mucha gente se haya alarmado con la amenaza de que Artur Mas consiga resquebrajar la unidad nacional.
  O con el temor de que pocas cosas la puedan sostener.
 Sin embargo, en el cóctel tras el concierto de Elton John en el Teatro Real de Madrid, repleto de celebridades nacionales, quedó patente que una de las cosas que cohesionan España son los protagonistas de la prensa del corazón.
Boris Izaguirre a la entrada del concierto de Elton John en el Teatro Real de Madrid. / cordon press
La convocatoria de Elton John estaba tan repleta de famosos que en un momento dado algún aguafiestas preguntó si todos habían pagado la entrada.
 Es una costumbre universal que los famosos no pagan porque ceden su presencia para darle más publicidad al evento.
 El show tuvo subidones importantes gracias al propio Elton John, exuberante e imposible de parodiar porque ya lo ha hecho él mismo.
 Mientras tocaba, muchas miradas volaban hacia el palco donde Eugenia Martínez de Irujo bailaba con los brazos en alto. La discográfica organizadora del evento ofreció el cóctel en la terraza del teatro, con el Palacio Real como testigo. Se sirvieron solo bebidas, porque al no haber entreacto no se preparó comida
. O sea que el vino fluyó hasta que se alegró tanto el ambiente que hubo que irse con la música a otra parte.
 Y en esa otra parte se terminó discutiendo sobre el tema catalán y las relaciones de pareja.
Primero se planteó cómo afectaría a la liga de fútbol la elección de Bartomeu como nuevo presidente del Barça.
 Al parecer, con él puede regresar un seny que parecía desorientado. Manel Fuentes, el querido presentador, intentaba encauzar la situación como en un debate radiofónico al que se sumó Julio Medem, el director vasco que acaba de terminar el rodaje de una película con Penélope Cruz. Medem y Fuentes de pronto representaban un par de nacionalismos que tampoco han tenido la oportunidad de intimar mucho. Y el tema de la cohesión de España engordaba al ritmo de las copas de vino y las singularidades de la dieta de cada uno.
 Estaba a punto de hacerse un lío considerable cuando mi marido, que es gallego, avistó por la ventana a Rocío Carrasco, hija del gran mito nacional Rocío Jurado, y la convenció para que entrara. Fue ese instante, en el que Rocío se acercó a saludar al director vasco y al presentador catalán, que muchos vieron, como una ola, la respuesta: lo que cohesiona a España es España, la suma de Rocío y su novio Fidel con talento catalán y vasco en torno a un mantel de cuadros.
Buscando que el azar haga de su encuentro un flechazo.
Pedro Almodóvar posa en el 'photocall' previo al convierto de Caetano Beloso y Gilberto Gill en el Teatro Real. / Kiko Huesca (EFE)
Al día siguiente, Caetano Veloso y Gilberto Gil tocaban en el mismo escenario.
 Había resaca y la sensación de que las cosas no serían como con Elton.
 Ya lo dijo, hecha un oráculo, Anne Igartiburu: “Corazones, hoy el sonido estará mejor, porque lo de ayer fue de pena”.
Aunque un tanto dogmática, no le faltaba razón.
 Con razón o sin ella, las miradas estaban puestas en Almodóvar, presente entre el público, ligeramente asombrado de su protagonismo y de la cohesión en los palcos, rebosantes de actores y actrices, como si la nueva película de Almodóvar fuera muy coral.
Una actriz desinhibida bailaba descalza, los brazos muy estirados en la penumbra de su palco del que otros entraban y salían como si el Real fuera un crucero superentretenido rumbo a Rio
. Eso también forma parte de la idiosincrasia de Madrid, y que a veces confundimos con la nacional: entrar y salir, estar divertidos, parecer siempre al borde de un olé.
En Navarra sucedían cosas que igualmente hablaban de cohesión. La nueva presidenta Navarra, la independentista Uxue Barkos, tuvo ocasión de estimular nuestra capacidad de asombro al acompañar amablemente a Carmen Martínez-Bordiú durante una corrida de toros en Pamplona.
 El hecho de que dos mujeres tan disfrutadoras de sus nacionalismos encuentren conversación y alegría reunidas por los toros provoca la sensación de que España asimismo se cohesiona por ese endiablado hábito de torear gustos, caprichos y personas.
Delante de un plato japonés llamado chirashi sushi, que consiste en láminas de distintos pescados crudos ordenados sin mezclarse sobre un trozo de arroz compacto y aliñado, me di el capricho de preguntarme si este plato no podía considerarse una paella japonesa.
 Los ingredientes son casi los mismos, solo que ajenos de aceites y separados.
Los puede mezclar el comensal, según su gusto y su singularidad. Igual que el ciudadano debería unir y disfrutar trocitos de España a su gusto
. Que Rocío Carrasco y Julio Medem sean tan España como la de Carmen y Uxue, para que todos nos sintamos, más que en una paella, en un personal y delicioso chirashi sushi.

¿Todo se repite tan pronto?............................................................... Javier Marías

Ya sé cómo son este hombre o esta mujer. Los he visto antes; sé sus métodos, de qué van.

Siempre se ha procurado decir que cumplir años traía algunas ventajas, y como éstas eran poco tangibles (sabiduría, serenidad y cosas así), parecía ser, más que nada, un vano intento de consolar al envejeciente.
Yo, de momento, no veo grandes inconvenientes en la edad que he alcanzado, pero últimamente sí hay algo que me empieza a ­preocupar, o a fastidiar, o a decepcionar.
 Mis años ya son bastantes, pero están lejos de los noventa, los ochenta y aun los setenta que acumula tanta gente alrededor
. Quiero decir que no ha pasado tantísimo tiempo desde que llegué al mundo, menos aún desde que me incorporé a él plenamente –eso se producía, en mi época, cuando uno entraba en la Universidad–. De eso hará unos cuarenta y seis años, lo cual, en términos globales, es apenas un soplo, un periodo bien breve que no justificaría mi sensación, cada vez más frecuente, de asistir a supuestas novedades que no son sino repeticiones de cosas ya vistas.
 Ojo, no vistas ni oídas de segunda mano, o estudiadas en los libros de Historia, sino vividas directamente por mí.

Me ocurre a menudo con la literatura, el cine y la música, las tres artes que más me acompañan.
 Leo novelas o poesía o ensayos que se me presentan como innovadores o vanguardistas o “postcontemporáneos” o “transmodernícolas”, elijan el término que prefieran; y, con alguna excepción, me encuentro con piezas que para mí son antiguallas, cosas ya probadas en los años cincuenta, sesenta o setenta del siglo XX (y luego arrumbadas en su mayoría, por tontainas, plomizas o huecas).
Hoy vuelve a jalearse la novela “social” o “comprometida”, por ejemplo, de la cual en España tuvimos hasta morirnos de aburrimiento. Y no es que la actual coincida en sus intenciones con la del “realismo social” pero sea enormemente distinta: no, es casi idéntica a la más apesadumbrada y pedestre de los cincuenta y sesenta, cuando no una ínfima parodia de Galdós
. Otro tanto sucede con los “experimentalismos”, que parecen imitaciones de los de los setenta, y con el mismo grado de pedantería.
 Como si no hubiera transcurrido el tiempo, hay ensayos que a su vez son remedos levemente aggiornati de Deleuze, Barthes, Foucault y hasta Sartre (sin quitarles a ninguno su mérito, nada tiene eso que ver).
 Hoy causa furor mundial el “filósofo” Zizek, al que no he leído ni oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo, todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud.
 Lo mismo en cine: la celebrada Ida, con su saco de premios, es la mera regresión a las producciones setenteras del Este que veíamos en cine-clubs
. Hasta han vuelto la solemnidad y la unción con que solían contemplarse estas antigüedades.
Pero lo más curioso es que esa sensación de déjà vu se experimente también con las personas.
 Uno ve a la mayoría de los políticos del PP y piensa: “A este individuo, más joven que yo, lo conozco perfectamente, sé cómo es, lo he visto antes, probablemente en el franquismo que hube de soportar hasta los veinticuatro años.
 ¿Cómo puede ser, si el sujeto en cuestión sería un niño o una niña, o acaso no había nacido, al final de la dictadura?”, se pregunta uno con perplejidad.
Ve uno a Pablo Iglesias y a no pocos correligionarios suyos y lo asalta la misma sensación: “Yo he conocido a estos tipos en el pasado lejano; es más, milité junto a ellos, breve tiempo y a desgana –más que nada, por oponerme al franquismo–, en mi primerísima juventud.
 Dicen las mismas cosas y tienen las mismas actitudes que los prochinos de mi primer curso de Facultad, con algún tic de los trostkos y algún otro de los miembros del PCE más cerriles y stalinistas, ya anticuados entonces.
¿Cómo es eso, si ellos no vivieron aquellos tiempos?”
La desazón va más allá
. También con los particulares, gente nueva o joven a la que uno conoce, me es cada vez más frecuente pensar pronto:
 “Ya sé cómo son este hombre o esta mujer. Los he visto y padecido antes (o disfrutado, no crean); sé sus ambiciones, sus métodos, de qué van, qué es pose en ellos y qué no; si son o no de fiar, si son soberbios o angelicales; si son sinceros o falsos, aduladores y trepas o nobles y que van de frente; incluso si tienen buena o mala índole, si son unos farsantes y cantamañanas o gente que se esfuerza en pensar por sí misma; si son listos, tontos, listos-idiotas o aparentes bobos con arrebatos de brillantez”.
Claro que uno no es infalible y puede equivocarse, pero eso no quita la sensación de saber, de “reconocer”
. A eso se le debe de llamar “ser perro viejo”.
 A que resulta más difícil engañarlo a uno: ha visto y oído ya mucho, ha prestado atención, y quizá la variedad humana (o española), pese a su fama de infinita, en realidad no da mucho de sí.
 No hay duda de que hay arquetipos que permanecen y se reiteran a lo largo de siglos, son preexistentes a la fecha de nuestro nacimiento.
 Y uno tarda en aprendérselos, estamos todos condenados a una larga fase de ingenuidad, de ser pardillos.
 Pero, una vez dejada atrás, resulta descorazonador y decepcionante ver cómo vuelve todo lo antiguo una y otra vez, como si la capacidad de inventiva se agotara pronto.
 En menos de lo que dura una vida, que ya es decir, porque la vida siempre es corta.
Hay arquetipos que permanecen y se reiteran a lo largo de siglos
elpaissemanal@elpais.es
Foto del Grupo de la Bahaus después de ellos todo se repite.
Javier Marías se toma un descanso vacacional, a partir e hoy, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre

 

El vuelo de amor de la mantarraya........................................................ Rosa Montero

El amor pasional nos vuelve locos. Salimos disparados de nuestra rutinaria vida y nos llegamos a creer bichos con alas.

La mantarraya o manta gigante es un animal marino descomunal que puede medir más de ocho metros de envergadura y pesar 1.400 kilos
. Como detalle simpático diré que carece del aguijón venenoso que poseen las otras rayas en la cola, o sea que si te topas con alguna mientras estás nadando puede que te ahogues de la impresión al ver semejante bicharraco, pero en realidad no es peligrosa.
 Las hembras son ovovivíparas, es decir que los huevos fertilizados permanecen y maduran dentro del cuerpo de la madre durante nueve meses o quizá durante doce, no se sabe muy bien. Porque hay muchas cosas que se ignoran de esa criatura majestuosa.
Cuanto más alto salgas y más grande seas, más ruido conseguirás al regresar al agua
Estos pocos datos los acabo de buscar en la Wikipedia, todavía hipnotizada por uno de los vídeos más extraños y bellos que he visto en mi vida
. Dura poco más de dos minutos, me lo mandó Héctor Ibarra y es de la BBC (googlead BBC-Earth-Watch these fabulous flying rays y lo encontraréis).
 En un mar pleno y calmo aparecen de repente unas orejas negras, una forma oscura que recuerda a la cabeza de Batman.
 Sigue emergiendo la mantarraya, sale fuera del agua como impelida por un resorte y a continuación esa enormidad vuela por el aire, agita elegante y poderosa las aletas, que ahora son alas, y al cabo vuelve a caer al agua desde muy alto, produciendo un ruido atronador y un aluvión de espuma.
 Esos animales de más de una tonelada salen de las profundidades como flechas y parecen ingrávidos cuando se aventuran con intrepidez en el medio hostil que es el aire para ellos; algunos hacen piruetas mientras están fuera, dan saltos mortales, giran sobre sí mismos antes de caer.
 Y luego se desploman sobre el mar con brutales panzazos que sin duda deben de ser muy dolorosos.
¿Y por qué hacen tal cosa? Pues hay varias teorías, entre otras la del puro juego, pero al parecer la explicación más convincente para los científicos es la del cortejo.
 La mayoría de las mantas voladoras son machos (aunque de cuando en cuando también hay alguna hembra) y se cree que es la manera que los galanes tienen de llamar la atención y conseguir pareja.
Cuanto más alto salgas y más grande seas, más ruido conseguirás al regresar al agua, más espuma, más conmoción del mar (y más dolor en la tripa, desde luego).
 Y todo eso debe de ser un formidable reclamo sexual.
Así que ahí va nuestra mantarraya macho con la panza magullada a aparearse con la mantarraya hembra más sana y más guapa y a disfrutar su bien merecida victoria y, hale hop, la cópula dura unos noventa segundos.
 Y para eso tantísimas acrobacias, tan enorme esfuerzo.
Los genes son unos tiranos; ya lo decía Schopenhauer: el amor no es sino un engaño de la naturaleza para conseguir la perpetuación de la especie.
 O como también decía el escritor y filósofo inglés Samuel Butler en el siglo XIX:
 “La gallina es solo el sistema que tiene un huevo de hacer otro huevo”
. O sea que ser una mantarraya adulta, mantenerte viva y llegar a crecer hasta los ocho metros, aprender a salir del agua a fuerza de músculos como un húmedo relámpago, aletear en el aire grácilmente y pegarte un porrazo al regresar al mar, todo eso, en fin, no es más que la forma que el huevo de la mantarraya tiene de hacer otro huevo.
Ese periodo de feliz enajenación, de ímpetu febril y brioso entusiasmo, suele durar poco
Y no me digan que esto no les suena y que no se reconocen de algún modo.
 En realidad, ¡somos tan parecidos todos los animales! ¿Quién no ha vivido alguna vez ese mismo frenesí alegre y turbulento de las mantas gigantes?
 El amor pasional nos vuelve locos, nos hace saltar por los aires y desde luego nos empuja a comportarnos muy por encima de nosotros mismos, de nuestras posibilidades, de lo que en realidad somos.
 Salimos disparados de nuestra rutinaria vida submarina y de repente nos llegamos a creer bichos con alas.
Dura poco
. Sí, ese periodo de feliz enajenación, de ímpetu febril y brioso entusiasmo, suele durar poco (y menos mal: es un estado anímico extremo imposible de soportar durante mucho tiempo).
Y luego las cosas se calman, o cambian, o se pierden, o se rompen.
 Luego vuelves a ser mortal, y te sumerges en tu vida, y sientes de nuevo sobre ti el peso abrumador del mar del tiempo.
 Todo ese paroxismo puede no haber servido para nada; o quizá sí, quizá para una cópula de 90 segundos, quizá para que se forme un embrión, quizá para que el maldito huevo pueda crear otro huevo.
 Sí, de acuerdo; tal vez sólo seamos un mero instrumento para la ciega y tenaz perpetuación de la especie. Pero ¿saben qué? Mientras tanto, volamos.


Y eso no nos lo puede quitar nadie.
@BrunaHusky
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Al Pacino: "Me pasé los 70 con la cabeza volada........................................................Rocío Ayuso

Forma parte de la historia del cine, pero en vez de sentarse a disfrutar de una filmografía al alcance solo de los mitos, este septuagenario neoyorquino no para de trabajar.

Al Pacino

Foto: Getty Images

Nadie pone en duda a estas alturas la valía de Al Pacino.
 Nadie, excepto el propio Pacino. El que ha sido uno de los mejores actores de su generación –la que dio al mundo talentos como el de Robert De Niro o Dustin Hoffman– ofrece, como siempre, un aspecto desaliñado nada propio de una estrella
. Sus palabras son claras al hablar de su profesión, pero enmudece cuando le toca mirar al pasado.
 Su vista está fija en el hoy, en su nuevo estreno, El señor Manglehorn, y en sus hijos, frutos de matrimonios y sucesivos divorcios de los que tampoco quiere hablar.
Aunque ya ha cumplido 75 años, trabaja más que nunca. Tres películas en los últimos seis meses, incluidas La sombra del actor, Danny Collins y El señor Manglehorn. ¿No puede dejar de interpretar ni por un segundo?

Ser actor es parte integral de mi personalidad, parte de esa aventura personal que llamamos vida. Además, es la forma en la que me gano el pan de mis hijo
s. Con los años, he adquirido otras aficiones, me interesan más cosas.
 Aprendes a separar lo personal de tu faceta de intérprete, especialmente cuando tienes familia.
 Pero sí, actuar es mi vida.
 No solo el cine. Estoy preparando mi vuelta al teatro y en ocasiones doy seminarios o trabajo con orquestas recitando poesía o leyendo Shakespeare
. No puedo parar y tengo la suerte de que aún se me presentan grandes oportunidades.
Supongo que, tras medio siglo de carrera y con los logros que ha conseguido, las oportunidades son muy diferentes, ¿no?

Mi vida ha estado llena de altibajos.
 Hoy mis hijos dictan lo que hago. De hecho, llevo así desde hace 15 años.
 Yo no he cambiado. El cine probablemente tampoco.
 Lo que ahora es muy diferente es la economía. Grandes películas que hice, como Tarde de perros o Pánico en Needle Park, hoy serían consideradas producciones independientes, pero en su día estuvieron financiadas por los estudios.
 En la actualidad, el marketing, la promoción, se ha convertido en la parte más importante de este negocio.
 El deseo de hacer cine sigue ahí, pero es difícil llevarlo a cabo y aún más que llegue a verse.
Dijo en una ocasión que no tenía ningún recuerdo de los 70. ¿Es cierto? 
Bueno, tiendo a exagerar.
 Por supuesto que recuerdo cosas. Lo que realmente quería decir es que lo mismo que hablamos de los 60, del gran cine de Fellini, de Visconti, de Truffaut, de aquellos que influyeron en mi generación, cuando llegaron los años 70 nosotros hicimos otro tipo de películas.
 No me entiendas mal, me considero un tipo muy afortunado por haber participado en ellas, pero también fue una época salvaje para mí, que estaba viviendo en el epicentro de la fama.
Digamos que me pasé mucho tiempo con la cabeza volada y… lo dejaremos ahí.
 Ahora estoy mucho mejor, como puedes ver.
Eso dicen de la década de los años 60: quien los recuerda es que no los ha vivido.
Así fueron para mí los 70
. Me sentí como si me hubieran disparado desde un cañón para convertirme en famoso en cuestión de minutos, y eso no era parte de lo que yo quería.
 Pero claro que algo recuerdo. El otro día vi en la televisión El Padrino II y me pareció muy interesante
. Lo mismo que el primer Padrino.
 Ambas son ese tipo de películas que cuando empiezas a verlas no puedes dejar de hacerlo.
¿Cuál es el mejor consejo que ha recibido a lo largo de estos años?

Como he dicho muchas veces, me lo dio Lee Strasberg [profesor del Actors Studio] cuando era joven y el mundo estaba cambiando muy rápido a mi alrededor.
 Me dijo: «Cariño, simplemente tendrás que adaptarte». Me llevó un rato, pero ahora cuando lo pienso no se me ocurre mejor consejo que el de adaptarme y tirar adelante.

¿Siente que es su turno de dar consejos?

En una ocasión me dijeron que no hay peor vicio que pedir consejos.
 Y, especialmente a mi edad, la gente los busca todo el tiempo.
 Yo prefiero confiar en la información, en estar informado más que aconsejado.
¿También en lo que se refiere a la moda?  
 


Es gracioso, porque desde que comencé a salir con chicas, nunca he vuelto a vestirme solo
. Y de eso hace ya un rato. Siempre dejo a quien está conmigo que elija y tome esas decisiones. Luego, si no me gusta, me escapo y me pongo mi ropa.
 ¿Mi estilo? Seamos honestos, me regalan un montón de ropa, como esta chaqueta de esmoquin. Con tantas funciones a las que he asistido, tengo muchos y no los voy a tirar.
 Así que me pongo uno diferente cada día. Ya sé que pueden ser un poco rígidos, pero después de usarlos un tiempo son de lo más cómodos.
 Te pones la chaqueta con una camisa amplia y cómoda y ahí tienes el estilo Al Pacino.
Mío y personal, fácilmente reconocible.
 Está claro que nunca he sido uno de esos famosos que se van escondiendo detrás de unas gafas de sol o bajo una gorra de béisbol. Además, eso ya no funciona.
A estas alturas de su carrera, ¿qué es lo peor de su fama?

Que no me puedo montar en el metro y tardo mucho en llegar a los sitios
. En serio, supongo que lo peor, sobre todo cuando era más joven que ahora, es que se hace difícil separar tus relaciones, no solo con las mujeres, sino también con todos los que te rodean.
 ¿Cuánto es amistad y cuánto es fama? no lo sabes, pero las ventajas son interminables. Hay tantas cosas que consigues cuando eres famoso.
No hay otra. Vale, los autobuses de turistas se pasean todos los días alrededor de mi casa, pero es parte del juego, supongo.
¿Cuál ha sido el encuentro más afortunado de su vida?

Haber tenido la suerte de conocer y contar con la presencia del actor Charles Laughton.
 Fue una gran persona, alguien muy cercano.
Lo conocí cuando solo tenía 17 años y se convirtió en mi profesor, mi compañero de profesión y mi director.
 Me lo presentaron cuando yo no era nadie, y fue mi mejor guía, siempre proponiéndome algo nuevo. Alguien clave en mi vida que, de hecho, también me ofreció un gran consejo. Me dijo: «¿Por qué te sorprendes cuando se te acerca alguien?».
 Y es cierto. Ahora he comprendido que no tengo por qué sorprenderme, porque no es que yo tenga nada especial.
Simplemente, las personas se me acercan porque he hecho algo que han visto.