Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

29 may 2015

Alexander Wang: Balenciaga a ritmo de Dj................................................. Carmen Mañana

No dibuja bocetos; diseña con el móvil. Tampoco habla francés, aunque es el director creativo de una firma legendaria con base en París

Pero a sus 31 años, Wang guía hacia el futuro del lujo a la casa creada hace un siglo por Cristóbal Balenciaga. 

Y marca el camino a seguir para una nueva generación de creadores.

El diseñador estadounidense Alexander Wang.
Llega a la entrevista vestido con camiseta blanca y deportivas, la melena suelta y un té helado en la mano.
 Su voz aguda y una piel de porcelana le confieren un aspecto casi adolescente. Alexander Wang (San Francisco, 1983) no encaja en el estereotipo clásico del diseñador de moda.
 Al verlo deslizarse por el madrileño hotel Villa Magna, nadie podría imaginar que sobre sus delicados hombros reposa desde hace tres años el futuro de Balenciaga, una de las marcas primordiales dentro del conglomerado de empresas de lujo Kering, propietario, entre otras, de firmas como Gucci, Saint Laurent o Alexander McQueen.
 Pero este treintañero no solo es responsable de que la casa fundada por Cristóbal Balenciaga en 1919 haya crecido más de un 10% en 2014 –según datos de la compañía–, sino que ha logrado que los beneficios de la enseña que fundó con 21 años y que lleva su nombre superen los 110 millones de euros.
Una imagen del último desfile de Alexander Wang para Balenciaga.
Aunque vive a caballo entre Nueva York y París, no habla una palabra de francés, no se le conoce musa y no dibuja bocetos
. “Hay gente en mi equipo que lo hace.
Yo no tengo tiempo.
Diseño con mi móvil; cuando veo algo, le saco una foto, y si tengo una idea, la escribo y me la mando a mí mismo por e-mail”, confiesa entre risas
. Definitivamente, Wang no responde a lo que, según el imaginario colectivo, debe ser un creador de moda.
 Pero ha definido, mejor y antes que ninguno de sus coetáneos, el perfil del director creativo del siglo XXI; el del modisto al que, por motivos generacionales, le corresponde resolver los dilemas a los que se enfrenta la industria del lujo actual.
El más urgente de ellos, conquistar los mercados emergentes sin convertirse en su rehén.
 La caída del rublo ruso y el endurecimiento de las políticas anticorrupción chinas –los regalos en forma de carísimos bolsos o pañuelos son costumbre– están asfixiando a aquellas marcas volcadas en estos países.
“Los beneficios económicos constituyen el principal motivo por el que se abre un punto de venta en un lugar u otro.
 Pero a veces está bien no seguir a la manada.
 Desmarcarse y mirar a largo plazo y dentro de un contexto más amplio.
 Entonces resulta fácil darse cuenta de que hay plazas que aportan un valor distinto al financiero, pero también importante, sobre todo desde el punto de vista de la imagen de marca”, explica Wang.
 Este argumento justifica por qué el pasado marzo decidió abrir una boutique en Madrid, la primera tienda de la firma Balenciaga que se inaugura en España desde hace 80 años.
“Es el país en el que nació nuestro fundador y sentíamos que teníamos que estar”.
No soy el tipo de creador que va buscando la inspiración, porque si lo hago, no la encuentro.

Para mí, diseñar es dejar que las ideas entren y salgan de una conversación”
Para celebrarlo, Wang organizó una cena en el madrileño palacio de Gaviria, un espacio famoso por acoger fiestas para estudiantes de Erasmus, y que el equipo de la marca conoció en uno de sus viajes a Madrid.
 Después, la juerga continuó hasta el alba.
 No es ningún secreto que al de San Francisco le gusta salir.
La pregunta es de dónde saca el tiempo para hacerlo. François-Henri Pinault, consejero delegado de Kering, reveló a The New York Times que la agenda del diseñador está cerrada con un año de antelación.
Bajo su propia marca, desarrolla cada año cuatro colecciones de mujer, dos de hombre y una línea de precios asequibles llamada T by Alexander Wang.
 Para Balenciaga, cuatro de mujer y dos de hombre, sin contar con los complementos y nuevas divisiones que la marca quiere potenciar como las de peletería y bisutería.
Abrigo de Cristóbal Balenciaga de 1950. / George Pimentel (Getty)
Este ritmo esquizofrénico llevó a Jean Paul Gaultier a dejar el prêt-à-porter para centrarse en la alta costura el pasado septiembre
. “Llega un momento en el que no dispones de tiempo ni para pensar […] ni de tener ideas nuevas”, explicó entonces.
 Pero parece que el pluriempleo se ha normalizado como modelo profesional entre una nueva generación encabezada por Wang.
 Las casas más vetustas apuestan por jóvenes creadores para actualizarse, pero la mayor parte de ellos no renuncian a sus proyectos personales.
Además de desarrollar sus propias firmas, Jonathan Anderson (31 años) es responsable de Loewe; Jason Wu (32), de Hugo Boss, y Zack Posen (33), de Brooks Brothers.
Quizá su heterodoxo proceso creativo explique, en parte, cómo puede llegar a gestar más de una colección al mes sin derrumbarse física, intelectual y psicológicamente
. “No soy el tipo de creador que se encierra en una habitación a hacer bocetos sin parar
. No voy buscando la inspiración, porque si lo hago, no la encuentro
. Eso de ‘mi referente es Brigitte Bardot en Saint-Tropez’ no me va”
. Para Wang, la moda no es una cuestión de tendencias, sino de conversaciones.
Y así articula su trabajo.
“Me siento con mi equipo y hablamos del desfile que acabamos de hacer: qué ha funcionado y qué no, cómo podemos llevarlo más allá.
 Diseñar para mí es dejar que las ideas entren y salgan, transformarlas, darles al vuelta”, narra con tantas palabras como gestos.
Se trata, dice, de un proceso instintivo
. Como su formación
. Descubrió la moda en el carísimo internado al que le enviaron sus padres, unos prósperos inmigrantes taiwaneses.
 Allí entró en contacto con Vanessa Traina Snow, hija de la escritora Danielle Steel, y con la enciclopédica colección de alta costura de esta autora.
 Después ingresó en la escuela neoyorquina de diseño Parsons, una de las más prestigiosas del mundo, pero la abandonó antes de licenciarse para poner en marcha su propia marca, que aún hoy se mantiene como un negocio familiar.
 Sus primeros trabajos –una línea de jerséis– llamaron la atención de Diane Von Furstenberg, que quiso ficharlo.
 Pero con 21 años, el californiano la rechazó.
 Siempre confió en su propio talento y en su capacidad.
Abrigo de Alexander Wang para Balenciaga de 2015.
Pero al ingente volumen de trabajo que Wang coordina 10 años después, se suma otra dificultad.
 Las dos casas que dirige no podrían representar estéticas más antagónicas.
 Mientras Cristóbal Balenciaga (Guetaria, Gipuzkoa, 1895) conquistó el mundo con sus exquisitas siluetas arquitectónicas, Wang es famoso por introducir en el exclusivo universo del lujo la moda callejera y deportiva –confiesa que no ha pisado un gimnasio en su vida–.
 Lejos de considerarlo un problema, François-Henri Pinault valora esta disparidad como una ventaja. Parece difícil que ambos proyectos terminen pareciéndose demasiado y, por tanto, perdiendo su identidad, como sucedió cuando John Galliano reinaba en Dior.
Aunque sustraerse a la influencia de Balenciaga resulta muy difícil.
“La palabra moderno está muy manida. Pero creo que la aproximación de Cristóbal al diseño era moderna, en el sentido más puro del término.
 Sus archivos están llenos de piezas que llevan inspirando a la industria de la moda y al mundo del arte desde hace décadas”, defiende.
La sombra del creador vasco no es la única que planea sobre Wang. Suceder a Nicolas Ghesquière tampoco resulta tarea sencilla.
El diseñador francés fue el hombre que obró el milagro: en 1997 tomó las riendas de una maison crepuscular y logró devolverla al olimpo de la moda concitando el entusiasmo de crítica y público por igual
. Y lo hizo distanciándose del legado de Balenciaga.
 Wang, en cambio, ha optado por “traducir su vocabulario y sus códigos al estilo de vida actual”.
Lo que para el estadounidense significa elevar los niveles de funcionalidad de la casa.
Aunar elegancia e irreverencia. Introducir juventud y espontaneidad, los valores que definen su discurso.
“Sí, mis chicas llevan abrigos globo, pero con botas bajas, las faldas péplum se combinan con camisetas, los vestidos escultóricos llevan bolsillos.
 Sí, debemos experimentar y situarnos a la vanguardia del nuevo lujo, pero al mismo tiempo tenemos que asegurarnos de ofrecer a nuestros clientes prendas que respondan a sus necesidades reales de cada día: por eso ahora las firmas hacen también sudaderas y deportivas”, argumenta.
Las barreras entre la calle y el lujo se están difuminando.

Las marcas deben experimentar, pero también ofrecer al cliente prendas que respondan a sus necesidades de cada día”
Es ante este reto donde la trayectoria y la visión de Wang cobran especial relevancia. “Las barreras entre la calle y el lujo se están difuminando”
. Y si hay un diseñador que sea consciente de este proceso y haya contribuido a impulsarlo, ese es el director creativo de Balenciaga.
 “Las nuevas generaciones están transformando el modo en que compramos.
Solo tienes que darte una vuelta por cualquier arteria comercial de una gran ciudad: junto a Prada está Zara, y a su lado, Armani, y dos pasos más allá, H&M
. Ese es el escenario que las marcas de lujo deben tomar como referencia para moldear sus expectativas”, asegura.
El diario The New York Times informaba el pasado enero de las largas colas que, desde las cinco de la mañana y a varios grados bajo cero, se formaban ante las puertas de la boutique neoyorquina de Alexander Wang para acceder a sus rebajas.
 La mayor parte de los adeptos eran menores de 25 años. ¿La clave?
 De nuevo, la comunicación. “En una sociedad donde las redes sociales son herramientas cada vez más poderosas, la manera en la que se transmite la filosofía de una marca y la forma en la que el cliente la experimenta resultan fundamentales.
 No solo la pasarela cuenta nuestra historia, también la disposición de las tiendas o la música de las campañas”.
 Y ahora Balenciaga se mueve a ritmo de DJ.

 

La juez de Canarias vuelve a elevar el caso de López Aguilar al Supremo.................................. Elsa García de Blas

La magistrada ha tomado la decisión en contra del criterio de la Fiscalía de Las Palmas.

La juez de Violencia contra la Mujer número 2 de Las Palmas de Gran Canaria pidió ayer de nuevo al Tribunal Supremo que investigue al eurodiputado Juan Fernando López Aguilar por un delito de violencia de género, según informó el Tribunal Superior de Justicia de Canarias.
 La magistrada tomó la decisión en contra del criterio del fiscal, que pidió el sobreseimiento, igual que la defensa del exministro del PSOE.
Es la segunda vez que la juez canaria eleva el caso al Supremo y lo ha hecho tras tomar declaración de nuevo a Natalia de la Nuez, exmujer de López Aguilar, que acusa al político de haberla maltratado física y psicológicamente desde hace años.
 En la primera declaración judicial, De la Nuez expuso a la magistrada un relato de agresiones no “periódicas”, sino que tenían como detonante “cualquier frustración” de él.
En su segunda declaración, el pasado 22 de mayo, se ratificó en los hechos, aunque pidió que el proceso no continuara.

La juez ha tenido que volver a enviar una exposición razonada al Tribunal Supremo, el competente para juzgar a López Aguilar por ser aforado.
 El alto tribunal le devolvió el caso porque vio un “déficit argumental” en su primera argumentación. El exministro, suspendido de militancia del PSOE, siempre ha negado los hechos.
La Fiscalía de Las Palmas pidió el sobreseimiento porque considera que la “trayectoria repleta de variaciones” de Natalia de la Nuez no “consolida una posición de coherencia y solidez” en su relato, que además no está corroborado por informes clínicos, partes de lesiones o testigos directos, informa Efe.
 El fiscal destaca que De la Nuez haya repetido varias veces que no quiere formular acusación alguna contra López Aguilar, porque eso "no entra en sintonía con los términos en que después se produce su declaración, con elementos con una significación incriminatoria ineludible".
El fiscal del caso apunta, además, que cuando De la Nuez fue llamada a declarar en enero por otra denuncia contra López Aguilar (una que fue archivada, que partió de un hijo de ella), manifestó a la juez que "nunca" había sido agredida por el eurodiputado.
El representante del Ministerio Público hace referencia también a una carta enviada por ella al Diario de Tenerife a raíz de esa primera causa iniciada por su hijo.
 En la misiva, ella afirmaba que no podía "realizar ningún reproche a su marido" y que este era "una excelente persona y un magnífico esposo y padre".
El representante de la fiscalía viene a decir que la fama del eurodiputado puede estar perjudicándole. Sostiene que este caso "no debe ser una excepción" a las exigencias que se plantean para seguir adelante con este tipo de causas penales y que "la circunstancia personal de europarlamentario, la notoriedad pública y profesional de a quien se atribuyen estos hechos no puede volverse en su contra".
La Fiscalía del Tribunal Supremo, sin embargo, sí consideró que había indicios de el eurodiputado pudo haber cometido un delito de violencia de género.
La defensa del exministro del PSOE ha declarado estar "perpleja" ante la decisión de la juez, que considera "sin base probatoria ni fundamentación jurídica alguna"
. La abogada Luisa Estévez ha difundido un comunicado en el que "se sorprende de la insistencia de la instructora de elevar la causa al Supremo", toda vez que "reitera el mismo relato" que el Supremo "ya desestimó e inadmitió por vago, inconcreto, impreciso y sin ningún rigor jurídico".

 Resultado de imagen de López Aguilar y Natalia de la Nuez

El proyecto Hildegart..................................................................... Carmen Ordoñez

La Linterna Sorda recupera ‘Aurora de sangre’, extenso reportaje de Eduardo de Guzmán sobre la truculenta historia de Aurora Rodríguez.

 

Amparo Soler Leal encarnó a Aurora Rodríguez en ‘Mi hija Hildegart’, de Fernando Fernán Gómez.
En algún momento de la madrugada del 9 de junio de 1933, en su piso de la madrileña calle de Galileo, Aurora Rodríguez le descerrajó cuatro tiros a su hija Hildegart mientras la joven –aún no había cumplido los 19– dormía.
 La historia, de por sí truculenta, supera el dramatismo si tenemos en cuenta que Hildegart había sido concebida con un propósito experimental: demostrar que una correcta selección genética unida a una educación esmerada derivarían en una evolución positiva para el ser humano.
Cuando fue sacrificada en aras de la eugenesia –o, más bien, de la locura materna–, Hildegart era una mujer excepcional: precoz desde su más tierna infancia, se licenció en Derecho con tan solo 17 años y, después, simultaneó los estudios de Medicina con los de Filosofía y Letras; había escrito ya 15 libros y numerosos artículos periodísticos; era una destacada militante anarquista y se encontraba en la vanguardia del movimiento feminista.
 Era, además, una intelectual de prestigio en los círculos médicos europeos más avanzados en materia de sexología.
 En 1930 Hildegart era sinónimo de revolución sexual.

Pasión de madre

Aurora de sangre. Vida y muerte de Hildegart es un extenso reportaje que recupera ahora La Linterna Sorda.
 El periodista Eduardo de Guzmán tuvo la oportunidad de conocer a las protagonistas y de entrevistar detenidamente a la madre en la cárcel.
 La historia fue llevada al cine por Fernando Fernán Gómez (1977) y al teatro por Fernando Arrabal (1986).
A medio camino entre el doctor Frankenstein y el mítico Pigmalión, Aurora Rodríguez sustentó toda su vida en función, más que de su hija, de su proyecto Hildegart.
 Tremenda y cruel contradicción, la de pretender educar a una criatura para que sea libre, cortándole las alas en el momento en que echa a volar.
 Porque su decisión de quitarle la vida se hizo firme cuando la hija manifestó su propósito de independizarse, de seguir su carrera en el extranjero, despegándose así de una madre absorbente y posesiva hasta lo enfermizo: su historia clínica fue desvelada en 1987 por el (anti)psiquiatra Guillermo Rendueles en El manuscrito encontrado en Ciempozuelos.

Carey Mulligan, pasiones de cine.............................................. Barbara Celis

La actriz británica, icono de directores como los hermanos Coen y Thomas Vinterberg, ha consolidado su carrera al margen de la espuma de la fama

Candidata al Oscar, feminista y meticulosa, desembarca de nuevo con papeles que rompen clichés en la gran pantalla.

La actriz Carey Mulligan. / Stevie and Mada
Hay actrices jóvenes que se abrazan al denso oleaje del éxito, donde burbujea la espuma del champán en noches indolentes que producen resaca y paparazis.
 Y luego está Carey Mulligan (Londres, 1985). Por eso entre los lectores habrá quien no reconozca su nombre, aunque sí su rostro, incluso si solo la han visto una vez: esos hoyuelos que enmarcan su sonrisa son difíciles de olvidar.
 Pero esta británica con cara de niña traviesa lleva tratando de pasar inadvertida desde que en 2009 la pe­lícula An Education, de la danesa Lone Scherfig, la catapultó a una galaxia muy extrema, la de los candidatos al Oscar, y la energía desbocada de aquel universo estrellado le asustó.
La experiencia de pasar de ser una actriz casi anónima con pequeños papeles en televisión o teatro a ser candidata al mayor premio de la industria del cine fue un terremoto para Mulligan
. Con 24 años, ¿quién no se hubiera entregado a la atención desaforada, los regalos, las cenas con famosos o, en otras palabras, a la bacanal romana que envuelve al candidato a un Oscar? “Yo lo pasé mal. No disfruté nada de las fiestas ni de la atención.
Ahora miro hacia atrás y pienso que debería haber intentado divertirme, pero es un mundo en el que no encajé. No me sentí parte de él entonces y tampoco ahora”
. Lo dice bajito, como todo lo que dice, porque ni el volumen ni el contenido de su conversación deja espacio para el descontrol: ni una palabra más fuerte que otra, ni una frase hueca o vacía como las que a menudo disparan otras actrices cuando entran en ese loop que las lleva, instigadas por una entrevista, a mirarse con lupa el ombligo y a hablar de más.
Mulligan también en eso parece diferente.
 Está en un hotel londinense, pero no está.
 Con su melena midi y su traje de chaqueta negro, serio y sobrio, cumple correcta con el guion de la promoción de la película Lejos del mundanal ruido, de Thomas Vinterberg, que se estrena el mes que viene en España, y de la que es protagonista, pero hablará lo justo para no desnudarse frente a su interlocutora.
 Eso sí sería noticia, una actriz que se desnuda en público, pero Mulligan, metafóricamente, no se quita ni el gorro ni la bufanda, aunque a medida que avanza la entrevista va dejando caer capas de cebolla.
 Hay que sentirse afortunados si hemos conseguido llegar al menos hasta el jersey. Más allá, nadie, excepto sus amigos más íntimos, está invitado a entrar.
 Y probablemente eso haya sido lo que la ha salvado de convertirse en otro esperpento de los muchos que habitan el universo de las celebridades jóvenes que dan titulares amarillos en la prensa rosa. “Me di de bruces con la popularidad a través de Keira Knightley cuando participé en Orgullo y prejuicio, en 2005
. Fue mi primera película y nos hicimos muy amigas
. Ella era ya muy conocida y vi lo duro que era tener que lidiar con los paparazis y con un montón de cosas negativas, así que me volví muy precavida.
Creo que ser famoso es muy poco atractivo.
 Obviamente todos aspiramos al éxito porque te da mejores oportunidades de trabajo, pero la mochila que acompaña todo eso es horrible”. Tajante, directa, clara.
Me di de bruces con la popularidad a través de Keira Knightley. Vi lo duro que era y me volví muy precavida. No me atrae ser famosa”
Tras aquella incursión como espectadora de la fama, la paladeó en carne propia con An Education y, aunque no ganó el Oscar (pero sí un Bafta, el Oscar británico), tenía la edad perfecta, el talento y el físico necesario para triunfar en Hollywood, así que la industria la invitó a entrar en su selecto club de actrices.
Sin embargo, no se dejó cegar por los focos ni por los flases, respiró hondo, tomó asiento, se sentó al volante de su carrera como si fuera una veterana y comenzó a ver desfilar frente a ella múltiples guiones.
 Uno tras otro fueron a la basura. Nada llegaba a sus manos que mereciera la pena o, al menos, así lo vivió ella.
Para una actriz sin formación académica, rechazada en tres escuelas de arte dramático, muchos en la industria pensaron que se pasaba de lista.
 Pero a juzgar por sus elecciones se equivocaron. No es arrogante, solo persistente. Cuando era adolescente escribió a Kenneth Branagh pidiendo consejo y después a Julian Fellowes, quien le dijo que en lugar de ser actriz se casara con un abogado.
 No le gustó la respuesta e insistió, así que la invitó a una cena de jóvenes aspirantes a actor y así conoció al director de casting que la llevó hasta Orgullo y prejuicio.
 Pasarían cuatro años hasta aquel papel de joven rebelde que abandona los estudios para seguir a un hombre más mayor en An Education y, tras participar en Brothers y Nunca me abandones, que ya había filmado antes de aquel éxito, solo la hemos vuelto a ver en seis películas, menos de una por año, y no precisamente mediocres: Wall Street, el dinero nunca duerme, de Oliver Stone; Drive, del niño prodigio Nicolas Winding Refn; Shame, del oscarizado Steve McQueen; El gran Gatsby, del mago del espectáculo Baz Luhrmann, e Inside Llewyn Davis, de los hermanos Coen. Y en ninguna de esas películas ejerce de mujer decorativa.
“Esa es la batalla más difícil de las actrices.
 Yo siempre estoy buscando papeles en los que se pueda aportar algo más que la cara bonita, quiero sustancia, historias complejas.
A mí no me interesa ver películas con mujeres que aparecen como accesorios del intérprete masculino, así que prefiero no hacerlas. No se trata de que te den o no papeles de protagonista
. El tamaño de un personaje no es importante, lo que importa es si la gente va a poder conectar con él y si tiene alguna razón para ser parte de la historia, más allá de la de embellecer la pantalla”.
Si alguien se preguntaba por qué se había prodigado tan poco aquí tiene la explicación: Mulligan rechaza los “papeles-jarrón de flores”, como ella los llama
. Sin embargo, con solo ese puñado de títulos ha conseguido entusiasmar a críticos y espectadores por igual. En Shame transformó completamente su imagen angelical para dar vida a una veinteañera conflictiva y sorprendió con su capacidad camaleónica
. En El gran Gatsby de Baz Luhrmann consiguió hacernos olvidar a Mia Farrow, que había interpretado memorablemente a Daisy Buchanan, la amante de Robert Redford en el Gatsby de 1974 con guion de Coppo­la.
“Son personajes que escogí porque tenían sentido, un recorrido propio.
 A menudo los papeles femeninos son caricaturas de la mujer, no se corresponden con nada real. Son bellas y estúpidas o bellas y superinteligentes, pero el espectador nunca sabe por qué”.
Ryan Gosling y Carey Mulligan, en 'Drive' (2011). / Album
Mulligan es consciente de que elegir es un lujo que no todas las actrices tienen.
 “Sé que tengo mucha suerte porque en este momento de mi carrera puedo renunciar a trabajar si no encuentro lo que me gusta.
 Sé que eso puede cambiar o puede llegar un día en que tenga hijos, necesite más dinero y tenga que aceptar otr
as cosas, pero de momento puedo escoger, así que solo acepto papeles que realmente me interesan”. Lo que nos lleva hasta la película que nos ha reunido en Londres.
Lejos del mundanal ruido, basado en el libro homónimo de Thomas Hardy, que se desarrolla en la Inglaterra victoriana, no parecería, a priori, un filme en el que Mulligan se interesaría (se estrenará en los próximos meses en España).
 “Las películas de época no me atraen especialmente, pero el libro de Hardy me encantó, y encima está dirigida por Thomas Vinterberg [uno de los seguidores ejemplares del Dogma de Lars von Trier]”.
 Además su personaje, Bathsheba Everdene, aunque monte a caballo con falda y tenga múltiples pretendientes (interpretados entre otros por el brillante Michael Sheen), es una mujer moderna e independiente más cercana a las del siglo XX que a las del XIX.
 Un goloso caramelo para alguien que no tiene reparos en definirse como feminista. “Claro que no. Por alguna razón el término ha adquirido connotaciones negativas, pero yo no me avergüenzo de decir que lo soy.
 Es como si lleváramos toda la vida en sociedades donde podemos expresar nuestras opiniones y hacer lo que queramos, pero para la mayoría de las mujeres del planeta no es así. Y eso no hay que olvidarlo.
 Por eso el personaje de Bathsheba es tan extraordinario.
Quiere dirigir su vida, que no la domine un hombre, imponer su voluntad… Eso en el siglo XIX no ocurría y por eso el libro de Hardy se considera uno de los primeros feministas de Inglaterra.
 Conecta más con el presente que con el pasado y espero que eso interese a las nuevas generaciones”. Lo dice sin demasiada seguridad, pero transmitiendo el deseo de todo intérprete de que los espectadores acudan al cine a ver su trabajo.
No me avergüenza decir que soy feminista. La mayoría de las mujeres del planeta no pueden hacer lo que quieren. Y eso no hay que olvidarlo”
Precisamente de las primeras reivindicaciones feministas habla otra de sus próximas películas, Sufragette, de Sarah Gavron, donde interpreta a una mujer que, desde el más absoluto desinterés político, se transforma en una militante por el derecho al voto femenino, una sufragista
. Comparte pantalla, entre otras, con Meryl Streep y Helena Bonham Carter, y dice haber aprendido mucho sobre cosas que todos deberíamos saber.
“Es un periodo histórico apasionante y la verdad es que no era consciente de cuánto habían sufrido las mujeres para llegar a votar”.