Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

10 may 2015

El fragor del universo y los imbéciles..................................................................... Rosa Montero

Desde la física cuántica para acá me parece que los científicos andan empapados en ácido lisérgico y gloriosamente pirados.

Leo en un libro interesantísimo de Rafael Alemañ, ¿Qué hubo antes del Big Bang?, en editorial Laetoli, que por lo visto nuestro universo tiene 13.750 millones de años.
 La verdad, me ha parecido poquísimo.
 Hombre, no llega a ser una cifra tan ridículamente corta como los famosos cinco mil años y pico que calculó en 1650 James Ussher, arzobispo anglicano de Armagh (hoy Irlanda del Norte), quien, tras minuciosos estudios bíblicos, llegó a la bizarra y flipante conclusión de que el primer día de la Creación fue el atardecer anterior al domingo 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo, según el calendario juliano. Los cómputos de los científicos actuales superan con mucho esos estrechos márgenes, pero de todas maneras es una cifra que cabe en la cabeza.
A ver: por un lado sabemos perfectamente lo que es un año, y por otro una cantidad de 13.750 millones de algo apenas supone dos veces la población mundial, que es una suma que de algún modo también tenemos incorporada a nuestra visión de la realidad.
 ¿O sea que el universo sólo existe desde hace ese puñadito de tiempo? ¿El enorme universo, cuyo tamaño sí que soy incapaz de vislumbrar?
 La dimensión espacial se me antoja mucho más aplastante e inhumana que la temporal.
Claro que luego seguí leyendo el libro de Alemañ, cosa que confieso que he tenido que hacer con notable esfuerzo pese a la gran capacidad divulgativa del autor, porque desde la física cuántica para acá me parece que los científicos andan empapados en ácido lisérgico y gloriosamente pirados, incomprensibles pero formidables en sus chifladuras.
 Digo que continué leyendo el libro y entonces me enteré de que ésa tal vez sea la edad de nuestro universo visible, pero que éste puede provenir de otro montón de universos antes expandidos y colapsados, o de una multiplicación de universos paralelos unidos en la actualidad o en algún momento por agujeros de gusano, o de un universo interminable inflacionario que brota en nuevos universos como en burbujas, sea eso lo que sea, o de un universo pulsante que no llega a colapsarse sino que se renueva interminablemente en ciclos como las estaciones del año, e incluso hay un tipo llamado Tegmark que a finales de la década de 1990 propuso la hipótesis del universo matemático según la cual, y copio las palabras de Alemañ para no pifiarla, “parece querer decir que lo que consideramos la realidad física es una estructura matemática abstracta tan compleja como para admitir subestructuras autoconscientes (nosotros mismos) que creen vivir en un mundo material”.
O sea, puro Matrix.
 Lo mismo cualquier día hasta le dan un Premio Nobel al Tegmark éste.
En resumen, un maldito lío, un embrollo de proporciones sublimes que lo único que demuestra es que no sabemos casi nada, y que nuestros esfuerzos, los esfuerzos sumados de una legión de las mentes humanas más portentosas, siempre chocan contra los infinitos, contra la pesadilla de las singularidades, que son aquellas fronteras del saber en donde dejan de funcionar las leyes físicas y matemáticas y todas las herramientas científicas que poseemos
. En palabras vulgares, no conseguimos resolver el problema de la creación o no creación, del principio o no principio de las cosas, del final o no final del universo
. Y a mí, paradójicamente, esta ignorancia esencial me parece maravillosa y excitante, me parece un misterio deslumbrante y tentador.
Así que lo de los 13.750 millones de años de edad del universo es una fruslería dentro de la enormidad.
 Dentro de la enormidad de lo muy grande, pero también de lo muy pequeño.
 Porque los quarks y demás partículas elementales son tan diminutos que vienen a ser de tamaño, con respecto al núcleo de un átomo, como un átomo con respecto al sistema solar. Repito: como un átomo comparado con todo el sistema solar.
Por su parte, el núcleo es con respecto al átomo como una pulga a un estadio. Y un átomo es una birria tan chica como… En fin, paremos, me marea semejante inmensidad liliputiense.
Formamos parte de esa complejidad indescriptible, de ese fragor fenomenal, somos un ingrediente banal en el colosal chisporroteo de masa y energía.
Y en medio de esa desmesura maravillosa, hay gentes que dedican la increíble, casi imposible casualidad de sus ínfimas vidas a lanzar por la borda de la patera a una docena de pobres desheredados como ellos por el simple hecho de creer en otros dioses.

 Qué desolación, qué completa imbecilidad, qué desperdicio.
@BrunaHusky
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motivos (científicos) por los que es bueno leer...........................................

Los libros son las pesas de tu cerebro. Y no dan agujetas.

Marilyn Monroe leyendo
Marilyn Monroe leyendo.
Leer es divertido y fácil. Los libros educan, dan tema de conversación, proporcionan compañía y son baratos, incluso gratis, si recurres a una biblioteca o al proyecto Gutenberg.
 Pero además de todo eso, leer es bueno para tu cerebro. Te hace más listo, te relaja, incluso te ayuda a ser mejor persona.
 En serio. Pero eso no son motivos para leer. Sólo son efectos secundarios. Aquí van seis de ellos.
1. Una escuela de empatía. La lectura es tecnología para acceder a otros puntos de vista, como escribe Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro 
. Leer nos permite acceder a “mundos que sólo pueden ser vistos a través de los ojos de un extranjero, de un explorador o de un historiador”,
 lo que puede llevarnos a que una norma que no nos cuestionamos (“así es como se hace”) pase a ser una observación explícita (“así es como nosotros lo hacemos”), susceptible de replantearse (“¿no podríamos hacerlo de otra forma?”).
Esto es especialmente válido para la ficción, que nos permite acceder a la forma en la que piensan y sienten personas muy diferentes. 
En opinión de Giovani Frazzetto, autor de Cómo sentimos, leer la historia de diferentes personas nos ayuda a comprender los sentimientos y pensamientos ajenos, sin que sea tan importante que esas personas sean reales o imaginarias.
Tal y como publicaba el New York Times, citando varios estudios, “hay un solapamiento sustancial en las redes del cerebro que se usan para entender historias y las redes usadas para interactuar con otros individuos, en particular, las interacciones en las que intentamos entender los pensamientos y sentimientos de los demás”
. Y añade: “Los individuos que leen ficción a menudo parecen mejores a la hora de entender a otra gente, empatizar con ellos y ver el mundo desde su perspectiva”.
“Transferir la experiencia de leer ficción en situaciones del mundo real es un salto natural, según explica en The Guardian David Comer Kidd, coautor de un estudio que también relaciona lectura y empatía: “Usamos los mismos procesos psicológicos para entender la ficción y las situaciones reales.
 La ficción no es sólo un simulador de experiencias sociales, sino que es una experiencia social”.

Es positivo que esta actividad se mantenga también durante la adolescencia, ya que es una etapa en la que necesitamos una experiencia rica en emociones: las reacciones emocionales son más intensas y tenemos más capacidad de aprendizaje que de niños o de adultos.
 Además, la literatura ayuda a forjar nuestra identidad, ya que altera nuestras conexiones mentales y crea nuevas ideas y formas de pensar.
4. Relaja. Uno de los efectos positivos que tiene agarrar un libro y no soltarlo durante un buen rato es que es un buen ejercicio de relajación. De hecho, y según un estudio de la universidad de Sussex, leer relaja más que escuchar música, dar un paseo, tomarse una taza de té o los videojuegos.
5. No hay diferencia con los libros electrónicos. Casi. Los e-books son exactamente igual que los físicos. Excepto por el pequeño detalle de que no son físicos. Parece algo obvio y que no tiene importancia, ya que lo que leemos son las palabras y no el papel, pero tiene sus implicaciones, especialmente a la hora de estudiar: leer en un e-book es como leer de una página infinita y nos resulta más difícil recordar lo que hemos leído si no tenemos referentes como la posición del texto en la página o si estaba en la página izquierda o derecha, por ejemplo. Cuantas más asociaciones de este tipo podamos hacer, más fácil resultará memorizar un texto, tal y como recoge Time. Y por eso agradecemos que el lector de libros electrónicos nos dé toda la información que pueda, como el número de página o incluso el porcentaje leído. Nos ayuda a orientarnos.
Aparte de este detalle, no hay por qué tenerle manía al libro electrónico: sólo tardamos siete días en adaptarnos a su uso, como a cualquier otra tecnología.
6. Leer es sexy. Esta frase no es sólo una excusa para publicar fotos de gente guapa que tiene un libro entre las manos casi por casualidad. Tiene base científica: por un lado, leer aumenta la inteligencia, como explica en The Guardian Dan Hurley, autor de Smarter: The New Science of Building Brain. Leer incrementa nuestra capacidad de comprensión, de solucionar problemas y de detectar patrones.
 También mejora la inteligencia emocional (incluyendo la ya mencionada empatía). Por otro lado, la inteligencia es un atributo que deseamos en nuestras parejas. Según el psicólogo evolutivo Geoffrey Miller, autor de un estudio al respecto: “Rasgos como el lenguaje, el humor y la inteligencia han evolucionado en ambos sexos porque son sexualmente atractivos”.
En conclusión, leer es sexualmente atractivo. No sé qué más queréis.


Es muy positivo que la gimnasia comience lo antes posible. Según la neurocientífica Susan Greenfield, la lectura ayuda a ampliar la capacidad de atención de los niños, ya que “las historias tienen un comienzo, un desarrollo y un final", es decir, "una estructura que empuja a nuestros cerebros a pensar de forma secuencial, y a enlazar causa, efecto y significado".
Comenzar a leer de niños (y hacerlo mucho) ayuda a desarrollar la comprensión lectora, a ampliar el vocabulario y está relacionado con un mayor conocimiento tanto académico como práctico en los siguientes años, según varios estudios de Anne E. Cunningham, de la Universidad de Berkeley, y Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto.
Otro estudio del Centro Médico del Hospital Infantil de Cincinnati (Ohio) apunta que los niños de entre 3 y 5 años a quienes se lee cuentos también muestran mayor actividad cerebral en las imágenes de resonancia magnética. No sólo en las áreas que dan significado al lenguaje sino también en las que son importantes para la visualización, probablemente porque se imaginan la historia. El responsable del estudio recomienda leer cuentos a los niños con regularidad y además conversar con ellos sobre las historias.
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Pasemos ya a otra cosa......................................................... Javier Marías

Quizá por edad y educación, acostumbro a percibir más erotismo (y más eficaz) en escenas en que los personajes permanecen vestidos.

 

Una reciente participación en el Festival Gutun Zuria, de Bilbao, dedicado al erotismo en la literatura y en la ficción en general, me ha llevado a pensar en el asunto y a llegar a la extraña conclusión –estrictamente personal, desde luego– de que lo uno suele casar mal con lo otro
. Si uno repasa la historia de la literatura, y aun la del cine, verá que no hay apenas obras maestras en el terreno erótico ni en el pornográfico
. Inscribir Lolita en esos territorios es un mero error de apreciación superficial, sólo posible en los tiempos aún pacatos en que se publicó.
 Esa novela es, por el contrario, una de las mayores historias de constancia amorosa, a mi parecer.
Debo reconocer que además, en cuanto en una novela “convencional” aparecen escenas de sexo, sobre todo si se demoran e incluyen el coito o lo que se le asemeja, empiezo a bostezar y me dan ganas enormes de saltármelas, como de niños nos saltábamos las prolijas descripciones de escenarios y paisajes en las obras de Walter Scott y otros autores de su siglo
. El sexo descrito es sota, caballo y rey, y uno sabe más o menos cómo acaba, por muchas variantes que se quieran introducir, o número de participantes, o prácticas supuestamente originales
. Sí, hay sota de espadas, caballo de bastos y rey de copas, pero siempre sota, caballo y rey. “Pasemos ya a otra cosa”, suelo pensar, y de hecho pocos libros recuerdo más tediosos que Las 120 jornadas de Sodoma, de Sade, que acumula un catálogo bastante exhaustivo de posturas y combinaciones y sevicias y crueldades: ahora tres, luego siete o veintidós, ahora con frailes, luego con monjas, y así hasta que a uno lo rinde un acceso de narcolepsia.
Y está el problema del estilo o lenguaje
. Los textos eróticos suelen oscilar entre la cursilería más sonrojante, el tono casi obstétrico, y la zafiedad sórdida y disuasoria.
 En los primeros uno navega por metáforas exageradas y tirando a grotescas; los miembros viriles son convertidos en “pináculos”, “flechas”, “serpientes”, “espadas”, “turbantes” y cosas así, con las que cuesta creer que a nadie le apeteciera tener mucho trato carnal.
En los segundos se tiene la impresión de estar viendo un episodio de la serie Masters of Sex, cuyas mejores partes –francamente buenas– son las que precisamente no se ocupan del sexo ni de su estudio
. En cuanto a los terceros, intentan ser muy crudos y hasta “transgresores”, pero sólo provocan rechazo y hastío.
Los textos eróticos suelen oscilar entre la cursilería más sonrojante, el tono casi obstétrico, y la zafiedad sórdida
En el cine es aún peor.
 Si la escena sexual es ortodoxa, noto que uno de mis pies empieza a golpear el suelo con impaciencia, y en seguida me parece que ya dura demasiado, que ya me la sé.
 Muchos directores, conscientes de eso, han optado en las últimas décadas por presentar polvos supuestamente ardorosos y urgentes: consiste en que los personajes tiren y rompan objetos y muebles y espejos, se “embistan” mucho y nunca jamás copulen en un lecho ni tan siquiera en el suelo; no, ha de ser en lugares incómodos, sobre una mesa, encima de un aparador, contra un lavabo
. En la excelente Historia de violencia, de Cronenberg, la urgencia era tal que Viggo Mortensen y su pareja fornicaban en una escalera, y yo no podía dejar de imaginarme el dolor de quien quedaba debajo, ni de pensar que tampoco los habría enfriado tanto subir hasta el rellano para yacer sobre superficie plana y no clavándose peldaños.
Un director me trajo una vez un guión para que opinara sobre ciertos aspectos en los que se me suponía “experto”.
 Me atreví a recomendarle –aunque acerca de eso no se requería mi parecer– que suprimiera una escena de sexo, o por lo menos el elemento “original” que contenía: por no recuerdo qué motivo, cerca de la cama había una fuente de macarrones o de spaghetti, que inevitablemente los amorosos acababan echándose encima mientras se satisfacían mutuamente.
Esto está muy visto y además es un asco”, le dije.
“Si a uno le molestan hasta unas migas entre las sábanas cuando está con gripe, no creo que nadie aguantara un coito pringado en salsa de tomate y pasta; lo veo contraproducente, si se trata de provocar excitación”.
 Huelga decir que el director no me hizo caso, y por supuesto no me invitó al estreno ni nada, pese al tiempo dedicado a leer su guión. Probablemente lo ofendí con mis comentarios.
No voy a negar que en mis novelas he incurrido en alguna escena de ese carácter
. Por cuanto llevo dicho, es un reto con la derrota casi asegurada.
 A menudo son ridículas las de autores de renombre, como Mailer o Philip Roth, y éste abusa de ellas.
Pero de vez en cuando no hay más remedio, si no quiere uno recurrir a las viejas elipsis –con frecuencia más eróticas que la exhibición– y quedar como un mojigato.
 Quizá por edad y educación, acostumbro a percibir más erotismo (y más eficaz) en escenas en que los personajes permanecen vestidos y sólo se rozan o ni siquiera, pero cargadas de tensión.
Una de las más logradas que he visto en el cine está –oh extravagancia– en ¡Qué bello es vivir!, con dos intérpretes tan escasamente turbadores como James Stewart y Donna Reed.
Pero no se moleste nadie en volver a verla, seguramente no reconocerá tal escena.
 Debe de ser una depravación mía.
elpaissemanal@elpais.es

Scott Eastwood: "Mi padre no me ha dado nada gratis"..............................................Rocío Ayuso

Cuarto de ocho hermanastros, no concibe su apellido como un trampolín para hacerse famoso.

 Pero sí se le da bien hacer de 'cowboy' en su nueva cinta. 

scotte 
A Scott Eastwood lo envidia hasta su padre, el legendario Clint Eastwood.
Por todo lo que tiene por delante, ha dicho. El actor de moda –de 29 años y fruto de una aventura hawaiana del actor y director, al que se parece como si lo hubieran clonado con 50 años menos–, siente pura devoción por su progenitor
. Junto a él ha trabajado en películas como Banderas de nuestros padres, Invictus o Gran Torino. Pero por fin se ha independizado de la sombra familiar y ahora protagoniza El viaje más largo.
¿Cuáles son las películas que más le gustan de su padre?

No hay nada como verlo en los westerns de Sergio Leone, rodados en 35 mm y en cinemascope
. Pero desde Sin perdón, mi preferida, no se ha rodado nada igual.
¿Ni tan siquiera El viaje más largo?

Mi película no es un western aunque yo sea un cowboy.
 Es un filme romántico, una historia de amor. Además, nadie hace mejor de Clint Eastwood que Clint Eastwood.
¿Ha pesado mucho el apellido hasta aquí?

Nunca. Sé que siempre tendré que responder a este tipo de preguntas.
 Antes, muchos pensaban que era un niño de papá, que me venía todo dado y no me querían ni recibir. Pero yo agaché la cabeza y llevo haciendo lo que quiero hace 16 años.
 

scotte

¿Él nunca le ayudó?

Mi padre es de la vieja escuela, de los años de la Depresión.
 Así que nunca me ha dado nada gratis. Me ha hecho trabajar cada dólar que me ha dado.
¿Cuál es el mejor consejo que ha recibido?

Que haga ejercicio
. Trabajo el cuerpo desde que tenía 15 o 16 años. Peor no para convertirme en un sex symbol, sino porque creemos que un cuerpo sano lleva a tener también una mente sana.
¿Sigue alguna dieta?

Me gusta el salmón con brócoli [ríe]. ¡Mi padre me mataría si dijera que adoro los filetes con patatas!
También ha hecho algunos trabajos como modelo.

Pero nunca me he considerado como tal.
 Solo soy alguien que ha probado la profesión. El mundo de las pasarelas no es lo mío.
Y en cine, ¿con quién consulta sus elecciones?

Depende. Sigo una norma: no hacer nada por dinero
. Mi padre y yo estamos de acuerdo en esto, pero eso no quiere decir que coincidamos en gustos.
 Así que intento buscar los mejores papeles, los que me mueven las entrañas.
s.  Como Snowden, el filme que está rodando junto a Oliver Stone sobre la figura del analista de la CIA; para algunos un héroe de la libertad informativa y para otros un traidor a su país.

Me interesa el tema y el director. Y pese a ser una trama controvertida, creo que no deja de ser espectáculo.
Realmente, ¿qué le define a usted?

Soy alguien chapado a la antigua, a quien le va el blues y odia textear
. Prefiero infinitamente sentarme con alguien a cenar para conversar.
 Pero tengo 29 años y vivo en el siglo XXI. Así que más vale que me adapte al mundillo de las redes sociales, porque parece un requisito indispensable para establecer cualquier tipo de relación estos días [ríe].