Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

2 feb 2015

Tertulias: y el ‘show’ continúa.................................................... Natalia Marcos

La multiplicación de canales y la lucha por la audiencia modifican los formatos.

 


Las tertulias políticas han conquistado la parrilla televisiva.
 Desde primera hora de la mañana hasta altas horas de la noche.
 Pero su momento cumbre llega en el horario de máxima audiencia de los sábados con la confrontación de laSexta noche (laSexta) y Un tiempo nuevo (Telecinco), espacios en los que este sábado se trató temas como la corrupción o la marcha de Podemos en Madrid y se pudo elegir entre una entrevista a José Bono en La Sexta o la enésima comparecencia de Francisco Nicolás en Telecinco.
 Un formato que comparte una tendencia cada vez mayor hacia la mezcla de debate y espectáculo.
“Todo lo que sale en televisión tiene voluntad de espectáculo”, explica el periodista Fernando Ónega, creador de la primera tertulia política en España, La trastienda, que arrancaba hace más de 30 años en la Cadena SER.
 “Cuando planteamos el género era como complemento de la información encorsetada. Eso ha derivado en pura opinión y confrontación ideológica.
 Pero es verdad que ahora es mucho más entretenido”. La periodista y escritora Nativel Preciado es habitual de las tertulias.
 Ella recuerda los debates sosegados que tenían lugar en La clave, en el canal UHF de Televisión Española. “Tengo nostalgia de cuando la gente escuchaba sin más aditamentos.
 Pero ahora no creo que La clave tuviera audiencia”, asegura Preciado.
“Algunas veces se termina cayendo en la banalidad”, dice Juan Ramón Lucas
El ecosistema de la televisión ha cambiado
. Con la multiplicación de los canales y la competencia feroz por la audiencia, se necesita más para enganchar al público
. “Pero, ¿qué meter en prime time? ¿Lo que te va a dar más audiencia o lo más interesante?”, se pregunta el periodista Juan Ramón Lucas. “
No sé si una tertulia sosegada en horario de máxima audiencia tendría éxito
. En otras televisiones, como la francesa o la alemana, emiten tertulias culturales en ese horario y son muy seguidas.
 Aquí no creo que ningún programador se atreviera a hacerlo.
 Debería ser una función de la televisión pública, dar un impulso de calidad”, añade quien entre 2007 y 2012 condujera el magacín matinal En días como hoy, de Radio Nacional de España.

Para Sandra Barneda, presentadora de Un tiempo nuevo, “las tertulias políticas están adaptándose cada vez más al formato americano, con una mezcla de información y entretenimiento, con tertulianos convertidos en héroes y antihéroes.
El tono que están tomando va con la sociedad
. Cada vez estamos más acelerados.
 Pedir debates pausados va contra el medio
. Es lo que se pide, pero no sé si es lo que se quiere”, añade.
María Casado, conductora de Los desayunos de La 1, no ve mal la mezcla de entretenimiento y tertulia siempre que no se caiga en la “vulgarización de la tertulia política”
. Es algo en lo que incide Juan Ramón Lucas
. “Las tertulias televisivas tienen mucho de espectáculo porque está en el ADN del medio.
 Pero algunos programas y tertulianos terminan cayendo en la banalidad, como lo que ocurrió con Pablo Iglesias y lo que dijo de ‘Don Pantuflo’.
 Es algo que me parece infantil e incluso estúpido
. Gente que debe ser rigurosa cae en la banalidad supuestamente graciosa”, añade Lucas, en referencia al enfrentamiento que protagonizaron el líder de Podemos y el periodista Eduardo Inda en laSexta noche la semana pasada.
“Este país tiene una deuda con los tertulianos”, apunta Fernando Ónega
Con esta nueva tendencia del formato, cabe preguntarse por el valor de las tertulias.
 “Incluso las que tienden más al espectáculo tienen una utilidad: atraer al debate político a gente que no tenía interés en ello”, dice el periodista Xabier Fortes, vicepresidente del Consejo de Informativos de TVE.
“¿Cómo no va a tener valor periodístico posible, cuando por un programa como laSexta noche circulan la mayor parte de los líderes de opinión política, periodística y cultural del país?”, comenta Mario López, director de Antena de La Sexta.
 “El medio más consumido es la televisión. No la demonicemos solo por eso”, añade.
Fernando Ónega destaca otro papel de las tertulias: “el único debate político que se hace hoy es ese. El Parlamento ha abandonado su función. Este país tiene una deuda con los tertulianos”, explica. María Casado también apunta al mayor interés de los ciudadanos por la política.
“El boom de las tertulias ha coincidido con el descrédito de los políticos, pero el éxito de estos programas demuestra que al público le sigue interesando la política”, argumenta.
¿Sería posible una tertulia sosegada en prime time?
“Ya me gustaría a mí”, suspira Nativel Preciado.
 Hasta entonces, y como suele decirse, el show debe continuar.

Tramoyas y tramas

Antoni Gutiérrez-Rubí
Las audiencias (su búsqueda, su conquista y su fidelización) son el reto competitivo de las cadenas de televisión.
 La atención es el bien escaso en nuestra sociedad.
 La política —con su liturgia pugilística— es abducida por los programadores televisivos que buscan el placer audiovisual del golpe verbal como poderoso atractivo magnético para retener a los públicos. Gritar sustituye a razonar.
 Interrumpir a dialogar. Simplificar a argumentar.
Esta banalización, que convierte la información y el debate políticos en entretenimiento consumible, obliga inevitablemente al espectáculo.
Este formato ofrece una versión epidérmica y básica de la razón política.
La emoción, con su poderosa capacidad para crear conciencia (dime lo que sientes y averiguaré lo que piensas), se convierte en el elemento clave de esta modalidad de debate político
. Las exigencias televisivas de brevedad, contundencia, simplicidad, rivalidad..., y la obsesión por dejar al adversario fuera de combate, permiten que los líderes que manejen bien esas habilidades tengan una gran oportunidad de notoriedad y singularidad.
 Se trata de tener ideas, pero, sobre todo, técnica televisiva para la contienda en la tertulia
. La preparación, formación y entrenamiento de estas condiciones se convierte en un elemento competitivo imprescindible.
El fenómeno de la multipantalla (ver televisión con otros dispositivos e interactuar en las redes sociales con ellos) hace que los programadores trabajen con el concepto de audiencia social como un elemento clave a la hora de escoger temas, protagonistas y enfoques.
 La retroalimentación entre platós y redes es total.
El público forme parte del espectáculo en forma de trending topic, hashtags, menciones, me gusta, retuits o replays.
La agenda política, con su saturación y complejidad, se resuelve, se dirime en la tertulia semanal.
El público quiere resultados
. Ganadores y perdedores.
 La creación del clima previo y las expectativas que se generan consolidan un formato ávido de desenlaces claros y rotundos
. El debate político se resuelve a golpe de eficacia escénica audiovisual.
 La tramoya gana a la trama.
Antoni Gutiérrez-Rubi es experto en Comunicación y autor del blog Micropolítica.

La cuchillada de Joan Miró................................................................. Manuel Vicent

Con este episodio en torno a uno de los maestros de la pintura moderna, el escritor y periodista Manuel Vicent inicia una personal serie de retratos y perfiles sobre grandes personajes de la cultura mundial de ayer y de hoy.

El falso 'Personnage Oiseau', de Miró.

En la bohemia literaria y artística de los años cincuenta del siglo pasado, tres golfos de renombre, el periodista César González-Ruano, el novelista Camilo José Cela y el pintor Manuel Viola, vivían en la misma finca de la calle Ríos Rosas 54, de Madrid.
Viola pertenecía al grupo El Paso y solía aparecer simpático y agitanado por la barra del café Gijón con su novia Sandra, que se hacía pasar por hija de Negrín.
 Allí, con un vino en la mano y la voz desgañitada, este pintor proclamaba que en realidad él vivía solo de copiar al Greco.
 Le bastaba con agrandar las pinceladas y los colores de un pequeño fragmento de la manga de cualquier personaje de El entierro del Conde de Orgaz y la obra se convertía en el mejor ejemplo de impresionismo abstracto.
No se sabe de cuál de estos tres impostores partió la idea de falsificar obras de artistas famosos.
 De hecho, Viola tenía una excelente mano y la frivolidad suficiente para entrar en este juego insensato; por su parte, Cela y Ruano poseían la labia y el cinismo necesarios para colocar estos cuadros falsos a cualquier ricachón desprevenido
. No consta el número de falsificaciones de Viola que lograron meter en el mercado
. Se sabe que al final de esta peripecia Cela conservó un óleo falso de Joan Miró y después de los años, cuando el escritor se instaló en Mallorca, lo colgó en una de las paredes de su casa de la Bonanova.
Joan Miró, uno de los pintores más excelsos y quizá el más complicado del siglo XX, ha tenido que soportar que espectadores fatuos e incapaces de contemplar la pintura sin prejuicios le tomaran por un impostor.
 Sin duda, habrán sido innumerables las veces que ante un cuadro de Miró el correspondiente patán habrá exclamado:
 “Esto lo pinta mejor mi hijo”.
 Este juicio banal entre la risa y el escarnio se debe a que la simplicidad primaria de las formas de Miró, sus imágenes ingenuas y sus colores poéticos se confunden con la espontaneidad infantil si no se sabe distinguir entre las formas y su representación.
Los dones de la infancia son el color puro y la magia.
 Un círculo rojo, negro o amarillo, la luna, un pájaro, las estrellas, el sexo femenino, la difusión de las constelaciones con un equilibrio algebraico, las asociaciones surrealistas e ilógicas que se establecen entre la poesía y el ritmo casi musical de las formas, ese conjunto de signos que germinan espontáneamente al ser creados, es el lenguaje de Joan Miró reconocible en cualquier parte del mundo.

La aparente simplicidad de su lenguaje creador es muy difícil de falsificar, pero no de robar
La institución financiera de La Caixa, tan alejada del espíritu ingenuo e infantil, se ha servido de un logotipo de Miró para expresar una idea de felicidad a la hora de depositar confiadamente el dinero en sus arcas.
Su círculo rojo ha pasado a ser la representación del sol de España asimilado al turismo.
 Los diseñadores han usurpado la estética de Miró, sus formas y colores, para ponerla a través de toda clase de anuncios y carteles a disposición de bancos, empresas multinacionales, marcas deportivas, agencias de viajes, compañías de petróleo, gasolineras, hospitales y ferias.
 La pintura de Miró ha atravesado todas las tragedias del siglo XX como un globo de colores y aún sigue fluctuando sobre un cúmulo de negocios limpios o sucios, contaminantes o ecológicos.
Parte trasera del falso 'Personnage Oiseau', de Miró, en la que el pintor escribió después una dedicatoria a Camilo José Cela.
En medio de aquella tropa enloquecida de surrealistas que surgió en París en la época de entreguerras, cada uno pugnaba por lanzar la proclama más detonante.
 Asociado a ese movimiento, durante una manifestación contra Dios, la patria y el patrón, Joan Miró se limitó a gritar: “¡Abajo el Mediterráneo!”.
 Era todo lo que se le ocurrió para expresar la congénita rebeldía, pero su pintura se ha alimentado de esas noches estrelladas del sur cuando el sexo femenino aparece colgado como una lágrima de un cuerno de la luna, y sus esculturas han partido de los troncos de los algarrobos, de las rocas y los cantos azules rodados entre la fantasía y el humor.
Frente a ese mar de Mallorca, en la partida de Son Abrines, tuvo su estudio Miró en los últimos años de su vida.
 Valiéndose de la amistad y del prestigio social, un día Camilo José Cela prepotente le llevó al taller el cuadro pintado por Viola para ver si pillaba al anciano dubitativo o desmemoriado y lo certificaba. Una golfería más.
 Joan Miró reclinó el cuadro contra el respaldo de una silla y lo contempló de cerca durante un silencio largo, que a Cela le hizo concebir esperanza.
 Mientras el escritor ya se relamía como un gato ante un veredicto favorable, Miró, sin decir palabra, se acercó a un tablero lleno de cachivaches del oficio y anduvo rebuscando el instrumento que necesitaba para emitir el certificado.
Volvió hacia el cuadro, se sacó la espátula del bolsillo y rasgó el lienzo de arriba abajo de un solo y rabioso navajazo.
 El cinismo de Cela acudió de nuevo en su ayuda. “Joder, al menos la cuchillada es auténtica”, exclamó.
Muchos cocodrilos han entrado a saco en el mundo de Miró y se han apropiado de sus símbolos de la felicidad y de la alegría de vivir.
 Se trata de imaginar la cantidad de navajazos que habría que dar a todos esos falsos mirós que cubren con sus formas ingenuas y colores poéticos toda la miseria de la vida y la basura de la ciudad, como una ráfaga de aire incontaminado.

 

1 feb 2015

Cinco verdades sobre la “mala suerte” de sufrir cáncer.................................................. Nuño Domínguez

Un estudio desata la polémica achacando al azar buena parte del riesgo de tumores

La mortalidad del cáncer está aumentando por el envejecimiento de la población.


¿Sufrir cáncer es una cuestión de mala suerte?
 La respuesta corta es que sí.
 La larga es también sí, aunque puede ser mejor llamarlo azar y es importante entender que cualquier persona puede forzar su buena suerte.
El pasado 1 de enero se publicó el que será uno de los estudios más polémicos del año por mantener que dos tercios del riesgo de cáncer entre tejidos se explica por la “mala suerte”.
 Originó una fuerte polémica y se culpó a los medios de haber explicado mal los resultados del trabajo.
 Más aún, el estudio podía mandar al público un mensaje equivocado: ¿tiene sentido dejar de fumar o llevar una vida sana si al final todo depende de la suerte?
 Hasta la ONU salió al paso desmintiendo las conclusiones del trabajo y cuestionando sus métodos. Pero, ¿había algo de cierto, juega la suerte un papel en la aparición de un tumor?

Suerte o azar

En 2004, el año antes de su muerte, el fisiólogo británico Richard Doll escribió: “Que un sujeto expuesto [a agentes cancerígenos] desarrolle o no cáncer es en gran parte una cuestión de suerte”, tal y como recordaba David Spiegelhalter.
 De todos los expertos en el tema, Doll era uno de los menos sospechosos de menospreciar las causas medioambientales del cáncer, pues fue uno de los primeros que descubrió y alertó de que el tabaco provoca cáncer de pulmón. 
Con su descubrimiento probablemente salvó millones de vidas y sus estudios sentaron las bases de la epidemiología moderna.
Al igual que Doll, los autores del nuevo estudio tampoco son unos aventureros. Uno de los dos firmantes es Bert Vogelstein, un gigante de la investigación en cáncer y descubridor del papel de los genes supresores tumorales que, al mutar, contribuyen a desatar la dolencia.
 En su trabajo, la mala suerte va ligada al número de divisiones celulares que hay en los huesos, la piel y otros tejidos del cuerpo, un proceso esencial para la salud, pero que conlleva cierto riesgo de que se produzcan erratas en la copia del ADN.
 Cuantas más divisiones hay, mayor es la posibilidad de que se acumulen errores que provocan cáncer. Que suceda una mutación dañina es una cuestión de azar.
Nuestro estudio enfatiza que es probable que haya más tumores en el futuro achacables a que el envejecimiento aumenta el número de divisiones celulares”

Casos y riesgo

Los resultados del estudio se desprenden del análisis estadístico del número de divisiones celulares en 31 tejidos durante una vida media calculada en base a datos demográficos de EEUU
. En cualquier caso, esto no quiere decir que dos tercios de todos los casos de cáncer se deban a la mala suerte.

Representatividad

Dos semanas después de la publicación del estudio, el brazo especializado en cáncer de la ONU lo criticó duramente en un comunicado
 El trabajo “contradice muchas evidencias epidemiológicas” y tiene importantes limitaciones y sesgos, dijo el IARC, poco dado a salir al paso de estudios concretos.
Una de sus críticas era que se habían estudiado tipos de tumores muy poco comunes, como el osteosarcoma o el meduloblastoma, pero no los de mama o próstata, dos de los más frecuentes en todo el mundo. 
 Añadía que, aunque el riesgo asociado al azar es bien conocido, en los cánceres más comunes es el factor medioambiental el que juega un mayor papel . 
“Concluir que la mala suerte es la mayor causa de cáncer sería engañoso y podría frenar los esfuerzos que se están haciendo para identificar las causas de la enfermedad y prevenirla”, según Christopher Wild, director del IARC.
“Otra forma de verlo”, han dicho esta semana Josep Germà, Esteve Fernández y Xavier Bosch, del Instituto Catalán de Oncología, “es concluir que todavía existe un gran número de tumores en los que las causas aún no han sido completamente aclaradas”.
 “Quién hubiera dicho hace 20 años que todos los cánceres de cuello de útero y el 20% de los de orofaringe tenían un virus inductor? ¿Por qué alguno de los tumores asociados a la "mala suerte" según estos autores cambian de incidencia en poblaciones que emigran de continente?”, cuestionaban.

El coche del cáncer

Vogelstein y el bioestadístico Christian Tomasetti, coautor del estudio, ambos de la Universidad Johns Hopkins, intentaron aclarar los resultados de su estudio con una analogía. “Padecer cáncer puede compararse a sufrir un accidente de tráfico”, dijeron.
 El estado del coche sería comparable a los defectos genéticos hereditarios.
 El estado de la carretera serían los factores ambientales y la longitud del trayecto, el factor “mala suerte” debido a la división celular.
 Cuanto más largo sea el trayecto, más posibilidades hay de tener un accidente y, a lo largo de toda una vida de trayectos, el factor mala suerte juega un papel cada vez mayor, concretamente dos tercios de todo el riesgo.
 Como cualquier otra estadística, su valor es inútil para explicar un accidente concreto, en el que el peso de los tres factores serán diferentes.
 Las estimaciones de ambos autores tampoco se pueden generalizar a todos los accidentes conocidos, pues para hacerlo, habría que tener datos médicos, genéticos y de estilo de vida de todos los habitantes del planeta. 
Lo único que hacía el trabajo es estimar cuantitativamente un riesgo bien conocido y aceptado entre los científicos, aunque no siempre divulgado quizás por cierto paternalismo.
“Sabemos que la idea de que uno de los mayores causantes del cáncer es un factor incontrolable para cualquier persona puede ser inquietante”, reconocieron los autores. 
Pero también decían haber recibido el apoyo de muchas familias que les confesaban su alivio al haber entendido que no tuvieron la culpa de la muerte de un ser querido y que no había nada que pudieran haber hecho para evitarlo. “Nuestro estudio enfatiza que es probable que haya más tumores en el futuro simplemente achacables a que el envejecimiento aumenta el número de divisiones celulares”, añadían.

Datos

Los datos muestran que ambas partes tienen parte de razón.
 Por un lado, en torno a un 40% de todos los tumores son prevenibles. Hay casos extremos en los que uno puede fácilmente forzar su buena suerte, por ejemplo, dejando de fumar, ya que el 90% de los cánceres de pulmón se debe al tabaco
. Por otro, tal y como apuntaban los autores del polémico estudio, la mortalidad por cáncer en todo el mundo sigue en aumento y habrá crecido un 45% en 2030, debido en buena medida al envejecimiento de la población, según reconoce la propia ONU.
Volviendo a la metáfora, cada vez más gente va a hacer trayectos más largos, por lo que habrá más accidentes.
Ahora que la teoría de que el cáncer comienza cuando se acumulan unas cuantas mutaciones de riesgo es la generalmente aceptada, es “sorprendente” que menos del 20% de las personas que viven expuestas a un carcinógeno acaben desarrollando cáncer, reflexionaba Richard Doll en 2004
. La explicación, decía, estaba en esa “suerte”.
 Mala, si todas esas mutaciones o erratas en el ADN suceden en la misma célula, y buena, si no es así. Ya entonces intuía que este mensaje sería polémico:
 “Personalmente creo que esto tiene sentido, pero aparentemente, para mucha gente, no”.

 

Bob Dylan canta a Frank Sinatra... ¡Y funciona!................................................... Diego A. Manrique

El cantautor recupera en su nuevo disco 10 canciones poco conocidas del gran mito.

El cantautor estadounidense Bob Dylan.

Lleva más de 50 años de vida pública pero Bob Dylan sigue proporcionándonos sorpresas, sobresaltos tanto horribles como deliciosos.
 En la primera categoría, estarían algunas de sus incursiones en la publicidad y artefactos como su disco navideño (Christmas in the heart, 2009).
 En la segunda, coloquemos Shadows in the night,el álbum que llega a las tiendas la próxima semana: diez piezas, mayormente desconocidas, del cancionero de Frank Sinatra, recreadas con un sonido crepuscular, sin las grandes orquestaciones originales.
Por cierto, Dylan demuestra nuevamente que, por muy famoso que uno sea, resulta factible funcionar por debajo del radar de los medios: nadie se enteró del “proyecto Sinatra” hasta que colgó una canción en la Red.
 Recuerden que exhibió unas fantasiosas puertas de hierro forjado en una galería londinense, a finales de 2013.
 Era inevitable preguntarse ¿de dónde saca el tiempo alguien que también escribe y pinta, aparte de dar unos cien conciertos al año?
Aún más: ¿nadie sabía que se dedicaba a soldar y manipular desechos metálicos?
Al menos, semejante hobby tiene explicación biográfica: Dylan nació cerca de una zona rica en mineral de hierro, el yacimiento Mesabi.
 Pero lo de cantar standards nos parecía más problemático:
 Bob tendía a homenajear a autores profundamente rurales, como Jimmie Rodgers, Hank Williams o Woody Guthrie
. Incluso, alardeaba de haber hundido Tin Pan Alley, la factoría de canciones que dominó el mercado musical durante la primera mitad del siglo XX.
De su arrasada garganta, extrae una voz frágil y añorante.
 La voz de un hombre de 73 años que puede evocar las oportunidades (amorosas) perdidas, la resignación del vividor cansado
Tin Pan Alley era un tipo de música y también un lugar: la zona de la Calle 28 neoyorquina, entre Broadway y la Sexta Avenida, donde se instalaron las editoriales musicales y, en muchos casos, los compositores y letristas contratados por ellas
. El nombre —el Callejón de la Sartén— escondía una referencia humorística al ruido de docenas de pianos trabajando a pleno rendimiento.
Y sí, se puede afirmar que Dylan acabó con aquel imperio, con la pequeña ayuda de Lennon y McCartney
. Su ejemplo empujó a los músicos de rock a componer, a desarrollar canciones melódicamente más simples y desprovistas del sentimentalismo de Tin Pan Alley.
 Comenzaba la era del artista autosuficiente. Cierto que había ejemplos previos, de Chuck Berry a Buddy Holly, pero ahora se pedía correspondencia entre lo que se cantaba y lo que se pensaba o vivía: la famosa “autenticidad”.
De los artistas que basaron su carrera en la cadena de producción de Tin Pan Alley, quedan en activo Tony Bennett y pocos más
. Cabe imaginar su asombro ante la selección de Dylan en Shadows in the night: ninguno de los temas forma parte de los grandes éxitos de Frankie; nada de Cole Porter o George Gershwin
. Lo más identificable con Sinatra es I’m a fool to want you, que lleva su firma como coautor y que fue considerada una petición de reconciliación con Ava Gardner.
 Sí es cierto que Frank estrenó Stay with me en 1963, pero contiene un desacostumbrado mensaje religioso, derivado de aparecer en El cardenal, la película de Otto Preminger.

La caída de Tin Pan Alley

En realidad, la decadencia de Tin Pan Alley es anterior a la llegada de Dylan.
 Comenzó en los cincuenta, cuando las radios estadounidenses empezaron a dar cabida al rhythm and blues, hasta entonces confinado a los guetos afroamericanos
. No respondía a un plan para acabar con la segregación: generalmente, los locutores aceptaban los sobornos (la llamada payola) de discográficas especializadas en el mercado negro
. Con el crecimiento del poder adquisitivo de los jóvenes, estos optaron por una música propia —aunque bautizada como rock and roll, no muy diferente de lo que antes se denominaba “música racial”— y rechazaron las sofisticadas canciones que enamoraban a sus padres.
Pero la irrupción de Bob Dylan subió el listón
. Lo contó Gerry Goffin, uno de los grandes artesanos del Brill Building, la versión juvenil de Tin Pan Alley.
 En 1965, acudió a un concierto de Dylan y se quedó aplanado: “Yo me esforzaba en hacer buenas canciones pero fue ver a Dylan y pensar que mi mujer y yo ni siquiera jugábamos en la misma liga”. Su mujer, Carole King, sí supo adaptarse a la nueva sensibilidad, pero casi todos aquellos compositores quedaron relegados a la categoría de mercenarios de la industria, nombres sin cara ni credibilidad.
Que conste que lanzar un disco de standards es hoy una jugada plenamente aceptada en la industria pop. Fueron pioneros Harry Nilsson, Ringo Starr o Carly Simon.
 Más recientemente, lo han explotado con éxito figuras como Rod Stewart, Robbie Williams y Linda Ronstadt, que hasta sacó del retiro a Nelson Riddle, legendario arreglador de Sinatra.
Típicamente, Dylan ha buscado en los rincones obscuros de lo que ahora llaman el Gran Cancionero Estadounidense.
Con una excepción: la mil veces grabada Autumm leaves, la adaptación al inglés de Les feuilles mortes, una canción francesa que Yves Montand descubrió en 1945.
Pero lo que seguramente habrá chocado a Tony Bennett son las vestimentas instrumentales, más cercanas al country que al jazz.
Aunque Dylan haya acudido al estudio de la torre de Capitol, en Los Ángeles, donde grabó Sinatra, no ha querido aprovechar las posibilidades acústicas del lugar, con técnicos expertos en grabar big bands.
  Dylan no ha buscado una gran producción: tocan esencialmente sus músicos de directo (y el baterista, George C. Receli, no llega a usar su instrumento completo).
Tres de las diez canciones llevan leves pinceladas de metales, pero nada de la trompetería frecuente en este repertorio: dos trombones y una trompeta o trompa
. Esencialmente, la música trenza finos pespuntes de guitarra con lamentos de la pedal steel guitar; apenas hay pulso rítmico, con el contrabajo a veces tocado con arco.
Y sin embargo, ese toque minimalista, esa ambientación espectral, le encaja perfectamente a Dylan, que aquí simplemente canta (no maneja guitarras ni teclados).
 De su arrasada garganta, extrae una voz frágil y añorante.
 La voz de un hombre de 73 años que puede evocar las oportunidades (amorosas) perdidas, la resignación del vividor cansado.
 De forma mágica, uno podría ignorar los créditos y creer que sí, que son composiciones de Dylan, nocturnos ejercicios de estilo de un creador enciclopédico.