Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

22 ene 2015

'El tercer hombre' de Carol Reed

El tercer hombre’ (‘The Third Man’, Carol Reed, 1949), una de mis películas favoritas y también una de las producciones británicas más prestigiosas de todos los tiempos.
La carrera de Carol Reed estaba pasando por un momento especialmente dulce a nivel artístico cuando tuvo que ponerse manos a la obra con ‘El tercer hombre’, ya que había encadenado dos grandes trabajos como ‘Larga es la noche’ (‘Odd Man Out’, 1947) y ‘El ídolo caído’ (‘The Fallen Idol’, 1948).
 Esto no impidió que años después surgiera el rumor de que fue Orson Welles quien había dirigido realmente la película, pero esto no fueron más que habladurías apoyadas en coincidencias menores —la presencia de Joseph Cotten en el reparto y algunos temas abordados—. 
No obstante, el director de la estupenda ‘Fraude’ (‘F for Fake’, 1973) sí aportó uno de los diálogos —aquel comparando los conflictos y los logros de Italia y Suiza— más recordados no ya de la película, sino de la propia historia del cine.












El expresionismo de Carol Reed

Las luces y sombras de 'El tercer hombre'
Carol Reed ya había colaborado previamente con Graham Greene en ‘El ídolo caído’ y seguramente por ello haya una sincronía casi perfecta entre director y guionista para que el trabajo de ambos se complemente. 
Obviamente, es Reed quien lo redondea gracias a apostar por una escena muy cercana al expresionismo alemán, tanto en la composición de los planos, con una marcada querencia por alterar la inclinación natural de las imágenes –sería interminable el ir mencionándolos todos, pero quizá sea el aparentemente irrelevante plano desde el punto de vista de un inocente chaval el que delata por completo las intenciones de Reed-, como en el magnífico trabajo de fotografía que demanda de Robert Krasker, donde el ejemplar —y complejísimo— uso de las luces y sombras ayuda a elevar el tono de misterio y suspense que domina la función.
 Esa ya mencionada querencia por un marcado contraste entre las luces no sólo funciona a ese nivel, ya que Reed incide en ello para mostrar el particular estado de la ciudad de Viena tras la II Guerra Mundial
 Esa inestabilidad y falta de un claro liderazgo —resulta hasta casi cómica la aclaración en el prólogo sobre los integrantes de cada coche de policía— se traduce en unas calles desérticas, casi más propias de una película de terror que de un relato como el que aquí nos ocupa.
 Esto alcanza su cenit en una secuencia en la que hace acto de presencia un vendedor ambulante de globos, donde se detecta lo que podría ser un homenaje hacia ‘M, el vampiro de Dusseldorf’ (‘M’, Fritz Lang, 1931), donde un personaje muy similar —idéntica profesión y cierto parecido físico— jugaba un papel de vital importancia.


Imagen con el cartel de 'El tercer hombre'

Retomamos el especial dedicado a los que los editores de Blogdecine consideramos como obras maestras con más retraso del esperado —os pido disculpas por ello—, pero con muchas ganas por mi parte, ya que ha llegado el momento de hablaros de ‘El tercer hombre’ (‘The Third Man’, Carol Reed, 1949), una de mis películas favoritas y también una de las producciones británicas más prestigiosas de todos los tiempos.
La carrera de Carol Reed estaba pasando por un momento especialmente dulce a nivel artístico cuando tuvo que ponerse manos a la obra con ‘El tercer hombre’, ya que había encadenado dos grandes trabajos como ‘Larga es la noche’ (‘Odd Man Out’, 1947) y ‘El ídolo caído’ (‘The Fallen Idol’, 1948). Esto no impidió que años después surgiera el rumor de que fue Orson Welles quien había dirigido realmente la película, pero esto no fueron más que habladurías apoyadas en coincidencias menores —la presencia de Joseph Cotten en el reparto y algunos temas abordados—. No obstante, el director de la estupenda ‘Fraude’ (‘F for Fake’, 1973) sí aportó uno de los diálogos —aquel comparando los conflictos y los logros de Italia y Suiza— más recordados no ya de la película, sino de la propia historia del cine.

El expresionismo de Carol Reed

Las luces y sombras de 'El tercer hombre'
Carol Reed ya había colaborado previamente con Graham Greene en ‘El ídolo caído’ y seguramente por ello haya una sincronía casi perfecta entre director y guionista para que el trabajo de ambos se complemente. Obviamente, es Reed quien lo redondea gracias a apostar por una escena muy cercana al expresionismo alemán, tanto en la composición de los planos, con una marcada querencia por alterar la inclinación natural de las imágenes –sería interminable el ir mencionándolos todos, pero quizá sea el aparentemente irrelevante plano desde el punto de vista de un inocente chaval el que delata por completo las intenciones de Reed-, como en el magnífico trabajo de fotografía que demanda de Robert Krasker, donde el ejemplar —y complejísimo— uso de las luces y sombras ayuda a elevar el tono de misterio y suspense que domina la función.
Esa ya mencionada querencia por un marcado contraste entre las luces no sólo funciona a ese nivel, ya que Reed incide en ello para mostrar el particular estado de la ciudad de Viena tras la II Guerra Mundial. Esa inestabilidad y falta de un claro liderazgo —resulta hasta casi cómica la aclaración en el prólogo sobre los integrantes de cada coche de policía— se traduce en unas calles desérticas, casi más propias de una película de terror que de un relato como el que aquí nos ocupa. Esto alcanza su cenit en una secuencia en la que hace acto de presencia un vendedor ambulante de globos, donde se detecta lo que podría ser un homenaje hacia ‘M, el vampiro de Dusseldorf’ (‘M’, Fritz Lang, 1931), donde un personaje muy similar —idéntica profesión y cierto parecido físico— jugaba un papel de vital importancia.
Sí que hubo un detalle que separó de forma irremediable a Reed y Greene, ya que —spoilers en lo que queda de párrafo y el siguiente— el segundo quería imponer el final que acabó utilizando en su novela. En éste, se da a entender que Anna ha perdonado a Holly y comienzan una vida juntos, un error garrafal que, con buen tino, Reed consideraba un pegote optimista que podría destrozar todo lo logrado hasta entonces. Al final se impuso la visión de Reed, dejándonos uno de los desenlaces más memorables de la historia a través de un plano sostenido en el que vemos como Anna ignora la presencia de Holly y sigue caminando. La impecable y singular banda sonora de Anton Karas —la única que compuso y que le sirvió para hacerse un nombre en el mundo de la música— es la guinda perfecta.
No me quiero olvidar tampoco de la célebre persecución final en las cloacas, ya que su ejecución por parte de Reed resulta ejemplar, tanto su ritmo endiablado mostrando el frenesí y las dudas de Lime sobre qué camino tomar para conseguir escapar como en su resolución con Lime falleciendo a manos de su mejor amigo tras hacer un pequeño gesto invitándole a ello. No me cabe duda de que en la actualidad se hubiera mostrado este último punto de forma más gráfica, pero otro de los aciertos de Reed es el rehuir los detalles más macabros —esa visita al hospital repleto de niños afectados por los negocios de Lime donde la cámara se centra en un osito de peluche también hubiese sido muy distinta de rodarse ahora— y que sea el propio espectador quien cree esas imágenes en su cabeza.

Orson Welles y Harry Lime

Pocas veces un personaje que aparece tan poco en pantalla ha marcado tanto una película como el de Harry Lime. La primera hora de metraje se centra en su presunta muerte y en los intentos de su amigo Holly Martins por esclarecer lo que realmente le ha pasado. Es una investigación que avanza de forma fluida, introduciendo únicamente a personajes que realmente aportan algo al relato y al mismo tiempo ayudan a definir al protagonista y elevar el misticismo alrededor de Lime.
Teniendo eso en cuenta, resulta curioso que la principal motivación de Welles para aparecer en la película fuera la jugosa oferta económica, y es que el personaje le gustaba, pero necesitaba dinero para poder completar el rodaje de su ‘Otelo’ (‘The Tragedy of Othello: The Moor of Venice’, 1952), ya que uno de sus productores anunció que estaba en bancarrota poco después de que el rodaje hubiera comenzado. No obstante, Welles se adueña de Lime y ofrece una interpretación antológica, tanto en la memorable escena en la que hace acto de presencia —esa luz que lo ilumina casualmente y su cínica sonrisa la convierten en una de las mejores escenas de presentación de un personaje de la historia del cine— como en su forma de modular la actitud del personaje en los diálogos que comparte con Cotten en la mítica secuencia de la noria.
Eso sí, las ansias de dinero le jugaron una mala pasada, ya que Alexander Korda le ofreció la alternativa de no cobrar nada y a cambio quedarse con un 20% de sus beneficios. Welles optó por lo segundo, una pésima decisión que seguramente provocó que Welles posteriormente no sintiera especial aprecio hacia ‘El tercer hombre’, aunque en su momento no tuviera problemas en sacar tajada volviendo a dar vida al personaje en un show radiofónico titulado ‘The Lives of Harry Lime’ —aquí podéis escucharlo— que funcionaba a modo de precuela de los hechos narrados en la película de Carol Reed.

Otros detalles de ‘El tercer hombre’

Alida Valli y Joseph Cotten en 'El tercer hombre'
Es comprensible que al hablar de ‘El tercer hombre’ se haga especial hincapié en la presencia de Orson Welles, pero lo que resulta imperdonable es que muchas veces casi se pase por alto la presencia de Joseph Cotten, actor nunca suficientemente reconocido.
 Él es el auténtico bastión de la función, ya que ejerce las labores de guía del espectador, ya que toda la información que nosotros conocemos es la que él tiene.
 Su tenacidad para descubrir lo que realmente le ha pasado a su amigo consigue enganchar al espectador en la historia de suspense y lo clava cuando ha de mostrar su ambivalencia a la hora de colaborar o no con la justicia para atrapar a Lime.
Llama la atención que tampoco Cotten confiaba en exceso en ‘El tercer hombre’, en especial en su propio personaje, ya que no creía que tenía la entidad necesaria. 
Por fortuna, él subsana cualquier endeblez que Holly Martins —Rollo era su nombre original, pero Cotten exigió cambiarlo— pueda tener y consigue que éste no palidezca en ningún momento ante la grandeza demostrada por Welles. 
También Trevor Howard cumple a la perfección como el insistente policía que quiere atrapar a Lime, pero el otro personaje que merece especial atención es el de Anna.

La noria de 'El tercer hombre'
‘El tercer hombre’ no es una película capaz de impresionar a cualquier tipo de espectador en un primer acercamiento posiblemente motivado por su merecida fama, sino una obra maestra en la que prácticamente en cada visionado se pueden encontrar nuevos detalles que refuercen aún más a una película intachable.

Pequeños detalles rescatados del olvido

Phelps y sus colegas conjeturan que las memorias débiles que se forman inicialmente –antes de saber que alguno de ellos es importante— llevan una especie de etiqueta asociada (por ejemplo, la que las categoriza como una herramienta), y que el estímulo emocional posterior tira de esa etiqueta para recuperar el recuerdo completo, como la cereza que tira de todo el ramillete.
Por el momento, son conjeturas psicológicas, pero plantean experimentos muy concretos que pueden aclarar en el futuro en qué redes neuronales concretas se basan esas etiquetas y esos ramilletes conceptuales. La neuroimagen estará entonces tras la pista del asesino.

En el fondo, sin embargo, el experimento real es más significativo y sutil que el ejemplo del asesino, donde el abrigo de espiguilla representaba un nexo muy concreto y literal. En el experimento real, las fotos no se repiten nunca y, por tanto, el único nexo que puede usar el cerebro para reforzar la memoria es de más alto nivel: una categoría abstracta (herramienta o animal). Es la asociación de esa categoría abstracta con el choque emocional (o eléctrico, más bien) lo que permite reforzar el antiguo recuerdo.
Phelps y sus colegas conjeturan que las memorias débiles que se forman inicialmente –antes de saber que alguno de ellos es importante— llevan una especie de etiqueta asociada (por ejemplo, la que las categoriza como una herramienta), y que el estímulo emocional posterior tira de esa etiqueta para recuperar el recuerdo completo, como la cereza que tira de todo el ramillete.
Si uno va por la calle y presencia un accidente horrible, es seguro que ese recuerdo se le grabará a fuego durante meses y años sin que pueda hacer nada por disiparlo; si no hay accidente, pasear por la misma calle será probablemente una rutina soporífera de caras desconocidas, coches parados en los semáforos y escaparates sin mayor interés.
 Nuestro cerebro también registra todo eso, pero de una manera muy débil y destinada al olvido en pocas horas.
 Pero supongamos ahora que al día siguiente te enteras de que, exactamente a la misma hora que tú paseabas por allí, se daba a la fuga un asesino que vestía un abrigo de espiguilla: en ese momento tu recuerdo del hombre con abrigo de espiguilla se hace nítido, robusto y tan duradero como el del horrible accidente.  

Imagen de resonancia magnética del cerebro humano. / UCLA- Human Connectome Proj

 

La mujer que Estados Unidos odiaba................................................................... Manuel Morales

Emma Goldman da un mitin en Nueva York el 21 de mayo de 1916. / CORBIS
Hostigada por la policía, los jueces y los matones a sueldo, la judía Emma Goldman fue uno de los líderes que intentó que brotase el anarquismo en Estados Unidos a finales del siglo XIX.
 Nacida en Kaunas (Lituania) el 27 de junio de 1869, protagonizó una infatigable labor a través de sus escritos y en mítines y conferencias por suelo estadounidense para reivindicar derechos de los trabajadores, el amor libre o el ateísmo.
 A la vez, cargó contra el capitalismo que había convertido en desdichados de vida miserable a miles de personas y el militarismo, sobre todo cuando estalló la I Guerra Mundial. Goldman contó gran parte de su intensa existencia en Viviendo mi vida, libro escrito en Saint-Tropez (Francia) en 1931 y cuyo primer volumen, el que abarca hasta 1911, han reeditado en castellano Capitán Swing y la Fundación Anselmo Lorenzo.
Foto-emma-goldman La segunda parte, en la que cuenta su oposición a la Gran Guerra y su presencia en la recién nacida Unión Soviética, verá la luz este año, señala la traductora Ana Useros.












La última reina de París............................................................... Irene Crespo


Jaqueline de Ribes. / DAVID LEES (GETTY)

Cuando la condesa Jacqueline de Ribes se casó con Édouard de Ribes a los 19 años tenía dos vestidos en su armario. “La vida ha mejorado un poco para ella, porque ahora tiene 200”, dijo su marido en 2010 cuando el Gobierno francés la ordenó Caballero de la Legión de Honor por su labor cultural y filantrópica en el país.
 Pero el conde se quedó muy corto. La colección de alta costura y prêt-à-porter de esta aristócrata y socialitè francesa probablemente se acerque más a las 400 piezas, y una selección de estos estará expuesta en el Costume Institute del Museo Metropolitan de Nueva York.
Emilio Pucci la llamaba Giraffina (Jirafita), Yves Saint Laurent, “unicornio de marfil”; y, según Valentino, la Condesa Jacqueline de Ribes, musa y colaboradora de todos esos diseñadores, “es la última reina de París”.
Su suegro, el conde de Ribes, la definía como “un cruce entre princesa rusa y chica del (cabaret) Follies Bergère”, por su elegancia y clase natural y por su espíritu libre e inagotable que la llevó a ser el alma de todas las fiestas y encuentros sociales desde el París de la posguerra, al Nueva York de los cincuenta o la Ibiza de los años sesenta.
Jacqueline de Ribes, nacida Jacqueline Bonnin de La Bonninière de Beaumont, hija de los condes de Beaumont, llegó a este mundo en el 140º aniversario de la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1929, “desatando un poco la revolución”.
 Después de sobrevivir a la Francia ocupada durante la II Guerra Mundial, recluida en los châteaux de su familia, a sus 18 años ocurrieron dos cosas en su vida que la cambiarían para siempre.
 Primero, su tío, el conde Étienne de Beaumont, la llevó a visitar el salón de costura de Christian Dior, donde inició su relación con la moda y el diseño.
 Poco después, en una fiesta en San Juan de Luz, conoció al que aún hoy es su marido, Édouard Vizconde de Ribes. “Vi a esta gacela e inmediatamente me enamoré de ella”, dice él siempre.
El físico único de Jacqueline de Ribes es otra de las características que la convirtieron en la reina de la alta sociedad a un lado y otro del Atlántico y la llevaron al Hall of Fame de las mujeres mejor vestidas.
Delgada, de largas piernas, fue su perfil egipcio lo que enamoró a Saint Laurent en París y a Diana Vreeland en Nueva York.
 En su primer viaje a la Gran Manzana, la condesa conoció a la poderosa editora de Harper’s Bazaar y ésta le fijó una cita con el fotógrafo Richard Avedon, de la que salió la imagen más icónica de la aristócrata: de perfil, con su largo cuello, su nariz altiva, su espesa melena trenzada, y un maquillaje que agrandaba sus ojos almendrados.
Con la ayuda de Vreeland, la Condesa encontró su estilo de esfinge egipcia, orgullosa de un perfil nada convencional.
 “Siento pena por las casi bellezas de pequeña nariz”, dijo Avedon después de fotografiar a esta Nefertiti francesa.
En su siguiente viaje a Nueva York conoció al diseñador Oleg Cassini que, enamorado del estilo de la condesa, la invitó a colaborar en sus colecciones.
Ella, que siempre soñó con diseñar, aceptó encantada y de vuelta a París contrató a un joven para bocetar sus ideas, un joven llamado Valentino.
 En los setenta, también colaboró con Emilio Pucci, y escribió una columna en Marie Claire.
Fue entonces cuando empezó a coleccionar y clasificar todos sus vestidos de alta costura, a los que añadió sus propios diseños tras abrir su propia casa de moda en 1983.
Harold Koda, el comisario de la exposición del Metropolitan, y la condesa llevan años seleccionando entre las más de 400 piezas de vestuario, más joyas y accesorios, que guarda en habitaciones de su piso de París, perfectamente planchadas y ordenadas por su mayordomo, Dominique.
 Y el 3 de noviembre, por fin, el museo de Nueva York celebrará para ella su fiesta definitiva.