En el éxito y en el fracaso, la diferencia entre un artista y un
burócrata del arte suele estar marcada por la soledad.
Es que tiene
muchas tablas, decimos de aquellos que, después de muchos años,
consiguen acercarse a las palabras o a un escenario como quien cumple un
trámite.
Son los que convierten la profesionalidad en una receta, no en
un oficio. Porque hay otros artistas con oficio y años que no pueden
acomodarse a las recetas, que viven cada cita como un acontecimiento y
se sienten solos, inseguros, en medio de las ovaciones.
La verdad en el
arte puede consolidar con fuerza un mundo propio, pero condena al
creador a una perpetua debilidad.
Una exigencia continua, una vida a la
intemperie.
Joaquín Sabina
reapareció el pasado sábado en Madrid, después de cinco años de giras
por el mundo. Cuando se anunció el concierto, las entradas volaron como
pájaros dispuestos a anidar en un acontecimiento.
En una hora se colgó
el cartel de aforo completo en el Palacio de los Deportes y los
organizadores tuvieron que programar una segunda actuación para dar
respuesta a las ilusiones desatadas.
El éxito de convocatoria intensificó su soledad. Madrid me
rejuvenece, le dijo a sus amigos, porque sintió de nuevo ante el
concierto ese estado quebradizo del muchacho que empieza, los nervios
del cantautor que sueña con un escenario, una banda y un puñado de
canciones memorables
. Los protagonistas de las canciones de Joaquín son
seres solitarios, almas que sobreviven en una ciudad y negocian con la
pérdida el saldo rojo de la memoria y el sentimiento
. Sus letras
conmueven porque encierran una verdad, su verdad, la verdad de Joaquín
convertida en arte y en la verdad de todos.
Cuando el sábado salió al escenario, todo estaba en su sitio: una
banda cómplice y trabajada, la voz en plena forma sabinera, el
espectáculo acompañado por pantallas con imágenes bien seleccionadas y
el público decidido a corear cada verso de sus
500 noches para una crisis
.
La gente aplaudió, bailó, cantó y preparó el éxito fácil de un cantante
que pertenece desde hace muchos años a nuestra educación sentimental.
Pero de pronto,
Joaquín empezó a sentirse débil,
su cara reflejó un esfuerzo de resistente combatido por la tristeza y
salió del escenario para dejar que Jaime Asúa y Pancho Varona cantaran
El caso de la rubia platino y C
onductores suicidas.
Necesitó de nuevo ser honesto, decirle al público que no estaba bien
Joaquín pudo haber engañado a su público, porque todo estaba dentro
de la normalidad.
Poca gente podía sospechar lo que estaba escondido el
camerino.
El miedo y la insatisfacción de un creador son poco visibles
cuando un estribillo mil veces cantado desata ovaciones.
Pero al salir
de nuevo al escenario, decidió confesar que no se encontraba bien, que
había tenido un ataque de inseguridad, un pánico escénico parecido al de
Pastora Soler.
Siguió después con el programa previsto y completó hora y
media larga de actuación.
Con eso y un bis, hubiera podido dar por
bueno un concierto regular.
Pero necesitó de nuevo ser honesto, decirle
al público que no estaba bien y que no iba a hacer los bises que habían
preparado
. En realidad, pidió perdón por no cantar esos dos o tres
éxitos que se guardan para asegurar el éxito final de un concierto
.
Joaquín no estaba contento con él mismo y quiso decírselo a la gente.
Lo de Joaquín, me comentó al salir del Palacio de los Deportes el poeta
Felipe Benítez Reyes,
ha sido un problema de falta de vanidad.
Otro artista cualquiera
hubiese estado feliz consigo mismo, dichoso de la convocatoria y de la
entrega del público.
A Joaquín le hubiera bastado con callar sus propios
sentimientos y con utilizar un par de estrategias profesionales para
despedirse con la apariencia de un éxito.
Pero Joaquín estaba delante de
Madrid —buenas noches, Madrid—, y engañar a Madrid era tanto como
perder la lealtad consigo mismo, como romper el lazo de honestidad,
libertad, impertinencia y verdad que definen su mundo.
Joaquín Sabina es poeta no porque haga endecasílabos perfectos y
sonetos bien pulidos, sino porque ha creado su propia verdad, la
historia a la que necesita ser leal
. Los amigos lo hemos visto dudar
muchas veces, llenar de tachaduras los papeles, dejar abandonada una
ca
nción, vivir la soledad del que se responsabiliza de manera íntima de
cada palabra que decide asumir. Los amigos lo hemos visto soportar
muchas nubes negras, muchas depresiones y algunas muy graves. Cuando el
ictus lo dejó desarmado, llegó a pensar incluso que se acababa su
carrera
. Pero lo más débil es lo más fuerte a la hora de superar los
propios abismos. Los amigos lo hemos visto levantarse muchas veces y
salir reforzado de las lluvias más secas.
Joaquín es una persona acostumbrada a admirar mucho lo que hacen los
demás.
Sus devociones lo acompañan de hotel en hotel y de casa en casa.
El éxito lo ha hecho generoso con los demás y vigilante con él mismo.
No
quiere perder la lealtad, engañar a su vocación, borrar la melancolía
insegura del joven que leyó a
César Vallejo y escuchó a
Brassens o a
Dylan.
Allí, en el refugio débil de una lealtad vital, está su fortaleza.
El miedo y la insatisfacción
de un artista son poco visibles
Un día, quizá en el último verano de la juventud, Joaquín Sabina
cambió en una canción el Sur de su nacimiento por el Madrid de su
guitarra, sus causas perdidas, sus malditos, sus benditos y su historia.
A ese Madrid le pidió perdón Joaquín Sabina porque no estaba bien.
Prefirió no engañar, no engañarse.
Ante ese Madrid se levantará mañana
una vez más.
De ese Madrid se despedirá para siempre cuando sospeche que
la burocracia del arte y los escenarios intenta sobrevivir a costa de
devorar la verdad de sus canciones.