http://youtu.be/2YhkbSRvQO8
http://youtu.be/LS04M9Mz26E
http://youtu.be/0El47mo8yMo
14 dic 2014
Siempre tarde y con olvido...................................................................Javier Marías
Los españoles acaban de descubrir la corrupción, y me temo que solamente porque padecen una crisis económica que vuelve a la gente susceptible.
Es sabido que este es un país deliberadamente desmemoriado, por la
cuenta que le trae.
También que es un país de extremos, y que muchos de sus habitantes pasan de uno a otro sin efectuar el recorrido, sin que los veamos desplazarse.
Están en un lugar y de pronto en el contrario, sin explicaciones, sin evolución, sin proceso.
Fueron numerosos los falangistas que de golpe pasaron a ser comunistas, y algunos de éstos se tornaron, luego, repentinamente anticomunistas y a veces de extrema derecha.
No han sido escasos los castristas acérrimos convertidos por arte de magia en furibundos anticastristas.
También ha habido quien ha sido Vicepresidente de un gobernante y después se ha autoerigido en la voz más crítica de ese mismo gobernante (la desmemoria y el cambalache de extremos se los contagiamos a Latinoamérica).
Ha habido casos en los que sí se ha asistido al trayecto, y eso ha dado verosimilitud al cambio: etarras de verdad arrepentidos (pocos, pero algunos), que al menos no se han puesto a la cabeza de manifestaciones anti-ETA ni han negado su pasado: lo han asumido, han reconocido su equivocación, han lamentado el daño causado.
Pero estos casos son los menos: no les quepa duda de que aquí a unos años veremos a exacerbados independentistas catalanes de hoy negar que jamás hayan querido un Estado soberano e incluso abominar de las esteladas.
Y verán cómo casi nadie se atreverá a recordarles sus exabruptos de ahora. Al fin y al cabo hay costumbre de contar lo que se antoje y de que nada sea desmentido: los independentistas actuales han tenido el cuajo de exhibir los retratos de Casals, Vázquez Montalbán, Candel, Camín o Antoni Gutiérrez junto al lema “Voto por ti” (se sobreentendía: “que estás muerto y puedes ser manipulado”). Ni Casals (que siempre se firmó Pablo y no Pau), ni Montalbán, ni Candel ni los otros se puede asegurar que hubieran estado a favor de la secesión de Cataluña, más bien se intuye que se habrían opuesto. Imposible saberlo.
Pero la absoluta falta de escrúpulos de los actuales dirigentes pasa
por encima de eso: como no pueden protestar por la utilización
tendenciosa de sus rostros y nombres, se los convierte en acólitos
póstumos de Mas y Junqueras, con el permiso de sus respectivas, frívolas
familias.
Pero no son sólo los individuos quienes dan saltos acrobáticos, también las colectividades.
Ahora hay un clamor contra la corrupción, y bien está que así sea.
Hace sólo tres años, sin embargo, a la mayoría de los españoles eso les traía sin cuidado (basta comparar las encuestas sobre las “mayores preocupaciones” de entonces y ahora).
Y además no era raro que se admirase y envidiase al corrupto, al “listo”, al “pícaro”, y parte de la población aspiraba a verse en una situación o en un puesto que le permitiera corromperse y sacar ella también tajada
. El PP mantuvo con gran aplomo que el hecho de que sospechosos y aun acusados formaran parte de sus listas y salieran elegidos, venía a exonerarlos.
Si la gente los votaba pese a los terribles indicios, eso significaba que los absolvía de antemano; los jueces debían retirar sus imputaciones a los aclamados en las urnas.
Ahora oigo hablar del perjuicio infligido a los marbellíes por ese trío folklórico que está en la cárcel, pero esos mismos marbellíes adoraron masivamente, durante años, al más folklórico predecesor Gil y Gil, que nunca pareció cabal, honrado ni limpio: ya había cumplido tiempo en prisión como responsable de una catástrofe con numerosos muertos.
Entonces eso carecía de importancia. Es muy posible que los ciudadanos que hoy gritan “Chorizos” a los condenados los vitorearan hace unos años.
Las contradicciones no se perciben, es otra de nuestras características.
Uno puede no robar ni sisar nada, pero recibir dinero de Gobiernos de los que recibir cualquier cosa es ya una forma de mancharse las manos.
A mí, al menos, no me parecería aceptable que me pagaran –como les ocurre a algunos que se proclaman “puros” y sermonean– una televisión financiada por el régimen iraní, o el Gobierno chavista, o el actual Israel, o la Cuba de los Castro (o la autoridad palestina, dicho sea de paso). Irán ya se sabe qué trato da a las mujeres y en general a sus sometidos súbditos; la Venezuela de Chávez y hoy de Maduro es una dictadura de facto: aún hay caraduras que sostienen que no es así, que allí se ganan elecciones, como si éstas no estuvieran controladas y como si no fueran posibles las dictaduras de caciques votados (Hitler es el ejemplo clásico, aunque no el único); Israel lleva lustros devastando y asesinando con desproporción absoluta, lo mismo que los palestinos (dentro de sus más modestos medios).
Ese tipo de corrupción –quién lo contrata a uno, quién le paga, de quién acepta un premio, para quién trabaja uno (y por tanto a quién beneficia)–, de momento no existe para los españoles.
Acaban de descubrir la otra, la más flagrante e hiriente, y me temo que solamente porque padecen una crisis económica que vuelve a la gente susceptible.
De no haberla, lo más probable es que la corrupción siguiera ocupando un irrelevante puesto entre las preocupaciones nacionales, y que muchos de los indignados de hoy estuvieran haciendo cola a ver si les caía algún maletín o sobre.
Y puede que dentro de bastantes años se escandalicen de los que ponen su talento, propaganda o saber al servicio de regímenes podridos, opresores, teocráticos o totalitarios. España siempre llega a todo tarde y con olvido.
elpaissemanal@elpais.es
También que es un país de extremos, y que muchos de sus habitantes pasan de uno a otro sin efectuar el recorrido, sin que los veamos desplazarse.
Están en un lugar y de pronto en el contrario, sin explicaciones, sin evolución, sin proceso.
Fueron numerosos los falangistas que de golpe pasaron a ser comunistas, y algunos de éstos se tornaron, luego, repentinamente anticomunistas y a veces de extrema derecha.
No han sido escasos los castristas acérrimos convertidos por arte de magia en furibundos anticastristas.
También ha habido quien ha sido Vicepresidente de un gobernante y después se ha autoerigido en la voz más crítica de ese mismo gobernante (la desmemoria y el cambalache de extremos se los contagiamos a Latinoamérica).
Ha habido casos en los que sí se ha asistido al trayecto, y eso ha dado verosimilitud al cambio: etarras de verdad arrepentidos (pocos, pero algunos), que al menos no se han puesto a la cabeza de manifestaciones anti-ETA ni han negado su pasado: lo han asumido, han reconocido su equivocación, han lamentado el daño causado.
Pero estos casos son los menos: no les quepa duda de que aquí a unos años veremos a exacerbados independentistas catalanes de hoy negar que jamás hayan querido un Estado soberano e incluso abominar de las esteladas.
Y verán cómo casi nadie se atreverá a recordarles sus exabruptos de ahora. Al fin y al cabo hay costumbre de contar lo que se antoje y de que nada sea desmentido: los independentistas actuales han tenido el cuajo de exhibir los retratos de Casals, Vázquez Montalbán, Candel, Camín o Antoni Gutiérrez junto al lema “Voto por ti” (se sobreentendía: “que estás muerto y puedes ser manipulado”). Ni Casals (que siempre se firmó Pablo y no Pau), ni Montalbán, ni Candel ni los otros se puede asegurar que hubieran estado a favor de la secesión de Cataluña, más bien se intuye que se habrían opuesto. Imposible saberlo.
Ahora hay un clamor contra la corrupción. Hace
sólo tres años, sin embargo, a la mayoría de los españoles eso les traía
sin cuidado
Pero no son sólo los individuos quienes dan saltos acrobáticos, también las colectividades.
Ahora hay un clamor contra la corrupción, y bien está que así sea.
Hace sólo tres años, sin embargo, a la mayoría de los españoles eso les traía sin cuidado (basta comparar las encuestas sobre las “mayores preocupaciones” de entonces y ahora).
Y además no era raro que se admirase y envidiase al corrupto, al “listo”, al “pícaro”, y parte de la población aspiraba a verse en una situación o en un puesto que le permitiera corromperse y sacar ella también tajada
. El PP mantuvo con gran aplomo que el hecho de que sospechosos y aun acusados formaran parte de sus listas y salieran elegidos, venía a exonerarlos.
Si la gente los votaba pese a los terribles indicios, eso significaba que los absolvía de antemano; los jueces debían retirar sus imputaciones a los aclamados en las urnas.
Ahora oigo hablar del perjuicio infligido a los marbellíes por ese trío folklórico que está en la cárcel, pero esos mismos marbellíes adoraron masivamente, durante años, al más folklórico predecesor Gil y Gil, que nunca pareció cabal, honrado ni limpio: ya había cumplido tiempo en prisión como responsable de una catástrofe con numerosos muertos.
Entonces eso carecía de importancia. Es muy posible que los ciudadanos que hoy gritan “Chorizos” a los condenados los vitorearan hace unos años.
Las contradicciones no se perciben, es otra de nuestras características.
Uno puede no robar ni sisar nada, pero recibir dinero de Gobiernos de los que recibir cualquier cosa es ya una forma de mancharse las manos.
A mí, al menos, no me parecería aceptable que me pagaran –como les ocurre a algunos que se proclaman “puros” y sermonean– una televisión financiada por el régimen iraní, o el Gobierno chavista, o el actual Israel, o la Cuba de los Castro (o la autoridad palestina, dicho sea de paso). Irán ya se sabe qué trato da a las mujeres y en general a sus sometidos súbditos; la Venezuela de Chávez y hoy de Maduro es una dictadura de facto: aún hay caraduras que sostienen que no es así, que allí se ganan elecciones, como si éstas no estuvieran controladas y como si no fueran posibles las dictaduras de caciques votados (Hitler es el ejemplo clásico, aunque no el único); Israel lleva lustros devastando y asesinando con desproporción absoluta, lo mismo que los palestinos (dentro de sus más modestos medios).
Ese tipo de corrupción –quién lo contrata a uno, quién le paga, de quién acepta un premio, para quién trabaja uno (y por tanto a quién beneficia)–, de momento no existe para los españoles.
Acaban de descubrir la otra, la más flagrante e hiriente, y me temo que solamente porque padecen una crisis económica que vuelve a la gente susceptible.
De no haberla, lo más probable es que la corrupción siguiera ocupando un irrelevante puesto entre las preocupaciones nacionales, y que muchos de los indignados de hoy estuvieran haciendo cola a ver si les caía algún maletín o sobre.
Y puede que dentro de bastantes años se escandalicen de los que ponen su talento, propaganda o saber al servicio de regímenes podridos, opresores, teocráticos o totalitarios. España siempre llega a todo tarde y con olvido.
elpaissemanal@elpais.es
La transparencia es bella............................................................. Boris Izaguirre
Charlene tuvo gemelos, primero nació la niña pero el heredero es el varón. ¿Por qué va a cambiar Alberto, el príncipe soberano, la ley si es el primer beneficiado?
Charlene de Mónaco / Didier Baverel (WireImage)
En la moda siempre ha habido transparencia, al contrario que en la
Administración pública, donde se acaba de poner de moda.
La transparencia, en la moda, va y viene pero no siempre evita ser vulgar. Sugiere, pero se le puede ir la mano y equivocarse mucho. En la política puede pasar lo mismo.
Tanta transparencia puede terminar por agotarnos. Demasiado transparentes.
Si en los ochenta la arruga fue bella, hoy la transparencia podría ser bella, aunque con problemas. Pronto tendremos que debatir entre lo transparente y lo traslucido
. Mientras más transparentes hacemos nuestros gastos públicos, más desnudas y débiles quedan algunas instituciones
. Por ejemplo, enterarnos que la recepción para celebrar la entronización del Rey costó casi 66.000 euros te deja un poco triste.
No sabemos bien si hubiéramos preferido que costara mucho más o mucho menos. 66.000 euros para una fiesta donde acudieron Olga María, la nueva estrella mediática, y el pequeño Nicolás, representando a la sociedad española no sabes realmente si te parece un exceso o una transparencia. Se podría haber invertido ese dinero en formar a un científico, sí, pero la ciencia vende menos.
Es lo que tiene la transparencia: enseñar no enseña, sugerir, quizás, siempre dejándote entre la imaginación y la certeza.
Ana Mato, la exministra de Sanidad, reapareció en su escaño de diputada rasa con una cara que transparentaba su disgusto.
Quizás se dejó llevar por la transparencia de su orgullo y apareció allí un pelín antes de tiempo, con las emociones no del todo digeridas, y la transparencia le jugó otra mala pasada.
Todo lo contrario ha hecho Carolina de Mónaco, que no debe estar excesivamente feliz con el nacimiento de los herederos de Mónaco y ha dilatado hasta la próxima semana su aparición para felicitarlos
. Carolina, al igual que su recién nacida sobrina, no pudo ser la soberana de Mónaco porque la ley solo reconoce heredero al varón.
En el caso de los hijos de Charlene, esa tradición retrógrada se mantiene con una transparencia absoluta.
Tuvo gemelos y primero nació la niña, pero el heredero es el varón. ¿Por qué va a cambiar Alberto, el príncipe soberano, la ley si es el primer beneficiado?
En Mónaco entienden mucho más de transparencias en la moda que en la política.
Y en Hollywood, donde también ha habido todo tipo de prendas semitransparentes, se ha desatado una nueva histeria después del ciberataque de una malvada fuerza norcoreana que hackeó los archivos de Sony Pictures como protesta por el guion de La Entrevista, una película con James Franco.
En ella, una estrella de la televisión es enviado a entrevistar al líder norcoreano y la CIA aprovecha para hacer de las suyas.
Al régimen norcoreano le disgustó la transparencia en el celuloide.
Los hackers se hacen llamar Guardianes de la Paz y se declaran defensores del régimen norcoreano. Su ataque ha permitido saber cosas como que Tom Hanks se registra en los hoteles como Johnny Madrid o que la hija de Sarah Ferguson, la princesa Beatriz, trabaja en las oficinas londinenses de la compañía cobrando menos de 2.000 dólares.
O sea, que una productora de cine, aunque sea de Hollywood, sabe cómo engatusar a una princesa indefensa para que sea una becaria deluxe.
Te das cuenta de que a veces no quieres todo tan claro, te enteras de cosas que te dejan trastocado.
Como lo de la CIA y el informe sobre las supuestas torturas que esa agencia infringió para conseguir sus objetivos
. Algo que siempre imaginamos pero que al constatarlo no hemos evitado el asombro.
Estaba haciéndome una pedicura en Miami cuando supe la noticia
. Acudo a un salón regentado por un grupo de vietnamitas que han occidentalizado sus nombres. Todos se llaman Andy, Angelina o Charlenne.
Cuando salió la presidenta del Congreso americano respondiendo que no hay indicios de que se torturara a personas para averiguar el paradero de Bin Laden, Andy extrajo de debajo de mi dedo gordo un algo nada transparente que me hizo gritar, ante el asombro de los presentes.
Creían que reaccionaba así ante la noticia y quisieron explicarme que se sentían avergonzados de la política exterior de su país.
Por un momento sentí que había viajado en el tiempo hacia los años setenta, cuando la CIA intervenía en todo lo que le apetecía, desde Chile a Vietnam.
Y los americanos de a pie se esmeraban en ofrecerte explicaciones y disculpas.
Sí, al final piensas que es mejor no saber determinadas cosas.
Que el fiscal y mosquetero Horrach prefiera proteger a la Infanta Cristina calificándola de indefensa de las acciones de su marido ha sido un poquito sonrojante
. Como una transparencia que transparenta de más en un vestido de boda o en una señora de avanzada edad. Es difícil hacernos creer que la duquesa esté tan indefensa
. Con su estatura, su magnífica complexión, su linaje, con infinidad de fotos que la enseñan como si fuera una líder preparada o la forma en que se bajó del coche oficial junto a su madre y su marido en aquella polémica visita al hospital donde su padre convalecía de una de sus operaciones de cadera, en ninguna de esas imágenes se le nota indefensa. Horrach ha elegido el adjetivo quizás por no transparentar más de la cuenta.
Dejándonos servida la eterna cuestión: la transparencia puede ser bella, pero nunca es fácil.
Ni siempre es cómoda.
La transparencia, en la moda, va y viene pero no siempre evita ser vulgar. Sugiere, pero se le puede ir la mano y equivocarse mucho. En la política puede pasar lo mismo.
Tanta transparencia puede terminar por agotarnos. Demasiado transparentes.
Si en los ochenta la arruga fue bella, hoy la transparencia podría ser bella, aunque con problemas. Pronto tendremos que debatir entre lo transparente y lo traslucido
. Mientras más transparentes hacemos nuestros gastos públicos, más desnudas y débiles quedan algunas instituciones
. Por ejemplo, enterarnos que la recepción para celebrar la entronización del Rey costó casi 66.000 euros te deja un poco triste.
No sabemos bien si hubiéramos preferido que costara mucho más o mucho menos. 66.000 euros para una fiesta donde acudieron Olga María, la nueva estrella mediática, y el pequeño Nicolás, representando a la sociedad española no sabes realmente si te parece un exceso o una transparencia. Se podría haber invertido ese dinero en formar a un científico, sí, pero la ciencia vende menos.
Es lo que tiene la transparencia: enseñar no enseña, sugerir, quizás, siempre dejándote entre la imaginación y la certeza.
Ana Mato, la exministra de Sanidad, reapareció en su escaño de diputada rasa con una cara que transparentaba su disgusto.
Quizás se dejó llevar por la transparencia de su orgullo y apareció allí un pelín antes de tiempo, con las emociones no del todo digeridas, y la transparencia le jugó otra mala pasada.
Todo lo contrario ha hecho Carolina de Mónaco, que no debe estar excesivamente feliz con el nacimiento de los herederos de Mónaco y ha dilatado hasta la próxima semana su aparición para felicitarlos
. Carolina, al igual que su recién nacida sobrina, no pudo ser la soberana de Mónaco porque la ley solo reconoce heredero al varón.
En el caso de los hijos de Charlene, esa tradición retrógrada se mantiene con una transparencia absoluta.
Tuvo gemelos y primero nació la niña, pero el heredero es el varón. ¿Por qué va a cambiar Alberto, el príncipe soberano, la ley si es el primer beneficiado?
En Mónaco entienden mucho más de transparencias en la moda que en la política.
Y en Hollywood, donde también ha habido todo tipo de prendas semitransparentes, se ha desatado una nueva histeria después del ciberataque de una malvada fuerza norcoreana que hackeó los archivos de Sony Pictures como protesta por el guion de La Entrevista, una película con James Franco.
En ella, una estrella de la televisión es enviado a entrevistar al líder norcoreano y la CIA aprovecha para hacer de las suyas.
Al régimen norcoreano le disgustó la transparencia en el celuloide.
Los hackers se hacen llamar Guardianes de la Paz y se declaran defensores del régimen norcoreano. Su ataque ha permitido saber cosas como que Tom Hanks se registra en los hoteles como Johnny Madrid o que la hija de Sarah Ferguson, la princesa Beatriz, trabaja en las oficinas londinenses de la compañía cobrando menos de 2.000 dólares.
O sea, que una productora de cine, aunque sea de Hollywood, sabe cómo engatusar a una princesa indefensa para que sea una becaria deluxe.
Te das cuenta de que a veces no quieres todo tan claro, te enteras de cosas que te dejan trastocado.
Como lo de la CIA y el informe sobre las supuestas torturas que esa agencia infringió para conseguir sus objetivos
. Algo que siempre imaginamos pero que al constatarlo no hemos evitado el asombro.
Estaba haciéndome una pedicura en Miami cuando supe la noticia
. Acudo a un salón regentado por un grupo de vietnamitas que han occidentalizado sus nombres. Todos se llaman Andy, Angelina o Charlenne.
Cuando salió la presidenta del Congreso americano respondiendo que no hay indicios de que se torturara a personas para averiguar el paradero de Bin Laden, Andy extrajo de debajo de mi dedo gordo un algo nada transparente que me hizo gritar, ante el asombro de los presentes.
Creían que reaccionaba así ante la noticia y quisieron explicarme que se sentían avergonzados de la política exterior de su país.
Por un momento sentí que había viajado en el tiempo hacia los años setenta, cuando la CIA intervenía en todo lo que le apetecía, desde Chile a Vietnam.
Y los americanos de a pie se esmeraban en ofrecerte explicaciones y disculpas.
Sí, al final piensas que es mejor no saber determinadas cosas.
Que el fiscal y mosquetero Horrach prefiera proteger a la Infanta Cristina calificándola de indefensa de las acciones de su marido ha sido un poquito sonrojante
. Como una transparencia que transparenta de más en un vestido de boda o en una señora de avanzada edad. Es difícil hacernos creer que la duquesa esté tan indefensa
. Con su estatura, su magnífica complexión, su linaje, con infinidad de fotos que la enseñan como si fuera una líder preparada o la forma en que se bajó del coche oficial junto a su madre y su marido en aquella polémica visita al hospital donde su padre convalecía de una de sus operaciones de cadera, en ninguna de esas imágenes se le nota indefensa. Horrach ha elegido el adjetivo quizás por no transparentar más de la cuenta.
Dejándonos servida la eterna cuestión: la transparencia puede ser bella, pero nunca es fácil.
Ni siempre es cómoda.
.La era de los impostores...............................................................................Mario Vargas Llosa
La ficción ha sustituido a la realidad en el mundo que vivimos y los mediocres personajes del mundo real no nos interesan. Los fabuladores, sí, como ‘el pequeño Nicolás’ o Enric Marco.
FERNANDO VICENTE
En estos días, el personaje más mediático en España es el “pequeño
Nicolás”, un joven veinteañero que, desde que era un adolescente, se las
arregló, embaucando a medio mundo, para hacerse pasar por amigo de la
realeza, de grandes empresarios, autoridades y políticos de alto vuelo y
del servicio de inteligencia, todos quienes le habrían encargado
delicadas e importantes misiones. Lo extraordinario del caso es que buen
número de estos personajes se tragaran sus patrañas, lo recibieran, lo
escucharan y (al parecer) hasta lo gratificaran por sus servicios.
En la era del espectáculo en que vivimos, el histrión es el rey de la fiesta.
Javier Cercas acaba de publicar un libro, El impostor, consagrado a Enric Marco, el más notable embaucador de nuestro tiempo y, acaso, de todos los tiempos.
Su historia dio la vuelta al mundo hace nueve años cuando un pertinaz historiador, Benito Bermejo, reveló que Marco, presidente de la asociación que agrupaba a los sobrevivientes españoles de los campos de exterminio nazis, que había publicado libros, artículos, ofrecido cientos de conferencias en colegios, universidades y había hecho llorar a los congresistas refiriendo en el Parlamento español los horrores indecibles que padecieron él y sus compañeros en aquellos mataderos humanos, era un fabulador de polendas que nunca estuvo en alguno de esos campos nazis y se había inventado de pies a cabeza esa heroica biografía de resistente republicano, exiliado y prisionero de la peste parda hitleriana
. Enric Marco, ya muy conocido por sus campañas a favor de mantener viva la memoria histórica del Holocausto, se hizo todavía mucho más famoso, dentro y fuera de España, como autor de la más formidable patraña del siglo.
El libro de Cercas es varios libros a la vez, pero, ante todo, una pesquisa rigurosa y maniática para desentrañar lo que es verdad y lo que es mentira en la vida pública y privada de Enric Marco. Descubre muchas cosas: que las imposturas de Marco arrancan en su misma juventud, atribuyéndose un pasado de luchador republicano y de resistente anarquista en los primeros años de la dictadura franquista, y que ellas jalonan toda su existencia
. Pero, también, que estas mentiras en cadena están casi siempre enhebradas con verdades, experiencias vividas a las que él coloreó, exageró, matizó y disminuyó para hacer más persuasivas las ficciones con que fue adobando constantemente su escurridiza biografía.
No descubre todo porque la manera como ficción y realidad se confunden en la vida de Enric Marco es inextricable.
¿Por qué dedicar tantos esfuerzos a esta tarea? ¿Sólo por la fascinación que provoca en él la audacia embustera del personaje, esa novela viviente que es Enric Marco? Sin duda, pero, también, porque probablemente nunca nadie antes de él ha encarnado las relaciones entre ficción y realidad de una manera tan absoluta y excelsa.
Todos los seres humanos soñamos con ser otros, con escapar a las estrechas fronteras dentro de las que discurre nuestra vida; por eso y para eso existen las ficciones —las novelas, las películas, los dramas, las óperas, las series televisivas, etcétera—, para satisfacer vicariamente el hambre de irrealidad que nos habita y nos hace soñar con vidas mejores o peores que la que estamos obligados a vivir.
Enric Marco consiguió, gracias a su audacia, su talento transformista y su falta de escrúpulos, ser, como en el poema de Rimbaud, uno mismo y otro (“Je est un autre”).
Además de una incisiva investigación periodística, el libro de Cercas es un sutil ensayo sobre la naturaleza de la ficción y el modo como puede infiltrarse en la vida y trastornarla.
Y es, asimismo, un buceo personal y dramático sobre las responsabilidades morales de un escritor que, como él, intenta, a través de lo que escribe, entender las razones profundas del personaje cuya historia reconstruye.
¿Comprender a Enric Marco no es en cierto modo justificarlo, rehabilitarlo, dar verosimilitud y consistencia a las razones que él esgrime con tanto empeño contra quienes lo condenan, diciendo que sí, cometió un gran delito, pero lo hizo por una razón valedera y superior, para dar más fuerza y publicidad a las atrocidades del Holocausto, para despertar en las nuevas generaciones un sentimiento de espanto contra los crímenes del nazismo, reivindicar y desagraviar a sus víctimas, esos millones de seres humanos sacrificados en los campos de exterminio, 9.000 de los cuales fueron españoles?
Cercas no quiere que este impostor desmesurado le resulte simpático y, para que nadie se equivoque al respecto, lo abruma de epítetos condenatorios a cada paso.
También se los lanza a la cara al propio Marco, quien, aunque usted no lo crea, se prestó a concederle muchas horas de entrevista para facilitarle su trabajo inquisitorial, y, a cada momento, le recuerda que no escribirá este libro para defenderlo ni atenuar su culpa, sino para desentrañar la pura y terrible verdad, es decir, para hundirlo del todo en la ignominia moral.
Lo más notable es que quien gana la partida que se disputa en este libro incandescente no es el rectilíneo Cercas sino el delictuoso Marco.
El excelente novelista que es Javier Cercas olvidó, fascinado como estaba con el tema y materia de su libro, que las buenas novelas convierten a los malos siempre en buenos, porque aquellos terminan siempre por despertar en el lector (y, aunque no lo quiera, en el propio narrador) un atractivo irresistible que vence y destruye sus reservas o principios éticos o políticos y los transforma en empatía.
El libro que él ha escrito es, aunque él no quisiera que lo sea, una (magnífica) novela sobre un personaje fuera de lo común, un ser ontológicamente novelesco que tiñe la vida de ficción, un fantaseador taumatúrgico que irrealiza la realidad con su audacia ilimitada.
El héroe del libro no es quien lo relata sino el genial embaucador, el espantoso e inverosímil Enric Marco.
Él, sólo él. Comparado con la peripecia prodigiosa que le permitió dejar de ser la minucia humana que era y convertirse en un gigante, qué pequeñito y olvidable parece el aguafiestas de su historia, el decente y honesto historiador Benito Bermejo que, sin siquiera beneficiarse con ello y hasta recibiendo por su altruista tarea buen número de ataques, lo desenmascaró, guiado sólo por su amor a la verdad y su repugnancia por las mentiras históricas.
Vivimos una época en que los embaucadores nos rodean por todas partes y la inmensa mayoría de ellos —banqueros, autoridades, dirigentes políticos y sindicales, jueces, académicos— miente y delinque para enriquecerse, sórdido designio vital, sin que sus historias trasciendan las previsibles trapacerías del ratero vulgar.
Por lo menos, Enric Marco lo hacía con horizontes más amplios y, sí, por qué no, menos egoístas. La verdad es que nunca se lucró con sus mentiras y las sostuvo y defendió con una energía admirable, trabajando como un verdadero galeote y, es cierto, haciendo tomar conciencia a muchos jóvenes, y a buen número de hombres y mujeres maduros, de lo que significaron los campos de la muerte del nazismo y de la obligación cívica de reivindicar a sus víctimas. ¿Que Marco era, que es, un narciso codicioso de publicidad, un ávido mediópata, obsesionado por salir siempre en la foto? Sin la menor duda. Pero su enfermedad es una enfermedad de nuestro tiempo, la de una cultura en la que la verdad es menos importante que la apariencia, en la que representar es la mejor (acaso la única) manera de ser y de vivir.
La ficción ha pasado a sustituir a la realidad en el mundo que vivimos y, por eso, los mediocres personajes del mundo real no nos interesan ni entretienen
. Los fabuladores, sí.
No es de extrañar que en una época así, el “pequeño Nicolás” y el gigantesco Enric Marco hayan sido capaces de perpetrar sus fechorías, perdón, quiero decir sus proezas. La culpa no es de los novelistas, ellos sólo cuentan las historias que les gustaría vivir a sus lectores.
En la era del espectáculo en que vivimos, el histrión es el rey de la fiesta.
Javier Cercas acaba de publicar un libro, El impostor, consagrado a Enric Marco, el más notable embaucador de nuestro tiempo y, acaso, de todos los tiempos.
Su historia dio la vuelta al mundo hace nueve años cuando un pertinaz historiador, Benito Bermejo, reveló que Marco, presidente de la asociación que agrupaba a los sobrevivientes españoles de los campos de exterminio nazis, que había publicado libros, artículos, ofrecido cientos de conferencias en colegios, universidades y había hecho llorar a los congresistas refiriendo en el Parlamento español los horrores indecibles que padecieron él y sus compañeros en aquellos mataderos humanos, era un fabulador de polendas que nunca estuvo en alguno de esos campos nazis y se había inventado de pies a cabeza esa heroica biografía de resistente republicano, exiliado y prisionero de la peste parda hitleriana
. Enric Marco, ya muy conocido por sus campañas a favor de mantener viva la memoria histórica del Holocausto, se hizo todavía mucho más famoso, dentro y fuera de España, como autor de la más formidable patraña del siglo.
El libro de Cercas es varios libros a la vez, pero, ante todo, una pesquisa rigurosa y maniática para desentrañar lo que es verdad y lo que es mentira en la vida pública y privada de Enric Marco. Descubre muchas cosas: que las imposturas de Marco arrancan en su misma juventud, atribuyéndose un pasado de luchador republicano y de resistente anarquista en los primeros años de la dictadura franquista, y que ellas jalonan toda su existencia
. Pero, también, que estas mentiras en cadena están casi siempre enhebradas con verdades, experiencias vividas a las que él coloreó, exageró, matizó y disminuyó para hacer más persuasivas las ficciones con que fue adobando constantemente su escurridiza biografía.
No descubre todo porque la manera como ficción y realidad se confunden en la vida de Enric Marco es inextricable.
¿Por qué dedicar tantos esfuerzos a esta tarea? ¿Sólo por la fascinación que provoca en él la audacia embustera del personaje, esa novela viviente que es Enric Marco? Sin duda, pero, también, porque probablemente nunca nadie antes de él ha encarnado las relaciones entre ficción y realidad de una manera tan absoluta y excelsa.
Todos los seres humanos soñamos con ser otros, con escapar a las estrechas fronteras dentro de las que discurre nuestra vida; por eso y para eso existen las ficciones —las novelas, las películas, los dramas, las óperas, las series televisivas, etcétera—, para satisfacer vicariamente el hambre de irrealidad que nos habita y nos hace soñar con vidas mejores o peores que la que estamos obligados a vivir.
Enric Marco consiguió, gracias a su audacia, su talento transformista y su falta de escrúpulos, ser, como en el poema de Rimbaud, uno mismo y otro (“Je est un autre”).
Además de una incisiva investigación periodística, el libro de Cercas es un sutil ensayo sobre la naturaleza de la ficción y el modo como puede infiltrarse en la vida y trastornarla.
Y es, asimismo, un buceo personal y dramático sobre las responsabilidades morales de un escritor que, como él, intenta, a través de lo que escribe, entender las razones profundas del personaje cuya historia reconstruye.
¿Comprender a Enric Marco no es en cierto modo justificarlo, rehabilitarlo, dar verosimilitud y consistencia a las razones que él esgrime con tanto empeño contra quienes lo condenan, diciendo que sí, cometió un gran delito, pero lo hizo por una razón valedera y superior, para dar más fuerza y publicidad a las atrocidades del Holocausto, para despertar en las nuevas generaciones un sentimiento de espanto contra los crímenes del nazismo, reivindicar y desagraviar a sus víctimas, esos millones de seres humanos sacrificados en los campos de exterminio, 9.000 de los cuales fueron españoles?
Cercas no quiere que este impostor desmesurado le resulte simpático y, para que nadie se equivoque al respecto, lo abruma de epítetos condenatorios a cada paso.
También se los lanza a la cara al propio Marco, quien, aunque usted no lo crea, se prestó a concederle muchas horas de entrevista para facilitarle su trabajo inquisitorial, y, a cada momento, le recuerda que no escribirá este libro para defenderlo ni atenuar su culpa, sino para desentrañar la pura y terrible verdad, es decir, para hundirlo del todo en la ignominia moral.
Lo más notable es que quien gana la partida que se disputa en este libro incandescente no es el rectilíneo Cercas sino el delictuoso Marco.
El excelente novelista que es Javier Cercas olvidó, fascinado como estaba con el tema y materia de su libro, que las buenas novelas convierten a los malos siempre en buenos, porque aquellos terminan siempre por despertar en el lector (y, aunque no lo quiera, en el propio narrador) un atractivo irresistible que vence y destruye sus reservas o principios éticos o políticos y los transforma en empatía.
El libro que él ha escrito es, aunque él no quisiera que lo sea, una (magnífica) novela sobre un personaje fuera de lo común, un ser ontológicamente novelesco que tiñe la vida de ficción, un fantaseador taumatúrgico que irrealiza la realidad con su audacia ilimitada.
El héroe del libro no es quien lo relata sino el genial embaucador, el espantoso e inverosímil Enric Marco.
Él, sólo él. Comparado con la peripecia prodigiosa que le permitió dejar de ser la minucia humana que era y convertirse en un gigante, qué pequeñito y olvidable parece el aguafiestas de su historia, el decente y honesto historiador Benito Bermejo que, sin siquiera beneficiarse con ello y hasta recibiendo por su altruista tarea buen número de ataques, lo desenmascaró, guiado sólo por su amor a la verdad y su repugnancia por las mentiras históricas.
Vivimos una época en que los embaucadores nos rodean por todas partes y la inmensa mayoría de ellos —banqueros, autoridades, dirigentes políticos y sindicales, jueces, académicos— miente y delinque para enriquecerse, sórdido designio vital, sin que sus historias trasciendan las previsibles trapacerías del ratero vulgar.
Por lo menos, Enric Marco lo hacía con horizontes más amplios y, sí, por qué no, menos egoístas. La verdad es que nunca se lucró con sus mentiras y las sostuvo y defendió con una energía admirable, trabajando como un verdadero galeote y, es cierto, haciendo tomar conciencia a muchos jóvenes, y a buen número de hombres y mujeres maduros, de lo que significaron los campos de la muerte del nazismo y de la obligación cívica de reivindicar a sus víctimas. ¿Que Marco era, que es, un narciso codicioso de publicidad, un ávido mediópata, obsesionado por salir siempre en la foto? Sin la menor duda. Pero su enfermedad es una enfermedad de nuestro tiempo, la de una cultura en la que la verdad es menos importante que la apariencia, en la que representar es la mejor (acaso la única) manera de ser y de vivir.
La ficción ha pasado a sustituir a la realidad en el mundo que vivimos y, por eso, los mediocres personajes del mundo real no nos interesan ni entretienen
. Los fabuladores, sí.
No es de extrañar que en una época así, el “pequeño Nicolás” y el gigantesco Enric Marco hayan sido capaces de perpetrar sus fechorías, perdón, quiero decir sus proezas. La culpa no es de los novelistas, ellos sólo cuentan las historias que les gustaría vivir a sus lectores.
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© Mario Vargas Llosa, 2014.
¿Y no podría ser todo mas sencillo? que pintan esas amistades del gobierno dando "palique" a ese muchacho de 20 años? ¿Por qué lo detuvieron lo máximo para ser interrogado y lo dejaron ir sin siquiera un cargo penal? ¿No tendrá miedo ese chico y por eso habla= ¿No sería su función buscar amiguitos-as a esos viejos con ansia de juventus adolescente? ¿Vaya que igual ha sido "Palanganero " de viejos verdes del gobierno y es testigo de delitos varios....aquí que cada uno piense ya lo que quiera, pero Vargas Llosa tan amigo del PP no puede escribir contra un jovenzuelo muy habil en explicarse, porque detrás hay alguien que si sabe lo que cuenta el pequeño Nicolás con gobernantes del PP. igual hasta no nos llevamos sorpresas......porque el PP esconde lo que para ellos puede ser delictivo y para nosotros se llama,,,,,,,,,y si que es un delito y más si se acompaña de bebidas con misterio....
© Mario Vargas Llosa, 2014.
¿Y no podría ser todo mas sencillo? que pintan esas amistades del gobierno dando "palique" a ese muchacho de 20 años? ¿Por qué lo detuvieron lo máximo para ser interrogado y lo dejaron ir sin siquiera un cargo penal? ¿No tendrá miedo ese chico y por eso habla= ¿No sería su función buscar amiguitos-as a esos viejos con ansia de juventus adolescente? ¿Vaya que igual ha sido "Palanganero " de viejos verdes del gobierno y es testigo de delitos varios....aquí que cada uno piense ya lo que quiera, pero Vargas Llosa tan amigo del PP no puede escribir contra un jovenzuelo muy habil en explicarse, porque detrás hay alguien que si sabe lo que cuenta el pequeño Nicolás con gobernantes del PP. igual hasta no nos llevamos sorpresas......porque el PP esconde lo que para ellos puede ser delictivo y para nosotros se llama,,,,,,,,,y si que es un delito y más si se acompaña de bebidas con misterio....
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