Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

26 oct 2014

El corazón del Príncipe


La barriada del Príncipe Alfonso, en Ceuta, es considerada la más peligrosa de España. Es una de las más pobres. Allí no entra la policía y las casas carecen de títulos de propiedad

Un mundo que se mueve entre la violencia de la droga, la amenaza del yihadismo y las ansias de salir adelante de muchos de sus vecinos

Esta sociedad es un matriarcado, pero al tiempo el 80% de las mujeres está ausente del mercado laboral y el resto, desempleadas.
 Muchas familias numerosas viven con los 400 euros del Mínimo de Inserción Social.
 Los índices de natalidad superan los del resto del Estado.
En el Príncipe no hay comercios ni negocios, a excepción de algunas pequeñas tiendas de comestibles, cafetines y barberías; no hay escaparates, sino ancianas que despliegan cada día sus pobres frutas y verduras por los suelos de la calle de María Jaén.
 No hay zonas verdes y apenas alumbrado; arriesgarse de noche por sus callejas es un suicidio; la recogida de basura es irregular y se amontona en el corazón del barrio, en la escueta plaza del Padre Salvador Cervós, en pleno “zoco”; no hay servicio de limpieza a partir de las tres de la tarde; cuando llueve, el precario sistema de saneamiento arroja la porquería al exterior
. El uso del castellano ha retrocedido frente al dariya local (un árabe trufado de español). Como confirma Jorge Sillero, director del colegio Juan Carlos I, al que acuden muchos de los niños con discapacidad del barrio:
 “Los pequeños hablan cada vez peor el español; no lo practican; en el Príncipe no hace falta: no se comunican con gente de fuera; no van a Ceuta ni nadie de Ceuta va al Príncipe”.
Los tres únicos policías del barrio
. No actúan como tales, sino como mediadores sociales. Solo así son tolerados. / Bernardo Pérez
Miseria, droga y violencia. Una espiral maldita.
 La barriada del Príncipe fue un territorio de chabolas y pobreza al que le tocó en los ochenta la siniestra lotería del hachís.
 Ya antes, la inmensa mayoría de los cristianos lo habían abandonado en dirección a las viviendas de protección oficial que les proporcionaba el Gobierno. Los miles de musulmanes de Ceuta, que hasta 1986 no tuvieron derecho a la nacionalidad española (solo contaban como documentación con una farsa de DNI denominado Tarjeta Estadística, que ellos llamaban la “chapa del perro”), no tuvieron derecho a acceder a ese tipo de casas subvencionadas; tampoco podían adquirir inmuebles ni viajar con su tarjeta a la Península. Eran apátridas consentidos.
 Encerrados en su barrio. Así se fue hinchando el Príncipe de resentimiento.
Hasta que Ceuta se convirtió en la capital del hachís.
 Cada noche salían de su costa medio centenar de lanchas que cargaban en Marruecos miles de kilos con destino a la Península. El negocio se dividía entre pocos capos: El Nene, Abdelhila y Tafo Sodía (este último asesinado el año pasado en pleno centro de la ciudad). Corría el dinero. Por el Príncipe y por Ceuta, que vivió un particular boom inmobiliario
. En 1986, unos 15.000 musulmanes afincados en Ceuta consiguieron regularizar su situación y obtener la nacionalidad española. Fue una victoria histórica. La reconciliación con miles de musulmanes que llevaban décadas en Ceuta. En el Príncipe recuerdan esos años con embeleso. Hachís y papeles. Sin embargo, sobre esos cimientos de dinero fácil se edificó la maldición del Príncipe.
Sentado en una discreta cafetería de la calle Real, el centro neurálgico de Ceuta, un viejo agente de Información del Cuerpo Nacional de Policía describe el auge y caída del hachís: “Era la forma de vida; el dinero llegó hasta aquí, hasta el centro de la ciudad; se compraron pisos, garajes y taxis. Y proliferaron los testaferros.
 En los noventa había gente que se hacía cuatro viajes con hachís por noche: cargaban en Marruecos y lo subían a Málaga o Cádiz y vuelta a empezar; un buen barquero podía ganar 300 euros por kilo. Esa es una historia que se jode por la ambición de las mafias.
Porque se metieron en el tráfico de seres humanos, donde podían sacar 100.000 euros por noche sin ningún peligro. Y ahí reaccionó la Unión Europea. Y se montó el SIVE (Sistema Integrado de Vigilancia Exterior), con un centenar de radares y cámaras en todo el litoral, que acabó con las pateras en el Estrecho y, de paso, con el descaro del hachís de Ceuta. El negocio pasó a localizarse en Tánger. Y hoy llega a Europa en contenedores”.
Mucha gente vota aquí al PP porque creen que si votan otra cosa les van a quitar las ayudas”
Mohamed Mustafá Madani, único abogado del barrio
–Qué pasó después…
–Se acabó ese maná descarado.
 Y fue una bomba, un descalabro en el Príncipe, donde muchos comían de eso.
 Y esa decadencia del negocio ha llevado a los actuales ajustes de cuentas. Son los restos del crimen organizado en decadencia.
Hay luchas encarnizadas entre las mafias de la droga; viejas deudas y una lucha a muerte por el poco tráfico que queda. Ya hay poco que repartir.
 Se están reclamando deudas de hace muchos años, de cuando había mucho, se robaban entre ellos y apenas importaba, porque había mucho más. Ahora, cuando no hay, se exigen esas deudas y se mata por ellas.
 Los agravios salen a relucir. Hay una mezcla de viejas bandas y también de niñatos, que es gente joven que tiene poco que perder y es, por tanto, muy peligrosa.
Vivimos una guerra mortal por lo que queda del negocio de la droga.
Este año se ha cobrado cuatro muertos en el entorno del Príncipe.
Y la solución no es policial. Se lo dice un policía.
Para el intruso; para el periodista; moverse por el Príncipe es una tortura.
Nadie quiere hablar; nadie quiere ser fotografiado; incluso en las situaciones más cotidianas, como cortarse el pelo en una barbería o tomar un té en algún cafetín, en el Chato o en el Mojito (en ninguno de ellos se expende alcohol, pero se permite el consumo de cannabis: los jóvenes, en porros; los viejos, en pipas de kif). Si se atraviesa la sensible línea de su intimidad, si se pregunta más de lo conveniente, uno se topa con voces, insultos, miradas de odio y situaciones de tensión que nunca se sabe cómo van a acabar.
 Las mujeres no se dejan fotografiar por respeto al marido; los hombres para que no les identifiquen con el yihadismo o el narcotráfico (o porque están en busca y captura); los adolescentes vestidos de latin kings, por chulería; los viejos, por desconfianza; siempre hay algún espontáneo tras una ventana dispuesto a afear la conducta del vecino que habla; o, incluso, a arrojar un ladrillo desde una azotea que caerá a los pies de los periodistas en una callejuela de imposible salida.
Mientras ascendemos por la calle de San Daniel, en la puerta de un taller de tapicería repleto de hombres con barba y aspecto severo, nuestra mirada se cruza con la de Hamed Abderrahman Ahmed, alias Hamido, el único español que estuvo preso en Guantánamo, la cárcel de Estados Unidos para yihadistas posterior a la invasión de Afganistán, donde pasó dos años y medio. Hamido se convirtió en un mito en este barrio
. Y su casa de la calle del Fuerte, en lugar de peregrinación. Era alguien que había escapado del Príncipe, fue a hacer la yihad, la guerra global contra el infiel, y volvió para contarlo. Extraditado, juzgado y absuelto en España por el Tribunal Supremo, sigue siendo una figura que se tiene en cuenta en este barrio. Nuestras miradas se cruzan y, en segundos, desaparece.
Un miembro del Servicio de Información de la Guardia Civil asegura que a finales de los noventa, cada vez que enviaba un informe a Madrid sobre los peligros del yihadismo en el Príncipe, “se descojonaban” de él.
La única preocupación de la Seguridad del Estado sobre Ceuta era su soberanía nacional; la presión territorial de Marruecos y las actividades de los partidos musulmanes. Exclusivamente. Hasta después de los atentados del 11-M de 2004 no se terminaron de creer que esto era un avispero.
 A partir de entonces se ha invertido en medios de investigación y hay personas muy preparadas investigando el yihadismo, pero lo que hace falta es ganarse a la gente del Príncipe, y eso se hace con inversión, no con policía. ¿Asaltar el barrio para limpiarlo como se ha hecho con las favelas? Ni de broma. Provocaría una batalla campal con muertos”.
Rezo del viernes en la mezquita del Azahar, una de las 14 del Príncipe. En su día, alguna mezquita del barrio fue un punto de captación yihadista. Hoy, según el religioso Laarbi Maateis, todas están controladas. / Bernardo Pérez





 

Lo que España aprendió del ébola o está aprendiendo.....................................Pilar Álvarez / Elena G. Sevillano

La crisis ha obligado al Gobierno a revisar prácticas sanitarias o de información.

Es un examen que nadie pensó que hubiera que pasar.
 El contagio de una auxiliar de enfermería en suelo español por tratar a un misionero repatriado enfermo de ébola puso a prueba al sistema sanitario, y también a las máximas autoridades sanitarias y políticas.
 El fracaso de las segundas ha quedado eclipsado por el éxito de la curación de Teresa Romero.
 Con la mujer fuera de peligro y a punto de ser dada de alta, se ponen en evidencia las rectificaciones que han motivado una crisis del ébola que nadie previó.
Protocolos. Hasta el contagio de la auxiliar, los protocolos internacionales calificaban a los sanitarios que trataban a pacientes de ébola como contactos de bajo riesgo
. Bastaba con que se tomaran la temperatura dos veces al día e informaran en caso de fiebre. Fiebre alta
. Romero llamó, pero como no superaba el umbral de los 38,6 grados —quizá porque estaba tomando paracetamol, un antitérmico—, el protocolo no se activó hasta que la enfermedad se manifestó con todos los síntomas y, por consiguiente, el riesgo de contagio.
 El protocolo se modificó
. Todos los contactos directos de pacientes con ébola, entre ellos los sanitarios, pasan a ser considerados de alto riesgo.
 El umbral de fiebre para definir un caso como sospechoso pasa a 37,7 grados.
Centro especializado. El hospital Carlos III tuvo que adecuarse en apenas unas horas para recibir al primer misionero repatriado, Miguel Pajares, en agosto.
 La sexta planta, con habitaciones especiales de aislamiento, llevaba meses cerrada porque la Comunidad de Madrid había desmantelado este antiguo centro de referencia de enfermedades infecciosas para convertirlo en una suerte de geriátrico para pacientes con largas estancias.
Tras la muerte del segundo misionero, Manuel García Viejo, el consejero de Sanidad madrileño anunció que el Carlos III no volvería a atender un caso de ébola porque estaba previsto llevarlos al hospital militar Gómez Ulla. Sin embargo, cuando Romero se contagió, fue trasladada al Carlos III, como todos sus contactos de alto riesgo.
 En plena crisis, la Comunidad no solo cambió su discurso —el presidente regional admitió que si el Gobierno lo pedía, y lo pagaba, dejaría este hospital como centro de infecciosos—, sino que hizo obras de urgencia para crear mejores habitaciones de aislamiento.
 El futuro del centro sigue en el aire.

Con un ojo puesto en África

Han pasado siete meses desde que la Organización Mundial de la Salud decretó la alerta por ébola en marzo
. Y casi tres desde la repatriación del primero de los dos misioneros fallecidos por el virus en España, Miguel Pajares.
 El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, dijo el viernes que además de tomar medidas en países occidentales es necesario “atacar el problema” en África occidental.
 Añadió que el ébola “tiene un impacto directo en la economía y en la seguridad de nuestros vecinos africanos”.
Médicos Sin Fronteras solicitó también el viernes un impulso a los tratamientos y vacunas para los profesionales que trabajan en África con “más inversión e incentivos” a la investigación, el desarrollo y la producción, según señaló el director médico de la ONG, Bertrand Draguez, en declaraciones recogidas por la agencia Europa Press.
La orden de San Juan de Dios, a la que pertenecían los dos misioneros españoles fallecidos por el virus del ébola, lleva desde agosto preparando la reapertura del hospital San José de Monrovia (Liberia), donde se contagió Pajares.
 “Queremos reforzar el equipo con personal sanitario experto en enfermedades infecciosas y técnicamente preparados para afrontar el ébola”, explica un alto representante de la orden.
 “La situación sanitaria de estos países es dramática, la gente muere de parto, de malaria, de patologías banales, sin que haya suficientes estructuras sanitarias abiertas.
Pero hay que prevenir por todos los medios nuevos contagios antes de reabrir

Equipos de protección. El médico de urgencias del hospital de Alcorcón Juan Manuel Parra trató durante horas a Romero, ya enferma, con un EPI (equipo de protección individual) corto de mangas. Tras conocerse el contagio de la auxiliar, todos los hospitales solicitaron buzos adecuados
. A muchos no se les han podido servir las cantidades solicitadas por problemas de suministro. Incluso en el Carlos III, donde los profesionales médicos —no así los de enfermería, cuyo Consejo General ha criticado su calidad— aseguran que el equipo siempre cumplió los estándares de bioseguridad, se mejoraron partes del traje, como las calzas.

Formación. “Dos personas en un escenario se ponían los trajes mientras el resto mirábamos desde el patio de butacas”.
 Así explicó —el 7 de octubre, un día después del ingreso de Romero— cómo era el curso de formación el representante del sindicato Satse en el Carlos III, Juan José Cano. Duró “20 minutos” y no hubo simulacros. El 15 de octubre, con la crisis abierta, se “reforzó el entrenamiento” de los profesionales del Carlos III que ya tenían formación previa, según Cristóbal Belda, director de la Escuela Nacional de Sanidad. Duraban seis horas, de las que dedicaron cinco a “ponerse y quitarse” el traje. Lo hicieron 369 personas, con ayuda de personal sanitario militar.
El 19 de octubre comenzó un segundo curso, aún en marcha, abierto a las autonomías y organismos como Salvamento Marítimo. Es formación para formadores. Duran tres días y tienen un 65% de contenido “práctico”, según Belda. Durante 13 horas, los alumnos se visten y desvisten. Permanecen hasta una hora y 40 minutos con el traje puesto. “Cuando se sienten cómodos, pueden trabajar con el traje más de una hora; los primeros días apenas aguantan 10 minutos”, añade Belda. Lo han hecho 110 personas.
 
Comunicación. Los máximos responsables de la crisis han mostrado un perfil público que, en el caso de la ministra Ana Mato, no ha contribuido a generar confianza y, en el del consejero de Sanidad, Javier Rodríguez, ha indignado a muchos.
Sus perlas: “No tengo ningún apego al cargo, soy médico y tengo la vida resuelta”.
 “Para explicar a uno cómo quitarse o ponerse un traje no hace falta un máster”. “Tan mal no debía estar para ir a la peluquería”.
La ministra protagonizó una primera rueda de prensa sin información
. Fue relegada a un segundo plano cinco días después, cuando el Gobierno creó un comité de crisis que incluía un equipo científico.
 Para entonces, la psicosis estaba instalada entre muchos sanitarios y vecinos de Alcorcón
. El Gobierno trató de comunicar mejor: creó una web, una cuenta de Twitter y dio ruedas de prensa en las que hablaban técnicos.
 Rectificó, aunque sin alcanzar la transparencia prometida.

 

Las cuatro castas de la visa ‘business’.......................................................................... José Manuel Romero

El límite de las tarjetas de Caja Madrid osciló entre los 2.500 euros mensuales para consejeros sin poder y los 12.000 que podían gastar Rato y sus directivos.

Visa oro o visa plata para cuatro castas: consejeros, vicepresidentes, controladores y ejecutivos
. Las tarjetas opacas de Caja Madrid, con las que 83 consejeros y directivos de la entidad hicieron gastos indebidos y sin control entre 1999 y 2012, se diferenciaban entre sí por los límites de gasto mensual.
 Los consejeros de la base, la inmensa mayoría, podían gastar 2.500 euros al mes; los miembros de la comisión de control, 3.400; los vicepresidentes, 3.700 y los presidentes, de 6.000 en adelante
.Estas cantidades sufrieron cambios sustanciales cuando Miguel Blesa dejó la presidencia tras 14 años de mandato y le sustituyó Rodrigo Rato
. Entonces, los nuevos consejeros de la base que se incorporaron a Caja Madrid recibieron tarjetas con un límite de 6.000 euros mensuales (el doble que las que tenían los que continuaron).
El presidente y sus directivos se pusieron un tope de 12.000 euros.
Los contratos de las tarjetas, firmados por sus titulares, señalan el límite de gasto mensual y están incorporados al sumario abierto en la Audiencia Nacional
. El juez Fernando Andreu, instructor de la causa, ha imputado a los dos últimos presidentes de Caja Madrid, Rodrigo Rato y Miguel Blesa, por supuesta administración desleal y apropiación indebida.
Rato ha depositado un aval bancario de tres millones de euros por la fianza civil que le impuso el magistrado
; Blesa no logró reunir los 16 millones de fianza que fijó el juez y todo su patrimonio será embargado.
La evolución en el tiempo de esos contratos muestran subidas difícilmente justificables en función del coste de la vida y reflejan diferencias de trato sólo explicables en función del poder interno que atesoraba cada miembro de los órganos de Gobierno de Caja Madrid.
Una misma tarjeta, cinco límites. 
Miguel Blesa llegó a la presidencia de Caja Madrid en 1996 aupado por IU y CC OO, que con sus votos le dieron una mayoría más que suficiente para gobernar la entidad financiera
. En aquellos años, los consejeros disfrutaban de una visa con la que podían cargar hasta 900 euros al mes en gastos de representación.
 Blesa subió la cantidad a 1.300 euros hasta 2003.
 Ese año estuvo a un paso de perder el primer sillón de Caja Madrid pero lo mantuvo gracias, de nuevo, al voto dividido de IU y Comisiones Obreras.
Los consejeros de entonces firmaron nuevos contratos de sus tarjetas con un límite mensual de 2.500 euros (una subida del 90% respecto a 2002).
 Los vicepresidentes (uno del PSOE, uno del PP y uno de IU) podían cargar 3.700 euros al mes a las tarjetas. Los miembros de la comisión de control, que velaban por la legalidad de los actos y decisiones del consejo de administración, tenían asignado un límite de gasto de 3.400 euros mensuales.
Cuando el ex secretario de Estado Estanislao Rodríguez Ponga llegó en 2006 al consejo de administración de la mano del PP y fue colocado en una de las vicepresidencias, le correspondió una tarjeta con 5.500 euros (un 30% superior a la que tenían otros vicepresidentes).
Estos límites saltaron por los aires cuando Rato accedió a la presidencia de Caja Madrid pese a que los tiempos de su mandato recomendaban austeridad porque la crisis amenazaba la estabilidad financiera de España.
 Los nuevos consejeros que entraron con Rato en la entidad financiera recibieron una visa con 6.000 euros de límite mensual de gasto
. El nuevo presidente y sus directivos disfrutaron de tarjetas donde podían cargar gastos de hasta 12.000 euros al mes.
Las tarjetas sirvieron para costear actividades de representación relacionadas con la actividad de Caja Madrid y para otros muchos gastos particulares (regalos, ordenadores, ropa, juguetes, alimentos…).
Rato no fue capaz de explicar al juez quién limitaba el gasto de las tarjetas, tan sólo señaló que existían desde los años noventa “y formaban parte del concepto retributivo que Caja Madrid tenía para consejeros y sus directivos”
. Si era una retribución, la mayoría de los consejeros decidió bajarse el sueldo porque el repaso al consumo anual de las tarjetas en la mayoría de los casos demuestra que nunca llegaron a gastar ni las dos terceras partes del límite impuesto.
“El señor Barcoj me dijo los límites, yo no los revisé”, contó Rato al juez.
Pero el señor Barcoj, Ildefonso, director financiero de Caja Madrid, declaró antes al magistrado que los límites los decidían los presidentes de la entidad.

Gastos para todos los gustos políticos

La Agencia Tributaria ha llamado a la mitad de los 83 consejeros que disfrutaron de una visa gratis con cargo a Caja Madrid para comprobar si los pagos cargados a esa cuenta de la entidad financiera se corresponden con lo que fiscalmente se entiende como gastos de representación, que desgravan a la empresa que los justifica
. Examinará cada cargo de las tarjetas de los consejeros que mantenían su puesto en Caja Madrid entre 2010 y 2012, años no prescritos sobre los que Hacienda puede exigir una nueva liquidación del IRPF.
Cuando EL PAÍS reveló por primera vez la existencia de tarjetas de crédito para el gasto de los consejeros, en 1999, Ricardo Romero de Tejada, entonces alcalde de Majadahonda, admitió que utilizaba el privilegiado plástico para comidas institucionales de su Ayuntamiento y así evitar un gasto a las arcas municipales.
 De las miles de comidas que financió Caja Madrid con las tarjetas opacas entre 1999 y 2012, el periodo que ahora está bajo sospecha, hay un porcentaje muy elevado relacionado con actividades de los partidos políticos, organizaciones empresariales y sindicales, que tenían uno o varios puestos en el consejo de administración de la caja.
Tras la causa judicial abierta por las visas opacas, los exconsejeros (sindicalistas, empresarios y políticos) o han dimitido o han sido expulsados de sus organizaciones.
 Guardan silencio en público, aunque en privado algunos recuerdan usos de las tarjetas “políticamente incorrectos”.
 “Quienes ahora, como líderes de sus organizaciones, descalifican a los exconsejeros para mostrarse como titanes contra la corrupción, antes conocieron, consintieron y disfrutaron comidas pagadas con la tarjeta donde se trataron asuntos sin relación con la actividad de la caja”, señala un veterano miembro del consejo de administración.

 

¿Y qué dice el otro?................................................................. Juan Cruz

Parece que periodista es aquel que se refiere a la realidad sin preguntar mucho por ella.

En el obituario que publicó EL PAÍS sobre Ben Bradlee, “el gigante del periodismo” que nos acaba de dejar, Francisco G. Basterra recuerda cómo se construyó la informacíón que dio al traste con la presidencia de Nixon, aquel mentiroso
. Fue porque unos periodistas ahora tan legendarios como aquel director del Washington Post indagaron hasta la extenuación sobre lo que había ocurrido, y al final publicaron datos incontestables sobre lo que en principio parecía “un robo de cuarta por cacos de segunda división”.
Como indica Basterra, ese supuesto profesional que puso en marcha Bradlee, adoctrinando a sus jóvenes discípulos, es tan viejo como el mundo, o al menos tan viejo como el periodismo. Preguntaron a partir de dudas razonables, y preguntaron a unos y a otros, varias veces, sin quedarse con la primera respuesta.
Sobre todo preguntaron sin acariciar la respuesta que más les gustara, en contra de ese dicho tan habitual en el oficio: no es cómodo que la realidad te reviente “un buen titular”.
Eso que parece tan viejo como andar, de acuerdo con Basterra, está ahora en entredicho o en retirada, pues parece que periodista es aquel que se refiere a la realidad sin preguntar mucho por ella, para fabricarla según su imagen predeterminada.
 Algunos culpan, y quizá tienen razón, a las redes sociales y a su perversa inmediatez de esta situación en la que preguntar si algo es cierto o no ya no se estila tanto como querían Ben Bradlee y otros apóstoles del periodismo.
 Pero, como siempre, la culpa no es de los soportes, sino de los periodistas, a los que nos vencen la desidia profesional o la comodidad.
Los periodistas nos hacemos eco de investigaciones, sin preguntarnos si los otros implicados en el resultado de tales indagaciones han sido consultados
En función de esa actitud, que no es insólita y que se advierte cada día, informamos de personas, públicas o privadas, de instituciones, públicas o privadas, y, en definitiva, de seres vivos como si se hubieran muerto
. Es decir: aunque los tengas a tiro de teléfono (o a tiro, simplemente), no los llamas para saber si es cierto lo que les vas a atribuir
. Como es muy probable que te lo desmientan, si es delicado o va contra ellos, el periodista suele hacer caso omiso de esa segunda o tercera llamada, y ya ni siquiera se atribuye el valor, tan antiguo, repito, como el periodismo, de confirmar un hecho o una palabra.
 Ocurre también en las investigaciones, supuestas o reales, que se presentan como el resultado de una indagación incontestable.
 Como es incontestable, y además se presenta así, los periodistas luego nos hacemos eco, sin preguntarnos si los otros implicados en el resultado de tales indagaciones han sido consultados o no sobre las delicadas (o no) cuestiones que se les atribuyen.
Repito que esta situación no es atribuible a la urgencia a la que nos han convocado las redes sociales, sino que proviene de la propia naturaleza humana, que siempre espera (hasta que a uno mismo le toca el infundio) que el descrédito caiga como el plomo sobre la cabeza del vecino
. Digamos que el cotilleo nacional, que ha hecho un ruido enorme desde siempre, a veces con consecuencias nefastas, cuenta con el beneplácito de los que escribimos en los medios, más proclives a dar por buena la sospecha que la razonable comprobación de los hechos.
 ¿Para qué comprobar si ya nos gusta cómo ha quedado despellejado el sujeto?
 Pues ya verás cuando te toque a ti, tío.