Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

18 may 2014

Letizia, un princesa sin guion

Cambió de oficio hace diez años para asumir una función que carecía de instrucciones. El aprendizaje no ha sido fácil.

Por    

La princesa Letizia en 2012 en Asturias. / Carlos R. Álvarez (Wirelmage)
A la Princesa no le importa confesar que ella y su marido tienen caracteres dispares. Don Felipe tiende a la calma, la reflexión, la moderación y el equilibrio; nunca dice una palabra que no deba; rara vez pierde los nervios y se toma el tiempo que sea necesario antes de tomar una decisión. Le cuesta lanzarse. Toda su vida ha sido un estricto, solitario y minucioso aprendizaje diseñado a conciencia por otros, que culminará cuando ocupe la Jefatura del Estado: el oficio de la familia desde hace cinco siglos. Ella, por el contrario, es hiperactiva, expansiva, impaciente, apasionada, espontánea y dura de pelar. Más de altibajos. Para ganársela hay que convencerla. Y no siempre es fácil. Es capaz de soltar un taco con la maestría borbónica de su suegro. Proyecta frescura y cercanía. Su andadura vital, muy de clase media, de ascensor social, ha estado marcada por la normalidad y el esfuerzo. Por eso cree profundamente en la meritocracia por encima de la política de cuotas: es el resumen de su propia biografía. Letizia ha luchado; se ha pateado la calle, viajado en autobús hasta el extrarradio, estudiado en colegios públicos; conoce la olla a presión de la universidad y los sinsabores del mercado laboral; la separación de sus padres y un divorcio en su anterior existencia. Y, al final, el triunfo profesional. Felipe ha contemplado desde niño a los poderosos del planeta sentados en el salón de casa. Ella presenció el golpe del 23 de febrero por televisión en el pisito ovetense de los Ortiz Rocasolano; él pasó toda aquella negra noche en el Palacio de la Zarzuela junto su padre, el Rey.
Doña Letizia aclara que esa disparidad de orígenes y talantes ha sido positiva y que propicia que ambos se complementen a la perfección en el terreno profesional (en su papel de futuros reyes) y como pareja. Cada uno cumple su papel; cada uno aporta lo que domina. Y el cóctel funciona; las piezas encajan. Ambos aman la vida y sus pequeños placeres. Hoy, diez años después de su boda, son socios, cómplices y compañeros de viaje en un oficio que solo ellos conocen; difícil de explicar; basado en la absoluta ejemplaridad, utilidad, austeridad, principios y discreción de una familia y en el hecho de que el material sensible del Estado del que son receptores no podrá jamás traspasar los muros de piedra de su casa, colgada sobre las 16.000 hectáreas del Monte de El Pardo, entre escoltas, ciervos y encinas. Un hogar en el que piensan continuar en el futuro. Porque lo han construido ellos.
Más allá de su distinto origen y formación; de sus diferentes gustos, amistades, estilo y método de enfrentarse a la vida, hay un espíritu que comparten de perfeccionismo y autoexigencia; una profunda admiración mutua (en cualquier conversación, ella prefiere hablar más del Príncipe, al que define como una persona honesta, que vale la pena y está haciendo un trabajo impecable por su país, que de sí misma) y un proyecto común que decidieron sin intromisiones de nadie. Y del que la piedra angular era construir una familia normal (su burbuja a la que rara vez acceden los adustos funcionarios de la Casa de Su Majestad el Rey) y conseguir que sus hijas, al margen de las funciones institucionales a las que iban a estar llamadas en el futuro (especialmente la infanta Leonor, la segunda en la línea de sucesión), crecieran como unas niñas felices y ajenas al espectáculo mediático que aún sigue provocando la monarquía (quizá porque esa luminaria forma parte de su esencia y capacidad de atracción). Y que sigue proporcionando oxígeno económico a muchos medios de comunicación; incluso entre los que se definen como serios. Una portada con Letizia vende. Un cotilleo, mucho más. Una imagen comprometida haría rico a un paparazzi.
Según la Princesa, lo han logrado. Son una familia feliz. Han superado esa primera prueba. La pareja trae y lleva a sus hijas al colegio, a 10 minutos de su casa. Y la madre se pelea con las hijas porque destrozan a diario un par de leotardos. Leonor y Sofía están creciendo alegres, estudiando en el mismo colegio en que lo hizo su padre y contemplan con naturalidad lo que ocurre a su alrededor. Lo demostraron el pasado 2 de mayo, cuando asistieron junto a sus padres a la ceremonia de las bodas de plata de la graduación de don Felipe en la Academia General del Aire: una celebración emocionante para los oficiales de los tres Ejércitos y donde participan sus familias e hijos en un ambiente relajado. Era su primer acto oficial. Y lo aprobaron sin fisuras inclinando la cabeza como ordena el ceremonial ante la bandera bajo un sol de justicia levantino. Un gesto que se habían preparado en casa de la mano del general Emilio Tomé, de 61 años, uno de los hombres de confianza del Príncipe desde 1985. Hoy, según una persona del entorno inmediato de la pareja, la escena que mejor describe la vida de los Príncipes de Asturias cuando cae la tarde es: “Baños, cenas, cuentos, mimos, besos, duérmete yaaaa, apaga la luz, hasta mañana”.
Doña Letizia suele recalcar con guasa que Leonor y Sofía han nacido dentro del oficio. Ella llegó a los 31 años
Doña Letizia suele recalcar con guasa que Leonor y Sofía lo han tenido más fácil que ella: han nacido dentro del oficio, lo ven con naturalidad, no les causa ninguna sorpresa que su abuelo sea el Rey. Ella aterrizó en ese mundo a los 31 años. Ella tuvo otra vida. Quizá por eso, a la hora de protegerlas y evitar su excesiva exposición pública, el Príncipe esté permanentemente en guardia. Nadie sabe mejor que él lo que supone ser un niño diferente, observado por todos, rodeado de adultos, silencioso, sujeto a la adulación y los usos cortesanos, siempre a la sombra de un padre triunfador: el hombre que devolvió la democracia a los españoles. Don Felipe no quiere que esa historia se repita con sus hijas. Son lo más importante para él. Como dijo el día de su boda, en unas palabras absolutamente personales y sin el visado (como es preceptivo) del Gobierno: “Aspiramos a fundar una familia. Y queremos alcanzar el necesario equilibrio entre lo público y lo privado, entre las obligaciones —que lo son de por vida— y la legítima y necesaria vida familiar; sabiendo que nuestro trabajo requiere una serenidad, una dedicación, una constancia y una mesura tales que permitan hilar el tiempo político con el tiempo humano”.
Aquel gris 22 de mayo de 2004, tras abandonar la catedral de Nuestra Señora de La Almudena bajo una cortina de lluvia, Felipe y Letizia no lo tenían fácil. Una persona de su entorno reflexiona sobre el estado de ánimo de la nueva Princesa de Asturias en aquellos primeros días: “Ser libre y anónima es algo que (casi) nadie entiende porque nadie lo ha perdido. No ser libre, estar permanentemente cuestionada, vigilada, no poder trabajar en lo que era una vocación, es algo que también es difícil de comprender porque a (casi) nadie le ha pasado eso todo junto. Y seguramente esa situación no despierte mucha empatía en la gente, porque es incomprensible e inimaginable, pero Letizia se metió en ese lío exclusivamente por amor”.
Letizia Ortiz, en 2003, como presentadora de telediarios.
Para continuar, no existía un libro de instrucciones sobre la misión de la nueva Princesa como no la había tampoco de su marido; no había tradición, experiencia, costumbre ni precedentes. La monarquía había sido instaurada democráticamente en España tras la aprobación de la Constitución de 1978, pero en su funcionamiento y el perfil de sus miembros colaterales todo estaba por hacer. La nueva monarquía española recogía retazos de las tradiciones y liturgias del pasado (como el mando supremo de las Fuerzas Armadas por parte del Rey), pero partía de cero en todo lo demás. Sus precedentes inmediatos remitían a antes de la Guerra Civil. La institución no había experimentado la puesta al día de las monarquías europeas tras la II Guerra Mundial, que, para sobrevivir, se habían bajado del trono, aburguesado, mezclado con los ciudadanos y hecho más transparentes, austeras y útiles. Los usos de la Corona española en los siglos XIX y XX no servían por tanto de guía.
Todos los ojos estaban fijos en los Príncipes de Asturias. Pronto se convirtieron en el centro de atención. En especial la recién llegada. Se les exigía mucho, pero nadie (ni siquiera el Gobierno) sabía muy bien el qué ni el cómo. Felipe, Letizia y su pequeño equipo inmediato (apenas media docena de personas al frente de las que estaba Jaime Alfonsín, un abogado del Estado que se acerca a los 60 años) tenían que llenar de contenido esa misión no escrita. La Constitución no decía nada al respecto. Tampoco existía un estatuto o ley orgánica que marcara el camino. El horizonte profesional/vital de los Príncipes era tan etéreo como el que se concentra en estas dos frases que se repetían continuamente para explicar su trabajo: “Servir a España” y “ser un símbolo”. ¿En qué consistían esos postulados tan pomposos? (como todo el lenguaje que rodea a la monarquía). La pareja lo tradujo en ser los empleados de un servicio público (según define el Príncipe), sin horarios ni vacaciones, y donde hay que estar siempre dispuesto a dar lo mejor de uno mismo (esfuerzo, ejemplo, solidaridad, influencia, capacidad de representación) a través de las pequeñas y grandes acciones de la vida; de los actos públicos y de los privados, para que el país y sus ciudadanos se beneficien a corto o medio plazo de ese trabajo. Para conseguir un Estado más próspero y cohesionado. Para elevar el prestigio internacional. Para ser un paño de lágrimas de los que sufren, ya sea la madre de un niño con una enfermedad incurable o unos ancianos españoles en una recepción en algún rincón recóndito del mundo.
En su boda, el 22 de mayo de 2004. / Ricardo Gutiérrez
“Ser un símbolo”. “Servir a España”. Dos ideas que el Príncipe llevaba programado en sus genes pero que la Princesa debía metabolizar a toda prisa. Lo hizo.
 El resultado es un trabajo hecho a conciencia por la pareja, pero repleto de intangibles; difícil de traducir en hechos inmediatos, pero que se puede adivinar en aspectos concretos, como dar una imagen de estabilidad institucional del país, representarle dignamente en el exterior (estableciendo incluso relaciones especiales con Latinoamérica, Oriente Medio y sus primos de las otras monarquías), abrir puertas, crear un ambiente propicio para atraer inversiones y turistas, proporcionar voz y visibilidad a los que no la tienen e impulsar la excelencia, la lengua y la cultura.
 No hay que olvidar que la Corona es uno de los elementos más reconocibles y prestigiosos de la marca España; un poderoso símbolo visual muy reconocible fuera de nuestras fronteras.
 Y todo envuelto en algunas cuestiones (nuevas en el marco de la monarquía) que preocupan al Príncipe, como son la transparencia y los principios éticos de la institución.
 Cuando presentó su Fundación Príncipe de Girona, en diciembre de 2011, la definió como “honesta y transparente”; no daba puntadas sin hilo: con esa reflexión se colocaba en las antípodas del Instituto Nóos, de su cuñado, Iñaki Urdangarín, cuya sede social en Barcelona había sido registrada por la policía unos días antes.
Ese es su trabajo. Lo llevan a cabo sin red ni guion. Cuando sea Rey, cuando asuma la Jefatura del Estado, Felipe de Borbón añadirá a esa etérea retahíla las amplias funciones constitucionales inherentes a su posición; no así ella, ya que la Constitución deja claro en su artículo 58:
 “La Reina consorte o el consorte de la Reina no podrán asumir funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia”.
 Él será el jefe del Estado y ella, su consorte; su complemento y una pieza clave en la representación de la institución y de la Nación. Puede ser mucho. Depende de ella.
 Así lo ha hecho la Reina Sofía durante casi 40 años, hasta tener una capacidad de influencia y visibilidad dentro y fuera de la institución y dentro de la maquinaria de la Zarzuela, muy superior a su condición de reina consorte.
Hoy, la Reina alcanza junto al Príncipe las mejores calificaciones de popularidad en las encuestas bisemanales que encarga la Casa. En un escalón inferior está el Rey. Doña Letizia es la peor valorada, aunque aprueba. La Princesa no termina de sintonizar con la opinión pública.
El Príncipe y la Reina son los más populares en las encuestas. La Princesa aprueba, pero es la peor calificada
Una de las primeras normas de Letizia cuando llegó al Palacio de la Zarzuela como Princesa en mayo de 2004 fue no entrar en el territorio de la Reina. Doña Sofía, a través de su fundación y también de sus propios intereses vitales, alcanzaba ámbitos tan dispares como la enfermedad de Alzheimer, la música clásica, la cooperación internacional o los microcréditos. Letizia tenía que encontrar su sitio. Sin hacer sombra a nadie. Como el Príncipe. A ellos les tocaba esperar.
Lo primero fue conocer la Casa. Con bloc y bolígrafo Letizia recorrió durante semanas cada una de las once dependencias básicas de la estructura de La Zarzuela, desde Seguridad a Comunicación pasando por Protocolo y el Gabinete de Planificación; también conoció a los 11 hombres (no hay mujeres en los puestos ejecutivos) a cargo de la nave bajo la autoridad férrea del Rey (que constitucionalmente nombra y releva sin dar cuentas a nadie a sus colaboradores). Su media de edad es de 60 años, tres son diplomáticos, otros tres, militares; el resto, dos oficiales de la Guardia Civil, un abogado del Estado y un interventor del Estado. La mayoría ha hecho toda su carrera en la Casa. Letizia era la última en llegar. Algunas personas del microcosmos de la Zarzuela no la tratarían bien. Tomó nota.
En 2005 y 2007 Doña Letizia aseguró con dos hijas la sucesión al trono. Cumplió con la institución. Y comenzó a reflexionar sobre cuáles eran los nichos (como ella los define) en donde podría centrarse y ser más útil. Hoy, los ha encontrado en el entorno de la educación, la innovación, las enfermedades raras y la que en los últimos tiempos consume en gran parte las energías, la nutrición, un asunto en el que colabora con la Organización Mundial de la Salud y la FAO, a cuyas reuniones de trabajo asiste en Ginebra. A su lado, como apoyo, los 150 miembros de la Casa, pero, especialmente, José Manuel Zuleta, de 53 años, aristócrata y coronel de caballería, con el que curiosamente ha logrado entenderse a la perfección y hoy es uno de sus incondicionales. Zuleta (que trabaja en Zarzuela desde hace casi 30 años) solo se lamenta que el trabajo de la Princesa no sea más conocido y reconocido por la opinión pública. Y que siempre parezca más importante lo que lleva puesto que lo que hace. En el entorno inmediato de ella se lanza esta reflexión: “Su condición femenina parece que solo es relevante cuando se convierte en un valor comercial para los medios de comunicación que utilizan esa imagen. Todo eso pervierte por completo la labor institucional que desarrolla.
En el responso de su hermana Erika, en 2007. / Víctor Lerena (Efe)
Letizia comenzó a contar con su propia agenda en 2007
. Desde su llegada a La Zarzuela, ha asistido a 190 actos oficiales en solitario y ha tenido 107 audiencias en las que se ha reunido con más de 2.000 personas, a los que hay que sumar los 1.516 que ha compartido con el Príncipe y las 248 que han recibido juntos
. A esa actividad hay que sumar 73 viajes a 38 países.
Sin embargo, la gran tarea de los Príncipes empezaría a partir del accidente del Rey en Botsuana, en abril de 2012, y las sucesivas operaciones quirúrgicas que llegaron a continuación, nueve en tres años
. Un espacio de tiempo en el que asumieron (intentando no hacer sombra al Monarca, que es el único que posee todas las potestades constitucionales de forma indelegable) en muchas ocasiones la representación del Estado.
Fueron tiempos convulsos para la monarquía española, marcados por las desavenencias dentro de la Familia Real y, en concreto, por el caso Urdangarin, que condujo a declarar como imputada por primera vez en la historia a una hija del Rey, la infanta Cristina, hermana de su marido y en los comienzos de la relación entre los Príncipes, fiel aliada de Letizia.
 Esos tiempos de camaradería han quedado muy lejos.
 El 8 de febrero de este año, doña Cristina viajaba a Palma y se sentaba en el banquillo ante el juez José Castro.
 Esa misma noche, a su vuelta a Madrid, la Infanta se reunió con toda su familia, en el Palacio de la Zarzuela, para darles cuenta de lo sucedido.
 En ese grupo no estaba la Princesa; tampoco en la cena posterior, en la que solo participaron la Reina y sus dos hijas, Elena y Cristina
. Según fuentes de la Zarzuela, “la Princesa nunca ha perdonado a sus cuñados cómo han puesto en peligro a la institución y a la propia posición de su marido. Al Príncipe le da pena su hermana, sabe que lo está pasando mal y es un sentimental y la Reina tira mucho en ese sentido de mantener a la familia unida contra viento y marea; sí, el Príncipe estuvo en esa reunión familiar de febrero, pero fue una excepción.
 Los Príncipes se han negado rotundamente a aparecer a su lado.
 No lo han hecho en público ni tampoco en privado.
El Príncipe nunca supo de los negocios de su cuñado.
 Una actuación que va en contra de toda su visión ética del mundo y de cómo ve el futuro de la monarquía, que si quiere perdurar tiene que ser útil e intachable”.
La monarquía de Felipe y Letizia será distinta.
Con una estructura más pequeña, moderna, abierta y transparente.
Y sin preferencias del varón sobre la mujer para acceder al trono.
 El Príncipe no lo oculta.
 En otras de sus palabras, estas en Barcelona, en 2011, expresaba esa idea: “Quiero hacer realidad mi deseo firme y permanente de adaptar y de adecuar la institución a los tiempos que vivimos en cada momento, impulsando un proyecto que une nuestra historia con el futuro, que engarza nuestra tradición a un espíritu de vanguardia y progreso”.

   

La voz del descontento europeo................................................................................. Ana Carbajosa


El líder del Partido para la Libertad (PVV), el holandés Geert Wilders, posa durante la campaña de las europeas. / martijn beekman (efe)

A los populistas les ha llegado la hora de cosechar el descontento que ha echado raíces en Europa.
 A una semana de la primera cita electoral tras la debacle financiera que ha sacudido a la Unión y sus cimientos, las fuerzas euroescépticas se sitúan en una posición privilegiada para sintonizar con una población a cuyas ansiedades y preocupaciones los políticos tradicionales no han sabido dar respuesta.
 El desempleo, la inmigración, las pulsiones nacionalistas frente a la inmensidad del mundo globalizado y la falta de empatía de una élite política ensimismada han sido convenientemente explotadas por el puñado de partidos populistas y euroescépticos, convertidos en las estrellas indiscutibles de las elecciones europeas.
Los partidos populistas podrían obtener en torno a un cuarto de los escaños de la Eurocámara
. Las predicciones varían enormemente según a qué partidos se incluya en el heterogéneo saco euroescéptico, pero todos los sondeos anuncian un crecimiento desbocado de estas formaciones protesta
. En Reino Unido (UKIP), en Holanda (Partido de la Libertad) y en Francia (Frente Nacional) encabezan por ejemplo las encuestas, mientras que países como España o Portugal constituyen la excepción al no existir este tipo de fenómeno.
 Su mejunje ideológico, envuelto en una retórica chillona y pegadiza, ha prendido en casi toda Europa.
Un puñado de grupos explotan el paro, la inmigración y el nacionalismo
Las razones que explican su éxito varían de un país a otro, pero pese a las enormes diferencias, hay hilos conductores, que permiten englobar a estos partidos —la mayoría de extrema derecha, alguno de izquierdas— y aspirar a traducir los resultados en un grupo político paneuropeo.
 Quieren frenar la llegada de inmigrantes y refugiados a Europa.
 Quieren que Bruselas devuelva competencias y que los países miembros sean soberanos para decidir su política económica y monetaria
. Quieren, sobre todo, erradicar la corrección política que se respira en el ecosistema bruselense y que en ocasiones interfiere con los usos y costumbres nacionales
. Quieren que los políticos que han llevado a Europa al desastre se vayan.
Fuente: Eurobarómetro. / EL PAÍS
Puede que la crisis financiera haya sido un catalizador en muchos países, pero no basta para explicar un fenómeno que seduce a izquierda y derecha
. “La gente padece el llamado síndrome Tina [acrónimo de ‘no hay alternativa’ por sus siglas en inglés].
 En el norte de Europa les dijeron que o rescataban al sur o el euro se hundía.
 En el sur, que o se ajustaban a la austeridad o colapsaban
. La incapacidad de los políticos para ofrecer soluciones alternativas ha sublevado a los europeos”, interpreta Janis A. Emmanouilidis, director de estudios del think tank bruselense European Policy Centre.
"La incapacidad de dar soluciones subleva a la gente", dice un experto
Los partidos tradicionales temen a los populistas porque son conscientes de su tirón al tiempo que tratan de emularles, porque saben que sus programas reflejan las preocupaciones de millones de europeos.
 Por último, se han empleado a fondo en las últimas semanas en utilizar el desembarco populista como arma asustadiza, en un intento desesperado de frenar su sangría de votos.
“Vótenos a nosotros si no quiere que venga el lobo feroz (populista)”, vienen a decir.
El brillo de las estrellas populistas corre, sin embargo, el riesgo de eclipsarse en la Eurocámara cuando pasen las elecciones y llegue la hora de ponerse a trabajar de verdad, de luchar por destrozar la Europa en la que no creen, como han prometido a sus electores
. Primero, porque el resto de los partidos, los europeístas, seguirán dominando el hemiciclo y los populistas no tendrán capacidad de bloquear iniciativas, pero sobre todo, porque las diferencias que dividen entre sí a los partidos populistas son grandes y el peligro de implosión de un futuro bloque euroescéptico, elevado.
Los grandes partidos euroescépticos se esfuerzan por acercar posiciones con el objetivo de crear un grupo en el Parlamento Europeo después de las elecciones.
 Se llamará la Alianza Europea para la Libertad.
Un grupo significa financiación, capacidad para presentar enmiendas, más personal y en definitiva, poder. “Vamos a ser un número de euroescépticos mayor que nunca.
 Sería antidemocrático ignorar nuestras posiciones”, advierte Philip Claeys, eurodiputado del Vlaams Belang, el partido de extrema derecha belga. Claeys explica que además de su partido, los Demócratas Suecos, el Frente Nacional francés, el Partido por la Libertad de Geert Wilders y el Partido de la Libertad de Austria ya se han puesto de acuerdo para sumar fuerzas y que además están en conversaciones con otros posibles socios europeos, entre ellos la Liga Norte italiana.
Partidos como el de Le Pen en Francia marcan la agenda de sus países
Juntos o por separado, el ascenso del euroescepticismo y de la extrema derecha propiciará casi con certeza una sacudida del Parlamento Europeo tras las elecciones
. Porque aunque la mayoría de la Eurocámara siga siendo proeuropea y centrista y los partidos protesta por sí solos no podrán bloquear iniciativas, se producirán cambios tal vez más sutiles, pero de enorme calado.
“La presencia populista forzará a los grandes partidos no sólo a rebajar sus planes de integración europea por ejemplo en temas de inmigración, sino que sobre todo se sentirán forzados a cooperar más entre ellos”, reflexiona Pavel Pawel Swidlicki, del centro de pensamiento británico Open Europe.
El voto unísono de los partidos mayoritarios es precisamente uno de los puntos débiles de un Parlamento Europeo acusado, como otras instituciones comunitarias, de ignorar las inquietudes de los votantes.
 En el periodo entre 2009 y 2014 por ejemplo, socialistas y conservadores votaron en la misma dirección en el 70% de las veces en las sesiones plenarias, según los datos de VoteWatch Europe, una organización que vigila la Cámara.
Los socialistas y los conservadores votaron igual el 70% de las veces
“Supone un gran peligro que los grandes partidos defiendan el mismo nivel de integración europea. Especialmente si se unen aún más para bloquear a los antieuropeos
. Eso sólo contribuirá a que los partidos protesta sigan engordando en la oposición, porque parte de la población sentirá que sus inquietudes son de nuevo ignoradas”, concluye Swidlicki.
Más allá de las paredes de la Eurocámara, la tromba populista ejerce un impacto europeo aún más decisivo.
 Partidos como el Frente Nacional francés o el UKIP británico marcan la agenda en sus respectivos países y esa influencia tiene un reflejo directo en el Consejo Europeo, el lugar donde se reúnen los jefes de Estado y de Gobierno para pactar el rumbo de Europa.
“Los euroescépticos han conseguido bloquear la toma de decisiones en el Consejo”, alertaba hace meses Guy Verhfostadt, candidato liberal en estas elecciones.
La ausencia de verdaderas políticas comunes de asilo y de inmigración —las grandes bestias negras de las fuerzas populistas— pese a la fuerte presión migratoria —alentada por la guerra en Siria— supone un gran peligro y es tal vez la prueba más evidente de la inseguridad política y el miedo que mantiene agarrotados a los Ejecutivos europeos.

17 may 2014

Una historia de España (XXIV) Y ya estamos aquí con Felipe II en persona, oigan, heredero del imperio donde no se ponía el sol: Arturo Pérez Reverte

Una historia de España (XXIV)

Y ya estamos aquí con Felipe II en persona, oigan, heredero del imperio donde no se ponía el sol: monarca siniestro para unos y estupendo para otros, según se mire la cosa; aunque, puestos a ser objetivos, o intentarlo, hay que reconocer que la Leyenda Negra, alimentada por los muchos a quienes la poderosa España daba por saco a diestro y siniestro, se cebó en él como si el resto de gobernantes europeos, desde la zorra pelirroja que gobernaba Inglaterra -Isabel I se llamaba, y nos tenía unas ganas horrorosas- hasta los protestantes, el rey gabacho Enrique II, el papa de Roma y demás elementos de cuidado, fuesen monjas de clausura
. Aun así, con sus defectos, que fueron innumerables, y sus virtudes, que no fueron pocas, el pobre Felipe, casero, prudente, más bien tímido, marido y padre con poca suerte, heredero de medio mundo en una época en que no había Internet, ni teléfono, ni siquiera un servicio postal como Dios manda, hizo lo que pudo para gobernar aquel tinglado internacional que, como a cualquiera en su caso, le venía grande. 
Y la verdad (dicha en descargo del fulano) es que lo de ganarse el jornal de rey se le complicó de un modo horroroso durante sus largos cuarenta y dos años de reinado.
 Para ser pacífico, como era de natural, el tío anduvo de bronca en bronca.
 Guerras a lo bestia, para que se hagan ustedes idea, las tuvo con Francia, con Su Santidad, con los Países Bajos, con los moriscos de las Alpujarras, con los ingleses, con los turcos y con la madre que lo parió.
 Todo eso, sin contar disgustos familiares, matrimonios pintorescos -se casó cuatro veces, incluida una inglesa más rara que un perro verde-, un hijo, el infante don Carlos, que le salió majareta y conspirador, y un secretario golfo llamado Antonio Pérez que le jugó la del chino.
 Y encima, para un golpe bueno de verdad que tuvo, que fue heredar Portugal entero (su madre, la guapísima Isabel, era princesa de allí) tras hacer picadillo a los discrepantes en la batalla de Alcántara, Felipe II cometió, si me permiten una opinión personal e intransferible, uno de los mayores errores históricos de este putiferio secular donde malvivimos: en vez de llevarse la capital a Lisboa (antigua y señorial) y cantar fados mirando al Atlántico y a las posesiones de América, que eran el espléndido futuro -calculen lo que sumaron el imperio español y el portugués juntos en una misma monarquía-, nuestro timorato monarca se enrocó en el centro de la Península, en su monasterio-residencia de El Escorial, gastándose el dineral que venía de las posesiones ultramarinas hispanolusas, además de los impuestos con los que sangraba a Castilla en las contiendas antes citadas -Aragón, Cataluña y Valencia, enrocados en sus fueros, no soltaban un duro para guerras ni para nada-, y en pasear a sus embajadores vestidos de negro, arrogantes y soberbios, por una Europa a la que con nuestros tercios, nuestros aliados, nuestras estampitas de vírgenes y santos, nuestra chulería y tal, seguíamos teniendo acojonada. Con lo que, para resumir el asunto, Felipe II nos salió buen funcionario, diestro en papeleo, y en lo personal un pavo con no pocas virtudes: meapilas pero culto, sobrio y poco amigo de lujos personales: es instructivo visitar la modesta habitación de El Escorial donde vivía y despachaba personalmente los asuntos de su inmenso imperio. Pero el marrón que le cayó encima superaba sus fuerzas y habilidad, así que demasiado hizo, el chaval, con ir tirando como pudo.
 De las guerras, que como dije fueron muchas, inútiles, variadas y emocionantes como finales de liga, hablaremos en el siguiente capítulo. Supongo. 
Del resto, lo más destacable es que si como funcionario Felipe era pasable, como economista y administrador fue para correrlo a gorrazos.
 Aparte de fundirse la viruta colonial en pólvora y arcabuces, nos endeudó hasta el prepucio con banqueros alemanes y genoveses.
 Hubo tres bancarrotas que dejaron España a punto de caramelo para el desastre económico y social del siglo siguiente.
 Y mientras la nobleza y el clero, veteranos surfistas sobre cualquier ola, gozaban de exención fiscal por la cara, la necesidad de dinero era tanta que se empezaron a vender títulos nobiliarios, cargos y toda clase de beneficios a quien podía pagarlos.
 Con el detalle de que los compradores, a su vez, los parcelaban y revendían para resarcirse.
 De manera que, poco a poco, entre el rey y la peña que de él medraba fueron montando un sistema nacional de robo y papeleo, o de papeleo para justificar el robo, origen de la infame burocracia que todavía hoy, casi cinco siglos después, nos sigue apretando el cogote. 
[Continuará].

Esta niña soy yo en el Escorial, ya se ve que mi miedo al frio viene de nacimiento, el coche es como los que usaba Bogart y viendo que llevo un bolsito, se explica mi predileción por ellos.
Mi padre me llevaba a ver El Escorial, me contaba, entonces y lo siguió haciendo cada vez que íbamos toda la Historia de FelipeII , me explico la figura De su Secretario Antonio López, y siempre que estudiaba esa parte de la historia me lo incluía, como Las Reinas, el hijo más pallá que pacá, y la figura de La Princesa de ëboli, tb me contaba eso de que muy austero, no era, padecía gota por los excesos banquetes que se daba, y que no hacía mucho caso a sus consejeros, siempre con miedo a una traición, me contaba la Arquitectura del Monasterio del Escorial, por como murió San Lorenzo, una parrilla invertida y asado...
y como el Sol empezaba a ponerse en su imperio, puso ese ladrillo de oro en la fachada,,,,,,más mayor me contaba la Casita del Príncipe, llena de preciosos relojes, y que sería el "picadero" de Príncipes y Reyes".
Eso me debió marcar desde chiquitita, supe de Felipe II más que de Caperucita Roja.

Emperatriz barbuda de Austria......................................................... Enrique Müller

Mira por donde nos encontramos que el Imperio austro-Húngaro se ha despertado....Eternos rivales en el pasado, confraternizan en el presente y através de una canción.

Tras pasar por Eurovisión, Conchita Wrust es un nuevo icono gay.

Antes fue Tom: un “niño raro”, un adolescente marginado y un adulto valiente que creó su ‘alter ego’ para reivindicar su diferencia.

Tom Neuwirth, en 2007. / Cordon Press

Thomas (Tom) Neuwirth tenía 22 años cuando tomó una decisión que le cambiaría la vida y le convertiría en un personaje famoso en su país. Después de sufrir la intolerancia de la sociedad austriaca, que lo catalogó como un ser indeseable a causa de su homosexualidad, Tom, un joven dotado de un enorme talento musical, decidió crear una figura artística que tendría la monumental tarea de provocar y cuestionar los conservadores valores austriacos reivindicando con sus actuaciones públicas el derecho a ser diferente en un mundo lleno de prejuicios
. A su alter ego lo llamó Conchita Wrust, una mujer con barba y rostro angelical, cuya imagen daba la vuelta al mundo el pasado fin de semana tras ganar el Festival de Eurovisión.
Tom nació el 6 de noviembre de 1988 en Gmunden, una pequeña localidad austriaca de unos 10.000 habitantes.
 Creció y fue a la escuela en Bad Mitterndorf, un pueblo alpino de 3.200 almas donde su padre regentaba un albergue para turistas
. Allí fue donde el chico admitió su homosexualidad y donde sufrió la intolerancia de sus compañeros de escuela, que muy pronto lo rechazaron, primero por ser “un chico raro” y más tarde porque —además de tener el afán de vestirse con la ropa y los zapatos de su madre— a los 14 años admitió ser gay.
“No lo tuve fácil y al final ya casi no me atrevía a ir al baño durante las pausas”, ha contado después. A los 14 años fue enviado a un internado en Graz, donde se inscribió en la Escuela de Moda.
 Terminó su formación en 2011.
“Un día expliqué a mi pareja por qué me levantaba a las siete si tenía la cita a las diez”
Ya con 17 años participó por primera vez en un programa de televisión para jóvenes talentos (Starmania).
 Aunque no tuvo mucho éxito, Tom se hizo conocido por su voz de tenor, pero la verdadera fama le llegó en 2011, cuando se presentó al programa La gran oportunidad, donde su interpretación de la famosa canción de Titanic My heart will go on fue vitoreada por el público y le ayudó a obtener el segundo lugar en el concurso.
A partir de ese año, Conchita se volvió un personaje popular en Viena, tanto por su apariencia como por su calidad musical
. En 2012 estuvo a punto de clasificarse para Eurovisión, pero nuevamente obtuvo un segundo lugar.
Tom y Conchita tienen vidas privadas diferentes
. En el escenario, Conchita, que —según relata en su biografía— supuestamente nació en las montañas de Colombia con su tupida barba negra y todo, tiene un romance con un bailarín
. Tom, en cambio, tiene una pareja: “Mi amigo me conoció como Tom y vive naturalmente junto a Tom”, confesó.
“Dos semanas después de conocerle tuve que explicarle por qué me levantaba a veces a las siete de la mañana cuando tenía una cita a las diez. Fue entonces cuando le dije que era Conchita”.
Conchita, con peluca, barba, pestañas y senos postizos, ya era un personaje real, y Tom, su creador, escribió una breve biografía de ambos en la que señalaba irónicamente que los dos formaban un equipo que trabajaba en perfecta armonía, aunque nunca se habían visto.
 Y que se echaban de menos cuando se miraban al espejo: “La persona privada Tom Neuwirth y la figura artística Conchita Wrust se respetan desde lo más profundo de sus corazones.
Se trata de dos caracteres individuales con sus propias historias, pero ambos comparten un mensaje esencial contra la discriminación y a favor de la tolerancia”.
Lo que nunca pudo imaginar Tom es que su personaje se convertiría en una especie de héroe, que Conchita sería algo así como la nueva emperatriz de Austria, una mujer admirada y respetada por la familia política austriaca
. Su espectacular triunfo en Eurovisión supuso desafiar la odiosa homofobia que impera en Rusia —que quiso sacarla del concurso— y, al mismo tiempo, logró ofrecer una inédita imagen de Austria como un país tolerante y respetuoso con la diversidad.
Su actuación hizo el milagro.
 El canto del Fénix (Rise like a Phoenix) la elevó a lo más alto, y frente a esa idea anquilosada y conservadora de la sociedad austriaca emergió un país con aires de modernidad en el que se reabría públicamente el debate sobre los derechos de los homosexuales.
 El Gobierno austriaco prometió legislar sobre temas como la adopción y el matrimonio gay, y el canciller federal, el socialdemócrata Werner Faymann, invitará a Conchita mañana a la sede del Gobierno, un homenaje nunca antes visto en el país.
La cantante española Ruth Lorenzo, una de sus rivales en el festival, celebrado este año en Copenhague, compartió con Tom/Conchita los días previos y la resume así: “Es una persona fabulosa, un amor, impresionante
. Generosa, bondadosa y sensible”.