Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 abr 2014

Ser agradecidos nos hace más felices

El secreto está en ser capaces de dar las gracias sin que ocurran hecho extraordinarios

Así se consigue estar más contentos sean cuales sean las circunstancias de nuestras vidas.

Ilustración de João Fazenda

Hay dos clases de gratitud: la condicional y la incondicional
. La primera consiste en sentirse bien cuando las cosas salen como uno espera. Como no siempre es así, acaba siendo una emoción esquiva y poco duradera. La segunda consiste en una actitud y un hábito de vida, sentirse bien sin que haya ocurrido nada especial; es decir: estar agradecido por todo y por nada a la vez.
 Y al no estar condicionada por ningún otro acontecimiento, esta actitud es la precursora de la felicidad y el éxito personal en la vida.
¿Tenemos en cuenta cuántas personas han contribuido a que este día sea posible? Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos estamos recibiendo las bendiciones de innumerables personas, la mayoría desconocidas, que hacen de nuestras vidas una experiencia mejor.
 Por ejemplo, ¿cuántas personas han intervenido en la elaboración del desayuno? El agricultor, el granjero, el molinero, el transportista, el tendero… el sol, la lluvia, el viento, el agua… las manos que lo prepararon y sirvieron.
 Si contásemos cuánta gente nos sirve directa e indirectamente en un solo día de nuestra vida, no podríamos más que sentir puro agradecimiento.
Cuanta más gratitud sientas, más feliz serás
y tu vida cambiará más rápido” Rhonda Byrne
Por no mencionar a nuestros padres, nuestros médicos, nuestros maestros, nuestros amigos, nuestros compañeros o empleados… todas las personas que han contribuido a que consiguiéramos algo significativo, o simplemente que nos han ayudado a sobrevivir hasta el día de hoy.
Es innegable que debemos un inmenso reconocimiento a infinidad de personas que hacen posible que sigamos con vida o que disfrutemos de nuestro momento actual tal como es
. Y para poder expresarlo es necesario estar muy presente de manera que seamos conscientes de las cosas buenas y positivas que nos rodean.
Si además miramos hacia atrás en el tiempo y repasamos todos los descubrimientos y avances tecnológicos que hacen nuestra vida más cómoda y segura, sin olvidar los pensadores y sabios que la han enriquecido, entonces este sentimiento debería extenderse casi a los orígenes de la humanidad.
Cuando reflexionamos sobre todo ello, cada día se convierte en una sucesión de oportunidades para acordarnos con una sonrisa de personas que han contribuido con mucho o poco a nuestra vida y para sentir el deseo de devolver el favor a las generaciones futuras.
Los psicólogos Emmons y McCollough estudiaron las consecuencias de la gratitud y acabaron concluyendo que tiene profundos efectos en el bienestar físico y también emocional de las personas. En su estudio analizaron las muchas formas de expresarla, como, por ejemplo:
  •  Con una nota personal.
  •  Comparándose con gente que tiene problemas graves.
  •  Dando simplemente las gracias.
  •  Controlando mentalmente los pensamientos negativos.
Y descubrieron que las personas que hacían de esta actitud un hábito de vida se sentían más saludables, más optimistas y más felices con sus vidas
. Otros investigadores llegaron a la conclusión de que este hábito mejora las relaciones con las personas y propicia el altruismo.
 Además de ayudar a superar el estrés y las actitudes negativas. Pero uno de los frutos más importantes de la gratitud es que contribuye a generar felicidad.

Para saber más

LIBROS
‘Gratitud’, de Louise L. Hay
(Hay House Ediciones)
‘El efecto gratitud’, de John Demartini
(Urano Ediciones)
‘Cuaderno de ejercicios de gratitud’
de Yves-Alexandre Thalmann
(Editorial Terapias Verdes)
PELÍCULAS
‘Qué bello es vivir’, de Frank Capra
‘El color púrpura’, de Steven Spielberg
En otros estudios, con mayores y con niños, se ha profundizado en la relación entre la felicidad, inducida por buenos recuerdos y sentimientos de gratitud, y el éxito general en la vida.
Y se ha concluido que las personas que se sienten más contentas consiguen una existencia más longeva, mejores ingresos, mejores relaciones, y también ser más eficaces ante los problemas profesionales y personales.
 Es decir, ahora sabemos que “la felicidad da éxito” (y no al revés, como se creía antes: “El éxito da la felicidad”, lo cual ya intuíamos que no era cierto).
Estados Unidos y Canadá tienen una celebración muy particular: Thanksgiving Day, el día de acción de gracias, una de sus fiestas más importantes
. Es una fiesta en cuyo origen, tal vez europeo, se celebraba el final de las buenas cosechas. Hoy día es una reunión familiar en la que se honra expresar lo que se siente por los incontables dones que disfrutamos como civilización.
Habrá quien piense que para apreciar o poder verbalizar esa sensación primero debe ocurrir algo que lo motive; es decir, que la emoción debe ser la consecuencia de un acontecimiento favorable.
 Pero necesariamente no ha de ser así. En realidad, es posible abrigar gratitud sin que haya ocurrido nada especial antes. Ser capaces de dar gracias por algo que aún no ha sucedido.
 Aunque esta posibilidad pueda ser incomprensible para la mayoría, tiene muchas ventajas
. La más obvia es que podemos empezar a estar agradecidos en este mismo momento, sea cual sea la situación personal de cada uno.
Las personas más felices sienten gratitud por todo y por nada en especial.
 No necesitan razones concretas (aunque si se ponen a buscarlas, la lista de motivos es inacabable). Viven instaladas en reconocer lo bueno que tienen por el simple hecho de estar vivas, al margen de lo que les sucede
. No necesitan razones de peso para estar agradecidas porque haber recibido la vida ya les es suficiente
. Incluso hay personas, tan habituadas a vivir en esta actitud, que agradecen cosas tan intangibles como una sonrisa, un amanecer, una inspiración, la brisa suave, la calidez del sol o un instante de paz… O incluso son capaces de agradecer a futuro: algo valioso que se aprenderá mañana, el próximo libro que se leerá y que quizá aún no está ni escrito, o incluso la música que sonará en el propio funeral
. Es lo que se podría llamar “agradecimiento gratuito”: no se debe a nada tangible, pero conmueve por igual.
Uno de los hábitos comunes de las personas felices es el de empezar el día dando gracias por pequeñas cosas para generar una actitud dichosa para el resto de la jornada.
Basta con celebrar pequeños detalles de la vida, pero no por ello menos valiosos
. Hacer una lista mental de razones que merecen ser aplaudidas ayuda a sentirse reconciliado con las que nos hacen más difícil la existencia.
 En realidad, no importa el objeto, sino la emoción que provoca en nosotros.
Demos gracias a las personas que nos hacen felices; son los adorables jardineros que hacen florecer nuestras almas”
Marcel Proust
La maestría en este arte se alcanza cuando uno es capaz de agradecer incluso las dificultades extremas que a cada uno le toca vivir, porque somos capaces de pensar que detrás de cada lágrima, de cada instante de sufrimiento, hay un aprendizaje, una enseñanza que nos convierte en personas más humanas, más suaves, y más comprensivas con el abatimiento de los demás.
 Es lo que se llama “ver lo bueno de lo malo” que siempre existe, aunque cueste reconocerlo en una primera mirada.
Para finalizar, hay una palabra que siempre es bien recibida por todos, y es: “Gracias”.
 Todas nuestras comunicaciones con otras personas deberían terminar con ella.
Tampoco estaría de más escribir cada día una breve nota de agradecimiento por cualquier vía (e-mail, sms, WhatsApp…) a las personas que hayan aparecido en nuestra vida por el motivo que sea. Un simple y corto mensaje de gratitud a quien haya influido en nuestro pasado o en el presente.
 Nada más que dos líneas, sin que tenga especial relevancia el papel que haya desempeñado
. Con toda certeza, esta actitud hará que las cosas empiecen a cambiar.

 

El zumbido del moscardón....................................................... Juan Cruz


Jaime Abello, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). / SAÚL RUIZ

El silencio de la Semana Santa en México acompañó como un ritual extraño en esta ciudad la larga despedida de Gabriel García Márquez, su ciudadano más ilustre.
Al autor de El coronel no tiene quien le escriba los ruidos le cortaban la escritura, y aún así vivió medio siglo en una urbe que es quizá la más ruidosa del mundo, un hervidero tan lleno de rumores, de música y de gritos que parece un caldo propicio para que aquí también habite el olvido.
Ese sonido de México se calmó como un suspiro el Jueves Santo no sólo porque la gente abandonó las calles y se fue al mar sino porque dejó de respirar Gabriel García Márquez.
 Como pasa con los artistas muertos que reciben tal cantidad de agasajos, en este momento en que él entra en otro silencio produce pavor imaginar que algún día ocurra con él lo que pasó a otros grandes: que acabe cayendo sobre su obra la indiferencia que manda al purgatorio a los que en vida recibieron tantas alabanzas como en las que los honraron en las despedidas.
Esto no parece posible, pues desde Cien años de soledad García Márquez es un clásico que se enseña en las escuelas, el lugar donde prosperan los autores muertos, y porque además, según todas las estimaciones pasadas y las que ahora han acompañado el multitudinario adiós, su obra sigue tan viva como cuando fue publicada. Alma Guillermoprieto explicaba el orgullo que tenía Gabo mostrando sus diccionarios; no mostraba igual devoción enseñando sus propios libros, pero más de una vez, hasta en los últimos tiempos, explicó que ninguno de ellos debía entrar al menos en su olvido; si tuviera que rescatar, decía, hubiera elegido El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba.
La herencia literaria de Gabo será más nutrida que esos dos libros, y formará parte del fondo incluso de las librerías menos cuidadosas
. Su escritura es la señal de un asombro, y ese resplandor es muy difícil que acabe, pues es la definición misma de un territorio en el que se identifica un mundo, el de América, que es el de Macondo y por tanto el de García Márquez; y seguramente para su memoria escrita no habrá ni purgatorio ni olvido.
Pero donde quiso Gabriel García Márquez que tuviera su residencia el futuro de su legado es en su herencia como maestro de periodistas.
 Con una perspicacia muy de Gabo, él puso en marcha hace veinte años una fructífera fundación para que periodistas enseñaran a periodistas, y esa fundación, llamada Fundación por el Nuevo Periodismo Iberoamericano, situada en Cartagena de Indias, está garantizada como institución, está avalada por el legado de Gabo y cuenta con la financiación y los apoyos suficientes como para que el compromiso de García Márquez con el periodismo se prolongue en el tiempo como tributo suyo “al mejor oficio del mundo”.
Los libros serán perdurables, seguro, pero él quería que fuera perdurable su propio concepto del periodismo, basado en la verificación, el estilo y la ética, y Jaime Abello, director de la fundación desde que se inició ésta, cree que él y su equipo, “y nuestros numerosos colaboradores”, están dispuestos a seguir ese ejemplo como si fuera “la prolongación de sus propias clases”.
 Gabo le dedicó un día un libro, El general en su laberinto, con esta dedicatoria: “Para Jaime, de su jefe que no manda”. “Proponía, no imponía”, dice Abello, “y en la época en que empezaba a transformarse el periodismo como negocio concibió maneras de devolver a los periodistas la ambición necesaria para retener al lector, contando buenas historias”.
 Esa calidad tenía que basarse “en la exactitud y en la ética”, y todo eso que quiso que se enseñara en los cursos y talleres de la FNPI “tiene hoy vigencia en un mundo digitalizado”
. Ha cambiado “el financiamiento del periodismo, pero Gabo estaba seguro de que el periodismo no acabará jamás si persiste la ambición creativa”.
Puso en marcha esa idea García Márquez en 1994, después de desechar otros proyectos de publicaciones
. “Era un hombre pragmático, sabía que en ese momento hacía falta buscar armas para que en la crisis que se adivinaba con Internet los periodistas fueran mejores…
 Así se han ido haciendo dos generaciones de cronistas y reporteros que venían y vienen de todas partes de América y de España”.
 Ahora ese periodismo que tiene el sello de Gabo tiene muchos nombres propios que forman parte de la mejor camada del periodismo intercontinental: Leila Guerriero, Julio Villanueva Chang, Alberto Salcedo Ramos, Martín Caparrós… ¿Por qué lo hizo? “Porque creía en el periodismo; y fue clarividente, no nos dijo que predicáramos su periodismo, sino que rescatáramos lo mejor del periodismo. Era realista y mágico
. Pero en él la magia es la puntica, el realismo es lo profundo”, dice Abello.
Esa escuela “ha dejado una marca profunda en miles de reporteros de América Latina”, dice Luis Miguel González, que pasó por ahí, estuvo también en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS y ahora dirige el mexicano El Economista…
“Que lo haya hecho un tipo que podía haberse gastado el dinero en cualquier cosa habla de su disciplina a favor del oficio y de su generosidad: él no llegó diciendo 'hagan lo mío'”. “No”, tercia Abelló, “ahí no hubo nunca dogma alguno”. “Ni ego”, añade Luis Miguel. “Impresionaba verlo escuchar; dejó trabajar
. No creó la Fundación para que fuera un teatro en el que él hablara”. Guillermo Osorno, cronista y editor mexicano, cree que Gabo logró un milagro tan increíble como los que se leen en Cien años de soledad: “Creó en quince años una red de cronistas y editores que ahora constituyen lo más notable del periodo mundial en habla española…
Los lazos entre los alumnos siguen funcionando”.
En aquel entonces, México miraba a Estados Unidos y España, prosigue Luis Miguel, “se fijaba en Europa, y lo que la Fundación nos dio fue un referente hispanoamericano para ejercer el oficio. Y jóvenes y maduros, como Caparrós, Leila, Christian Alarcón, Julio Villanueva o Héctor Feliciano se convirtieron en puntos de referencia, de igual modo que lo fueron antes Gay Talese, Norman Mailer o Tom Wolfe”.
Prendió una obsesión del fundador: “En periodismo, ética y técnica con inseparables, como el zumbido del moscardón”.
 Gabo deja esa herencia, pero el porvenir deja a sus discípulos un reto que simplifica Luis Miguel González:
“Para los medios se acabaron los privilegios; ahora tenemos que competir con los juegos electrónicos. Esto abre un periodo inmenso de lucha”.
Y en esa guerra se producirán bajas y sombras. García Márquez dejó dicho en Cien años de soledad que las especies en extinción no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.
 Ya se ve que ocurre con el oficio, obligado a competir con los juguetes o con la piratería. ¿Habrá para esta especie una segunda oportunidad sobre la tierra? Osorno: “La habrá. Las nuevas generaciones vendrán con historias nuevas”. Abello: “Las crisis siempre han generado tiempos mejores”.
Luis Miguel González: “Hay futuro, pero no para todos… Claramente, el futuro implica que el pastel será más chico. Habrá periodistas muy buenos que tendrán lo que quieran, y los que vienen detrás tendrán pocas oportunidades de prosperar.
 Ese desequilibrio inmediato es preocupante”.
Abello trabajó 18 años con Gabo; “nunca tomé notas de lo que dijo, viví sin espiarlo; me queda su dulzura personal, una amistad; conocí sus vidas, la personal, la pública…
 Me siento depositario de una confianza que me compromete para siempre y es un motivo de orgullo honrar en esta Fundación su deseo de contribuir a que el periodismo que quiso fuera mejor.
 Era un gusto trabajar con él. Trabajábamos y luego nos íbamos a bailar.
Un día nos dijo, en Monterrey, después de una serie de actos de la Fundación: "'¡ Y pensar que todo esto estaba en nuestra imaginación!'” Tuvo dos hijos, un diseñador y un cineasta, e ideó esta Fundación para que la gente supiera por qué le tenía tanta gratitud a este oficio
. Él deja en herencia, también, su modo de hacerlo.

26 abr 2014

Memorias de una diva

Hablamos con Anjelica Huston sobre el primer volumen de sus memorias

Desgrana una época rodeada de los bosques de Irlanda, y de los más grandes de Hollywood

Una vida marcada por la muerte de su madre y por la pérdida de sus dos grandes amores.

 

Anjelica Huston, retratada en 1968. / Philippe Halsman

"El libro A story lately told cuenta quién soy. 
Alguien que existió mucho antes de ser novia de Jack Nicholson a los 20 años.
 Alguien que empezó a ser quien soy en los bosques de la Irlanda occidental donde me crie. Llámele mi forma de defenderme como persona, de definir quién soy, lo que para mí es y fue imp
ortante.
 Y me encantó ser la novia de Jack, no me malinterprete. Pero soy mucho más que eso”.
 Así nos recibe Anjelica Huston para hablar del primer volumen de sus memorias que ha publicado en Estados Unidos y que, parafraseando una canción popular de su infancia, titula A story lately told. Nadie podría dudar, con solo mirarla, que esta mujer de 62 años, rostro asimétrico, intensas facciones y gran presencia física –además de un aura de estrella de antaño, de las que ya no hay o son difíciles de encontrar– es mucho más que la “chica de”.
 Incluso si ese “de” es Jack Nicholson. Huston también es mucho más que la suma de todos sus personajes, alguien que te hace pensar que la Maerose Prizzi de El ­honor de los Prizzi (1985), la Morticia Addams de La familia ­Addams (1991) y la Etheline ­Tenenbaum de Los Tenenbaums (2001) –algunas de sus creaciones más recordadas– eran puros corderitos a su lado.
Anjelica Huston fue, y sigue siendo, una fuerza de la naturaleza
. Seguramente lo heredó. Una no es hija de John Huston y nieta de Walter Huston para ser una mera mortal.
 Se trata de la tercera generación de lo más cerca que Hollywood estuvo nunca de contar con su propia realeza.
 “Mi padre fue un gran hombre. En todos los sentidos”, ríe con carcajada sonora y honesta esta actriz y modelo, amante y esposa, productora, directora y ahora escritora, pero sobre todo hija de un hombre indómito, el Hemingway del cine, de grandes apetitos.
 “No era solo su carácter, era su físico, un hombre grande, de brazos largos, piernas largas, pene largo… muy bien dotado, ya le digo.
 Alguien junto al que mi hermano y yo desayunábamos todas las mañanas, rodeado de libros y de bocetos en una cama enorme en la casa del condado de Galway, en Irlanda, y que en cuanto se levantaba se dirigía desnudo al cuarto de baño, como Dios lo trajo al mundo, donde se encerraba con llave como si no le hubiéramos visto minutos antes, como si no le hubiéramos mirado con la misma fascinación que todo niño mira los atributos de sus padres preguntándose si algún día los suyos serán así”, dice con llaneza.
John Huston y su hija Anjelica, en su casa en Irlanda, en 1968. / Magnum
La misma sinceridad que emplea en su libro, donde detalla una infancia mágica y llena de privilegios, pero también carente de cariño.
 Ese es el estilo de Anjelica. Adquirido, dice, de su padre
. Un hombre con una filmografía faraónica de clásicos como El tesoro de Sierra Madre (1948), El halcón maltés (1941), Moby Dick (1956) o La reina de África (1951),y una lista de amantes solo comparable a la de Nicholson.
 Alguien, como dice Anjelica, considerado entre sus compañeros como “el pirata que les habría gustado tener la audacia de ser”.
 A pesar de ello, era todo menos esnob. 
 “Y lo mismo decía del abuelo, alguien por el que mi padre siempre sintió una gran pasión y que, aunque nunca conocí, me enseñó a echarle coraje a la vida y a atacar las cosas que más miedo me dan, a enfrentarme a mis fantasmas”, resume.
Sentada en las oficinas de la Asociación de la Prensa Extranjera en Hollywood, un edificio de madera tallada, sabor de antaño y polvo donde quedamos para esta entrevista, rodeada de fotografías de Marilyn Monroe y Jack Lemmon, y con un traje de chaqueta color berenjena y corte clásico de Donna Karan que cubre con un chal, es imposible concebir qué le puede dar miedo a esta persona aparentemente tan segura de sí misma.
 Alguien con el aplomo suficiente como para desgranar con toda sencillez y como de pasada, cual si fuera la cosa más normal del mundo, una vida pintoresca, donde los nombres de Ava Gardner, Marlon Brando, Peter O’Toole, Robert Capa, Helmut Newton, John Steinbeck o Scott Fitzgerald salpican las páginas del libro al igual que su conversación, sin darles más importancia.
 Y eso antes de hablar de su carrera como actriz o como modelo
. Nombres que se entrecruzan con esos momentos que hicieron historia, el Mayo del 68, la explosión musical londinense o las cucarachas del hotel Chelsea neoyorquino.
 La joven Huston no se perdió una.
 También comparte sin reparos su habilidad (desde que tenía 10 años) para preparar un martini, su bebida preferida y la de su padre; su también temprana apreciación de un buen cigarro o esos 17 años en los que perdió la virginidad y a su madre.
He llenado las páginas del libro de detalles de mi madre, porque su figura siempre queda oculta a la sombra de ese gran hombre que fue John Huston
Ese es uno de sus fantasmas, el recuerdo de una madre que desapareció muy pronto del lado de una niña dominada por los grandes hombres de su vida.
 “Por eso llené las páginas de detalles personales sobre su vida”, subraya al hablar de ella
. La bailarina neoyorquina de origen italiano Enrica Ricki Soma fue la cuarta esposa del ya entonces famoso director, con el que se casó en una boda relámpago en México
. Ella tenía 18 años y estaba embarazada del primogénito, Tony, y el director rondaba los 40
. Anjelica llegaría poco más de un año más tarde.
 “Para mí era vital hacer un examen profundo de quién fue mi madre, alguien muy importante en mi vida, en la vida de mi padre, en la de mis hermanos, y que siempre queda oculta a la sombra de ese gran hombre que fue John Huston.
 Alguien que me fue robada en un accidente de tráfico”, añade. 
No hace falta un psicoanalista para ver la gran huella que dejó en ella una madre que describe como una belleza “translúcida y remota”, una mujer a la que se sintió muy unida “en conspiraciones y alianzas”, pero con la que nunca existieron lazos de ternura
. De ella aprendió a amar a hombres mayores, a aceptar infidelidades, e incluso compitió con ella por amantes
. Pero siempre estuvo a su lado desde un parto que tuvo lugar en Los Ángeles mientras John Huston recibía la noticia en el corazón de lo que fue el Congo belga, ahora Zaire, mediante un telegrama entregado a pie por un nativo descalzo que se lo hizo llegar durante el rodaje de La reina de África.
El también actor y director Danny Huston, fruto de la relación de John Huston con Zoe Sallis, es hermanastro de Anjelica
. Así recuerda su vida familiar:
 “Está claro que lo nuestro no fueron infancias de Hollywood, pero el tiempo que pasamos con nuestro padre, ya fuera en un set o en la mansión familiar de St. Clerans, fue fascinante.
 Navidades irlandesas en las que nos reuníamos todos los hijos y todas las mujeres… y el drama que se montaba
. A mi padre le gustaba porque da igual el número de esposas que tuviera, fue siempre todo un caballero. Y para mí, como niño, eran las mejores Navidades que podías imaginar”.
La actriz, vestida con una capa, en una fotografía tomada en 1972. / Terry O'Neill (GETTY)
Anjelica reconoce haber sentido todo tipo de emociones por Zoe Sallis.
 Desde despecho hacia una madrastra que poco antes había considerado su mejor amiga sin pensar que también era la amante de su padre, hasta profundo amor por un bebé del que se sintió cómplice: “Como explico en el libro, me crie con Tony, mi hermano, por necesidad, porque no había más niños. Pero nunca me sentí tan unida a él como me ocurrió años más tarde con Danny”. 
La actriz recuerda que Tony sacó el espíritu cazador de su padre, “siempre mezclado con la muerte de animales”, mientras que ella es conocida por su labor en la protección de los grandes simios. 
“Y ahí tenemos un conflicto muy básico, pero que dice mucho”, añade socarrona.
 Cuenta con otra hermana, Allegra, hija de su madre con otro hombre que nunca le dio sus apellidos y que John Huston decidió adoptar tras la muerte de Ricki. 
Anjelica vio nacer a Allegra, pero conoció a Danny cuando este ya tenía dos años.
 “Y no me hizo gracia, pero luego nos convertimos en los mejores amigos. Somos una familia muy diversa, pero que se mantiene muy unida
. No te puedo expresar lo orgullosa que me siento de mi sobrino Jack, el hijo de Tony, y del trabajo que está haciendo en Boardwalk Empire.
 O con mi sobrina Stella, la niña bonita de Danny, que hasta este año vivió conmigo
. La voy a echar mucho de menos”, reflexiona una mujer que hace años decidió no tener hijos.
La soledad también fue otro de los motores que propiciaron estas memorias.
 Otro de sus miedos por el que nunca se ha dejado conquistar.
 “Lo del libro no fue solo terapia
. Hubo una oferta, una buena oferta, quizá no todo lo buena que hubiera querido, pero que picó mi curiosidad”, agrega con rapidez y con los pies en la tierra
. Cierto que no es un libro que haya escrito por amor al arte, pero Huston concede que la muerte de su esposo, el escultor mexicano Robert Graham, en 2008 y tras 16 años de matrimonio, fue el motivo para ponerse a escribir.
 “Hasta cierto punto todos estamos solos aunque vivamos en esa fantasía de que no lo estamos.
 Y el reconocimiento de mi soledad es el que me ha hecho triunfar como la mujer que soy.
 Algo que no es fácil para nadie y tampoco para mí
. Me ayudó cuando murió mi madre, luego mi padre y ahora mi marido”, admite
. Fue en ese momento de encrucijada en su vida, cuando los trabajos como actriz fueron más escasos y el eco del éxito –obtuvo el Oscar a la mejor ­actriz secundaria en 1986 por El honor de los Prizzi y fue candidata por Enemigos (1989)y Los timadores (1990)–más y más lejano, cuando se volcó en sus memorias.
Lo nuestro no fueron infancias de hollywood, pero las navidades eran las mejores que podías imaginar, asegura Danny Huston
El proceso le ha llevado más de tres años y medio, arando a mano sus recuerdos en un manuscrito que acabó escribiendo ella misma porque no le gustó el escritor en la sombra que le habían asignado y para huir de la carnaza que buscaba alguno de sus editores.
 Por su parte no hubo censura, solo recuerdos que tomaron vida propia. “Había cosas de las que tampoco me sentía orgullosa a la hora de escribir, pero fueron necesarias para completar el puzle”, reconoce pensando, entre otros instantes de su vida, en ese intento de suicidio en el que cayó durante su primera relación de pareja estable junto al fotógrafo Bob Richardson cuando aún era una adolescente.
A Danny Huston se le quedó grabada para toda la vida la presencia de Ava Gardner en la casa familiar, su primer amor platónico
. Anjelica menciona a la actriz como la primera gran estrella que conoció, pero admite que solo Peter O’Toole la dejó, literalmente, sin habla: tuvo que suspender su primer trabajo como actriz –en una obra infantil en su casa– porque al cruzarse con sus ojos azules se le olvidó su texto. 
También recuerda un encuentro con Marlon Brando, quien la invitó a su isla en Tahití cuando ella era todavía demasiado joven
. A Marilyn Monroe nunca la conoció, pero escuchó suficientes historias de labios de su padre como para escribir otro libro.
 “La más fuerte y a la vez la más vulnerable de las mujeres americanas”, resume.
Anjelica achaca su buena memoria a su trabajo como actriz
. Una memoria no solo vivida, sino olfativa, hablando de un Londres que olía a “tabaco, vinagre, pachuli, fish & chips, fruta pasada, beicon y humanidad”, mientras los hombres apestaban a “Vetiver, Brut y Old Spice”, y las mujeres, a “lavanda y sándalo”, al final de los sesenta
. Quizá por eso la actriz no huele a nada, y los que la rodean, como Wes Anderson, dicen que su musa es “una gran presencia”. “Alguien espectacular”, como añade Jeff Gold­blum.
 Los hay más atrevidos, como Danny Glover, para quien Anjelica es “extraordinaria” tanto en la pantalla como en la vida real. 
“Hay algo en su madurez, en su belleza fuera de lo normal, en su alma, que la hizo desde siempre mi mayor fantasía erótica
. Y mira por dónde me acabé casando con ella en The Royal Tenenbaums”, recuerda el actor con humor.
Huston, junto a su primer gran amor, el actor Jack Nicholson, en la ceremonia de los Oscar en 1976. / GETTY
Para Jack Nicholson, Huston fue y será por siempre su diosa, esa que tuvo y que dejó marchar tras 16 años de amor e infidelidades que concluyeron con el anuncio de que el gran Jack esperaba un hijo de otra mujer.
 Según confesó recientemente, el actor se sintió “emocionalmente aniquilado” tras la marcha de Huston.
 Una relación que, pese a los años, sigue existiendo, al menos en forma de amistad. “No sería feliz si no contara con él”, ha dicho Huston en otras ocasiones.
 De hecho, a él y a su relación estará dedicado el segundo volumen de memorias
. El primer libro termina cuando la actriz llega a California tras una infancia idílica en Irlanda, una adolescencia tumultuosa en Londres y una primera relación fallida en Nueva York.
Mi padre fue una gran influencia en mi vida, en mis hombres, siempre más grandes de lo común, algo más viejos y fuertes
“En el segundo volumen hablaré de Jack, de mis intentos de recuperar mi carrera como actriz tras ese primer filme junto a mi padre, de su enfermedad…”.
 Por un momento, Anjelica deja que el silencio hable por ella, recuperando el habla para enfrentarse al fantasma que lleva sentado a su lado durante toda la conversación.
 “Desde luego que mi padre fue una gran influencia en mi vida, en mis hombres, siempre más grandes de lo común, algo más viejos, fuertes, y así fue hasta mi matrimonio”.
 En su discurso no hay lugar para el arrepentimiento. Quizá relaciones fallidas, admite.
 O momentos en los que se ha sentido como una idiota, sí. Pero todo es parte de esa aventura que es su vida, esa que transcurrió rodeada de tesoros procedentes de los rincones más remotos del planeta en los que su padre había estado rodando y que decoraron una infancia que, en palabras de Anjelica Huston, suena como un paradisíaco Downton Abbey irlandés a punto de sucumbir a la revolución cultural y sexual de los sesenta y setenta.
 “Me es difícil volver a Irlanda. Lo mismo que a México. Cometí el error de regresar hace poco a uno de esos lugares donde iba con mi padre y ahora está lleno de turistas… Pero el mejor consejo que me dio nunca mi padre es que uno siempre se puede levantar e irse.
 Se mete las manos en los bolsillos y se va
. A veces es difícil, pero no imposible”, resume haciendo el gesto, aunque su traje no tenga bolsillos.

Elpidio apóstol.................................................... Luz Sánchez-Mellado


El juez Elpidio Silva. / SAMUEL SÁNCHEZ

Ahí va una exclusiva planetaria, para que luego digan que no doy noticias bomba
. Nunca, jamás, en la vida, he cenado con Gabo. Vale, es penoso tener que confesar que una, a sus lustros, no ha tomado ni un agua del grifo con el finado.
 Justo ahora, además, que, con sus obituarios, aparte de deforestar la Amazonia, ha quedado acreditado que el mito alternaba con todo pichichi.
 Pero sí, me acuso: yo a ese señor no le conocía nada más que de sus libros.
 Esos sí que me los he metido en vena uno detrás de otro desde que en 1º de BUP —3º de ESO en el Mundo Antes de Twitter— un profe me pusiera de lectura obligatoria La increíble y triste historia de la cándida Eréndira etcétera y me inoculara el vicio, compulsiva que es una.
Y el caso es que alguna vez le vi por el curro en loor de jerarcas y discípulos rumbo a sus homilías laicas, lo juro por Aureliano Buendía
. A Gabo, digo.
 Pero, como resulta que solo me he hecho mitómana a la vejez, de Beyoncé, Floriano y Guindos, por orden alfabético, me dio cosa entrarle al genio a lo tonto y le dejé irse vivo.
 Así que ahora, por mi culpa, soy la única juntaletras del globo que no ha departido con Gabriel García Márquez ni siquiera de Macondo
. Sí, así, con todas las letras, que aquí en cuestión de confianza nos dan la mano, nos cogemos el brazo, y acabaremos llamando a Su Santidad Francisco el papa Paco, al tiempo.
Por cierto, que ya tenía yo preparadas la peineta y la mantilla de las bodas pijas para ir a la canonización de Juantxo XXIII y Juampa II el domingo en Roma, cuando me caí de las plataformas Marypaz tal que Tamara Falcó de los stilettos Louboutin y me paralizó esa luz cegadora que exhala la nueva estrella mediática, perdón, política.
Sí, fue entonces, en ese raro momento de clarividencia, cuando hice examen de conciencia y lo vi cristalino: ¿a qué testículos voy a ir yo al Vaticano a la santificación de dos santos padres, valga la redundancia, teniendo aquí al Apóstol Elpidio Silva iniciando su camino de santidad en directo?
Porque no me digas que lo del otro día en la sala de vistas no fue un martirio a un indefenso.
 Tenías que ver al bueno de Elpidio —“el que tiene esperanza”, significa, en griego, hay nombres bien puestos—, suplicarle a su señoría un receso para llorar lágrimas de sangre porque ni siquiera su abogado, un tal Conde-Pumpido júnior que quita el hipo, todo hay que decirlo, quería representarle. Hasta a Blesa se le alegraron las pajarillas cuando se suspendió por fin la vista, no se sabe si de alivio por el pobre Silva, o de no creerse que al final se va a ir de rositas gracias al sacrificio del nuevo mártir de la justicia.
 Y encima algunos malmeten con que si lo que pasa es que el magistrado en excedencia y candidato a las europeas ha perdido el juicio y solo quiere ganar tiempo hasta las elecciones, hay que ser malpensado.
Ay, Elpidio, nadie es profeta en su tierra
. Ya lo dijo tu homólogo Isaías: “Hay un camino tan recto que, por muy torpe que sea quien lo anduviere, no se extraviará porque Él lo guía”.
 No me digas que lo con lo de Él no queda claro a quién se refería, aunque sea en diminutivo.
 Y te dejo, que rabio. Julia Otero me ha levantado el contrato de chica Densia que me correspondía en pura justicia premenopáusica
. Eso va a ser por no haber cenado con Gabo.