Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

16 abr 2014

Paul Newman que estás en los cielos..........................................Josep Giralt

Una de las peores cosas que podrían ocurrirte en esta vida es que estés muriéndote y lo último que veas sea el programa Mujeres, hombres y viceversa, de Tele 5.
 Un espacio que infravalora y trivializa el diálogo, la comprensión, la empatía y la inteligencia de las personas, signo de cómo se perpetua la decadencia más absoluta,  basada principalmente en las audiencias.
Mi prima Lola estuvo ingresada durante unos meses con una afección pulmonar crónica.
 Compartía la habitación con otra paciente. Cuando íbamos a visitarla, teníamos que pedir que bajasen el volumen para poder hablar con ella
.  Lola nos miraba entre incrédula y estupefacta. Por suerte, nunca supo que aquellos alaridos catódicos eran los últimos que iba a escuchar en su vida, ni mucho menos pudo imaginarse que pretendiendo hacerle un bien, su doctor la cambiaría de habitación para colocarla junto a su marido, también enfermo en la misma planta.
 Siempre he creído que aquella decisión fue su tiro de gracia. Al cabo de una semana (llevaban 25 años juntos) entró en coma.
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Cuando regresaba del hospital no podía dejar de pensar que aquella situación de incomunicación en la que vivieron los últimos años, fue debido -entre otros factores- a que las cosas han cambiado algo. El sistema patriarcal  ha encontrado cada vez más resistencia y ha hecho que los privilegios para muchos hombres  se desmoronen.
 No ha habido mutación o metamorfosis de la especie humana, sino evolución
. Ante todo, cambio de valores, fruto de una lucha consciente de miles de mujeres por sus derechos.  Durante los últimos años Lola alzó su voz, no se sintió una mujer suficientemente querida y valorada y esa insumisión hizo el camino de su matrimonio -ya de por si complicado- menos creativo y feliz.
Llevaba la insatisfacción y tristeza silente como una traje del que solo se desprendía cuando estaba junto a sus amigas. 
 En su interior refulgía lo que la conocida psicóloga feminista Betty Friedan denominó "el malestar que no tiene nombre". 
 Ese hombre y esa mujer enclaustrados en su matrimonio terminaron por asfixiarse como peces fuera del agua. 
 Los pretextos que se dieron para continuar juntos no hicieron  otra cosa que hacerles reventar de soledad. La invulnerabilidad no existe para nadie. Caer era solo cuestión de tiempo. 
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A todos nos ha ocurrido que existen situaciones que nos sobrepasan. 
Y cuando se trata de cuestiones que nos atañen particularmente, todavía nos produce más desconcierto y tristeza.
 Dejar a mi prima en aquella lamentable situación y junto a un hombre que no supo amarla, me generó una serie de reflexiones que me llevaron -por una coincidencia del destino- ante una de las mayores obras llevadas al cine sobre el intrincado mundo del matrimonio.
La película “El Gato” me produjo la misma sensación que una ducha fría en pleno invierno
. Su visión fue como una punzante inmersión a la realidad
. Drama psicológico realizado por Pierre Granier-Deferre (París, 1927-2007) adapta con algunas variaciones la novela “Le chat” (1967) de Georges Simenon.
 La acción dramática transcurre en París a lo largo del invierno de 1971.  La película es un demoledor retrato de lo que puede llegar a ser la vida matrimonial. 
 Es junto a “¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Mike Nichols, la historia más devastadora sobre el amor destruido y declive de la pareja que se ha escrito nunca.
Se trata de una historia en la que importan más las actitudes y miradas que los diálogos
. Es un drama sobre la hostilidad que siente un matrimonio incapaz  de entenderse. 
El marido solo muestra ternura con el gato que da nombre al film
. Entre los dos protagonistas no existe ninguna conversación hasta los quince minutos de metraje, lo que ilustra magníficamente el irrespirable ambiente conyugal de una pareja que no comparte nada más que el techo.
 Duermen en diferentes camas, comen a distintas horas, viven juntos, pero recluidos el uno del otro. A ello se añade la pérdida de facultades que comporta el envejecimiento, la enfermedad y su progresivo aislamiento. 
  Le Chat
Nunca hay felicidad sencilla entre un hombre y una mujer. Y posiblemente tampoco con uno mismo. ¿Cómo hemos concebido y construido el amor entre las personas? Bajo un aura de romanticismo que ha afianzado el rol de las mujeres como cuidadoras, sumisas, silentes, siempre agradables para los demás en todos los sentidos
. Y el rol de los hombres como controladores, proveedores, poseedores del cuerpo femenino, esperando madres cuidadoras y siempre dispuestas a satisfacerles.
 Sin la concepción del amor como libertad y equilibrio emocional, desde el reconocimiento en igualdad en conexión vital mutua, solo queda el hastío.
En una de las muchas conversaciones que mantuvímos me comentó que en los primeros años de su matrimonio le habían llegado a templar las piernas al escuchar el sonido de las llaves de su marido entrando en casa:
  “Hubo un tiempo en que para nosotros era imposible no tener sexo cada día. Ahora hace más de una década que no nos tocamos. No hay apenas afecto  
No hay nada que pueda ocurrir a los demás que no pueda pasarnos al resto. Tal y como señaló Terencio: “Nada de lo que es humano me es ajeno.” Nadie es tan especial o inteligente como para tener recetas mágicas contra el desamor y el paso del tiempo
. Nuestra principal aspiración es que nos quieran. Sin embargo solo la verdadera comprensión puede hacerlo posible. La realidad que se desarrolla ante nuestros ojos depende de que podamos verla y a menudo resulta muy difícil. En definitiva, se trata de dotar al corazón humano de refugio y sustento.
Estar cerca de ella y ver como su desdichada historia vital la consumía me enseñó que hay cosas que no pueden esperar.
 Conviene apresurarse, correr y marchar cuando sientes que no estás vivo. La vida pasa demasiado deprisa como para tenerle miedo.
 Por suerte, ahora nos encontramos ante un momento en el que parece que ha desparecido todo un ropaje sentimental al que estábamos vinculados
. Existen menos fingimientos, menos mentiras, menos camuflajes del deseo bruto.
 Mi prima creció y se educó en la España católica y franquista.
 Según me reconoció ella misma: “Si no me hubiesen puesto a trabajar con 12 años y no me hubiese sentido tan insegura, posiblemente no me habría casado nunca. Me he pasado la vida llena de miedos. Siempre me he sentido mal en mi propia piel.” 
   Día de la mujer
El orden social estimula que las personas vivan en pareja de forma matrimonial.
 No hay forma más eficaz de control y sometimiento. 
Pero vivir el amor en la institución matrimonial es una tarea difícil y que de salir mal conduce a una insatisfacción permanente. 
 No se puede vivir bajo el mismo techo con reproches constantes y sin ternura.  No hay ser humano que lo resista.  
Al igual que Jean Gabin en la película, mi prima tenía un gato con el que soñaba en el hospital. Cuando ya estaba muy medicada y apenas quedaba sombra de lo que fue, nos explicaba que el gato había ido a verla:  
“Esta mañana ha estado conmigo en mi regazo, Le he estado acariciando durante horas.” Todos sabíamos que aquello no podía ser cierto, pero no nos quedaban fuerzas para decir nada. ¿Cómo es posible que después de 25 años de convivencia quien se apareciese en alucinaciones fuese el gato?  
Gato-antena-luna
Nunca se sabe nada de los demás, de lo que está fuera de nuestra vista. 
Y menos del pasado. Si supiésemos sería tan simple. Yo nunca hubiese creído que había existido pasión en aquella pareja.
 La hubo, pero llevaban años sin tocarse
. Cuando se rasca un poco, cuando se adentra uno por el terreno de la confidencia, se oyen cosas tan alejadas del cuadro feliz y halagüeño que nos venden que nos sorprenderíamos
. Mujeres y hombres avergonzados, mal amados, que pasan meses y a veces años sin la sombra de ternura o de una relación sexual.  Si lo mejor que tiene el amor es el comienzo, ¿Acaso, la única manera de salvarlo sería volver a empezar constantemente? 
Divorcio_post
Asistimos a un decaimiento del deseo, que no concierne únicamente al deseo sexual, sino a todos los deseos. Una especie de pérdida de apetito generalizada.
 Uno de los problemas más acuciantes que tenemos en estos tiempos de incertidumbre es que no creemos en nada. ¿Qué pinta uno creyendo en el amor?  Pero además, nos encontramos en un punto de inflexión del paradigma del amor.
 Desde un cuestionamiento a esa forma de amor romántico que hizo que todo sea permisible en la pareja (la violencia, la sumisión, el engaño, la insatisfacción, el silencio) hacia una desvalorización absoluta al significado de la ternura del cuidado, de la pasión por la vida, de la expresión de las emociones en libertad. Y nos encontramos en la exaltación de lo pasajero, de ese supuesto "amor liquido”, que no tiene consistencia, porque se tiene miedo a arriesgar, porque no se quiere ver que el amor es  mucho más que ese primer comienzo.  
A nadie le gusta escuchar que la mayoría de las veces puede salir mal. Pero una pareja puede llegar a representar una fatalidad
. De salir bien, es un verdadero milagro. Françoise Giroud describe así la fórmula para la felicidad conyugal: “Es el movimiento mismo de la propia vida, lo que agota el deseo y hace nacer otro hacia otro objeto del amor
. Hay un amor que no está hecho de pasión sino de inclinación, de gustos y de interés comunes en el sentido más amplio, de ternura lúcida, de fidelidad incluso cuando algunas veces cueste, un amor que puede ir profundizándose no declinándose, y que no tiene nombre.
 Y sobre ese amor es sobre el que puede fundarse con éxito el matrimonio.”
VOLUNTARIADO
Ni siquiera uno mismo aprende. Nos pasamos la vida volviendo a empezar, persiguiendo un sueño construido por el orden social, cometiendo cien veces los mismos errores.
 Sin embargo, si queremos vivir plenamente, no debemos perder el contacto con una vida que cambia y evoluciona perpetuamente.
 Debemos aprender a no mantenernos dentro de los límites de la seguridad, sino en aventurarnos en la arriesgada senda de las nuevas experiencias. 
Tenemos que caminar junto aquellos y aquellas que nos hagan sumar. Es la única forma de construir y de disfrutar del placer de estar juntos. 
 Conseguir el respeto recíproco, los intereses comunes y una buena resistencia a la corrosión de la realidad, será solo cuestión de tiempo. Sumar es la clave.   
En definitiva, el sistema ha conseguido que se interiorice un  modelo de “amor romántico” que queda confinado dentro de los límites de la moral imperante. Lola paso la mayoría de sus años adultos deseando ser otra mujer y soñando con Paul Newman
. Murió sin conocer la ternura y las caricias de ningún otro hombre. 

Shakespeare, el mayor inspirador..................................................... Javier Marías

Fuente inagotable de fertilidad literaria, el dramaturgo y poeta inglés sigue siendo el escritor que corre más por las venas de los autores del presente

Un estímulo que alimentan novelas, películas o series de televisión

Aunque su nacimiento fue registrado el 26 de abril de 1564, habría nacido entre el 19 y el 25 del mismo mes.

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos.
 En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”.
Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido Shakespeare ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente.
 Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser:
 “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”.
 Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.
Su grandeza y misterio me invitan a escribir,
me espolean,
incluso me dan ideas
Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos
. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda
. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo.
 Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense
. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos
. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos.
 El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.

Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante
. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas.
 Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante.
 Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.
Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas
por las que otros nos podemos asomarnos
En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona
. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos).
 ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida?
 También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a este y le dice: “My hands are of your color; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”)
. No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión
. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.
Son ejemplos de los que me he valido en el pasado
. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor)
. Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención.
 Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento.
 Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos.
 Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards.
  A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación.
Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

 

15 abr 2014

La salud de García Márquez es “muy frágil”, según su familia

Horas después de que trascendiera que el escritor colombiano Gabriel García Márquez, de 87 años, estaba recibiendo cuidados paliativos en su casa de Ciudad de México, la familia ha emitido un comunicado en el que reconoce que su salud “es muy frágil” y que existen riesgos de complicaciones “de acuerdo a su edad”.
En el comunicado, firmado por su mujer Mercedes Barcha y sus hijos Gonzalo y Rodrigo, los familiares agradecen las muestras de cariño que ha recibido el Premio Nobel de Literatura por parte de los amigos y los medios de comunicación
. El escritor está siendo tratado por médicos y enfermeras que acuden a verle a su domicilio del barrio de San Ángel, en el sur del D.F. “La familia agradece estos gestos solidarios y pide que se respete su intimidad”, continúa el comunicado.
El escritor está recibiendo cuidados paliativos en su casa de la Ciudad de México debido al cáncer que padece, según publicó este lunes el diario mexicano El Universal
. La familia del colombiano y los médicos, de acuerdo a esta información, decidieron no someter al escritor a un tratamiento oncológico por su avanzada edad y lo desarrollada que está la enfermedad. Una fuente consultada por EL PAÍS confirmó esta información.
Citando "fuentes confiables", el rotativo mexicano explica que el cáncer linfático que le afectó hace una década se ha expandido a otras partes del cuerpo como el pulmón y el hígado. La decisión de no atacar directamente la enfermedad y limitarse a mejorar su calidad de vida se tomó en base a la avanzada edad del paciente y a los órganos vitales que afecta el cáncer.
Una de las asistentas de García Márquez, Mónica Alonso, dijo en declaraciones a la agencia DPA que no le consta que el escritor padezca cáncer.
 “Nunca nadie nos ha hablado de eso”, señaló. Las dudas sobre el estado de salud del Nobel, que lleva residiendo en México desde hace más de tres décadas, se propagaron en redes sociales con la etiqueta #fuerzagabo.
El sábado llegó a México uno de los hijos del escritor, el cineasta Rodrigo, residente en Los Ángeles. El domingo, el médico Jorge Oseguera lo atendió en el domicilio durante una hora y cuarto.
 Unas enfermeras cuidan de él durante buena parte del día. Su entorno comentó durante la semana que estuvo ingresado que el periodista está de buen humor aunque un poco molesto con todo el revuelo mediático generado a su alrededor.  
El autor de Cien años de soledad fue hospitalizado a finales de marzo. Su hijo, Gonzalo García Barcha, dijo entonces que no se trataba de nada importante, tan solo de “una infección bronquial”. Cuando fue dado de alta y trasladado a su casa en una ambulancia, una portavoz del hospital en el que había estado internado, el instituto Salvador Zubirán, agregó que el escritor estaba “muy delicado” y que por el momento seguiría el proceso de recuperación en su casa. No especificó en qué iba a consistir ese tratamiento.
 Antes de la llegada de García Márquez, unos operarios llevaron hasta su hogar una cama ortopédica.

El 'cool', una enfermedad del siglo XX

Una exposición fotográfica busca en la cara de iconos de los últimos la naturaleza de ese oscuro atractivo que han tenido de Sinatra a Madonna.

 

¿Algo cool se puede comprar?

No. No es lo mismo llevar una casaca eduardiana en los cincuenta que comprarla hoy en Uniqlo.
 No es lo mismo ponerse unos calcetines color rosa flamenco en la era de Bershka que en la Gran Bretaña gris y machista de los cincuenta.
 No es lo mismo, simplificando, dar clases de swing en una academia del siglo XXI que ser un zazou, tribu juvenil que se rebelaba contra la ocupación hitleriana con bombachos de colores. Lo cool tiene un punto inconformista, peligroso y elegante: algo es cool en referencia a lo que no lo es. Precisamente por eso es cool lo que se subleva contra lo feo y lo injusto
. Por eso habita las minorías (raciales, sexuales, culturales). Pero es un concepto elusivo: cuando el sistema lo asimila algo cool deja, de algún modo, de serlo. Lo podemos llamar efecto Joaquín Reyes.
Madonna / Kate Simon

Pero se podrá tocar.

Sí. Así como no es lo mismo subirse a una carroza del Orgullo en Chueca en 2014 que ser el dramaturgo francés Jean Genet en 1966, cuando se aferró al tubo de vaselina que le quiería requisar el alcaide de la prisión franquista donde había recalado (“Preferiría derramar toda mi sangre que desprenderme de ese objeto tonto”, escribió), lo cool va ligado a los objetos simbólicos. “El significado de la rebeldía, la idea del estilo como una forma de rechazo, la elevación del crimen en arte, se manifiesta en los objetos más mundanos –un pin, unos zapatos puntiagudos, una motocicleta–, que, como el tubo de vaselina, tienen una dimensión simbólica, que son una muestra del exilio autoimpuesto”, explica Dick Hedbidge en Subculture, the meaning of style. De ahí la moto de Marlon Brando y los coches de Steve McQueen, en las versiones más mainstream de lo cool.
No se logra el apodo del 'King of Cool' sólo por conducir un buen bólido (aunque daño tampoco hace).
 Con unos orígenes más que atribulados en Misouri, con frecuentes visitas al reformatorio, McQueen tenía esa elegancia algo enturbiada del adolescente problemático. 
Su pasión por los deportes sobre ruedas tiene que ver con la obsesión por el motor de las subculturas (las Harley de los Ángeles del Infierno, versos como “Mi amor es más grande que un Cadillac, de Buddy Holy). Como buen chico de origen dudoso, se chiflaba por esos objetos de consumo que en manos de según quién son una conquista de estatus, del Porsche 911 al Dodge Changer 440 Magnum. / William Claxton

¿Y oírse se puede oír?

Precisamente la exposición que nos ocupa plantea lo cool como algo entre la innovación y el estilo. Fue el saxofonista de jazz Lester Young quien le dio sentido a esta definición en los años cuarenta: este hombre tocaba música de nicho, de cócteles nimbados por el humo del tabaco, hecha por una minoría (la comunidad afroamericana), que no renunciaba a la elegancia pero que sabía desperdiciar el talento (sus músicos caídan perdidos en adicciones, sus discos se perdían...) como se gasta a veces el dinero ganado rápido.
 Estaba, en definitiva, relajado en un ambiente adverso o, peor, opresivo; el suyo era un autocontrol con estilo.
Kurt Cobain decía que “se odiaba y quería matarse”. Y lo hizo. Ese ideal romántico y supernova, de la gente que arde muy luminoso y luego se consume en un soplo, está en muchas estrellas del rock. Pero el rey del grunge logró algo más. En un mundo rock dominado por lo macho, fue de los primeros en reivindicar los grupos guitarreros de chicas y las bandas con un sonido más amateur, menos profesional. No le importaba, tampoco, vestirse de mujer ni admitir cada una de sus debilidades de una forma rabiosa. Lo hizo, además, ya superada la época ultraconsumista de los ochenta, cuando mucha gente no veía nada 'cool' más allá de los círculos del 'hip hop'. / Mark Seliger
Ese estoicismo americano en momentos difíciles es el mismo que tienen otros iconos de lo cool: los escritores beat, los jazzmen, los gángsters del cine negro y el arte de las nuevas vanguardias. Un existencialismo de clase obrera. Hecho a sí mismo y a medida, como un traje de sastre de tres botones.

Por esta lógica, ¿si todo es cool, nada lo es?

Claro, si no sería demasiado fácil identificarlo
. En los setenta, ser cool se empezó a asociar al uso de las drogas como el riesgo que uno tomaba para expandir los límites de su mundo, algo que estaba ligado a la sexualidad o al activismo político (una figura cool era Malcolm X, que en uno de sus discursos dijo
: “No os digo lo que queréis oír. Os digo lo que no queréis escuchar porque soy uno de vosotros; de hecho, soy uno de los peores de vosotros”). Lo del cool se hizo más social y menos individual y luego, de todas formas, se lo vampirizó el capitalismo.
Elvis Presley / Roger Marshutz
Todas esas posturas estéticas y vitales rebeldes fueron la plantilla comercial para la siguiente generación. El hipismo lo devoró el yupismo. El Just Do It que dice el reo condenado a muerte en La canción del verdugo, de Norman Mailer, acabó como reclamo en una legendaria campaña de Nike; un coche trazado a mano alzada por el mismísimo Hitler se convirtió en el automóvil de culto de toda la generación hippy gracias a la publicidad. Ser cool no es nada concreto. Es, como la mirada azul de Frank Sinatra, cuestión sentir algo cuando lo tienes delante.

Pues vaya.

Quizá todo no sea cuestión de materia, sino de tiempo. American cool se centra en el pasado y no es casualidad: muchos dicen que algo sólo es cool en retrospectiva. Aunque también es posible que el cool ya no exista y haya sido aniquilado por su masificación. Apple es cool, se supone, pero es parte de una cierta “rebeldía consumista” (que recoge el libro ¿Qué fue de lo hipster?): un objeto de consumo prestigiado en una generación que define su estilo según si compra una u otra marca multinacional. Ahora no es cool lo oculto, pero lo puede ser lo masivo, los objetos de consumo al alcance de todos (los que lo puedan pagar, al menos). Es lo que decía el intelectual Stuart Hall: "La colonización de lo cultural y lo ideológico por parte de los medios de comunicación”.
No son los zapatos (unos loafers con borla, por ejemplo), sino quién los lleva. Miles Davis adoptó como pocos el estilo de pijo universitario que vistió a presidentes progresistas y a h'ipsters' del submundo (como recoge The Ivy Look, an illustrated pocket guide, de Graham Marsh).
 En todas sus biografías, se explica que su magia fue que un negro vestía como un blanco acomodado. Una toma de poder, una pica en Flandes sartorialista. He ahí el acto de rebeldía: no ser un negro sumiso y conquistar un terreno prohibido.
 Los mods ingleses más lumpen también lo hicieron con sus trajes europeos más buenos que los de los ejecutivos de la City. Raperos como Kanye West han sublimado esa idea. / Aram Avakian

¿Por qué escribís cool en inglés y no lo ponéis en castellano?

Porque, ¿cómo se dice cool en español? ¿Guay? ¿Estiloso? ¿Relajado? En España es un concepto aún más dudoso. Por ser un término intraducible, se usa el anglicismo, lo que lo condena a proyectar una imagen elitista en su misma formulación. Eso sí, existe lo cool en España aplicando raíces del término. Los héroes del cine quinqui, por ejemplo, son cool (y no sólo por su vida kamikaze o sus pantalones ceñidos). Richard Hell decía que “los punks son negratas”. Y los protagonistas del cine delincuente del tardofranquismo son, claramente y quizás con menos conciencia política, el equivalente ibérico del black power.