Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

24 mar 2014

Suárez, el hombre que cimentó el consenso

Políticos como Santiago Carrillo o Soledad Becerril recuerdan a Suárez

Las entrevistas fueron rodadas a mediados de la pasada década.

 

"Se consumió en un proceso, consciente de que se estaba consumiendo", explica Federico Mayor Zaragoza
 . La calidad de estas imágenes no es la mejo
r. Lo que recoge este vídeo son grabaciones de hace más de diez años, sin la alta tecnología actual pero con un contenido potente, que perfila históricamente la figura de Adolfo Suárez, el hombre que cimentó la Transición.
Son voces que parten de todos los espectros de la política española, desde los que venían del régimen hasta los que estaban amordazados por él
. Si escuchan con atención, la palabra más pronunciada es "consenso", uno de los pilares del talante y la personalidad de Suárez, que desmontó el Estado franquista desde dentro, contando con todas las sensibilidades en un ejercicio de funambulismo con la altura de miras de un político excepcional.
Así lo explica Marcelino Oreja, que comenzó su andadura política dentro del régimen en el Ministerio de Exteriores y llegó a ser titular de esta cartera de la mano de la Unión de Centro Democrático entre 1976 y 1980.
 "Era casi obsesiva en Adolfo Suárez la necesidad de llegar constantemente a acuerdos".
 Del mismo modo opina Federico Mayor Zaragoza, que ocupó, entre otros, el cargo de ministro de Educación y Ciencia tanto con Carlos Arias Navarro en el franquismo como con el segundo Ejecutivo de UCD. Mayor Zaragoza recuerda también que el primer presidente tras la dictadura del general Franco asumió el desgaste que ese proceso conllevaba.
Rodolfo Martín Villa, que conocía al expresidente desde los tiempos de la universidad, dice que en la Transición se encontró con un Suárez "que era el mismo de siempre pero mejorado".
 Ambos coincidieron en sus tiempos universitarios, en los que Suárez no destacaba por su rendimiento académico pero sí por su capacidad de liderazgo.
Sin embargo, el abulense contó con él en dos de sus Ejecutivos. Para Martín Villa, Suárez demostró con sus actuaciones por qué el Rey confió en él.
El divulgador científico Eduard Punset, vinculado en su juventud a la izquierda clandestina, formó parte, sin embargo, del Gobierno de UCD en 1980 como ministro para las Relaciones con la Comunidad Europea. Punset reseña que Suárez supo "más que la gente de la izquierda, que sin un partido, en democracia no haces nada".
A los que llegaban del otro extremo, ese espíritu conciliador fue lo que les convenció de las intenciones de ese político singular, empeñado en aunar voluntades.
 El fallecido Santiago Carrillo, líder desde la posguerra del Partido Comunista de España, recuerda que en su primer encuentro —clandestino, de más de seis horas— se convenció de que el que tenía delante "no era un hijo de los vencedores, sino de los vencidos".
Todas estas voces son solo una muestra de la impronta que dejó Adolfo Suárez.
Explican cómo un hombre cuya formación política estaba en el régimen se sacrificó, política y personalmente, para cimentar el consenso necesario para construir la democracia y reconciliar a las "dos Españas".

Texto: Marta Castro / Vídeo elaborado y editado por: Lucía Rodríguez de la Peña, Delia Muñoz, Manuel Morales, Lorenzo Calonge y Marta Castro

Directo | Los Príncipes llegan a la capilla ardiente


La llegada del féretro de Adolfo Suárez al Congreso. Vídeo: Atlas | Foto: Reuters
Miles de ciudadanos esperan entrar en el Congreso de los Diputados para visitar la capilla ardiente de Adolfo Suárez, el expresidente del Gobierno que lideró la Transición, fallecido el domingo a los 81 años
. La fila llegaba sobre las dos de la tarde hasta la plaza de Cibeles. A ella se ha acercado el presidente del Congreso, Jesús Posada, para saludar a los ciudadanos.
El presidente de la Generalitat catalana, Artur Mas, también ha querido rendir homenaje a Suárez.
 A su salida del Congreso de los Diputados, Mas ha aprovechado la ocasión para destacar "la visión, el coraje y la generosidad de Adolfo Suárez" y recordar que el expresidente se atrevió a restituir la Generalitat como institución de autogobierno de Cataluña, incluso antes de que se aprobara la Constitución. 
Durante el acto, se ha conocido además que el aeropuerto de Barajas pasará a llamarse aeropuerto Adolfo Suárez a propuesta del presidente de Gobierno, Mariano Rajoy.
 El Ministerio de Fomento ha aprobado el cambio de nombre.


La despedida a Suárez reúne a todos los presidentes y fuerzas políticas

El Rey tras el homenaje a Suárez en el Congreso: “Una gran pena”

El martes se celebrará una misa en la catedral de Ávila, donde será enterrado el expresidente.

Foto: Andrea Comas (Reuters)

El Congreso de los Diputados ha inaugurado los actos de homenaje a Adolfo Suárez con el espíritu de consenso que marcó el proyecto político del primer presidente de la democracia.
 Todas las fuerzas políticas, los expresidentes y varios mandatarios autonómicos han acudido este lunes a la Cámara baja, donde a partir de las dos de la tarde se espera la llegada del presidente de la Generalitat, Artur Mas, que mantiene su desafío soberanista con el Gobierno.
 El féretro del exjefe del Ejecutivo ha llegado a la Cámara baja a las diez, recibido por las autoridades del Estado encabezadas por el jefe del Ejecutivo, Mariano Rajoy.
 Todos los portavoces parlamentarios, los miembros de las Mesas del Congreso y del Senado y los presidentes de los órganos constitucionales han aguardado en el salón de los Pasos Perdidos la llegada de los Reyes de España y de la infanta Elena, quienes han hecho su entrada a las 10.30 en punto, los tres vestidos de riguroso luto.
Consulta el calendario oficial de los actos
Tras el presidente del Gobierno y los presidentes del Congreso y del Senado, el primer saludo ha sido el de los expresidentes Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero.
 Los tres han entrado en coche en el Patio de la calle Floridablanca, donde les esperaban Rajoy, y su esposa, Elvira Fernández, los presidentes del Congreso y del Senado, Jesús Posada y Pío García Escudero, y los del Poder Judicial: el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes, y el del Tribunal Constitucional, Francisco Pérez de los Cobos.
En medio del salón está expuesto, y ahí quedará hasta mañana a las diez de la mañana, el féretro de uno de los padres de la democracia española, sobre el que se ha extendido una bandera de España. Las paredes de la sala están tapizadas de coronas de flores de todas las instituciones.
 A las 9.30 el Gobierno ha celebrado un Consejo de Ministros extraordinario para aprobar la concesión del Collar de Carlos III al primer presidente de la democracia (1976-1981).
Ha sido el Rey quien ha colocado el collar, la máxima condecoración que concede el Gobierno, sobre el féretro.
 El hijo mayor de Suárez, por su parte, ha llevado el Toisón de Oro, máxima condecoración de la Casa del Rey, que don Juan Carlos entregó personalmente al expresidente en 2008.
 El Monarca expresó ayer en un mensaje de vídeo su "gran dolor" y "permanente gratitud" hacia Adolfo Suárez
. También hoy, antes de abandonar el Congreso ha lamentado la muerte de su "amigo leal": "Es una gran pena", ha dicho antes de meterse en el coche y regresar a La Zarzuela. Los Reyes y la Infanta Elena, que han enviado, como los Príncipes, tres coronas de flores al Congreso, han permanecido unos 25 minutos en la capilla ardiente, donde han dado el pésame a los hijos del expresidente.
 Esta tarde, a las 15.00 horas se espera la llegada de don Felipe y doña Letizia, que esta mañana han viajado a Bilbao para asistir al funeral del exalcalde Iñaki Azkuna, junto a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría
. La infanta Cristina, apartada de la vida oficial de la Casa del Rey desde la imputación de su marido en el caso Nóos, no ha acompañado a los Reyes.
 La Zarzuela ha suspendido todos sus actos institucionales durante los tres días de luto oficial por la muerte de Suárez. De hecho, los reyes de Bélgica, que tenían previsto viajar a España este martes, han aplazado su visita.
 El próximo lunes asistirán al funeral de Estado.
El público, varios centenares de personas, en su mayoría mujeres, entre los que se cuentan numerosos jóvenes, está accediendo a la capilla ardiente del Congreso, a través de la Puerta de los Leones, desde del mediodía.
 La cola, pasadas las diez de la mañana, llegaba hasta el Banco de España.
El protocolo de los actos, que el Parlamento, La Moncloa y La Zarzuela preparan desde el sábado, contempla el traslado del féretro el martes por la mañana hasta la catedral de Ávila, donde se celebrará una misa córpore insepulto.
  Posteriormente, Suárez será enterrado en el claustro de la catedral cerca del presidente del Gobierno en el exilio durante la II República, Claudio Sánchez-Albornoz, y hasta allí se trasladarán los restos de su esposa, Amparo Illana, fallecida en 2001.
El Boletín Oficial del Estado ha publicado este lunes el decreto que declara tres días de luto oficial, en el que se aplicará el protocolo habitual, por el que hasta el miércoles todas las banderas de los edificios públicos ondearán a media hasta.

 

23 mar 2014

Adolfo Suárez, el político más solitario de la democracia


El presidente Adolfo Suárez, con gesto pensativo, solo, en el banco azul del Congreso de los Diputados. / MARISA FLÓREZ

Adolfo Suárez fue, seguramente, el político más solitario que ha existido en la democracia española y, sin embargo, fue el que más se empeñó, en una época peligrosamente incierta, en promover el diálogo y la distensión.
 Sus discursos, entonces muy criticados por la clase política, no solo en la oposición sino incluso en su propia formación política, estuvieron incansablemente llenos de llamamientos al “acuerdo”, el “esfuerzo común” o la “concordia” y toda su actividad política es la plasmación de ese ahínco.
Su primera gran apelación al pacto la formuló cuando todavía no era más que un joven y extravagante ministro Secretario General del Movimiento, siete meses después de la muerte del dictador. Ante las últimas Cortes franquistas, que representaban la enorme estructura levantada durante casi cuatro décadas de dictadura, aquel ministro de 43 años lanzó el 9 de junio de 1976 lo que sería el principal hilo conductor de su vertiginosa actuación política:
“Vamos, sencillamente, a quitarle dramatismo a nuestra política. Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal.
 Vamos a sentar las bases de un entendimiento duradero bajo el imperio de la ley”.

Es lógico que en aquellos momentos Suárez despertara toda clase de cautelas y resquemores en una oposición humillada por una Guerra Civil perdida y por tantos años de franquismo, pero leído ahora, 37 años después, su discurso en defensa de la descafeinada Ley de Asociación Política, que permitía la legalización de los partidos, salvo del Partido Comunista de España (PCE), es una pieza parlamentaria magnífica y marcaba perfectamente cuál iba a ser la voluntad política de quien escasamente un mes después sería elegido por el Rey como su verdadero primer presidente del Gobierno (el anterior, Carlos Arias Navarro, había sido nombrado por Franco).
Suárez fue presidente cinco años y medio, los más inciertos y peligrosos de la Transición española, y si algo caracterizó, por encima de todo, su Gobierno fue la extrema velocidad que imprimió a las reformas, el ritmo vertiginoso con el que impulsó los cambios
. Doce meses después de aquella apelación a la “normalidad”, aquel simpático político al que la mayoría comparaba con un dependiente de grandes almacenes, un funcionario de medio pelo con un currículo muy poco presentable, había concedido una amnistía que todavía no era total pero que desbloqueaba las relaciones con la oposición; había hecho aprobar una Ley de Reforma Política que dinamitaba, desde la legalidad, toda la estructura franquista; había disuelto el Movimiento Nacional, legalizado al Partido Comunista de España y a los sindicatos Comisiones Obreras y UGT; había creado un nuevo partido político, UCD, y celebrado, y ganado, las primeras elecciones democráticas desde la República; había puesto en marcha unas Cortes Constituyentes, que elaborarían la primera Constitución de consenso en la historia española…
 No tardó ni quince días después de ganar esas elecciones del 15 de junio de 1977 en presentar la candidatura formal de España para ingresar en la entonces Comunidad Económica Europea y no pasaron ni cuatro meses antes de autorizar el regreso a España de Josep Tarradellas como president provisional de la Generalitat de Catalunya, y antes de recibirlo con un fuerte apretón de manos en la Moncloa.
Durante todo este tiempo, Adolfo Suárez insistió, una y otra vez, en el mismo mensaje:
 “Os invito a que iniciemos la senda racional de hacer posible el entendimiento por vías pacíficas”. “Este pueblo no nos pide milagros ni utopías. Pienso que nos pide, sencillamente, que acomodemos el derecho a la realidad”. “Quitemos dramatismo a nuestra política”. “Reconozcamos la realidad del país”.
El mérito de este discurso permanente de concordia de Suárez cobra todavía más relieve si no se olvida, como muchas veces se hace, que todo este proceso de normalización democrática se hizo en medio de huelgas, manifestaciones, una inflación disparada y un paro creciente, presiones y desplantes militares, una larga lista de feroces atentados de ETA, del GRAPO y de los grupos ultra y fascistas, y de una creciente incomprensión política.
Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que en la calle es normal"
Cuando finalmente dimitió, el 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez tenía 48 años.
 Había soportado, con la única amistad de Fernando Abril Martorell y del general Manuel Gutiérrez Mellado, más crisis que ningún otro político de la democracia y se encontraba aterradoramente aislado.
 El presidente del Gobierno presentó su renuncia ante las cámaras de televisión, demacrado y agotado, sometido a la fuerte crispación política que promovía sin cesar la oposición socialista, a las luchas internas de su propio partido, a la creciente falta de confianza del Rey y, por supuesto, a la interminable y furiosa presión militar que desembocaría ese mismo año en el golpe de Estado del 23-F.
Para entonces ya había demostrado una formidable capacidad de aguante, un gran coraje y un firme deseo de interpretar sinceramente la voluntad de la mayoría de los españoles.
 Aquel joven funcionario que propuso a los herederos del franquismo quitar dramatismo a la vida política española fue el mismo que cinco años después, en retirada y derrotado, sin que casi nadie le reconociera que había cumplido gran parte de sus compromisos políticos, culminó su tarea institucional negándose en el Congreso de los Diputados a tirarse al suelo pese a las amenazas de un teniente coronel golpista.