Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

23 feb 2014

La casa de Boccaccio................................................... Mario Vargas Llosa

PIEDRA DE TOQUE. Los cuentos del ‘Decamerón’, quizá escritos en el pueblecito de Certaldo, donde nació el escritor, inventan la prosa narrativa italiana e inauguran la riquísima tradición del cuento en Occidente.

 

FERNANDO VICENTE

El pueblecito toscano de Certaldo conserva sus murallas medievales, pero la casa donde hace siete siglos nació Giovanni Boccaccio fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial
. Ha sido reconstruida con esmero y desde su elevada terraza se divisa un paisaje de suaves colinas con olivares, cipreses y pinos que remata, en una cumbre lejana, con las danzarinas torres de San Gimignano.
Lo único que queda del ilustre polígrafo es una zapatilla de madera y piel carcomida por el tiempo; apareció enterrada en un muro y acaso no la calzó él sino su padre o alguno de los sirvientes de la casa
. Hay una biblioteca donde se amontonan los centenares de traducciones del Decamerón a todas las lenguas del mundo y vitrinas repletas con los estudios que se le dedican.
 El pueblecito es una joya de viviendas de ladrillos, tejas y vigas centenarias, pero minúsculo, y uno se pregunta cómo se las arregló el señor Boccaccio papá para, en lugar tan pequeño, convertirse en un mercader tan próspero.
 Giovanni era hijo natural, reconocido más tarde por su progenitor y se ignora quién fue su madre, una mujer sin duda muy humilde.
 De Certaldo salió el joven Giovanni a Nápoles, a estudiar banca y derecho, para incrementar el negocio familiar, pero allí descubrió que su vocación eran las letras y se dedicó a ellas con pasión y furia erudita
. Eso hubiera sido sin la peste negra que devastó Florencia en 1348: un intelectual de la elite, amante de los clásicos, latinista, helenista, enciclopédico y teólogo.
Tenía unos 35 años cuando las ratas que traían el virus desde los barcos que acarreaban especias del Oriente, llegaron a Florencia e infectaron la ciudad con la pestilencia que exterminó a 40.000 florentinos, la tercera parte de sus habitantes.
 La experiencia de la peste alejó a Boccaccio de los infolios conventuales, de la teología y los clásicos griegos y latinos (volvería años más tarde a todo ello) y lo acercó al pueblo llano, a las tabernas y a los dormideros de mendigos, a los dichos de la chusma, a su verba deslenguada y a la lujuria y bellaquerías exacerbadas por la sensación de cataclismo, de fin del mundo, que la epidemia desencadenó en todos los sectores, de la nobleza al populacho.
 Gracias a esta inmersión en el mundanal ruido y la canalla con la que compartió aquellos meses de horror, pudo escribir el Decamerón, inventar la prosa narrativa italiana e inaugurar la riquísima tradición del cuento en Occidente, que prolongarían Chaucer, Rabelais, Poe, Chéjov, Conrad, Maupassant, Chesterton, Kipling, Borges y tantos otros hasta nuestros días.
Gracias a esos relatos irreverentes y geniales se convirtió en un escritor inmensamente popular
No se sabe dónde escribió Boccaccio el centenar de historias del Decamerón entre 1348 y 1351 —bien pudo ser aquí, en su casa de Certaldo, donde vendría a refugiarse cuando las cosas le iban mal—, pero sí sabemos que, gracias a esos cuentos licenciosos, irreverentes y geniales, dejó de ser un intelectual de biblioteca y se convirtió en un escritor inmensamente popular.
 La primera edición del libro salió en Venecia, en 1492.
Hasta entonces se leyó en copias manuscritas que se reprodujeron por millares
. Esa multiplicación debió de ser una de las razones por las que desistió de intentar quemarlas cuando, en su cincuentena, por un recrudecimiento de su religiosidad y la influencia de un fraile cartujo, se arrepintió de haberlo escrito debido al desenfado sexual y los ataques feroces contra el clero que contiene el Decamerón.
 Su amigo Petrarca, gran poeta que veía con desdén la prosa plebeya de aquellos relatos, también le aconsejó que no lo hiciera
. En todo caso, era tarde para dar marcha atrás; esos cuentos se leían, se contaban y se imitaban ya por media Europa
. Siete siglos más tarde, se siguen leyendo con el impagable placer que deparan las obras maestras absolutas.
En la veintena de casitas que forman el Certaldo histórico —un palacio entre ellas— hay una pequeña trattoria que ofrece, todas las primaveras,
 “El suntuoso banquete medieval de Boccaccio”, pero, como es invierno, debo contentarme con la modesta ribollita toscana, una sopa de migas y verdura, y un vinito de la región que rastrilla el paladar.
En los carteles que cuelgan de las paredes de su casa natal, uno de ellos recuerda que, en la década de 1350 a 1360, entre los mandados diplomáticos y administrativos que Boccaccio hizo para la Señoría florentina, figuró el que debió conmoverlo más: llevar de regalo diez florines de oro a la hija de Dante Alighieri, Sor Beatrice, monja de clausura en el monasterio de Santo Stefano degli Ulivi, en Rávena.
Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas por el resto de la vida.
En la magnífica exposición que se exhibe en estos días en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia —Boccaccio: autore e copista—, hay manuscritos suyos, de caligrafía pequeñita y pareja, copiando textos clásicos o reescribiendo en 1370, de principio a fin, veinte años después de haberlas escrito, las mil y pico de páginas del Decamerón que poco antes había querido destruir (era un hombre contradictorio, como buen escritor).
 Allí se ve a qué extremos llegó su pasión dantesca: copió tres veces en su vida la Comedia y una vez la Vita Nuova, para difundir su lectura, además de escribir la primera biografía del gran poeta y, por encargo de la Señoría, dictar 59 charlas en la iglesia de Santo Stefano di Badia explicando al gran público la riqueza literaria, filosófica y teológica del poema al que, gracias a él, comenzó a llamarse desde entonces “divino”.
Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas
En Certaldo se construyó hace años un jardín que quería imitar aquel en el que las siete muchachas y los tres jovencitos del Decamerón se refugian a contarse cuentos.
 Pero el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri, que todavía existe.
De ese enorme terreno se ha segregado la Villa Schifanoia, donde ahora funciona el Instituto Universitario Europeo.
Aquí vivió en el siglo XIX el gran Alejandro Dumas, que ha dejado una preciosa descripción del lugar
. Nada queda, por cierto, de los jardines míticos, con lagos y arroyos murmurantes, cervatillos, liebres, conejos, garzas, y del soberbio palacio donde los diez jóvenes se contaban los picantes relatos que tanto los hacían gozar, descritos (o más bien inventados) por Boccaccio, pero el lugar tiene siempre mucho encanto, con sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos, así como la soberbia visión que se tiene aquí de toda Florencia.
 De regreso a la ciudad vale la pena hacer un desvío a la diminuta aldea medieval de Corbignano, donde todavía sobrevive una de las casas que habitó Boccaccio y en la que, al parecer, escribió el Ninfale fiesolano; en todo caso, muy cerca de ese pueblecito están los dos riachuelos en que se convierten Africo y Mensola, sus personajes centrales.
Todo este recorrido tras sus huellas es muy bello pero nada me emocionó tanto como seguir los pasos de Boccaccio en Certaldo y recordar que, en este reconstruido local, pasó la última etapa de su vida, pobre, aislado, asistido sólo por su vieja criada Bruna y muy enfermo con la hidropesía que lo había monstruosamente hinchado al extremo de no poder moverse.
Me llena de tristeza y de admiración imaginar esos últimos meses de su vida, inmovilizado por la obesidad, dedicando sus días y noches a revisar la traducción de la Odisea —Homero fue otro de sus venerados modelos— al latín hecha por su amigo el monje Leoncio Pilato.
Murió aquí, en 1375, y lo enterraron en la iglesita vecina de los Santos Jacobo y Felipe, que se conserva casi intacta
. Como en el Certaldo histórico no hay florerías, me robé una hoja de laurel del pequeño altar y la deposité en su tumba, donde deben quedar nada más que algunos polvillos del que fue, y le hice el más rápido homenaje que me vino a la boca: “Gracias, maestro”.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.
© Mario Vargas Llosa, 2014.

10 tiendas de alimentación que no se puede perder................ José Carlos Capel

Del ultramarinos al ‘aula gourmet’. 

Establecimientos que combinan la venta de productos de gran calidad con sesiones de degustación y clases magistrales.

 Una selección de pequeños templos de la gastronomía.

 

César Lucadamo

En muchos mercados a la última, atípicos o de diseño, la gente no va a comprar, sino a disfrutar comiendo
. Y mientras está allí se interesa por productos y acaba comprando.
 Podrían considerarse food halls (galerías gastronómicas) al más puro estilo londinense.
 Lugares para degustar y comprar, con lineales atiborrados, barras para picar, restaurantes informales y muchas mesitas, altas o bajas.
En toda Europa existen enclaves en esta línea: el famoso Ka De We en Berlín, la planta gourmet de las Galeries Lafayette en París y los food halls de Harrod’s, Selfridges y John Lewis en Londres.
 Y en Turín y Nueva York y otras ciudades italianas, el renombrado Eataly.
 En definitiva, lugares donde se come y se compra.
Lo mismo sucede en algunos de los mercados de moda en España
. Es el caso del de San Miguel, casi reservado a turistas, y el de San Antón, ambos en Madrid, o el de El Olivar en Palma de Mallorca
. En Barcelona no escapan a la tendencia la famosa Boquería, donde cada día se venden más cosas para degustar de pie, ni tampoco el mercado de Santa Caterina, donde triunfa el local de Rosa Esteva. La lista se haría infinita.
Una línea en la que se encuentran los Gourmet Experience de El Corte Inglés, que se suman a la tendencia.
Se reconozca o no, los conceptos que rodean a los comercios gourmet de última generación han cambiado por completo.
 Los clientes que se acercan a estos lugares no solo buscan calidad, sino la posibilidad de vivir experiencias.
 Comer y comprar, catar y probar, degustar y dialogar son los verbos que rodean las preferencias de las sociedades modernas, cada vez más participativas en todos los ámbitos.
 El gastronómico no escapa a las corrientes en boga
. Es lógico que los reductos antaño reservados a gourmets procedan a abrir sus puertas.
Detrás de estos nuevos comercios siempre hay especialistas
. No son meros entendidos, sino apasionados de su trabajo que ofrecen a sus clientes aquello con lo que disfrutan
. En sus estanterías se pueden hacer grandes hallazgos: huevos de caserío, conservas afinadas durante años, pollos de corral con garantía de origen, carnes con trazabilidad asegurada y hasta panes especiales.
Estos lugares no se conforman con ofrecer exquisiteces únicas, sino que difunden su conocimiento, la cultura que los acompaña
. A su alrededor proliferan cursillos de cata, degustaciones programadas o clases presenciales con maestros donde los asistentes intervienen y se impregnan de conocimiento.
Son comercios que venden productos de calidad, pero también experiencias asociadas.
 Muchos de ellos disponen de clubes a los que es fácil afiliarse.
 Un sistema que da acceso a eventos periódicos, algunos de gran relevancia
. Entre ellos, el Club de Vila Viniteca, fundado en 1992, en el que expertos sumilleres y enólogos consiguen para sus asociados vinos de producciones limitadas.
 Lo mismo que Lavinia, que permite reservar en primicia ciertas botellas antes de que lleguen al mercado
. Más aún: Quim Vila, propietario de Vila Viniteca, organiza premios, fiestas y un evento bienal –La Música del Vi– de cata por parejas.
Ningún comercio gourmet que se precie se concibe tampoco sin una venta digital de sus productos. Ni casi tampoco sin blogs o foros en Internet en los que los usuarios puedan verter sus opiniones. Algunas tiendas especializadas disponen también de restaurantes que, a modo de prolongación de sus espacios, permiten disfrutar de sus productos.
 Es el caso de Poncelet, en Madrid, la mejor tienda de quesos de España, que ofrece magníficas tablas surtidas en su Cheese Bar. O Casa Pepe en Barcelona, donde los espacios de degustación y compra casi se confunden.
 Comprar, comer y beber, vivir experiencias e impregnarse de cultura gastronómica
. Es el signo de los tiempos que corren

Un mundo más triste y más lerdo...................................................... Javier Marías

Si lo que inventan los artistas es tan valioso, resulta contradictorio que se los trate en vida tan mal.

 

Algunas cosas son “así” desde hace tanto que casi nadie se para a pensar, ni se pregunta, quizá ni siquiera sabe por qué son de esa manera
. Hace unas semanas hable aquí de la piratería de libros, que en nuestro país chorizo va en lógico aumento, y por lo menos hubo reacciones.
 Unas sensatas, otras peregrinas e incomprensibles; no faltaron las airadas (“La cultura ha de ser gratis; dedíquese a otros menesteres para ganar dinero”), e incluso una compungida que se justificaba por su bajo nivel de ingresos y prometía abandonar la práctica en cuanto mejorara.
 Lo que pocos se plantean, me temo, es el motivo por el que las obras literarias, musicales, etc, pasan a ser del dominio público a los sesenta o setenta años, según los países, de la muerte de sus creadores. ¿Por qué constituyen una excepción en un mundo y en un sistema en los que todo se lega y se va heredando indefinidamente, de generación en generación y sin límite temporal ninguno?
 Las fortunas, el dinero, las tierras, las casas; la panadería, la zapatería, la empresa, la fábrica; el banco, los cuadros, el palacio y la modesta choza; el apartamento en la playa, los muebles, el reloj del bisabuelo y las joyas de la tatarabuela; el periódico familiar, la pastelería, el supermercado, las acciones …, todo se va dejando a los herederos ad aeternitatem.
He hablado de ello en otras ocasiones, pero tanto da mientras ningún gobierno se detenga a pensar en la injusticia que esto supone.
 ¿Por qué las obras artísticas, y por ende sus autores, sufren esta discriminación palmaria?
 Esas obras ni siquiera son compradas o ganadas, como la mayor parte de lo que he enumerado. Son “propiedades” en cierto sentido, pero no algo preexistente que pueda “adquirirse”, sino creado por quienes las conciben y realizan.
 Y, pese a eso, se ven castigadas, en comparación.
 Si la ley que las regula se aplicara a todo lo demás, no quedaría familia rica en el mundo, y la Duquesa de Alba carecería de patrimonio
. Si las obras de arte pasan al dominio público (es decir, pueden editarse y reproducirse libremente transcurridos esos sesenta o setenta años, y ya nadie paga por disfrutarlas ni –ojo– por explotarlas, utilizarlas y manipularlas, o hacer criminales “versiones” o “adaptaciones” de ellas), es justamente porque se las considera un bien para la humanidad de tal calibre que no se puede restringir sine die el acceso a ellas.
 Tan sólo se ven emparejadas –si acaso– con los grandes descubrimientos científicos que benefician a toda la especie: las vacunas, la penicilina, la anestesia, cosas así.
 Hasta cierto punto es comprensible
. Sería lamentable que no pudiéramos leer a Cervantes o a Shakespeare, ni oír a Beethoven o a Mozart, por las exigencias y cortapisas que impusieran sus más remotos descendientes, tal vez gente insensible y avariciosa y parásita.
 Pero también es una lástima que a nadie se le permita pasear por tal finca desde hace siglos porque pertenece a una familia que se la ha ido traspasando sin caducidad ni tope.
Si lo que inventan los artistas es tan descomunal y valioso que a sus herederos se les enajena por fuerza, a fin de que alcance a todos sin excepción, resulta contradictorio que a esos artistas se los trate en vida tan mal como se los trata hoy, y más aún por parte de un Gobierno iletrado y bárbaro como el actual de España.
Si lo que hacen es, o puede llegar a ser, tan extraordinario y enriquecedor que se impide que quede en manos privadas indefinidamente –repito, a diferencia de lo demás–, ¿cómo es que no son una especie protegida a la que se cuida? La mayoría sentimos una gratitud profunda hacia Cervantes y Shakespeare, Beethoven y Mozart, y pensamos que si estuvieran aquí los abrazaríamos, les rogaríamos que escribieran o compusieran más e intentaríamos facilitárselo al máximo.
“Por favor, no paguen impuestos”, les diríamos, por ejemplo, “que ya nos pagarán con creces con sus creaciones. Déjennos alguna más”.
 Claro que es imposible saber, en el presente, cuáles de nuestros contemporáneos seguirán siendo leídos al cabo de cuatro o dos siglos, cuáles beneficiarán de veras a la humanidad futura.
 Sin embargo, y por si las moscas, resulta que todas las obras, hasta las pésimas, están sujetas a la misma “condena”: no poder ser heredadas más que durante un tiempo determinado.
 En vista de lo cual, y lejos de otorgárseles a sus creadores algunas compensaciones y facilidades, la tendencia actual es a expoliarlos ya en vida, a privarlos de sus derechos o reducírselos, a tenerlos por unos caraduras y por individuos privilegiados (!). Shakespeare y Cervantes, Beethoven y Mozart, Velázquez y Caravaggio también tenían que pagar sus facturas, y la lista de genios que pasaron penurias es interminable
. Hoy nos entristece que Van Gogh no vendiera un cuadro, que Cervantes y Dickens visitaran la cárcel y se llenaran de deudas, habiendo hecho tanto por nosotros.
 De haber vivido en una época como la actual, en la que además es fácil esquilmarles sus escasas ganancias con impunidad, es probable que hubieran abandonado pinceles y pluma, acuciados por la necesidad.
 Y que, como me decía ese lector airado, hubieran debido dedicarse a otros menesteres para procurarse el sustento.
 No me cabe duda de que, a cambio de haber satisfecho esa demanda de “cultura gratis”, el mundo sería hoy mucho más ignorante, más pobre, más triste y más lerdo.
elpaissemanal@elpais.es

Vencer para los demás....................................Tiene que haber soluciones......¿Por qué no le reconocen su incapacidad de un 33%?

Aziz protagonizó una histórica sentencia de la UE. Su caso forzó un cambio en la ley antidesahucios. Pero nada ha variado para él.

 

Mohamed Aziz, en el portal de su antigua casa, en Martorell, el pasado martes. / Gianluca Battista

Mohamed sube las escaleras que conducen a la que fue su casa durante ocho años
. Lo hace con paso lento, su lesión lumbar y cervical no le permite mayores alegrías. Con gesto adusto, este marroquí alto y fornido, de 53 años, llega hasta la puerta
. Donde antes había una vieja cerradura, ahora hay dos más, mucho más modernas. “Las habrán puesto por si vienen okupas, o algo”, dice frente al que fue su hogar
. La última vez que estuvo aquí fue en febrero de 2011, el día en que le desalojaron junto a su mujer y sus dos hijos, no había vuelto a este lugar desde entonces
. Y todo por cuatro meses sin pagar la cuota de la hipoteca
. Todos sus ahorros, el producto de sus más de 18 años de trabajo en España, volatilizados.
 Sin trabajo, sin casa, sin dinero y con una deuda de 85.000 euros.
 Este exsoldador y extrabajador de la Seat es el hombre que forzó hace apenas un año una histórica sentencia que obligó a modificar el sistema español de desahucios
 . Cuando el pasado 14 de marzo de 2013 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que las normas españolas vulneraban la normativa de protección de derechos de los consumidores, se abrió una puerta a la esperanza para él y miles de desahuciados.
 Pero el cambio legislativo del 14 de mayo, paradojas de la vida, no se le puede aplicar
. La etiqueta color crema con su nombre sigue ahí en el buzón de correo del bloque de viviendas en que habitaba, en la calle de Montserrat en Martorell, a 40 kilómetros de Barcelona: Mohamed Aziz, 1º 4.
Pero su casa ya no le pertenece.
La Ley 1\/2013 de Medidas para Reforzar la Protección a los Deudores Hipotecarios, popularmente conocida como ley antidesahucios, ha otorgado un instrumento a los jueces para paralizar desalojos si observan cláusulas abusivas, s
í. Pero la disposición transitoria primera de la ley impide su aplicación a personas ya desahuciadas. “Antes de la sentencia de Luxemburgo se soñaba con un futuro de daciones en pago, de gente que podría volver a sus casas, que podrían ser indemnizados”, relata Dionisio Moreno, el humilde abogado de Martorell que tuvo la idea de plantear el conflicto de la normativa española con la legislación europea sobre consumidores.
“Hemos perdido una ocasión de arreglar bien las cosas”, dice Moreno, “la ley es como un queso gruyer, una chapuza”.
Juzgados colapsados por demandas, jueces de primera instancia teniendo que atender cuestiones que deberían examinar juzgados mercantiles, deudores que no pueden renegociar condenados a deudas imposibles de pagar en situaciones precarias; el drama está lejos de detenerse.
 El número de entregas de viviendas en los seis primeros meses de 2013 fue de 35.098, según el Banco de España
. En todo el año 2012, la cifra fue de 44.745.
El 2 de mayo, el magistrado del Juzgado Número 3 de Barcelona, José María Fernández-Seijo, el hombre que formuló la cuestión prejudicial ante Luxemburgo, declaraba abusivas las cláusulas del contrato de Aziz. El banco, Catalunya Caixa, presentaba un recurso de apelación ante la Audiencia Provincial de Barcelona.
Y el propio Dionisio Moreno también recurría al estimar que no se ha declarado la nulidad del procedimiento y no se le ha devuelto la casa a su cliente.
 El caso está, por tanto, en el aire, pendiente de fallo. El banco no espera un pronunciamiento antes de octubre de este año, señala una portavoz.
El préstamo hipotecario que Aziz suscribió con Caixa Sabadell para comprar su casa en 2003 fue de 126.000 euros; pagaba cuotas de 860 euros al mes, cuando sus ingresos como soldador eran de 1.340 euros mensuales
. En 2007, cuando quedaban 115.000 euros por pagar, renegoció y lo amplió a 138.000 euros, pagando cuotas de 700 euros
. En 2009, tras cuatro meses consecutivos sin pagar, el banco iniciaba el proceso que condujo a su desahucio.
Quiero que me devuelvan mi casa, ahí está todo lo que ahorré durante muchos años”, dice el exsoldador
Mohamed Aziz es hoy, tres años después de su desalojo, un hombre cansado de un interminable proceso judicial que no acaba de resolverse
.Cobra 426 euros de la Renta Activa de Inserción.
 Tiene a su cargo a su mujer y a dos hijos de 20 y 11 años. Los servicios sociales locales le encontraron una fórmula habitacional: un piso de 55 metros cuadrados que se comía gran parte de sus ingresos, 370 euros al mes hasta que, el pasado mes de junio, la casera le redujo el alquiler a 270 euros.
Una vez pagadas la luz y el agua, cuenta con unos 120 euros para afrontar el mes.
Los libros de texto de su hijo de 11 años los alquila: la beca que solía haber hasta hace dos años para material escolar voló con los recortes
. Para la comida, recurre a la ayuda de instituciones como la Cruz Roja, que distribuyen productos como leche, aceite y azúcar entre los más necesitados.
“Yo me he dejado la carne aquí en España”, dice Mohamed Aziz.
Y se remanga la chaqueta de pana marrón. Aparecen las lesiones de su trabajo como soldador, cicatrices que recorren su mano y su antebrazo
. “Quiero que me devuelvan mi casa, ahí está todo lo que ahorré durante muchos años, que debería ser para mis hijos
. Luego vendrá uno de esos fondos buitre que se queda con tu piso, lo vende y se lleva el dinero a otro país”.
Aziz no puede volver a trabajar.
 Sufre una hernia discal que hace que no pueda estar de pie mucho rato.
Ha pedido dos veces la incapacidad laboral, pero se la han denegado.
 Asegura que tiene un 33% de discapacidad pero que, como no trabaja, ni tiene ingresos, no puede pagarseuna revisión médica para evaluar su estado actual.
En un descampado al que da la terraza del que fue su hogar, con el traqueteo del tren que pasa a escasos 100 metros, Mohamed Aziz lía un cigarrillo.
 “Al final, nada ha cambiado porque somos pobres
. Los que financian a los Gobiernos son los bancos, ¿qué van a hacer los Gobiernos, dar la razón a los pobres?”.