16 feb 2014
15 feb 2014
La factoría de la nostalgia.................................De Antonio MM
Fred McDarrah retrató a Bob Dylan sentado
al sol en un banco de Sheridan Square, en 1965. La foto se exhibe en la
galería Steven Kasher.
Cualquier cosa, bien macerada y caramelizada por el tiempo, puede
manufacturarse en forma de nostalgia.
El blanco y negro de las fotografías y los documentales puede volver memorable cualquier episodio del pasado, por muy mediocre, superfluo, incluso deleznable que fuera. En sus fotos de los años cincuenta, de los primeros sesenta, nuestros padres parecen jóvenes actores de cine.
“Existe en la naturaleza humana una fuerte propensión a devaluar las ventajas y a magnificar los males del tiempo presente”, dice Gibbon.
Nueva York es ahora una ciudad más limpia, más segura y más próspera que hace treinta o cuarenta años, pero cuando uno habla con personas que recuerdan el tiempo de los atracos en el metro, los apuñalamientos en Central Park, los campamentos de mendigos, drogadictos y traficantes en Tompkins Square o en Washington Square, junto al alivio de que todo aquello pasara hay con frecuencia un tono de nostalgia.
Un amigo me contaba que uno no podía permitirse el lujo de ir abstraído por la calle: había que estar siempre alerta, como con un radar siempre moviéndose para detectar signos de peligro, y eso hacía que uno viviera más pegado a lo real, mucho más despierto que ahora, cuando las aceras están pobladas casi exclusivamente por sonámbulos que hablan gesticulando por sus teléfonos de manos libres o miran absortos y teclean en la pantalla de los iphones
“Había que andar de una cierta manera”, me dijo mi amigo, “para que se supiera que uno no era un turista, que no estaba perdido ni era una presa fácil; había que andar rápido, mirando al frente, y al mismo tiempo vigilando de soslayo a un lado y a otro, aunque con la precaución de que la mirada no chocara con la de quien no debía”. Un volumen entero de las memorias de Edmund White, City Boy, está dedicado a la época de libertad desaforada que conocieron los homosexuales de Nueva York precisamente en los mismos años en los que la ciudad se hundía en la catástrofe, cuando el Gobierno federal se negaba a salvarla de la quiebra y no había dinero ni para limpiar la basura
. Entre el motín de Stonewall en 1969 y la irrupción del sida como una epidemia medieval en los primeros ochenta, la Nueva York que recuerda White fue una fiesta de promiscuidad y desahogo que no acababa nunca.
También era la ciudad de las bocas de metro cegadas por escombros
como tumbas egipcias y el de los trenes tachonados completamente con
manchas, figuras y garabatos de grafitis
. Casi cualquiera que ya no sea joven tiene un recuerdo muy vivo de la pesadilla y el peligro de aventurarse en el metro. Había asientos arrancados, cristales escarchados por pedradas, charcos de líquidos alarmantes, restos de comida, gente trastornada de mirada retadora.
En verano no había aire acondicionado y en los túneles y en los trenes el calor adquiría una cualidad cenagosa. Y, para muchas de las personas a las que les he preguntado, una parte grande del suplicio del metro eran los grafitis: su proliferación angustiosa, la claustrofobia de que no hubiera un espacio, dentro o fuera de los trenes, no ocupado y saturado por ellos.
De lejos, cuando se veía desde la calle un tren emergiendo de un túnel por un paso elevado o atravesando uno de los puentes sobre el East River, había a veces un efecto inesperado de belleza, una complicación de colorido barroco.
Nadie que yo conozca prefiere el metro de aquellos años al de ahora, pero la nostalgia es una planta capaz de arraigar en los suelos más inhóspitos.
El Museo de la Ciudad acaba de inaugurar una gran exposición dedicada a lo que ahora resulta que fue la edad de oro del grafiti.
En ella no hay vagones de verdad cubiertos de policromías, pero sí fotos apaisadas y muy bien enmarcadas de aquellos trenes desfilando como convoyes de color entre edificios desmoronados, a través de barriadas que parecen ciudades en las que nunca comenzó la reconstrucción de una posguerra. En una magnífica galería de Chelsea especializada en fotos, Steven Kasher, se repiten imágenes parecidas de trenes, tomadas en los últimos setenta y primeros ochenta por Henry Chalfant. En ellas los vagones forman frisos que ocupan todo el espacio. En cualquier parte destaca sin dificultad el talento.
En la exposición del Museo de la Ciudad deslumbran artistas callejeros que trasmutaban la prisa y el peligro en virtudes estéticas: Daze, Dondi, Futura, Lee Quiñones, Lady Pink; y en esa atmósfera se comprende mejor la capacidad de aprender y absorber y darle la vuelta en beneficio propio a toda aquella imaginería que tuvieron Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, sobre todo Basquiat.
En la Nueva York opulenta y socialmente escindida de ahora la
nostalgia es una mercancía y también un indicio de la incomodidad que
despierta en la gente la omnipotencia obscena del dinero
. En Steven Kasher la sala principal la ocupa estos días una selección de las fotos que Fred McDarrah hizo en los sesenta y los setenta para el Village Voice
. Aquí la nostalgia es en blanco y negro. McDarrah iba por las calles, los cafés, los apartamentos destartalados del Village, como un minutero ambulante que retrató a los mayores de la generación que se estaba extinguiendo y a los más jóvenes y más de la siguiente, los que empezaban a brillar y los que estaban perdiendo brillo, los expresionistas abstractos con sus blusas y pantalones manchados y su fatiga de viejos pintores de brocha gorda y los jóvenes pop con sus caras aniñadas de estudiantes precoces, los poetas beat y los mendigos, los que miraban sabiendo desde muy jóvenes lo que querían y los que prometían mucho y no llegaron a nada
. Retrató a Dustin Hoffman con veinte años y con cara de comer mal y casi no dormir, a Bob Dylan sentado al sol como un indigente en un banco de Sheridan Square, a Norman Mailer como un león en una jaula llena de montones de periódicos, con el cigarrillo y la máquina de escribir que entonces parecían las herramientas naturales de un novelista, a Jack Kerouac recitando poemas en la sala de estar de un apartamento lamentable, a Robert Mapplethorpe con un corte de pelo y una cara chupada y una mirada fulgurante que le hacían muy parecido a Camarón de la Isla, a Mark Rothko como un gordo viejo y demolido, muy solo entre los invitados a una fies
ta. Parece que no hubo protesta contra la guerra de Vietnam o a favor de los derechos de las mujeres o los homosexuales a la que Fred McDarrah no acudiera con su cámara.
Gente rara y muy joven con mucho talento o solo con un talento fantasioso para la extravagancia podía buscarse la vida en una ciudad que era pobre y peligrosa, pero también era barata y estaba llena de oportunidades.
Ahora que hay sucursales de bancos o de Starbucks en casi cada esquina, y que sobre las terrazas de los vecindarios destartalados de entonces se levantan torres de vidrio para oligarcas rusos y chinos y escualos financieros de Wall Street, la nostalgia tiene una médula de protesta política.
El blanco y negro de las fotografías y los documentales puede volver memorable cualquier episodio del pasado, por muy mediocre, superfluo, incluso deleznable que fuera. En sus fotos de los años cincuenta, de los primeros sesenta, nuestros padres parecen jóvenes actores de cine.
“Existe en la naturaleza humana una fuerte propensión a devaluar las ventajas y a magnificar los males del tiempo presente”, dice Gibbon.
Nueva York es ahora una ciudad más limpia, más segura y más próspera que hace treinta o cuarenta años, pero cuando uno habla con personas que recuerdan el tiempo de los atracos en el metro, los apuñalamientos en Central Park, los campamentos de mendigos, drogadictos y traficantes en Tompkins Square o en Washington Square, junto al alivio de que todo aquello pasara hay con frecuencia un tono de nostalgia.
Un amigo me contaba que uno no podía permitirse el lujo de ir abstraído por la calle: había que estar siempre alerta, como con un radar siempre moviéndose para detectar signos de peligro, y eso hacía que uno viviera más pegado a lo real, mucho más despierto que ahora, cuando las aceras están pobladas casi exclusivamente por sonámbulos que hablan gesticulando por sus teléfonos de manos libres o miran absortos y teclean en la pantalla de los iphones
“Había que andar de una cierta manera”, me dijo mi amigo, “para que se supiera que uno no era un turista, que no estaba perdido ni era una presa fácil; había que andar rápido, mirando al frente, y al mismo tiempo vigilando de soslayo a un lado y a otro, aunque con la precaución de que la mirada no chocara con la de quien no debía”. Un volumen entero de las memorias de Edmund White, City Boy, está dedicado a la época de libertad desaforada que conocieron los homosexuales de Nueva York precisamente en los mismos años en los que la ciudad se hundía en la catástrofe, cuando el Gobierno federal se negaba a salvarla de la quiebra y no había dinero ni para limpiar la basura
. Entre el motín de Stonewall en 1969 y la irrupción del sida como una epidemia medieval en los primeros ochenta, la Nueva York que recuerda White fue una fiesta de promiscuidad y desahogo que no acababa nunca.
Existe en la naturaleza humana una propensión a devaluar las ventajas y a magnificar los males del presente”, dice Gibbon
. Casi cualquiera que ya no sea joven tiene un recuerdo muy vivo de la pesadilla y el peligro de aventurarse en el metro. Había asientos arrancados, cristales escarchados por pedradas, charcos de líquidos alarmantes, restos de comida, gente trastornada de mirada retadora.
En verano no había aire acondicionado y en los túneles y en los trenes el calor adquiría una cualidad cenagosa. Y, para muchas de las personas a las que les he preguntado, una parte grande del suplicio del metro eran los grafitis: su proliferación angustiosa, la claustrofobia de que no hubiera un espacio, dentro o fuera de los trenes, no ocupado y saturado por ellos.
De lejos, cuando se veía desde la calle un tren emergiendo de un túnel por un paso elevado o atravesando uno de los puentes sobre el East River, había a veces un efecto inesperado de belleza, una complicación de colorido barroco.
Nadie que yo conozca prefiere el metro de aquellos años al de ahora, pero la nostalgia es una planta capaz de arraigar en los suelos más inhóspitos.
El Museo de la Ciudad acaba de inaugurar una gran exposición dedicada a lo que ahora resulta que fue la edad de oro del grafiti.
En ella no hay vagones de verdad cubiertos de policromías, pero sí fotos apaisadas y muy bien enmarcadas de aquellos trenes desfilando como convoyes de color entre edificios desmoronados, a través de barriadas que parecen ciudades en las que nunca comenzó la reconstrucción de una posguerra. En una magnífica galería de Chelsea especializada en fotos, Steven Kasher, se repiten imágenes parecidas de trenes, tomadas en los últimos setenta y primeros ochenta por Henry Chalfant. En ellas los vagones forman frisos que ocupan todo el espacio. En cualquier parte destaca sin dificultad el talento.
En la exposición del Museo de la Ciudad deslumbran artistas callejeros que trasmutaban la prisa y el peligro en virtudes estéticas: Daze, Dondi, Futura, Lee Quiñones, Lady Pink; y en esa atmósfera se comprende mejor la capacidad de aprender y absorber y darle la vuelta en beneficio propio a toda aquella imaginería que tuvieron Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, sobre todo Basquiat.
Gente joven con talento podía buscarse la vida en una ciudad que era pobre y peligrosa, pero también barata y con oportunidades
. En Steven Kasher la sala principal la ocupa estos días una selección de las fotos que Fred McDarrah hizo en los sesenta y los setenta para el Village Voice
. Aquí la nostalgia es en blanco y negro. McDarrah iba por las calles, los cafés, los apartamentos destartalados del Village, como un minutero ambulante que retrató a los mayores de la generación que se estaba extinguiendo y a los más jóvenes y más de la siguiente, los que empezaban a brillar y los que estaban perdiendo brillo, los expresionistas abstractos con sus blusas y pantalones manchados y su fatiga de viejos pintores de brocha gorda y los jóvenes pop con sus caras aniñadas de estudiantes precoces, los poetas beat y los mendigos, los que miraban sabiendo desde muy jóvenes lo que querían y los que prometían mucho y no llegaron a nada
. Retrató a Dustin Hoffman con veinte años y con cara de comer mal y casi no dormir, a Bob Dylan sentado al sol como un indigente en un banco de Sheridan Square, a Norman Mailer como un león en una jaula llena de montones de periódicos, con el cigarrillo y la máquina de escribir que entonces parecían las herramientas naturales de un novelista, a Jack Kerouac recitando poemas en la sala de estar de un apartamento lamentable, a Robert Mapplethorpe con un corte de pelo y una cara chupada y una mirada fulgurante que le hacían muy parecido a Camarón de la Isla, a Mark Rothko como un gordo viejo y demolido, muy solo entre los invitados a una fies
ta. Parece que no hubo protesta contra la guerra de Vietnam o a favor de los derechos de las mujeres o los homosexuales a la que Fred McDarrah no acudiera con su cámara.
Gente rara y muy joven con mucho talento o solo con un talento fantasioso para la extravagancia podía buscarse la vida en una ciudad que era pobre y peligrosa, pero también era barata y estaba llena de oportunidades.
Ahora que hay sucursales de bancos o de Starbucks en casi cada esquina, y que sobre las terrazas de los vecindarios destartalados de entonces se levantan torres de vidrio para oligarcas rusos y chinos y escualos financieros de Wall Street, la nostalgia tiene una médula de protesta política.
En busca de la naranja entera: deconstruyendo el amor romántico...........................................del Blog Mujeres
“Formada para obedecer a un ser tan imperfecto como el hombre, con frecuencia tan lleno de vicios y siempre tan lleno de defectos, debe aprender con anticipación incluso la injusticia y a soportar las sinrazones de un marido sin quejarse”.
Rousseau, Emilio (1752)
Buena parte de lo que ha trascendido de las respuestas que la duquesa de Palma
dio al largo interrogatorio al que fue sometida hace unos días es el
ejemplo más clarividente de cómo se perpetúa el mito del amor romántico
.
Ese que cada 14 de febrero, además, los grandes almacenes se empeñan en
recordarnos, aunque en realidad no haga falta esperar a San Valentín
.
El orden cultural dominante, que todavía sigue obedeciendo en gran
medida a los dictados del patriarcado, reproduce constantemente, en
alianza todopoderosa con el mercado, las pautas de una concepción de la
afectividad y la sexualidad ligadas a la diferenciación jerárquica entre
hombres y mujeres.
Baste con analizar como la publicidad, pero
también la mayoría de las películas que arrasan en taquilla, de las
canciones que más se escuchan en las radios fórmulas o de los culebrones
que logran millonarias audiencias, para constatar como prevalece una
concepción del amor que para las mujeres acaba suponiendo la negación de
su autonomía, la ceguera más justificada, la entrega sin condiciones al
héroe que las salva o que suple su minoría de edad.
De esta manera, y como ha sido a lo largo
de los siglos, el amor continúa siendo, como bien lo calificara Marina
Subirats, “el opio de las mujeres” (Marina Subirats y Manuel Castells, Mujeres y hombres, ¿un amor imposible? Alianza,
Madrid, 2007).
Esa razón que la razón no entiende –mucho más en el caso
de las que a lo largo de la historia se ha cuestionado su igual
racionalidad– y que justifica confianzas ciegas, renuncias
injustificables y, en el peor de los casos, hasta el sufrimiento que
supone ser víctima de la crueldad del amado.
El “contrato sexual” que en buena medida
todavía hoy sigue condicionando el “pacto social” ha prorrogado los
binarios patriarcales en los que habitan las raíces de las desigualdades
de género. Junto a los dos básicos –los que contraponen público/privado
y razón/emoción- , el que sigue distinguiendo entre el hombre sujeto y
la mujer objeto, entre el héroe y la princesa, entre el hombre
socializado en las narrativas de la conquista y la mujer domesticada en
la hipérbole de las emociones. Entre ellos, el todopoderoso amor, el que
articula dos mitades complementarias en unas estructuras jurídicas y
políticas que, por tanto, han obedecido siempre a la lógica
heteronormativa.
El hombre y la mujer como seres condenados a
entenderse, el matrimonio como contrato legitimador de la procreación,
la división sexual del trabajo en nombre de los intereses familiares
. De
ahí los obstáculos que en los sectores más conservadores y patriarcales
sigue encontrando el matrimonio entre personas del mismo sexo
o los modelos familiares alternativos al tradicional. Porque es el
sustrato social y cultural del patriarcado, y por tanto el eje esencial
del poder, el que se resiste a ser erosionado.
Debería ser alarmante, al menos para todas y
para todos los que creemos en la igual dignidad y autonomía de los
individuos con independencia de su sexo, como en las sociedades
avanzadas del siglo XXI perviven los rasgos del amor romántico y muy
especialmente como continúan muy arraigados entre los más jóvenes.
Algo
que han demostrado varias investigaciones realizadas en los últimos
años, entre las que destaca la que en 2011 publicó el Instituto Andaluz de la Mujer sobre Sexismo y Violencia de Género
.
En dicho informe se demostraba como entre los chicos y las chicas más
jóvenes pervivían los mitos del amor romántico, es decir, creencias como
que “el amor todo lo puede”, que estamos de alguna manera predestinados
a encontrar un “amor verdadero”, que “el amor es lo más importante y
requiere entrega total” y que, por supuesto, exige posesión y
exclusividad.
Unas creencias que especialmente perviven
en muchas chicas jóvenes que parecen entender que enamorarse implica
perder la autonomía y la capacidad de autodeterminación.
Negarse a sí
mismas para ser del que ama, quien por supuesto hará todo lo posible por
mantener a la mujer-objeto sometida a las riendas de su autoridad.
De
ahí la justificación de los celos y de todo tipo de control, los cuales
además se han intensificado en los últimos años a través del uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales.
Difícilmente lograremos unas relaciones
afectivas y sexuales plenamente igualitarias mientras que no desterremos
una concepción del amor que acaba siendo una estrategia de control
social que mantiene a las mujeres en una posición subalterna.
La que
seguimos viendo reproducida en la saga de Crepúsculo, en las
novelas de Federico Moccia y, por qué no, en las declaraciones de una
infanta que parece haber sufrido una especie de renuncia a su capacidad
de discernimiento en nombre del amor.
Tal vez esa sería la gran revolución
pendiente que, en nombre de la igualdad, deberíamos empezar a celebrar
en este San Valentín.
Mujeres y también hombres comprometidos con otra
manera de entender nuestras relaciones afectivas y sexuales
. Una
revolución que nos lleve finalmente a proclamar que en nombre de nada ni
de nadie ni ellas ni nosotros debemos renunciar a ser naranjas enteras.
Y que la aventura no es buscar la media que hipotéticamente nos hace
falta si no otra entera con la que compartir jugos, libertades y
proyectos.
Sustituida la venda del amor absoluto por la alegría de
mirarnos a los ojos sabiendo que nunca quien bien nos quiere nos hará
llorar.
Amaya Arzuaga evoca el vuelo de los pájaros en su desfile
Atlas
La diseñadora Amaya Arzuaga ha inaugurado esta mañana la 59ª edición
de la pasarela Merc
edes-Benz Fashion Week Madrid (MBFWM), que presenta las colecciones para otoño-invierno 2014. Es la primera vez que la burgalesa ocupa esa destacada posición, pero el honor no guarda relación con su reciente Premio Nacional de Diseño de Moda.
“Lo hacemos por sorteo”, revelaba Arzuaga minutos antes del desfile de su segunda línea, que recibe el nombre de AA.
La colección principal se verá el próximo día 3 de marzo en la Semana de la Moda de París. Pero el galardón sí ha tenido impacto en los diseños y también en ella misma.
Después de todo, es la primera mujer en lograrlo y sigue a nombres con tanto calado como Manolo Blahnik, Paco Rabanne o Elio Berhanyer.
“Nunca le he dado mucha importancia a los premios, pero en este momento tan difícil que todos estamos pasando me hizo una ilusión especial.
Y me ha motivado más para trabajar”, asegura.
La colección de AA para hombre y mujer se inspira en las alas de los pájaros.
Una evolución de las mariposas que protagonizaron la temporada anterior
. La idea surgió hace cuatro meses y eso le ha dado tiempo a Arzuaga para desarrollarla
De hecho, la diseñadora afirma que esta temporada se ha planteado con la misma ambición la primera y la segunda línea.
En cuero plastificado, barnizado y estampado, la colección muestra un intenso trabajo en el desarrollo de materiales
. “Es un largo proceso de experimentación y de ensayo-error”, sostiene.
La modernidad de Arzuaga contrasta con la nostalgia de Roberto Verino, que por enésima vez ha evocado el espíritu de Audrey Hepburn en la película Desayuno con diamantes.
En un desfile tedioso y dividido en tres secciones, el gallego ha vuelto a repasar los tópicos de la elegancia del cambio de década de los cincuenta a los sesenta.
El protagonismo de la presentación ha terminado por recaer en el gigantesco perro negro que ha acompañado a la última modelo, que ha aparecido un tanto desorientado con las luces, la música y la multitud expectante.
El pabellón 14.1 de Feria de Madrid (Ifema) acogerá hasta el próximo martes los desfiles de 40 diseñadores
. Diez de ellos, los considerados emergentes, dentro de la plataforma Ego que se celebra en la última jornada de la cita
. Según la organización, la edición anterior contó con 40.000 visitantes y más de 240.000 personas siguieron los desfiles a través de internet.
Datos que acreditan a MBFWM como la mayor cita de la moda española.
Entre los diseñadores, se habla de la necesidad de que este certamen sirva para unir a la industria textil española y a los creadores. Como ejemplo del camino se cita el caso de Miguel Palacio y Hoss Intropia, que también ha desfilado esta mañana
. Desde hace tres años, el madrileño presenta en la pasarela el fruto de su colaboración con una compañía textil presente en 48 países y con más de 1.600 puntos de venta.
Esta tarde se verán los desfiles de Etxeberria, Duyos y Devota&Lomba
. Cerrará la jornada la marca de joyería Aristocrazy, que participa por tercera vez en la pasarela.
edes-Benz Fashion Week Madrid (MBFWM), que presenta las colecciones para otoño-invierno 2014. Es la primera vez que la burgalesa ocupa esa destacada posición, pero el honor no guarda relación con su reciente Premio Nacional de Diseño de Moda.
“Lo hacemos por sorteo”, revelaba Arzuaga minutos antes del desfile de su segunda línea, que recibe el nombre de AA.
La colección principal se verá el próximo día 3 de marzo en la Semana de la Moda de París. Pero el galardón sí ha tenido impacto en los diseños y también en ella misma.
Después de todo, es la primera mujer en lograrlo y sigue a nombres con tanto calado como Manolo Blahnik, Paco Rabanne o Elio Berhanyer.
“Nunca le he dado mucha importancia a los premios, pero en este momento tan difícil que todos estamos pasando me hizo una ilusión especial.
Y me ha motivado más para trabajar”, asegura.
La colección de AA para hombre y mujer se inspira en las alas de los pájaros.
Una evolución de las mariposas que protagonizaron la temporada anterior
. La idea surgió hace cuatro meses y eso le ha dado tiempo a Arzuaga para desarrollarla
De hecho, la diseñadora afirma que esta temporada se ha planteado con la misma ambición la primera y la segunda línea.
En cuero plastificado, barnizado y estampado, la colección muestra un intenso trabajo en el desarrollo de materiales
. “Es un largo proceso de experimentación y de ensayo-error”, sostiene.
La modernidad de Arzuaga contrasta con la nostalgia de Roberto Verino, que por enésima vez ha evocado el espíritu de Audrey Hepburn en la película Desayuno con diamantes.
En un desfile tedioso y dividido en tres secciones, el gallego ha vuelto a repasar los tópicos de la elegancia del cambio de década de los cincuenta a los sesenta.
El protagonismo de la presentación ha terminado por recaer en el gigantesco perro negro que ha acompañado a la última modelo, que ha aparecido un tanto desorientado con las luces, la música y la multitud expectante.
El pabellón 14.1 de Feria de Madrid (Ifema) acogerá hasta el próximo martes los desfiles de 40 diseñadores
. Diez de ellos, los considerados emergentes, dentro de la plataforma Ego que se celebra en la última jornada de la cita
. Según la organización, la edición anterior contó con 40.000 visitantes y más de 240.000 personas siguieron los desfiles a través de internet.
Datos que acreditan a MBFWM como la mayor cita de la moda española.
Entre los diseñadores, se habla de la necesidad de que este certamen sirva para unir a la industria textil española y a los creadores. Como ejemplo del camino se cita el caso de Miguel Palacio y Hoss Intropia, que también ha desfilado esta mañana
. Desde hace tres años, el madrileño presenta en la pasarela el fruto de su colaboración con una compañía textil presente en 48 países y con más de 1.600 puntos de venta.
Esta tarde se verán los desfiles de Etxeberria, Duyos y Devota&Lomba
. Cerrará la jornada la marca de joyería Aristocrazy, que participa por tercera vez en la pasarela.
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