Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

22 ene 2014

Sin sexo en la ciudad...............................................................Eugenia de la Torriente


Una creación valiente de J.W. Anderson.

Hay una frase que encapsula la extraordinaria exposición sobre Azzedine Alaïa del museo Galliera de París. “Con sus bandas elásticas”, escribe Michael Tourner, “estos vestidos han sabido responder a la fantasía contradictoria de las mujeres: ser abrazadas tan fuerte como sea posible mientras permanecen libres”.
 Es una forma de explicar la compleja fascinación que ejercen esos trajes ajustadísimos y también la clase de disquisición sobre las contradicciones del deseo de las que la moda masculina se mantiene estos días pudorosamente alejada.
El erotismo juega en la actualidad un papel más bien secundario en el vestuario masculino y, últimamente, también en el imaginario colectivo sobre la masculinidad.
El pop vive tiempos de féminas hipersexualizadas (hasta el exceso, si le preguntan a Rashida Jones) frente a varones infantilizados.
 Comparen, si no, a Miley Cyrus con Justin Bieber o a Rihanna con Harry Styles.
 Sin caer en extremos tan grotescos, pongan en el mismo escenario a Beyoncé con body-de-lentejuelas-simula-pezones y a su marido, Jay Z, con chándal de Givenchy.
Tal vez no haya mejor prueba de lo angosta que hoy es la pasarela como lugar para experimentar con la sexualidad masculina que el respingo que provocan imágenes como las que ilustran esta página. ¿Hombres con escote palabra de honor y pantalones cortos con volantes?
Para las mujeres, por descontado, se aceptan fantasías de esta índole; en el caso de los hombres, más allá de la ocasional falda, los ejercicios de cierta complejidad –digamos– sexual se reservan para las páginas de las revistas underground.
De ahí que la colección de J. W. Anderson para este invierno resulte relevante por su carácter provocador. El británico, de 29 años, revisa los códigos de lo masculino y lo femenino de una forma llamada a ser chocante.
 Pero es de agradecer que alguien se ponga del lado de Jean Paul Gaultier, que estos días carga en solitario con la responsabilidad de reflejar que la ambigüedad entre sexos no es un camino de una sola dirección, por el que solo transitan las mujeres y el fantasma de David Bowie.
Con permiso de Gaultier, si hay una firma que puede presumir de haber desafiado las nociones convencionales de la sexualidad masculina, esa es Versace.
 Este invierno, Donatella retoma la premisa de su hermano Gianni a partir de una cita de Norman Mailer: “La masculinidad no es algo que te venga dado, sino algo que te ganas”.
 Es poco probable que el autor de Los tipos duros no bailan estuviera de acuerdo con que su frase pudiera traducirse en tipos con shorts de encaje
. Pero la ironía de Donatella reside, precisamente, en parodiar los símbolos tradicionalmente asociados al poder del macho al emparejarlos con lencería.
Es cierto que el resultado escapa a los límites del buen gusto.
 Pero, ¿por qué debe la moda masculina estar tan constreñida por ellos? Diana Vreeland abogó por incluir una pizca de mal gusto y vulgaridad en nuestras decisiones estéticas para insuflarles vitalidad.
¿Cuál es el obstáculo para que el vestuario masculino no se permita hoy trasgresiones que parecían superadas hace dos (o tres) revoluciones sexuales?
 ¿Es un problema de miedo al ridículo? ¿O se trata de prejuicios?
 En todo caso, acatar el imperio de lo mojigato no parece propio del hombre de 2014.

Todos en la fiesta de Armani menos Cate Blanchett

El diseñador italiano reúne en París desde a Kirstin Scott Thomas a Claudia Cardinale pasando por Pierre Casiraghi y Beatrice Borromeo.

 El acento español lo marcaron Maribel Verdú y Miguel Ángel Silvestre.

Miguel Ángel Silvestre y Maribel Verdú, en la fiesta de Armani en París. / GETTY

Una sola noche en la que homenajear a París y a la Alta Costura y además presentar su colección Giorgio Armani Privé para primavera/verano 2014, su exposición Armani Eccentrico y ofrecer un banquete final para celebrarlo
. Solo el cuasi octogenario Giorgio Armani podía organizar todo esto en One Night Only, el evento que, tras pasar desde 2006 por Londres Tokio, Pekín, Roma y Nueva York celebró ayer su última edición en la segunda jornada de la Semana de la Alta Costura parisina.
 “París es el lugar donde nació la alta costura, por eso desde del principio quise presentar Giorgio Armani Privé aquí. La ciudad nunca deja de inspirarme.
 Después de haber llevado One Night Only por todo el mundo, me parecía natural, más bien obligatorio, dedicar uno a la Ville Lumière.”, adelantaba hace unos días el creador en la página web pensada especialmente para esta fecha y que retransmitió el evento en directo en vídeo y también vía redes sociales bajo el hashtag #OneNightOnlyParis.
 Allí, el responsable de la cobertura online, el realizador galo Loïc Prigent, fue desgranando en cortometrajes y fotografías el París de Giorgio Armani, desde su barrio predilecto, Saint-Germain, hasta el Puente de las Artes, la galería Jeu de Paume y, por supuesto, la Torre Eiffel.
Un aperitivo para llegar a la noche con las cosas claras: París quiere a Armani y el amor es correspondido.
Después de un cóctel de bienvenida, la calculada inercia Armani condujo a los visitantes hacia la larguísima pasarela del Palais de Tokyo
. Por ella desfilaron hasta 55 looks de la colección de Giorgio Armani Privé para la temporada cálida
. En esta ocasión, el italiano imaginó a una mujer nómada que gusta de viajar y fusionar su cultura con otras más lejanas. Oriente versus Occidente en un sofisticado exotismo donde los tejidos se tornasolan, se transparentan o se liberan en largas faldas de aires gipsys.
 Con las cabezas siempre cubiertas por arabescos pañuelos, no faltó sobre la pasarela la sastrería made in Italy en americanas con minúsculos estampados geométricos y pronunciadas hombreras.
 Los vestidos de noche, que ya desprenden el aroma a futuras alfombras rojas y estatuillas doradas, iluminaron el desfile con sus bordados de cristales de Swarovski y perlas.
 Destellos que despertaron los aplausos de los presentes, entre los que, según fuentes de la marca, había más clientes de alta costura que nunca.
Eran muchos los que esperaban ver por allí a Cate Blanchett, la más elegante representante del italiano y una de las favoritas para los Oscar de este año por su papel en Blue Jasmine.
 No se asomó la australiana pero sí Kirstin Scott Thomas, británica pero instalada desde hace años en Francia
. Entre las representantes galas del mundo del celuloide destacaron Sophie Marceau, Isabelle Huppert, Chiara Mastroiani y Alice Taglioni. También acompañaron a Armani en esta exclusiva noche Elisabeth Debicky, Ziyi Zhang, Claudia Cardinale, Elena Perminova y la pareja más fotografiada de la velada, los bronceados Pierre Casiraghi y Beatrice Borromeo.
 El acento español lo marcaron Maribel Verdú y el actor y modelo de Armani Miguel Ángel Silvestre, con Naty Abascal como experta cicerone
. También se pudo ver al director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, que hoy actúa en la catedral de Notre-Dame con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.
Armani, tras finalizar la presentación de su colección en París. / GETTY
Todos ellos fueron conducidos tras el desfile a la segunda parte de esta obra en tres actos, la exposición Armani Eccentrico, una retrospectiva de sus nueve años en la alta costura a través de 80 piezas de las colecciones Giorgio Armani y Giorgio Armani Privé y decenas de exclusivos complementos seleccionados por el propio creador en un intento por mostrar una cara singular del universo Armani
. Se trata de una suntuosa exhibición de sus joyas de la corona para disfrute de los admiradores, que podrán verlas en el Palais de Tokyo hasta el 26 de enero.
Por último, el desenlace de One Night Only Paris transformó a los invitados en comensales de un banquete a la altura de la costura.
 Largas mesas vestidas e iluminadas con piezas exclusivas para ese momento, un menú tan italiano como el anfitrión y una veintena de cocineros, dos pasteleros y cinco sumilleres a las órdenes del chef italiano Davide Oldani, responsable de los fogones del estrella Michelin D’O, en Cornaredo, Milán.
El punto final tan impecable y correcto como el propio Armani, el maestro de la elegancia y las fiestas bajo control.
 Él insiste que es la última noche única pero, como siempre, en su boca todo suena a un “continuará…”.

 

 

'Kinsey y yo': una gran dama de la novela negra al desnudo


Kinsey
La escritora, en la librería Negra y Criminal en Barcelona en 2009.
Hay libros cuya publicación es esperada por unos aficionados incansables pero que también es bien recibida por los lectores ávidos de novedades. Kinsey y yo, Sue Grafton (Tusquets, traducción de Victoria Ordóñez Diví) es uno de esos casos.
 Con un tono sencillo y directo, Grafton (Louisville, Kentucky, 1940) demuestra por qué es una de las grandes damas del misterio, una mujer con espacio propio y muy destacado dentro de la literatura criminal.
La creadora de Kinsey Millhone nos cuenta su relación con la detective californiana, sus inicios en la escritura, su relación con dos padres alcohólicos a los que luego echó mucho en falta y que la marcaron en lo personal y en lo literario.
Un libro sincero, que incluye además varias reflexiones sobre el género y un conjunto de relatos que a veces parecen ingenuos pero que rebosan ironía, ritmo y diversión.

Grafton comienza a diseñar a Millhone, a pergeñar esa aventura larga en la que escritora y personaje se mezclan, se confunden y se retroalimentan a los 18 años, cuando empezaba también a mirar de frente al futuro, a buscarse y a ganarse la vida.
 Las dos se parecen y toman cosas la una de la otra a lo largo de las 21 novelas que van desde A de Adulterio (en inglés A is for Alibi, me encanta cómo han encontrado una buena traducción para cada letra) hasta V de venganza, todas ellas editadas por Tusquets en España (en EE UU ya está también W is for Wasted). La propia autora lo explica mejor que nadie:

“Si bien nuestras biografías difieren, nuestro enfoque vital es el mismo. Como he dicho en otras ocasiones, creo que somos un alma con dos cuerpos, y ha conseguido el bueno. Los detalles acerca de su vida suelen ocurrírseme en el mismo momento de escribir. A menudo tengo la impresión de que me observa por encima del hombro y me susurra alguna cosa al oído, me da un ligero codazo y me hace comentarios subidos de tono.

De ella proviene el humor, así como las observaciones ácidas y la ternura que se cuela a veces en la narración. Kinsey es un ser maravilloso de cuya creación sólo puedo atribuirme un mérito parcial, aunque probablemente ella se atribuye todo el mérito de lo bueno que puede haber en mí. Me divierte pensar que he inventado un personaje que ha acabado manteniéndome, y estoy segura de que a ella le divierte saber que seguirá viva mucho tiempo después de que yo me haya ido, confío en que disfrutéis de su compañía tanto como he disfrutado yo”.

Los relatos sitúan a Millhone con 32 años, es decir, la edad que tiene al principio de la serie y en el mismo contexto: la localidad californiana de Santa Teresa en la década de los ochenta.
 Esto implica que no hay nada de CSI, nada de móviles, nada de nuevas tecnologías.
 En un mundo lleno de violencia y con personajes tan oscuros y tan al límite de la ley cuando no directamente al otro lado (y que tanto celebramos aquí cuando son buenos), Kinsey puede parecer blanda e ingenua. 
No se confundan
. Es una mujer decidida y fuerte, que siempre trata de ser justa, un personaje muy sólido y apasionante. Descubrir algunos entresijos sobre su creación (cómo eligió el nombre, por qué ese coche y no otro) enriquecen al fan
. Si las novelas son muy entretenidas (es difícil quedarse con una, pero si me veo obligado elijo K de Kinsey) la distancia corta le sienta genial. 
Los relatos son ágiles, con una estructura muy clásica, alguna sorpresa y, sobre todo, muy divertidos.
El libro es tan personal que los cuentos de Kinsey se publicaron por primera vez en 1991, en una edición numerada y firmada de 300 ejemplares realizada por Stephen Humprhey, marido de Grafton
. Los diez relatos de Kit Blue (una versión más joven de la propia escritora) están escritos después de la muerte de su madre.
 “Hoy, casi cincuenta años después, me costando sacar a la luz aquel periodo de mi vida tan caótico y confuso”, asegura.
 Se agradece que lo haya hecho.
 Hemos gozado con este soplo de aire fresco. Lean y disfruten.

La felicidad de Manu...................................Juan Cruz

Manuel Leguineche. / gorka lejarcegi

Después de trotar por el mundo, y de darle literalmente la vuelta al mundo, Manu Leguineche halló la felicidad de la tierra lejos del País Vasco, donde nació, y se asentó como un nómada ya tranquilo entre los prados agrestes de Guadalajara, hasta que recaló en Brihuega en una especie de castillo que llenó de periódicos y de amigos
. Hasta que se fue apagando. Hasta que se apagó del todo, cerca de su casa madrileña, situada como si enfilara una carretera.
Fue un viajero indómito y un hombre indómito de insólita simpatía.
 Sus fiestas, cuando las hubo, eran abiertas para todo el mundo; su vino era de todo el mundo, sus mesas eran para todo el mundo.
 Nunca lo vi cicatero, ni envidioso, aunque dio más de lo que le dimos.
Abrió agencias, regaló contactos, compartió libros, dio trabajo, cobró por sus libros (al menos los que yo le edité) como a regañadientes, como si su felicidad (que era una palabra tan suya) consistiera, tan solo, en haberlos vivido para escribirlos, en verlos luego envueltos en las cubiertas que siempre le parecían bien.
Ese regreso a la tierra, es decir, a la tierra firme, no supuso ni mucho menos la jubilación del reportero; a él lo retiró tan solo la mala salud, que poco a poco fue haciendo agujeros en su cuerpo hasta que lo destruyó del todo.
Mientras tanto, cuidado por su hermana Rosa, una hermana abnegada y ejemplar, y por su hermano Benigno, que volvía de donde estuviera para seguirle el rastro, para darle su humor, su conversación y sus pimientos de Guernica, se fue apagando también su ánimo; sin embargo, como era tan privado y tan especial, reservaba para las visitas, mientras las pudo recibir, la mejor comida, los mejores vinos, el placer cada vez más mitigado y secreto de su sonrisa.
Era un hombre bueno Manu Leguineche; de esta tribu (él escribió mucho sobre esta tribu, de la que era un santo patrón) es quizá el más noble ejemplar que yo he conocido, pues habiendo sido reverenciado y premiado como el mejor reportero de su tiempo, jamás tuvo de ello vanagloria y además ayudó a otros a parecer mejores que él.
 Era su manera de dar trabajo; a la vez que un reportero que iba por ahí por su cuenta y riesgo, sin preguntar por donde se iba a Vietnam o al infierno, ejercía también de viejo redactor jefe, de la clase de los que animan a los que tiene a sus órdenes a vivir las aventuras que él soñaba.
Un aventurero
. Sus libros son de un aventurero; el que más felicidad le dio, sin embargo, era precisamente el del regreso a la tierra, el que lo hizo ya aquel escriba sentado que viajaba tan solo imaginando viejos viajes
. Ese libro fue La felicidad de la tierra, una especie de dietario que fue construyendo poco a poco mientras disfrutaba, a su modo de ermitaño radical, de los trinos de los pájaros, de las triquiñuelas de los perros, de la soledad espartana que rodeaba sus casas y sus campos, sus zonas de cacería y sus lugares de comer y de beber, que eran también sus reposos de guerrero.
Al final de su vida estaba apenado por el porvenir del oficio
. Cuando aún hablaba, a duras penas, y mantenía los ojos abiertos y curiosos, risueño cuando se le hablaba del fútbol de su Athletic, ante una fuente de chuletas de cordero a las que nunca le podían faltar los pimientos de su tierra, estuvimos hablando un rato sobre el porvenir del oficio al que dedicó su vida
. “El periodismo ya no es lo que era”, me dijo.
Hace cinco años de eso; estábamos allí otros amigos, él hizo el esfuerzo de recibirnos en su casa de Brihuega, atendió algunas preguntas y todo el rato hacía con la mano esa señal tan suya para quitarse importancia, para quitarle importancia a sus opiniones y a sus trayectorias.
 Él había estado en la guerra de Vietnam, había pateado la América de las revoluciones, había buscado (con Jesús Torbado) a los topos escondidos de la guerra civil.
 Ahí él no quería revivir memorias, sino hablar, recibir a los que estábamos alrededor.
Mi compañero Juan Jesús Aznarez le fue a ver también para una serie de EL PAÍS, Compañeros y novatos, y lo puso a hablar con un joven amigo del veterano, Raúl Conde.
Ahí este chico, que entonces (2007) tenía 26 años, dio con una definición perfecta de la época que personificaba el maestro:
 “Creo que el periodismo de su generación es más de calle que de Redacción, y quizá los jóvenes pecamos de estar demasiado apegados a la Redacción y no salir tanto a la calle”.
Él sólo se apegó a la tierra; desde ahí, desde aquel retiro que fue su felicidad, veía discurrir el tiempo en contra del periodismo
. Le dijo a Aznárez en ese encuentro: “No dejemos pasar algo fundamental: los jóvenes no leen los periódicos, ese me parece un tema gravísimo”.
 Él había hecho periodismo todo el tiempo, y cuando ya sólo hacía crónica desde su atalaya terrestre, también usaba los datos, los contrastaba, rebuscaba en el archivo de su memoria y en esas pilas de papeles que eran como un castillo dentro de su castillo.
 Un periodista todo el rato, un sentimental del periodismo, si se puede decir eso de un oficio que tantas veces parece el oficio más bello del mundo ennegrecido por el cinismo.
En esa última conversación larga que tuvimos le hizo fotos Luis Magán; se tocó con uno de sus sombreros, le dedicó al fotógrafo la sonrisa tan de Manu, y venció su melancolía, que era como una maldita sombra hundiendo la tierra que pisaba. En ese momento íbamos a hablar del oficio y él me dijo, como hablaba Manu:
 “El oficio está jodido, Juanito”.
De vez en cuando íbamos a verle; a veces su hermana lo situaba ante un farallón bellísimo de hojas verdes que se movían junto al patio grande que había detrás de su casa; se movían las ramas, él estaba abrigado, sobre su silla de ruedas, quieto, y sonreía
. Su tesoro fue siempre la amistad, era el tímido con más amigos del mundo, se reía como si temiera molestar, y si hubiera sido por él hubiera desaparecido mil veces antes de hacer muchas de las cosas que hizo
. Pero luego las hacía, era un guerrillero que combatía contra su timidez y a favor de un Manu que llevaba dentro, el Manu del periodismo.
--¿Y por qué quisiste ser periodista?, le pregunté.
--No hubiera sabido hacer otra cosa.
 Tengo un sobrino que me lo preguntaba. Él es un mileurista, yo era entonces más que un mileurista. Después ya tuve que superar la vergüenza, y seguí con el fútbol. Entrevisté a todos los que venían a Bilbao: Puskas, Di Stéfano, Zagalo. ¡Una pasión!
--Serás del Athletic…
--¡Hasta la muerte! Que estará próxima…
Ha pasado el tiempo; siempre temimos sus amigos, sus hermanos, su gente, que se produjera esta noticia
. Es difícil contar por qué queríamos tanto a Manu; una respuesta tengo: porque nos hacía felices.
 Él se guardaba su malhumor, su nostalgia, sus cabreos; probablemente luego los sacaría de su alma, pero mientras estábamos con él nos daba tanto amor como el que le dio a él la tierra feliz en la que escribió una prosa devota y llena de melancolía.
La última pregunta que le hice aquel día era sobre la melancolía, un argumento tan íntimo suyo.
 Escribir ayuda a ordenar la melancolía, le dije
. Y él me explicó: “Y a ordenar el mundo… A mi me ha servido para conocerme mejor, conocer el mundo para conocerte a ti mismo.
Y ahora, pasado el tiempo, lo que me cuenta cómo soy es el mundo que veo al lado, este pequeño mundo al que he regresado como si quisiera, otra vez, estar más cerca de mi”.