Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

12 ene 2014

Martin Scorsese: “Yo no soy juez, solo hago cine”

El cineasta Martin Scorsese. / Fabrice Dall'anese (corbis)

¿Glorificación o denuncia?
 Entre esas aguas se mueve Martin Scorsese con su nuevo estreno, El lobo de Wall Street, película criticada por sus excesos mientras otros ven un cuento moral cargado de humor negro sobre los abusos de Wall Street y, en especial, de Jordan Belfort en el mercado bursátil de los 90 en el que se movió esta especie de Gordon Gekko.
 Para el realizador neoyorquino de 71 años El lobo de Wall Steetno es más que cine y del bueno, espera. “Que sean los demás quienes hablen del estado de nuestro sistema jurídico a la vista de lo que muestro.
 De nuestros valores como sociedad.
 Yo no soy juez, solo hago cine. De hecho apenas traté con Jordan Belfort durante el rodaje”.
Así se distanció el cineasta de las acciones de sus protagonistas de una historia basada en hechos reales.
Lo suyo nunca fue el cine denuncia, anteponiendo siempre su amor por el medio a cualquier ideología, incluso cuando apoyó a leyendas cinematográficas como Elia Kazan a pesar de su participación en la caza de brujas
. Y de excesos, Scorsese sabe lo suyo tras filmes como Casino, Uno de los nuestros, Taxi Driver o Toro Salvaje.
El propio Scorsese ve claros paralelismos entre El lobo de Wall Street y las dos primeras.
Pero si en ellas corrían ríos de sangre aquí la avaricia rompe el saco, las langostas y los enanos saltan por los aires y el sexo y las drogas son tan abundantes como poco atrayentes. “
Es la historia de una locura, de la obscena mentalidad de un negocio podrido, y así lo quise mostrar. Sin prebendas, con toda la libertad que necesitaba para dejar clara la impunidad con se movían mis sujetos”, explica de un filme que además de defender dos candidaturas a los Globos de Oro que se entregan el domingo ha ganado el dudoso honor de ser la película estadounidense que suelta más palabrotas, incluidos los 506 “joder” contados en sus 180 minutos de metraje.
Mafiosos y ladrones de guante blanco trabajando desde la impunidad de la Bolsa, el tratamiento es el mismo en las manos de Scorsese. Figuras que pese a sus fechorías gozan de un cierto poder hipnótico. “Sigue siendo un crimen, pero en este caso más peligroso porque parece que cuenta con la aprobación de nuestra cultura”, añade el director.
 De eso es precisamente de lo que le acusan en esta ocasión, de glorificar a una figura como la de Belfort, interpretada por un Leonardo DiCaprio que el maestro acerca una vez más a la perfección.
Se trata de alguien que tan sólo cumplió 22 meses de cárcel y fue uno de los agentes de las desigualdades actuales. En una carta abierta a los medios la hija de uno de los cómplices de Belfort, Christina McDowell, así lo recuerda asegurando que su padre también ha timado a Scorsese.
El realizador prefiere no responder a estas acusaciones pero a la hora de explicar su fascinación por el tema lo hace en el lenguaje que conoce, el cinematográfico.
 “Si hubo siempre una película que me cautivó fue Avaricia —asegura en referencia al clásico de 1925 de Eric von Stroheim—.
 Un filme que sigue siendo relevante, una de las mejores”.
 Esa es la única motivación detrás de su cine, aspirar a la perfección
. Y confiar, como dice, no sólo en la recreación de los estilos que ya ha utilizado y le han ganado su estatus de leyenda viva, sino en la esperanza de “hacer algo nuevo”, de seguir avanzando.
 A su paso por el festival de cine de Marraquesh, del que fue jurado, Scorsese dio a entender que su carrera estaba a punto de concluir.
 No es la primera vez que habla de ello.
 De hecho su amor por DiCaprio va más allá de su calidad como actor que dice apreciar desde ¿A quién ama Gilbert Grape?, “una película que muchos parecen haber olvidado”.
En Leo también encuentra a alguien que renovó su “energía” tras media vida dedicada al cine
. Que le dio nuevas historias que contar en un momento en el que dudaba de poder hacer algo nuevo.
 Como El lobo de Wall Street, autobiografía que DiCaprio y su productora, Appian Way, llevaban persiguiendo desde 2007 y que Scorsese, un lego en temas bursátiles, se tomó como una provocación. Porque, como afirma nostálgico, en los 60 y 70, décadas a las que su nombre pertenece, se hablaba de otro cambio. “O eso nos hacían pensar”, apostilla con sarcasmo.
El cine denuncia lo ve ahora como una quimera, algo que vimos por última vez en las películas del neorrealismo italiano que tanto le gustan.
 Pero no así el buen cine, donde Scorsese elogia a directores como Wong Kar-wai o Nicholas Winding Refn, una nueva generación en la que siente que ha dejado huella.
 “No hablo de copia sino de interpretación, hablo de la capacidad de inspirar a otros a la hora de interpretar visualmente el mundo que les rodea”, agrega.
 Y no todo está perdido porque como recuerda hablando de su hija Francesca, de 15 y que todavía no ha visto la cinta, lo que también quiere que se quede con ella es “la conversación” que la cinta genere.

El aborto debilita el apoyo electoral al PP

El PSOE sería hoy el partido más votado, con una ventaja de 1,5 puntos

Rajoy perdería 12,6 puntos respecto a su resultado en las generales de 2011.

 

El intento de Mariano Rajoy para frenar el desgaste electoral del PP, subido a los incipientes indicios de recuperación económica, ha chocado con su proyecto de ley del aborto.
 La reforma legal impulsada por el presidente del Gobierno y su ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, ha provocado un vuelco en la expectativa electoral, según el sondeo de Metroscopia para EL PAÍS.
La encuesta muestra que el PSOE estaría en disposición de ganar unas elecciones generales con una ventaja de 1,5 puntos sobre el PP.
 Sería la segunda vez que los socialistas están por delante de los populares en esta legislatura, según la serie histórica de sondeos, aunque ahora de forma ligeramente más amplia.
 La otra ocasión fue en septiembre de 2013, pero entonces era por solo cuatro décimas.

El PP tendría el 32% de los votos y el PSOE el 33,5%, siempre con las salvedades de que el margen de error del sondeo deja el resultado en un empate técnico entre los dos grandes partidos y de que al no haber elecciones convocadas no puede medirse el grado de movilización de última hora.
 Falta también comprobar si ese vuelco es fruto de un acontecimiento concreto y coyuntural o si se consolida en sondeos sucesivos como tendencia.
De hecho, la mínima ventaja de septiembre de 2013 no se consolidó luego y la baja fidelidad de voto del PP (un 41% frente al 44% del PSOE) es consecuencia de que uno de cada cinco electores de los que votaron a los populares ahora dice que se abstendría. Esos potenciales votantes podrían movilizarse a última hora.
Gallardón se desploma y es el peor valorado entre votantes populares
Con respecto a las elecciones generales de noviembre de 2011, el PP perdería 12,6 puntos y el PSOE recuperaría 4,8.
 Los populares habrían perdido casi dos puntos en el último mes, los mismos que recuperan los socialistas. Es decir, que la suma entre ambos, lo que se etiqueta habitualmente como el bipartidismo se mantiene bajo mínimos, mientras que IU y UPyD consolidan su tendencia al alza como beneficiarios de ese supuesto nuevo panorama político. Los de Cayo Lara llegan a la cifra récord del 12,5%, y los de Rosa Díez al 7,3%, tras un llamativo repunte coyuntural en septiembre y octubre.
De los resultados del sondeo se deduce que en términos estratégicos y electorales la decisión de Rajoy de acometer la reforma del aborto tiene para el PP más contraindicaciones que beneficios. La pretendida explicación de que le sirve para congraciarse con sectores más conservadores no tiene traslación práctica en expectativa de voto.
Probablemente porque esos sectores no tienen más opciones que el PP y, en todo caso, van a votar a este partido en el último momento, pase lo que pase.
 También porque el problema de los populares está más bien en el voto de centro que pueda disputar con otras opciones como, por ejemplo, UPyD que resta votos a los dos grandes partidos.
Todo el Gobierno suspende y caen los ministros con polémicas públicas
Y, sobre todo, porque la polémica brinda al PSOE una plataforma perfecta para la recuperación.
 Por un lado porque le da una bandera a la que engancharse, como fue en su momento y salvando las distancias la guerra de Irak; por otro, porque moviliza al electorado de izquierda frente al PP que recorta derechos y libertades y, especialmente, porque rompe el discurso del “todos son iguales” que tanto y con tan poco éxito hasta ahora ha combatido Alfredo Pérez Rubalcaba esta legislatura.
Los socialistas han cogido al vuelo estos días el argumento contraponiéndose con los recortes de derechos del PP e identificando a Rajoy con la ultraderecha.
Hay otro efecto negativo para el Gobierno que es el de contraprogramación de su propio mensaje, porque eclipsa las noticias sobre la supuesta recuperación económica sobre la que había basado Rajoy su estrategia para 2014.
 Los primeros dos años fueron los de los sacrificios con incumplimientos de programa y ahora tocaba recoger los frutos de la mejora de los datos, a la espera de la reforma fiscal, que en 2015 empezarían a percibir los españoles.
Quizás por eso, el sondeo de Metroscopia muestra que los españoles no perciben la recuperación que con tanto entusiasmo publicita el Gobierno.
El 89% sigue calificando negativamente la situación económica; el 68% dice que seguirá igual o empeorará y el 65% no ve mejora al paro
. Apenas mitiga esos datos que disminuya en cuatro puntos el porcentaje de los que ven mala la situación económica o que aumente en ocho puntos el de los que creen que mejorará en los próximos meses. Pero la valoración sobre el Gobierno y su gestión no mejora.
Un dato que permite sostener que el vuelco es consecuencia directa del proyecto de ley del aborto es el del desplome de la valoración de Alberto Ruiz-Gallardón, hasta el punto de que pasa a ser el ministro peor valorado entre los votantes populares, quitándole el título al responsable de Educación y Cultura, José Ignacio Wert
. El proyecto de ley del aborto ni siquiera le sirve a Gallardón para congraciarse con los votantes del PP.
El ministro de Justicia es la cara de la reforma de la ley del aborto, aunque no hay ninguna duda de que un proyecto de este calado procede de la decisión del presidente del Gobierno, en su oportunidad y en su contenido.
 Rajoy con su estrategia premeditada logra que se hable de la ley Gallardón, la ley Wert o la ley Fernández, aunque todas tengan su decisión e impulso
. Conscientemente, aplica una estrategia contraria a la de su antecesor en el cargo, por la que antes se hablaba de las leyes de Rodríguez Zapatero y ahora de las de los distintos ministros.
 El modelo burladero de Rajoy, frente al modelo pararrayos de Zapatero.
Junto con Gallardón, caen otros dos ministros con polémicas públicas recientes: el de Industria, José Manuel Soria, y el de Interior, Jorge Fernández.
 El primero ha sido la cara de la polémica sobre las tarifas eléctricas y el segundo, entre otros asuntos, ha promovido leyes como la de Seguridad Ciudadana.
El caso de Fernández es curioso porque es criticado por los más conservadores, por su gestión frente a ETA, y por la izquierda por sus leyes de orden público.
 El resultado es que arruina la tradicional sobrevaloración popular de los titulares de Interior.
El balance del conjunto del Gobierno sigue siendo negativo porque la nota de todos sigue cayendo, sin que se atisbe más cambio que el mínimo que deba hacer para la candidatura de las elecciones europeas de mayo.

11 ene 2014

Una historia de España (XVI)............................................Arturo Pérez Reverte


Eran jóvenes, guapos y listos.
 Me refiero a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los llamados Reyes Católicos. Los de la tele. Sobre todo, listos
. Ella era de las que muerden con la boquita cerrada. Lo había demostrado en la guerra contra los partidarios de su sobrina Juana la Beltraneja -apoyada por el rey de Portugal-, a la que repetidas veces le jugó la del chino.
 Él, trayendo en la maleta el fino encaje de bolillos que en el Mediterráneo occidental hacía ya imparable la expansión política, económica y comercial catalano-aragonesa.
 La alianza de esos dos jovenzuelos, que nos salieron de armas tomar, tiene, naturalmente, puntitos románticos; pero lo que fue, sobre todo, es un matrimonio de conveniencia: una gigantesca operación política que, aunque no fuera tan ambicioso el propósito final, en pocas décadas iba a acabar situando a España como primera potencia mundial, gracias a diversos factores que coincidieron en el espacio y el tiempo: inteligencia, valor, pragmatismo, tenacidad y mucha suerte; aunque lo de la suerte, con el paso de los años, terminara volviéndose -de tanta como fue- contra el teórico beneficiado. 
O sea, contra los españoles de a pie; que, a la larga, de beneficio obtuvimos poco y pagamos, como solemos, los gastos de la verbena.
 Sin embargo, en aquel final del siglo XV todo era posible. Todo estaba aún por estrenar (como la Guardia Civil, por ejemplo, que tiene su origen remoto en las cuadrillas de la Santa Hermandad, creada entonces para combatir el bandolerismo rural; o la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija, que fue la primera que se hizo en el mundo sobre una lengua vulgar, de uso popular, y a la que aguardaba un espléndido futuro).
 El caso, volviendo a nuestros jovencitos monarcas, es que, simplificando un poco, podríamos decir que el de Isabel y Fernando fue un matrimonio con separación de bienes.
 Tú a Boston y yo a California.
 Ella seguía siendo dueña de Castilla; y él, de Aragón
. Los otros bienes, los gananciales, llegaron a partir de ahí, abundantes y en cascada, con un reinado que iba a acabar la Reconquista mediante la toma de Granada, a ensanchar los horizontes de la Humanidad con el descubrimiento de América, y a asentarnos, consecuencia de todo aquello, como potencia hegemónica indiscutible en los destinos del mundo durante un siglo y medio
. Que tiene tela. 
Con lo cual resultó que España, ya entendida como nación -con sus zurcidos, sus errores y sus goteras que llegan hasta hoy, incluida la apropiación ideológica y fraudulenta de esa interesante etapa por el franquismo-, fue el primer Estado moderno que se creó en Europa, casi un siglo por delante de los otros. 
Una Europa a la que no tardarían los peligrosos españoles en tener bien agarrada por los huevos (permítanme la delicada perífrasis), y cuyos estados se formaron, en buena parte, para defenderse de ellos. Pero eso vino más tarde.
 Al principio, Isabel y Fernando se dedicaron a romperle el espinazo a los nobles que iban a su rollo, demoliéndoles castillos y dándoles leña hasta en el deneí.
 En Castilla la cosa funcionó, y aquellos zampabollos y mangantes mal acostumbrados quedaron obedientes y tranquilos como malvas.
 En el reino de Aragón la cosa fue distinta, pues los privilegios medievales, fueros y toda esa murga tenían mucho arraigo; aparte que el reino era un complicado tira y afloja entre aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos.
 Todo eso dejó enquistados insolidaridades y problemas de los que todavía hoy, quinientos años después de ser España, pagamos bien caro el pato. En cualquier caso, lo que surgió de aquello no fue todavía un estado centralista en el sentido moderno, sino un equilibrio de poderes territoriales casi federal, mantenido por los Reyes Católicos con mucho sentido común y certeza del mutuo interés en que las cosas funcionaran
. Lo del Estado unitario vino después, cuando los Trastámara -la familia de la que procedían Isabel y Fernando, que eran primos- fueron relevados en el trono español por los Habsburgo, y ésos nos metieron en el jardín del centralismo imposible, las guerras europeas, el derroche de la plata americana y el no hay arroz para tanto pollo
. En cualquier caso, durante los 125 años que incluirían el fascinante siglo XVI que estaba en puertas, transcurridos desde los Reyes Católicos a Felipe II, iba a cuajar lo que para bien y para mal hoy conocemos como España. 
De ese período provienen buena parte de nuestras luces y sombras: nuestras glorias y nuestras miserias. Sin conocer lo mucho y decisivo que en esos años cruciales ocurrió, es imposible comprender, y comprendernos. 
[Continuará]

29 de diciembre de 2013

Sobre historias y sobre Españas................................Arturo Pérez-Reverte

No deja de tener su guasa, oigan.
 Y les explico por qué. Desde hace unos meses, a retales, hago en esta página una especie de resumen gamberro de la historia de España, desde que la llamaban Ispahan o tierra de conejos. La idea no es otra que pasarlo bien recordando cosas, y contarles a ustedes cómo veo los accidentados siglos que dieron lugar al actual bebedero de patos. Basta leer uno de esos artículos para comprender que está lejos de mi intención el afán didáctico serio, y que el rigor extremo no es la principal de mis preocupaciones. Lector de Historia pertinaz, como soy, escribo casi siempre de memoria, o consultando por encima algún dato a fin de no meter mucho la gamba. Incluso incurro en deliberados y evidentes anacronismos, como meter litronas en Roma, tortilla de patatas en la época visigoda o al tío Gilito en la corte de los Reyes Católicos. A eso hay que añadir las simplificaciones obligadas en un folio y medio, así como las erratas o gazapos propios de simples artículos de prensa escritos en una mañana y que, si para cada uno de ellos me levantase a consultar y leer los libros correspondientes, llevarían días de prolija escritura, como ocurre cuando ando metido en una novela histórica, que ya es otra cosa. Y tampoco se trata de eso.
 El asunto, como digo, es hacer un recorrido ameno por la historia española, de manera que a quien lo lea le quede un poso general, incluido mi punto de vista sobre lo que fuimos y somos; y quizá también la curiosidad, abordando ya otros textos serios, de profundizar en la fascinante historia de esta casa de putas a la que llamamos España. 
Todo eso es bien comprendido por quienes me honran leyendo lo que escribo.
 Por los cómplices de esta manera de contar y de mirar la foto de nuestro deneí nacional. Por eso estos artículos se titulan Una historia de España.
 Es sólo una manera de contar, entre otras posibles. Sin embargo, pese a esa evidencia, en los últimos tiempos advierto resquemores entre dos clases de lector: uno, más bien joven, es el que, habiendo recibido en el colegio nociones históricas perturbadas por el descojono educativo de las últimas décadas, se traga hasta la bola versiones inspiradas por caciques de pueblo, cantamañanas catetos o historiadores de parcelita que reinventan la historia de España a gusto de quien la financia.
 Con lo que a veces uno encuentra a esos lectores en desacuerdo, a menudo de buena fe, oponiendo argumentos de una simpleza abrumadora: desde la secular lucha vascongada contra el centralismo español -nunca hubo soldados vascos en los ejércitos de España, afirma un indignado jovencito guipuzcoano- a la heroica guerra de independencia que en 1714 libraron todos los catalanes, pasando por la conmovedora, culta y tolerante Al Andalus. Al referirme a cuyos habitantes, por supuesto, se critica mucho que utilice la palabra moro. 
El otro grupo crítico es el de la bilis.
 Los espumarajos.
 Y ahí figura media docena de historiadores profesionales, o que así se consideran, a los que irrita que alguien ajeno a su oficio ose comentar cosas del pasado. Cómo se atreve ese cabrón, es el resumen de la cosa.
 Que el arriba firmante tenga publicadas, entre otras, catorce novelas históricas y lleve veinte años tocando episodios puntuales de nuestro viejo curriculum en esta página, no contribuye a mejorarles el humor. Y a eso me refería al principio de este artículo diciendo que la cosa tiene guasa.
 Porque esos pavos que ahora se indignan con que un aficionado sin otro mérito que una biografía movidilla y treinta mil libros en la biblioteca les toque la flor, podrían haber dedicado sus sabios esfuerzos, ellos, en los últimos veinte o treinta años, a llenar la inmensa brecha, el agujero negro que el desmantelamiento educativo y cultural impulsado por gobernantes analfabetos y sin escrúpulos impone a nuestra historia y nuestra memoria; escribiendo libros y artículos que hicieran anecdóticos o superfluos los míos y los de otros ajenos al gremio; denunciando ausencias o tergiversaciones; peleando por la verdadera memoria histórica que tanto necesita este desgraciado país para comprender lo que fue, lo que es y lo que podría ser. Tendrían que haber hecho eso, por ejemplo, en vez de dejarnos a otros el trabajo
. Deberían haberse mojado, como es su obligación, dando la cara, en vez de ser tantas veces cómplices oportunistas, callados y cobardes de los golfos que nos desorientan y manipulan, cuando no mercenarios pagados para reescribir y enseñar a los jóvenes diecisiete historias distintas, que a nadie aprovechan sino a los canallas que les llenan el pesebre. 
5 de enero de 2014