
9 ago 2013
Patente de Corso:Arturo Pérez Reverte
Una aspirina en Granada
Granada, o sea.
Y enfrente, arriba, la Alhambra, la Roja; la que fue, antes de que los reyes ziríes la pusieran a punto, Hish Garnata.
He subido hasta el Albaicín -malditas cuestas, no me extraña que hasta 1492 no conquistaran esto- buscando un analgésico: intentando escapar un rato de lo de abajo. De los periódicos, de la tele, de las tertulias, de los ecos y consecuencias de toda esa gentuza que nos gobierna o desgobierna turnándose cada cuatro años en infamia, cobardía, venalidad.
Huyendo del Iva a la cultura, del expolio fiscal, del negocio autonómico con sus beneficiarios y su clientela, de las tiendas cerradas, de las librerías inexistentes, del intolerable desempleo, del robo descarado, sistemático y general perpetrado por el risueño ministro de Hacienda desde que tomó posesión, de las diecisiete taifas españolas, de la impunidad administrativa, de los ayuntamientos que nos asfixian en imbécil papeleo, del estólido analfabetismo de quienes medran rigiéndonos, de la falta de educación pública y privada, de la infanta de las narices, de su legítimo esposo y de ya te seguiré contando
. De la demagogia, el cinismo, el embuste, la mezquindad, la poca vergüenza. Tan de aquí. Tan nuestras.
Subo hasta el Albaicín, como digo, a ver si por un rato consigo que todo eso se quede abajo, aunque supongo que verdes me las van a segar y que toda aquella basura, suba a donde suba, me perseguirá con ese hedor que no hay tarjeta postal, por bonita que sea, capaz de quitar de encima.
Mirando con envidia a los turistas japoneses, porque llevan en el bolsillo un pasaporte y un billete de avión que podrán sacarlos de aquí.
Y en ésas estoy, frente a uno de los paisajes más bellos de Europa, mientras pienso en quienes me lo amargan; masticando entre dientes, como si fueran aspirinas, los versos de Rafael Guillén:
«Calles de látigo y garra / por las espaldas del monte / no hay más luna ni horizonte / que el aire que las desgarra».
Y me paro en el mirador de San Nicolás para mirar lejos, enfrente, abajo, este lugar que antes de hacer mío con los ojos descubrí en viejos romances dormidos en la biblioteca de mi abuelo, o en los versos, que sé de memoria porque mi padre me los recitó cien veces, sobre la hazaña del pequeño grupo de soldados castellanos que, para devolver una afrenta de los moros -habían arrastrado el crucifijo de una iglesia saqueada por el campo de batalla-, se internaron de noche en la ciudad enemiga para clavar un cartel con las palabras Ave María en la mezquita grande, hoy catedral: «Sorprenden los centinelas, / traban lucha encarnizada, / y Hernán Pérez del Pulgar, / sólo y por toda Granada, / va a la mezquita mayor / y en la puerta, y con su daga...».
En ésas estoy, como digo, contemplando la ciudad, y la vega donde estuvo el campamento cristiano, y las torres bermejas donde guerreros musulmanes cambiaban turnos de guardia. Y considero cuánta historia hay en esas viejas piedras y en este lugar fascinante; y por extensión, en la tierra, país, patria, nación o como se llame, o no se llame, que los alberga.
Cuántas cosas a recordar, estudiar y conocer.
Cuántas identidades posibles, cuántos legítimos orgullos, cuánta memoria común si desde hace siglos gente decente, no los rufianes miserables y criminales que siempre tuvimos, nos hubiera educado para ello, en vez de envolvernos en banderas, mezquindades, demagogia y vileza
. Y sin embargo, me digo, a pesar de todo, a pesar de nosotros mismos, no es una mala tierra. No somos mala gente; o -matizo tras un instante- podríamos fácilmente no serlo. Y como si todo estuviera dispuesto de antemano, en ese momento oigo a mi espalda el rasgueo de una guitarra en la plaza misma. Y me acerco a beber un tinto de verano a la terraza del bar Kiki, y en la puerta hay cinco tíos con tatuajes en el dorso de la mano y un peligro que te rilas, y algún careto donde no hay gota de sangre cristiana desde los Reyes Católicos, sentados a la sombra, dándole a la música -hora y media después me regalarán un cedé con la funda rota donde pone Pastrana escrito con rotulador-.
Me siento allí, a su lado, junto a algunos guiris y un grupo de hombres callados, españoles, con pinta de currantes que se han tomado un descanso, y que escuchan la música con mucho respeto.
Y esa música es tan buena y tan de verdad, allí, en la plaza del cementerio de San Nicolás, en una sombra fresca del Albaicín, que mojo los labios en mi vaso y sonrío, feliz, mientras miro Hish Garnata a lo lejos y la aspirina me hace efecto, al fin. Los japoneses, concluyo, con su pasaporte y su billete de avión en el bolsillo, no tienen ni puta idea.
Y enfrente, arriba, la Alhambra, la Roja; la que fue, antes de que los reyes ziríes la pusieran a punto, Hish Garnata.
He subido hasta el Albaicín -malditas cuestas, no me extraña que hasta 1492 no conquistaran esto- buscando un analgésico: intentando escapar un rato de lo de abajo. De los periódicos, de la tele, de las tertulias, de los ecos y consecuencias de toda esa gentuza que nos gobierna o desgobierna turnándose cada cuatro años en infamia, cobardía, venalidad.
Huyendo del Iva a la cultura, del expolio fiscal, del negocio autonómico con sus beneficiarios y su clientela, de las tiendas cerradas, de las librerías inexistentes, del intolerable desempleo, del robo descarado, sistemático y general perpetrado por el risueño ministro de Hacienda desde que tomó posesión, de las diecisiete taifas españolas, de la impunidad administrativa, de los ayuntamientos que nos asfixian en imbécil papeleo, del estólido analfabetismo de quienes medran rigiéndonos, de la falta de educación pública y privada, de la infanta de las narices, de su legítimo esposo y de ya te seguiré contando
. De la demagogia, el cinismo, el embuste, la mezquindad, la poca vergüenza. Tan de aquí. Tan nuestras.
Subo hasta el Albaicín, como digo, a ver si por un rato consigo que todo eso se quede abajo, aunque supongo que verdes me las van a segar y que toda aquella basura, suba a donde suba, me perseguirá con ese hedor que no hay tarjeta postal, por bonita que sea, capaz de quitar de encima.
Mirando con envidia a los turistas japoneses, porque llevan en el bolsillo un pasaporte y un billete de avión que podrán sacarlos de aquí.
Y en ésas estoy, frente a uno de los paisajes más bellos de Europa, mientras pienso en quienes me lo amargan; masticando entre dientes, como si fueran aspirinas, los versos de Rafael Guillén:
«Calles de látigo y garra / por las espaldas del monte / no hay más luna ni horizonte / que el aire que las desgarra».
Y me paro en el mirador de San Nicolás para mirar lejos, enfrente, abajo, este lugar que antes de hacer mío con los ojos descubrí en viejos romances dormidos en la biblioteca de mi abuelo, o en los versos, que sé de memoria porque mi padre me los recitó cien veces, sobre la hazaña del pequeño grupo de soldados castellanos que, para devolver una afrenta de los moros -habían arrastrado el crucifijo de una iglesia saqueada por el campo de batalla-, se internaron de noche en la ciudad enemiga para clavar un cartel con las palabras Ave María en la mezquita grande, hoy catedral: «Sorprenden los centinelas, / traban lucha encarnizada, / y Hernán Pérez del Pulgar, / sólo y por toda Granada, / va a la mezquita mayor / y en la puerta, y con su daga...».
En ésas estoy, como digo, contemplando la ciudad, y la vega donde estuvo el campamento cristiano, y las torres bermejas donde guerreros musulmanes cambiaban turnos de guardia. Y considero cuánta historia hay en esas viejas piedras y en este lugar fascinante; y por extensión, en la tierra, país, patria, nación o como se llame, o no se llame, que los alberga.
Cuántas cosas a recordar, estudiar y conocer.
Cuántas identidades posibles, cuántos legítimos orgullos, cuánta memoria común si desde hace siglos gente decente, no los rufianes miserables y criminales que siempre tuvimos, nos hubiera educado para ello, en vez de envolvernos en banderas, mezquindades, demagogia y vileza
. Y sin embargo, me digo, a pesar de todo, a pesar de nosotros mismos, no es una mala tierra. No somos mala gente; o -matizo tras un instante- podríamos fácilmente no serlo. Y como si todo estuviera dispuesto de antemano, en ese momento oigo a mi espalda el rasgueo de una guitarra en la plaza misma. Y me acerco a beber un tinto de verano a la terraza del bar Kiki, y en la puerta hay cinco tíos con tatuajes en el dorso de la mano y un peligro que te rilas, y algún careto donde no hay gota de sangre cristiana desde los Reyes Católicos, sentados a la sombra, dándole a la música -hora y media después me regalarán un cedé con la funda rota donde pone Pastrana escrito con rotulador-.
Me siento allí, a su lado, junto a algunos guiris y un grupo de hombres callados, españoles, con pinta de currantes que se han tomado un descanso, y que escuchan la música con mucho respeto.
Y esa música es tan buena y tan de verdad, allí, en la plaza del cementerio de San Nicolás, en una sombra fresca del Albaicín, que mojo los labios en mi vaso y sonrío, feliz, mientras miro Hish Garnata a lo lejos y la aspirina me hace efecto, al fin. Los japoneses, concluyo, con su pasaporte y su billete de avión en el bolsillo, no tienen ni puta idea.
Los premios García Márquez reivindican la presencia de la ética en el periodismo
Gabriel García Márquez. / FNPI
El reportero apresurado recibe una primera lección antes incluso de
acceder a la sala
. Junto a la puerta, un cartel con el rostro serio del premio Nobel colombiano le recuerda: “En la carrera en la que andan los periodistas debe haber un minuto de silencio para reflexionar sobre la gran responsabilidad que tienen”.
Y el mensaje resulta un buen resumen, del tamaño de un tuit, de lo que se hablaría después, de información y de ética, en la presentación este jueves en la capital mexicana los galardones de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), renovados y rebautizados este año con el nombre de premios Gabriel García Márquez.
Cualquier reflexión sobre periodismo –también esta- en los tiempos que corren se convierte inevitablemente en una charla sobre los nuevos retos del viejo oficio.
Sobre la magia de las nuevas tecnologías y sus enormes posibilidades, pero también sobre una aceleración de la realidad que puede hurtarnos el sosiego que requiere la reflexión.
Y para encauzar estos desafíos, Jaime Abello, director de la fundación, propuso como fórmula, igual que el Nobel en el cartel, la ética. Y citando otra vez a García Márquez, recordó que esta “no es una condición ocasional, sino que debe acompañar al periodismo, como el zumbido de un moscardón”.
El escritor y periodista mexicano Federico Reyes Heroles abundó en la reflexión de Abello: “El cazador furtivo -el periodista- tiene hoy más elementos que nunca para describir la realidad… pero también para mentir, para hacer daño e incluso para echar a perder una vida… somos la primera generación en riesgo de resultar avasallados por la sobreinformación”.
Ante estos riesgos, reclamó “una brújula, una rosa de los vientos.
Porque la discusión ya no es qué sucedió, sino una interpretación que requiere un acto ético, axiológico”. Y reivindicó la fórmula magistral de Ryszard Kapuściński para surcar la información en estos tiempos cambiantes: “Ver, oír, compartir, pensar y, sobre todo, estar”.
Geraldinho Vieira, brasileño, periodista y maestro de la FNPI, propuso por su parte una nueva ruta empresarial hacia el periodismo de calidad: la autoevaluación, entendida como una estrategia para asegurar la credibilidad informativa y una gestión sostenible, “en medio de una cultura donde prima la superficialidad y el apuro”.
En la ceremonia también participó Xavier de Uriarte, director general de SURA México, compañía de inversiones latinoamericana que forma parte del Índice de Sostenibilidad Dow Jones, y que junto a Bancolombia participa como aliada de la FNPI en la organización de los premios.
Los galardones, según se había anunciado ya, están dirigidos a periodistas y medios en lengua española y portuguesa, divididos en cinco categorías: crónica y reportaje (en cualquier plataforma, porque el soporte en este caso no es lo relevante), imagen periodística (sean las imágenes fijas, animadas o en movimiento), cobertura informativa, innovación, y un premio especial a la excelencia.
La convocatoria, que ya está abierta, se cerrará el próximo 26 de agosto
. Los ganadores recibirán un diploma y 15.000 dólares en una ceremonia en la ciudad colombiana de Medellín, convertida en punto de encuentro e intercambio de ideas sobre periodismo, y participarán en coloquios y actividades retransmitidos a través de internet.
Tras concluir las intervenciones, una periodista preguntó a Abello por el gran protagonista, y a la vez el gran ausente, de la ceremonia, Gabriel García Márquez, que tiene en la capital mexicana una de sus residencias desde hace décadas, y a quien algunos esperaban ver en la presentación.
El director de la fundación aclaró que el Nobel no participará en ninguna actividad relacionada con los premios.
Y que a sus 86 años se ha ganado el derecho a descansar.
. Junto a la puerta, un cartel con el rostro serio del premio Nobel colombiano le recuerda: “En la carrera en la que andan los periodistas debe haber un minuto de silencio para reflexionar sobre la gran responsabilidad que tienen”.
Y el mensaje resulta un buen resumen, del tamaño de un tuit, de lo que se hablaría después, de información y de ética, en la presentación este jueves en la capital mexicana los galardones de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), renovados y rebautizados este año con el nombre de premios Gabriel García Márquez.
Cualquier reflexión sobre periodismo –también esta- en los tiempos que corren se convierte inevitablemente en una charla sobre los nuevos retos del viejo oficio.
Sobre la magia de las nuevas tecnologías y sus enormes posibilidades, pero también sobre una aceleración de la realidad que puede hurtarnos el sosiego que requiere la reflexión.
Y para encauzar estos desafíos, Jaime Abello, director de la fundación, propuso como fórmula, igual que el Nobel en el cartel, la ética. Y citando otra vez a García Márquez, recordó que esta “no es una condición ocasional, sino que debe acompañar al periodismo, como el zumbido de un moscardón”.
El escritor y periodista mexicano Federico Reyes Heroles abundó en la reflexión de Abello: “El cazador furtivo -el periodista- tiene hoy más elementos que nunca para describir la realidad… pero también para mentir, para hacer daño e incluso para echar a perder una vida… somos la primera generación en riesgo de resultar avasallados por la sobreinformación”.
Ante estos riesgos, reclamó “una brújula, una rosa de los vientos.
Porque la discusión ya no es qué sucedió, sino una interpretación que requiere un acto ético, axiológico”. Y reivindicó la fórmula magistral de Ryszard Kapuściński para surcar la información en estos tiempos cambiantes: “Ver, oír, compartir, pensar y, sobre todo, estar”.
Geraldinho Vieira, brasileño, periodista y maestro de la FNPI, propuso por su parte una nueva ruta empresarial hacia el periodismo de calidad: la autoevaluación, entendida como una estrategia para asegurar la credibilidad informativa y una gestión sostenible, “en medio de una cultura donde prima la superficialidad y el apuro”.
En la ceremonia también participó Xavier de Uriarte, director general de SURA México, compañía de inversiones latinoamericana que forma parte del Índice de Sostenibilidad Dow Jones, y que junto a Bancolombia participa como aliada de la FNPI en la organización de los premios.
Los galardones, según se había anunciado ya, están dirigidos a periodistas y medios en lengua española y portuguesa, divididos en cinco categorías: crónica y reportaje (en cualquier plataforma, porque el soporte en este caso no es lo relevante), imagen periodística (sean las imágenes fijas, animadas o en movimiento), cobertura informativa, innovación, y un premio especial a la excelencia.
La convocatoria, que ya está abierta, se cerrará el próximo 26 de agosto
. Los ganadores recibirán un diploma y 15.000 dólares en una ceremonia en la ciudad colombiana de Medellín, convertida en punto de encuentro e intercambio de ideas sobre periodismo, y participarán en coloquios y actividades retransmitidos a través de internet.
Tras concluir las intervenciones, una periodista preguntó a Abello por el gran protagonista, y a la vez el gran ausente, de la ceremonia, Gabriel García Márquez, que tiene en la capital mexicana una de sus residencias desde hace décadas, y a quien algunos esperaban ver en la presentación.
El director de la fundación aclaró que el Nobel no participará en ninguna actividad relacionada con los premios.
Y que a sus 86 años se ha ganado el derecho a descansar.
Amor fou vs. amor fóbico.................Del Blog EROS
Amor fou vs. amor fóbico
Por: Anne Cé
| 09 de
agosto de
2013
¿Será el amor fóbico lo
contrario al idealizado amor fou? Hay etapas de la vida o gentes que
en su vida sustituyen aquel amor loco de locura desatapasiones por un
gesto contenido de acercamiento al otro que tan pronto puede
representar el objeto de deseo como volverse una imagen que asusta.

El amor fóbico suele estar hecho de dos partes fóbicas (valga la redundancia).
A un lado,el que tiene todas las alarmas encendidas para el rechazo y, al otro, el que lucha cuerpo a cuerpo con la fobia al amor de la contraparte para eludir los miedos propios o por fin vencerlos, durante un ratito.
Algo de eso sucede en la lúcida película de Giuseppe Tornatore, La mejor oferta.
La última cinta de Giusseppe
Tornatore, La mejor oferta, habla de varias cosas pero la que me conmovió fue esta manera de encantarnos con una historia de amor
fóbico (una expresión que se me ocurrió al salir del cine).
Tornatore cerca a Virgil (Geoffrey Rush), un neurótico subastador de
arte, en una villa plena de codiciadas antigüedades
y lo hace desvestirse frente a su síntoma.El amor fóbico suele estar hecho de dos partes fóbicas (valga la redundancia).
A un lado,el que tiene todas las alarmas encendidas para el rechazo y, al otro, el que lucha cuerpo a cuerpo con la fobia al amor de la contraparte para eludir los miedos propios o por fin vencerlos, durante un ratito.
Algo de eso sucede en la lúcida película de Giuseppe Tornatore, La mejor oferta.
Su síntoma es la chica agorafóbica que, poco a poco, puede con el desamor, los miedos y las escrupulosas precauciones antipatógenas del viejo restaurador.
La trama del filme del director de Cinema Paradiso recientemente estrenado nos va despojando a nosotros también de certezas.
Entretanto, nos quedamos boquiabiertos frente a un Petrus Christus que el experto atribuye a una ilustre falsificadora del siglo XV y empezamos a confiar en cada ardid de un conocedor del medio como Virgil. Tanta especialización en unas cosas parece conllevar una indispensable virginidad en lo afectivo, una incapacidad que adivinamos fruto del dolor, de algún dolor.
Amor fou sí, pero de locura de una galaxia diferente a la del desenfreno del puro presente. Una huida hacia adelante pero para ponerse a resguardo de los propios fantasmas que atenazan.
Desvestirse sí, pero no desgarrándose las vestiduras, como Sebastien, el protagonista de la emblemática Amour fou de Jacques Rivette
. Parece que solo los 60 podían consagrarse al amor loco de la no-especulación, a esa clase de pasión que el escritor Hakim Bey evoca ("la folie de Baudelaire, el corazón al desnudo"), según Alejandro de Portales en un artículo sobre el amor antes de la era de las inversiones (o invasiones) políticas neocon.
'L'amour fou' (1969), célebre filme de Jacques Rivette.
¿Qué hay del amor en tiempos que vuelven a ponerse tan precavidos?
'
El coleccionista de la película consagra una habitación a las mujeres, a las más bellas de todos los tiempos, pero imaginarias y en dos dimensiones
. Las venera pero no las toca y pregunta: "¿cómo es vivir con una mujer?", a lo que el casado desde siempre responde: "Es como una subasta: nunca sabes si la tuya es la mejor oferta".
"Cuando crees que tienes a la mujer en tu terreno es cuando descuidas la estrategia", advierte el ingeniero mujeriego (Jim Sturgess).
Para el coleccionista, otro par de guantes: hay que evitar el contacto con los gérmenes, aunque lo tóxico se cuele por otros respiraderos.
Y la película avanza, y poco nos importa la enigmática fóbica de la villa deshabitada; solo nos importa él: ¿cuándo va a quitarse los guantes? ¿a quién va a atreverse a tocar con la piel desnuda? (eso sí, el sexo después de tanto deseo en espera suele ser sublime).
El otro como síntoma.
Equivocarse de número de teléfono y dejar el mensaje de amor en el contestador de otra persona parece una señal clara de amor fóbico, un acto fallido que nos delata.
Apenas una de las infinitas variaciones en los deslices que alertan cuando algo se sale del cauce... como el lapsus linguae de llamar por el nombre de nuestro amante al oficial, en medio de los preliminares del sexo, ¿qué más podríamos decirle para ahuyentarlo?
En un interesante artículo de Gisele Sousa Díaz en el diario argentino Clarín, que se abre con una escena de la película argentina Medianeras (2011), leemos este testimonio del psicólogo Gustavo Bustamante: "el temor a entregarse y a correr el riesgo de volver a sufrir pone (a la gente fóbica al amor) en un estado de hipervigilancia.
Entonces interpretan cada muestra de interés como una amenaza.
Así es que muchos evitan las citas y eligen su soledad: en ese encierro no hay riesgos (...). Los fóbicos suelen funcionar bien con personas casadas o que tienen otros problemas, como adicciones o disfunciones sexuales. Es que este tipo de relaciones les da una garantía: no les van a exigir un compromiso".
Acercarse a quien rehúye el afecto y dar batalla a su fobia para esquivar la nuestra nos mantiene siempre a salvo... del riesgo a sufrir y también del amor. ¿Nos reconocemos o no en esta especialidad del doble salto mortal?
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