Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

16 may 2013

Apaguen sus móviles, por favor

José María Pou es la última "víctima" de un indeseable teléfono sonando en una sala.

Repasamos algunas desgraciadas anécdotas de un hecho que se repite con frecuencia.

José María Pou y Nathalie Poza, actores protagonistas de la obra de teatro 'A cielo abierto'.

Ya no saben qué hacer.
Cómo impedirlo.
Cómo hacer entender a los espectadores que el sonido del móvil en mitad de una representación altera el producto que los actores están ofreciendo al público.
 Que puede llegar a sacarles de su absoluta y necesaria concentración en el fluir de una función.
 También los primeros perjudicados son los espectadores.
Ha trascendido que el sábado pasado en el Teatro Calderón de Valladolid, el actor José María Pou interrumpió el espectáculo A cielo abierto, tras sonar insistentemente una docena de veces, otros tantos móviles.
 Uno incluso llegó a ser contestado y el propietario del mismo se puso a hablar. Pou estalló. De manera sorda.
 No llegó a pegar ni insultar; pero estalló, aunque su compañera de reparto, Nathalie Poza, tiró de él y terminaron la función, momento en el que fueron ovacionados sonoramente, seguramente no sólo porque el espectáculo es buenísimo, sino como compensación por el mal rato que les había hecho pasar esa decena de espectadores.
Se ha llegado a especular con que ocurre más a menudo el sábado por la noche porque los médicos, y otros profesionales que están de guardia en su trabajo, no quitan el sonido.
“Quizá lo del sábado ha trascendido en exceso, entre otras cosas porque ya he interrumpido la función varias veces, porque hay momentos que no se puede seguir con la función, es exasperante”, señala Pou.
El actor propone varias soluciones.
 “Una ley que permita los inhibidores, ahora no existe y cuando en Londres y Nueva York los pusieron un grupo de espectadores denunciaron que era coartar la libertad. Ganaron ellos”. Otra posible fórmula que propone Pou:
“Hacer ver cada vez más al publico que los móviles estropean la función, no sólo a los actores, sino a ellos, que fue lo que les dije el otro día, que debían tomar conciencia de que los móviles consiguen que hagamos peores funciones, y hay que hacer consciente a los espectadores de que ellos son tan responsable de la función como nosotros, lo que hacemos es una ceremonia con dos interlocutores que tienen que estar involucrados”
. Para esa toma de conciencia Pou propone una campaña, en principio de un mes o dos que consistiría en salir el reparto entero antes de la función a hablar con el público a explicarles que aquellos es una ceremonia: “Perderíamos diez minutos y una vez controlados todos los móviles empezaríamos”.
El actor Kevin Spacey representando Ricardo II en el Old Vic, paró la representación en varias ocasiones
El asunto no es un fenómeno español. Pasa en todo el mundo.
 De hecho en muchos teatros de Buenos Aires, una vez dado el aviso de rigor invitando a apagar los móviles, suena la voz de un actor afamado explicando la importancia del silencio en la representación”.
 El actor Kevin Spacey representando Ricardo II en el Old Vic, paró la representación en varias ocasiones y una vez que sonaron más móviles que lo acostumbrado se retiró a su camerino y no terminó la función
. Los actores Daniel Creig y Hugh Jackman, en el espectáculo A Steady Rain, que representan en Broadway, han paralizado en varias ocasiones el montaje y, en una de esas veces, Jackman se enfrentó abiertamente a un espectador.
“El aviso que se da en todos los teatro lo tienen tan incorporado que lo escucha poquísima gente”, apunta Pou.
¿Por qué no se atreven a prohibir el sonido de los móviles, o a impedirlo, con la misma contundencia que se prohíbe fumar? Significaría echar de la sala de teatro al que le sonara el móvil y, de paso, ponerle una multa por usarlo. Pero detrás de los móviles están las grandes operadoras de telefonía, las grandes suministradoras de servicios en internet… en definitiva, los grandes de hoy
. Con las tabacaleras sí se han atrevido, quizá porque están de capa caída.
 Cabría preguntarse si la diferencia está en que no hay formación para respetar la cultura y si la diferencia es que una industria está amortizada (la del tabaco) y la otra no (la de la telefonía móvil).
Charo López dirigiéndose al dueño del teléfono:
 “Si es para mí, dígale que estoy trabajando y no me puedo poner”
Cualquier espectador con mínimos hábitos teatrales ha vivido anécdotas en las que el protagonista era un indeseable móvil.
 Y aunque a los actores aparentemente no se les note nada cuando surge el indigno soniquete, no hay ni uno que no sufra un pinchazo en las entrañas del "mondongo", que diría Valle-Inclán, cuando ocurre.
 Han sido muchos los que han dado a conocer su cabreo de manera más o menos elegante. Charo López, representando Tengamos el sexo en paz, de Dario Fo, en Barcelona, oyó el repelente sonido y dirigiéndose al causante del mismo le espetó: “Si es para mí, dígale que estoy trabajando y no me puedo poner”. Como siempre ocurre, recibió un cerrado aplauso.
Ovación con bravos y la gente puesta en pie recibió el actor Leo Bassi en el Teatro Alfil, de Madrid, cuando tras oír varias veces el detestable sonido, se bajó del escenario, se acercó al espectador que con toda pachorra ya había contestado, igual porque pensaba que como este popular actor es un cachondo (encima del escenario) todo vale.
El caso es que Bassi le quitó el teléfono de las manos, lo tiró al suelo y salto con sus zapatones sobre el aparatito hasta que lo destrozó del todo, mientras el resto de los espectadores gritaban, bramaban y saltaban, en excitado estado de catarsis liberadora, apoyando la acción del actor.
Lo único que lamentó Bassi es que tuvo que pagar el teléfono al dueño del móvil y llevaba un modelo bueno (29.000 pesetas de entonces): “No tuve más remedio que hacer eso, porque si no el espectáculo se me iba de las manos”.
Hace no mucho en el Teatro Juan Bravo de Segovia, en un estreno de Lola Herrera, un señor mayor recibió varias llamadas y las dos últimas las contestó con todo aplomo.
 Cuando una espectadora le increpó, llamándole sinvergüenza, el abominable espectador, le dijo: “¡Pero si lo que estamos viendo es una comedia!”.
Cuando las gentes de la profesión escénica rememoran estas malqueridas anécdotas siempre se recuerda cuando en el estreno de Una noche con los clásicos, en el Corral de Comedias de Almagro, la gran Amparo Rivelles, (junto a Adolfo Marsillach y María Jesús Valdés), mientras recitaba el poema de la muerte de Quevedo con el que había llevado a los espectadores al séptimo cielo, un móvil sonó insistentemente y su dueño contestó y habló tranquilamente.
Una voz dirigida a esa persona se limitó a un: “¡Hijo de puta!”.
Pero lo habitual es que todos continúen en el patio de butacas tan tranquilos, y a algunos incluso les vuelve a sonar.
 También se han dado casos, como el de una señora mayor en el estreno de Solas, en el Teatro Albéniz de Madrid, que en mitad de un monólogo de Lola Herrera le empezó a sonar el móvil y, como no sabía apagarlo, hubo que sacarla de la sala.
Siempre los espectadores se sitúan contra el irresponsable provocador del ruido, chistándole y poniéndole cara de perros.
 Aunque a veces son los actores quienes adoptan ese papel, como la otra noche el actor Fernando Tejero, que mientras representaba Mitad y mitad en el Teatro de La Latina chistó al empezar a sonar un móvil.
El Presidente de la Asociación de Productores y Teatros de Madrid, Jesús Cimarro, piensa que hay posibles soluciones.
“Una sería que se hiciera una normativa que contemplase distintos supuestos para cortar este desagradable asunto. La más rápida sería poner inhibidores, algo que de momento no lo permite la ley, que sólo deja que lo hagan organismos autorizados por el Ministerio del Interior, pero sería una fórmula”, señala Cimarro quien no ignora que lo más inmediato pasaría porque que los espectadores se concienciaran con los avisos que todos los teatros dan.
 “Cuando suena un móvil en un espectáculo se interrumpe todo el clímax que se ha creado y cuando uno va a ver un montaje escénico en vivo, quiere verlo completo no con interrupciones”, apunta el productor.
He visto como a los que no le suenan los abren una y otra vez a ver si han llamado y no lo han oído, he visto que siempre hay gente que entra cuando las luces se apagan y hacen de su movil una linterna para ver fila por fila dónde hay asientos que suelen ser dónde estoy yo y quieren pasar dos o tres entraditos en carne y esperando estoy que digan disculpe, claro que yo no me muevo.
Otros con más humor dicen algo gracioso, pero siempre un movil sonará o se encenderá.

 

Ni ‘El gran Gatsby’ ni Scott Fitzgerald se merecían esto..............................Boyero Dixit

GREGORIO BELINCHÓN

Entre los muchos dones que posee la escritura de Scott Fitzgerald está la hondura para describir con frases inolvidables los sentimientos, lirismo lacerante, creación de atmósfera, sobriedad expresiva para retratar la mayor complejidad emocional, poder de sugerencia, una capacidad narrativa que no precisa de adornos. Pero este maravilloso contador de los desastres íntimos, el desasosiego, la pérdida, la autodestrucción, los sueños rotos y el desgaste que provoca el tiempo sigue sin tener suerte cuando el cine se empeña en adaptar su sutil, doloroso e identificable universo.
Cannes ha sido inaugurado con una nueva versión de El gran Gatsby, que tal vez sea la novela más celebérrima de Fitzgerald, aunque no la mejor para mi gusto.
 A Jay Gatsby, ese hombre enigmático y romántico que creó un imperio para intentar recobrar al amor de su vida, lo encarnó Alan Ladd en una película que no he visto nunca y posteriormente Robert Refford en un retrato académico, mediocre y epidérmico que dirigió Jack Clayton.
 Ahora lo encarna Leonardo DiCaprio, alguien al que puedes asociar a la imagen que tenemos de Gatsby y que él se esfuerza por dotar de alma.
Pero el director de la historia es el temible Baz Luhrmann, señor al que apasiona ante todo la parafernalia, un lenguaje visual exhibicionista hasta el mareo, incapaz de transmitir sentimientos auténticos, portador de una estética exuberante y rebuscada al exclusivo servicio de la oquedad.
 Es el autor de películas tan floridas como tontas, que me irritan particularmente, tituladas Moulin Rouge y Romeo + Julieta y no se le ha ocurrido otra cosa a director tan pinturero y prescindible que encapricharse del intimismo de Fitzgerald y montar una verbena visual que está mucho más preocupada por el despliegue de la cámara que por lo que les ocurre a los personajes, por impactar estéticamente al espectador en vez de conmoverlo con esta historia de amor que no puede tener final feliz.
Luhrmann dispone de un presupuesto fastuoso que derrocha rodando en absurdas tres dimensiones, haciendo una muy costosa reconstrucción del Nueva York de los años veinte, decorando hasta la floritura mansiones palaciegas, filmando fiestas y bailes a ritmo de hip-hop, que a veces combina con música de Gershwin
. Es tan vanguardista y tan destroyer que ambientar con jazz el mundo de Fitzgerald le debe de parecer muy antiguo y paleto.
 Para él lo más cool es plantarle unas gafas negras al espectador y atronarle los oídos con música discotequera para hablarle de la torturada personalidad y las tristes vivencias del soñador Gatsby, la sofisticada y juguetona Daisy Buchanan, el lúcido y concienciado narrador Nick Carraway y las cínicas reglas que rigen el mundo de los muy ricos.
Repito que DiCaprio hace lo que puede para intentar dotar de espíritu a Gatsby.
También el inquietante Tobey Maguire y la camaleónica Carey Mulligan, pero el director se encarga en cada aparatosa secuencia de borrar las inquietudes de Fitzgerald.
 Si este levantara la cabeza se llevaría un susto notable al constatar la superficialidad con la que está tratada la tragedia que él contó en su novela.
A pesar de este arranque tan poco estimulante, la programación del festival invita a la ilusión.
 Dispone de una sección oficial que va a exhibir las últimas obras de directores de los que puedes esperar mucho, como los estadounidenses Alexander Payne, James Gray, Soderbergh, Jarmusch y los hermanos Coen, el japonés Koreeda, el iraní Farhadi, el italiano Sorrentino, el danés Winding Refn y el polaco Polanski.
Y también es inevitable que te hagas una pregunta desasosegante al plantearte a raíz del cierre de Alta Films cuántas de estas películas podrán ser estrenadas en España.
 Los distribuidores independientes lo tienen crudo.
 Se exhibe bastante cine inestrenable en los festivales pero también películas muy atractivas que no pertenecen a las multinacionales, que hemos podido disfrutar en España gracias a los pequeños e independientes distribuidores.
 Y te asalta el temblor cuando Alta Films nos informó que de 220 salas que exhibían en versión original este tipo de cine ya solo quedan abiertas veintitantas
. Habrá que salir de España, como en la época de la siniestra censura franquista, para poder ver determinado cine.
 Y sé que esto suena a frívolo, cuando mucha gente está emigrando de este país por algo tan acuciante y angustioso como encontrar trabajo
. Pero no solo de pan vive el cinéfilo.

15 may 2013

My Fait Lady


Esponsales de los vencejos.



Esponsales de los vencejos... Qué pesada frase para sugerir el enlace momentáneo de estos aleves del aire y el grito.
En algún lugar Heidegger recoge la leyenda de que la alondra de montaña favorece la eclosión del sol y la exactitud del poema.
Visto y no visto. Grito y eco. En lo alto y en las esquinas. 
Temblor y filo, el vencejo -como el poema.

¿Adónde está la noche en los vencejos? 
Se vuelven lentos y callados a la noche. Por las espirales suben y planean, más allá del aire. Por las palabras nunca pronunciadas. 
Como velas de plegaria, los vencejos te miran por primera vez, a los ojos, sin pestañeo.
Del Diatio Virtual de Jose Carlos Cataño