Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

11 may 2013

Maneras de ver lo que no está


'Autorretrato' (Buenos Aires, 1995). / Adriana Lestido
Es algún día de 1982 y todavía gobierna el país la dictadura militar que ha comenzado en 1976.
 La fotógrafa argentina Adriana Lestido tiene, por entonces, 27 años, dos semanas de experiencia como fotoperiodista, y cubre, en un suburbio de la ciudad de Buenos Aires y para el periódico en el que trabaja, una manifestación de las Madres de Plaza de Mayo que reclaman por familiares desaparecidos.
 Ahora, en medio de la multitud, se ha quedado galvanizada frente a una nena de seis o siete años que lleva la cabeza cubierta por un pañuelo blanco anudado bajo el mentón, tomada de la mano de una mujer joven que lleva, también, la cabeza cubierta por un pañuelo blanco: el símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. La nena llora y decenas de fotógrafos, atraídos por la potencia de la imagen, disparan.
Pero Adriana Lestido no
. No puede: le da pudor. Después de un rato, cuando los fotógrafos se van, ella se queda por ahí, rondando como quien no mira.
Y, de pronto, la mujer alza a la nena, la calza sobre su cadera, levanta el puño y grita.
 Y la nena reproduce, con exactitud perturbadora, el gesto adulto: levanta el puño, grita. Adriana Lestido hace, entonces, lo que tiene que hacer: dispara. Al día siguiente la foto —la mujer, la nena— aparece en la portada del periódico.
Hoy, treinta años después, Adriana Lestido es uno de los nombres más prestigiosos del ensayo fotográfico en Latinoamérica. Ha ganado la beca Guggenheim, la Hasselblad, el premio Mother Jones, y su obra forma parte de colecciones privadas y museos en Suecia, España, Francia, Estados Unidos.
 El tiempo, las becas, los premios pasan, pero la foto —la mujer, la nena— permanece. Lestido la incluyó en todas sus muestras, en todas sus retrospectivas, y es la que abre Lo Que Se Ve, un libro que antologa su trabajo y que acaba de editar Capital intelectual en Argentina (Clave intelectual en España) con el apoyo del grupo Insud. El libro, que se presentará el 7 de junio en Casa de América de Madrid como parte del programa de PhotoEspaña 2013, acaba de ser seleccionado para la exhibición Los mejores libros de fotografía del año que se lleva a cabo hasta el 23 de junio en el Hospital de Santa María la Rica, de Alcalá de Henares. Incluye los ensayos fotográficos Hospital Infanto Juvenil, Madres adolescentes, Mujeres presas, Madres e hijas, El amor y Villa Gesell, y empieza con aquella foto: la mujer, la nena.
—Se dice que yo fotografío mujeres —dice ahora, con dicción precisa, reconcentrada—.
 Y es verdad. Pero no es que mire mujeres por una cuestión de género. Mi impulso viene de otro lado.
—De otro lado.
—Lo que está por detrás es la ausencia del hombre.
Es verdad que fotografío mujeres, pero no por una cuestión de género. Lo que está por detrás es la ausencia del hombre
***
Adriana Lestido nació en Buenos Aires en 1955 y fue la mayor de cuatro hermanos, hija de Laura y Serafín, que trabajaba como vendedor de una fábrica y que, más tarde, fue vendedor de especias surtidas.
 En 1961, cuando ella tenía siete, su padre, acusado de estafa, fue detenido y encarcelado hasta que ella tuvo once, de modo que la niñez transcurrió al cobijo de esa ausencia y en medio de una precariedad económica importante.
—En 1973, entré a estudiar ingeniería. Una locura, pero me gustaba la matemática
. Ahí empecé a militar en Vanguardia Comunista.
Y también conocí a Willy.
Willy es Guillermo Moralli, un compañero de militancia del que se enamoró en 1973 y con quien se casó en 1974.
 En el invierno de 1978, con la dictadura militar ya instalada, estaban distanciados desde hacía un mes cuando, a mediados de julio, volvieron a encontrarse, hablaron, y estuvo claro que querían volver.
—Quedamos en vernos, que él me llamaba.
 Pero no me llamó.
 A la segunda o la tercera semana tuve la noticia. Lo habían secuestrado.
 Yo pensaba que lo iban a pasar a una situación legal. Tenía la fantasía de que él iba a aparecer y lo iba a poder visitar en la cárcel. Pero no. Diez años después del secuestro hice el juicio de divorcio.
 Los milicos habían inventado algo que se llamaba “presunción de fallecimiento”, para deshacer el vínculo legal.
 Yo, por una cuestión ideológica, no lo quise hacer. Pero creo que hice el divorcio porque no quería darlo por muerto, ser yo viuda.
—¿Y cuál es la causa del divorcio en un caso así?
—La ausencia.
Cuando dice eso, la voz de Lestido es una voz prudente, serena, la de alguien que sabe lo que quiere decir y que, simplemente, lo dice.
—Yo creo que el hecho de que estuviéramos separados cuando él desapareció me ayudó a volver a amar sin culpas. Y de hecho tuve otras relaciones
. Pero nunca tuve hijos. Creo que fue una cosa de fidelidad hacia él medio loca: si no fue con él, entonces no va a ser con nadie. Me di cuenta hace muy poco de la relación entre la desaparición de Willy y el momento en que empecé a hacer fotos. Yo empecé a hacer fotos un año después de la desaparición.
 Casi inmediatamente.
Así, un año después, Lestido empezó a hacer aparecer las cosas.
***
En 1979, mientras trabajaba en la oficina de un despachante de aduana, empezó a estudiar cine, a hacer un curso de fotografía, y supo —supo— que quería ser fotógrafa.
 Poco después, en 1981, renunció a su trabajo y devino fotógrafa de plaza.
—Hacía fotos de los chicos y las madres me las compraban.
 Mientras, buscaba trabajo en los diarios
. Un amigo me dijo que fuera a La Voz, un medio nuevo, y me tomaron. Era 1982.
 Una semana más tarde hubo una movilización de vecinos en contra de la dictadura.
 Me mandaron a cubrirla y volví con buenas fotos. Y al día siguiente hice la foto de la madre de Plaza de Mayo y la nena.
Estuvo en La Voz hasta 1985, cuando entró a trabajar en la agencia DyN (Diarios y Noticias), y fue allí donde, sin saber lo que hacía, encontró un método.
Lo que yo trato de hacer es fundirme con lo que estoy mirando. Hay que desaparecer para poder ser lo que uno mira
—Tuve que ir a hacer fotos al hospital Borda, el neuropsiquiátrico
. Me gustó, pero me dije “esto no es así, no es viniendo un rato”.
 Al lado está el hospital Infanto Juvenil. Fui, expliqué que quería quedarme un tiempo, y empecé. Fue puro instinto. Yo no tenía idea de lo que era un ensayo fotográfico.
Durante meses, en ese hospital, hizo, con más lentitud, con más sigilo, lo que había hecho ya en aquella plaza (con la mujer, la nena): llegar, permanecer, mirar, fundirse, y hacer un gesto que termina en foto.
—Lo que yo trato de hacer es fundirme con lo que estoy mirando. Hay que desaparecer para poder ser lo que uno mira.
Para 1991 trabajaba en el periódico Página/12 cuando ganó la beca Hasselblad, y se dedicó a un ensayo —que casi la mata— sobre mujeres presas en la cárcel de Los Hornos, a unos sesenta kilómetros de Buenos Aires.
—Estuve yendo durante todo un año, pero al final, cuando veía la torre de la cárcel, me daban náuseas. Cuando estaba con ellas no había nada mejor que estar ahí, pero llegar era tremendo. Me revolvió todo lo de mi padre, lo de Willy.
Mujeres presas fue su primer libro (Dilan editores, 2001) y, cuando parecía no haber forma de llegar más hondo al núcleo de lo que estaba buscando, en 1995 sucedieron tres cosas: fue la primera argentina en conseguir una beca Guggenheim para fotografía, se casó con el periodista Pablo Reyero, y renunció a su trabajo en Página/12 para emprender un proyecto que se llamó Madres e hijas, su segundo libro (La Azotea, 2003), que resultó consagratorio.
 Eligió a cuatro madres con hijas de diversas edades y, durante tres años, viajó con ellas, las vio dormir, comer, bañarse.
 Construyó una narración que comienza con la foto de un nacimiento y termina con una madre a orillas del mar, cubierta por una manta, alejándose, de espaldas a la hija de diez años que, con un abrigo a medio poner, la sigue con la cabeza gacha.
 La imagen —la madre un tótem que avanza con la certeza de que la niña está detrás; la niña que la sigue como si aceptara, con alivio pero con resignación, la presencia de esa imagen poderosa— está cruzada por la violencia de la separación y por la tremenda certeza del afecto.
—Madres que se separan de sus hijas, mujeres presas separadas de sus afectos
. La separación y la ausencia son las dos cosas que atraviesan mi laburo.
Pero fue sólo en 2007 cuando entendió de dónde venía y por qué había florecido todo lo que floreció.
—En 2008 hice una retrospectiva, vi la foto de la Madre de Plaza de Mayo y la nena, y me di cuenta de que todo viene de ahí. En esa foto está todo: la pérdida, la ausencia.
Las busqué muchísimo a las dos, sin éxito
. El año pasado las encontré. Y supe que el desaparecido no era el marido de la mujer, sino su hermano.
 Yo siempre pensé que la mujer gritaba por su marido, y la nena por su padre, y no.
 Pero es lo mismo: el hombre que no está.
Antes de inaugurar esa retrospectiva, le escribió al escritor John Berger, proponiéndole escribir un texto sobre las fotos. “(…) debo decirte que no puedo escribir sobre ellas —respondió Berger— (…) Son tan íntimas —una tercera voz será obscena—.
 Están tan llenas de narrativa que las palabras son innecesarias”.
Los últimos trabajos incluidos en Lo Que Se Ve son El amor y Villa Gesell.
La serie El amor, dedicada a su segundo marido, de quien se separó hace tiempo, empieza con un poema de Pedro Salinas (“Si se estrechan las manos, si se abraza, / nunca es para apartarse, / es porque el alma ciegamente siente / que la forma posible de estar juntos / es una despedida larga, clara. /
 Y que lo más seguro es el adiós”) y es la única que incluye varias fotos de un hombre: de ese hombre. Pétreo junto a un árbol erizado, en cuclillas entre los pastos altos: la despedida larga y clara. Villa Gesell, la serie final, termina con un autorretrato de Lestido: su pelo oscuro salpicado por virutas de arena que parecen destellos de luz. Detrás, un árbol árido.
—Ese era mi tamarisco, el arbolito que me protegía del viento. Es una foto donde creo que se siente el renacimiento. Por eso la quise poner al final.
 Después de la limpieza, del dolor de la separación.
La foto es en blanco y negro, y el cielo está ostensiblemente gris, pero Lestido parece una ninfa coronada de luz, una mujer saliendo de las aguas.

Lo Que Se Ve. Adriana Lestido. Clave Intelectual. Madrid, 2013. 296 páginas. 48 euros.

Todos muy alegres Boris Izaguirre


La infanta Elena, junto a Manolo Santana, en el Open de Tenis de Madrid, el martes. / juan carlos hidalgo (EFE)
Se ha dicho que el mejor personaje de la familia real es Elena, la infanta, no solo por su innegable porte borbónico, sino también por esa cercanía al carisma paterno original, lo que le permite llevar el Borbón en la cara y a los de la plaza, en el bolsillo.
 Esta semana, mientras disfrutaba del tenis en el Mutua Madrid Open se volvió portavoz al exclamar: “Estamos muy alegres”, por la suspensión cautelar de la imputación a su hermana, la infanta Cristina.
 Una frase redonda, una verdad como un templo.
 Muy alegres, no contentos, que hubiera sido una declaración más propia de Ortega Cano.
 La infanta dijo claramente lo que ni el Gobierno ni la oposición socialista supieron decir, fue la voz del statu quo ante el Instituto Nóos.
Es que la infanta Elena puede sorprender: el día de su boda en Sevilla, en 1995, se olvidó de pedirle la venia matrimonial a su padre, algo que parecía un trámite imprescindible en la primera boda de una hija del rey. Fue un gesto similar al de hoy, entre el olvido y la rebeldía.
 Años más tarde, su ruptura matrimonial se acuñó con aquello de “separación temporal de la convivencia”, marcando un antes y un después en la zona conservadora del tendido.
 También dijo “a ver si amainamos”, ante los periodistas que la seguían cuando las preguntas sobre el divorcio caían sobre ella como un chaparrón.
 Cuando fue apartada del palco oficial en el desfile de las Fuerzas Armadas, admitió:
“Este día tenía que llegar”
. Durante los años de su matrimonio con Jaime de Marichalar ofreció una imagen de duquesa de lujo, reina de los pamelones, que nadie en su entorno ha sabido superar (incluso la revista ¡Hola! ha reconocido, citando a expertos, que la pamelita gris de Letizia en la coronación de Máxima estuvo mal ubicada, fue un error topográfico).
Su “Estamos muy alegres” no es solo una reafirmación institucional es también la confirmación de que hay alguien en España que sí puede decirnos algo definitivo y al margen de partidismos.
 “Infanta Elena for president”, afirman algunos alegremente, como si fuéramos EE UU, donde ya han imputado y procesado a dos presidentes, Nixon y Clinton.
 Afortunadamente, sin esa desafortunada imputación seguiremos siendo el país alegre y zarzuelero de siempre.
Aunque Alfredo Landa nos deje, el landismo y el mus no nos dejarán.
Sabiéndolo, la Casa del Rey prefirió evitar que la infanta continuara disfrutando de las raquetas y de los micrófonos, por temor a la tentación de seguir hablando más openly durante el Open.
 En la zarzuela de animadas mesas del restaurante VIP se comenta tanto lo que significa una imputación como del buen estado de Rafa Nadal o el surgimiento de una nueva estrella, el búlgaro Dimitrov, que machacó a Djokovic al mismo tiempo que la infanta remataba sus declaraciones.
 El VIP del Mutua Open Madrid es el único lugar de España donde el tiempo parece haberse detenido en el año 2007, cuando nos sentíamos, más que alegres, ricos.
Todo parece estar diseñado para que aparques la crisis y te sientas vip por un día: cochazo y chófer para llevarte a La Caja Mágica, sorteando la realidad hasta llegar al inicio de una alfombra roja con un photocall infinito donde escuchas flashes como si gritaran tu nombre hasta llegar a la meta: un cubo negro, el restaurante.
Una vez dentro, las mesas se reparten en decorados alusivos a las ciudades que alojan torneos de tenis. Puedes comer roast beef en Londres, sushi en Nueva York, pescado en Melbourne, jamón en Madrid y, por una razón inexplicable, crema catalana en París.
 Todo gratis.
 Amén de un saludo a Manolo Santana y a su futura esposa, Claudia (denostados abiertamente por Mila Ximénez, la anterior esposa del tenista, desde su cancha televisiva en Sálvame).
 El ambientazo allí es como si Bárcenas estuviera todavía al frente de la tesorería del Partido Popular, en pleno baile de sobres y de sueldos
. Pero sin el juez Pablo Ruz sobre la pista.
En el Real Madrid, unos están alegres porque se van según lo planificado y otros están tristes porque sus pitadas no alteran a Mourinho mientras Casillas continúa en el banquillo.
 Pero lo que de verdad apasiona en esta otra cancha es la intención de Alfredo di Stéfano de casarse con su novia de hace tres años y varias décadas más joven, Gina González.
 Una boda siempre trae alegría y problemas.
 La pareja parece inspirada en la película francesa Intocable, sobre todo cuando ella pasea al mito futbolístico en su silla de ruedas en compañía de una amiga futbolera.
Los hijos de Di Stéfano tratan de recuperar tiempo y han puesto una denuncia sobre la salud mental del padre. Como tantas veces, las alegrías de unos son las miserias de otros.
El futbolista quiere marcar un último gol en su vida sentimental, y sus hijos defienden la portería temiendo porque el partido pierda alegría y se someta a un triste final por penaltis.
Los que dicen conocer a Di Stéfano aseguran que ese amor no puede ser otra cosa que verdadero, ya que el mito del fútbol es de corazón abierto, pero de puño cerrado.
Visto desde la grada, los hijos deberían evitar el regate y permitirle al legendario futbolista esa alegría e imitar la emoción de la infanta celebrando, como ella, este nuevo gol.

¡Qué imputada!

Te digo yo que la infanta Cristina se va de rositas, y aquí nos quedamos mi sombrero y yo muertos de risa. Compuesta y sin cuesta.

No creo porque Undargarín no se va ya a Qatar, entonces las cosas cambian puede ser más tarde.

La infanta Cristina salía el martes de su trabajo en La Caixa. / EFE

¡Jesús, María y José! No, no me he convertido al catolicismo de repente, y eso que tengo al obispo Reig Plà haciéndome escrache todos los santos findes cortándome el tráfico de mi pueblo con sus procesiones. No, a Dios gracias sigo siendo agnóstica, hiperbólica y humana.
Lo que pasa es que me estoy acordando del hijo, la madre y el padre de algunas señorías. ¿Tú te crees que, justo ahora que había pillado un tocado rollo Philip Treacy para cubrir la Declaración del Milenio, va la Audiencia de Palma y me desimputa a la Infanta? A ver, que yo soy acérrima de la presunción de inocencia y a presuntuosa no me gana nadie, pero que te tengan un mes de reloj que si sí, que si no, para luego dejarte compuesta y sin Cuesta no es de recibo.
Ese es el problema: no tengo el ticket y no puedo devolverlo.
 El pamelón, digo. Ideal de la eutanasia, tenías que verlo: una alegoría de la Galaxia Gutenberg con satélites incluidos para asegurarme plano en la tele y de paso darles en los morros a los agoreros que dicen que el papel ha muerto
. Clavadito a uno que llevó Pippa Middleton en una boda de un primo sexto en Escocia, no te digo más que eso
. Pero ahora, o me invitan a un bodón hiperpijo como el de María Colonques, heredera del imperio Porcelanosa, donde hay que ir alicatada hasta el cráneo, o me como el planetario con proteínas.
 Las patatas ni mentarlas, que estoy otra vez con la dieta Dukan y el efecto yoyó lo inventé yo en persona.
Hablando de hidratos de carbono, yo ya me olía la tostada.
 Desde que papá Juan Carlos cogió el embolado por los cuernos y fichó a un padre de la Constitución, qué menos, como abogado de la hija pródiga, a Cristina se la veía otra cara.
No sé: menos seca, más humana, menos rara.
 A ella, y al marido, todo hay que decirlo. Como si estuvieran o estuviesen muchísimo más tranquilos.
 A ver, que yo no digo que nadie presionara a nadie, ni mucho menos que prevaricara, para varices las mías. Pero que el auto de marras se lava las manos, le da a la Infanta una de cal y otra de arena y le pasa la patata caliente al juez Castro, lo ve hasta esta lega en la materia.
 Y vale ya, que he dicho que no voy a nombrar los alimentos prohibidos, o se me hace la boca agua y engordo dos kilos por retención de líquidos.
Que pida más datos a la Agencia Tributaria por si hubiera delito fiscal, sugieren los magistrados de la Audiencia a su colega, los muy ladinos
. O sea, que el que tiene la pelota en el tejado es Montoro el Acusica, pero como ande tan fino como con Bárcenas, te digo yo que Cristina se va de rositas, y aquí nos quedamos mi sombrero y yo muertos de risa. Ahora, que si es a Catar, yo que tú ataba corto a Iñaki, princesa.
 Vale que la jequesa Mozah está mayor y ha parido siete hijos del jeque, pero tiene obras públicas que adjudicar por un tubo y pinta de dejarse querer más que Madina y Talegón juntos. Y dicho esto, me voy a misa. Sí, qué pasa, tampoco creo en meigas y haberlas haylas
. Ahora mismo le pongo una vela a San Expedito, el santo de las causas urgentes, como manda el telediario de La 1, y lo mismo estreno tocado antes del verano.
 Si no es en la Cuesta, en la comunión de mi sobrino.

 

10 may 2013

Newman Paul Newman y Joanne Woodward vistos por Ana Bustelo. Un 'devocionario' para cinéfilos


Newman
Paul Newman y Joanne Woodward vistos por Ana Bustelo.
Advierte Daniel Krauze en el prólogo de Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs: "Hay libros enciclopédicos que no son más que un juguete. Todos los hemos visto alguna vez, decorando anaqueles de aeropuertos, secciones de los más vendidos en librerías y hasta tiendas de ropa para hipsters: ejemplares de edición lujosa que solo pretenden entretener, brincando de la A a la Z con el único propósito de hacernos perder el tiempo de manera amena, sin que tengamos que leerlos durante más que unos minutos. A pesar de que este diccionario es, sin duda, algo divertido, claramente no es un juguete".
Es el "devocionario" particular de Miguel Cane, en el que repasa -como si de una compilación de "vidas de santos" se tratase- a mitos cinematográficos como los que siguen:
Lynch
David Lynch (1946)
Magnífico chico americano rubio y ojiazul, que ayudaba a mamá con las labores del hogar y se iba de pesca con papá; Eagle Scout con sueños muy extraños que a veces transforma en películas y otras, en dibujos. De donde él es, los pájaros cantan una bonita y siempre hay música en el aire. Es vecino de Mulholland Drive, en Los Ángeles, y ha visto El crepúsculo de los dioses (1950) más de cien veces y El mago de Oz (1939) doscientas.
Farrow
Mia Farrow (1945)
A esta criatura extraordinaria su linaje no solo la hace Hollywood Royalty (su padre, el australiano John Farrow, fue cineasta y guionista ganador de un Oscar), también la emparenta con el reino salvaje (su madre, la estrella irlandesa Maureen O'Sullivan, fue célebre compañera de Tarzán de los monos). Son pocas las figuras que pueden presumir de haber hecho historia antes de los veinticinco años: su plumaje es de esos.
Anderson
Wes Anderson (1969)
Creador de hermosas fábulas fracturadas (véase Moonrise Kingdom como ejemplo de esto) que por su estilo tan coherente y personal se ha ganado, pese a su prodigiosa juventud, el título de auteur. Nativo de Texas, de un particular y exquisito sentido de la composición de escenas (y de la moda), ha generado un notable seguimiento de culto mediante una filmografía más bien compacta, pero plena de personajes, momentos y set-pieces que lo justifican con creces.
Lansbury
Angela Lansbury (1925)
Esta leyenda del teatro cuenta con toda una galería de creaciones en las tablas, principalmente en el género musical, y en TV siempre será la gran Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, que entró en los hogares de todo el mundo a resolver asesinatos durante doce temporadas ininterrumpidas. En celuloide tiene (entre muchas muy notables) dos interpretaciones mitológicas: la primera, en El mensajero del miedo (John Frankenheimer, 1962), es como Mrs. Eleanor Iselin, mujer elegante, perfecta anfitriona de Washington D.C. [...] La segunda, menos glamurosa pero adorada por muchos, es como Miss Eglantine Price, protagonista de La bruja novata (1971).
Tati
Jacques Tati (1907-1982)
Excepcional comediante que muchos consideran heredero directo de Harold Lloyd y Buster Keaton. Procedente del music-hall, alcanzó la fama con la creación de su célebre personaje Monsieur Hulot y su primera cinta: Las vacaciones del Sr. Hulot (1953), en la que con humor mordaz satirizaba los hábitos de los veraneantes en una idílica localidad costera (Saint-Marc-Sur-Mer). Pronto encontró su filón en hacer parodia del hombre sencillo atrapado en las "modernidades" de la civilización urbana -elementos como la arquitectura modernista, la tecnología y la despersonalización opuestos a la candidez de su personaje- en la aclamada Mon oncle (1958), su primera película en color que recibió premios en Francia y el extranjero, incluyendo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.