Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

8 may 2013

Quiero un vestido único

Malasaña es el barrio de la moda hecha en Madrid de los diseñadores emergentes. Prendas artesanales y de edición limitada la convierten en milla de la creatividad.

 

Eva Arinero, que abrió Lady Cacahuete hace nueve meses. / Claudio Álvarez

Uno, o más bien una, hace un hueco entre semana para comprarse unos trapitos con el objeto de estrenarlos en una fiesta el fin de semana.
 Sale el sábado de casa, se cree que va muy especial y se siente como nunca con su vestido nuevo.
 Pero al llegar al sarao, un escalofrío le recorre la espalda: allí, frente a ella, un clon,el mismo modelo, el mismo color.
 “Es lo que tiene comprar en las grandes cadenas”, pensarán las dueñas del modelito repetido, que si hubieran pasado de Gran Vía y seguido andando hasta la trastienda, a calles del Espíritu Santo, Pez o Corredera Baja de San Pablo, se habría topado con un sinfín de escaparates de prendas casi únicas. Malasaña agrupa a la mayor parte de los negocios de pequeños empresarios madrileños de la moda y es el campo de acción de muchos diseñadores emergentes.
Los modelos son tan escasos que Silvia Calles, una de las propietarias de La Antigua, solo fabrica el número de vestidos que salen de la tela que puede transportar en su moto.
 Calles abandonó Derecho a falta de cinco asignaturas y junto con otra diseñadora, Vanesa Borrell, o Lady Desidia, abrió hace tres años La Antigua, una tienda coqueta, en la que las dos están juntas pero no revueltas: los diseños de una están en una pared y los de la otra, en frente.
 “Vendíamos nuestra ropa a otros negocios hasta que decidimos tener un espacio propio en el que compartimos tiempo, gastos y fuerzas”, explica Borrell.
No hace falta ser exótico para alejarse de lo que ofrecen las grandes marcas, por eso buscan la materia prima de sus productos en las tiendas de tela de la zona de Atocha.
“Aquí, las clientas buscan diferenciarse, no vestir igual que todas y poder ir a la oficina con algo nuevo sabiendo que tu compañera de al lado no llevará lo mismo”, apunta María Delgado, de La Intrusa.
La diseñadora y el creador Roberto Navazo se instalaron en Malasaña hace dos años y medio y aseguran que este tipo de tiendas “tienen carácter”.
Estos establecimientos venden un producto artesanal, huyen de la masificación y, a veces, el lugar de creación es el mismo que el de venta.
 La ideas de Eva Arinero, alias Lady Cacahuete, surgen en la planta inferior de su tienda y suben hasta el primer piso convertidas en prendas estilo años cincuenta con mucho color, mucho vuelo y mucha osadía, la que impregna una chica con 26 años que abrió las puertas de este gran vestidor hace nueve meses.
 “Tenía experiencia como vendedora, sabía gestionar y mis diseños ya se vendían bien en otras tiendas”, relata Arinero.
La imagen de La Antigua es una ilustración de Silvia Calles. / Claudio Álvarez
Estos tres negocios son casi vecinos, pero no por ello rivales, porque entre estas tiendas se establece una suerte de red, y algunos de los diseñadores y propietarios venden sus productos en los de sus compañeros de barrio.
 “Somos tiendas amigas”, define Roberto Navazo.
 Puede que ellos no tengan a Kate Moss para que luzca sus modelitos en el escaparate, pero se tienen los unos a los otros. Navazo por ejemplo no estaba familiarizado con los estampados digitales, por eso algunas de sus prendas llevan los de Lady Desidia.
¿Por qué eligen Malasaña?
“Porque es el ambiente en el que estamos cómodas y donde creemos que va a gustar más la tienda”, responde Silvia Calles
. “Yo no quería instalarme en una calle en la que los clientes entraran y se horrorizaran porque no están acostumbrados a este estilo”
. La Intrusa ha ido moviéndose durante dos años por el barrio porque asegura que ahí está su público
. Los modernos, los amantes del vintage, los turistas alternativos, las chicas que han superado una primera etapa de las grandes cadenas, o las que nunca la pasaron componen a grandes rasgos la clientela de estos locales.
 Los que compran aquí están dispuestos a pagar un poco más a cambio de vestir un producto diferente.
 Los precios oscilan entre los 50 y los 100 euros, aunque por supuesto hay prendas por encima y por debajo de esta franja.

Hijos de la crisis

Cynthia Ioli en su negocio. / Claudio Álvarez
La bajada de alquileres también ha hecho posible que estos diseñadores pudieran adquirir un espacio propio y salir a la luz, así que son en cierta manera, hijos de la crisis
. El creador Garcy montó su Revoltosa a finales de 2012, porque en algún sitio tenía que meter los cientos de metros de tela que compró al anterior dueño del negocio y a otro proveedor de Badajoz, así que tiene tela para rato.
 Él está detras de la marca Con2tijeras.
 “Antes hubiera sido imposible alquilarlo, así que trabajaba en casa, ahora cuesta una sexta parte de lo que pedían hace seis años”
. Las abuelas madrileñas recordarán a La Revoltosa como la fuente de su materia prima para coser en casa, porque durante años ha surtido a decenas de ellas.
Gracias a Garcy, que tiene como afición coleccionar lotes de todo lo que esté relacionado con la moda, el negocio se ha reinventado.
 Como un cocinero que acumula especias y condimentos en su armario, él almacena botones de diferentes formas y tamaños encima de una cómoda en la trastienda de La Revoltosa.
 Este establecimiento no funciona por colecciones, lo que gusta se sigue fabricando, aunque con variaciones en el tejido o la talla, a gusto de la consumidora, y lo que no, no vuelve a colgar de sus perchas.
 También es posible hacer encargos en el momento, Garcy, enfundado en unos falda-pantalón sobre unas plataformas, confiesa estar “encantado” de haber podido unir su taller y el punto de venta en un mismo espacio.
 No hay que ser millonaria para tener un traje a medida.
Gloria Rodríguez, propietaria de la Modethêque, trabaja en algunos complementos tras su mostrador a apenas cuatro zancadas de La Antigua y de Lady Cacahuete, para que no cueste mucho llevar las bolsas en caso de acabar picando, que cuando una tiene el día inspirado, arrasa en las tiendas y así puede pasear por Malasaña cual Carrie con bolsas de Jimmy Choo en Sexo en Nueva York.
Solo busqué locales en Chueca y aquí, sabíamos que era el lugar donde queríamos estar”, confiesa.
 Su negocio recuerda a las boutiques de principios de siglo, a esas con telones en el probador en lugar de cortinas y de espejos ovalados, a la de las cabezas de maniquí con turbantes, con un piano de cola en el piso superior.
“En ocasiones ni siquiera tenemos todas las tallas de un modelo, así que la exclusividad es por partida doble. Tienes que encontrar algo que te guste y que encima esté tu talla”, afirma Rodríguez.
 La Modethêque está hermanada con el vintage, así que de vez en cuando pone a la venta colecciones de colaboradores.
 Mercedes Fuster es empresaria y comercia con este tipo de prendas y ahora mismo ofrece una colección en la Modetheque, aunque normalmente vende online.
“Lo que es tan habitual en otros países aquí hay gente que lo sigue viendo como ropa de segunda mano, pero el vintage es más que eso”, afirma Fuster.
Dos clientes miran una prenda en Lady Cacahuete. / Claudio Álvarez
Estos espacios hoy ocupados por perchas y probadores fueron establecimientos abiertos a principios de siglo a los que la terquedad de estos pequeños empresarios empeñados en abrir negocios —a pesar de eso que llaman crisis— han devuelto la vida.
 Lo que podía ser la muerte comercial de todo un barrio se ha quedado en regeneración
. La mayoría de estas tiendas conserva la fisonomía, e incluso el espíritu, de estos locales centenarios ya que sus propietarios actuales creen en el trabajo hecho con las manos, en muchos casos, con sus propias manos.
En este recorrido por la milla de la creatividad madrileña, no puede faltar una parada para vestir los pies, porque si las grandes estrellas lucen ufanas sus Manolos, los habituales de Malasaña pueden llevar unos Cynthias. El negocio de Cynthia Ioli se podría definir facilonamente como una caja de zapatos en la que todo ocupa un lugar estratégico
. Es como si su propietaria fuera la que tiene en la cabeza el hueco en el que debe estar todo.
 Su flechazo por este espacio que fue papelería durante 50 años propició el nacimiento de Ioli Shoes, porque cuando lo adquirió hace ocho años ni siquiera tenía muy claro para qué estaba comprando este cubículo de unos 12 metros cuadrados.
Gloria Rodríguez en La Modethêque. / Claudio Álvarez
Afincada en Madrid desde hace más de una década, Cynthia, argentina y creadora de pelucas y postizos de profesión, unió su amor por el establecimiento y por los zapatos y de ahí nació su negocio.
Ella elabora en la mesa central de la tienda sus creaciones y asegura que no le costó mucho aprender porque, aunque no lo pueda parecer a simple vista, es una técnica muy semejante a la de fabricar postizos. “Todo se hace a partir de un molde. Yo pasé de la cabeza a los pies”, comenta.
 La clienta elige los centímetros del tacón, el estampado y la puntera y sale de Ioli Shoes con unos zapatos que no encontrarán copia en Madrid.
Así, con zapatos nuevos y una prenda de diseño madrileño, hay menos posibilidades de coincidir con un calco en la fiesta, en la oficina o por la calle.
 El vestido único espera en Malasaña.

Antonio López y el retrato sin fin

Patrimonio Nacional conmina al pintor a rematar de una vez su pintura de la familia real

La obra, encargada hace 17 años, se acabará en el Palacio Real.

Estudio de Antonio López en 2011 con el cuadro de la familia real. La imagen pertenece al libro 'Antonio López, pintura y escultura'.

A instancias de Patrimonio Nacional, el pintor Antonio López se traslada al Palacio Real de Madrid, donde se ha comprometido formalmente a terminar, en un plazo limitado, el cuadro de la familia real que hace 17 años le fue encargado y posteriormente abonado, sin que hasta el momento lo haya concluido
. El lienzo, de gran formato, incluye al Rey, la Reina, el Príncipe de Asturias y las infantas Elena y Cristina.
El cuadro ha sido sometido a numerosas modificaciones formales por el pintor manchego. Desde hace unos días, la tela, de 3,40 metros de longitud por tres metros de altura, se encuentra en el Palacio Real, en una sala contigua a la Capilla Real, hasta donde ha sido trasladada desde el domicilio del pintor en el distrito de Chamartín.
Antonio López pidió en su día, hace tres años, llevar el lienzo a su taller, invocando razones de cuidados familiares
. Pero, a partir de ahora, trabajará en el retrato de la familia real desde el propio palacio, según anunció este martes 7 de mayo José Rodríguez Spiteri, presidente de Patrimonio Nacional, organismo que administra los bienes estatales que incluyen los que se ponen a disposición de la corona para los actos oficiales
. “Antonio López va a disponer en palacio de un espacio con luz del norte que ya lo quisiera para sí Francisco de Goya”, anuncia Rodríguez Spiteri. “Confío en que estemos ya ante el empujón final de este cuadro”, añade. “Es una obra muy buena y para terminarla se requiere impedir las distracciones”, subraya el presidente del organismo estatal.
“Ya he llevado el cuadro al Palacio Real para rematarlo allí, hasta donde he trasladado los materiales, las fotografías y todo lo que necesito para proseguir”, asegura por su parte Antonio López
. ¿Se encuentra ya ante el empujón final? “Sí, claro”, asegura el pintor, que retomará la obra “hoy o mañana”.
El pago del cuadro, unos 300.000 euros, fue completado hace una década
A la pregunta sobre las causas de tan prolongada demora en la culminación del retrato, Antonio López responde: “No he sabido hacerlo antes, creo que no he tenido capacidad para haberlo resuelto con anterioridad”. ¿Puede haber influido en la demora el lugar elegido para colocar el lienzo (la sala del Consejo de Patrimonio Nacional)? “Realmente, no me preocupa mucho el lugar elegido, lo que deseo es terminar bien el cuadro”, asegura.
El artista afirma que no lo sometió a muchas modificaciones: “Sí algunas, sobre todo relativas a distancias entre las figuras”
. El atuendo de la Reina pasó de ser un traje de color vainilla a otro estampado; la distancia entre el Príncipe y doña Sofía ha variado en distintas ocasiones.
 A propósito de que se puedan llegar a notar los repintes, el pintor replica con una sonrisa: “Hombre, esperemos que no”.
El artista ha llevado sus materiales a una sala contigua a la capilla real
Y en cuanto a la finalización, no da pistas:
“Tampoco me preocupa mucho la fecha. Espero que quede bien, eso es lo que más me preocupa. En Patrimonio Nacional se están portando conmigo con gran elegancia…”.
Antonio López asegura que hace diez años “se completó el pago del cuadro”
. El precio frisaba los 43 millones de pesetas, unos 300.000 euros de hoy.
 “Cuando lo termine, no cobraré más por el cuadro”, precisa el pintor.
A la cuestión de si Patrimonio Nacional habría contemplado establecer una demanda, el presidente del organismo estatal José Rodríguez Spiteri subraya:
 “Eso estaría fuera de lugar; las relaciones con Antonio López son personales y buenas, siempre lo han sido y lo van a seguir siendo. Él fue amigo de mi tío, el pintor Pablo Palazuelo, y fui con Antonio López a visitarle a su casa de Galapagar. Por otra parte, cada dos meses acudí al estudio madrileño y López me comentaba cómo discurrían las cosas”.
“El cuadro tiene que terminarse ya, antes de fin de año”, indica, “no puede convertirse en una historia sin fin. Pero soy optimista al respecto.
 Confío en no tener que admitir un día a visitantes del Palacio Real a los que tenga que decir ‘aquí tienen este retrato de la Familia Real, inacabado por el pintor Antonio López".

 

Los monstruos de la moral del siglo XX


Prisioneros miran a través de una alambrada en el campo de concentración de Dachau en Alemania. / Ap

El siglo XX se caracterizó por el progreso científico, tecnológico y médico, entre otros, pero también por una inusitada crueldad que se tradujo en la pérdida de millones de vidas y una falta de libertad por culpa de numerosas dictaduras.
 Por eso, el filósofo inglés Jonathan Glover reflexiona en Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX (Cátedra) sobre por qué se han escrito capítulos tan oscuros en la biografía de la humanidad.
La debilidad moral de aquella época, argumenta Glover, fue un elemento clave a la hora de no frenar el auge del nazismo, el estalinismo o las dictaduras orientales.
 Entendida como un conjunto de valores y creencias que distinguen el bien del mal, la moral guía las acciones y, junto con la razón, nos distingue y aleja del comportamiento animal.
 Estas herramientas sientan las bases de una conducta que debería ayudar a combatir la barbarie, aunque durante esos 100 años no sirviera de mucho.
Los movimientos políticos de dicha época presumían de argumentar desde la lógica de la razón y se escudaban en interpretaciones interesadas de intelectuales como Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger. "Tanto el leninismo, como el fascismo y nazismo se agarraron a pensadores como estructura legitimadora, pero no son autores de una política destructiva. Hubo una lectura sesgada. En realidad, se puede sacar citas de todo", sostiene Eduardo Crespo (Granada, 1948), catedrático emérito en Psicología social de la Universidad Complutense de Madrid.
La moral y la razón nos distinguen y alejan del comportamiento animal
Un claro ejemplo de ello, sostiene Glover, fue la lectura que el régimen nazi de Hitler hizo de Nietzsche. Según los nazis, el intelectual apostaba por la supervivencia del más fuerte ignorando así a los más necesitados.
 Esta corriente de darwinismo social eliminó rápidamente la simpatía por los más desfavorecidos y diferentes: si sufrían o morían no se perdía nada, eran débiles e inservibles
. "La empatía es un concepto clave descalificado en el hiperracionalista siglo XX, lo que ha supuesto una de las razones del tremendo desastre de aquella época.
 No es cuestión de vivir lo que el otro, pero sí de ponerme en su lugar y verlo desde su posición", añade Crespo.
Con la obsesión por el racionalismo y la falta de sensibilidad, el valor de la vida humana se depreció hasta tal punto que algunas personas dejaron de ser consideradas como ciudadanas.
 Este fenómeno derivó en la creación de guetos, campos de concentración y gulags. "Esa deshumanización se traduce en un 'tú no eres de los nuestros' y, en su forma más radical, 'tú no eres humano'.
 Es vital reclamar la dignidad de las relaciones interpersonales".
Parte de esas tragedias se podrían haber evitado, apunta Glover, de no haber existido un alejamiento entre los responsables políticos y sus decisiones.
 "Quienes dirigen la política están muy lejos de los muertos", critica en su libro el inglés.
Esta distancia, presente actualmente en temas como el paro, las reformas laborales o desahucios, erosionan la empatía y no ponen freno a un sufrimiento evitable.
 "La cercanía favorece la empatía, aunque no necesariamente, porque cada día comemos con atentados en los telediarios. Solo nos emociona lo de Boston o Siria", sopesa Crespo.
 La tecnología, concretamente, ha afianzado esa distancia gracias a la cual no se percibe el dolor y sufrimiento, facilitando así actuaciones salvajes a miles de kilómetros.
Pero nada de esto habría sucedido de haber contado con un pensamiento crítico potente y un cuestionamiento tanto de normas, como de acciones.
 "El pensamiento, aun siendo conservador, es incompatible con la dictadura porque es libre y plantea la ambigüedad de algunas cuestiones.
 La pérdida de intelectuales en Centroeuropa el siglo pasado es una tragedia de la que aún no nos hemos recuperado", valora el catedrático de la UCM.
La posibilidad de reflexionar permite desmontar discursos y falacias que, a su vez, ayudan a corroborar ideas
. Estas, sepultadas la centuria pasada por la obediencia, hicieron aflorar numerosos grupos de investigación, entre los que se encuentra el conocido experimento de la obediencia de Milgram.
"El ser humano ha sobrevivido gracias a la cooperación, no a la competición"
Eduardo Crespo, catedrático emérito de psicología social en la Universidad Complutense
La sumisión llegaba de dos maneras: bien a través de una fe ciega —dispuesta a realizar ajustes de la realidad para aferrarse a una creencia— o gracias a la paralización por culpa del miedo.
"El miedo hace difícil la reacción. La resistencia siempre la han formado minorías activas, que son quienes han generado cambios profundos: los homosexuales, los movimientos raciales o las mujeres".
Además, la obediencia se benefició de una fragmentación y división de la responsabilidad en la que, muchas personas haciendo poco, evitan ser, en realidad, responsables de un hecho más grande. Glover, encuentra un ejemplo en la bomba atómica.
 ¿De quién fue culpa, de los científicos, el presidente Harry Truman, sus asesores políticos o de quien la lanzó?
Si el siglo XXI hace los deberes y aprende de los errores, el futuro debería ser más optimista
. Pero la ingente cantidad de dramas de la anterior centuria hace sospechar a Crespo que la sociedad se encuentra en un estado de indiferencia provocado por un agotamiento emocional.
 "Es la idea del hombre blasé del sociólogo alemán Georg Simmel: hay tanto y estamos tan sometidos al sufrimiento que nos saturamos y volvemos insensibles".
El filósofo inglés sugiere que, en la línea del gobierno mundial que promovió Immanuel Kant, la humanidad se centre en la cooperación.
"No es una cuestión de una moral ñoña de caridades, es el núcleo de la eficacia humana", ríe Crespo ante una obviedad para él. "Es la única manera con la que el ser humano ha sobrevivido, no gracias a la competición".
*Humanidad e inhumanidad: Una historia moral del siglo XX, de Jonathan Glover. Editorial: Cátedra. 561 páginas.

La lengua ancestral de los eurasiáticos

Los lingüistas se inspiran en la genética para sondear la evolución del habla durante 15.000 años

El idioma común también estaría en el origen del vasco y del chino, según los expertos.

 

"Torre de Babel" (1594), de Lucas van Volkenborth.

Los lingüistas están siguiendo estrechamente los pasos de sus colegas los biólogos evolutivos para reconstruir el pasado del lenguaje humano, la forma en que una hipotética habla ancestral fue ramificándose de manera incesante hasta producir la babel actual de 5.000 idiomas irreconciliables.
 Investigadores británicos y neozelandeses han hallado ahora sólidas evidencias de que todas las lenguas habladas actualmente en Europa y Asia, desde Lisboa a Pekín, provienen de una sola que se habló en el Mediterráneo hace unos 15.000 años, cuando la última glaciación empezó a remitir y las nuevas tierras emergidas del hielo perpetuo comenzaron a trazar las sendas que conectaron el gigantesco continente entero.
La primera teoría evolutiva, de hecho, precedió a Darwin en tres cuartos de siglo y no se refería a las especies biológicas, sino a los lenguajes.
 La formuló el jurista británico sir William Jones en 1787, en un discurso pronunciado ante la Sociedad Asiática de Bengala, y proponía que el sánscrito, el griego, el latín, el gótico, el persa y el celta provenían de un tronco común por divergencias sucesivas; nació así lo que hoy llamamos la familia lingüística indoeuropea, que seguramente hunde sus raíces en los primitivos asentamientos neolíticos que inventaron la agricultura en Oriente Próximo hace unos 10.000 años.
 La lengua eurasiática recién propuesta sería aún más antigua, de hace unos 15.000 años, y extendería su abrazo a lenguas no indoeuropeas como el chino o el vasco.
Al igual que los evolucionistas reconstruyen el pasado de las especies comparando genes de las especies actuales, Mar Pagel, Quentin Atkinson y sus colegas de las universidades de Reading (Reino Unido) y Auckland (Nueva Zelanda) han descubierto el eurasiático ancestral comparando palabras de las que se hablan en todo el continente actualmente. Esto no es nuevo para la lingüística.
 El problema para las reconstrucciones de largo alcance es que, según el conocimiento recibido en lingüística, las palabras cambian demasiado deprisa como para dejar trazas de su ancestro común más allá de unos 5.000 años.
La mayor aportación del nuevo estudio, presentado en Proceedings of the Nacional Academy of Sciences, es haber mostrado que, aun cuando eso sea cierto para la inmensa mayoría de las palabras, hay unos cuantos términos mucho más refractarios al cambio.
 Estas palabras ultraconservadas –que también tienen su equivalente directo en las secuencias ultraconservadas de los genomas biológicos— incluyen los numerales (los nombres de los números) y otros ingredientes del ‘metabolismo central’ de la gramática del tipo de yo, tú, aquí, como, no, allí y qué.
Los investigadores también han conseguido unas reglas que les ayudarán a encontrar el conjunto de palabras ultraconservadas más útiles en estudios futuros de otras lenguas.
Como norma general, las palabras que aparecen en el habla común con una frecuencia mayor del uno por mil tienen entre 7 y diez veces más probabilidades que las demás de aguantar intactas, o al menos reconocibles, durante 10.000 o 15.000 años.
“Nuestros resultados”, dicen Pagel y sus colegas, “indican una considerable fidelidad de transmisión para algunas palabras, y ofrecen una justificación teórica para investigar características del lenguaje que pueden preservarse por grandes lapsos de tiempo y extensiones geográficas”.
 Los científicos no solo han comprobado este principio en las lenguas indoeuropeas, sino también entre los hablantes de las familias uránicas, chino-tibetanas, altaicas, austronésicas y el sistema Níger-Congo.
Las secuencias genéticas más refractarias al cambio a lo largo de las eras geológicas representan a menudo ‘interfaces’ de una molécula (por ejemplo, cierta zona de una proteína) que interactúan con tantos ‘partners’ que cualquier ligero cambio en la secuencia causaría un auténtico desmoronamiento de un amplio número de sistemas biológicos.
 Las palabras más frecuentes en el habla parecen ser su equivalente lingüístico, lo que puede bastar para explicar su resistencia al cambio.
 Sea como fuere, los lingüistas ya disponen de un juego de ‘genes’ ultraconservados para analizar la noche de los tiempos.