Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

7 may 2013

25 razones por las que todos deberíamos arrodillarnos ante Raphael

Raphael cumple setenta años y a la vista de su nueva gira, Mi gran noche, hay cuerda para rato. Del negro riguroso al poncho de colores. Todo un estilo fuera y dentro del escenario.

raphael
Raphael, único en su especie.

1. Porque es nuestro primer cantante pop internacional y acunó un nuevo término, con permiso de la Real Academia de la Lengua, el raphaelismo: dícese de la devoción, complicidad  e identificación con el ídolo popular.
 Ha hecho de la desmesura su vector estético, mezcla de exuberancia melodramática y teatralidad melódica. A su manera, ha escrito el cuento de la Cenicienta, el chico de origen humilde que acaba casándose con una aristócrata madrileña.
 Ha destilado una cierta ambigüedad  sexual en un país sombreado por el bigote de Jorge Negrete y el flequillo de El Cordobés.
 Puso una pica en el Madison Square Garden y otra en el Palladium londinense, devolviendo el honor perdido de la Armada Invencible.
Hoy, como ayer, a una y otra parte del Atlántico se vuelve a escuchar: ¡Ra-Pha-eeeeel!
Madison Square

2. Porque sigue siendo aquel desde hace más de cincuenta años, un estilo y unas canciones que son como las lentejas: Si las quieres, las tomas, y si no, las dejas.

3. Porque sobre el escenario nunca nos dejas indiferentes ya sea cantándole a una silla, hablando con un espejo o replicándole a una trompeta.
4. Porque lo ha cantado todo, desde el Ave Maria de Gounod al Hava Nagila de kermesse sionista. Tango, bolero, canción de autor, comedia musical o los versos de Lorca.
Igual un dia de estos nos deleita con la guía telefónica...

5. Porque ha hecho dúo con Tom Jones en la televisión saliendo con la cabeza bien alta del match entre el  galés marca-paquete y el niño de Linares.


6. Porque contaminó con una “ph” su nombre, poniendo fantasía en el índice onomástico antes que llegaran las Jennifers, los Jhosuas  y los Jonathans.

7. Porque no nos podemos imaginar el cine musical español de los años sesenta sin un primer plano de  él cantando: Cuando tú no estás…cuando tú no estás…
8. Porque antes que los góticos lo pintaran todo oscuro y se pusieran de moda, se vistió de negro riguroso sobre el escenario siguiendo a los grandes de la chanson francesa.
negro

9. Porque sólo él podía llegar al delirius tremens cantando La noche de Adamo.

10.
Porque la navidad siempre es más navidad cada año cuando aparece cantando la Canción del Tamborilero y aquel estribillo onomatopéyico que todos llevamos grabado desde nuestra infancia: “Rom pom pom pom, rom pom pom pom”.


11. Porque ayudó al deshielo entre España y la URSS con sus canciones, demostrando que los habitantes de detrás del llamado 'Telón de acero' también tenían su corazoncito y hasta se emocionan a pesar de las estrecheces y severidad del régimen comunista.

12. Porque con él llegó la raphaelmanía y los ejércitos de fans haciendo guardia día y noche  en los teatros.

13. Porque nos sigue emocionando cuando canta con Rocío Dúrcal, aunque la emoción tenga gusto a plasma y a dúo virtual. Cómo han pasado los años…


14. Porque ha hecho uso del vestuario más variado sobre la escena y la televisión: Chaquetas a medida y en todos los modelos, fracs de lentejuelas, camisas de puntillas o con chorreras, corbatas, pajaritas y hasta ponchos a lo Chavela Vargas.

15. Porque le podemos poner todos los adjetivos que nos vengan en gana: Melodramático, narcisista, desmedido, exuberante, barroco, recargado, desmelenado, efectista… y siempre nos quedaremos cortos.

16. Porque gracias a él  y sus reivindicaciones los artistas  españoles comenzaron a disponer de un camerino donde cambiarse con wáter incluido.
17. Porque aunque no llegó a ganar, su paso por el Festival de Eurovisión todavía sigue resonando en Luxemburgo y Viena y en nuestras noches televisivas en blanco y negro.


18. Porque los titulos de sus canciones –gracias a Manuel Alejandro– parecen una declaración de guerra o inicio de hostilidades sin previo aviso: Digan lo que digan, Yo soy aquel, Que sabe nadie, En carne viva, La primera piedra…

19. Porque nadie ha llevado los cinturones de tachuelas como él.

20. Porque siguiendo los caminos del señor y del cine, como en su momento hicieron  Imperio Argentina, Carmen Sevilla, Lola Flores, Sara Montiel, Rocío Dúrcal vistiendo  los hábitos religiosos, se metió a fraile en la película El ángel (Vicente Escrivá, 1969) aunque no dejó de cantar en el convento para alegría de la congregación.

21. Porque le dio una vuelta a su carrera sin traicionar su estilo, compartiendo canciones con Bunbury, Miguel Bosé o Alaska.


bumbury
Raphael con Enrique Bumbury.
22. Porque nos ha dejado algunos de los momentos más imborrables de la televisión gracias a su programa El mundo de Raphael (TVE, 1975) atreviéndose, entre otros, con  números de los  musicales como Oliver o Pippin.

23. Porque ha conseguido que se le dedique una TV movie, un museo en su localidad natal, Linares, un cupón de la ONCE y hasta  'El dia del Raphaelista', el 25 de septiembre, que celebran sus fans en confraternización y almuerzo incluido.
24. Porque aunque hizo el musical Jekyll & Hyde lo suyo hubiera sido más apropiado una adaptación para el teatro de El retrato de Dorian Gray en plan ópera-rock.

25. Porque despues de cincuenta años estamos seguro que Raphael ha nacido para cantar y  a ser posible, los 365 días del año. ¡Raphael, siempre a flote!

'El Gran Gatsby' de Pronovias

Es la firma que vende más vestidos de novia de todo el mundo, el año pasado facturó 165 millones de euros, tiene 193 tiendas repartidas por el globo y otros 4.000 puntos de venta en corners o tiendas multimarca. Bajo estos credenciales, Pronovias demostró el viernes porque las novias confían en la firma que preside Alberto Palatchi a su paso por el altar
. Su espectacular desfile en la sala oval del MNAC, ante 1.900 invitados, lo dejó claro. Si eligen a la firma española, es porque todas quedas encantadas con sus diseños: encajes franceses, sedas, guipur y acabados en oro y plata en vestidos joya.
Para las intrépidas, vestidos cortos como los que lució Irina Shayk; para las tradicionales, cortes sirena y espaldas veladas con encajes sutiles. Pamelas XXL para las más divertidas, novias castizas con sombrero de flamenca. Los suspiros se acrecentaron con los diseños estrella del desfile: vestidos inspirados en los años 40 y los años 20, como recién salidos de El Gran Gatsby, con detalles de plumas y tocados en forma de diadema para recuperar la esencia hedonista y glamourusa de Fitzgerald.
Nada escapa al engranaje de una firma que ha decidido fichar a Manuel Ehresnperger como nuevo CEO y que iniciará su andadura en Pronovias el próximo 1 de julio para continuar con la expansión del líder global en moda nupcial.
 Si en las ventas no defraudan, tampoco lo hacen en su desfile anual. La firma volvió a aglutinar a un buen puñado de celebrities –Stacy Kiebler, la novia de George Clooney, entre las presentes– y organizó un show que giraba en torno al primer amor y que llevó a la audiencia al delirio de aplausos a su fin.
No era para menos, el árbol gigante recubierto de una capa de oro que simbolizaba el primer amor –allí donde todos los amantes inscriben sus iniciales rodeadas por un corazón–, recreó el flechazo de un par de niños al inicio del desfile. Cuarenta minutos más tarde –tras los pases de Pronovias, Atelier y Elie Saab–, una espectacular Anne V (la que fuese nuestra chica de portada) y un galante a rabiar Jon Kortajarena, materializaron su encuentro adulto con un beso de película.
Y así, como la primera vez, Pronovias volvió a emocionar tras un año agitado y marcado por la repentina muerte de su diseñador estrella, Manuel Mota.
 La dirección creativa la asume ahora un equipo compacto de 60 personas, dispuesto a materializar propuestas dignas de un cuento de hadas. Porque hay sueños (y vestidos) tan irrepetibles como el primer amor.

'El Gran Gatsby' de Pronovias

La firma nupcial líder triunfa con sus propuestas de inspiración retro y con vestidos joya acabos en oro y plata.

  cover


El altar es cosa de (modistos) españoles

El altar es cosa de (modistos) españoles

Uno de cada 10 trajes de novia que se venden en el mundo es español. Con la Barcelona Bridal Week en marcha, nuestro país se afianza como líder.

Desde que nació en 2005, YolanCris se ha posicionado como referente dentro y fuera de nuestro país. Su arma, según sus creadoras: «La unión de un diseño innovador y una producción tradicional».

6 may 2013

Cenicienta sigue fuera del baile

El informe del llamado comité de sabios para la reforma y mejora de la universidad española viene a ser el vals que abre el enésimo baile de propuestas de cambio para nuestro maltrecho sistema de educación superior
. Muy atrás queda el castizo chotis de las "idoneidades", al amparo de la LRU de 1983, que estabilizó laboralmente hacia 1985 a varios miles de penenes (profesores no numerarios, en la jerga de la época) y consagró la opción por una plantilla mayoritariamente de funcionarios.
Luego vino el rock and roll de la LOU de 2001, precedida por su propio informe Bricall, con su ristra de anglicismos mejor o peor digeridos —excelencias, créditos y evaluaciones— y su voluntad de encarrilar a la universidad por la senda estrecha pero ineludible de la competitividad internacional.
 La reforma de esta LOU en 2007 cambió algunos matices, pero la música siguió siendo la misma, solo que ahora con el contrapunto algo disonante de la polka europeísta de Bolonia.
No cabe duda de que muchas de estas normas han rendido frutos, y contribuido a los logros de nuestra universidad en estos años: un crecimiento importantísimo en el número de alumnos (de unos 650.000 en 1980 a cerca de un millón y medio en 2011), una mejora en la diversidad de las enseñanzas a la que contribuye también el sector privado, una implantación territorial inaudita, unida a un fuerte incremento en la financiación, y visibles mejoras de calidad evaluada de la investigación.
Todo ello aderezado con una notable consideración social de la labor del profesorado universitario, visible en sucesivas tandas de barómetros o sociogramas.
Pese a todo, conscientes de que son necesarias más mejoras en el sistema, o forzados por los ajustes impuestos por la crisis, nuestros gobernantes se lanzan a la cuarta reforma mayor de la universidad (mejor dicho, del Sistema Universitario Español) y de nuevo sigue sonando el rock and roll de la excelencia como música de fondo.
 Esta vez hay un nuevo invitado al baile, aparte de los inexcusables mecanismos de selección del profesorado y evaluación de la excelencia. Se trata de la "gobernanza", espantoso barbarismo que quiere referirse al gobierno de las universidades.
 Sin duda, hay todavía mejoras que hacer, pero una vez más se han olvidado de invitar a Cenicienta al baile. Y como viejo amigo de la dama, puedo asegurarles que Cenicienta empieza a estar hasta más allá de la coronilla.
¿Quién es la Cenicienta de nuestra Universidad?
 Pues, como la del cuento, la que hace el trabajo sucio pero necesario de mantenimiento de la casa, la limpieza, la cocina, la compra, la colada...sin todo lo cual la casa se vendría abajo, o como poco se cubriría de mugre
. Sí, claro, hablo de la docencia. Porque esa universidad que busca la excelencia de los bailes cosmopolitas en las plantas nobles del palacio de las revistas internacionales se olvida de que sin los estudiantes, y lo que tratamos de enseñarles, no habría palacio, ni baile, ni excelencia, ni santo que lo fundó,
Quien quiere dar clases en la universidad no tiene que pasar por ningún curso que le forme para enseñar 
Claro que todo el mundo está de acuerdo en que las dos patas del banco de la universidad son la docencia y la investigación, que ambas se complementan y refuerzan, que de nada sirve la una sin la otra y que tanto montan como montan tanto. Esa es la letra de la canción, pero la música de los hechos nos dice cosas bien distintas.
Nos dice que a diferencia de los profesores de primaria y secundaria, quien quiere dar clases en la universidad no tiene que pasar por ningún curso o examen que le forme para dar clases.
 Es más, se puede ser catedrático de universidad sin haberse plantado ni una sola vez ante los estudiantes (y conozco un caso). Significativo ¿no?
Nos dice que, de nuevo a diferencia de lo que ocurre en otros niveles educativos, a los profesores de universidad no se les exige que pasen por cursos de reciclaje como docentes, y menos aún que produzcan materiales sometidos a evaluaciones exigentes.
 Quienes lo hacen es, sencillamente, porque les da la gana.
Nos dice, además, que profesores que se avergonzarían de no conocer la últimas novedades en su campo de especialidad (y con últimas quiero decir de hace meses) caminan por su carrera docente sin haber oído mencionar siquiera alguna de las referencias básicas de la didáctica para la universidad, como el magnífico Teaching for Quality Learning at University, de John Biggs y Catherine Tang, que va ya por la cuarta edición.
Nos dice, también, que hay un abismo entre la cuantía de los fondos que el sistema universitario en su conjunto y cada universidad en particular destinan a promover las mejoras en la docencia, y los que se destinan a la investigación.
Existe la creencia de que los buenos investigadores hacen automáticamente buenos profesores
Nos dice, sobre todo y esa es la clave, que a diferencia de la investigación, la docencia de los profesores universitarios no es evaluada más que superficialmente.
 Nada ni remotamente parecido a los exigentes criterios de evaluación de la investigación, tanto para la obtención de financiación por proyectos, como para el reconocimiento de los méritos personales, bien sean los conocidos sexenios de la CNEAI (Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora) para los profesores fijos o las acreditaciones de ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) para los aspirantes a serlo, o a promocionar. Para obtener su reconocimiento deben presentarse méritos contrastables, artículos en revistas internacionales de prestigio, proyectos de investigación competitivos. La docencia, sin embargo, bien sea en los procesos de ANECA o en los quinquenios que reconocen las universidades, se suele computar sencillamente por tiempo: tantos años dando clase por el equivalente a tantos créditos, y ya está.
No se consideran ni exigen publicaciones en el campo de la docencia, ni experiencias innovadoras, elaboración de materiales o siquiera las encuestas de satisfacción de los alumnos.
 En menos palabras: la calidad de los investigadores debe demostrarse, mientras que la docente se nos supone. O se nos regala.
Prueba de ello es que tenemos abundantes estudios, por áreas académicas, del número de sexenios de investigación concedidos o denegados. Sin embargo, no he conseguido encontrar datos agregados sobre los quinquenios de docencia. ¿La causa? Más que probablemente, porque no se deniegan.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Bueno, está claro que las hermanastras emperifolladas a quienes invitan al baile son más fotogénicas, y por eso salen más en la prensa los resultados de investigación que los del buen trabajo docente.
 Existe además la creencia de que la docencia universitaria es una derivada de la investigación, y que los buenos investigadores hacen automáticamente buenos profesores.
 Así pues, ¿por qué dar premios a la limpieza de cocinas, cuando las maestras del minué dominan ambos oficios?
 Lo malo es que no está nada claro que esto funcione así. Primero, porque no estamos seguros de que esta creencia esté fundada. Y, sobre todo, porque el que exista una correlación entre ambas variables no debería llevar a asignar incentivos automáticamente, del mismo modo que aunque sepamos que los jueces deberían ser son en general conductores prudentes, no por ello se les regala el carné de conducir al aprobar la oposición. Es más, muchas de las universidades privadas, al contrario que las públicas, son sumamente exigentes con la docencia de sus profesores, y mucho menos con la investigación. ¿Adivinan por qué? Claro, sin alumnos no hay negocio. ¿Por qué no iba a ser eso igual para las públicas?
Personalmente, tengo la impresión de que la respuesta es otra.
 La docencia y la investigación son ambas actividades muy vocacionales.
Y vocacional significa que la estructura externa de incentivos en realidad pinta muy poco en comparación con los estímulos internos de cada cual. Así pues, la Universidad está llena de estupendos docentes, que lo seguirán siendo aunque no se les reconozca ni se les pague.
Pero no ocurriría lo mismo si no se reconociera ni pagara la investigación.
La diferencia está en el mensaje que los incentivos mandan a aquellos cuya vocación docente no es tan fuerte, o que simplemente prefieren asegurarse su futuro laboral.
Es imprescindible un proceso de evaluación rigurosa de la docencia
Nuestros profesores jóvenes interpretan a la perfección la actual estructura de incentivos: tu currículo investigador se mirará con lupa, mientras que para el docente basta con que hayas dado tus clases. ¿Conclusión? Como están muy bien preparados, y saben que los plazos aprietan, dedican tiempo, energías y talento a aquello que les van a evaluar.
El problema se agrava en los últimos años, porque los méritos de investigación se evalúan de forma cada vez más exigente, y se tienen en cuenta para cuestiones cada vez más alejadas de la propia investigación: presencia en comisiones de selección de profesorado, cargos académicos, representación en comités de calidad.
 Así las cosas, invitar a Cenicienta al baile empieza a ser de justicia, pero también una necesidad estratégica si queremos avanzar en unas universidades que sirvan mejor a los estudiantes, y por tanto a la sociedad.
Esa invitación, por tanto, solo puede concretarse de una forma: un proceso de evaluación rigurosa de la docencia, de modo que los investigadores excelentes compartan la cúspide de la pirámide universitaria con los docentes excelentes. ¿Qué son los mismos? Estupendo, pues serán excelentes por partida doble.
Y de Cenicienta no se preocupen. Seguirá trabajando en las cocinas, canturreando y soñando con que algún día nos inviten al baile.
Mauro Hernández es profesor Historia Económica de la UNED