Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 ene 2013

Cuatro tesoreros con fortuna

Sanchís, Naseiro y Lapuerta llegaron al cargo con un patrimonio labrado en el franquismo

Bárcenas fue la excepción: entró como un empleado más.

 

Si algún común denominador han tenido los cuatro tesoreros que jalonan la corta historia del Partido Popular es su holgada economía: dejan el cargo con una fortuna imponente.
Pero, claro está, no todos llegaron al PP con los bolsillos bien llenos
. De esa tendencia se aparta Luis Bárcenas, que ingresa como chico para todo en 1982. Educado, discreto y aplicado, lleva una carrera oscura durante 22 años en la cocina del PP sin más relevancia que su pasión por el alpinismo.
 El perfil del tesorero del PP tenía otra característica: hacer dinero durante el franquismo, que también rompe Bárcenas porque es muy joven cuando entra en las oficinas del PP.
 Bárcenas ha viajado mucho a Suiza. Subió el Mont Blanc en solitario.
Por qué deja la montaña para abrir una cuenta en un banco es ahora un secreto bien guardado.
ÁNGEL SANCHÍS. Accedió a la tesorería del partido en 1982, con Fraga de presidente y Jorge Verstrynge de secretario general. Entre los vicesecretarios estaba Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga y consejero de Sanchís en el Nuevo Banco, una entidad de su propiedad.
 Dejó el cargo en 1987.
La historia de estos cuatro jinetes de la tesorería se cruza muy pronto, allá por finales de los años ochenta, cuando coinciden en un partido que se refundaría como Partido Popular en 1989
. Ángel Sanchís ingresa en Alianza Popular para hacerse cargo de las cuentas del partido por su doble condición de empresario y exbanquero.
Había fundado el Nuevo Banco en 1973, una pequeña entidad en la que tendría como consejero a Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga y lo había vendido en 1978 al Banco de Levante por 2.000 millones de pesetas.
 Con parte de ese capital iniciaría sus inversiones en Argentina, donde es el hombre que produce actualmente cítricos nada más y nada menos que para la Coca-Cola.
Por cierto, el devenir del Nuevo Banco no fue muy brillante: tras su fusión con el Banco de Levante terminaría intervenido en 1982 con un agujero de 10.000 millones y finalmente adquirido por Citibank.
Sanchís fue llamado por Fraga para dirigir las finanzas de AP y sustituir a Isidoro Giménez, un hombre que ejerció de gerente, recomendado por Emilio Botín padre
. Ese nombramiento describe el perfil que se buscaba para la tesorería: gente respetable, con dinero y bien relacionada con el empresariado. No solo tenían que administrar.
 También tenían que conseguir.
ROSENDO NASEIRO. Ocupa la tesorería en 1987, cuando el presidente era Antonio Hernández Mancha y secretario general Arturo García Tizón
. En 1990 Aznar alcanza la presidencia del que se llamaría Partido Popular, pero estalló el 'caso Naseiro' y este dejó el cargo.
Sanchís traslada al partido a su equipo de confianza en el Nuevo Banco, con la idea de crear una estructura. Como todo en ese tiempo gira alrededor de Fraga, entra a formar parte de ese equipo un joven Luis Bárcenas, compañero de aventuras de Luis Fraga, sobrino del líder. Sanchís es el hombre de los dineros del PP en un tiempo en el que el partido sufre reveses electorales uno tras otro.
 Llegan las tensiones. Y los cambios.
Sanchís deja el cargo en beneficio de Rosendo Naseiro, un gallego hecho a sí mismo, que comenzó trabajando en una tintorería para luego crear una cadena y posteriormente convertirse en empresario de transportes. Finalmente, sería un experto en arte hasta acumular la mejor colección de bodegones (naturaleza muerta) de los siglos XVII y XVIII y vender 40 de ellos al BBVA por 26 millones de euros en 2006. Si Sanchís era valenciano, Naseiro se había afincado en Alicante. Su llegada es algo confusa: parece que le llama Fraga, pero le nombra tesorero Antonio Hernández Mancha.
 Naseiro dura muy poco y se hace célebre por una investigación judicial (y unas grabaciones históricas) que descubre serios indicios de financiación irregular, sumario que fracasa en los tribunales por un defecto de forma
. Era el caso Naseiro. Llega a ser detenido y deja el cargo en 1990.
En ese periodo, Sanchís cede un despacho en una de sus empresas a Manuel Fraga y financia su actividad. A Sanchís le iban bien los negocios en Argentina, pero un crédito de 18 millones de dólares concedido por el ICO (Instituto de Crédito Oficial) un año después de llegar el PP a La Moncloa ayuda mucho.
ÁLVARO LAPUERTA. Nombrado por Aznar en 1993. Estuvo en el cargo hasta 2008, cuando se jubila. Trabaja con Álvarez-Cascos, Javier Arenas y Ángel Acebes como secretarios generales.
La tesorería queda vacía entre 1990 y 1993, pero hay empleados del partido que llevan las finanzas.
 Allí estaba Luis Bárcenas, tan discreto en los despachos de Génova como excéntrico acerca de su dedicación al alpinismo.
 Formó parte de una cordada al Everest, formada por montañeros de varias regiones y financiada por las Cajas de Ahorro, que abrió la llamada vía española.
 A esa aventura le acompañó su inseparable Luis Fraga. Culminaron. Al regreso, Luis Bárcenas vendió que había hecho el descenso en esquí (pensaba hacerlo en parapente): “Nadie lo ha hecho desde la arista noroeste… y aquí estoy yo”, dijo a la vuelta.
 La federación española puso en duda ese logro (la vía española era casi idéntica a la vía japonesa) y un compañero de cordada explicó así el éxito de Bárcenas en el presunto descenso: “Tuvimos que subir a buscarlo, ya que casi sin vista y sin fuerzas bajó arrastrándose y cayendo continuamente”.
El episodio Naseiro lo resuelve Aznar con el nombramiento de Álvaro Lapuerta, un hombre experimentado. Había sido ya un prócer durante el franquismo, llegó a ser procurador en Cortes y diputado por AP en La Rioja.
 Fue propietario de Nueva Rioja, el periódico que difundió los escritos de juventud de Aznar. Lapuerta gestionó un periodo de calma: 15 años sin ruido. El PP era el partido con mayores donaciones anónimas, pero no levantaba sospechas.
Bajo el reinado de Lapuerta, Bárcenas se mantenía en un segundo plano, aunque ya como gerente, en el despacho de al lado, en la sexta planta. No tenía perfil político, pero es con Rajoy cuando entra en las listas como senador por Cantabria (a pesar de ser de Huelva).
Ingresa en el partido en 1982 en el área de tesorería.
 Años después, pasa a ser gerente.
 Rajoy le nombra tesorero en 2008 con María Dolores de Cospedal como secretaria general. Deja el cargo en julio de 2009 por estar imputado en el 'caso Gürtel'.
Y es de nuevo Rajoy, finalmente, quien le nombra tesorero en 2008, cuando se jubila Lapuerta
. Para entonces, Sanchís y Naseiro han seguido consolidando sus fortunas y abriendo sendas sicavs (sociedades de inversión) para no pagar demasiado en impuestos (Flmcinco y Bitácora Atlántico, respectivamente).
Bárcenas ya tenía experiencia acreditada y, por lo que se aprecia en el sumario del caso Gürtel, un patrimonio respetable: al menos, 22 millones de euros en un banco suizo
. Es decir, en ese momento cumplía con el perfil del buen tesorero del PP: gente respetable y con fortuna.

A mucho me atreví yo................Juan Cruz

Montoro es más listo que las abejas. Es capaz de hablar sin que se sepa qué dice.

 

Una copla canaria dice eso: “A mucho me atreví yo...”; es la historia de un hombre que quiere comunicar con el otro, pero el otro no oye ni escucha porque no sabe hablar.
 La réplica del desdeñoso es del mismo cariz: el otro tampoco presta atención.
 Ni sabe hablar, dice “jablar con jota” cuando ya se sabe “que es con jache”.
Hablar (como jablar) requiere sabiduría y sosiego, respeto mutuo, esas antiguallas. Es preciso, también, estar dispuesto a entender que quien dialoga contigo tiene parte de razón, que no desprecia tus argumentos, que cree que, como él, tú también tienes algo de razón.
 Que sabes que jablarse puede decir con jota, pero es evidente que sabes que se escribe con jache.
En eso ensé cuando asistí, ante el televisor, a la lección de método Olendorf que se desarrolló en la sala Constitucional del Parlamento entre el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y los distintos portavoces de los partidos políticos, incluido el suyo, que querían saber qué había pasado con el extesorero del Partido Popular Luis Bárcenas y sus cuentas en Suiza.
Como esas cuentas, de origen aún misterioso, habían estado sujetas en algún momento y en alguna cantidad a descuentos y otros afloramientos fiscales, los diputados (como la opinión pública en general) tenían interés por conocer detalles relacionados con este montón de dinero.
Así que fueron al Parlamento los representantes del público a querer conocer de lo que hablara el ministro todo lo que este supiera
. Pues él es quien más sabe, ya que tiene la llave de los nombres de la caja, la oculta y la evidente.
Pero es bien sabido que el ministro Montoro es más listo que las abejas y puede sembrar macguffins a lo largo de su discurso de tal manera que al cabo de su relato nadie sepa qué quiso decir realmente, si es que realmente quiso decir algo.
Tanto el presidente de la comisión parlamentaria, Gabriel Elorriaga, como los medios de comunicación insistieron en llamar debate a ese intercambio, y realmente nadie podría aplicar al encuentro (este jablar de los jablantes, empezando por el propio Montoro) la noble definición de los debates.
Fue, más bien, una habladuría, o jabladuría, de la que todos salimos sintiendo que en algo habíamos ofendido (los que le preguntaban y los que queríamos saber desde nuestra casa) al ministro de Hacienda. No le gustaron las preguntas, lo hizo explícito, y algunas (que tenían mala leche, cierto) las despachó con una dosis aún mayor de mala uva.
“¿Se entera, señoría?”. ¿Se entera o no se entera, señoría? En algún momento dijo que es verdad, que la gente no escucha porque no quiere cambiar, a partir del diálogo, su propia posición, pero sería interesante recordarle al servidor público que eso se arregla contando todo lo que se sabe incluso antes de que se lo pregunten.
Y no contó, o contó poco.
 Puso caras cuando le replicaban los que no son de su partido, y puso buena cara, una cara bien complaciente, de agrado, cuando se despachó a su favor la parlamentaria de su grupo.
 Al final no supe muy bien por qué se habían reunido, pues salí de la comparecencia como había entrado. Jablaron, es cierto, pero para no entenderse, de modo que ahora la confusión es mayor
. A mucho nos atrevimos los que quisimos saber después de escucharlos hablar. jcruz@elpais.es

26 ene 2013

El lado 'gay-friendly' de los hermanos Franco

Dave Franco, el hermano pequeño de James, continúa por su misma senda interpretativa

Ambos parecen tener una fijación por involucrarse en proyectos donde encarnan papeles homosexuales o reivindican esa tendencia sexual.

El actor Dave Franco. / JIM RYMEN (CORDON PRESS)

¿Qué significa el apellido Franco en Hollywood?
Compartir genes con el actor James Franco (127 horas, Spider-Man) supone algo más que tener una sonrisa en forma de D volteada y ojos eternamente entreabiertos.
 Se conoce que el apellido también conmina a su usuario a estar inexplicablemente fascinado por la homosexualidad. James, de 34 años, abiertamente hetero, ha pasado los últimos años estudiando en la Universidad de Brooklyn y rodando gráficos cortos de temática gay mientras encarnaba a insignes homosexuales (el activista Scott Smith en Mi nombre es Harvey Milk, y los poetas Allen Ginsberg en Aullido y Hart Crane en The broken tower, que él también escribió y dirigió como proyecto de fin de carrera).
 Acaba de estrenar en Sundance el falso documental Interior. Leather bar, donde dirige escenas cuasipornográficas entre hombres. “Está demasiado deseoso de querer decir algo sobre la sexualidad como para decir nada”, ha publicado The Guardian.
¿Qué representa Dave Franco?
Todo esto sería achacable a la excentricidad de pijo-hippy del norte de California de James (también dado a grabarse a sí mismo haciendo playback con un tema de Justin Bieber en el salón de su piso) si no fuera por Dave Franco, su hermano de 26 años, famoso no por su papel fijo en la última temporada de Scrubs en 2009 ni por ser el sensible zombi que acaba de protagonizar en Warm bodies (aquí se estrenará en abril), sino por una serie de vídeos cómicos que escribió y protagonizó para la web FunnyorDie en 2011.
 En uno de ellos retaba a un actor a expresar, de broma, cuán atractivos se parecían el uno al otro. En el otro se le veía tener sexo anal con un doble de sí mismo.
 Diferente Franco, misma heterosexualidad, misma incapacidad para explicar la ideología detrás de la obsesión por el tema. “Creo, porque no me lo planteo, que intento diluir las fronteras, pero no lo hago de forma consciente”, trataba de explicarle a la revista gay Pride Source la semana pasada.
¿Hasta dónde le han llevado esos vídeos?
Precisamente por esa entrevista, Dave ha recibido más atención que por cualquiera de sus trabajos de 2012, más que el anuncio de su papel en una intriga fantástica junto a Morgan Freeman, Mark Ruffalo y Michael Caine. Perez Hilton lo llama “el nuevo Ryan Gosling”
. A menos que sorprendan con una salida del armario que rubrique la incesante fijación de los hermanos, no son malos réditos los que les ha dado el alinearse con la nueva obsesión de Hollywood.

 

Cristina Iglesias: esculpiendo enigmas

Laberintos, grutas, techos suspendidos, muros vegetales, manantiales

La retrospectiva de Cristina Iglesias en el Reina Sofía crea un extraño viaje a través de los lugares inventados por esta escultora, considerada por muchos la artista española más internacional.

Hay obras de arte que no necesitan explicación. No porque sean obvias sino precisamente porque plantean enigmas, producen sensaciones, invitan e involucran directamente a quien las ve. Sin intermediarios. Y después, se llevan adheridas secretamente en algún lugar de la memoria. El trabajo que ha venido realizando Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) es de ese tipo. Y la exposición que se abre al público el 5 de febrero en el Museo Reina Sofía será, sin duda, un acontecimiento. Sobre todo porque, más que una retrospectiva, será un auténtico viaje. Una excursión llena de lugares extraños e inesperados. “Lo que hago es ficción”, dice la escultora.
Su casa-estudio en Torrelodones, en las afueras de Madrid, tiene grandes ventanales que permiten que el paisaje de la sierra le hable de formas y colores cambiantes. A la entrada de la casa una serie de figuras de hombrecillos achinados y sonrientes recuerdan que allí vivió también Juan Muñoz, el célebre escultor y marido de Cristina Iglesias, fallecido en 2001. Dentro de la misma propiedad vive además el hermano de la artista, el oscarizado compositor Alberto Iglesias. Pero ella no les va a la zaga. El nombre de Cristina Iglesias tal vez no le resulte familiar a la gente poco involucrada con el mundo del arte. Dentro de él, sin embargo, es considerada en muchos círculos internacionales como la artista española viva más relevante en estos momentos. Más allá de las grandes colecciones y museos, hay piezas suyas dispersas por todo el mundo. Muchas de ellas escondidas entre montañas o acantilados, en ciudades y edificios emblemáticos, y hasta en el fondo del mar.
“Me interesa la idea de
un espacio que no es nada, que está olvidado o se está creando, y conseguir activar esa situación”
Tiene la sonrisa fácil, una voz ligeramente ronca y cristalina a la vez. La enorme mesa de su despacho está llena de papeles, apuntes y pequeñas muestras de maquetas porque suele desarrollar varios proyectos simultáneamente y cada uno de ellos tiene su pequeño espacio en ese aparente desorden. A pocos metros, dice, está su cama. Eso le permite levantarse a cualquier hora y capturar ideas o soluciones entre la vigilia y el sueño. “Mis obras tratan de construir lugares donde haya una experiencia que te despierte percepciones que a veces no esperas”, dice. “Y, en este sentido, el espacio del Reina Sofía es un vehículo perfecto. Habrá piezas de cierto carácter monumental que me ayudan a crear el viaje que propongo al visitante. Esta exposición está planteada como una antológica, porque así se define, pero yo la veo como un viaje que atraviesa diferentes momentos, construcciones que te llevan unas a otras. Hay cruces de caminos en los que uno puede optar por dos direcciones, algún callejón sin salida. Alternativas que activan el lugar”.
Y esa quizá sea la clave de sus intervenciones. Sitios neutros que se “activan” gracias a las construcciones que ella instala.
Quienes hayan tenido la experiencia de meterse y experimentar sensaciones en la sala de Richard Serra en el Guggenheim de Bilbao pueden hacerse una idea de lo que será esta muestra. Esculturas que a veces intimidan, pero también invitan al espectador a adentrarse en sus espacios. Son experiencias físicas. Su trabajo no es decorativo. Son proposiciones de inmersión.
Siempre me ha interesado producir esa área del deseo. Y a la vez que este no sea accesible”
“Siempre me ha interesado producir esa área del deseo. Y a la vez que este no sea accesible”, confiesa. “Como en esas piezas que te proponen una entrada con una luz, el reflejo de un tapiz que multiplica el espacio… y todo ocurre en apenas 50 centímetros. Te tienes que asomar a ellas pegado a la pared y lo demás es un muro. Eso también estará en esta exposición. Obviamente conozco la historia y el Étant donnés, de Duchamp, ha sido una pieza que reverberaba en mi imaginario. Pero quiero decir que me interesa activar mentalmente y también físicamente al espectador. Moverte de un lado a otro, la forma en que entras, el que tengas que volverte, todo ello. Por eso montar esta exposición en el museo es para mí como volver a construir. Una exposición la construyes con elementos que muchas veces habías pensado para otros espacios o una situación determinada, y te hacen reflexionar sobre el tránsito. No el tránsito en una ciudad, que también, sino cómo transita la gente por un espacio. Un espacio que tiene que ser permeable pero a la vez te protege y ves a través”.
Cristina Iglesias ha trabajado en muchas ocasiones con arquitectos. Y, sin embargo, su trabajo es antiarquitectónico a veces. Quizá porque siempre se ha sentido fascinada por ese tipo de construcciones fantasiosas como son las grutas, laberintos, refugios. Espacios inclusivos y amenazadores al mismo tiempo. “Esa inquietud, el sentirte perturbado por algo que está a punto de ocurrir, la espera de que algo quizá se repita, que vuelva a brotar agua o que una sombra aparezca de nuevo, esa idea de tiempo te lleva a un lado oscuro. Ese lado oscuro está presente en la obra. Es como una música que te entra y que luego tiene más capas”.
Exposición de la escultora Cristina Iglesias en el Museo Serralves de Oporto (Portugal),
Ha trabajado mucho en espacios públicos, una tarea difícil. “Es un reto complicado. Cada pieza es distinta y yo quisiera que sea siempre así. No quiero abordar de la misma manera una plaza o una esquina de una ciudad por haberlo hecho antes”, afirma. “Me interesa esa idea de un espacio que no es nada, que está olvidado o se está creando, y conseguir activar esa situación y llevarla a un terreno de percepción que verdaderamente funcione. Que parezca que siempre ha estado allí, que no irrumpa, pero que tampoco pase desapercibido”.
Uno de los últimos es el que está realizando desde hace varios años en Toledo. “Es la construcción de una ruta con varias intervenciones en la ciudad que van desde el río hasta la parte más alta. Es una sola pieza concebida como un recorrido, la sucesión de piezas escultóricas e intervenciones y el propio camino. La idea de todo el proyecto es el agua como comunicador de conocimiento y de diálogo. Hay un cierto ilusionismo. En Toledo siempre ha preocupado llevar el agua a la parte más alta de la ciudad, y además es lugar del diálogo entre las tres culturas, un momento de convivencia en el que todos compartían hasta los baños públicos. Dos de las secciones estarán listas durante la exposición y en la propia muestra habrá una habitación que describe en gran parte el proyecto. La obra completa se inaugurará en abril de 2014 para el 400º aniversario de El Greco”.
“Esa inquietud, el sentirte perturbado por algo que está a punto de ocurrir, esa idea de tiempo te lleva a un lado oscuro”
El agua es el material que ha incorporado en los últimos años a su obra. Hablando de su relación con los materiales, llama la atención que Cristina Iglesias empezara sus estudios, no en una escuela de arte convencional, sino haciendo escultura en el departamento de cerámica. “Yo hice Químicas, pero a la vez me interesaba el arte. En Barcelona hice algo de barro y dibujo, y empecé filosofía. Todo en un año loco de muchos cambios. Quería meterme en el arte y buscar un lenguaje. Cuando fui a Londres empecé a pensar en la escultura, usé el barro porque podía usar color con él. Me atraía la arquitectura, la pintura y el cine. La tierra sí que me parecía interesante. El material en ese momento me permitió meter las manos en la harina. En mi caso, la relación con los materiales sigue siempre a las ideas”.
“En relación al agua, la primera pieza en la que usé agua es de 1992, en las Islas Lofoten en Noruega. Pasé tiempo en Roma donde además de aprender de las fuente de Bernini encontré a Borromini. Todo eso fue creando un poso y llegó el momento en que dije: quiero crear un lugar donde algo ocurra, un territorio poético. Un sitio donde no haya nada o en cualquier esquina de una habitación. Los materiales se incorporaron y luego hablan por sí mismos. He usado cristal por su transparencia, vidrio coloreado porque la luz al atravesarlo produce sombra de color, alabastro para sentir esas venas de agua debajo y cómo la luz lo atraviesa… otros artistas, como Chillida, han utilizado el alabastro metiéndose dentro. Yo lo utilizo de manera más constructiva. En realidad soy una constructora. Pertenezco al ramo de la construcción”, dice riendo.
A principios de los años ochenta estudió en la Chelsea School of Arts; en 1986 y en 1993 representó a España en la Bienal de Venecia. En 1995 fue nombrada Profesor de escultura en la Academia de Bellas Artes de Múnich. En 1999 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas. Nacida en San Sebastián, Chillida y Oteiza están en la trastienda de sus referencias artísticas.
“Ellos están de una manera muy natural en mi trabajo porque los tenía muy cerca. Y, desde luego, su lenguaje sí que me abrió y me educó. Es importante que el arte y la cultura, estén en la calle, en los museos. Yo lo siento natural porque en San Sebastián el Peine del viento lo he visto siempre y he entendido que una abstracción como esa podía ser muy significativa, unir a la gente y hacerte pensar: cómo puede ser representado el viento. Eso es educación y es importante. Chillida y Oteiza estuvieron de forma natural, pero al mismo tiempo, estudié la historia del arte. He recibido influencia de muchos otros artistas”.
Lo mío es todo ficción, aunque trate de lo natural y me aproveche de ello. Es todo una invención"
No tiene inconveniente en citar algunos. “Cuando estuve en Londres, Eva Hesse tuvo un impacto tremendo. Ella ya había muerto, pero conocer su trabajo me impresionó mucho, así como la obra de Robert Smithson o Walter de Maria, particularmente las obras de una exposición que vi allí al poco de llegar titulada Pier and Ocean. También los rusos y, en particular, las artistas rusas: Katarzyna Cobro, Liubov Popova… Todos ellos constructores... del ramo de la construcción”, vuelve a decir con humor.
Y prosigue. “El otro día vi una exposición en Nueva York sobre la abstracción donde reencontré una pieza que me ha marcado como escultura. Antes mencioné el Étant donnés, ahora me refiero a la torre de Tatlin, el Homenaje a la Tercera Internacional. Es buenísima. La vuelves a ver ahora, con esos elementos casi de ciencia ficción interiores, donde se dividían las estructuras del Estado, y es una obra excepcional, percibes su fuerza. Pero volviendo a aquellos primeros descubrimientos, todos ellos me planteaban qué era la escultura, hasta qué punto puede uno expresarse y crear un lugar activo y, por otro lado, también crear un territorio poético”.
'Estaciones Sumergidas', en la Baja California (México).
Eso es precisamente lo que produce el arte en el paisaje. Cristina Iglesias ha incorporado hace tiempo representaciones vegetales en sus trabajos. Una de las piezas más emblemáticas, en ese sentido, son las puertas de la ampliación del Museo del Prado. “La naturaleza es uno de los territorios de referencia más fértiles, para hablar de ciertos conceptos. Pero también lo hago en el territorio poético de los sueños”, dice. “Las puertas del Prado tienen que ver con eso. Combinan cierta invención vegetal, el tránsito entre la ciudad y el templo de lo imaginado e incluso se involucran con la cercanía del Jardín Botánico”.
“Una cuestión fundamental de esa obra es que tenían que ser puertas”, continúa. “Rafael Moneo me pidió una pieza funcional, unas puertas ceremoniales. No es la entrada normal de tiques, lo cual me permitió una libertad mucho mayor. Eso sí, se tenían que abrir todos los días, por normativa, porque es también una puerta de salida de emergencia. Esta entrada se abre y se cierra en el horario del museo. Entre uno y otro momento las puertas se mueven seis veces. Es una parte fundamental de la pieza. Ganar el umbral, los lados, crear un habitáculo. No mucha gente sabe que se mueven automáticamente y se colocan en diferentes posiciones. Incluir esa idea de tiempo, que siempre está en la escultura, me pareció un factor interesante para hablar de la escultura pública. Y que el viandante pueda quedarse en ese reducto sin necesidad de entrar en el museo”.
Me gusta por el acto de caminar y porque también te despierta. Es una manera de meterte en ti misma y de pensar
A esta artista, casi no hace falta señalarlo, le gusta caminar. “Me gusta andar por el campo, la montaña, hasta he caminado en algún desierto. Me gusta por el acto de caminar y porque también te despierta. Es una manera de meterte en ti misma y de pensar”, afirma.
También tiene una obra submarina en Baja California Sur (México). En su estudio hay un acuario con la maqueta de esa especie de ruina misteriosa. “Está entre 15 y 17 metros de profundidad. Una de las cosas que me pasó buceando allí, en el mar de Cortés, para construir la pieza fue descubrir que había tanto plancton que se formaba una especie de neblina”, apunta. “Me he planteado muchas veces hacer visible lo que no ves o lo que solo ves desde una distancia. Algo que parece una cosa y luego es otra, o hace que te sientas perdido o desorientado. Allí, bajo el agua, eso puede llegar a extremos. Lo más bonito de ese proyecto que es nace de una invitación a participar en un acto de preservación de la naturaleza. La idea era una recuperación de la isla Espíritu Santo para devolverla a lo público, porque estaba en parte en manos privadas. No me interesaba construir en la isla desierta y pensé en hacerlo bajo el agua, pero no porque sí. Trabajamos con los biólogos marinos en un proyecto de creación de refugios marinos, en el que está muy metido National Geographic. Se compone de dos estancias, cada una con varios lugares formados por celosías construidas con textos que hablan de la Atlántida. Es una construcción generadora de coral, es un jardín. El material es un cemento especial de PH neutro, no contaminante, y al que la vida puede adherirse”.
'Inhotim', obra en Belo Horizonte (Brasil).
La selva amazónica es un territorio en el que también ha dejado su marca. Inhotim, que queda en el Estado brasileño de Minas Gerais, es un extraordinario lugar a medias centro de arte contemporáneo y parque botánico dedicado a la flora tropical.
 Pertenece al coleccionista de arte Bernardo Paz
. Hace unos meses se inauguró el pabellón de Cristina Iglesias. “He hecho una construcción vegetal, que es un pabellón en sí mismo, abierto al cielo. Tiene cuatro entradas
. Cada una te lleva a una invención vegetal que va sufriendo transformaciones de un lugar a otro mediante un laberinto.
 Al centro de ese laberinto solo se puede llegar por un acceso. Todo ello es de acero inoxidable por fuera, de manera que cuando caminas por la selva esta se mezcla con esos trozos o islas de memoria de la vegetación del lugar dentro del jardín”, relata. “Es un laboratorio de biodiversidad increíble. Pero lo mío es todo ficción, aunque trate de lo natural y me aproveche de ello. Es todo una invención”.
Son visitas guiadas a través de mi obra y desde ella se echa una mirada al mundo, la naturaleza y la ciudad
Una invención y una invitación a ir a esos lugares. “Sin duda.
 Y esa es una de las razones de incorporar a la exposición en dos salas dentro del recorrido, los videos que hago desde hace tiempo. Son visitas guiadas a través de mi obra y desde ella se echa una mirada al mundo, la naturaleza y la ciudad. Están, por ejemplo, los desbordamientos de varios pozos, unas piezas recientes. También manifestaciones incontrolables de la naturaleza.
Y esto liga con lo que hablábamos antes, de lo oscuro, o del mundo subterráneo, aquello que subyace bajo la superficie”.
Para esta exposición se van a transformar varios espacios del edificio Sabatini del Museo Reina Sofía. Se abrirán las ventanas al jardín, que normalmente están cerradas, para que entre la luz natural y para crear un circuito fluido con las piezas que estarán en el jardín.
 Habrá cerca de cincuenta obras, treinta de ellas esculturas, algunas de hasta nueve metros de largo. Celosías, corredores suspendidos, pasillos vegetales y pozos.
 “Es obvio que trabajo con el espacio y en el espacio”, reconoce. “Hay elementos constructivos que tienen que ver con la arquitectura, en muchos casos más como metáfora.
En realidad hablo de otra cosa”
. Ficciones arquitectónicas y viajes imaginarios. Esculturas habitables para viajantes de la imaginación.
Cristina Iglesias. Metonimias. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Edificio Sabatini. Santa Isabel, 52. Madrid. Del 5 de febrero al 13 de mayo.