Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

21 ene 2013

'Crimen en la colina', un cuento trágico de miedos y venganza s Por: Juan Carlos Galindo | 21 de enero de 2013

El blog de novela negra de El País

Puede que el protagonista no sea lo que parece y que el asesino no resulte ser el que temíamos, pero este espacio sí lo es.
Un blog de novela negra para comentar y compartir críticas e informaciones sobre clásicos y novedades del género.
 Elemental.

Flamigni
Una novela negra sin detective, en un pueblo perdido en la Romaña
. Un pequeño cuento de fondo trágico. Pederastia, venganzas, tradiciones, silencios y vidas rotas por los errores y los abusos de otros.
 Estos son los ingredientes con los que Carlo Flamigni (Forli, 1933) nos sorprende en Crimen en la colina, primera entrega de la serie protagonizada por los Casadei, una familia peculiar liderada por Primo, un lúcido detective amateur de pasado algo turbio.
Adelantamos el primer capítulo de una novela muy bien escrita, de lectura adictiva y que ahora publica Siruela.


Primo Casadei no ha sido siempre el escritor de éxito que es ahora. De hecho, durante un tiempo eligió el mal camino, la vida criminal. Pagadas sus deudas, empieza a publicar novelas con éxito y forma una familia extraña y feliz. 
Su mujer, Maria, una inmigrante china que aprende italiano escuchando una radio católica y que termina convirtiéndose; sus dos gemelas, Berenice y Beatrice, cuya enfermedad va a llevar a la familia a una pequeña localidad de la Romaña; Proverbio, un anciano lleno de sabiduría que siempre encuentra un refrán para cada situación y Pavolone, un gigante inocente y leal, personaje de cuento que ayudará a Primo en sus pesquisas.

El peculiar equipo detectivesco se instala en la casa familiar de Primo para que Beatrice respire aire puro de la montaña y se cure de su rara enfermedad. Pero en el pueblo, que hasta entonces sólo había conocido la violencia de siempre, la familiar, la del odio enquistado por generaciones, la de la venganza cainita, empiezan a pasar cosas terribles.

Tres personajes (un cura, un farmacéutico y un pintor) que habían llegado al pueblo hace poco, acaparan la atención y las sospechas cuando varios niños se convierten en víctimas de crímenes atroces, de una violencia desconocida para un pueblo que vive un poco alejado del siglo XXI. Hasta ahora la vida había sido así:

“En los pequeños pueblos de la Romaña, los hechos delictivos, o incluso solo los supuestos hechos delictivos, no son raros, pero generalmente resultan comprensibles, tienen su lógica, en cierto modo resultan incluso previsibles o esperados. Dos familias que se odian antes o después se harán daño; antiguas deudas de dolor o de sufrimiento pueden ser cobradas en cualquier momento, nadie se sorprende”

Después, todo cambia.

La novela tiene un pequeño inconveniente: tarda en arrancar casi tanto como tarda Primo, que vive de sus novelas y no necesita trabajar, en ponerse a investigar por puro placer. Ahora, cuando lo hace es imparable. El ritmo y la prosa de Flamigni, alabado por la crítica italiana, y la mezcla de hechos terribles con el costumbrismo de un pueblo italiano de las montañas de Romaña dan a la novela un ambiente perfecto, un aire de cuento terrible con originalidad y fuerza.

En la novela hay más ingredientes interesantes. Hay un policía, claro. Amigo de Primo, el subcomisario Macbetto, en un papel secundario, no pasa de ser un funcionario que busca la manera de subir en el escalafón y que ve en la investigación primero una oportunidad y luego, a medida que pasa el tiempo y no se entiende nada, un enorme problema.

Libro de miedos y silencios, Flamigni, prestigioso médico, profesor universitario y miembro del Comité Nacional de Bioética (un hombre, como su protagonista, que destaca por algo a lo que en realidad no iba orientada su vida) consigue en Crimen en la colina cerrar una novela original y entrañable, entrañable a pesar de la brutalidad que, como casi siempre, termina aflorando cuando el odio guía la acción del hombre
.

Cien veces Gabo...............Juan Cruz Escribir en los Tiempos del Cólera

"Lo único cierto para mí son las canciones de los Rolling, la revolución cubana y cuatro amigos”.

Con algunos de esos amigos y dos nuevos libros que incluyen desconocidas cartas y su faceta periodística, descubrimos otras caras de la personalidad de Gabriel García Márquez.

 

Eligio García Márquez, el hermano del premio Nobel de Literatura al que todos llaman Gabo, contó en 1971, en un texto periodístico que luego entró en un libro (Así son, publicado por primera vez por La Oveja Negra, 1982), lo que el más famoso de los escritores de lengua española del siglo XX dijo cuando empezaron a atosigarle con las consecuencias de la gloria
. Lo que él quería ser era pianista en Zúrich.
La historia fue como sigue, según Eligio. Ya le buscaban de todas partes, porque su novela Cien años de soledad, publicada cuatro años antes, había tenido un éxito abrumador y le daban premios que para él eran castigos.
 Así reaccionaba ante la gloria:
“Pienso que más valiera estar muerto”, le dijo a Armando Durán. “Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, y en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”.
Como salchichas en todas partes; ya García Márquez estaba marcado por esa gloria que lo martirizaba. Y decía
: “Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias, la vida intelectual, y he tratado de encerrarme dentro de cuatro paredes, a diez kilómetros de mis lectores, y sin embargo ya me queda muy poca vida privada: mi casa, tú lo has visto, parece siempre un mercado público”.
Había renunciado a premios en Italia y en París, “no solo por pudor, sino porque pienso que también esto es mentira”; quería dedicarse tan solo a “las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.
Hubiera querido ser el hombre que tocaba elpiano en un bar”
Fue entonces cuando le preguntaron: “Y si no hubieras sido escritor, ¿qué habrías querido ser?”.
 Contestó: “El otro día, entre dos trenes, me refugié de una tormenta de nieve en un bar de Zúrich.
 Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados.
 Esa tarde supe que si no fuera escritor, habría querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, solo para que los enamorados se quisieran más”.
Se tuvo que conformar con ser el escritor más famoso del mundo y con escuchar el piano en las grabaciones de Mozart o Bach.
Se defendía del acoso de los admiradores y de los periodistas emitiendo carcajadas grabadas, para romper el hielo, instaladas en el quicio de la puerta de su casa en Barcelona, cuando vivió allí por aquel entonces, deglutiendo la gloria, y se curó poco a poco haciéndose más reservado y más solitario, más alejado de las apariciones públicas, de las entrevistas y de las lecturas multitudinarias.
Esa búsqueda de la soledad no fue en García Márquez una decisión repentina, ni tampoco fue un meditado abandono de la luz pública; él era así antes, lo que pasa es que entonces huía del éxito y antes huía del gentío, de las amistades e incluso del periodismo, el oficio de su pasión, para dedicarse a su vocación más seria: la literatura.
Ahora se publican dos libros en los que aparecen esos dos Gabo, uno haciendo periodismo de día y el otro haciendo literatura de noche, como si fuera destejiendo en un sitio y tejiendo en otro, agarrando por los pelos la realidad (“torciéndole el cuello al cisne”, como le aconsejó un maestro que había que hacer para hacer buen periodismo) y agarrando los sueños por donde más se desvanecen, es decir, contando historias que nunca pasaron o que pasaron porque él las contó.
Un libro es Gabo periodis­­ta, que ha juntado en torno al oficio de García Márquez a algunos de sus colegas (escritores o periodistas), a los cuales la Fundación para el Nuevo Periodismo, que él fundó (y que dirige Jaime Abello), les pidió que buscaran en la ingente producción periodística del autor de Relato de un náufrago lo que más les impresionara.
 El resultado –un libro que han publicado la fundación de Gabo y el Fondo de Cultura Económica con el apoyo fundamental de la Organización Ardila Lülle– es abrumador, pero no por la cantidad, sino por la evidencia de que este escritor de periódicos que no dormía ni comía cuando aún ni era famoso ni tenía un peso ha escrito el mejor periodismo en español de este siglo.
García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza en París en los años sesenta.
El otro libro es Gabo. Cartas y recuerdos, que ahora publica en España Ediciones B, de uno de los primeros amigos de García Márquez, el periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, con quien viajó por América Latina y por Europa cuando ambos eran unos chiquillos, como decía el propio Gabo, “felices e indocumentados”.
 Este libro ya conoció una versión anterior, en 2000; ahora cuenta Mendoza que, de acuerdo con el hijo de García Márquez, su ahijado Rodrigo, Plinio ha añadido algunas cartas que tienen que ver, sobre todo, con la aventura de escribir Cien años de soledad.
En la carta que aquí se reproduce, Gabo es tan minucioso, por citar un caso, como Malcolm Lowry cuando le comenta a Jonathan Cape sus impresiones de lector de su propia obra, Bajo el volcán. En el caso de García Márquez, recién publicada su obra cumbre (la primera edición salió el 5 de junio de 1967), halla tiempo en medio de la vorágine para decir cómo es “el mamotreto por dentro”.
 Cien años de soledad había hecho un largo recorrido, “en realidad (…) fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande”
. Plinio y Eligio cuentan por separado, uno ahora y el otro en 1971, el trayecto de esa novela en los momentos finales. Dice Eligio en aquel libro, Así son:
“Un día de enero de 1965, mientras guiaba su Opel por la carretera de Ciudad de México a Acapulco, surgió íntegra en su mente la novela que venía imaginando pacientemente desde su adolescencia.
 En una decisión suicida dejó la economía de la casa en manos de Mercedes, su mujer, y se encerró a escribir el libro que le daría prestigio, pero también soledad”.
 En 1967, después de aquella carta que Plinio recoge, Cien años de soledad apareció en la Editorial Sudamericana de Buenos Aires y ya desde entonces no dejó de ser reimpresa hasta pulverizar récords editoriales.
Debe ser muy dificil volver a escribir otra novela que no quede eclipsada por la 1ª y esto realmente es lo que le sucedió a García Márquez, incluso en otra que tb me gusto, El Amor en los tiempos del Cólera, no supera a Macondo ni a Aureliano y Arcadio Buendia...
Fue la novela que traté de escribir con 17 años y que abandoné”
Pero mientras se hizo, lo revela el propio Gabo, fue un dolor de cabeza, acentuado por el hambre que pasaban él y su familia, como recuerda Mercedes Barcha, su mujer, al frente de una aventura de subsistencia de la que él procuraba no enterarse. Ella se lo cuenta en una entrevista rara –porque ella no suele hablar en público de la obra de su marido– que le hizo Héctor Feliciano en México y en Cartagena de Indias y que aparece como uno de los colofones del libro Gabo periodista. “De Mercedes, en realidad, se sabe poco”, informa Feliciano en el preámbulo de esta conversación. “Hasta ahora ha concedido dos cortas entrevistas que datan de los años ochenta. Conversó solo una vez con el biógrafo inglés de su esposo [Gerald Martin] y luego no quiso verlo”. Aquí, en presencia de Jaime Abello, el director de la fundación, y de otras personas de su círculo más íntimo, Mercedes sí habla, aunque poco, cada vez que lo estima pertinente. Ella asistió a aquel parto literariamente sublime, el de Cien años de soledad, pero no quiso leer ni una línea hasta que el manuscrito, que ella misma envió a la editorial, en dos paquetes, para que el envío saliera más barato, fuera el libro cuya cubierta diseñó Vicente Rojo.
Cuando le mandaron el trabajo ya impreso desde Sudamericana, le cuenta Mercedes Barcha a Héctor Feliciano, “lo leí en la cama y Gabito estaba acostado al lado mío, a ver cómo reaccionaba. Lo leí avorazada”. Esa voracidad (avorazada es un “adjetivo costeño”, del Caribe colombiano, aclara Feliciano) la llevó a leerlo tres veces y a considerar, entonces y ahora, que es el mejor libro de su marido. “Es una maravilla. Ese capítulo de la lluvia y de la peste. ¡Esa Úrsula! La pobre Úrsula es una maravilla”. ¡Y la novela entera! “¡Es que es como un torrente! Uno pasa de capítulo y no se da cuenta. Cuando vas de un capítulo a otro, tú no lo notas”.
El Gabo en Barcelona en los años setenta. / Ediciones B
Su marido sí lo notaba. Y también que estaba escribiendo el libro que soñó de adolescente, y sabía que podría ser excepcional. Se lo dijeron enseguida. Él le cuenta a Plinio el 17 de marzo de 1967, algo después de que cumpliera 41 años (nació el 6 de marzo de 1926): “El problema de Cien años de soledad no era escribirla, sino que pasara el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan. Ya faltan pocos, afortunadamente, y las reacciones han sido mucho más favorables de lo que yo me esperaba. Creo que el concepto más fácil de resumir es el de la editora Sudamericana: contrataron el libro para una primera edición de 10.000 ejemplares, y hace quince días, después de mostrarles a sus expertos las pruebas de imprenta, doblaron el tiro”.
Había como una intuición internacional a favor del libro aun antes de que este se hiciera carne y habitara entre nosotros. La agente del boom, Carmen Balcells, se estaba encargando de lo más delicado, ponerle patas a Cien años de soledad, hacer que caminara por el mundo; Mario Vargas Llosa, que ya era uno de los autores más prominentes de la literatura en español, también toca a rebato. Ahí lo cuenta García Márquez, que informa en una de las cartas a Plinio: “El libro sale en mayo en español. En francés ya lo tomó Les Éditions du Seuil, y en los EE UU está sucediendo algo con lo cual no pude ni siquiera soñar durante mis hambres parisinas: Harper & Row tiene la opción, pero Coward McCann (a quienes Vargas Llosa hizo creer, en una carta, después de leer mi libro, que era el mejor que se ha escrito en muchos años en lengua castellana) está dispuesto a quedarse con él. Mi agente (…) ha citado en Londres a los representantes de las dos editoriales, a ver quién da más”. Gabo salía del frío del hambre, y veía un mundo de cifras que entonces le estremecía: “El precio que les lleva me parece escalofriante: 10.000 dólares, como anticipo de derechos. Yo me amarro los pantalones y trato de poner una cara muy natural”.
Esa carta en la que ya la suerte parece echada acaba muy al estilo Caribe: “Muy bien, compadre, se acabó el carbón”.
Y ya no habría más carbón; ese libro lo cubrió de oro. Algo antes, cuando Gabo y Vargas Llosa fueron juntos a Bogotá, a festejar el premio que este acababa de obtener, el Rómulo Gallegos que le concedieron en Caracas por La casa verde, la fiesta era enorme, pero García Márquez, recuerda Mendoza, estaba a un lado, “en la escalera, con un plato en la mano, hablando de literatura”, él y su amigo Plinio “olvidados de todos”. Pensó Plinio, y lo deja por escrito: “Si supieran la bomba que este ha fabricado…”.
Pensando en política, el deber revolucionario de un escritor es escribir bien”
La bomba estalló. La carrera ya fue firme, hasta el Nobel. En aquella conversación de Héctor Feliciano con Mercedes Barcha interviene de vez en cuando el marido de esta. Dice García Márquez: “El Nobel me volvió viejo. Llegó en un momento en el que uno se convierte en viejo. Ya no me dejo tocar”. Mercedes lo vivió. Le dice a Feliciano: “Era antes peor. El Nobel era la culminación del alboroto. Fue entonces cuando se alborotó el paraco”, frase costeña, aclara el entrevistador, que alude al “cabello alborotado y rebelde”.
Al final de la ceremonia del Nobel, a la que acudieron, ruidosos, todos sus amigos, después de las solemnidades en las que él desafió el protocolo yendo de liquilique, Plinio le escuchó decir a su amigo Gabo:
“Mierda, ¡esto es como asistir uno a su propio entierro!”.
Antes y después del Nobel, García Márquez buscó esos refugios a los que aludía su hermano Eligio. ¿Melancólico, quizá, solitario? Lo es en grado sumo, pero él lo gradúa. Durante años, en su juventud y más adelante, compartió viajes y trabajos, en Europa, en Venezuela, en Colombia, con Plinio Apuleyo Mendoza, y este lo refleja en sus recuerdos (Aquellos tiempos con Gabo, que reaparece ahora con las cartas añadidas y algunas impresiones nuevas). ¿Esa melancolía ha existido? Dice Mendoza: “Francamente no. Los nacidos en el altiplano colombiano, mundo de vientos fríos y montañas brumosas, tenemos ese rasgo, pero no los nacidos en la costa Caribe, como Gabo. Más bien son hombres alegres. Si viven algún drama, saben ocultarlo”.
Mario Vargas Llosa, José Donoso y Gabo en Barcelona con sus respectivas esposas. / Ediciones B
Hubo un drama que hizo saltar por los aires algunas relaciones y puso en peligro otras. El boom de la literatura latinoamericana, explo­­sión que tuvo su epicentro en las obras de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, vivió una tragedia disgregadora, el caso Padilla, por el proceso abierto en la Cuba de Castro contra el poeta Heberto Padilla, encarcelado en marzo de 1971 a raíz de la lectura pública de un libro suyo, Provocaciones, estimado por el régimen como una provocación del escritor. Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza, Juan Goytisolo y muchos otros se manifestaron a favor de Padilla y, por tanto, contra Castro, en una primera carta a la que también se adhirió Julio Cortázar, que luego se desgajó de ese grupo de firmantes. En esa primera carta aparecía la firma de García Márquez, que en realidad no firmó. Plinio añadió su rúbrica, creyendo que su amigo, al que no pudo localizar, no tendría inconveniente.
 Lo tuvo; se lo explicó por carta, desde América (Plinio estaba en París). Aquel fue un suceso que abrió muchas heridas. Le pregunté ahora a Mendoza qué repercusiones personales tuvo aquel incidente en los componentes del boom y sus aledaños: “Sin duda, esas repercusiones fueron inevitables. La solidaridad y estrecha relación que unía hasta entonces a los escritores del boom quedó rota cuando aparecieron posiciones opuestas a propósito del régimen cubano. No de inmediato, es verdad. Luego de la detención en La Habana de Heberto Padilla, en las oficinas de la revista Libre –que se editaba en París y de la cual yo era jefe de redacción–, Mario Vargas Llosa, Goytisolo, Cortázar, Semprún y otros cuantos escritores redactamos una primera carta dirigida a Fidel Castro expresándole inquietudes en torno a esa detención, sin anticipar juicios condenatorios al régimen. Pensábamos, con evidente ingenuidad, que la detención de Padilla no había sido autorizada por Fidel.
 Y, claro, nos equivocamos
. Al recibir la carta, Fidel nos atacó públicamente con una ferocidad muy suya.
 Cortázar quedó muy lastimado, pues era un incondicional de la revolución y no esperaba semejante ataque. Por cierto, se negó a firmar una segunda carta de ruptura con el régimen redactada por Vargas Llosa y firmada por varios de nosotros
. En cuanto a Gabo, como lo cuento en mi libro, no firmó ni la primera ni la segunda carta.
 De modo que ahí quedó establecida una clara ruptura entre los escritores del boom, aunque no necesariamente surgieran enemistades personales”.
En el libro no aparece la carta que le envió García Márquez a Plinio Apuleyo Mendoza diciéndole que no firmaba la carta. Le he preguntado cómo afectó a su relación con Gabo el hecho de que incluyera su nombre en la protesta más sonora de aquellos tiempos.
“En mi caso”, dice el autor de Gabo. Cartas y recuerdos, “aunque tomamos caminos muy opuestos en relación con Cuba, no hubo ningún distanciamiento personal.
 Nuestra amistad no se rompió, aunque yo cometí un desliz imperdonable. Cuando redactamos la primera carta, traté infructuosamente de localizarlo en busca de su firma.
 Se encontraba, fuera de todo alcance, en Aracataca, su Macondo natal. Creyendo en ese momento que él compartía con todos nosotros la misma inquietud sobre la detención de Padilla, hice incluir su firma en el [primer] mensaje dirigido a Castro.
 Días después de publicado con gran estrépito por la prensa internacional, sin que él hiciera una rectificación pública, recibí una carta personal suya, escrita desde un hotel de Caracas, diciéndome que no estaba de acuerdo con ese mensaje que habíamos suscrito.
 Creo que seguía considerando la revolución como algo que era necesario defender por encima de cualquier tropiezo”.
De hecho, lo decía. En aquella crónica que Eligio García Márquez incluye en Así somos, el hermano del autor de La mala hora reproduce lo que decía su hermano precisamente en 1971: “Lo único cierto para mí son las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.
Sobre “el desliz” sigue comentando Mendoza: “Recuerdo que de inmediato me dirigí a las oficinas de la agencia cubana Prensa Latina en París y le dije a su director, Aroldo Wall: “Aroldo, vas a saltar de alegría en una sola pata cuando oigas lo que voy a contarte.
 Gabo no firmó la carta que acaba de ser publicada incluyendo su nombre
. La culpa es mía, solo mía, no vayas a culpar a Vargas Llosa ni a Goytisolo en tus despachos”.
¿Salir a la calle? ¿estás loco? lo hice en barranquilla y hasta los bomberos me reconocieron”
Lo cierto es que ahí el boom se hirió, pero, afirma Plinio, no la amistad entre estos dos colombianos, uno del gélido norte, otro del cálido sur. “Incluso nos hacíamos bromas. ‘¿Todavía andas de amigo del barbuchas? [por Castro]’, le preguntaba a veces. ‘¿Y tú, qué?’, me respondía, ‘¿te estás pasando a la derecha?”.
Cien años de soledad fue su consagración; su júbilo fue pronto deseo de ocultarse. Años atrás, en La Habana, se había encontrado, en la otra acera, con Ernest Hemingway; consciente desde mucho antes de su propia gloria de que la fama te rodea de una espuma de la que no te puedes salvar, se limitó a gritarle al Nobel de El viejo y el mar:
“¡Maestroooooo!”.
Desde que salió ese libro que tanto sudor le costó y tanto éxito le produjo, se ha sentido acosado y ha querido quedarse “con los cuatro amigos” de los que habla también en el curso de esa conversación que Héctor Feliciano le hizo a Mercedes Barcha. Al final del retrato que compone Eligio de cuando Gabriel estaba en el cénit de su fama, en 1971, escribe el hermano menor del Nobel: “Alguien le propone que lo acompañe al centro de Bogotá. ‘¿Salir a la calle? ¿Estás loco? En Barranquilla lo hice y hasta los bomberos me reconocieron’. Pero inmediatamente cambia de tono, feliz: ‘Lo lindo fue que me saludaron gritando: ¡Gabooooo!”.
Quizá quería que Gabriel García Márquez fuera pianista en Zúrich, para que lo quisieran más, pero a Gabo lo quería inventando en las calles de cualquier parte, donde le querían todos.

Hay muchos errores en el Diccionario Histórico sobre Canarias y sus habitantes.

Un espía canario en Londres

Miguel Piernavieja del Pozo, el falangista que Ramón Serrano Suñer envió a Inglaterra y que cayó en una trampa del contraespionaje




De izquierda a derecha: un desconocido, el capitán Zamanillo, una enfermera, Miguel Piernavieja del Pozo y Francisco de Miguel González, con uniformes alemanes. | lp / dlp
De izquierda a derecha: un desconocido, el capitán Zamanillo, una enfermera, Miguel Piernavieja del Pozo y Francisco de Miguel González, con uniformes alemanes. | lp / dlp 

Miguel Piernavieja del Pozo, bibliófilo, historiador y espía. ¿Un espía canario en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de Historia? Comienza la reconstrucción de un personaje que nos devuelve el franquismo puro y duro, a la retórica visionaria de los falangistas de primera hornada y hasta al soldado que cae en combate en la lejana Rusia nada menos que a casi 60º bajo cero. 

Murió en 1983 en Madrid y sobre sus espaldas está la responsabilidad de ser el primer espía, al menos así lo constatan los investigadores, que envió el caudillo victorioso a Londres para contentar a un Hitler cada vez más disparatado.

JAVIER DURÁN
LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Si nada se tuerce, su entrada aparecerá en el tomo XLI, el 41, del controvertido Diccionario Biográfico de la Real Academia de Historia, una colección cuyo comité de control hace esfuerzos casi sobrenaturales -a veces con sonoros fracasos y otras con escándalos- por mantener el equilibrio entre la dos Españas. Miguel Piernavieja del Pozo, nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1916, aparece allí por la terna, digamos, de los que mascullaron contra el zarpazo de la garra del generalísimo para comerse todo el turrón. Pero es mucho más: en principio, de entrada, un agente del todopoderoso ministro Serrano Suñer, cuñadísimo de Franco, aspirante a gran canciller de la política exterior española en la sacudida de la II Guerra Mundial.

Nació por circunstancias del destino profesional de su padre en Tenerife. Era uno de los hijos de la extensa familia del fiscal del Tribunal Supremo Luis Piernavieja y Soto. La entrada del Diccionario, a la que este periódico ha tenido acceso (aunque no a su autor), describe al joven retratado como deportista consumado y estudioso de la disciplina, "aunque también se sintió atraído por la convulsa actividad política previa al estallido de la Guerra Civil española. En la capital", continúa la entrada, "militó en la Falange y el Sindicato Español Universitario (SEU) al tiempo que realizaba las carreras de Derecho y Filosofía y Letras". Otra cualidad: "Hablaba seis idiomas". Tras el estallido de la Guerra Civil, "colaboró en la clandestinidad con los círculos falangistas de la capital y en 1938 se pasó al bando sublevado".


Bajo el espectro de la victoria, en un ecosistema plagado de oportunistas, pistoleros, advenedizos, churreros de la política, matones y furibundos anticomunistas, Miguel Piernavieja del Pozo es designado en 1940 para viajar a Londres "a petición del también falangista Ángel Alcázar de Velasco, aventurero y notorio agente del espionaje alemán". Nuestro hombre en la City, dice su biografía, "pretendía transmitir a España datos sobre los objetivos de los bombardeos alemanes sobre la capital británica, además de informes sobre sus efectivos militares. Descubierto por el contraespionaje británico, regresó a España en enero de 1941".


O sea, al año era un espía quemado, a expensas de los jefes de una organización de primaveras dividida entre periodistas (Luis Calvo y Felipe Armesto) y diplomáticos imperiales como el duque de Alba, José Brugada y Miguel Lojendio. Pero sigamos la ruta: el ferviente falangista, cuenta Antonio César Moreno Cantano en su libro Espionaje, neutralidad y propaganda franquista en Gran Bretaña, llega a Londres "fruto de un rocambolesco plan ideado por Serrano Suñer y Ángel Alcázar de Velasco". Este último, novillero, gacetillero y agente secreto en plan Anacleto, le come el cerebro (algo nada complejo dada su ínfula expansionista) al ministro plenipotenciario.


Y la cuestión, que tiene higadillos, queda así, siempre según Moreno Cantano: El encargado de los trabajos apestosos relata que ha convencido a Samuel Hoare, embajador británico en España, de "que pretendía derrocar a Franco. Para acometer este plan consideró necesario que un colaborador suyo viajase a Inglaterra cerca del duque de Alba, para así buscar apoyos y poder tramar esta conspiración. Hoare aceptó la propuesta, lo que permitió que Piernavieja del Pozo gozase del apoyo de Foreing Office. Pero detrás de esta pantomima lo que buscaba realmente era que el enviado español disfrutase de libertad de movimientos por tierras británicas y facilitar así su misión secreta para el Eje".


En el filo de la navaja, con veinte y pocos años, nuestro espía canario llega al Reino Unido el 29 de septiembre de 1940 en el avión que unía a Lisboa con Bristol. Tenía una experiencia mínima (con la Quinta Columna en la Guerra Civil), pero estaba sobrado del idealismo joseantoniano y del vértigo de la acción. Los fondos reservados de la época, muchos de ellos dedicados a acciones secretas para satisfacer a Hitler, daban para bastante, y Piernavieja "se instaló en la séptima planta del Athenaeaum Court, un moderno y lujoso edificio de apartamentos en el número 116 de Picadilly", señala en conversación telefónica Javier Juárez, autor de Madrid-Londres-Berlín: Espías de Franco al servicio de Hitler.


Estaba en el verdadero meollo, próximo a la Embajada española, a las baterias antiáreas de Hyde Park y al complejo gubernamental de Whitehall, donde se hallaba la sede del primer ministro, el Foreign Office y el Ministerio de Guerra. En octubre de 1940 Alemania ultimaba la operación León Marino para la invasión del Reino Unido. La batalla de Inglaterra estaba en su momento álgido, con incursiones aéreas de la Luftwaffe continuas y devastadoras. Piernavieja, al que se le asigna el papel de periodista, establece su primer contacto con GW, nombre en clave de Gwilym Williams, personaje que le hará caer en desgracia y que provocará su sustitución por el cantamañanas Ángel Alcázar de Velasco. ¿Pero cómo fueron los hechos? "Para el Abwehr [la organización de inteligencia alemana], GW era un independentista galés al que había captado en 1939, pero la realidad era muy diferente. Bajo esa fachada se ocultaba uno de los primeros agentes dobles utilizados por el contraespionaje británico. Este hecho permitió al MI5 vigilar la actuación de Piernavieja y prevenir posteriormente intentos de infiltración", destaca Moreno Cantano en su libro.


A partir de su detección, nuestro espía canario con Franco paso a ser Pogo en los archivos británicos. Su contacto con GW tenía por finalidad "conocer el paradero de las fábricas de material militar y de las defensas costeras instaladas en determinadas zonas del sur de Inglaterra, cercanas a la isla de Wight". Piernavieja remitía su informes en tinta invisible a través de la valija diplomática de la Embajada y "su mayor éxito fue mandar a España un mapa muy actualizado con los lugares más afectados por los bombardeos y los principales daños sufridos. El espía regresó a España en febrero de 1941, seguramente por presiones del Gobierno británico sobre las autoridades españolas o por desavenencias con Alcázar de Velasco, que llegó a Londres por esas fechas".


La leyenda habla de noches turbulentas, de alcohol y mujeres, de falangistas que cerraban la mejores barras londinenses vestidos de uniforme con sus condecoraciones al pecho. El embrionario dispositivo de Serrano Suñer no pasaba desapercibido, y el MI5 tenía claro que la Embajada española en Londres era un nido de serpientes para su intereses, y todo desde una aparente neutralidad. Pogo, sin embargo, estaba convencido de su inmunidad y se paseaba como Pedro por su casa por las instituciones británicas, además de despacharse con declaraciones en la BBC y con entrevistas en el Daily Press y el Sunday Graphic. Sus días en la City estaban contados.


El tres de febrero de 1941, Miguel Piernavieja del Pozo embarca (con billete pagado por la Embajada de Madrid) en un carguero hostigado por los submarinos germanos en su trayecto hacia Gibraltar. Acababa así su corta experiencia en el espionaje español. ¿Fue una expulsión? El periodista Luis Calvo, compañero en la legación, habló de presiones del Gobierno británico sobre España. Otros ven la mano negra del influyente Alcázar de Velasco, su sustituto, que de inmediato no dudó en emporcar a Piernavieja con afirmaciones sobre su falta de profesionalidad o su pasión por la juerga. En sus memorias atribuye la salida a un lío de faldas con una tal Elisabeth, una inexistente (al menos en los archivos) agente del MI5. Un hecho posterior demostraría que el cese del joven falangista tenía mucho que ver con las cloacas del franquismo más peleón.


Javier Juárez da cuenta de lo que le esperaba en la capital a Pogo. "Pocos días después de llegar a Madrid varios policías se presentaron en su casa de madrugada y le arrestaron junto a otros miembros de su familia, trasladándolos a los calabozos de la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. El asunto adquirió", señala el escritor, "dimensiones de escándalo ya que entre los detenidos figuraba su padre, el valllisoletano Luis Piernavieja y Soto, fiscal del Tribunal Supremo". El que había sido representante institucional de España en la etapa colonial de Cuba (donde casó con la cubana Carmen del Pozo y de la Cuesta) tuvo que mover hilos entre las oscuras cañerías del Ministerio de Información para obtener la libertad. ¿Qué significó aquella demostración de poder? ¿Quizás Franco se creyó la opereta de que el espía había ido a Londres para buscar apoyo para un golpe de Estado al régimen? No hay respuesta a aún.


Menos transparente fue lo ocurrido en los días posteriores, no aclarado por el Diccionario Biográfico, donde no hay mención alguna al extraño suceso.

 Juárez, en todo caso, muestra una ruta posible: Miguel consiguió evadirse y vagó oculto por Madrid durante varias semanas, por una calles llenas de delatores cuyos chivatazos eran bien recompensados
. El 31 de marzo el Consulado Británico en Madrid remitió un escrito al Foreign Office informando de los hechos y asegurando que se había refugiado en la Embajada alemana. 
La siguiente información contrastada sobre Piernavieja del Pozo lo sitúa meses después luchando en Rusia en las filas de la División Azul. Según el Diccionario Biográfico, quedó adscrito a la 1a Sección de ambulancias de la 1a Compañía, destacando en la evacuación de heridos en los frentes de Possad y Ottenski.

En un blog de excombatientes y nostálgicos, Memoriablau, se le atribuye a Piernavieja un perfil no tan discreto.

 Aparece entre los llamados héroes de la gesta del lago Ilmen, donde la Compañía de Esquiadores consiguió dar apoyo a una unidad de ejército alemán.
 Los españoles, mandados por el feroz Muñoz Grande, atravesaron un infierno helado de 30 kilómetros, con temperaturas de casi 60º bajo cero.
 El canario fue uno de los superviventes, allí dejó uno de sus pulmones y, imaginamos, parte de sus ideales. Paradójicamente, el frío glacial y el torrente de nieve frenó la hemorragia. 
Empezaría para Piernavieja una etapa menos bélica, integrado en el aparato estatal franquista y volcado en el deporte. 
Quizás hasta bailó un pasodoble cuando vio que por fin salía de los confines.

Una foto de un grupo de militares en Riga, Letonia, nos devuelve a Miguel Piernavieja del Pozo. 

Se recupera allí de su herida mortal, y conoce también a su esposa, la enfermera Dzidra Rozitis Pampe.
 Los uniformes son alemanes. El historiador de la ULPGC Juan José Díaz Benítez lo explica: "Eran entregados a los voluntarios tras su llegada a Grafenwöhr, ya que la División Azul estaba integrada dentro del Ejército alemán como la División de Infantería número 250, de ahí el juramento de fidelidad al Führer.
 Los uniformes que solían llevar los voluntarios al salir de España eran del Ejército español.
 En la foto, están en el extranjero",
De Riga a la Administración

Finalizada la guerra, "se centró en su actividad como estudioso del deporte y obtuvo gran reputación en el mundo del periodismo con la fundación y dirección junto a Cagigal Gutiérrez de Citius-Altius-Fortius (1958); y desde febrero con la publicación Deporte 2000. Asimismo, publicó diversos estudios y ensayos en los que combinaba su calidad como investigador e historiador del deporte con la pedagogía, destacando El deporte en la literatura latina (1960) y El libro deportivo español (1965). Fue uno de los primeros responsables del Consejo Superior de Deportes y del Instituto Nacional de Educación Física", afirma el Diccionario.

20 ene 2013

No solo falta estética, sino transparencia

El caso Güemes reaviva la polémica sobre la ‘puerta giratoria’ que une sector público y privado

Los expertos reclaman instrumentos para garantizar que se respeta el bien común sanitario.

 

Juan José Güemes, exconsejero madrileño de Sanidad, abraza a la expresidenta Esperanza Aguirre. / SAMUEL SÁNCHEZ
La presión ha podido más que todos los mensajes de apoyo enviados por altos cargos del Partido Popular. Juan José Güemes anunció el martes su dimisión como miembro del Consejo de Administración de la empresa suiza Unilabs. Esta compañía adquirió en noviembre la participación mayoritaria de la UTE (unión temporal de empresas) encargada de realizar los análisis clínicos de seis hospitales públicos madrileños, un servicio que privatizó Güemes cuando era consejero de Sanidad (entre 2008 y 2010). Güemes sostiene que ha cumplido la ley, que se marcha para que nadie pueda cuestionar la labor que realizó al frente de la consejería y que su actuación es inapelable desde el punto de vista ético. Según su razonamiento se trataría, pues, de un mero problema de estética.
El caso de Güemes ha hecho que salten de nuevo las alarmas sobre las llamadas puertas giratorias (del inglés revolving doors), que facilitan el tránsito de altos cargos del sector público al privado, y viceversa. El fenómeno inquieta especialmente cuando se trata de profesionales del sector sanitario, en un momento en el que se intensifican las iniciativas privatizadoras del sistema de salud público.
¿Existen herramientas suficientes para garantizar a los ciudadanos que las reformas tienen como objetivo mejorar la eficiencia del sistema sanitario público y no beneficiar a determinados intereses empresariales? No las suficientes, según coinciden los expertos consultados.
“Hay que avanzar en cuestiones relacionadas con la independencia y la transparencia del sistema para desterrar las sospechas de colisión de intereses”, señala Ildefonso Hernández, vicepresidente de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (Sespas). “Desde hace tiempo, sociedades profesionales y científicas vienen defendiendo que una de las vías fundamentales del avance de la solvencia del sistema nacional de salud (extrapolable a otras esferas de decisión pública) es desarrollar normas o herramientas de buen gobierno de la sanidad”, añade Juan Oliva, presidente de la Asociación de Economía de la Salud.
Sanidad carece de una agencia de evaluación independiente
Lo sucedido con Güemes puede servir de ejemplo. En España no existe una agencia de evaluación sanitaria independiente similar a la que existe en otros países (como el Instituto Nacional de Salud y Excelencia Clínica británico; NICE por su acrónimo en inglés) encargada de arrojar luz a las decisiones políticas.
Ningún organismo de este tipo, independiente del poder político, tuvo ocasión de evaluar los efectos que tendría la cesión al sector privado de la gestión de los análisis clínicos de los seis hospitales madrileños, de analizar la eficiencia de la medida, los beneficios que aportaría o las garantías que existían en cuanto a los estándares de calidad clínicos. Ni, en consecuencia, pudo concluir que se trataba de una medida beneficiosa para la red sanitaria pública.
Si esto hubiera sucedido, el exconsejero de Sanidad podría haber dado el salto a la industria privada sin tener que preocuparse por posibles cuestionamientos futuros, ya que su decisión habría estado avalada desde el origen por especialistas independientes. Y los madrileños podrían tener más garantías de que la decisión se adoptó en aras de mejorar el servicio sanitario público.
Güemes justifica su actuación señalando que Unilabs no ganó el concurso de los análisis que él mismo convocó en el año 2008, y que si la multinacional suiza se ha hecho con este servicio ha sido porque compró en noviembre la participación (un 55% de las acciones) que tenía en el negocio una de las empresas adjudicatarias, los laboratorios catalanes Balagué.
Además ha manifestado que su dimisión obedece a su deseo de no estar vinculado a ninguna actividad empresarial, para así poder expresarse “con total libertad” sobre cómo cree que debe evolucionar el modelo sanitario público.
Ildefonso Hernández, exdirector general de Salud Pública del Ministerio de Sanidad entre 2008 y 2011, considera que el problema de fondo es que en España no existen garantías como la que ofrece la agencia NICE.
Los expertos piden comités de ética que analicen los conflictos de interés
En España existe un claro déficit de transparencia en todo lo que hace referencia a la gestión sanitaria, sostiene Hernández. Y no solo en relación con las experiencias de gestión privada de recursos públicos, sino también en todo lo referido a la gestión pública tradicional. Hoy día, por ejemplo, resulta imposible conocer algo tan básico como las diferencias entre las listas de espera de los sistemas de salud de las distintas comunidades autónomas (ni hablar de las existentes entre hospitales). Y no porque no se recojan estos datos, sino porque no se hacen públicos. O no se publican de manera adecuada.
Los expertos señalan que no solo sería necesario un organismo encargado de evaluar medidas como la que tomó Güemes —o la que ha tomado el actual responsable del departamento, Javier Fernández-Lasquetty, de ceder a la gestión privada seis hospitales y 27 centros de salud públicos—. Otro de los instrumentos básicos para aportar transparencia al sistema, según apunta Hernández, sería la puesta en marcha de comités de ética encargados de vigilar eventuales conflictos de interés y garantizar la independencia de las políticas que se toman. Y no solo en la selección de cargos públicos, sino también en los casos de expertos o sociedades científicas que asesoran a las autoridades e influyen en la adopción de políticas con consecuencias sanitarias o económicas relevantes.
Cuando Oliva habla de dotarse de herramientas de buen gobierno, como las agencias o los comités, no solo se refiere a estos instrumentos. También a una amplia batería de medidas que incluyen “construir un sistema mucho más transparente en la información proporcionada a usuarios, profesionales y ciudadanos; buscar fórmulas de participación en la toma de decisiones con los profesionales sanitarios y con la ciudadanía; desarrollar normas y estructuras concretas para que las personas responsables de la toma de decisiones rindan cuentas y puedan justificarlas basándose en criterios de efectividad, eficiencia y calidad en todos los niveles del sistema sanitario”.
Pero ni siquiera poner en marcha agencias o comités de ética sería relevante si no existe la convicción de que son necesarias. “Si no hay conciencia de la importancia que tienen los valores de la participación, rendición de cuentas o el cumplimiento de códigos de conductas para nuestro sistema, crearemos organismos huecos y carentes de valor”,sostiene Oliva.
Tan importante como tener normas es garantizar su cumplimiento
Ricard Meneu, vicepresidente de la Fundación Instituto de Investigación de Servicios de Salud, insiste en esta idea. “Será difícil avanzar sustancialmente si como sociedad no compartimos unos mínimos principios de buenas prácticas que hoy no parecen sencillos de acordar”. Meneu apunta a que “seguramente hace falta un mayor activismo social”, y apunta a experiencias como la web estadounidense Open Secrets, donde se siguen y difunden casos de puertas giratorias y de lobbistas.
El conflicto de intereses, según la definición de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), es la colisión “entre deber público y el interés personal de un cargo público, en que el interés personal podría influir indebidamente en la realización de sus tareas y responsabilidades oficiales”. Y, como indica Hernández, “es demasiado frecuente”. Prueba de ello es que ha afectado, en mayor o menor medida, a todas las agencias sanitarias europeas. Hasta el punto de que el Tribunal de Cuentas Europeo intervino a finales del año pasado a raíz de la preocupación mostrada por el Parlamento de Bruselas respecto a distintas informaciones sobre comportamientos dudosos que afectaban a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria o la Agencia Europea de Medicamentos, entre otros organismos. El tribunal denunció en su informe que ninguna de las agencias estudiadas (también la Agencia Europea de Sustancias y Preparados Químicos o la Agencia Europea de Seguridad Aérea) “gestionaba debidamente las situaciones de conflicto de intereses”.
Otro caso similar es el de Manuel Marín Ferrer, el hombre de la Administración valenciana encargado de controlar a la empresa responsable de la gestión privada del departamento de salud de La Ribera, que atiende la sanidad pública de 250.000 habitantes, durante los años 2000 a 2007. De un día para otro, la empresa que fiscalizaba le fichó para ocupar la dirección del departamento de Salud; es decir, pasó de supervisor a estar en nómina de la empresa que vigilaba.
Antonio Burgueño recorrió el camino inverso. De un cargo directivo en la aseguradora sanitaria Adeslas, desde donde impulsó el modelo de privatización de la gestión sanitaria mediante la fórmula de la concesión administrativa (el modelo Alzira), ha pasado a la Dirección General de Hospitales de la Consejería de Salud madrileña, desde donde impulsa la privatización de la gestión de centros públicos bajo la fórmula que él diseñó en Adeslas.
Los problemas relacionados con la colisión de intereses y las incompatibilidades no se limitan a la gestión privada de la sanidad pública. “Con escasas excepciones, los responsables de políticas farmacéuticas o la agencia del medicamento pasan al poco tiempo a formar parte de la nómina de las principales empresas a las que venían regulando”, apunta Ricard Meneu. Tampoco son exclusivas del ámbito sanitario. Pero en esta parcela revisten una gravedad especial. “La confianza de la población en las autoridades sanitarias se gana lentamente pero se puede perder de golpe. Por eso, no puede haber dudas sobre los intereses reales de las decisiones que toman las autoridades sanitarias”, comenta Hernández.
Al margen de los comités éticos o las agencias de evaluación está la ley. ¿Se puede hacer algo más para garantizar la transparencia? La Ley 5/2006 que regula los conflictos de intereses de los miembros del Gobierno y de la Administración General del Estado limita a los altos cargos la posibilidad de trabajar en empresas relacionadas directamente con las competencias del cargo desempeñado durante los dos años siguientes de su salida de la función pública. Güemes respetó este periodo entre que dejó la consejería y fichó por Unilabs, por lo que no incumplió la ley.
Un plazo muy largo de incompatibilidad penalizaría el paso por la política
Podría endurecerse la norma alargando el plazo. Pero si es demasiado estricta, con cuarentenas muy prolongadas, se llegaría a penalizar en exceso el paso por el sector público, señala José Ramón Pin, de la escuela de negocios IESE. Existe el riesgo de que personas con capacidad y que pueden aportar su valía al sector público renunciaran a ello por los problemas que tendrían a la hora de reincorporarse al sector privado y “se perdería calidad en los directivos públicos”, explica el responsable de la cátedra de Gobierno y Liderazgo en la Administración Pública del IESE.
“La ley española es muy imperfecta en la acotación de los conflictos de intereses de los altos cargos públicos”, sostiene Oliva. Y pone un ejemplo: “no se puede considerar igual el trato a una persona que ha desempeñado una carrera profesional en un campo y entra temporalmente en el servicio público a otra cuya actividad profesional ha estado ligada a un partido político y salta del servicio público a la esfera privada”.
A la pregunta de si se debería cambiar la ley, Ricard Meneu responde con una autocita incluida en el libro El buen gobierno sanitario, del que es coautor. “No se trata tanto de una cuestión de leyes nuevas, como de conseguir que se cumplan y hagan cumplir las leyes vigentes, lo cual no obsta para intentar perfeccionar estas, aunque sin desviar el énfasis de la relevancia de su cumplimiento y supervisión frente a su mera promulgación”.
“Si se debilitan las estructuras del Estado que tienen que mantener la independencia y la regulación se corre el riesgo de que las decisiones se alejen del bien público”, concluye Ildefonso Hernández. “Y esto”, añade, “está sucediendo en el proceso de privatización de la sanidad pública”.